El poder del deseo: ¨Thelma¨ de Joachim Trier

Miguel Ángel Silva

 

 

Si hay algo que caracteriza a las películas nórdicas es su belleza. Los paisajes nevados, los lagos azules, las costas brumosas, la calma y el silencio ayudan a ese estado de ensimismamiento con uno y con la naturaleza que lo rodea. Los paisajes en Thelma (2017) de Joachim Trier —Reprise (2006), Oslo, 31 de Agosto (2011) y Louder Than Bombs (2015) — tienen esa belleza mencionada, pero a la vez posee un halo de belleza metafísica, la que parece estar a tono con lo que plantean muchos directores nórdicos. Una belleza idílica pero que sugiere que por detrás existe algo desconocido, siniestro y terrible. Algo más allá de lo físico y material, algo inexplicable que no puede ser estudiado por la ciencia, algo que no es tangible pero que tiene la fuerza demoledora de una tormenta de nieve.

Thelma (Nominada al Premio de la Crítica Cinematográfica a la Mejor Película Extranjera) es una gran obra llena de símbolos y provocativas imágenes visuales sobre signos que se encuentran agazapados bajo el bello paisaje de una postal noruega. Peces nadando bajo la dura costra de hielo —después se verá que esa visión curiosa produce a la Thelma-niña una idea monstruosa—, oscuras serpientes que no serían otra cosa que el pecado y la tentación de la carne, lunares que muestra orgullosa Anya, una compañera de la Universidad —los mismos que en la época de la Santa Inquisición eran signos que ponía el diablo en brujas y corruptoras— y que Thelma mira fascinada, bandadas de pájaros como voceros de que algo está por ocurrir, viento, fuego, luces, etc.

Un bosque de cuentos de hadas puede tener agazapados seres monstruosos. De hecho, en las fábulas que todos conocemos, el bosque puede ser tan cruel como los seres que la habitan. En la primera escena de la película —una secuencia estéticamente hermosa e inquietante— padre e hija se encuentran cazando un ciervo ¿Quién de los dos es ese ser monstruoso al que todavía no conocemos? ¿El padre que deja de apuntar al animal para hacerlo directamente a la cabeza de la niña sin que ella se diese cuenta, o la pequeña Thelma, que posee poderes para provocar daños terribles? Al perdonarle la vida, Trond, el padre de Thelma, se la apropia como suya y a partir de entonces el control sobre ella será absoluto. Por lo menos hasta que tenga la edad suficiente como para realizar sus estudios terciarios.

La historia comienza cuando Thelma (una increíble interpretación de Eili Harboe) se va de la casa de sus padres para ir a estudiar Biología a la Universidad de Oslo, una carrera ya de por sí curiosa porque choca de frente con las creencias conservadoras del catolicismo. Esto, comenzar una carrera que estudia precisamente la evolución de las especies y el salto hacia una vida social libre de prejuicios morales, son cambios importantes en su vida. Una vida que solo recuerda a retazos. Una vida signada por la devoción cristiana de sus padres que ella asimiló como la única alternativa a una infancia secreta, anestesiada a través de ansiolíticos por un padre doctor que la mantuvo en una especie de limbo para que no siga desatando el infierno en la tierra. Una vida controlada hasta en los mínimos detalles. Por eso este cambio de escenario es de por sí traumático y arriesgado. Aunque su padre, en una secuencia, le dice a su mujer: creí que se había terminado, no sabemos todavía a qué se refiere, pero en esas palabras está la clave de la película. Por eso esta libertad condicional que Thelma no sabe interpretar está llena de riesgos. A partir de entonces tiene dos caminos posibles, dejarse llevar por las tentaciones, dejando atrás prejuicios y dogmas establecidos en su conciencia como verdades absolutas o reprimir esos deseos que la tientan constantemente a través del alcohol, los bailes, el cigarrillo o el amor.

Claro que los deseos tienen sus propias reglas. Y para Thelma desear algo con absoluta convicción la vuelve un ser sobrenatural, capaz de hacer desaparecer las cosas que la molestan o hacerlo aparecer si realmente eso es lo que ansía.

