La edad del idiota: 34. Ladronzuelo

Diego M. Rotondo

 

 

 

34

LADRONZUELO

Al llegar a casa, a eso de las 4 de la tarde, mientras bajamos las valijas del auto, mamá se da un cachetazo en la frente y suelta un chillido.

—¡Aaaahh! ¡Las pastillas, no compré las pastillas!

—¿Qué pastillas? —pregunta papá.

—Las que le recetó la doctora, se supone que tenía que empezar a tomarlas 10 días antes de empezar el colegio, ¡o sea ayer! ¿No te acordás de nada vos? ¡Pero si estabas ahí también!

—Bueno, tampoco para tanto ché, un día más un día menos, ¡qué exagerada ché!

—¡Quiero mis drogas! —exclamo entre risotadas.

—No te hagás el cancherito vos —dice mi padre palmeándome la coronilla.

Mamá entra a la casa y trae la receta.

—Tomá, andá a comprarlas, y de paso traeme aspirinas.

—Pero hoy es domingo, ¿dónde carajo consigo una farmacia de turno?… —se queja papá con la receta magullada en la mano.

—¡En la avenida está lleno de farmacias de turno! ¡Dale, hacé algo por tu hijo de vez en cuando! Que después te vas a tu casa y no te vemos por un mes.

—¿No hago nada acaso?… Los llevé y los traje de La Lucila… y no les pedí un centavo para el peaje o para la nafta… —dice papá con sarcasmo.

—¡Es lo único que te faltaría, cobrarnos el viaje! No seas caradura, Tito, por favor. Andá, traé los remedios y no me hagas poner más nerviosa de lo que estoy.

Mientras mis padres discuten en la puerta me meto en mi cuarto y enciendo la computadora. Es lo que más extrañé de la ciudad, mi amada Commodore. Me siento frente a la pantalla y me preparo para quedarme ahí hasta que muera el día.

Un rato después suena el teléfono. Bajo el volumen de la tele para escuchar.

—¿Pero de qué me está hablando?… Mi hijo no es ningún ladrón… y además, ¿para qué cuernos va a querer Pesetas?… —silencio— Pero, usted cómo está tan segura que fue él… —silencio—. ¿Y justo ese día?… —silencio—. Mire doctora, yo conozco muy bien a mi hijo, y él no sería capaz; además, le repito: ¿para qué va a querer unos billetes que solo sirven en España?… —silencio—. ¿Pero está loca usted?… tiene 14 años, ¿se imagina a un pibe de 14 años en una casa de cambio?…

Mamá cuelga el tubo con furia.

—¡Te re parió! —grita.

Se acerca a mi cuarto, empuja la puerta de una patada y me dice:

—¡Decime qué hiciste con la guita que le afanaste a la psiquiatra!

Le respondo sin dejar de mirar la pantalla, fingiendo estar concentrado en el videojuego, que ya perdí hace rato.

—¿Qué guita, mamá?

—¡No te hagás el pelotudo! Le robaste las pesetas que tenía guardadas en un libro.

—¿Qué? ¿Qué son pesetas? ¿Estás loca?

Se acerca, agarra el cable de la tele y lo arranca del tomacorriente.

—¡Qué hacés, boluda!

—Dejá esa mierda ahora, a mí no me vas a engañar. ¿Qué hiciste con la guita?

—¿Y cómo sabés que fui yo, eh? —respondo enfurecido. Se avecina otra de nuestras batallas.

—Porque la mina guardó la plata en el libro media hora antes de que nosotros llegáramos. Y cuando nos fuimos, se le dio por revisar y vio que ya no estaba. Vos te robaste la plata cuando yo estaba con tu padre en su despacho. No me mientas más.

Ahora sí estoy jodido. La única manera de justificarme es diciéndole que gracias a ese robo salvé a una amiga de ser violada por dos policías asesinos. Pero nunca me lo creería, se me reiría en la cara. Tengo que idear algo más convincente.

—Bueno, sí… —confieso—, fui a leer un libro de la biblioteca y las encontré entre las páginas. Pensé que eran viejas, que ya no servirían y que las usaría como señalador nada más.

—¡Pero si yo sabía!… —refunfuña dándose con el canto de la mano en la frente.

Desconecta la Commodore del televisor y se la coloca bajo el brazo como un libro.

—Por un mes no vas a tocar la máquina. Y eso es solo hasta que se me ocurra un castigo peor.

—Loca de mierda, ¡devolvémela! —exclamo agarrándola de los pelos. Ella se da vuelta y me encaja una cachetada.

—Si la querés de vuelta, dame las pesetas. ¿Pero seguro ya te las gastaste, no?

—Sos una hija de p…

Intenta callarme de otro golpe pero alzo el antebrazo para cubrirme y se lo bloqueo. Ella chilla adolorida.

—¡Ayyyyy! ¡La puta madre! ¡Me rompiste el codo hijo de puta!

—No te rompí nada, estás exagerando como siempre, haciéndote la víctima…

Se queda mirándome furiosa. Levanta la computadora por encima de su cabeza y la estrella con todas sus fuerzas contra el piso. Se me aflojan las piernas al oír el sonido del plástico roto; vuelan algunas teclas y el armazón se parte al medio. Me quedo boquiabierto, petrificado, temblando, con el sudor helado chorreando por mi espalda. No puedo reaccionar. Mamá se da vuelta y se va de la habitación murmurando insultos.

Me arrodillo junto a la computadora, intento juntar los pedazos, acomodar las teclas sueltas. Pero sé que es inútil, está destrozada. En otro momento habría intentado matar a mi madre, pero ahora me siento angustiado y sin fuerzas. Me recuesto en el piso al lado del cadáver de mi Commodore, acariciando sus partes quebradas, sus botones, llorando como un nene de 5 años.

Papá llegó una hora después con las pastillas. Mamá le contó todo y él, como siempre, le restó importancia.

—Bueno ché… son cosas de pibes; yo también robé cosas cuando era chico. No es para tanto…

—¿Cosas de pibes? ¿Sabés a cuánto equivalían esas pesetas?… ¡a 200 dólares!… 200 dólares que vas a tener que devolverle vos a la mina esa, porque yo no tengo un peso.

—¿¡200 verdes!?… —preguntó papá asombrado—. ¿Estás segura que no te está vendiendo un buzón esa gallega?

Se me retorció el estómago, me agarré la cabeza y me revolqué por el piso. Me tragué los gritos. ¡Les di 200 dólares a los policías violadores!

—Aquí el único que vende buzones es tu hijo, que cada día está más cerca de la cárcel que del colegio. Si no lo enderezamos ahora no sé cómo va a terminar.

—Bueno… —dijo papá—, yo sigo pensando que son cosas de pibes; además, él no tenía una puta idea de cuánta guita era… si hubiese sabido que era tanto ni la habría tocado.

Mi padre no me conoce. Pensar todas las cosas que me podría haber comprado con esa plata… zapatillas sobre todo.

—No lo conocés, Tito. Si hubiese sabido que eran 200 dólares se los habría gastado en zapatillas.

—Por ahí las tiene guardadas todavía y las podemos devolver, ¿no?

—No las tiene, te lo aseguro. Lo conozco. Ya las despilfarró. Seguro las cambió por monedas de videojuegos en La Lucila.

Esa noche me dejó la comida preparada y al lado una cápsula roja con un vaso de agua. Había una nota que decía: «tomala después de comer». Me senté a la mesa, me puse la cápsula en la lengua y me la tragué.

 

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