Historia de Jacobo (II)

Max Aub

 

 

DE LOS PAPELES

Los hombres para andar por el mundo necesitan llevar papeles. No pueden nacer sin ellos. Tan pronto como son paridos (los hombres no tienen huevos), confrontan sus antecedentes y a ellos suele adherirse una fotografía. Misterio incomprensible porque si la fotografía la lleva encima la propia persona retratada, ¿qué utilidad puede tener? Probablemente se trata de un mito solar. Pero me inclino a creer que es reflejo de otra tradición fetichista humana: el narcisismo.

Los hombres tienen en mucho poseer el mayor número de papeles donde se asegure —¡oh infantilismo!, ¡oh cortedad del intelecto!— que ellos son ellos y no su vecino. Suelen decir frases sacramentales que se oyen en todo momento:

—¡Si yo tengo todos mis papeles!

—¡Si todos mis papeles están en regla!

Lo sorprendente es que no les sirven para nada, lo que demuestra que se trata de una manía cabalística o superstición idólatra, hija de un atavismo totémico. Lo cierto es que no se atreven a vivir sin ellos y son capaces de dar cualquier cosa por conseguirlos; algunos he visto encerrados por intentar tenerlos rápidamente, otros por carecer de ellos, consecuencia de la absurda, monstruosa importancia que dan los hombres a lo impreso.

Prefieren los papeles más antiguos, e igual les sucede con lo que llaman billetes de banco, que son otra clase de papeles que sirven para conseguir con facilidad esos otros con retrato de los que hablaba antes. A la posesión de billetes de banco conceden los hombres importancia mayor. Los poseen los ricos, carecen de ellos los pobres (palabras de difícil explicación). Sin existir diferencia natural entre unos y otros, esta división les lleva a grandes desigualdades en alimentos e indumentaria.

La adoración mágica a ciertos caracteres, llamados números, es otra prueba de su mentalidad primitiva y prescritas creencias. Llevado por mi afán de conocer, y aun por la curiosidad, comí un billete de los tal; puedo asegurar que no difieren de los demás papeles, v. gr., de otros mucho mayores de los que, sin embargo, no hacen tanto caso —a pesar de serles más útiles— y que se llaman periódicos; guárdanlos cuidadosamente, recortándolos en trozos más pequeños, cosa que no hacen con los billetes de banco. Esa necesidad de emplear papel para menesteres innombrables es otra demostración fehaciente de la inferioridad física de los hombres con respecto de los Cuervos y aun de los demás animales, que para nada necesitan de ellos. Lo que hacemos volando, atéstales mil suspiros, y lo tienen por vergonzoso.

Los hombres se aprecian y consideran según el nombre: si se llaman Abraham, Moisés o Isaac, valen menos que Francois, Whilhelm o Winston. Como los apellidos se heredan no cuentan por lo que son sino por lo que fueron. Ya dije cómo el azar del sitio de nacimiento es más importante que su propio valer. El esfuerzo, la voluntad, la inteligencia, la honradez, no cuentan para nada frente a los papeles. Es decir, aunque no me creáis, que el valor, el tamaño, la fuerza, el entendimiento están subordinados a la administración. Lo primero: los sellos, los atestados, las certificaciones, los visados, los pasaportes, las fichas. No cuenta la vida, sino lo escrito; no las ideas, sino la desaparición del libro donde está o pudo estar inscrito. Me dicen que esta reverencia por lo impreso es relativamente nueva, pero carezco de datos para confirmarlo. Son capaces de matar con tal de conseguir unos papeles, aunque sean falsos. Supongo que esta absurda costumbre contribuye en mucho al triste estado actual del hombre.

 

DE LA MUDA Y DE LAS FRONTERAS

A los veinte años los hombres suelen mudar de pelo. Llaman a ese plumaje uniforme y suele durarles un año o dos, según los países, es decir, según las fronteras. Sépase que frontera es algo muy importante, que no existe y que, sin embargo, los hombres defienden a pluma y pico como si fuese real. Estos seres se pasan la vida matándose los unos a los otros o reuniéndose alrededor de una mesa, sin lograr entenderse, como es natural, para rectificar esas líneas inexistentes.

Fui testigo del siguiente hecho, que traigo a cuento como ejemplo de su acrisolada idiotez:

Dos italianos encuadrados en el ejército de su país decidieron que no estaban de acuerdo con la manera italiana de gobernar el mundo. El jefe supremo de su banda, con cierto aspecto de dogo, llamado Duche, estaba de acuerdo con el jete de otra banda llamado Fúrer que a su vez estaba en guerra con el mundo de los gallos. (El sentimiento de inferioridad de los hombres queda demostrado al verlos escoger como emblema de sus tribus a un animal superior. Para los italianos un lobo, para los alemanes un águila, para los franceses un gallo, para los rusos un oso, para los españoles un león, etc.). No estando conformes nuestros dos hombres con la manera lobuna de entender el mundo, decidieron cambiar su plumaje y pasarse a los gallos. (Me parece difícil hacer comprender a mis compañeros de la Academia Cuerva, cómo, cuando les llega a los hombres la época de la muda, los unos aparecen vestidos de un color y otros de otro por el sólo hecho de haber nacido dos kilómetros más allá. Pero esto nos llevaría de nuevo al mito de las fronteras. Además, los hombres hablan de manera distinta según donde nacen, el habla humana no es lengua universal como el croar cuervo. De ahí muchos males. Figuraos una docena de cuervos decidiendo quedarse en las ramas y encargando a los demás buscarles el sustento, figuraos que los envíen a buscar lombrices y que los que las busquen y hallen se quedaran sin ellas por el solo hecho de haber sido mandados. Si a tanto llegan, podréis comenzar a entender la organización de los hombres y su extraño raciocinio. No pido que me creáis. Sólo deseo que estas páginas sirvan para acelerar la creación de un Instituto para el Estudio y Aprovechamiento de los Hombres. Creo que podremos, a poca costa, servirnos de ellos para descansar y dedicarnos de lleno a las bellas artes).

Mas volvamos de nuevo a la historia de los dos italianos. Cruzan la frontera (es decir; pasan de un lugar a otro) y se presentan ante las autoridades gallas (o galas como dicen ellos), no sin haber perdido, al paso, tres de sus compañeros que se les unieron en el último momento y que mal murieron a consecuencia de sendos tiros disparados con pericia por un destacamento de cazadores italianos que guardaban la frontera. Llegan nuestros hombres ante un francés uniformado; éste los felicita por tanto arrojo, y los lleva al gallinero, destapan botellas, telefonean a un galoneado. Éste no supo qué hacer y telefoneó a otro y éste a otro. Deciden que aquello estaba bien y vuelven a felicitar a los italianos. Pero como no estaban todavía en guerra gallos contra lobos deciden que nuestros hombres pueden ser peligrosos, que conviene enviarlos a hombres de más galones, en la capital del país para que decidan su suerte. Allá van los dos lobos, con un gallo guardia para que no se escapen. En París, los italianos son interrogados minuciosamente: dónde estaban, qué habían visto, qué suponían. Mis lobos, con tal de servir a la democracia, dicen cuanto saben. Síguese un conciliábulo entre los galoneados galos y otros tan galoneados como los más galoneados, pero que llevan los galones dentro, llamados policías secretos.

—Están ustedes libres.

—No, si nosotros queremos servir a la democracia.

—Ésta ya no es cuestión nuestra, diríjanse al centro de reclutamiento (Centro de mudas).

En la puerta misma del edificio, dos gallos, de los de galones adentro, piden sus papeles a nuestros italianos:

—Nosotros somos dos lobos, etc., etc. Y cuentan su historia.

