La edad del idiota: 29. El día de mi muerte

Diego M. Rotondo

 

 

29

EL DÍA DE MI MUERTE

 

21 de Agosto de 1997.

Voy aferrado a Joaquín como una garrapata. «¡No tan rápido, hijo de puta!», le grito. Al advertir lo espantado que estoy acelera más, el motor gruñe, me vibran las piernas, mi columna vertebral se arquea como si fuese a despegarse de mi espalda. No estoy exagerando, la moto de Joaquín acelera de 0 a 100 en 2 segundos, y el cuerpo lo siente; mí cuerpo, no el de él, que va inclinado hacia delante, agarrado del manubrio, siendo uno con la máquina. Ninguno de los dos lleva casco. Los autos pasan a centímetros de mis rodillas. «¡Me quiero bajar, la concha de tu madre!», chillo desesperado; él sigue, absorto, zigzagueando entre el tráfico de la autopista. Alcanzo a ver la aguja del velocímetro, tiembla sobre los 220 Km/h. Pienso que este viaje desquiciado es una metáfora de nuestra amistad: siempre en los abismos.

Cuando te desplazás a semejante velocidad, todo lo que está lejos se acerca en un parpadeo, no hay tiempo de pensar, si no tenés buenos reflejos estás muerto. Si Joaquín no hubiese tomado esa montaña de cocaína antes de subirse a la moto, no me sentiría tan desesperado. Nunca sentí tanta sensación de muerte inminente. En realidad sí, hace tiempo ya, sentí algo parecido…

10 de Febrero de 1990.

Augusto no había exagerado al decir que el primo de Valeria era un desquiciado al volante. Vamos los cinco a bordo del Ford Taunus coupé del padre de Matías. Es un auto gigante por dentro. En las butacas delanteras van Matías y Fernando, y atrás, Esteban, Augusto, Valeria y yo del lado de la puerta, en ese orden. Me aseguré subirme último para poder sentarme al lado de ella. Cada vez que llegamos a una esquina con un semáforo en rojo Matías clava los frenos y los neumáticos rechinan, la sacudida nos empuja hacia adelante.  Cuando se pone la luz amarilla, acelera, los neumáticos vuelven a rechinar y salimos disparados hacia atrás. Valeria se agarra fuerte de mi brazo. «¡Pisalo!», incita Fernando a su hermano, y él le hace caso, el motor ruge. Estoy seguro de que nos vamos a hacer mierda, de que vamos a morir como murieron los padres de Pedro, despedazados dentro de un bollo de chapa en algún rincón de la ruta.

La calle por la que avanzamos tiene bastante tráfico y Matías zigzaguea continuamente entre el poco espacio que hay entre los autos. Cada vez que da un volantazo yo cierro los ojos instintivamente. «¿Estás seguro que por esta avenida salimos a la ruta?…», le pregunta a Fernando. «¡Sí, pelotudo, ya te lo dije mil veces!», le responde su hermano. Augusto se raja un pedo ruidoso y empieza a reírse a carcajadas. «¡Forro!», le grita Esteban, que va pegado a él. Fernando se da vuelta y le clava una mirada asesina: «Si volvés a cagarte te tiramos en medio de la ruta…», lo amenaza. Augusto no responde y trata de contener la risa. Bajamos todas las ventanillas para que se ventile la cabina. La calle se termina en una plaza, a lo lejos se divisan luces de colores y se escucha música. Matías frena, no hay forma de rodear la plaza. «Dale marcha atrás y busquemos otro camino», le indica Fernando.  Quedamos en silencio aguardando la decisión del piloto, que titubea acelerando en Punto Muerto. Alguna gente pasa caminando a nuestro lado y nos observa con curiosidad, enseguida nos damos cuenta de que el último tramo de la avenida es una peatonal. Matías pone Primera y se sube a la plaza. «¡Pará enfermo, nos va a cazar la policía!», le grita su hermano sacudiéndole el hombro. Matías maniobra el auto entre el gentío que pulula por la plaza, esquiva árboles, juegos y bancos, por suerte va despacio, igual tiene que frenar a cada rato para no aplastar a los nenes que corretean de un lado a otro. Unos tipos empiezan a trotar a la par del auto, le pegan patadas a las puertas y nos putean. Si llegamos a parar nos van a linchar, pienso. Se hace un claro en el camino y Matías acelera para perderlos. Llegamos al centro de la plaza, al borde de una estatua montaron un escenario improvisado, hay un tipo con traje y galera roja que se percata de nosotros y grita a través del micrófono: «¡Eh, ustedes, pero qué mierda hacen acá!». El público se da vuelta para vernos, se tapan los ojos encandilados por las luces del auto. Matías gira bruscamente rodeando el escenario y se escapa por el lado izquierdo de la plaza; miró hacia atrás y veo una horda de gente corriendo tras nosotros.