Como dije antes, Thelma se construye a través de símbolos. Algo a lo que nos tiene acostumbrados Lars Von Trier —el primo de Joachim— con películas como Dogville (2003), El Anticristo (2009) o Melancolía (2011). Pero también como sucede en el cine de Darren Aronofsky, con títulos como Cisne Negro (2010), Madre! (2017), o El árbol de la vida (2011) en el caso de Terrence Malick. Películas que trascienden el simple hilo argumental para centrarse en los márgenes, en el significado que encontramos en cada objeto, encuadre o punto de vista.

Al ser el film de Trier una puesta elegante, armónica, preciosista en los mínimos detalles, no padece, como ocurre en las anteriores películas, una simbología desmesurada. Todo es más austero, minimalista y con la precisión típica del cine nórdico. Pero sí es cierto que allí están, para reinterpretar la historia de una adolescente que tiene miedo a enfrentarse a los demás y a sí misma, tanto desde el punto de vista teológico como del sentimental. Y la tensión opresiva que merodea toda la película, no hace más subrayar esos tópicos.

Hay ciertas similitudes con la obra Carrie de Stepehn King, que Brian de Palma llevó de manera magistral en 1976. Esta no una película de terror convencional, pero los ataques convulsivos que Thelma sufre cuando hay algo que la perturba puede —de hecho parece hacerlo— cambiar drásticamente el entorno. Carrie White, de De Palma, podía mover objetos a su antojo a cierta distancia, lo que se llama telekinesis, que luego de prácticas agotadoras en una habitación plagada con estampas de Jesús crucificado —allí hay también una alta dosis de símbolos cristianos— logra dominar. El poder de Thelma es más aterrador. No solo ignora su poder, sino que el que lo controla y lo aplica no es ella sino su deseo reprimido. Es una especie de don divino —o maligno, llegado el caso— que decide por ella cuando entra en estado convulsivo.

A partir del primer ataque que sufre mientras estudia en la biblioteca de la Universidad, Thelma decide consultar a los médicos. Hay claros referentes  a la película El Exorcista (William Friedkin, 1973) cuando a Regan —la niña poseída por el demonio Pazuzú— la someten a terribles estudios para descartar un tumor cerebral. Con Thelma sucede lo mismo. Y en los dos casos, no existen evidencias de enfermedad alguna, lo que lleva a los médicos a rastrear en posibles conflictos o traumas de la niñez. Es cuando Thelma se da cuenta de que los padres le mintieron en muchas ocasiones. Y no solo eso, le ocultaron cosas que ahora vuelven a surgir con absoluta virulencia.

Esto es así porque salió de su lugar de confort. Un lugar creado por sus padres, un hogar cercado con un muro de contención para que no volviese a ocurrir algo que ella había olvidado que había ocurrido. Pero ahora está libre, conociendo amigos de su edad, yendo a bares, insultando al mismo Jesús y, por primera vez, sintiendo una especial atracción por una compañera de estudios. Demasiado para alguien que no podía dar un paso sin llamar a sus padres por celular. Empezó a mentir, empezó a beber, a fumar y a tener encuentros amorosos con Anya su compañera de estudios.

A partir de allí, su desconcierto se torna más evidente. Teme estar sintiendo y haciendo cosas indebidas; cosas que la lleven al mismísimo Infierno. Algo de ese calvario le fue explicado por su propio padre. En una escena —copas de vino de por medio— Thelma le cuenta a su amiga que cuando era niña su padre le puso la mano cerca de la llama de una vela el tiempo necesario para que sintiese un calor insoportable en su piel pero no lo suficiente como para que le quedase marca alguna. ¿Ves?, le aleccionó el padre, así es el Infierno todo el tiempo.

Esta conversación que mantiene con su amiga en la habitación bien podría ser acerca de Dios Padre y no de sus padres biológicos. ¿Estás enojada con él?, le pregunta Anja. No, es una buena persona, a lo que Thelma le pregunta, ¿y tú? —al enterarse de que el padre de su amiga vive otra vida con otros hijos—, lo hice por un tiempo, le contesta, pero a medida que crezco tengo menos necesidad de involucrarlo en mi vida. Todo esto se desarrolla después de que ambas hubiesen estado blasfemando el nombre de Jesús. Un claro mensaje en que el Dios de la ira divina tiene cada vez menos adeptos.

