La edad del idiota: 32. Sol maldito

Diego M. Rotondo

 

 

 

32.

SOL MALDITO

Una leve fisura, eso revela la radiografía que me hicieron. El doctor, de no más de 25 años, somnoliento y apático, sostiene la lámina negra contra el cuadro de luz blanca. Mis huesos se ven como espectros en una cueva oscura.

—Te voy a dar unos antiinflamatorios y vas a hacer reposo unos días. —me dice como si le costara mover la lengua.

—¡Deme Tramadol! —contesto.

El tipo me mira de arriba abajo y frunce el entrecejo.

—No te voy a dar Tramadol. Te voy a dar Diclofenac.

—¿Eso te hace sentir bien también? —le pregunto.

Él se me acerca, suspira y se cruza de brazos. Es flaco, alto y narigón. Huele a lavandina. Tiene lagañas, su pelo es negro y opaco; tiene la cara pálida como de muerto. Sobre el bolsillo izquierdo de su delantal dice: Dr. Torres.

—¿Vos tomás muy seguido Tramadol? —me pregunta.

—No, tomé hace unos meses y me hizo sentir contento…

—Bueno nene, yo no te voy a dar Tramadol, me recibí el año pasado, lo único que falta es que me quiten la licencia por darle un opioide a un pendejo…

—No soy un pendejo.

—Lo sos. Tenés 14 años…

—¿Y?…

Se da vuelta sin contestar, se sienta en su escritorio y me hace la receta en silencio, trazando con furia sobre el papel. Arranca la receta y la tira en el extremo del escritorio, el papelito se mece en el aire, lo atrapo antes de que acabe en el piso.

—Tomate una de esas cada 12 horas por 7 días. —dice sin mirarme. Luego, con un ademán displicente, me señala la puerta.

Me pregunto por qué estos tipos se hacen doctores si después tratan a sus pacientes como si fuesen mierda. Mamá siempre cuenta que en las guardias de los hospitales públicos están todos de mal humor y cansados. Dicen que Medicina es una de las carreras más difíciles que hay. ¿Para qué carajos estudian tanto si después van a estar con cara de culo todo el día?…

—Gracias… ojalá te mueras pronto —susurro tras cruzar el marco de la puerta.

—¿Qué dijiste? —es lo último que le escucho decir, doy un portazo y me voy  caminando por el pasillo hacia donde me esperan mis amigos, mi gente; gente buena, gente que me quiere y está preocupada por mí.

Al llegar a la sala de espera noto que Valeria no está, Esteban tampoco. Fernando, Matías y Augusto parlotean con la vieja gitana, que se alegra al verme, como si fuese una abuelita preocupada. Me acerco a ellos y les cuento de la fisura.

—¿Y Valeria y Esteban?… —pregunto mirando hacia todas partes.

—Salieron a tomar aire… —dice Fernando y me guiña el ojo. No me gusta ese gesto.

—¿Los dos solos?…

—Ahhhh, ¡está celoso! ¡Ja, ja, ja! —grita Matías para que toda la clínica lo escuche.

—No estoy celoso, boludo. Me importa un carajo lo que hagan…

—Bueno, salgamos de este lugar de mierda y vayamos a comprar unas medialunas —ordena Fernando levantándose rápidamente de su silla. Augusto se relame y se amasa la panza.

—¡Siiii, recién hechitas, calentitas!… ¡mmmm!, pidamos churros y bolas de fraile también…

—¡Vos sos una bola de fraile! ¡Ja, ja, ja! —se mofa Matías.

Nos despedimos de la vieja, yo le agradezco el favor que me hizo, ella me acaricia la mejilla y me mira con dulzura. Le damos un beso y salimos de la clínica.

—¡Ah buenooo!… —exclama Matías mirando hacia el auto, que está estacionado en la vereda de enfrente bordeando una plaza.

—Vamos a tener que interrumpirlos… Yo me muero de hambre. —dice Augusto.

El sol despunta lúgubre y anaranjado por encima del techo del Taunus, tengo que colocarme la mano en la frente para poder distinguir los perfiles de Valeria y Esteban apoyados en el capot, besándose apasionadamente.

