Memorias del subsuelo (III)

Fédor Dostoievski

 

 

V

—Al fin llegó. Ya está aquí el conflicto con la realidad —farfullaba yo para mí mientras bajaba la escalera de cuatro en cuatro escalones—. Esta vez no se trata ya del viaje del Papa al Brasil ni de un baile a orillas del lago Como.

«¡Soy un miserable! ¡Burlarme de eso en este momento!… Pero ¿qué importa, si ya está todo perdido?»

Mis enemigos habían desaparecido sin dejar rastro, pero yo sabía perfectamente dónde los podía encontrar.

Vi un trineo solitario, uno de esos trineos que hacen el servicio nocturno. El cochero llevaba una hopalanda de buriel espolvoreada de nieve fundida. La humedad era asfixiante. El caballejo era bayo, tenía el pelo erizado, estaba también cubierto de una capa de nieve y tosía. Lo recuerdo todo perfectamente. Corrí hacia el trineo, pero apenas puse el pie en el interior, recordé el desprecio con que Simonov me había entregado el dinero, y me sentí tan aniquilado, que caí como un saco en el fondo del trineo.

«¡No será nada fácil lavar todo esto! —me dije—. Pero lo lavaré o moriré esta misma noche. ¡Adelante!»

Nos pusimos en camino. Las ideas se arremolinaban locamente en mi cabeza.

«Desde luego, no me pedirán de rodillas que les conceda mi amistad. Esto no es más que un espejismo, un espejismo estúpido, romántico, fantástico; es siempre el mismo baile junto al lago Como. Por consiguiente, estoy obligado a darle una bofetada a Zverkov. Sí, he de darle una bofetada.»

—¡Más de prisa! ¡Más de prisa! El cochero tiró de las riendas.

«Apenas llegue, lo abofeteo. ¿Debo decir algunas palabras á modo de prefacio de las bofetadas? No. Entro y lo abofeteo. Estarán todos reunidos en la sala, y Zverkov, sentado en el diván con Olimpia. ¡Maldita Olimpia! Un día se burló de mi cara e incluso se negó a seguirme. La cogeré del pelo y la arrastraré. Luego le tiraré de las orejas a Zverkov. No, será mejor atenazarlo por la punta de una oreja y obligarlo, a tirones, a dar la vuelta a la sala. Seguramente, todos se arrojarán sobre mí, me golpearán y me echarán a la calle. ¡Pero no importa! Habré sido yo el primero en pegar. Habrá sido mía la iniciativa, y, según las reglas del honor, con eso basta. Él quedará marcado, y para lavar ese oprobio no tendrá más medio que batirse conmigo. Se verá obligado a batirse. ¿Qué me importa que se arrojen sobre mí? Sí, ¿qué me importa? ¡Los muy ingratos! Los golpes de Trudoliubov serán durísimos: ¡es tan fuerte! Ferfitchkin me atacará a traición y me cogerá por los pelos, no me cabe duda. Pero no importa. Estoy decidido a todo. Sus cerebros de carnero no tendrán más remedio que comprender al fin el lado trágico de esta aventura. Cuando me arrastre hacia la puerta, les gritaré que valen menos que mi dedo meñique.» —¡Más de prisa, cochero! ¡Más de prisa!

El cochero se sobresaltó y utilizó el látigo. Verdaderamente mi grito había tenido algo de salvaje.

«¡Nos batiremos al despuntar el día! Es cosa resuelta. Perderé mi empleo. Pero ¿de dónde sacaré las pistolas? ¡Todo que fuera eso! Pediré un anticipo sobre mi sueldo y las compraré. ¿Y la pólvora? ¿Y las balas? De eso se encargarán los testigos. ¿Que no tengo amistades? ¡No importa! —me dije con ardor creciente—. Al primer transeúnte que me tropiece en la calle le pediré que sea mi testigo, y tendrá que aceptar, del mismo modo que está obligado a sacar del agua a un hombre que se ahoga. En estos casos se admiten las soluciones más extravagantes. Incluso podría pedir a nuestro director que me asistiese en este duelo. Él tendría que aceptar, aunque sólo fuera por espíritu caballeresco. Además, habría de guardar el secreto. Y en cuanto a Antón Antonovitch…»

Pero en ese instante comprendí con claridad meridiana todo lo que había de abominable y ridículo en mis suposiciones. Vi el reverso de la medalla. Pero…

—¡Más de prisa, cochero! ¡Fustiga, canalla, fustiga! —¡Ay, señor! —exclamó, quejumbroso, el «representante de la fuerza inculta».

De pronto, un frío de hielo cayó sobre mí. «¿No sería mejor…, no sería mejor regresar derecho a casa? ¡Oh, Dios mío! ¿Por qué habré venido a esta cena? ¡Pero ya no hay remedio! ¿Y mi caminata de tres horas entre la mesa y la chimenea? No, tiene que pagarme ese oprobio.»

—¡Fustiga cochero!

«¿Y si me entregan a la policía? No, no se atreverán. Temerán el escándalo. ¿Y si Zverkov, para acentuar su desprecio hacia mí, se niega a batirse? Estoy seguro de que lo hará. Pero yo les demostraré… ¡Sí, corro a la posta en el momento de su partida, lo agarro por la pierna y le arranco la capa cuando esté subiendo al coche! Luego le clavo los dientes en la mano, le muerdo. «¡Mirad todos lo que puede hacer un hombre desesperado!» Tal vez él me golpee la cabeza. Desde luego, los demás se me echarán encima por la espalda. Pero no importa. Les gritaré a todos: «¡Fijaos en este bribón! ¡Se marcha para seducir a las circasianas con mi salivazo en pleno rostro!»

«Después, naturalmente, se acabará todo. Me quedaré sin empleo. Me detendrán, me juzgarán, me expulsarán del ministerio, me meterán en la cárcel, me enviarán a Siberia. Pero ¿qué importa? Quince años después, cuando me pongan en libertad, cuando sea un hombre destrozado, miserable, volveré a encontrar sus huellas. Lo hallaré en una capital de provincias cualquiera. Estará casado y será feliz. Tendrá una nieta… Le diré: “¡Mira, monstruo! ¡Mira mis pálidas mejillas y mis harapos! Lo he perdido todo: la felicidad, la carrera, el arte, la ciencia, la femme aimée… y todo por culpa tuya. Mira estas pistolas. He venido a descargar la mía y… a perdonarte”. Entonces dispararé al aire y desapareceré sin dejar rastro.»

Incluso lloraba a lágrima viva, a pesar de que en aquel mismo momento me di cuenta de que todo esto era de Silvio, novela de Pushkin. Mascarada, drama de Lermontov. Y de pronto sentí una profunda vergüenza, una vergüenza tal, que dije al cochero que se detuviera, salí del trineo y permanecí unos instantes en medio de la calle, con los pies hundidos en la nieve.

El cochero me miraba asombrado, lanzando profundos suspiros.

Me preguntaba qué debía hacer. Imposible ir allá abajo. Evidentemente, no conseguiría nada. Pero también era imposible dejar las cosas como estaban: sería demasiado… ¡Dios mío! ¿Cómo renunciar a aquello después de tantos insultos?