Estamos en la avenida nuevamente, ahora sí que vamos rápido, alcanzo a ver la aguja del velocímetro tocando los 120. Valeria le pega a Matías en la nuca. «¡Tarado mental!, ¿te das cuenta lo que acabás de hacer?… ¡Mirá si pisabas a alguien!», le grita. Intento calmarla tomándola de la mano. Ella gimotea y ríe al mismo tiempo; está loca, todas las Valerias están locas.

La ruta es una boca de lobo, sólo vemos el tramo de asfalto iluminado por las luces. A los costados y atrás no se ve nada, es como si estuviéramos en un túnel. Valeria se serena y apoya su cabeza en mi hombro, huelo el perfume a coco que emana su cabello. Está tan oscuro que podría besarla y nadie se daría cuenta. Esteban y Augusto cuchichean en silencio. Fernando se enciende un cigarrillo y apoya las patas sobre la guantera. Matías maneja concentrado, casi pegando su nariz al parabrisas; al cabo de un rato decide hablar: «No me van a decir que no fue divertido lo de la plaza…», dice. «Sos un idiota…», le contesta su prima con voz apaciguada y sin quitar su preciosa cabeza de mi hombro.

Tras surcar una calle de tierra, llegamos a los pies del faro, la antorcha de concreto que guía a los barcos. Este debe ser un faro abandonado, porque está apagado. Matías estaciona en el rellano que rodea la entrada. No hay nadie, ni un perro vagabundo. Bajamos del Taunus, Valeria me agarra la mano; caminamos rumbo a la playa; por suerte Fernando trajo una linterna, de lo contrario nos tropezaríamos con todo. Debería decirle algo a Valeria, pero no se me ocurre qué, tengo miedo de arruinar el encanto con una de mis estupideces. «La tenés servida en bandeja», me diría Pedro. Los chicos se adelantan cantando y saltando. Me agacho y finjo ajustarme los cordones de las zapatillas. Valeria se queda esperándome, es mi oportunidad, me paro, la agarro de los hombros e intento darle un beso, ella me empuja: «¿Qué hacés, boludo?», dice sonriendo nerviosamente. Me quedo mudo, no sé qué decir, estoy muerto de vergüenza, se me aflojan las piernas, quisiera suicidarme. ¿Qué diría Pedro?… seguro se le ocurriría algo. Cómo extraño a Pedro, cómo lamento haberme peleado con él.

—Perdón… —murmuro y agacho la cabeza.

—No te confundas… —me dice Valeria—. Me caés bien, pero como amigo.

—Bueno…

Hubiese preferido un disparo en la cabeza antes que caerle bien como amigo.

—Vamos. —me dice con tono maternal y vuelve a tomarme la mano.

Es increíble cómo el día más hermoso de tu vida, en un segundo, puede convertirse en el más horrible. Le suelto la mano, a ella no parece molestarle, se adelanta unos pasos.

Llegamos a la playa, a nuestras espaldas, indiferente y ajeno, se divisa el pico del faro muerto alumbrado por la luna. La arena está fresca y huele a pescado. Los chicos se sentaron cerca de la orilla. Al llegar junto a ellos Fernando advierte la cara de culo de su prima y me echa una mirada intimidante.

—¿Qué te pasa, prima? —le pregunta sin dejar de mirarme.

—Nada… me duele un poco la panza… —miente ella mientras se sienta en la arena cruzando las piernas.

—¿Querés que nos volvamos? —le pregunta Matías.

—No… ya se me va a pasar…

Que lástima que dijo que no; quisiera desaparecer, volver a Buenos Aires, a mi triste habitación, a mi triste computadora. El faro, la playa, la oscuridad, la fragancia del mar, todo lo que hace unas horas me encantaba, ahora me provoca náuseas.

De repente escuchamos el motor de un auto acercándose. Nos damos vuelta y entre los médanos distinguimos el azul titilante de un patrullero.

—¡La policía pelotudo, te lo dije! —grita Fernando levantándose rápidamente.

—¿Qué hacemos ahora?… —pregunta Valeria.

Esteban y Augusto se agarran la cabeza. Yo sonrío.

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