La edad del idiota: 36. Asesino

Diego M. Rotondo

 

36

ASESINO

No se rompió la costilla. Soy bastante duro, tengo un cuerpo preparado para los golpes. A los 5 años me caí por la escalera, reboté como un muñeco de goma contra los escalones de mármol y aterricé en el piso; me hice un tajo en la cabeza y moretones por todo el cuerpo, pero no me rompí nada, ni siquiera tuvieron que coserme. Mamá casi sufre un infarto ese día: mientras yo caía por los escalones ella bajaba detrás, chillando enloquecida, tratando de atajarme. Lo que más recuerdo de ese día son sus gritos, varios vecinos llamaron a la policía porque creían que alguien estaba masacrándola. Siempre fue exagerada. Reconozco sus gemidos provenientes del pasillo del hospital, sus tacones furiosos acercándose y por último, el vaho dulzón de su perfume Montana, que entra en el consultorio antes que ella.

—¿Cómo estás?, ¿qué pasó?, ¿dónde te pegaron?, ¿quién fue? —me acribilla a preguntas mientras me palpa el cuerpo.

Mamá lleva la pollera escocesa y la blusa blanca que se pone solo cuando sale a cenar con algún amigo. Tiene el pelo suelto, recién teñido y con la permanente hecha, los labios pintados, los ojos delineados y el rimel exagerado. Creo que arruiné sus planes.

—No tengo nada, má —le respondo—; me pusieron esta mierda de bata para sacarme la radiografía.

—¿Radiografía? ¿Pero por qué radiografía?, ¡si dijiste que no tenés nada!

—No se preocupe señora, sólo tiene una fisura. —dice la doctora, que ingresa casi detrás de ella.

La doctora es un camión: rubia, alta y delgada; no tendrá más de 25 y se parece mucho a Raffaella Carrá. Cuando era chiquito yo les decía a mis padres que quería casarme con Raffaella Carrá; cada vez que ella aparecía en la tele se me aceleraba el corazón y me quedaba hipnotizado con su cara y su voz. «Para hacer bien el amor hay que venir al sur…», decía mi canción preferida; yo no tenía idea de que ella hablaba de garchar bien.

—¿Fisura?… ¿otra fisura? —pregunta mamá.

—No, la misma fisura por lo que veo —dice levantando la placa negra para examinarla frente a la luz—, la que se estaba curando; su hijo me contó que se había golpeado ese costado hace poco, acá se ve algo, ¿lo ve?, justo acá.

Mamá intenta distinguir lo que le señala la doctora, solo los doctores entienden las sombras blancas de las radiografías.

—Ah sí… ahí se ve algo. —miente mamá.

Una enfermera gorda con cara de cadáver maquillado se asoma por la puerta.

—Doctora, ¿puede venir un momento por favor?

La doctora se disculpa y sale.

—Mamá se sienta conmigo en la camilla y saca un cigarrillo.

—¡No podés fumar acá!

—No lo voy a encender, estúpido; solo lo quiero tener en la mano… —dice.

Al menos ya nos reconciliamos. Mamá se olvidó de todo. Cuando todo esto acabe se volverá a acordar de las pesetas y empezará la guerra nuevamente.

La doctora vuelve al consultorio y me dice que me vista. Luego se dirige a mamá.

—Lamento decirle que uno de los chicos que participaron en la pelea acaba de fallecer. Tal vez usted lo conozca.

Me quedo helado, con la remera a medio poner. ¿Pedro? ¿Se murió Pedro?

—¿Quién, Joaquín? —le pregunta mamá, suponiendo que en un lío como este debería estar involucrado Joaquín.

—No, Sergio se llama; Sergio Méndez, y tiene 17 años. Vos lo conocés, ¿no? —me dice—, es al que apuñaló tu amigo.

—¿Apuñaló? ¿Quién apuñaló? ¿Joaquín? —pregunta mamá histérica.

—¡Cortala con Joaquín, boluda! —le grito enfurecido—, hace como un mes que no lo veo. Joaquín no tiene nada que ver con este asunto.

Ella se queda mirándome con sus ojos desorbitados; en su mirada hay una mezcla de horror y tristeza, como cuando veía mis notas de la Primaria.

—Pedro es quien lo apuñaló —dice la doctora leyendo una hoja—. Pedro Báez, de 14 años, que fue ingresado con desprendimiento de retina y mandíbula fracturada.

—¿Pedrito?… —pregunta mamá asombrada—, ¡pero si Pedrito es un santo!…

Mamá no sabe lo que dice, los nervios la están ofuscando.

