La edad del idiota: 37. Un año después…

Diego M. Rotondo

 

 

37

UN AÑO DESPUÉS…

Estoy harto de Eva; harto de su acento, de su olor a humedad y de sus preguntas estúpidas.

—¿Otra vez esta música? —le pregunto mientras me siento frente a su escritorio y escucho los violines histéricos.

Eva tiene la costumbre de poner música clásica en cada sesión.

—¿Te molesta Paganini?… Si quieres puedo colocar un cassette de Mozart o de Mahler; aunque presumo que tú te sentirías a gusto con Wagner… —me responde entornando sus ojos de aceituna negra y señalándome con su dedo cadavérico.

—No lo conozco ni me interesa. ¿No podemos estar sin música y punto?

Ella se reclina en su asiento y cruza las manos. Desde mi posición apenas veo la mitad superior de su cara, la otra mitad se hunde bajo el escritorio. Como hay una ventana detrás de ella, cuando hay mucha luz no alcanzo a distinguir sus gestos, solo su figura ensombrecida; es como charlar con una sombra.

—Mucho de lo que encubre el inconsciente aflora con la música…

—¿Qué significa eso?

—Déjalo, déjalo… —dice agitando la mano con fastidio—. Tardaría una eternidad en explicarlo.  Eres demasiado chaval aún.

Siempre me dice eso, que soy demasiado chaval, qué novedad. Así de estúpidas son nuestras sesiones; por ejemplo, si me rasco la nariz, ella me pregunta por qué lo hago de esa manera; sí digo «a lo mejor» en vez de «quizá», me pregunta por qué elegí una palabra en vez de la otra; si resoplo me pregunta por qué lo hago de tal forma, y así hasta el hartazgo. Lo único que le falta preguntarme es por qué me rasco un huevo en vez de otro.

—Dime, ¿has leído el libro que te recomendé?

—No.

—¿Por qué?

Ya empieza.

—Porque no me gustan los libros infantiles.

—El Principito no es un libro infantil. —sonríe con su dentadura verdosa.

—Es una estupidez y no me interesa.

—Ya… —responde y abre el cuaderno rojo en donde tiene anotada mi vida—. Hablemos del fuego… ¿has quemado algo esta semana?

Me pregunta eso porque hace dos semanas incendié el toldo de la verdulería lanzándole un fósforo encendido, la tela verde ardió enseguida, vinieron los bomberos, etc. Por suerte era un domingo y estaba cerrado. Nunca supieron que había sido yo, aunque se lo conté a Eva, y a Valeria.

—No.

—¿Y sientes deseos de hacerlo?…

—No.

—¿Piensas en Ricardo?

La veía venir.

—No me interesa Ricardo…

—¿Sigues con pesadillas?

—No. —miento.

Ella anota mis respuestas haciendo un crujido insoportable con la punta de la lapicera.

—¿Sabes qué ha sido de él? —pregunta sin mirarme, aún concentrada en el cuaderno.

—¡No me interesa te dije!, me importa un carajo Ricardo.

—¿Por qué te enoja tanto que te pregunte entonces?

—Porque sé qué buscás…

—¿Qué busco?

—Que me sienta culpable, igual que todos, pero no lo van a lograr.

—¿Culpable de qué?…

Nunca me voy a olvidar cómo se revolcaba en el piso del patio, tenía el brazo derecho envuelto en llamas. Ricardo chillaba, más de susto que de dolor. Todos gritaban y trataban de apagarlo, profesores, alumnos, curas… todos corrían desesperados, y yo, mirándolo, masticando mi sándwich de salame, fascinado por el fulgor del fuego. Mamá llegó casi tan rápido como la ambulancia. Al enterarse de lo que había hecho me encajó una trompada frente al director del colegio; con ese golpe desperté del sopor, me largué a llorar, me tiré al piso y empecé a revolcarme como se había revolcado Ricardo, la diferencia era que yo me quemaba por dentro. Tuvieron que sostenerme entre dos profesores para que dejase de pegarme la cabeza contra el piso; no podía parar de llorar y de gritar: «¡Perdón! ¡Perdón! ¡Díganle que me perdone!».

Al rato vino la policía, vino papá y vino mi padrino Osvaldo. Me llevaron a la comisaría. Supuse que querrían meterme en un reformatorio o algo así. Osvaldo se encargó de persuadir al juez contándole de mis problemas psiquiátricos, de lo cuales pudo dar fe la doctora Eva, a quien tuvieron que visitar en su casa, ya que se negó a salir aduciendo agorafobia. Osvaldo además se encargó de sosegar a los padres de Ricardo, un matrimonio de orangutanes gordos que no tardó en aceptar guita a cambio de no hacerle juicio a mi familia. «Esto me lo vas a pagar laburando, aunque tengas que limpiar botas en el subte», me dijo papá cuando salimos de la comisaría; fue la primera vez que lo vi tan enojado. Tuvo que vender la casa de La Lucila y darles toda la plata a los orangutanes. El juez tuvo piedad de mí, pero exigió un tratamiento psiquiátrico intensivo con informes mensuales sobre mi evolución, al menos durante un año, cuatro veces por semana.