—¡Ché! —grita Fernando mientras cruza la calle— ¡Despeguen las lenguas que nos vamos a comprar facturas!

Siento fuego en la cara, como si ese pedazo de sol me estuviese calcinando la piel. La garganta se me anuda y de repente ya no siento más dolor, podrían darme otra patada y no sentiría nada. Se me acalambran las piernas, apenas logro dar unos pasos. Me quedo petrificado en la entrada de la clínica. Las cinco siluetas se reúnen en torno al auto y se quedan mirándome.

—¡Dale boludo!, ¡vamos! —me grita Fernando.

—No… yo me voy a casa caminando… —les digo.

—¡Pero si estamos re lejos! ¡Dale, te llevamos! —grita Matías con medio cuerpo metido adentro del auto.

—Dejá… me gusta caminar por la playa, además ya no me duele… Me voy, chau. —los saludo con la mano y enfilo hacia la costa a paso rápido, casi al trote.

—¡Diego! ¡Diego! —escucho sus voces y empiezo a correr. Todos me llaman, escucho la voz de Matías, la de Fernando, la de Augusto e incluso la de Esteban; todos me gritan para que vuelva, todos menos Valeria.

Corro fatigado por una avenida desierta. Son casi las 6 de la mañana, todo el mundo duerme, todo el mundo está feliz pensando en el maravilloso día de playa que les espera. A unas seis cuadras alcanzo a ver la línea de mar verdoso. El sol sigue subiendo; sol maldito, pienso.

Estando a dos cuadras de la playa escucho bocinas y gritos detrás de mí, imagino que son ellos, sin dejar de correr me doy vuelta para ver. No son ellos, es una camioneta blanca, en la parte de carga van seis o siete pibes un poco mayores que yo. «¡Puto! ¡No corras, puto!», me gritan. Están borrachos, los ignoro y sigo corriendo.

Una vez en la playa camino en dirección a La Lucila. Son como 6 kilómetros hasta mi casa. Un par de pescadores preparan sus cañas en la orilla del mar, paso al lado de ellos y me dicen «Buen día», yo los saludo moviendo la cabeza y sigo. Tengo un largo recorrido por delante; la costilla empieza a punzar de nuevo.

Podría meterme al mar y ahogarme. No hay nadie a esta hora en la playa, ya perdí de vista a los pescadores. Podría hacerlo: dejar que me tapen las olas y ahogarme en agua salada. No debe ser tan difícil. Me pregunto cuánto tiempo tardarían en encontrarme; imagino el llanto desconsolado de mamá, ella suele llorar estruendosamente por cualquier estupidez; si llegó a morirme es probable que sus chillidos se oigan hasta Buenos Aires. Pobre, no puedo hacerle eso. Es la segunda vez en menos de un año que pienso en suicidarme. Cuando me cruce con Esteban voy a romperle la jeta, una piña directo a la boca, lo más fuerte que pueda, para bajarle los dientes. Valeria no va a querer besarlo si no tiene dientes… No es mala idea. Aunque Esteban es más grandote que yo, tal vez él me baje los dientes a mí. Eso sería el colmo, si pasara eso entonces no dudaría en dejarme tragar por el mar, no pensaría en el dolor de mi madre, sólo en desaparecer de este puto planeta.

Tras 3 horas de caminata llego al balneario Olimpo, me quedan solo tres cuadras para llegar a casa. Mamá debe estar enloquecida, ya habrá llamado a la policía. La gente empieza a surgir desde todas partes: mujeres y hombres bronceados cargando sombrillas y reposeras, niños con paletas, baldes y palitas de plástico para hacer horribles castillos de arena. Todos felices del día espléndido que hace. Algunos se sorprenden al verme vestido de jean y camisa. A esta hora todos andan en malla y remera, ignoran que vengo del infierno, de sufrir las patadas de un policía degenerado, de acabar en el hospital en manos de un doctor hijo de puta y de presenciar cómo la chica que me gustaba chupaba la lengua de mi amigo.

Llego a la puerta de casa, meto la llave y abro. Mamá ronca en su habitación. A ella tampoco le importo. Me meto en mi cuarto, me acuesto en la cama vestido y dejo salir las lágrimas.

 

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