Los detuvieron por no tener papeles. No tenían ni de los de fotografía, ni de los de banco.

En el juicio, el defensor de oficio aseguró que eran amigos de los gallos, unos gallos honorarios; pero el fiscal le contestó muy orondo que los gallos tenían con qué defenderse, que no necesitaban de los lobos para nada. En nombre del Marne —un tabú— se les condenó a un mes de cárcel y cien francos de multa.

Al salir de la cárcel, los llevaron al campo de concentración. Se declaró la guerra entre lobos y gallos, rindiéronse éstos y entregaron los dos internados a los lobos. Mis italianos estaban furiosos; se les pasó: los fusilaron, tan pronto como pasaron la frontera.

 

DE LAS GAFAS

La única costumbre hombruna que me parece aprovechable para la civilización corvina es el empleo de las gafas. Distintivo de los más pacíficos e inteligentes, que sería fácil de adoptar ya que avisa desde lejos las personas de más respeto. No desespero de dar algún día con un cuervo óptico —denominación que se da entre los hombres a los que otorgan ese honor—. Consisten las tales en dos medallas transparentes —espejuelos— que se colocan sobre el pico y ante los ojos, para que sean vistos perfectamente por los demás. Dan prestancia, y el que las lleva no puede olvidar su escogida condición. No sirven para ver sino para ser visto.

 

DEL BULO

El bulo es el principal alimento de los hombres. Crece con inaudita rapidez. Basta una frase, y va es todo: corre, envuelve, gira, domestica, crece, baraja, entrevera noticias y figuraciones, busca bases, da explicaciones, resuelve cualquier contradicción: panacea.

Sus diversos padres: viejos, guardias, cartas, radio, externos, viajeros, huidos, campesinos de los alrededores, antesalas, esperas, colas.

Intranquiliza a los más escépticos, exalta a los alicaídos, corre, vuela y se revuelve, desconocido. ¿De dónde nace? Del aire y siempre con un regustillo de verdad escondida. Cada bulo tiene su grano de anís, la cuestión es dar con él, en la interpretación está el gusto. Se le diseca y desdobla como una célula cualquiera, más paridor que coneja. Forma grupos, disuelve reuniones, yéndose cada cual a formar un nuevo centro, red nerviosa, rapidez de luz, toque de imaginación, vanguardia de deseos, fruto natural del sueño, pimienta del encierro, sarpullido de las noches, desazón de los enteros, escalofrío de tontos, plasmado sueño de débiles. Se desvanece con otro y de bulo en bulo pasa el tiempo, bulo de bulos. Hácese la noche, cae el sueño y la muerte: otro bulo.

 

DE LA MUERTE

El hombre se señala por su desagradecimiento. Según tengo entendido que en épocas pasadas (y del hecho hay documentos en la Academia) muchos muertos, en homenaje a nuestra superioridad, nos eran ofrecidos, fuese colgando de las ramas de los árboles: atención delicada, pero ya en completo desuso (lo que me hace suponer que la desdicha de los hombres no conocerá fin), o expuestos en la cumbre de altas torres, para facilitar nuestro gusto. Ahora la costumbre general es, sin otro fin que demostrar su odio hacia sus superiores, enterrar a los muertos con complicadas ceremonias. Estos últimos tiempos, en los que las matanzas han sido mejor organizadas, han llegado a extremos inauditos, hijos de la desesperación. Con tal de ofendernos, queman las carnes, después de haberlas desinfectado con gases, en cámaras especiales. Supongo que la reclamación, acerca de tal desacato, de nuestro ministro en Ginebra, surtirá algún efecto. Si no hay holocausto en nuestro honor, ¿para qué las guerras?, ¿para qué tanto cadáver? Y ¡oh colmo de la estupidez!, ni siquiera escogen a los mejor cebados.

 

DE LAS ARMAS

Por lo que sé, el hombre ha venido, y viene, cada día a menos. Es el único ser que ha inventado lo que ellos llaman armas. Es decir, instrumentos para matar cobardemente, sin exponerse. A nosotros nos respetan, como no podía menos de ser, por nuestra ancestral superioridad, pero hablen conejos, liebres, perdices, y los propios hombres. Que su mayor preocupación es entrematarse. Dicen que en tiempos remotos, como es natural y única justificación, lo hacían para comerse a la víctima. Hoy, no. Conténtanse con enterrarlos. Según vagas noticias, tengo entendido que algunas tribus de oscuro color siguen todavía aquella antañona y racional costumbre. En algo se había de conocer la superioridad de su apariencia; semejantes, aunque sólo sea en eso, a nosotros; aunque un cuervo jamás come ni se comerá otro cuervo.

 

DEL DORMIR

Todos dormimos, ligeros o pesados de sueño, según seamos. Los hombres —concentrados y uniformados— también duermen. Únicamente quiero llamarles la atención acerca de otra peculiaridad absurda: sabemos que algunas clases, superiores a ellos, también se echan para dormir; no hay duda que las cuatro patas son signo de inferioridad manifiesta; pero perros, caballos, bueyes, conejos, etc., conténtanse con doblar las rodillas y apoyar la cabeza en donde mejor les cae. El hombre, no: para dormir da vueltas, se tumba de costado y aun de espaldas y así, panza al aire, dice que descansa, cuando sólo imita a la muerte. No es de extrañar que, en esa posición, ronque. El ronquido es una queja del alma, que sale a la oscura luz nocturna por la irreverencia que tal postura entraña. Hay muchas clases de ronquidos, ésas sí, y no como sus lenguas, comunes a toda la humanidad. Prueba palpable de la existencia de Nuestro Señor el Gran Cuervo, ya que si no obedecieran todas las almas a un mismo principio no roncarían todos en el mismo idioma —salvando las diferencias individuales—, evidencia, a su vez, del libre albedrío.

Sólo algunos perros, contagiados por su vergonzoso trato diario con los humanos, adoptan a veces la absurda postura del decúbito supino.

 

DE LA FANTASÍA

Creen los hombres lo que les conviene y fingen ignorar lo que no. Así siempre se sorprenden; que el gusto de todos implica el propio desencanto. No hay dos deseos iguales, y un solo mundo; no quieren atenerse a él y cada quisque se figura otro. Después, lloran su fantasía como perdida realidad; lágrimas verdaderas sobre cadáveres imaginarios. Teniendo el remedio tan a pico lo desconocen queriendo. Culpa de su imaginación, que es su gusto.

 

DEL OLVIDO

Su capacidad de olvido es tanta como la de invención, y son los seres más tornadizos del mundo. A veces, pienso si no les inspira el viento, dándoles ideas cuando sopla del norte, borrándoselas con brisas del sur. Inconstantes y volanderos, los más culpan a los menos o los menos a los más de sus desengaños, sin dar en la propia razón. Los que se empeñan vencen, pero son pocos. De tan absurdos males se vuelven amarillos.

 

DE LA LIBERTAD

Cifran los hombres su ideal en la libertad, amontonando fronteras. Quieren viajar para aprender, su máxima ilusión, e inventaron los pasaportes y los visados para entorpecer su paso. Detiénense y hácense detener en líneas arbitrarias, tiralineadas al azar de los tratados. Y aun existiendo el objeto de su deseo al alcance de su mano, no lo cogen, por falta de sellos. No hay cuervo que los entienda, ni ellos se entienden.