Por eso estoy tan harto de Eva, la veo más que a mis amigos, más que a Valeria… Llevo 9 meses viniendo religiosamente a las sesiones, Osvaldo fue terminante: «no faltes y hacé todo lo que te dice la gallega. No te hagás el boludo porque el juez te tiene entre ceja y ceja…». Así que vengo religiosamente lunes, miércoles, viernes y sábado, aunque esté enfermo, aunque me duela la garganta, aunque tenga diarrea, aunque llueva o truene. Papá me pasa a buscar con el auto y me deja en la puerta del edificio, y como siempre, tengo que esperar que alguien salga para poder subir, ya que el portero no funciona y la desquiciada de Eva no pone un pie fuera de su departamento ni con una pistola en la cabeza.

Eva me dio unas pastillas que se llaman Risperín. Las tomé durante unas semanas después de quemar a Ricardo; como me dejaban abombado empecé a fingir que las tragaba frente a mi madre, pero las escondía bajo la lengua hasta poder escupirlas.

Me contaron que Ricardo se recuperó, pero quedó con cicatrices horribles en todo el brazo y en las costillas. Lloré por él un tiempo, lloré acordándome de las pocas cosas buenas que tenía, como esa vez que me vio solo en el campo de deportes y se acercó a preguntarme si quería jugar al básquet un rato. Cuando Ricardo no estaba con sus secuaces era casi agradable. Ese segundo día de clases me había fastidiado desde temprano, me había tirado saliva con los dedos durante la clase de soldadura; y cuando salimos al recreo me hizo una zancadilla frente a todos, las risas eran estruendosas, hasta los profesores se reían de cómo me había tirado al suelo. Por eso me vengué, esperé a que estuviese solo en la fila del kiosco, me acerqué por detrás, saqué mi encendedor, que siempre llevaba encima para fumar en los baños, y le encendí la manga del saco; cuando se dio cuenta el fuego ya le había tomado la manga entera. Nadie volvió a reírse de mí ese día.

—Se merecía que lo quemara…

Eva se queda en silencio, abre un cajón del escritorio y saca su cigarrera.

—¿Quieres? —me pregunta extendiéndome la cigarrera abierta, dejando ver los filtros anaranjados de sus Marlboro.

—No fumo.

—Claro… —responde con sarcasmo mientras extrae uno, lo coloca en su boquilla color marfil y lo enciende.

—¿Qué opinas de la venganza? —me pregunta al mismo tiempo que suelta el humo en una nube que asciende y se disipa contra el techo agrietado.

—Nada.

—Me refiero a que si la consideras necesaria.

—Ya lo sabés eso.

—Sí, pero quisiera profundizar más en ello. Mira, hay una frase de Confucio que dice: «Antes de embarcarte en un viaje de venganza, cava dos tumbas»… ¿qué crees que significa?

—Que te puede salir mal…

—Así es, como le salió mal a tu amigo, ¿no?

Es una sádica, le encanta esto.

—Lo de Pedro no fue una venganza, solo se defendió de ese tipo que nos estaba matando a piñas. Fue defensa propia, ya te lo dije cien veces.

Todos los vecinos testificaron a favor de Pedro. Todos menos el narigón y su amigo. De lo único que se pudo acusar a Pedro es de portar un arma blanca. Para mi padrino fue un caso fácil, cuando supo lo que había sucedido sonrió y nos dijo que el asunto era pan comido. Además, en la comisaría se enteró de que el pibe muerto tenía antecedentes, que era violento, había sido expulsado de varios colegios, incluso fue denunciado por su novia por violación. Al parecer disfrutaba de ir por ahí dándole palizas a la gente, pero se cruzó con los chicos equivocados. Lo mandamos al otro barrio. Mucha gente nos felicitó, incluso vinieron de Nuevediario para entrevistar a Pedro en el hospital. Mi amigo estaba desfigurado, con la cara toda vendada y un brazo enyesado, el periodista le preguntaba cosas y el respondía con monosílabos. ¿Quién podía pensar que era malo lo que había hecho? Todo lo contrario, la gente le mandó un montón de regalos: cartas, chocolates, ropa, zapatillas Nike, y hasta una Zinclair Spectrum, nuevita. Pero ni ese regalo sirvió para sacarle a Pedro la angustia de haber perdido el ojo.

—Pedro y tú, de alguna manera, se han encargado de tomar revancha. Él con el joven que lo agredió y tú con Ricardo. Ahora deberán llevar eso en sus conciencias toda la vida…

—¿Y?

—Creo que en el futuro, cuando tengas un problema con alguien, y que seguro lo tendrás, deberás considerar otros métodos para resolverlo. Métodos ortodoxos.

—¿Qué significa «ortodoxos»?

Eva resopla fastidiada, saca el resto del cigarrillo de la boquilla y lo aplasta en el cenicero.

—Es todo por hoy, Diego, vete.

—Bueno.

 

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