«¡No! —me dije saltando de nuevo al interior del trineo—. Es mi destino.»

—¡De prisa, de prisa! ¡Adelante! En un arrebato de impaciencia, asesté al cochero un puñetazo en la espalda.

—¿Qué le pasa? ¿Por qué me pega? —gritó el hombre mientras daba un fuerte latigazo al jamelgo que empezó a trotar.

La nieve caía en grandes copos, pero yo llevaba abierta mi capa, pues, absorto en mis pensamientos, estaba fuera de la realidad. Acababa de decidirme por la bofetada, y me decía, horrorizado, que esto iba a ocurrir immanquablement, tout de suite, y que nulle force ne pourrait plus arreter les événements. Los faroles del alumbrado brillaban lúgubremente, aquí y allá, en la niebla nívea, semejantes a las antorchas de los entierros. La nieve había penetrado bajo mi capa y bajo mi redingote y se había acumulado debajo de mi corbata, donde se iba fundiendo. Pero yo no me tapaba. ¿Para qué, si ya estaba perdido?

Llegamos al fin. Salté del trineo, enloquecido. Subí a zancadas los escalones del pórtico y empecé a golpear con pies y manos. Sentí una extrema debilidad en las piernas, sobre todo en las rodillas. Me abrieron con sorprendente rapidez, como si me estuviesen esperando (y, en efecto, Simonov había dicho que probablemente llegaría otro visitante, pues en aquella casa era preciso avisar y tomar otras precauciones. Era una de esas «tiendas de modas» que la policía cerró algún tiempo después. Durante el día era una verdadera tienda, pero los recomendados podían pasar allí la noche). Atravesé rápidamente y entré en la sala de recepción, que conocía bastante bien y donde en aquel momento sólo ardía una bujía. Me detuve, desconcertado: no había nadie.

—¿Dónde están? —pregunté a una persona que entró. Ya se habían ido.

Ante mí estaba plantada la patrona, con una sonrisa tonta en los labios. Yo no era para ella un desconocido.

Un instante después, la puerta se abrió y entró alguien. No presté atención a la persona que acababa de llegar.

Me paseaba por el salón y me parece que hablaba conmigo mismo. Tenía la impresión de que me había librado de la muerte, y todo mi ser flotaba en un mar de gozo. Lo habría abofeteado sin ningún género de duda. De eso estoy absolutamente seguro. Pero ya no estaban. Todo había cambiado. Miraba en todas direcciones. No acertaba a comprender lo que ocurría. Alcé maquinalmente los ojos hacia la persona que acababa de entrar. Entreví un rostro joven, fresco, algo pálido, de cejas sombrías y rectas, de mirada grave, en la que había un algo de asombro. Esta seriedad me gustó. La habría detestado si hubiese sonreído. La miré más detenidamente, no sin cierto esfuerzo, pues me costaba trabajo concentrar mis ideas. Había en aquel rostro una expresión ingenua y bondadosa, pero extrañamente grave.

Estoy seguro de que esta seriedad le acarreaba disgustos en el establecimiento y de que ninguno de aquellos imbéciles se había fijado en ella. Por lo demás, no se podía decir que fuese una belleza; pero era alta y fornida y estaba bien proporcionada. Vestía con sencillez. Sentí un mordisco de perversidad en el corazón y me acerqué a ella.

Entonces me vi en el espejo. Mi trastornado rostro me pareció repulsivo. Era un rostro pálido, vil, rencoroso, coronado por unos cabellos en desorden. «Mejor —pensé—. Me alegro. Le pareceré repulsivo, y esto me complace.»

 

VI

Al otro lado del tabique empezó a roncar un reloj. Se diría que era un hombre al que apretaban violentamente por la garganta. A este ronquido considerablemente largo siguió un agudo y ridículo campanilleo, tan claro, que daba la impresión de que alguien había avanzado de pronto. ¡Eran las dos! Volví a la realidad. No estaba durmiendo, pero sí sumido en una especie de sopor.

La oscuridad era casi absoluta en aquella habitación reducida, de techo bajo y tan repleta de muebles, que apenas se podía uno mover. Había allí un gran armario ropero, sombrereras, vestidos tirados en desorden, trozos de ropa. El cabo de vela que ardía en un rincón, sobre una mesa, se consumía y sólo emitía ya un débil resplandor. Transcurridos unos minutos, la oscuridad sería completa.

Volví en mí rápidamente. Me acordé de todo inmediatamente, sin esfuerzo, como si mis recuerdos estuvieran esperando mi despertar para precipitarse sobre mí. Por otra parte, incluso cuando estaba aletargado, persistía en mi cerebro una especie de idea fija de la que no podía librarme y alrededor de la cual giraban pesadamente mis pensamientos. Pero me ocurrió algo extraño: al despertar, todo lo que me había sucedido aquel día me pareció que había pasado hacía mucho tiempo, que había vivido aquellos hechos años atrás.

Tenía la cabeza pesada. Me parecía que algo giraba sobre ella, rozándola. Esto me inquietaba y me excitaba. La angustia y la cólera hervían de nuevo en mi interior y buscaban una salida. De pronto vi a mi lado dos ojos muy abiertos que me miraban fijamente, con obstinada curiosidad. Aquella mirada era glacial, sombría, indiferente; parecía proceder de muy lejos y producía una impresión en extremo desagradable.

Una idea oscura surgió en mi espíritu y comunicó a todo mi cuerpo una sensación ingrata, semejante a la que se experimentaría al penetrar en un subterráneo húmedo, asfixiante. No me pareció natural que aquellos ojos hubieran empezado a examinarme entonces, en aquel instante. Recuerdo también que en las dos horas que acababan de transcurrir no había cruzado una sola palabra con aquella joven y que ni siquiera me había parecido necesario hacerla. Por el contrario, aquel silencio me producía cierto placer. Y en aquel momento vi claramente la sinrazón, la fealdad del desenfreno que, sin amor, brutal e impúdicamente, empieza, sin ningún preámbulo por el acto que corona el verdadero amor. Nos estuvimos mirando un buen rato, y ella sostuvo mi mirada sin que cambiara la expresión de la suya, tanto que acabé por sentir cierta inquietud.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté bruscamente, para poner término a aquella situación.

—Lisa me respondió casi en un susurro, pero sin ninguna amabilidad y apartando sus ojos de los míos.

Enmudecí.

—¡Qué mal día hace!… Nieve y más nieve… ¡Es triste! —dije después, como hablando conmigo mismo y cruzando con gesto melancólico los brazos debajo de la nuca—. Fijé la vista en el techo.

Ella no me respondió. Su silencio me mortificaba.

—¿Eres de aquí? —le pregunté con cierta irritación y volviéndome ligeramente hacia ella.

—No.

—De dónde has venido?

—De Riga —repuso con un gesto de repugnancia. —¿Eres alemana? —No, rusa.

—¿Llevas mucho tiempo aquí?

—¿Dónde?

