La edad del idiota: 31. Ángel

Diego M. Rotondo

 

 

31

ÁNGEL

La alegría duró poco, a mitad de camino empecé a sentir una punzada entre las costillas, como si tuviese algo clavado. Les dije a los chicos que me llevaran a casa pero todos insistieron en que era mejor pasar por una Guardia. Fuimos hasta una clínica mugrosa en las afueras de Mar de Ajó. Había linyeras durmiendo en los pasillos de Emergencias, había perros, gatos y algunas palomas que se habían quedado atrapadas en los techos y aleteaban desesperadas sin saber cómo escapar. No pensé que fuera a haber tanta gente en la Guardia: fracturados, cortados, quemados, atropellados, un popurrí de accidentados. En el momento de registrarme en la ventanilla de recepción, una enfermera con cara de culo me preguntó cuántos años tenía. «14», respondí. «¿Y tus padres?, ¿o algún mayor que te acompañe y que firme?», preguntó sin mirarme. Fernando se puso a mi lado y le dijo que era mi hermano, que él estaba a cargo de mí. Entonces ella preguntó qué me había pasado. «¡Se cayó de un médano!», contestó Matías cuando advirtió que no sabíamos que decir, «¡estábamos viendo quién de los seis llegaba más rápido a la cumbre del médano y él se resbaló y rodó hacia abajo y se golpeó las costillas con un tronco!… debe haberse roto algo, seguro, porque le duele muchísimo…». La tipa miró a Matías de arriba abajo y estoy seguro que no le creyó una sola palabra, fue demasiado exagerado; aún así le entregó el formulario a Fernando para que lo llenara. Nos sentamos entre los pacientes y empezamos a llenar el papel con mis datos. Cada vez que respiraba profundo me dolía terriblemente el costado izquierdo.

—A lo mejor la costilla se clavó en el pulmón y por eso te duele al respirar… —comenta Augusto—. Por ahí te lo tienen que sacar, pero no te preocupes, se puede vivir con un solo pulmón, mi tío tiene uno nada más, le sacaron el otro por fumar y…

—¡Callate estúpido, lo estás asustando! —lo interrumpió Valeria y le dio un cachetazo en la coronilla.

—Acá pregunta si te operaste alguna vez. —me dice Fernando mientras completa el formulario.

—No, nunca.

—Y también pregunta si tenés enfermedades preexistentes, ¿qué mierda es eso?…

Una anciana que no ha dejado de mirarnos desde que llegamos, nos dice:

—Se refiere a si tiene alguna enfermedad crónica, tipo asma, diabetes, hemofilia y esas cosas…

—Ah, no, no tengo ninguna de esas… —le contesto a la vieja como si ella fuese la que necesitara saberlo.

—Ok, ya lo completé todo… —dice Fernando, se levanta y le lleva el formulario a la recepcionista.

—Bueno, ahora esperen… hay muchos pacientes. —le dice ella y tira el papel en una caja.

—¿Y cuánto hay que esperar? —pregunta Esteban en voz alta y todos en la sala lo miran.

—Todavía hay 8 personas delante de ustedes… —le contesta ella de mal modo.

—Mejor vámonos a otra clínica —le digo a Fernando—. Me voy a morir hasta que me atiendan.

La vieja se levanta de su lugar y viene a sentarse a nuestro lado. Tiene un pañuelo rojo que le cubre la cabeza y unas argollas grandes y doradas colgando de sus orejas. Parece una gitana.

—La otra clínica está a más de 35 kilómetros y es probable que esté igual de abarrotada que esta —nos explica mientras se acomoda a nuestro lado—. ¿Saben qué sucede chicos?, no sé si lo notaron, pero hoy hay luna llena.

—¿Y eso que tiene que ver? —le pregunta Valeria conteniendo una risita.

La vieja nos habla en voz baja, como si estuviese revelándonos algo importante:

—La Luna ejerce un magnetismo sobre la tierra; cuando hay luna llena suben las mareas, pero también sube la sangre a la cabeza, por eso la gente está más irritable, más violenta, suceden accidentes, peleas, crímenes… ¡No estoy loca, eh!, las estadísticas lo confirman.

—¿Por eso sale el Hombre Lobo? —bromea Augusto mofándose de ella.

—¡Justamente, corazón!, la leyenda del Hombre Lobo está basada en la influencia de la luna llena sobre el temperamento humano… por supuesto es una metáfora…

—¿Qué es una metáfora? —pregunta Esteban.

—Es cuando decís que algo es como algo que no tiene nada que ver en realidad… por ejemplo: un lápiz que es como un misil. —le contesta Valeria.

—Mi costilla es… como una espada clavada en mi pulmón… —añado y todos se ríen; todos menos yo, que apenas puedo hablar del dolor.

—¡Entonces era la luna llena!… —exclama Augusto—. ¡Claro!, ahora entiendo por qué esos policías casi nos matan…

Fernando lo calla de un codazo.

—¿Qué policías? —nos pregunta la vieja.

—Doña, ¿y a usted qué le pasa? —la distrae Esteban—. No se ve que le duela nada como para estar aquí.

—No me pasa nada, querido… —contesta ella—. Simplemente me gusta venir a darle ánimos a la gente; vengo casi todas las madrugadas; a veces hay chicos muy asustados y yo les traigo caramelos. ¿Quieren caramelos?…

Todos asienten. La señora saca una bolsa de media hora de su cartera y le da uno a cada uno. Odio esos caramelos, por suerte no tengo ganas de comer.

—¿Y vive aquí en Mar de Ajó o vino de vacaciones? —le pregunta Vale.

—Ahh…, yo vivo aquí desde que nací, nunca fui a ninguna otra parte, nunca viajé… ni siquiera he ido a la Capital.

—¿Y no se aburre?

—No linda, siempre he encontrado algo útil que hacer; servirle al prójimo sobre todo. Antes de venir a las Guardias trabajaba de cocinera en un hogar para huérfanos, y antes de eso fui monjita… pero un día me enamoré del hombre más bueno del mundo y preferí irme con él antes que entregarle mi vida a Dios —se persigna y mira hacia arriba—. Él falleció hace mucho ya, y como no tuvimos hijos quedé solita, así que me dediqué a ayudar a la gente. Eso le da sentido a mi vida.

—Me gustaría tener una abuela como usted… —dice Matías. Ella sonríe tiernamente y le acaricia la melena rubia.

Todo este melodrama me provoca más dolor. No sé por qué no desaparece la vieja loca esta.

—¿Te duele mucho, corazón? —me pregunta.

—Mucho es poco… —le contesto meciéndome hacia adelante.

La vieja se levanta y se va a hablar con la tipa de la recepción. Cuchichean durante un rato, se nota que se conocen; la mina me mira de reojo mientras la vieja le habla moviendo las manos. Tras conversar unos minutos la señora vuelve con nosotros, se inclina hacia mí y me toca el hombro.

—Ahora te van a atender… —me dice.

Al rato sale un doctor por una de las puertas y grita mi apellido.

 

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