Más la quieren (la libertad) cuando más lejos están de alcanzarla, con lo que se pone de manifiesto, una vez más, su falta de sentido. Por la libertad viven encerrados, cuando no por gusto, a la fuerza, por donde pruebo, una vez más, que gozan con lo que no tienen. Si tuviesen alas, ¿qué no inventarían? Aunque teniéndolas, desearían carecer de ellas.

Viven durmiendo, armando sueños, y, aunque los reputan inverosímiles, creen en ellos y aun los gozan, que no va nada para los hombres de lo imaginado a lo tangible.

Con estos elementos su mundo tiene que parecerles fantástico, absurdo en sus consecuencias, incomprensible para discretos. Así es.

 

DE LA ESTÉTICA

Entienden los hombres por bello lo que les gusta y no sea de comer. Distinguen entre belleza y gracia. La gracia es volandera y la hermosura perenne. La gracia sólo queda en la memoria, la hermosura en piedra. Gracia: hermosura que vuela; belleza: gracia perenne. La gracia es ligera y actual; la belleza puede ser pesada y pasada. La gracia tiene el atractivo de saberse breve, sin vuelta. A la hermosura se la puede despreciar un poco, por quieta, seguro como lo están de reencontrarla a la vuelta. Sin hermosura no habría gracia.

Del arte: Manera que tiene el hombre de conocerse. Y, por eso mismo, en la mayor decadencia.

 

DE LA POLÍTICA

Definición: Arte de dirigir.

Medio: Hacer virtud de la hipocresía. (Los que no lo logran, se llaman sectarios, parciales, fanáticos, o papanatas, crédulos, cándidos).

Ejemplo:

—¿Quién, fulano? Es un cabrón.

Entra fulano:

—¡Querido fulano! ¡Tanto tiempo sin verte! ¿Dónde te metes?

 

DE LOS AMIGOS, DE LOS CONOCIDOS, DE LOS ENEMIGOS

Amigo: Hombre al que el hombre dice lo que piensa.

Conocido: Hombre al que el hombre no dice lo que piensa.

Enemigo: Hombre al que el hombre dice lo que piensa y lo que no piensa.

 

DE LA CANTIDAD

Los hombres tienen necesidad de contarse y recontarse para saber cuántos son.

Cuatro veces al día se agrupan y se ponen en filas y contestan: Présent, al oírse nombrar. Más les valdría saber cómo son.

 

DE LAS VOCES

Principal culpa de su mortal estado la tienen lengua y boca. Los hombres se fían de sones y orfeones, viven de música y se dejan arrebatar de ella. Desde ahora preciso que no hay cosa más dulce y agradable que esta armonía y comprendo que los hombres se dejen arrastrar los sentidos y enajenar el entendimiento por tal maravilla. La música duerme la crítica y una vez embarcados en ese viento no hay brújula que les cuadre, y se dejan llevar.

La música más ordinaria llámase palabra, y dejándose deslizar por su imaginación y fantasía, pretenden, incautos, explicar los sucesos por medio de sonidos. Como es natural, es más el ruido que las nueces. Llegan a figurarse y a tomar la música por hechos. Bajando por esa pendiente se fían de la música sola, sin distinguirla del canto. Imitándola inventaron instrumentos de metal y madera que producen sonidos inarticulados y onomatopéyicos, sin que ninguno de ellos llegue a la dulce armonía de la voz humana.

Las músicas o voces son distintas según los lugares y generalmente ininteligibles para unos u otros, según el lugar de su nacimiento. Llaman lenguaje a dicha música y la denominan, según les conviene: lengua, idioma, jerga, jerigonza, dialecto, habla.

En su espantosa confusión han llegado a decir: Hablar más que una urraca. Esto, y mucho más, habrá que perdonarles el día de mañana.

Cada hombre habla su idioma y, generalmente, farfullan todos el francés para entenderse entre ellos. Se agrupan según lo parecido de sus lenguas: española, alemana, italiana, polaca, yidish y catalana, que son las más importantes. A pesar de mis esfuerzos no he podido establecer una gradación exacta de sus categorías, aunque me inclino a creer que las dos últimas son las primeras. El ruso, el húngaro, el checo y el yugoeslavo parecen ser lenguas menos extendidas. Ya dije que el francés es un común denominador.

Las lenguas determinan el color, la altura y ciertas facciones humanas. El español favorece lo moreno, el alemán lo rubio.

He oído hablar de un idioma que, por lo visto, es de uso corriente en tierras lejanas, bárbaras y desconocidas: el inglés. Los ingleses inventaron los campos de concentración, pero para los demás: razón de su atraso.

 

DEL AHORRO

Los guardias, que son franceses, desarrollan una curiosa actividad llamada ahorro, que consiste en guardar dinero para la vejez. Este ejercicio redunda en falta de camaradería y solidaridad, por tener el porvenir asegurado.

 

DE LA IMAGINACIÓN

El origen de la decadencia humana tiene —en parte— su base en una extraña facultad antirracional que llaman imaginación: consiste en figurarse cosas distintas de las existentes. Trazando quimeras son capaces de negar la evidencia y cuando la conocen y reconocen es para mejor perderse en nuevas elucubraciones. Ahí radicó la mayor dificultad que tuve para entenderme con ellos. Encontré algunos capaces de glorificarse de sus defectos con tal de hacérselos perdonar. Viendo visiones, se pasan el tiempo engañándose los unos a los otros, de buena fe, y aun de mala, puesto que, ennieblados con ese absurdo, no conciben límites a su ilusión. Llegan a pretender que en eso reside su grandeza.

 

DE LAS GUERRAS

Las guerras siempre se pierden, unas veces por poco, otras por mucho; unas en semanas, otras en años. La guerra es el estado natural de las relaciones humanas. Piérdenlas al mismo tiempo que la vida, a veces sin darse cuenta, otras con plena lucidez: depende más de las circunstancias que de los entendimientos; hay quien muere como un señor y hay señor que muere sin la menor vergüenza, aullando como un perro. Para ayudarse a morir, bien o mal, inventan recompensas, como todo lo suyo, imaginarias.

Que la falta de experiencia es otra de las características del hombre: ¡Tantos años para nada! Las guerras provienen del mando —dicen algunos— y como los que están hechos a mandar y no a resistir son los generales, ellos las fomentan contra lo general, que resiste y no manda. Los generales vencidos o vencedores, que no importa, se disputan los despojos. Hubo un tiempo, de eso hablan sus antepasados, en que hubo guerras por disputarse un solo cadáver. Esto, que para nosotros tiene sentido, ha pasado, para los hombres, a ser leyenda.

 

DE LAS PIELES

Nada marca mejor la interioridad de los hombres que adornarse con nuestros despojos, honrando así a nuestros muertos, no a los suyos. Usan todas las pieles que les llegan a mano: las de los conejos, gatos, martas, zorras, lagartos, culebras, perros, bueyes, cerdos, topos, etc.

Pero su mayor lujo consiste, como es natural, en las plumas, que hombres y mujeres suelen colocarse en la cabeza. En tiempos pasados usábanlas para escribir, ya que ellos no pueden hacerlo con sus dedos. Escribir con los pies, con las curiosas vueltas que da la semántica, ha venido a tener para ellos un sentido peyorativo.

 

DE LA BLASFEMIA

Si el hombre no jura o maldice no está contento. Es costumbre muy extraña y muy extendida; frecuentísima. Bástale que algo no salga a su gusto, o tropiece, o haga calor o frío, para que inmediatamente surja de sus labios una condenación para lo que menos tiene que ver con la causa de su desagrado. Reniegos, porvidas, pestes, injurias, baldones, ofensas, dicterios, denuestos, palabrotas, se suceden como ristra de ajos —que es otra manera de denominar tales aberraciones—. ¿Qué culpa tienen de sus pequeñas desgracias: Dios, la Hostia, la Virgen o Cristo? Como si no fuera mejor dirigirse a la semilla de sus males, y acabar con ella.

