La edad del idiota: 33. Ella vendrá…

Diego M. Rotondo

 

 

 

33

ELLA VENDRÁ…

Pasaron varios días; me interné en mi habitación con la excusa del reposo indicado por el doctor. Por supuesto no le dije nada a mamá de la patada del policía, eso la habría enfurecido, habría recorrido todas las comisarías de la costa con un bate de béisbol buscando al oficial que le había pegado a su hijo; y si lo llegaba a encontrar no dudaría un instante en partirle la cabeza; no le hubiese importado que la metan en la cárcel, no le hubiese importado nada. Así era mamá: impetuosa y justiciera, a cualquier precio. «No te metas con mi hijo porque arde Troya…», le dijo una vez a un vecino que me puteó por haber tirado la pelota en su jardín y aplastarle unas flores. El tipo se arrugó como una pasa de uva, me devolvió la pelota con las manos temblorosas y se metió a la casa espantado. Una mirada de mamá era suficiente para amedrentar a un perro rabioso. En ese aspecto era una buena madre, una leona dispuesta a trenzarse con cualquier bestia que se atreviese a tocar a sus cachorros. Pero no era eso lo que yo necesitaba de ella en ese momento; necesitaba explicarle lo que pasaba por mi cabeza, necesitaba que me ayude, que me aconseje; pero me daba vergüenza hacerlo, prefería retorcerme en mi orgullo antes que hablar.

Usé el cuento que Matías le había contado a la vieja en el hospital, le dije que me había caído rodando de un médano y me había dado de lleno contra un tronco.

—¿¡Pero sos boludo vos!? —se quejó—, ¿qué mierda estabas haciendo en ese médano?

—Jugando a ver quién llegaba antes a la cima… —le respondí.

—¡Pero que manga de tarambanas que son! ¡Mirá si te la dabas en la cabeza! ¡Te podías haber matado!…

Y así siguió, sermoneándome durante horas; pero prefería sus sermones histéricos antes que contarle la verdad.

Esos días sí que fueron deprimentes, mamá se iba a la playa casi todo el día y yo me quedaba leyendo revistas de Patoruzú en la cama, ni siquiera tenía ganas de masturbarme, no podía dejar de pensar en Valeria. Otra vez ese nombre, ese puto nombre que era una maldición en mi vida. Y cuando volviese a Buenos Aires dejaría de sufrir por una Valeria para sufrir por la otra, que seguro estaría cogiendo con Joaquín. Todas las chicas que me gustaban terminaban de novias con mis amigos; todas me rechazaban, jugaban conmigo, histeriqueaban; cuando yo me acercaba se iban con otro. A la mierda con ellas, pensé. Ojalá se mueran las dos.

Empecé a fumar en esas vacaciones, le sacaba dos cigarrillos por día a mamá, ella ni se daba cuenta, ya que fumaba cientos. Cuando se iba a la playa, me levantaba y fumaba el primero, me quedaba un rato en el comedor mirando la tele, tomaba el antiinflamatorio y volvía a la cama; dormía hasta las 4 de la tarde y volvía a levantarme, me preparaba un nesquik y fumaba el segundo cigarrillo. Y así varios días. Ni Esteban ni Augusto volvieron a asomar los hocicos. Esteban tendría miedo que lo cague a trompadas. Y estaba bien que tuviese miedo.

Cuando el dolor se alivió empecé a salir de la casa, seguía bastante deprimido, no iba a la playa, iba al local de videojuegos y me quedaba horas. Por la mañana no había casi nadie, todos los pibes estaban en la playa, así que tenía la mayoría de los juegos para mí solo. Me hice un experto en el Kung Fu Master y en el Out run. A veces aparecía mamá enfurecida en medio del local para avisarme que la comida se enfriaba. Volvía a casa, almorzaba rápido, le pedía más plata para fichas y desaparecía hasta el atardecer.

Comencé a comprar mis propios cigarrillos, no sabía qué marca elegir, en realidad me daba lo mismo; los de mamá sabían a mierda, pero no me importaba; lo que yo quería era fumar, tragar y expeler humo, solo eso. Después de los videojuegos me iba un rato al muelle, miraba a los pescadores y encendía un cigarrillo. Entendí por qué las personas fumaban, no era agradable, te dejaba un gusto asqueroso en la boca, pero te hacía sentir mejor, hacía que tu sufrimiento fuese más soportable; era como si cada bocanada que lanzabas al cielo se llevase un poco de ese veneno que te afligía.

Dos días antes de volver a Buenos Aires sucedió algo que me hizo resucitar de golpe. Llegué a casa a eso de las 7 de la tarde y mamá me dijo:

—Hace un rato vino una chica preguntando por vos…

—¿Una chica?… ¿qué chica? —le pregunté con el corazón repiqueteando.

—No sé, una chinita de 14 o 15 años…

Mamá les decía chinitas a todas las pibas de mi edad.

—¿¡Pero cómo era!?

—Tenía pelo castaño, largo y rizado. Linda piba… ¿es tu novia?… ¿es la que hace que te fumes mis cigarrillos?… —preguntó con suspicacia.

Me quedé patitieso.

—No… no sé quién es… —le respondí y me metí al baño para ducharme.

¡Estaba tan emocionado!, ¡Valeria me había venido a ver!, había caminado como 20 cuadras desde San Bernardo para llegar a mi casa. Le habría pedido mi dirección a Esteban o a Augusto; seguramente querría explicarme todo, pedirme disculpas… Quizá se habría arrepentido de besar a Esteban y ahora desearía darme una oportunidad, no de seguir siendo amigos, sino de ser novios, aunque sea por un par de días; me conformaba con eso. Imaginaba esa escena de ensueño mientras la angustia acumulada en los últimos días se iba esfumando de a poco. Valeria me había venido a buscar, Valeria se había dado cuenta de que yo le gustaba.

Salí de la ducha como nuevo, emocionado; entré en mi habitación y me vestí. En la radio estaban pasando un tema que decía: «Ella vendrá… aaa, aaa, lara lala laaaa, aaa, aaa… Lara lara aaaa… y las heridas que marcan mi cara, se secarán en su boca de agua… siento que ella vendrá, aaa, aaa…». Era mi canción, hablaba sobre lo que yo deseaba en ese mismo instante. La canté durante horas: «ella vendrá aaa, aaa…», como un conjuro. Pero ella no vino nunca.

Dos días después estaba en el auto de regreso a Buenos Aires, papá se quejaba de lo blanco que estaba. Mamá le explicaba que apenas había ido a la playa, que me la había pasado en los jueguitos. Yo seguía escuchando esa canción en mi cabeza; aún hoy, 30 años después, la sigo escuchando.

 

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2 Respuestas a “La edad del idiota: 33. Ella vendrá…

  1. Que maestro Rotondo, hace como una semana termine de leer toda la serie (que dicho sea de paso espero que siga). Este capítulo en especial me dejó con un nudo en la garganta. Muy crudo y real. Encima el tema final cierra justo. Ahora mismo, mientras escribo este comentario, lo estoy escuchando y no puedo evitar de sentirme angustiado, de una forma extrañamente no (tan) triste. Es la magia que tiene la literatura, supongo.

    Un saludo grande al maestro de Diego.

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