La edad del idiota: 30. La Coima

Diego M. Rotondo

 

 

 

30

LA COIMA

Dos agentes de la ley se nos acercan ofuscándonos con sus linternas. Vemos sus sombras agrandarse frente a nosotros, son como olas negras que se alzan para reventar sobre nuestras cabezas. Atrás, a los pies del faro, la luz del patrullero titila con su azul inquisidor. Se detienen a un metro de distancia; uno de ellos —que tiene el pelo blanco a pesar de no tener más de 30 años— nos indaga de arriba abajo; el otro —morocho y gordo con cara de estar masticando mierda— posa sus ojos sobre Valeria y se relame.

—¿Qué hacen ustedes acá? —pregunta el canoso enfocándonos a uno por uno con la linterna.

—Vinimos a ver las estrellas… —responde Fernando.

—¿Y tenían que venir a una playa privada?… ¿no podían verlas en otro lado?… —pregunta el morocho sin dejar de mirarle las tetas a Valeria.

—Es que queríamos ver el faro también… —añade Matías respaldando a su hermano.

Hasta el momento no nos han dicho nada de lo que pasó en la plaza, intuyo que no lo saben y eso me alivia un poco.

—¿Están drogándose?

—¡Nooo! —respondemos a coro.

—Los documentos… —ordena el canoso extendiendo la mano.

Yo saco mi DNI, los demás se buscan en los bolsillos.

—Me lo olvidé… —dice Valeria con timidez.

El morocho comemierda se le acerca y la cubre con su sombra.

—No podés andar sin documentos, piba; vas a tener que acompañarnos a la jefatura.

—¡Es mi prima, oficial! —interrumpe Fernando—. Siempre se lo olvida… es muy distraída; estamos de vacaciones, no queremos líos…

El canoso enfoca su linterna hacia los ojos achinados de Fernando.

—No pibe. Ir sin documentación es un delito, además, esta piba no tiene más de 14 años, y ustedes están tomando alcohol por lo que veo… son demasiadas infracciones…

—¿El Taunus es de ustedes? —pregunta el otro.

—Es de mi papá. —contesta Matías.

—Sí, de nuestro papá —confirma Fernando.

—¿Tienen registro de conducir?

Se hace un silencio. Una ola rompe ferozmente mar adentro. El morocho revisa los documentos que le dimos alumbrándolos con su linterna. El canoso no despega su mirada de la de Matías.

—Si, yo tengo… pero me lo olvidé… —responde Matías tartamudeando.

Ambos agentes se ríen con malicia.

—Bueno, no hay nada más que hablar, los seis nos van a acompañar a la comisaría.

Me pregunto que haría Pedro si estuviera aquí.

—¿No podemos arreglar? —pregunto alzando la voz.

El morocho me mira indignado, como si lo hubiese insultado, se me acerca y me encaja un cachetazo tan fuerte que me tira al suelo.

—¡Ay, la concha de tu madre! —le grito. Y lo digo de forma automática, como quien putea cuando se martilla un dedo. Al segundo me doy cuenta de mi error.

El morocho me encaja una patada en las costillas y me deja sin aire. Casi vomito.

—¿A quién  le hablás así, pendejo de mierda? —dice.

—¡Pará boludo!, ¿qué hacés? —le grita Esteban tomándolo del brazo. Entonces el canoso le tuerce el brazo a Esteban, lo obliga a echarse en el piso y le apoya la rodilla en la espalda.

—¡Paren!, ¡déjenlos por favor! —suplica Valeria entre gemidos.

No sé que le pasa a estos tipos, no actúan como policías, creo que deben estar drogados. Recupero el aire y me quedo sentado en la arena, me sangra la comisura del labio.

—¡Vos callate pendejita, que para vos también hay! —la amenaza y la empuja, Valeria se cae de culo en la arena. El morocho vuelve hacia mí y me levanta de los pelos. Sin soltarme dice:

—A ver genio, ¿cómo es eso de que querés arreglar?… ¿cómo pretendés salvarte de dormir en la comisaría esta noche?

Yo no respondo. No siento miedo en realidad, siento furia, quisiera romperle la cara a este hijo de puta, pero me mataría; ni Joaquín podría noquearlo.

Augusto lloriquea como un nene. El canoso sigue reteniendo a Esteban en el piso.

—¡Están metidos en flor de quilombo, ustedes! Se van quedar un mes en cana.

—Déjenos ir, señor… —le suplica Valeria cruzando los dedos a modo de rezo. El comemierda se le acerca hasta rozar su nariz con la de ella. Jadea el guanaco.

—A lo mejor podemos negociar, mamita… —le dice estrujándose la bragueta.

—¡No la toques, puto! —le grita Fernando. Yo cierro los ojos. Cada vez que reaccionamos nos hundimos más en el fango.

El morocho se va sobre Fernando, lo agarra del cogote con ambas manos y lo levanta en el aire.

—¿Querés que te rompa el cuello, pendejo?… ¿Te haces el machito conmigo?

Fernando se sofoca, intenta quitarse las manazas del cuello pero no lo logra. Valeria chilla desesperada. ¿Qué haría Pedro? ¿¡Qué harías, Pedro!?… Me convierto en Pedro, me vuelvo alto y desgarbado, me vuelvo un tipo sagaz.

—¡Tengo 100 dólares en pesetas! —exclamo alzando la mano.

Todos quedan en silencio, todos me miran. El morocho suelta a Fernando, que se desploma tosiendo y escupiendo.

—¿Cuánto dijiste que tenés? —me pregunta el canoso.

Saco de mi billetera las pesetas que le robé a la psiquiatra y se las ofrezco.

—Me las dio mi abuela española cuando terminé la primaria, equivalen a 100 dólares, tome.

El tipo me arranca los billetes de las manos y los cuenta despacio.

—¿Y cómo sabemos que son 100 dólares? —pregunta el grandote mirándome con suspicacia.

—No sé, me lo dijo mi abuela, ella no me va a mentir…

Se miran entre ellos, se alejan un poco del grupo y cuchichean de espaldas a nosotros. El canoso se guarda las pesetas en el bolsillo. Tras un minuto de charla vuelven hacia nosotros.

—Bueno… tienen suerte ustedes —nos dice con una sonrisa—. Hoy no tenemos ganas de cargar críos en el patrullero. Pero no se queden mucho rato más porque podemos volver de un momento a otro. —ambos se ríen descaradamente.

Cerdos asquerosos, ojala se pudran por dentro.

Ambos agentes se van rumbo al patrullero. Se suben, arrancan y desaparecen.

Durante unos minutos no emitimos sonido, escuchamos el susurro del mar y nos miramos los pies. Cuando nos aseguramos de que ya no se oye el motor del patrullero empezamos a gritar, a abrazarnos y a saltar. Fernando y Matías me alzan en el aire como si fuera un campeón. Augusto corre hacia el agua agitando las manos y se zambulle con la ropa puesta, Valeria se sube a caballito de Esteban.

—¡Nos salvaste, boludo, nos salvaste! —me dicen los hermanos.

No es para tanto, pienso.

—¡Mejor que nos rajemos! ¡Vamos a festejar a San Bernardo! ¡A ponernos bien en pedo! ¡Síííí! —grita Matías eufórico.

Corremos al auto y nos subimos. Matías arranca y salimos a toda velocidad. Nunca volveremos al faro.

En el trayecto Esteban me pregunta:

—¿En serio esos billetes equivalían a 100 dólares?

—No tengo ni idea. —le respondo.

 

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