 

DEL MAYOR ESCRITOR

Tienen por tales a Shakespeare, inglés, porque todos los hombres tienen algo de Ricardo III, personaje inventado por ese señor y a Cervantes, español, porque nadie tiene nada de Quijote, personaje inventado por este señor. (Definición oída a un externo con barba).

 

DEL FASCISMO

Anda ahora el mundo humano partido en dos: entre los que luchan por y contra el fascismo. Desde el punto de vista empírico todo está claro, pero mi sed de saber, mi curiosidad me ha empujado —para la mayor gloria de la ciencia— a averiguar en qué consiste tal manzana de la discordia. He aquí el resultado parcial de mi investigación:

Los Fascistas son racistas, y no permiten que los judíos se laven o coman con los arios.

Los Antifascistas no son racistas, y no permiten que los negros se laven o coman con los blancos

Los Fascistas ponen estrellas amarillas en las mangas de los judíos.

Los Antifascistas no lo hacen, bástales la cara del negro.

Los Fascistas ponen a los antifascistas en campos de concentración.

Los Antifascistas ponen a los antifascistas en campos de concentración.

Los Fascistas no permiten huelgas.

Los Antifascistas acaban con las huelgas a tiros.

Los Fascistas controlan las industrias directamente.

Los Antifascistas controlan las industrias indirectamente.

Los Fascistas pueden vivir en los países antifascistas.

Los Antifascistas no pueden vivir en países fascistas ni tampoco en algunos países antifascistas.

 

DE LOS COMUNISTAS

Son muy de admirar, según fotografías que vi: ostentan más estrellas, más medallas, más condecoraciones que nadie. Brillan.

 

DE LA PELUQUERÍA

A pesar de mis esfuerzos preveo que me estoy afanando en balde. La manera de obrar de los hombres es demasiado absurda y fuera de la lógica para que mi trabajo sirva de algo.

Ejemplo: Ya sabéis que cada día, o mejor dicho cada noche, los hombres se despluman —y no me refiero a ese absurdo neologismo que consiste en aplicar esta palabra a la pérdida de los papeles que anteriormente describí, llamados billetes de banco—. No. Lo que sucede es que los hombres son animales tan sucios que necesitan lavarse cada mañana, y para ello se quitan el plumaje. No creáis, y éste es el colmo de lo ilógico, que los más sucios son los que más se lavan, si no al revés. Cuando más limpios, más se restriegan. Ahora bien, esta ley, como toda humana, tiene tantas excepciones como la pronunciación y la forma de las nubes, v. gr.: si no se lavan el martes les cortan el pelo al rape, pero si se lavan el domingo también les cortan el pelo al rape. Procuré averiguar las razones de tal excepción y confieso —una vez más— mi fracaso: los martes la ducha es obligatoria, y los domingos, sólo para los trabajadores. Si los martes no se duchan y quieren hacerlo el domingo, se lo prohíben. Razón humana: la cantinela cíe siempre: está escrito. Es curioso cómo unos garabatos inermes llegan a tener fuerza en el cerebro de los hombres.

Otro ejemplo: Como sabéis está prohibido hablar del cuartel A al cuartel B, del cuartel B al cuartel C, etc. Prohibido quiere decir permitido con cierto cuidado. Nunca me cansaré de llamaros la atención acerca del distinto entendimiento que de las palabras tienen los bípedos, resultado de su mentalidad primitiva. Estaban, pues, hablando, cada uno tras su alambrada, dos internados. Un tercero se despiojaba tranquilamente cinco aletazos más atrás. Acertó a pasar un guardia, oyó el diálogo, miró y no vio sino al piojoso. Los guardias son hombres de uniforme, con voz fuerte que se transforma naturalmente en culatazos. El guardia condenó al hombre de los piojos a la tonsura al rape. El despiojante protestó. Como es natural, no le valió:

—Yo no he sido.

—¡A mí qué me vas a contar! Te oí.

El guardia llevó al desdichado a la cámara de los suplicios, llamada peluquería; sentaron al infeliz en el cadalso. El sentir sus posaderas en la plancha de la silla fue suficiente para hacerlo saltar:

—¡Ea! ¡Qué no! ¡Usted no tiene ningún derecho a cortarme el pelo! Que yo no he sido. Entonces entró uno de los dos habladores: Perdón, éste no ha sido. El que hablaba era yo.

—¡Ah! —rugió el guardia.

—Sí —dijo el recién llegado— quería cortarme el pelo, y como no tenía dinero pensé que ésta era la mejor manera de lograrlo.

—¿Qué? ¿Qué?… —tartamudeó el uniformado—. ¡Qué se ha creído! ¡Hoy no se corta el pelo más que como castigo! Si quiere cortárselo de gratis venga el viernes, si es que ya ha salido del calabozo. ¡Alé, op!

Pero, de todas maneras —a la fuerza— le cortaron el pelo al matador de piojos. Axioma: Los hombres se cortan el pelo los viernes por su gusto y los demás días como castigo.

 

DE LA LÓGICA

Los internados fueron traídos aquí por una administración. Esta administración ha desaparecido, pero los hombres siguen aquí. A aquella administración sucedió otra, que trae más internados. Como los primeros no pueden reclamar a la administración que aquí los trajo, porque ya no existe, no tienen a quién dirigirse para solicitar su libertad, y aquí seguirán hasta su muerte.

 

DE LA NACIONALIDAD

A veces los internados cambian de nacionalidad sin comerlo ni beberlo. Se duermen polacos y se despiertan rusos. Se acuestan rumanos y se levantan soviéticos. Por la noche, internos; por la mañana, libres. No tenían pasaporte y ahora lo pueden tener. Misterios de las fronteras y de los pactos. Nicolai y Alexei Tirsanof, dos hermanos, nacidos en dos aldeas polacas, distantes entre ellas diez kilómetros, se despiertan esta mañana, el uno libre y el otro preso, debido a una nueva frontera. Maleficios de la imaginación.

 

DEL SER DEL HOMBRE

El hombre, por el hecho de serlo, no es nada. Nosotros decimos cuervo, y no va más; ahí estamos, negros, lucientes, con todo y pico. Pero ¡el hombre!, depende de su lengua, del lugar de su nacimiento, del dinero que tiene, de su oído, de su inteligencia, de su tamaño, de su color, de sus papeles —ante todo—, de sus armas. Ese desprecio del hombre en sí es lo que, en primer término, hace tan difícil, para nosotros, llegar a entenderlo, y todavía más, explicar la complicada organización de sus hormigueros, sus incontables reacciones, el maremágnum anárquico en el que se halla hundido por creerse la divina garza. Infeliz animal pródigo de lo que no tiene, su imaginación le lleva por caminos imposibles y allí se pierde, sin salida, muriendo de creer que las cosas son como se las figura. ¿Cómo comprender o explicar un inundo de fatuos que corre del ateo al místico, del capitalista al anarquista, del blanco al negro? Unos tienen en cuenta sólo el pasado, otros el porvenir. Unos miran hacia atrás, otros hacia adelante, la mayoría cierra los ojos. Quién quiere ir hacia el norte, quién hacia el sur, y no les dejan moverse. Esos sentimientos contradictorios lo son todo, y aun entre gentes de un mismo signo las divergencias son tan grandes como entre grupos enemigos, y su odio idéntico.