—Bueno, eso lo dictaminará la policía supongo… a propósito, hay unos oficiales que tienen que conversar con su hijo. Es probable que todos los chicos involucrados deban comparecer ante un juez de menores.

—¿Un juez? Pero si él no hizo nada. En todo caso tendrá que ir Pedro al juez.

—Él participo en la riña señora, seguramente el juez querrá escuchar su testimonio, al igual que el de los otros dos chicos, que acusan a su hijo y al amigo de haber iniciado la trifulca.

Hace unas horas yo estaba nervioso por el colegio y el reencuentro con Ricardo, ese era mi drama existencial: enfrentar a Ricardo. Ahora sí que debería estar nervioso, ya que tal vez vaya a la cárcel o al reformatorio, a cruzarme con pibes cien veces más malos que él. Y sin embargo estoy tranquilo, me importa un carajo el juez y todo eso; de hecho me parece divertido. A lo mejor, si Ricardo se entera que fui cómplice de asesinato, empiece a tenerme un poco de miedo.

Me pregunto cómo alguien se puede morir de una puñalada en la pierna. Aunque por la cantidad de sangre que perdió no es de extrañar; eran chorros firmes que se escabullían entre sus dedos cuando intentaba cubrirse la herida con ambas manos; chorros descontrolados, como esos que salen de la manguera cuando uno intenta parar el agua con el dedo. El grandote lloraba y pedía ayuda, pero no lloraba de dolor, sino de miedo por la sangre que estaba perdiendo; la gente corría desesperada a su alrededor,  le hicieron un torniquete con una remera y no sé cuantas cosas más; pero la sangre seguía manando como de una represa rota. Yo presenciaba todo recostado en el pasto, y Pedro, casi desmayado, apoyado en un árbol, con la cara inflamada y llena de tajos, de a ratos me miraba y se reía; parecía que pensaba: «¿viste cómo apuñalé a este boludo?». Pedro se reía con maldad, sin ningún remordimiento.

Pedro cambió mucho con la tragedia de sus padres, se enfrió, se hizo más agresivo y hasta se atrevió a robarme las zapatillas. Nunca fue un ángel ni nada parecido, siempre fue un manipulador, pero no era violento. En la Primaria nunca se agarró a las piñas con nadie, siempre arreglaba todo hablando, y muchas veces evitaba otros se pelearan. Pedro era como un político: seductor y manipulador, aunque no tan farsante. Y ahora, se había vuelto un asesino.

Cuando llegó la ambulancia, primero se llevaron al grandote, que ya estaba medio desmayado y tenía un color azulado en la cara. Luego vinieron por Pedro y por mí. Fue divertido viajar en ambulancia, sentir la velocidad, escuchar la sirena… Mientras el paramédico lo asistía, Pedro me miró de reojo y me dijo muy lentamente: «Perdoná por haberme quedado con las zapatillas…». Lo único que se me ocurrió responderle fue: «¿No te irás a morir ahora, no?…».

—Voy a buscar un teléfono para llamar a tu padre. Y de paso a Osvaldo, a ver qué me aconseja. —dice mamá una vez que Raffaella se va.

Osvaldo es mi padrino abogado, un gordito bigotudo que putea cada tres palabras; sacó de la comisaría a papá cuando fue sorprendido en un salón de póker clandestino. Osvaldo se parece mucho a Pedro, porque tiene el don de la palabra; es un embaucador profesional, maneja un Mercedes último modelo y vive en una casa de 3 pisos; mamá dice que anda con la mafia sindicalista, pero no deja de ser buen abogado. Osvaldo es la única persona que puede sacarme de este lío.

Me quedo solo en el consultorio, mirando desfilar a médicos y enfermeras por el pasillo. La costilla dejó de punzarme tras la inyección que me dieron. Me recuesto en la camilla y pienso en el grandote, no me alegra su muerte, pero tampoco me entristece; en realidad, si Pedro no le hubiese clavado la navaja yo podría estar peor de lo que estoy, peor que él incluso, podría estar muerto, porque ese tipo no iba a parar de pegarme hasta matarme. Pedro me salvó, ahora estoy en deuda con él. Me asusta un poco pensar en eso.

Mamá entra en la habitación un rato después, la siguen dos policías, una mujer y un hombre. Veo sus uniformes y me vuelve a punzar la costilla. Mamá se sienta al lado mío, me abraza y me murmura al oído:

—No digas nada hasta que venga Osvaldo; no seas pelotudo.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s