Thelma no sabe cómo enfrentarse con estos dilemas, entonces trata de reprimirlos. Y en cada acto represivo a su propia naturaleza —en el caso de la homosexualidad— o a sus creencias —en el caso de su formación católica ortodoxa— sufre los ataques paroxísticos que hacen implosión dentro de su cuerpo. Y es allí, en ese estado de cuasi exaltación divina —recordemos que no padece ningún trastorno médico— castiga a quienes se interponen en su recto camino hacia la salvación de su alma. No importa quién sea. No importa si siente un profundo y sincero amor hacia ellos. Aquí no entra en juego la razón, sino la devoción. Es el deseo reprimido que destruye todo lo que se interponga entre el ser y su lugar de paz espiritual.

Al conocer el verdadero rostro de la vida, en Thelma todo es tensión. Y esa tensión se traslada a su entorno. Como en la película de Brian de Palma, en donde Carrie White hacía explotar los focos de luz cuando algo empezaba a perturbarla, en un escena de Thelma, se produce una tensión erótica entre ella y su amiga tan fuerte que los reflectores del techo del teatro en donde estaban asistiendo, empiezan a balancearse peligrosamente sobre las cabezas del público en un crescendo en el que juega un papel crucial la música, los innumerables cortes de plano y la cada vez más desbordada Thelma, en una situación no da respiro.

Hasta aquí es la vida de Thelma, incorporándose al mundo real con sus tentaciones. Pero, y aquí entra el clima fantástico, ¿qué es verdad en todo lo que ocurre a su alrededor? Hay situaciones que parecen reales pero que luego nos damos cuenta que no han sucedido y escenas crueles y absurdas que parecerían producto de un mal sueño y que sin embargo ocurren y tuercen de manera radical todo su contexto social o familiar.

Trier juega inteligentemente con esta ambigüedad. Es, en ciertos aspectos, un film fantástico, de terror en otros, e incluso un thriller psicológico, pero también es una dura crítica hacia los dogmas religiosos ultra conservadores que se siguen aceptando como en plena Edad Media.

La interpretación de Eili Harboe (aunque parezca mentira fue la ganadora del Astor de Plata en el Festival de Cine Internacional de Mar del Plata por esta película) es magistral. Sus conflictos emocionales se ponen de manifiesto en esos llantos contenidos, en esa zozobra que produce su mirada cada vez que se encuentra con la razón de sus desvelos, con su fragilidad que nunca parece recomponerse. Por otro lado, Kaya Wilkins en el papel de Anya es su perfecta antítesis, y más teniendo en cuenta que esta es su primera incursión en el cine. Tanto Henrik Rafaelsen (Trond) y Ellen Dorrit Petersen (Unni) como los padres de Thelma son lo convincentemente  dulces e inquietantes a la vez.

La música de Olam Flottum produce tensión en los momentos claves y acompaña de maravilla la espectacular fotografía de Jakob Ihre. Una fotografía plena de luz, de color, con muy pocas escenas lúgubres o tenebrosas, llamativo en una clase de historia que tiene al terror o lo sobrenatural como parte esencial de la trama, pero no olvidemos la frase del escritor H.P. Lovecraft, creador del terror cósmico: “Es una equivocación creer que el horror se asocia inextricablemente con la oscuridad, el silencio y la soledad”.

Si bien en esta película hay mucho silencio y los personajes padecen una soledad que se ve acentuada por los grandes espacios vacíos, la oscuridad brilla por su ausencia. Todo el horror se produce a plena luz del día, en donde la luz se intensifica en el hielo, en la imponente piscina de natación o en las tranquilas aguas de un lago, el mismo lago en el que Thelma se introduce por última vez y del que logra salir para liberarse de todas sus ataduras emocionales y espirituales. El pájaro —podría ser el mismo que se estrelló contra las ventanas de la biblioteca, segundos antes de su primea convulsión— ahora sale expulsado de su boca y remonta vuelo, corolario final de que al fin es libre.

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