Encontré un tipo curioso, astrónomo, que me aseguró que toda esta incomprensión se debe a que no viven bastante, es decir, a la pequeñez casi inimaginable de sus medios de conocimiento y de aprehensión; dice que el mundo inanimado vive, que las tierras se siguen moviendo, que si tuviésemos mejores ojos veríamos que los humanos sólo perciben una infinitésima parte de lo existente y que esa mediocridad preside sus vidas.

 

DEL PERNOD Y SUS DERIVADOS, DE SUS CONSECUENCIAS

El hombre siente su inferioridad y, para vencerla, el mentecato ingiere toda clase de medicinas. Bebe líquidos horrendos, que a veces huelen a podre, con tal de alcanzar algo que se parezca a un estado superior. Lo único decoroso son los colores brillantes, aquí como nunca engañadores. Dicen que se cuelan sin sentir; lo cierto: que los deja sin sentido. Huéleles el aliento a estiércol, acórtaseles el paso y se les alarga el camino, haciendo eses.

Como siempre, atentos a lo que cae, y con ganas de hombrearse con lo mejor, dicen: dormir la mona. Cuanto más tragan, menos pueden con lo que ingieren; advertencia útil para cualquiera, e inútil para sus pobres entendederas, aviso para los que se creen vencedores de cualquier guerra: Cada uno es quien es, y el vino, vino. Cuando los hombres se apropian de algo que no les pertenece, en vez de esconderlo como es nuestra buena costumbre, lo ingieren; y lo ingerido acaba con ellos.

Desde luego es achaque de uniformados, que, como era de esperar, los concentrados son gente de más caletre y se contentan con agua, contaminada, pero agua al fin y al cabo. Los guardias son tan duros —de mollera principalmente— que todo lo tienen que remojar; empinando el codo se transportan con la fuerza del vino. Gustan de emborracharse del todo, con lo que sea: enajenarse hasta sentirse cuervos. El ayudante, el sargento mayor, el teniente, el capitán y el comandante beben para olvidar sus penas patrióticas y moler a gusto a los internados, que así los ablandan y entienden mejor sus enseñanzas. Buena masa. Así, cada día, crecen, aunque sea por dentro, y aprenden:

Je vais L’apprendre à marcher

El licor no respeta galones, sus efectos son democráticos. Con tales bebistrajos se atontan más y con tal de matar el gusanillo —otra referencia a los animales, sin los que no pueden vivir— se embrutecen y acaban, como dicen, hechos un cuero, una uva: calamocanos. Tras las palizas a los presos, quién no se duerme, llora o canta.

Dan, a lo que beben, los nombres más diversos, por aquello de las moscas y del gato por liebre, pero la base parece ser el pernod:

On prend un pernod?

Y los guardianes, con su olor a correaje sudado, se quitan el quepis, se pasan la mano por la frente, se suben los pantalones de golpe, asegurándose que no han perdido lo que creen que les da su condición de hombre, y entran en el café de la esquina.

Y allí del tinto, del blanco, del clarete, del rosado, del verde, del seco, del dulce, del burdeos, del málaga, del borgoñón, del pardillo, del aloque, del oporto, del champaña, del jerez, del montilla…

Sé estos nombres extraños por habérselos oído citar, con añoranza, a muchos internados. Y me quedo muy corto, que cuando se trata del mal su número de palabras es infinito; cada país, cada región tiene sus caldos, los sacan hasta de las piedras: valdepeñas, rioja, cariñena, malvasía, chacolí, anisete, coñac, ron, vodka, raki, falerno, montilla, manzanilla, curazao, kirch, kummel, rosoli, vermut, mistela, ajenjo, ginebra, ojén, aguardiente, dubonnet, amer picón, cassis, fine, marrasquino…

En el amanecer azul y moradillo los pitos de los guardias peneques despiertan a los internados para la primera lista.

 

DE LA POESÍA

Un interno escribió, hace tiempo, los versos que siguen, y que dan una idea bastante exacta de la utilidad del dinero:

 

Si tovieres dineros, avrás consolación
plazer e alegría, del Papa ración,
comprarás paraíso, ganarás salvación.
Do son muchos dineros, es mucha bendición.

 

Esto me lleva de la mano a tratar, aunque sea superficialmente, de la poesía. Sirve ésta de base para el canto, práctica humana muy popular. Reúnense los hombres en coro y vociferan todos juntos un mismo texto (nueva prueba de servil condición).

He recogido bastantes textos de canciones, pero no daré aquí más que una muestra. Es una composición española. La música, posiblemente del siglo XV, se llama tango, y tiene dos títulos. El primero no me parece adecuado y corresponde posiblemente a una versión hoy perdida: Esta noche me emborracho, la otra es, sin duda, la correcta:

 

ALÉ-ALÉ

Somos los tristes refugiados
a este campo llegados
después de mucho andar.
Hemos cruzado la frontera
a pie y por carretera
con nuestro ajuar.
Mantas, macutos y maletas,
dos latas de conserva y algo de humor.
que es lo que hemos podido salvar
tras de tanto luchar
contra el fascio invasor.
Y en la playa de Argelès-sur-Mer
vinimos a caer
pa no comer.
Y pensar que hace tres años
España entera
era una nación feliz,
libre y obrera.
Abundaba la comida,
no digamos la bebida,
el tabaco y el papel.
Había muchas diversiones,
la paz en los corazones
y mujeres a granel.
Y hoy que ni cagar podemos
sin que venga un mohamed…
Nos traían como penados
y chillan por todos lados:
Alé-Alé.
Vientos, chabolas incompletas,
ladrones de maletas,
arena y mal olor,
mierda por todos los rincones,
piojos a millones,
fiebre y dolor,
colas para alcanzar dos litros
de agua con bacilos,
leña y carbón,
alambradas para tropezar
de noche al caminar
buscando tu chalet.
Y por todas partes donde vas
te gritan por detrás:
Alé-Alé.
Y si vas al barrio chino
estás copado
pues vuelves sin un real
y cabreado.
Dos cigarros: mil pesetas,
y en el juego no te metas
porque la puedes palmar.
Y si tu vientre te apura
y a la playa vas a oscuras
te pueden asesinar.
En mal año hemos entrado,
ya no sabemos qué hacer,
cada día sale un bulo
y al final vienen gritando:
Alé-Alé.

 

MÁS LÓGICA

Boleslav Sparinsky y Stefan Goldberg, polacos; el primero está internado por no haberse alistado en el ejército polaco; el segundo, está internado por haberse alistado en el ejército polaco.

 

DE LAS ALPARGATAS

Los hombres, de tanto andar, y por carencia de alas, no pueden llevar los pies descalzos. Cúbrenselos con la carroña de reses muertas, llámanlos los zapatos: hay que reconocer que preservan algo del agua y del lodo. La Cruz Roja ha enviado al campo quinientos pares de alpargatas, para que sean repartidas entre los internados; es un zapato de lona y mejor que nada. Tiénenlos en los almacenes, guardados, quién sabe en espera de qué. El viejo Eloy Pinto, de sesenta y cinco años de edad, carnicero, cojo, pidió un par de buenas botas a un guardia joven. Le hicieron barrer y lavar el cuartel, le dijeron que volviera al día siguiente: le darían las alpargatas. Ocho días se repitió la escena. El viejo, ya cansado, se las pidió al ayudante:

—¡Ah!, ¿con que quieres alpargatas, eh? Y no quieres trabajar. Y comer, sí que comes, ¿no? Para comer no faltas a la lista, ¿no?

