Relatos de LOS QUEHACERES DE UN ZÁNGANO: ¨Alegre panorama estival¨

Fernando Morote

Chicos bañándose en la playa una tarde de verano en Skagen (1892)-P.S. Krøyer

 

 

Las playas limeñas durante el verano, especialmente los domingos, se contaminan a partir del mediodía.  A esa hora tiene uno que salir del mar, o abandonarla por completo, y ponerse a chupar. La masa lo infesta todo.

Una mañana, incapaz de resistirlo, agarré mis cosas (par de zapatillas, medias, camiseta) y me mandé mudar. En el kiosco de Pepe, extendido en el límite entre la arena y el estacionamiento, encontré a Rodrigo acompañado por varios de sus congéneres, un ramillete de maricones acomodados, tomando cerveza sentados alrededor de una mesa redonda. Estaban, como siempre, muy animados. Casi no hay maricón taciturno. Jalé una silla y me uní a ellos. El sol inclemente rebotando contra el techo de esteras del patio apenas impedía que uno se calcinara. Pedí un vaso de ron puro y un huevo frito. El mozo me ofreció el siguiente programa:

—Fuentes rebosantes de fettuccini a lo Alfredo y ravioles sobre la barra del kiosco.

—Cinco banquitos de madera alineados afuera del kiosco.

—Nadie dentro del kiosco.

—Cuatro parlantes estereofónicos, distribuidos en cada esquina del local, reventando al ritmo de una salsa sensual.

—Dos físico-culturistas bailando abrazados esa salsa sensual.

—Mujeres y hombres adultos, semidesnudos y ebrios, saltando y aplaudiendo en torno a los físico-culturistas, la salsa sensual.

—Un negro, junto al baño, besándose en la boca con otro negro.

—Un hombre tambaleante, de cara a un rincón cerca del baño, sacudiéndose el miembro.

—El baño desierto.

—Un padre de familia reemplazando por palitos el filtro de un cigarro negro.

—Prendida de su pierna, una niña borracha diciéndole: “¡Papá, tengo hambre!”.

—La misma niña volando por el aire gracias a una patada de su padre.

—Muchos homosexuales en todas las mesas del kiosco pegando alaridos por un chiste malo y mal contado.

—Tres perros famélicos rondando entre las piernas de los parroquianos.

—Tres seres humanos rondando detrás de los perros.

—Un perro muerto de hambre junto al tacho de la basura.

—Moscas.

—Doce salvavidas jugando un partido de fulbito en la arena.

—Dos manos desesperadas apareciendo y desapareciendo en el horizonte ondulado.

—Un ahogado anónimo, que sólo yo he visto.

—Una familia entera recorriendo la playa, preguntándole a todo el mundo por alguien que se ha perdido.

—Un heladero viejo pedaleando su carretilla, maldiciendo su existencia.

—Cien chiquillos corriendo desaforadamente hacia el heladero.

—Cien chiquillos agarrando a puñaladas al heladero.

—Cien chiquillos comiendo helados.

—Espaldas, pechos, traseros. Todos, sacrificados al sol.

—Fragmentos de ropas de baño cubriendo fragmentos de cuerpos femeninos.

—Un volquete cargado de indios entrando a la playa, aplastando a los autos, atropellando a las personas.

—El volquete cargado de indios destruyendo la playa en su totalidad.

—El volquete descargando a los indios.

—Los indios descargando cuarenta y dos ollas de comida.

—Arena mezclada con papa a la huancaína, tallarines verdes y menestrón.

—La playa devastada.

Llegado a este punto me levanté, me despedí de mis amigos los pederastas, le pagué la cuenta no me acuerdo a quién, y me fui.

 

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