—En esta casa.

—Desde hace dos semanas.

Su voz era cada vez más ronca. La vela se había apagado. Ya no me era posible distinguir su rostro.

—¿Tienes padres?

—Pues… sí.

—¿Dónde están?

—En Riga.

—¿Qué hacen?

—Nada de particular.

—Bueno, pero ¿a qué se dedican, de qué viven?

—Son pequeños burgueses.

—¿Vivías con ellos?

—Sí.

—¿Qué edad tienes?

—Veinte años.

—¿Por qué los dejaste?

—Cosas de la vida.

Esta contestación significaba: «Déjame tranquila; no tengo humor para nada». Los dos enmudecimos.

Sólo Dios sabe por qué no me iba. Tampoco yo tenía humor para nada. Estaba angustiado. Sin que yo hiciera el menor esfuerzo mental, por impulso propio, las imágenes del día que acababa de transcurrir pasaban y volvían a pasar en desorden ante mi memoria. Recordé de improviso una escena que había presenciado en la calle cuando me dirigía, absorto, al ministerio.

—Esta mañana sacaron un ataúd, y poco faltó para que se les cayera.

Dije esto en voz alta, pero sin darme cuenta. No pretendía en modo alguno reanudar la conversación.

—¿Un ataúd?

—Sí, en la plaza del Heno. Lo sacaron de un sótano.

—¿De un sótano?

—Sí, de una habitación del subsuelo… Bueno, ya comprenderás: de una casa de mala nota… ¡Cuánta porquería alrededor! Escombros, basuras… ¡Cómo apestaba aquello! ¡Era horrible!

Silencio.

—En un día como éste es muy desagradable enterrar a los muertos —dije, sólo para no estar callado.

—¿Por qué?

—El frío, la humedad…

Bostecé.

—¿Eso qué importa? —dijo Lisa de pronto, tras una pausa.

—Es un espectáculo muy triste. —Y bostecé de nuevo—. Los enterradores lanzan tacos porque la nieve los empapa. y las fosas, naturalmente, están llenas de agua.

—¿Por qué es natural que haya agua en las fosas? —preguntó Lisa con cierta curiosidad pero en un tono todavía más seco y áspero que antes.

De pronto sentí que algo despertaba en mí.

—¿Cómo que por qué? Siempre hay quince centímetros de agua en las fosas del cementerio de Volkovo.

—¿Por qué?

—Pues porque el suelo está lleno de agua: por todas partes hay pantanos. El ataúd se deposita sobre el agua. Lo he visto muchas veces.

(Nunca lo había visto; es más, nunca había estado en el cementerio de Volkovo. Pero lo había oído contar.)

—¿De veras no te importa morir?

—¿Por qué he de morir? —respondió Lisa, como defendiéndose.

—Un día u otro morirás. Y tu muerte será como la de ésa de que acabo de hablarte. También ella era una muchacha… Murió de tisis.

—Esa clase de chicas mueren en un hospital… «Lo sabe todo», pensé. Y dije:

—Le debía mucho a su patrona.

La conversación me excitaba cada vez más.

—Por eso —añadí— siguió trabajando, a pesar de su tisis, hasta el límite de su vida. Los cocheros que andaban por allí hablaban de la difunta con los soldados. Seguramente habían sido amigos de ella. Entre risas, se invitaban a beber en su memoria en la taberna (una taberna muy frecuentada por mí).

Silencio, un silencio profundo. Lisa estaba completamente inmóvil.

—Has nombrado el hospital. ¿Es que allí se muere mejor?

—Ni mejor ni peor. Pero ¿por qué he de morir? —repuso, enojada.

—No en seguida: más adelante.

—Habrá de pasar mucho tiempo.

—¡No lo creas! Ahora eres joven y bonita, y por eso te aprecian aquí. Pero al cabo de un año de llevar esta vida será muy diferente: te habrás marchitado.

—¿Al cabo de un año?

—Por lo menos, en un año perderás mucho —insistí pérfidamente—. Tendrás que dejar esta casa por otra peor. Y, transcurrido otro año, habrás de pasar a una tercera, inferior a la segunda, y esto continuará, de modo que, al cabo de seis o siete años, estarás en los sótanos de la plaza del Heno. Y esto podrá pasar. Lo malo será si te pones enferma…, si te enfrías y enfermas del pecho… O cualquier otro mal… Viviendo como vives, la enfermedad se agravará. Nunca podrás curarte. Por lo tanto, morirás.

—Bueno, ¿y qué? —replicó irritada, con una sacudida de todo su cuerpo.

—¿No te parece triste?

—¿Qué tengo que perder?

—¡La vida!

Silencio.

—¿Tenías novio?

—¡A usted qué le importa!

—No me interesa saberlo. Son cosas que no me incumben. No te enfades. Es evidente que has tenido contrariedades. Cierto es que esto no me importa, pero me compadezco.

—¿De quién?

—De ti.

—No vale la pena —dijo en voz muy baja, y otra vez se agitó todo su cuerpo… Este desdén me irritó. ¡Tan amable como había sido con ella, en cambio, me…!

—Pero ¿qué te has creído? ¿Te imaginas que vas por buen camino?

—No me imagino nada.

—Eso es lo malo. ¡Vuelve en ti! ¡Todavía estás a tiempo! Sí, todavía estás a tiempo. Eres joven y bonita. Puedes querer, casarte, ser feliz…

—No todas las casadas son felices —dijo Lisa con su habitual aspereza.

—No todas, ciertamente. Sin embargo, cualquier cosa es mejor que permanecer aquí. No hay comparación posible. Cuando se ama, incluso se pude prescindir de la felicidad. La vida es bella aún cuando se sufre. Vivir es grato, cualquiera que sea la clase de vida. ¡En cambio, esto…! ¡Es una podredumbre, un horror!

Le volví la espalda, contrariado. Ya no razonaba fríamente. Empezaba a sentir lo que decía, y hablaba con ardor creciente. Me dominaba el deseo de exponer las modestas pero queridas ideas que había incubado en mi rincón. Algo se había encendido en mí de pronto, y esta luz mostraba a mis ojos un objetivo.

—No hagas caso de mi presencia. No debes tomar ejemplo de mí. Quizá sea peor que tú. Además, estaba borracho cuando vine.

Me disculpé de ello y proseguí. —La mujer no puede seguir al hombre. Son completamente distintos. Yo me mancho, me ensucio cuando estoy aquí, pero no soy esclavo de nadie. Entro, pero luego salgo, y cuando estoy fuera, me sacudo, y ya soy otro completamente distinto. ¡En cambio, tú…, tú eres una esclava! Sí, una esclava. Has renunciado a todo, incluso a tu voluntad. Más adelante querrás romper estas cadenas, pero te será imposible. Te ceñirán cada día más estrechamente. Sí son estas malditas cadenas. Las conozco. No te diré nada más sobre este asunto. Seguramente no me comprenderías. Pero dime, sé franca: ¡verdad que ya estás en deuda con tu patrona? ¿Ves como sí? —añadí, aunque ella no me había respondido pues se limitaba a escucharme en silencio, con ávida atención—. Ahí tienes la primera cadena. Jamás podrás librarte de ella. Ya se las arreglarán para que no puedas. Es como si hubieses vendido tu alma al diablo… En fin, ¿qué sabes tú de todo esto? Tal vez soy tan desgraciado como tú y me hundo en el lodo para olvidar mi sufrimiento. Unos buscan el olvido en la bebida; yo o busco viniendo aquí. Dime: ¿está esto bien?.. Nos hemos acostado sin decimos ni una sola palabra. Sólo cuando has empezado a observarme con expresión salvaje te le mirado también yo. ¿Es así como se ama? ¿Es así como el hombre y la mujer deben unirse? Esto es sencillamente repulsivo.