El viejo calló, miró sus pies envueltos en trapos, levantó, lentamente, la vista. El ayudante le escupió a la cara, y siguió:

—Supongo que tendrás la conciencia tranquila, ¿no? ¿No decís eso? Pues póntela en los pies.

 

DE LA LLUVIA

El interno resiste bien la lluvia. Forman para pasar lista, diluviando; los guardias, con impermeables, llegan con retraso. Los presos no se mueven, les corre el agua por la cara, se empapan, no protestan. Cuando llueve los hombres no se lavan.

 

ECHACORVERÍA

¡No digamos de ese horrendo insulto! ¡A nosotros, tan fieles, tan dignos, tan poco amigos de hacer favores! Cuando todos saben que el cuervo es todo sentimiento…

 

A PESAR DE TODO

Los internados viven a gusto, porque el que vive conforme con lo que espera, es feliz —a pesar de las privaciones—. Gozan en la desgracia pensando que los lleva a su fin.

 

DE LAS CONDICIONES DE SALIDA

Como es natural, de tan buen trato, los hombres no quieren marcharse de los campos de concentración. Los uniformados hacen lo necesario para darles gusto.

La primera condición que se necesita para salir es haber sido detenido en zona libre y, por lo que dicen, el noventa y cinco por ciento de los aquí reunidos lo fueron en zona ocupada.

Segundo: Tener el beneplácito del Prefecto del departamento en que hayan de residir.

Tercero: Demostrar que tienen medios de vida.

Cuarto: Tener buena conducta.

Si, por casualidad, poseen alguna de las condiciones prescritas, no reúnen las demás. No sale nadie, como no sea con los pies por delante.

 

ALGUNOS HOMBRES

Debe haber en el campo unos seis mil internados, la mayoría ignora por qué está aquí. (En esto hay igualdad absoluta entre internados y guardianes).

Doy a continuación las fichas de unos cuantos, escogidos al azar. Para mayor exactitud vayan lecha y lugar: 22 de junio de 1940, campo del Vernete, departamento del Ariége, Francia, Cadahalso 38, Zona C.

 

Jalien Altmann, relojero, treinta y cinco años, francés, después de haber sido alemán. Estatura regular, poco pelo, nariz larga, traje raído, ojos enrojecidos. Seña particular: suele meterse el meñique de la mano derecha tanto en las fosas nasales como en el oído derecho.

Razón de su estancia: culpa a su portera. Vivía en Nancy, soltero. La cancerbera no le perdonó haber introducido, en su piso, a una amiga de la infancia. Julián Altmann es enemigo de las propinas. Añádese que la quicialera quería el piso para su sobrina, que se acababa de casar, y andaba en mal de alojamiento. Bastole con acusar al pobre relojero de haber asistido a un mitin comunista. Era verdad, pero lo hizo por equivocación.

 

Conde Wencestas Wazniky. Gran señor, gran nariz, que se resguarda del sol con un papelito pegado entre ceja y ceja. Cincuenta y tantos años. Silencioso. Muy paseador, solitario. Pelo cano, traje elegante. Desprecia a sus compañeros, jura y perjura ser amigo personal del Coronel Beck. Lo malo es que nadie sabe donde está ahora el Coronel Beck. Su seguridad en sí mismo se me antoja ficticia: la mayoría de los aquí concentrados lo están por rojos, aunque Francia luche contra los fascistas, es decir, contra los alemanes. El conde es fascista, pero su país lucha también contra los alemanes. Supongo que al elegante polaco le sucede lo mismo que a mí, no sabe a qué carta quedarse: si ganan los alemanes, pierde como polaco, si pierden los alemanes, pierde como fascista. La solución la dio un guaje: Que se muera.

 

Jerzy Karpaty. Zapatero, húngaro. Pequeño, gordo, pero ya no tanto; con las piernas arqueadas. Sin complicaciones. Judío. Parlanchín. Tampoco sabe por qué está aquí, aunque supone que la policía halló su apellido en la lista de una Amicale de internacionales húngaros. Él no fue a España, ni jamás le pasó por la imaginación tal cosa. Un primo suyo, sí; y como se reunían en un café y entre ellos había dos de su pueblo, se inscribió. Su mujer es francesa, sus dos hijos son soldados franceses. No sabe nada de ellos, es lo único que le preocupa. Y la comida, que no es grano de anís.

 

Jean Louit, industrial, a lo que dice, y francés para mayor inri. El comandante del campo le preguntó: ¿Si es francés, qué hace aquí? Y el hombre le contestó: Es lo que quisiera saber.

Según él —cuarenta años, gordo de veras, de los más bajos, lleno de quejas, extremado en sus sentimientos, encareciendo siempre su pena, gemidor, lamentándose continuamente de su desdicha, rogando a los guardias y a quien se le ponga adelante—, todo proviene de una multa de dieciséis francos que le impuso el comisario de policía de su barrio, en París. Los demás lo desprecian, los guardias lo escogen para las faenas más desagradables.

 

Ludwig Schurnacher, químico, ingeniero químico, alemán. Joven, alto, fuerte. Refugiado en Francia desde 1933. Con todos sus papeles en regla, alistado en la Legión Extranjera, en trance de revisión médica. Trabajaba en una gran fábrica de Lyon. Supone que le denunció su querida: mujer de uno de sus jefes. Lo que ignora es por qué le denunció. Le han nombrado intérprete y no se preocupa: cree que los franceses no le entregarán nunca a los alemanes. Tiene fe.

 

Gonzalo Rivera Torres, español, cetrino, nariz corvina, pelo corvino, uñas corvinas. Mecánico. De los pocos que no protestan. Comunista. Se pasa el tiempo cantando. Su única preocupación: conseguir una guitarra. A los dos días de llegar a París, salido de un campo de concentración del sur de Francia, le volvieron a agarrar.

Está de vuelta. Se ríe de los que lloran. Se negó a arreglar la caldera de la barraca de la dirección y lo metieron quince días en la cárcel. Salió igual.

 

Juan Cervera y Tomás Núnez, españoles, pero residentes en Francia desde hace más de cuarenta años. Colchoneros, socios. Republicanos un poco porque sí. Nunca se quisieron nacionalizar franceses, y así les ha ido: el frutero de enfrente no los tragaba, lorenés él, y carca. Sus mujeres son francesas, ellos están tranquilos suponiendo que Susana y Marcela siguen con el negocio y pronto les enviarán paquetes con comida. Se pasan el día jugando a las cartas con unos naipes mugrientos que tienen que esconder cada cinco minutos al paso de cualquier guardia.

 

Jan Wisniack, checo, mal encarado, tuerto, sin oficio ni beneficio conocido, hombre de malas pulgas. Setenta y dos años. Andaba por el mundo, para verlo, según dice. Comido de piojos, sin que le importe. Su gran preocupación es que no le den menos rancho que a los demás. Habla cinco idiomas y recoge colillas. Ha visto cinco coronaciones; se ha inscrito en todos los servicios religiosos. Se pasa el día husmeando, de aquí para allá, a lo que caiga.

 

Joaquín de las Bárcenas, diplomático español, muy elegante, con barba. Republicano. Ha tenido dos conferencias con el comandante. Oficial de la Legión de Honor. Embajador. Le rodean tres o cuatro españoles que beben sus palabras. Siéntese mártir y habla del triunfo de la democracia. Sesenta años, pancita, bien afeitado, bien peinado, los guardias lo tratan con respeto. Se siente importante y es feliz.

