Lo natural y cotidiano convertido en una epopeya: ¨Buenos días. Me voy a dormir¨, un libro de Estefanía Farias Martínez

Miguel Rubio Artiaga

 

 

“Buenos días. Me voy a dormir de Estefanía Farias Martínez (Ediciones Erradícame, 2017) es uno de esos textos, tan pocos por desgracia, que cuando  lo acabas quisieras seguir leyendo o esperar su continuación. Un libro que cierras con la misma sonrisa que llevas puesta apenas comenzar a leer, y queda como tatuada en el transcurso de la lectura.

Si como dicen el sentido del humor es la máxima expresión de inteligencia y la ironía es la inteligencia del humor, estamos delante de una persona doblemente inteligente.

Convertir lo natural y cotidiano en una epopeya, leyendo te conviertes en un Odiseo ebrio siempre pasando de largo de Itaca  una y otra vez riéndose de él mismo hasta que por una casualidad arriba a sus playas riendo entonces todavía más fuerte.

Los Países Bajos convertidos en un Mediterráneo  que curiosamente está bajo el nivel del mar.

“Tardaron más de veinte años en transformar el fango en tierra edificable. Vivimos a tres metros debajo del nivel del mar. El drenaje tiene que ser continuo si no el agua llegaría hasta el primer piso. Por eso estamos rodeados de diques, para prevenir inundaciones, no para que haga bonito. Nuestros grandes enemigos son las ratas almizcleras porque perforan los diques. Nos mandan un reporte anual de animales capturados, no los matan, los deportan. Tienen un acuerdo con Suiza para que los reciba. Se puede sentir el agua moviéndose por debajo de la casa. A mi madre la tiene paranoica porque no sabe nadar…”

Intimo, biográfico, el escrito te traslada ocho años atrás cuando la misma Estefanía se traslada con sus padres de España a Holanda,  donde ya vivía una hermana que como personaje será siempre el contrapunto de la autora.

La facilidad en dibujar el entorno va más allá de su mera descripción, no sólo te sitúas, eres tú mismo el que manejas carritos llenos de libros, ordenas las estanterías de la biblioteca donde encuentra trabajo Estefanía, subes y bajas pisos a la carrera incluso te ves a ti mismo hablando con unas señoras que ven la vida y miden las personas de una forma que resulta chocante para un español con un mínimo código en lo existencial, no solo en el trabajo  o la mera convivencia.

“Las librerías son papelerías con una sección de libros de oferta, sobre todo bestsellers, guías y literatura infantil. A veces encuentras algunos de arte. La literatura de verdad es un bien escaso. Los libros no se leen, se consumen…”

La forma narrativa, amena hasta la exageración, es de un ritmo trepidante, original y la sencillez del lenguaje lo convierte en un libro mucho más grande que el número de páginas que tiene. La acción se desarrolla por  días, horas, minutos. Las expresiones de entrada y salida de los capítulos y fragmentos resultan magistrales. Para aprender. Son como una emboscada para el lector. Su naturalidad te coge de la mano y te pasea hasta que tú mismo te conviertes en el personaje. Es un libro que no importa género ni tiempo ni edad.  Que en una segunda lectura cercana te diviertas aún más que en la primera, ya dice por sí mismo el humor inteligente desplegado por la autora. Eso se puede decir de muy pocos textos. Normalmente porque ese libro tiene más profundidad y mensaje de lo que pueda aparentar, algo dentro de ti te devuelve a él que sonriente, cómo no, te espera descarado. Se lo puede permitir, no en vano, según dijo otro sabio la ironía es la forma más alta de sinceridad.

Mi atuendo es otro factor de conflicto. Ellas van todas con el traje azul del uniforme, unas falda, otras pantalón, preferiría que me vistiera más formal, pero yo me he preparado mi propio uniforme: unos pantalones de comando finitos, una camiseta pegada y deportivas. Para hacer mi trabajo es lo más práctico y además estoy monísima…

La complicidad con el lector es obligada a través de la misma trama. Estefanía Farias,  filóloga, poco menos que un insulto para los gigantes indígenas que pueblan esas tierras. Su paternalismo le resulta irritante. La relación con sus padres y hermana es otro cantar, como se dice pero  eso es otra historia. Daría para otro libro.

“Qué dolor de cabeza. Mi madre diciendo que ella nunca va a aprender a ladrar. Mi padre que jamás podrá memorizar todo eso. Y sólo hemos visto el alfabeto y las vocales simples, cuando llegué a las dobles se acabó la clase. Y esto va a ser todos los días. Iré poco a poco, pero pretendo darles clases de hora y media. Me lo he tomado en serio, espero que no acabe en divorcio…”

Su cultura disfrazada de sencillez  y naturalidad, deja latente su pasión cinéfila. Un termómetro excelente para medir el nivel cultural de un país. Un lugar donde se valora más el color o los efectos especiales que películas que han podido cambiar la historia del cine por ser en blanco y negro.

“Según él incluso la gente de la edad de su madre piensa que el cine en blanco y negro son películas pasadas de moda, aquí no se pueden encontrar más que en sitios específicos. Le faltó decir tiendas de antigüedades. Es como si todos hubieran nacido después de los sesenta o de los setenta. Lo anterior es prehistoria. El cine no se salva. Probablemente la literatura tampoco. En este país la modernidad y la ignorancia van de la mano…”

Estefanía comienza por reírse de ella misma como marca el código no escrito del mundo del humor y la chanza. Nadie objete nada. Solo léalo y disfrute.

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