—¡Sí! —se apresuró Lisa a afirmar secamente. La precipitación con que pronunció este «sí» me asombró. De ello deduje que mi juicio le rondaba también a Lisa por la cabeza mientras me miraba fijamente de cuando en cuando. «Por lo tanto, es capaz de tener ideas. ¡Diablos!, esto se pone interesante. Posee cierta inteligencia», me decía, casi frotándome las manos. ¿Cómo, pues, no llegar hasta los confines de un alma tan joven?

Este juego me atraía cada vez más.

Avanzó la cabeza hacia mí. En la oscuridad me pareció que la apoyaba en sus manos. ¿Me estaba observando? Sentía de veras no poder distinguir sus ojos. Oía su profunda respiración.

—¿Por qué viniste aquí? —le pregunté con cierta rudeza.

—Las cosas…

—Sin embargo, ¡qué bien estabas en casa de tus padres! ¡Allí todo era tibio y cómodo! Aquello era tu nido.

—¿Y si allí se estuviera todavía peor que aquí?

«Hay que encontrar el tono justo —me dije—. Con sentimentalismos no conseguiré casi nada.»

Pero esta idea pasó vertiginosamente por mi cerebro. Os aseguro que aquella mujer me interesaba de verdad. Además, estaba débil y predispuesto a entregarme a los sentimientos generosos, con los que la astucia se alía fácilmente.

—Te creo. Todo es posible —respondí precipitadamente—. Estoy seguro de que te han ofendido, de que son ellos más culpables ante ti que tú ante ellos. No sé nada de tu pasado, pero no me cabe duda de que una muchacha como tú no ha entrado en esta casa por su voluntad.

—¿Qué significa eso de «una muchacha como yo»? —murmuró Lisa con voz apenas perceptible pero que yo oí.

«¡Demonio! La estoy halagando. Esto es una cobardía. Pero tal vez dé buen resultado.»

Ella guardaba silencio.

—Oye, Lisa, te pondré como ejemplo lo que me ocurre a mí. Si yo hubiese tenido una familia cuando era niño, hoy no sería como soy. Pienso en ello con mucha frecuencia. Por mal que estés al lado de tu familia, de tu padre y tu madre no serán nunca para ti enemigos, extraños. Te demostrarán su cariño por lo menos una vez al año. Ocurra lo que ocurra, sabes que estás en tu casa. Yo no tenía familia, y seguramente por eso soy tan… insensible.

Volví a esperar.

«Quizá no comprenda —pensé—. Es ridículo que le dé lecciones de moral.»

—Si yo fuese padre y tuviese una hija, creo que la querría más que a un hijo; y no sólo lo creo, sino que estoy seguro.

Procuraba distraerla. Confieso que estas atenciones me sonrojaban.

—Y, eso ¿por qué? —exclamó Lisa.

¡O sea que me estaba escuchando!

—No lo sé, Lisa. Mira, yo conocí a un padre. Era un hombre severo y duro; pero se arrodillaba ante su hija, le besaba los pies y las manos y no se cansaba de admirarla. Cuando ella estaba en el baile, él permanecía de pie durante cinco horas en el mismo sitio, sin perderla de vista. Estaba loco por ella. Y me parece muy natural. Por la noche, cuando ella dormía, él se despertaba e iba a besarla y a bendecirla durante su sueño. Era avaro para los demás y para él mismo, que iba de paseo vestido con un viejo y grasiento redingote; mas para ella no reparaba en gastos: le hacía magníficos regalos, y ¡qué alegría la suya si a ella le gustaban! Los padres quieren a sus hijas más que las madres. Generalmente, las hijas son felices en la casa paterna. Por lo que a mí se refiere, si tuviese una hija, creo que no la casaría nunca.

—¡Vaya! ¿Por qué? —exclamó Lisa sonriendo levemente.

—Francamente: me sentiría celoso. ¿Cómo podría consentir que besara a un extraño, que quisiera a alguien que no fuese yo? No quiero ni pensarlo. Claro que esto es una tontería. Al fin, uno accede; pero no me cabe duda de que, antes de casarla, tomaría informes de los pretendientes, a los que eliminaría uno tras otro, aunque acabaría por casarla con el que ella prefiriese. Pero resulta que el que quiere la muchacha es el que más desagrada al padre. Sí, así es. Y ocurren muchas desgracias en las familias por este motivo.

—A algunos no les importa vender a sus hijas, en vez de casarlas honorablemente —replicó Lisa en el acto.

«¡Ah! ¿Conque se trata de eso?»

—Eso, Lisa, sólo ocurre en las familias malditas, a las que no asisten ni Dios ni el amor —repuse con vehemencia—. Y donde no hay amor, falta también la razón. Esas familias existen, pero no me refiero a ellas. Lo que acabas de decir me demuestra que no has sido feliz en tu casa. Sí, eres una desgraciada… ¡Generalmente es la pobreza la causa de todos los males!

—¿Acaso entre los señores no ocurre lo mismo? La gente honrada vive feliz incluso en la pobreza.