 

Franz Gutmann, dícese luxemburgués; peletero. Denunciado por su mujer como alemán. Él no le quería conceder el divorcio, a pesar de los cuernos. Pertenece a la categoría de los meones. Hace negocio con el tabaco. Tráenselo los guardias, él lo vende, y parten las ganancias. Jefe de la barraca. Por la noche juega al dominó, con permiso de la autoridad. Sus compañeros lo tratan con desconfianza. Dicen que le van a traer un catre. Muy metido en la cocina.

 

Erwin North, austríaco, escritor. Hombre importante, de unos cincuenta años. Alto y fon melena. Se pasa el día conferenciando con unos y con otros, de barraca en barracón. Todo son conjeturas, planes. Dieciséis horas diarias de cuchicheos. Sus compañeros le miman. Come de lo que hay y de lo que no hay. Estuvo en España, de corresponsal de guerra. Sin darse importancia, se la da. Toma notas. El capitán de la censura ha leído un libro suyo, lo cual lo libra de ciertas prestaciones. En un mes no ha llevado las tinetas al río más que quince veces. Sin embargo, parece que la suerte se le va a acabar, porque ayer tuvo una discusión con el sargento que mandaba la conducción, acerca de que si una de las tinas llenas de zurullos había quedado perfectamente limpia o no. Al decir del suboficial todavía quedaba un trozo de cagarrutas pegado al fondo. Tuvo que lavarlo diez veces.

 

Paul Marchand, pintor, belga, a lo que él dice: amigo personal del rey Leopoldo III. Alto, gordo. La amistad que pregona no le favorece con las autoridades, que tildan, actualmente, al soberano belga de traidor. Pero nuestro hombre está muy tranquilo, acepta la situación, seguro de que los alemanes van a ganar rápidamente la guerra. Y dice, a quien quiere oírlo, que pronto llegarán a las puertas del campo, y que él saldrá en triunfo. Esta decidida posición, quieras que no, impresiona a los guardianes que, por lo visto, no las tienen todas consigo y le tratan con cierto respeto. Recibe paquetes de comida, que reparte con otros cinco con quienes duerme, en un bonito espacio de dos metros por tres. Consiguió un ajedrez, los guardias no se atreven a quitárselo por lo intelectual del juego. En esto se conoce la grandeza de Francia.

Belgas hay tres o cuatrocientos, detenidos en las carreteras del éxodo, por carecer de visados en regla.

—Bueno estaba Bruselas —aseguran—, para andarse pensando en eso…

Otros lo perdieron todo en los bombardeos, quién papeles, quién la mujer o los hijos, quién el auto y el dinero.

 

Adalberto Muñoz, alto, flaco —lleva año y medio de campos—, vestido con harapos. Catalán, casado y con la sospecha de que su mujer está viviendo con su mejor amigo. Empleado de correos. Soldado, sin más, de la República Española. Triste, aburrido. Hace tres meses le rompieron las gafas de una bofetada, por formar el último, al pasar lista. Ha pedido permiso cinco veces para que le hagan gafas nuevas en Toulouse. Cinco veces que le dijeron que sí, y cinco veces, a los tres días, le dicen que no. ¿Para qué quiere gafas un hombre de tan poca importancia?

 

El Asturias, pequeño, de ojos claros, minero, astroso. De Gijón. Los zapatos hechos una lástima, cubiertas las carnes con el gabán de un muerto mayor que él. (De ahí el dicho: el difunto era mayor, frase que tuvo éxito en Vernete y sus alrededores). Prisionero de los fascistas españoles que lo enviaron a un batallón de trabajo. Cruzó la frontera: prisionero de los franceses antifascistas, que lo enviaron a una compañía de trabajo. Se escapó, lo encarcelaron, y, en vista de su constancia, lo enviaron aquí. Gracioso, oportuno, sonriente.

 

Santiago Vázquez, gallego, mecánico. Catalanizado, que es un baño especial. Grande, gordo, serio, callado. No cuenta nada de sí. Joven. Hace rancho aparte, sin rancho.

 

Gregorio Aranda, estuquista, madrileño. Veinte años. Petulantillo que todo lo sabe y está de vuelta de lo que sea. Le admiten aquí y allá, y a poco le echan. Lengua Hoja, dándose pisto y metiendo líos. Todo le sale por una friolera. Pensaba volver a España: Total, ¿yo qué he hecho?

No hizo nada, soldado raso.

Ayer recibió noticias de su familia: fusilaron a su hermano menor, por ser su hermano menor. Ya no habla de volver a Madrid. Está desconcertado. Se pasó el día blasfemando. Esto les pasa a los hombres por tener familia, otra cosa que debieran aprender de nosotros: tan pronto como nuestros hijos pueden valerse, los echamos a que vivan por el mundo y nos preocupamos en hacer otros. Lo que evita complicaciones.

 

Juan Gómez, catalán, nacido en el POUM, que es ciudad o pueblo que no he logrado averiguar dónde queda. Bobo y buena persona. Excursionista, catalanista, maquinista. Sus pasiones: las montañas y los sellos. Trabaja en las duchas. Veinte años.

 

Luis Moreno, de Huercal Overa, pero residente en Francia desde la edad de tres años. Metalúrgico. Más que amigo de beber: la falta de vino lo trae a mal traer y de un humor de todos los diablos. Ha vendido cuanto tenía con tal de procurárselo de extranjis. El Asturias lo ayuda en todo, y comparte los tragos. La templanza no es su fuerte. Gasta hermosos mostachos, que se seca con el dorso de la mano. Hace cerca de cuarenta años estuvo detenido tres días, por una pelea, en la taberna de Nimes, donde vive. Jamás se había preocupado por sus papeles, ni nadie se los pidió, hasta que vinieron a detenerle, una mala mañana. No habla jota de español. Llorón. Mujer, hijos, nietos franceses, que se detienen en la carretera, por turno, cada domingo. Y le hacen señas, hasta que los guardias se dan cuenta. Dice —a todas horas— que saldrá la semana próxima. El agua le da dolor de tripas y anda a gachas.

 

Enrique Marcet, catalán también y residente desde antes de tener uso de razón, garajista en Beauvais. Lo denunció su socio; iba a salir libre, en París. Avanzaron los alemanes, enviáronlo aquí, entre miles, y —como los de casi todos— se perdieron sus papeles. Está acabado, a los cincuenta años. No puede con las tinetas y los guardianes la tienen tomada con él. Viudo y con hijos menores, de los que no tiene noticias.

 

Víctor Borí, chófer de taxi, del Comité Central de Milicias, responsable de Acció Catalana. Panza incipiente, calva ídem. Feliz por los años pasados. No acaba dé contar el número de sus queridas, y sus hazañas en la retaguardia. Se lleva bien con los anarquistas. Listo para hurtarse, en todo momento, a cualquier servicio. Le gusta, ante todo, dormir. Tiene resuelto el problema religioso español.

—¡Hay que acabar con la iglesia…!

—¿Cómo?

—Nombrando a Vidal y Barraquer, primado de las Españas…

Cataluña eterna…

 

Un grupo de inseparables. Todos vestidos de harapos, haraganes que husmean por el campo. El Señorito, el Málaga, el Valencia, Roca, el boxeador; y dos de más edad —que los demás tienen veinte años escasos—, Ruiz, que se dice médico, y Larrazábal, que asegura haber sido comandante de Cuatro Vientos.

Los primeros son vagos, picaros de poca monta, gorrones, gandules, gente medio perdida y a medio perder. El Valencia quiso ser torero, el Málaga fue limpiabotas, el Señorito se cansó de la tahona donde le pusieron sus padres, en Arganda. Ruiz y Larrazábal han perdido todo sentido moral. Viven arrinconados al fondo de una barraca. Sucios, malolientes, contentándose los unos a los otros, en rueda. A veces, si llueve torrencialmente y se les sirve café en el cadahalso, alargan su lata enmohecida de los meados de la noche, incapaces como son de levantarse a hacer fuera sus necesidades:

—¿No tienes otra cosa?

—Lo de uno no hace daño.

Tierra de nadie.

 

Ignacio Echeverría, Gonzalo Iñaki, Jesús Bilbao, Teodoro Goygortúa, Víctor Lizariturri, Manuel de Altube, Jesús María Zunzunegui, Jorge Mendizábil Jorge Valdés, Jesús Somonte, forman un grupo de vascos españoles detenidos por casualidad; se equivocaron de carretera.

Están unidos y no les falta gran cosa.

 

Anatol Litvak, lituano, pequeñito, con los dientes helgados —unos dientes enormes y amarillos—. Ancho. El pelo rubio a más no poder. Sonriente cuando se olvida de sí. Se escapó de su país, para vivir en paz en una nación democrática. ¿Cuál mejor que Francia?

 

Juvenal García. Viejo. Anarquista. Extremeño. Le contó a un guardia que la noche anterior había soñado que se escapaba. Lo tundieron a golpes.

—De aquí no se escapa nadie, ni en sueños.

 

José González, grande y colorado, sacristán, de Murcia. Muy mal hablado y bastante bruto. Le duele la cabeza y no le hacen caso:

—¡Me duele la cabeza, aquí, en la tierra y si blasfemo, me mandan al infierno!

 

El Tuerto de Olivenza, de la raya de Portugal, de la quinta del 25. Tranviario. Guardia de Asalto, de la CNT. Quince días antes de entrar en Francia una bomba de mano le quitó un ojo. Al departamento del Cher. Llegan los alemanes. Huye. Marsella, sin nada que comer; roba unas patatas, tres meses de cárcel. Concentrado en el castillo de la Reynarde. Le busca la policía, lo expulsan. No tiene a dónele ir: seis meses de cárcel, y aquí. Disentería. Canta bien, tiene buena voz.

 

Teodoro Meautis, el de las bofetadas. Griego y testigo de Jehová. Siempre con su sombrero puesto: No me descubro más que ante Dios. Bofetada a cada pasar de lista. Y los viernes, cuando se niega a trabajar, porque así se lo manda su Ley, paliza y calabozo hasta el lunes. Carnaza para el Sargento Mayor, que se desfoga los sábados por la noche, en la cárcel, para vengarse de los cuernos que le pone su mujer con el teniente Barreau, el del abastecimiento. Eran siete testigos, hace medio año, sólo quedan cuatro.

Quils crèvent!, —como dice el teniente.

Y, frente a un entierro:

Le cimetière, c’est encore trop beau pour vous.

 

Gregorio Waissmann, Jefe de la barraca treinta y cuatro, dominado por la gula. Pequeño, gordísimo, luciente, reventando grasa por todas partes, embarazado, culón, dientes de oro, empalagoso, imbuido de su importancia, dando a entender una desconocida potencia y misteriosas y altas amistades capaces de acciones al sólo servicio de su apetito. Capaz de todas las bajezas por un plato de judías. Tragón. Sin otra preocupación que el comer, de la «mañana a la noche» sin otro norte que el de sacar un bocado de cada quien, una galleta de regalo, un tomate, una patata, una roncha de salchichón. ¿Me das a probar? Debe de ser exquisita. ¡Exquisito! ¡Exquisito! Yendo de aquí para allá, de uno a otro, meneando el trasero. Abandonado de su mujer, de sus hijos, de todos, sin otra preocupación, sin otro fin que comer. Capaz de cualquier hombrada si le prometen un guisado, y de cualquier traición por el mismo motivo. Y como se lo echaran en cara, contesta:

—Sí, hijo, no te rías: importa más la salud que la vida.

 

Héctor y Francisco Girardini italianos, hermanos gemelos, gordos, bajos, con barba, frente despejada, gafas, un poco al estilo de los enanos de Blanca Nieves, los detuvieron a los dos porque no sabían a ciencia cierta quién era el sospechoso. Dicen que uno es anarquista. Ellos no dicen cuál.

 

Charles Colin, belga, chivato, sifilítico, las carnes sin consistencia, aun siendo delgado. Fofo, pronto a deshacerse. Los ojos argollados de bermejo, la mirada imprecisa —si le miras, te huye; si no le miras, te mira—, las niñas descoloridas; el pelo ralo, rubio desmelazado; la boina sucia y sarnosa, como hongo, sobre su cabeza que nunca descubre, duerme con ella puesta. La boca imprecisa y sin color, los dientes morenos. El traje, deshecho de tantas desinfecciones de cien lazaretos y hospitales, se le ha quedado corto. Los calcetines pardos, descolgados sobre unas botas deslucidas. Los lamparones le dan color al terno. Las manos grandes y nudosas, colgando de unas muñecas descarnadas que saltan a la vista entre el desflecado de las mangas de su americana. Sabañones por todas partes, y una perenne sonrisa y una mala baba a flor de cualquier palabra. La mala voluntad, la impertinencia, la jerga de la hez. Pero sobre todo, las torcidas ganas invencidas de enlodarlo todo. Rebosa veneno. Podrido, tiende a pudrir lo que le rodea, como si su salvación radicara en enviciar cuanto alcanza. Dícese pintor.

 

Allí, al fondo de la barraca, Juan Barberá, Richard Weiss, Norman Hopstock, Rudolph Boshian, Sharaf Bodinov, Albert Melandrich, Jan Fronta, Bratislav Prazak, Lorenzo Galas, Vicente Guerrero, Joraslav Martin y Roger Zupka, forman un grupo inseparable. Todos ellos han luchado en España, en las Brigadas Internacionales. Comunistas.

A cada momento tropiezo con las contradicciones del hombre, que me hacen tan difícil poner en claro sus costumbres. No puede compararse con ningún otro animal que viva en sociedad. Hasta ahora, cuando escribí —acerca de los papeles, los caracteres, los deseos— tendía a demostrar el amor humano hacia el dinero; pues bien, ahora nos encontramos con un grupo para quién las monedas o los billetes no están en el primer término de sus preocupaciones. Cuando hablé de papeles y nacionalidades no preveía dar con estas gentes para quienes raza y lugar de nacimiento no cuentan. Para ellos está en primer lugar —sean de donde sean— un país al cual no pertenecen, la URSS. La mayoría ha luchado en otro país, que tampoco es el suyo: España. Allí murieron muchos. Les liga un sentimiento indescriptible: la solidaridad. Pero en el momento en el que uno del grupo no está conforme con el sentir de la mayoría, lo expulsan acusándole de lo peor; lo ignoran, como si fuese apestado; lo que nada tiene que ver con lo que pregonan: el hombre primero. Intransigentes y sectarios, roídos por la desconfianza. El que no piensa como ellos, traidor. Salvando lo poco que sé de la historia de los hombres, se trata de la aristocracia: no permiten casamiento más que entre ellos. No admiten, en ningún momento, considerar las cosas desde otro punto de vista que no sea el suyo, aun dándose el lujo de cambiarlo frecuentemente. No viven de comer, sino de reunirse. Es un grupo extraño, de gran influencia y de porvenir desconocido.

Aseguran que el hombre es producto de su medio, pero cuando no piensa como ellos lo aniquilan, sin pensar que —según su teoría— no tiene culpa. Lo malo: que los demás son peores, por el dinero.

Debe haber algo más.

 

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