—Hum… Sí, puede ser. Pero también sucede, Lisa, que el hombre sólo se fija en su sufrimiento: no se detiene a pensar en su felicidad. Si pensara en su felicidad, vería que en todas las etapas de su vida ha tenido momentos felices. Pero si todo va bien en la familia, si Dios la ha bendecido, si el esposo es bueno y se preocupa por la mujer en vez de abandonarla…, ¡qué bien se está con la familia! Incluso si en la casa entra el infortunio. Por lo demás, ¿acaso no entra el infortunio en cualquier parte? Si algún día te casas, quizá lo sepas por experiencia. Por el contrario, en los primeros tiempos de la vida conyugal con el ser amado, ¡cuánta felicidad! ¡Una felicidad constante! Incluso las querellas terminan bien entre esposos en esta primera etapa. Hay mujeres que cuanto más quieren a su marido, más disputas con él provocan. Puedo asegurarlo, porque conocí a una de esta clase. «¡Te quiero tanto, que te hago sufrir, a fin de que te des cuenta!» ¿Sabías esto? Puede suceder que se atormente a una persona por exceso de cariño. Las mujeres obran así con sus maridos. Se dicen: «Te amo y te acaricio tanto, que tengo derecho a atormentarte un poco». Y todos los que viven alrededor del matrimonio comparten su alegría. En el hogar, todo es honesto, apacible y alegre. Hay mujeres celosas. Si él sale (yo conocía a una que procedía así), ella no lo puede soportar. Se levanta a medianoche de la cama y va a ver si está en talo cual sitio, con esta o aquella mujer. Esto no está bien, y ella lo sabe. Sufre, se juzga y se condena. ¡Pero ha de obrar así porque lo ama! Y, después de la riña, la delicia de reconciliarse. Pedirle perdón o, por el contrario, perdonarle. ¡Qué hermoso es esto para los dos! ¡Como si acabasen de conocerse, como si acabasen de casarse y su amor estuviera en su principio!… Nadie, absolutamente nadie debe saber lo que ocurre entre los esposos si se quieren de verdad. Éstos, en sus disputas, sean de la índole que fueren, no deben recurrir al juicio de nadie, ni siquiera de la propia madre, ni contar a nadie lo ocurrido. Ellos mismos han de ser sus propios jueces. El amor es un misterio divino que debe permanecer oculto a los ojos ajenos, pase lo que pase. Esto es lo mejor, lo más conveniente. Así se consolida la estimación entre los esposos, y sobre la estimación se edifican muchas cosas. Si marido y mujer se quieren, si se han casado por amor, no es preciso que este amor muera. No hay razón para que no se le pueda mantener vivo; por lo menos, es muy rara esta imposibilidad. Si el marido es una buena persona, ¿por qué no ha de lograrse esta supervivencia? Cierto que el primer amor morirá, pero le sucederá otro muy superior. Las dos almas se fundirán, entre ambos todo será común y no habrá nada secreto entre uno y otro. Y cuando aparezcan los hijos, todo parecerá hermoso, incluso las mayores complicaciones, con tal que los padres se quieran y tengan valor. Hasta en el trabajo ve el padre un placer, y con alegría renuncia al pan para dárselo a sus hijos. y es que por todo esto tus hijos te querrán más adelante. Por lo tanto, amasas para ti. Los niños crecen; tú comprendes que les das ejemplo, que eres su sostén, que, cuando mueras, ellos seguirán viviendo con tus pensamientos, con los sentimientos que han recibido de ti, y que estarán hechos a tu imagen y semejanza. Esto te impone, pues, un grave deber… Siendo así, ¿cómo no han de unirse aún más estrechamente el marido y la mujer? Algunos dicen que es molesto tener hijos. No hay tal cosa. Por el contrario, es una alegría incomparable. ¿Te gustan los niños, Lisa? Yo los adoro. Imagínate a un niñito sonrosado tomando el pecho. ¿Qué marido no se enternecería al ver a su mujer con el hijo de los dos en sus brazos? Un hijito sonrosado, mofletudo… Se echa hacia atrás, agita, jugando, sus piececitos y sus gordezuelas manecitas. Sus uñas, muy limpias, son tan pequeñas que incluso hacen reír. Sus ojitos parecen comprenderlo ya todo. Y, al mamar, da palmadas en el pecho, y tirones. Está jugando. El padre se acerca, el niño suelta el seno, se echa hacia atrás, mira a su padre y se ríe. Sin duda le parece gracioso. Luego sigue mamando. Cuando los dientes empiecen a salirle, morderá el seno de su madre y al mismo tiempo le lanzará una mirada maliciosa. «¡Te he mordido! Lo has notado, ¿verdad?» ¡Qué felicidad cuando están los tres juntos, el padre, la madre y el niño! Se pueden sacrificar muchas cosas por estos instantes. No olvides esto, Lisa: antes de acusar a los demás, uno debe aprender a vivir.

«Estos cuadros, precisamente éstos, son los que hay que describirte para impresionarte», pensé, aunque os aseguro que había hablado con gran sinceridad. De pronto sentí que me sonrojaba. ¿Dónde me escondería si se echaba a reír? Esta idea me enfureció. Con tal vehemencia pronuncié el final de mi discurso, que después me sentí avergonzado. El silencio se prolongaba. Me asaltó el deseo de apartarla de un empujón.

—¿Cómo es que usted…? —empezó a decir. Pero se detuvo.

Sin embargo, yo lo había ya comprendido todo. En su voz había algo nuevo; ya no se percibía en ella la brutalidad y la obstinación de antes, sino un sentimiento dulce, púdico, tan púdico que de pronto me sentí avergonzado y culpable frente a ella.

—¿Qué dices? —pregunté con tierna curiosidad.

—Que usted…

—¿Qué?

—Que usted habla como si leyera en un libro —dijo al fin.

Y de nuevo me pareció percibir la burla en su voz. Este comentario me hirió profundamente. Esperaba otra cosa.

No comprendí que ella ocultaba sus verdaderos sentimientos bajo un tono burlón, astucia a la que recurren los corazones púdicos y solitarios a los que se pretende llegar directamente y que hasta el último minuto se niegan con orgullo a entregarse y temen manifestar sus sentimientos. Sólo por la timidez que mostró al iniciar varias veces su frase burlona antes de decidirse a pronunciarla debí comprenderlo todo; pero no adiviné nada, y un mal sentimiento se apoderó de mí.

«¡Ah!, ¿sí? —pensé—. Ahora verás.»

 

VII

—¡Oh, Lisa! ¡Desde luego, los libros tienen aquí su papel! Aunque este asunto no me concierne, me desagrada. Además, me llega al corazón. Mi alma ha despertado. ¿De veras no te sientes profundamente triste aquí? Se comprende: la costumbre es una gran cosa. Sólo el diablo sabe hasta dónde puede llevar la costumbre al hombre. ¿En serio crees que no envejecerás nunca, que serás siempre bonita y que siempre te querrán tener aquí? No te hablaré de la suciedad que aquí se respira, pero quiero decirte algo sobre lo que va a ser tu vida en esta casa. Ahora eres joven y bonita, y tienes alma, sensibilidad… Sin embargo, cuando he vuelto a la realidad, me ha producido cierta repulsión verte a mi lado. Sólo venimos aquí cuando estamos completamente borrachos. En cambio, si te hubiese conocido en otra parte, si hubieses vivido como viven las personas honradas, es posible que te hubiera hecho la corte, e incluso que me hubiera enamorado de ti; que me hubiera hecho feliz una mirada tuya, y más feliz aún que tus palabras. Te habría esperado a la puerta, habría pasado horas enteras a tus pies, habrías sido mi prometida y habría juzgado este compromiso como un gran honor. No me habría atrevido a ofenderte siquiera con el pensamiento. Aquí, en cambio, me basta darte un silbido para que acudas; aquí estás obligada a obedecerme: has de venir, quieras o no, pues no soy yo quien depende de tu voluntad, sino tú quien dependes de la mía. Cuando un mujik, incluso el más humilde, se contrata para trabajar, no se vende por entero, y, además, sólo por un tiempo determinado. Pero tú… ¿Qué límite tiene tu servicio? Piensa hasta qué punto te vendes aquí, hasta qué extremo llega tu esclavitud. Vendes tu cuerpo y, con él, tu alma. Ya no dispones de tu alma. Entregas tu amor al primer borracho que pasa, para que él lo pisotee. Sin embargo, el amor lo es todo. Es un diamante, el tesoro de las muchachas. Hay hombres que para obtener ese amor son capaces de correr peligros de muerte, de perder su alma. Sin embargo, aquí, ¿qué valor tiene el amor? Te compran enteramente. ¿Y para qué quieren tu amor, si lo obtienen todo de ti sin amor? Es la mayor ofensa que se puede inferir a una joven, reconócelo.

»He oído decir que aquí se os halaga, aprovechándose de vuestra candidez; que se os permite tener amantes. Esto es una farsa, una mentira. Se ríen de vosotras, y vosotras os dejáis engañar. ¿Puede amarre verdaderamente uno de esos amantes? No lo creo. ¿Cómo es posible que te ame sabiendo que te van a llamar de un momento a otro, que tendrás que dejarlo a él por cualquiera? El que consiente estas cosas es un miserable. ¿Qué estimación, por poca cosa que sea, puede tenerte? Se ríe de ti y, encima, te roba. En esto consiste su amor. Y puedes darte por satisfecha si no te vapulea…, cosa que es muy posible que haga. Pregúntale al tuyo (si lo tienes) si quiere casarse contigo. Como respuesta, lanzará una risotada en tus mismas narices, eso si no te escupe a la cara o te da una paliza. Pero ocurre que él no vale ni dos ochavos. ¿Y para qué (piensa en ello) has enterrado aquí tu existencia? Para que te alimenten y te den café. Pero ¿con qué objeto te alimentan? Una mujer distinta, una joven honrada, ni siquiera probaría esos alimentos, pues comprendería el fin con que se los dan. Tú debes ya a la patrona; le deberás todavía más, y tu deuda seguirá aumentando hasta el fin de tu carrera; hasta que los clientes no quieran ya saber nada de ti. Esto ocurrirá pronto. No confíes en tu juventud. Aquí el tiempo galopa. Cuando ya no sirvas, te echarán a la calle. Y, antes de echarte, te colmarán de reproches e insultos, como si no hubieses entregado a tu patrona tu juventud, tu salud e incluso tu alma. Te dirán que eres la ruina de la casa; te hablarán como si hubieses robado, como si hubieses sumido en la miseria a tu patrona. Y no esperes ayuda de nadie. Las demás, tus compañeras, irán también en contra tuya para adular a la patrona, pues aquí todas, todas son esclavas y han perdido hace ya mucho tiempo la conciencia y la compasión. Son cobardes y lanzarán sobre ti los insultos más groseros, más viles y más crueles. Lo dejarás aquí todo sin darte cuenta: la salud, la juventud, tus encantos, tus esperanzas, y a los veintidós años tendrás el aspecto de una mujer de treinta. Y da gracias a Dios si no te pones enferma. Te imaginas (estoy seguro) que no trabajas, que estás en continuas vacaciones. Pero no hay, no ha habido jamás trabajo más penoso que el tuyo, tanto, que tu corazón debería fundirse en lágrimas.

»No te atreverás a pronunciar una sola palabra, ni siquiera media, cuando te echen de aquí. Te marcharás encorvada como una culpable. Irás a otra casa, luego a otra, todavía volverás a cambiar, y, finalmente, irás a parar a la plaza del Heno. Y allí recibirás paliza tras paliza, por nada, por costumbre. Así se hace siempre en aquel lugar. Ningún cliente te besará sin antes darte un buen vapuleo. ¿Te resistes a creer en tanto horror? Ve a la plaza del Heno y lo verás por tus propios ojos.

»Yo vi una vez, una víspera de Año Nuevo, a una de esas desgraciadas. La habían echado a la calle, a modo de broma, para “calmarla”, porque gritaba demasiado, y habían cerrado la puerta tras ella. A las nueve de la mañana estaba ya completamente borracha. Iba desmelenada y medio desnuda. Su cuerpo mostraba huellas de golpes. Llevaba la cara pintada y cubierta de polvos, bajo sus ojos destacaban dos grandes manchas negras y su boca y su nariz sangraban. El causante de todo aquello había sido un cochero de fiacre. Estaba sentada en los peldaños de piedra de la escalinata y tenía en la mano un pescado en salmuera. Gritaba, repetía con obstinación las mismas frases sobre su infortunio y golpeaba los escalones con el pescado. Estaba rodeada de cocheros y soldados borrachos, que se reían de ella y se divertían excitándola. Tú no quieres admitir que te ocurrirá lo mismo que a esa mujer. Tampoco yo lo quiero creer. Pero ¿qué sabes tú de eso? Ocho o diez años atrás, llegó de no sé dónde, fresca como una rosa, inocente, limpia, ignorante de todo lo malo, ruborizándose a cada momento. Tal vez era semejante a ti: orgullosa y susceptible, de mirada altiva, y persuadida de que el hombre que la amase y a quien ella amara gozaría de una felicidad inmensa. Sin embargo, ya ves cómo terminó.

»Y piensa que acaso en el momento mismo en que golpeaba los escalones de piedra con su pescado en salmuera, borracha y desmelenada, acudieron a su memoria los años pasados en la casa paterna, aquellos años en que, pura como un ángel, iba al colegio, y el hijo del vecino la esperaba en la carretera para jurarle que la amaría eternamente y le dedicaría su vida entera, lo que terminó con la mutua promesa de quererse siempre y casarse tan pronto como fuesen mayores…

»¡Créeme, Lisa! Sería una felicidad para ti, sí, una felicidad, morir en un rincón, en un sótano, como aquella tísica de la que te he hablado hace poco. Has mencionado el hospital. ¡Tendrías suerte si te llevaran a un hospital! Pero piensa que tu patrona te necesitará todavía. La tisis no es un simple acceso de fiebre. El enfermo conserva la esperanza hasta el último minuto y siempre dice que se siente bien. Se engaña a sí mismo, y la patrona se aprovecha de ello. Sí, así es. Le vendiste tu alma y, además, le debes dinero. Ya no puedes, por lo tanto, replicarle. Y cuando estás agonizando, todos se apartarán de ti y te abandonarán, porque ¿para qué puedes servirles en esos momentos? Y todavía te echarán en cara el sitio que ocupas y la poca prisa con que te mueres. Ni siquiera podrás obtener un poco de agua, y, si te la dan, lo harán injuriándote: «¿Cuándo acabarás de reventar, asquerosa bestia? Con tus gemidos nos impides dormir y molestas a los clientes». Sí, así sucede. Yo mismo he oído lanzar reproches semejantes. Cuando estés medio muerta, te echarán en el rincón más sombrío y hediondo de un sótano, donde sólo habrá humedad y tinieblas. ¿En qué pensarás cuando estés allí, tendida, sola? Y, ya muerta al fin, manos extrañas te amortajarán a toda prisa, con impaciencia, lanzando juramentos. Nadie pensará en ti suspirando, nadie acudirá a tu lado para bendecir tu cuerpo. Sólo pensarán en librarse de ti lo antes posible. Comprarán un burdo ataúd y se te llevarán como se llevaron a aquella desgraciada. Y luego irán a echar un trago en memoria tuya. La fosa estará llena de barro, de nieve derretida. Pero para ti no hay contemplaciones. “¡Ven, Vania: la bajaremos por aquí! ¡Es su sitio! Pero también por aquí baja patas arriba… ¡Sujeta bien las cuerdas, animal! ¡Ahora va bien! Pero ¿no ves que la has puesto de costado? Al fin y al cabo, era un ser humano. Bueno, no importa: cúbrela ya de tierra.” Ni siquiera querrán disputar sobre ti. Te cubrirán lo antes posible de una capa de tierra fangosa y se irán a la taberna. Así terminarás. Después, nadie se acordará de ti. Junto a las demás tumbas hay hijos, padres, esposos, pero junto a la tuya, ni una lágrima, ni un suspiro. Y nadie, absolutamente nadie, se acercará jamás a tus restos. Tu nombre desaparecerá de la superficie de la tierra como si no hubieses existido nunca, como si ni siquiera hubieras nacido. Lodo, pantanos… Golpea cuanto quieras la tapa de tu ataúd por la noche, a la hora en que se levantan los muertos. “¡Dejadme salir, buena gente! ¡Quiero ver la luz! He vivido sin vivir; mi vida ha sido una alfombra para los pies de los hombres. La devoraron y terminó en la plaza del Heno. ¡Dejadme salir, buena gente! ¡Quiero volver a vivir!”

Estaba exaltado, mi garganta se contraía en sacudidas espasmódicas. De pronto, me detuve, inquieto; me incorporé en la cama, incliné la cabeza con el corazón palpitante de temor y agucé el oído: había motivo más que suficiente para sentirse intranquilo.

Yo sospechaba desde hacía unos momentos que había trastornado su alma y destrozado su corazón, pero cuanto más seguro estaba de ello, mayor era mi deseo de obtener una victoria rápida y completa. Este juego me arrastraba. pero no era únicamente un juego…

Me daba perfecta cuenta de que estaba hablando sin espontaneidad, tediosamente, en un estilo literario. Pero esto no me importaba. Tenía la seguridad de que ella me comprendía y de que mi estilo literario era para mí una gran ayuda en aquel momento. Pero cuando hube logrado mi propósito, tuve miedo.

Nunca, nunca fui testigo de una desesperación tan profunda. Lisa tenía la cara hundida en la almohada, a la que estrechaba entre sus brazos. El llanto desgarraba su pecho. Todo su joven cuerpo temblaba, convulso. Los sollozos que se amasaban en su garganta y que la ahogaban, se convertían de pronto en gritos, en ladridos. Entonces hundía aún más la cabeza en la almohada: no quería que nadie de aquella casa supiera que lloraba y sufría. Mordía la almohada, y una vez se mordió el brazo hasta hacerse sangre, como comprobé luego. Otra vez introdujo los dedos en su dispersa cabellera y permaneció inmóvil, en un esfuerzo atroz, conteniendo la respiración, apretando los dientes.

Me dispuse a decirle algo, a pedirle que se calmara, pero advertí que no tenía valor para hablarle, y de pronto, presa de pánico, me levanté, a fin de vestirme a tientas y huir. La oscuridad era completa. Mis esfuerzos por ir de prisa eran inútiles. En esto, mi mano tropezó con una caja de cerillas y un candelero con una vela entera. Apenas la encendí, Lisa se sentó de un salto en la cama. Tenía el rostro contraído y me miró con sonrisa de loca, con un gesto de extravío. Me senté a su lado y me apoderé de sus manos. Entonces volvió en sí, se lanzó sobre mí, fue a rodearme con sus brazos, pero no se atrevió y bajó lentamente la cabeza.

—Lisa, amiga mía, me he equivocado… Perdóname —empecé a decir.

Pero ella apretó tan fuertemente mis manos con las suyas, que comprendí que estaba diciendo algo inconveniente, y me callé.

—Aquí tienes mi dirección, Lisa. Ven a verme.

—Iré —murmuró la joven resueltamente, pero sin levantar la cabeza.

—Ahora me voy. ¡Adiós! ¡Hasta la vista!

Me levanté. Lisa se levantó también. Luego, de pronto, se sonrojó, tuvo un sobresalto, se apoderó de una pañoleta que había en una silla y se cubrió con ella los hombros y el cuello hasta la barbilla. Hecho esto, tuvo una sonrisa forzada, volvió a enrojecer y me miró extrañamente. Esto me inquietó. Me urgía salir de allí, desaparecer.

—Espere un momento —me dijo Lisa de pronto en la antecámara, ya cerca de la puerta, reteniéndome por el borde de la capa.

Dejó la bujía y salió corriendo. Indudablemente había olvidado algo que quería mostrarme. Su cara era de un matiz sonrosado, le brillaban los ojos, sonreía. ¿Qué me quería enseñar? Esperé. Volvió al cabo de un minuto. Su mirada parecía excusarse. Su semblante era distinto. En sus ojos no había ya aquella expresión sombría suspicaz y obstinada; ahora su mirada era dulce, implorante, y también confiada, acariciadora y tímida. Miraba como miran los niños a aquellos a quienes quieren y a los que piden algo. Sus ojos, de un castaño claro, eran hermosos, vivos y sabían expresar tanto el amor como el odio.

Juzgando inútil explicarme nada, como si yo fuera un ser superior, capaz de comprenderlo todo sin explicaciones, me tendió un plieguecillo de papel. Todo su rostro se iluminó en aquel instante con una alegría ingenua, casi infantil. Tomé el papel. Era una carta dirigida a ella por un estudiante de Medicina: una declaración de amor, solemne, florida y extremadamente respetuosa.

He olvidado las frases, pero recuerdo perfectamente que bajo el estilo ampuloso, sentí palpitar un sentimiento tan lleno de sinceridad, que no cabía pensar en la ficción. Cuando hube terminado la lectura, vi clavada en mí la mirada de Lisa, una mirada ardiente impaciente y curiosa como la de un niño. Sus ojos estaban fijos en los míos; Lisa esperaba con avidez mi opinión sobre la carta. Breve y apresuradamente, pero con una especie de gozoso orgullo, Lisa, me explicó que la habían invitado a una velada en casa de una familia respetable que «no sabía nada, absolutament rien» (porque no hacía mucho tiempo que había llegado, sólo para explorar, y estaba decidida a no quedarse, pues en cuanto hubiese pagado su deuda se iría). Y el estudiante fue también a esa velada; fue su pareja en todos los bailes y resultó que ya se habían conocido en Riga, cuando los dos eran niños aún, y que habían jugado juntos. ¡Pero hacía tanto tiempo de aquello! Él conocía también a los padres de Lisa. Pero no sabía nada de su situación, absolutamente nada, y no tenía la menor sospecha sobre este punto. Y he aquí que al día siguiente (hacía tres días) le había enviado aquella carta por conducto de una amiga que había ido con ella a la velada. «Y… bueno, esto es todo.»

Cuando terminó su relato, bajó confusa, sus centelleantes ojos.

La pobre conservaba aquella carta como un objeto precioso —el único que poseía— y me lo había enseñado para que yo, antes de marcharme supiera que se la podía querer honradamente, sinceramente, y que se le podía escribir en tono respetuoso. Desde luego, el destino de aquella carta era permanecer guardada como un recuerdo y ninguna otra la seguiría. Pero esto poco importa: estoy seguro de que la conservó toda su vida como una joya. Era su orgullo, su justificación. Lisa se había acordado de su tesoro improviso y me lo había mostrado con ingenuo orgullo, para recobrar mi estimación, para que la felicitara. Pero no le dije nada; le estreché la mano y me fui. ¡Tenía tantas ganas de marcharme!

Volví a casa a pie, aunque la nieve seguía cayendo en grandes copos. Sufría, me sentía aniquilado y confundido. Pero, a través de esta confusión, entreveía ya la verdad…, una verdad sumamente desagradable.

 

VIII

Pero no admití inmediatamente esta verdad. Al despertarme al día siguiente, tras un sueño profundo de varia horas, repasé mentalmente los acontecimientos de la jornada anterior, y me asombré de mi arrebato de sentimentalismo ante Lisa, de las cosas atroces y lastimeras que había dicho. «¿Cómo se puede perder el dominio de lo nervios hasta ese punto? ¡Es lamentable…! No debí darle mi dirección. ¿Qué haré si viene? y vendrá, no cabe duda…»

Pero évidemment esto no tenía importancia en aquel momento. Lo importante era reconquistar lo antes posible mi reputación a los ojos de Zverkov y de Simonov. Esta idea me absorbió de tal modo, que ya no volví a pensar en Lisa en toda la mañana.

Ante todo, tenía que pagar inmediatamente mi deuda a Simonov. Tomé una decisión extrema y fui a pedir un adelanto de quince rublos a Antón Antonovitch. Dio la feliz casualidad de que estaba de excelente humor, y me concedió al punto el anticipo. Me sentía tan feliz, que mientras firmaba el recibo empecé a contar con gran desenvoltura Antón Antonovitch que había estado de jarana en el Hotel París con unos amigos, para celebrar el ascenso de un camarada, de un amigo de la infancia, o poco menos. «Es un gran juerguista, ¿sabe?, un niño mal criado, pero de excelente familia. Gran fortuna, carrera brillante, ingenioso, encantador, siempre enredado en aventuras… ¿Comprende? Después de media docena de botellas de champán, fuimos allá abajo…» y dije todo esto con palabra fácil y en un tono ligero y alegre.

Volví a casa y escribí inmediatamente a Simonov. Todavía hoy admiro el tono franco y de buen chico que di a aquella carta, y su estilo, verdaderamente digno de un gentleman. Me acusaba a mí mismo con habilidad y nobleza, y, sobre todo, sin palabras inútiles. Me excusaba, «si se me permitía excusarme», declarando que, como no estaba acostumbrado a beber, el primer vaso que había tomado, mientras los esperaba en el Hotel París, espera que duró desde las cinco hasta las seis, me había embriagado completamente. Dirigía mis excusas a Simonov, pero le rogaba que se las transmitiera a los demás, especialmente a Zverkov, a quien me parecía —«me acuerdo de eso como a través de un sueño»— haber ofendido gravemente. Añadía que mi gusto habría sido ir a disculparme personalmente, pero que me dolía la cabeza y, esto sobre todo, estaba demasiado confuso.

Me sentí especialmente satisfecho por la ligereza de espíritu y por la elegante displicencia que se percibían a través de mis excusas y que daban a entender, mucho mejor que todas las explicaciones, que lo ocurrido el día anterior no tenía para mí la menor importancia. ¡No estoy abrumado, como seguramente se imaginan ustedes, señores! Por el contrario, considero todo esto con la mayor tranquilidad, como corresponde a un gentleman que se respete a sí mismo. II faut que jeunesse se passe.

«Hay aquí incluso un algo de distinción cortesana —me dije al releer la carta—. ¿Por qué? ¡Porque soy un hombre instruido, inteligente! Otro, en mi lugar, no habría sabido salir del atolladero. Yo, en cambio, he salido, y puedo alegrarme de mi éxito. He aquí la ventaja se ser un hombre de su época, inteligente e instruido. Por otra parte, la culpa fue de lo que bebí, desde luego, pero bebí vino y no licor, como doy a entender, mientras esperaba de cinco a seis. He mentido a Simonov, le miento descaradamente, y no me da vergüenza… En fin, eso no tiene la menor importancia. Lo único importante es salir de esto.»

Introduje seis rublos en el sobre, lo cerré y dije a Apolonio que lo llevase a casa de Simonov. Al enterarse de que la carta contenía dinero, Apolonio sintió respeto y accedió a llevarla. Por la tarde salí a pasear. Aún me dolía la cabeza y el vértigo no me había dejado.

Y cuanto más se acercaba la noche y la oscuridad se hacía más densa, mis impresiones y, en consecuencia, mis ideas eran menos claras: se mezclaban, se confundían. Había algo en mí, en el fondo de mi pensamiento, que se negaba a desaparecer y que se traducía en una extraña angustia. Vagabundeaba por las calles más animadas, más comerciales: la Miesstchanskaia, la Sadovaia, las proximidades del jardín de Yusupov. Me gustaba pasear por estas calles especialmente al atardecer cuando están llenas de gente: transeúntes afanosos, comerciantes, artesanos que, tras su jornada de trabajo, regresan a sus casas, acentuadas sus facciones por la fatiga. Me encantaba esta agitación de la vida cotidiana. Pero, aquella tarde, el bullicio sólo sirvió para irritarme más de lo que estaba. No podía dominarme. Algo se despertaba en mi alma, torturándome, sin que yo lograra aplacarlo. Volví a casa, completamente desorientado. Tenía la sensación de que pesaba un crimen sobre mi conciencia.

Me atormentaba la idea de que Lisa se presentara de un momento a otro. Entre todos mis recuerdos del día anterior, el de Lisa permanecía aparte y me inquietaba singularmente. Al caer la tarde, había dejado de pensar en todo lo demás. Seguía sintiéndome satisfechísimo de mi carta a Simonov; pero cuando pensaba en Lisa, mi satisfacción desaparecía por completo. Así advertí que la única causa de mi desazón era Lisa.

«¿Qué haré si viene —pensaba sin cesar—. Bueno, ¿qué más da? Que venga, si quiere. Lo malo es que verá cómo vivo. Ayer representé ante ella el papel de héroe, y ahora… No debí dejarme arrastrar por mi vehemencia. Este departamento es miserable. ¿Cómo pude ir a cenar con este traje? ¡Y este diván de hule, lleno de desgarrones por los que sale la crin! ¡Y mi ropa de cama hecha jirones!… Lisa verá todo esto y también a Apolonio. Ese bruto la ofenderá, no me cabe duda, aprovechando un pretexto cualquiera, sólo para darme un disgusto. En cuanto a mí, como de costumbre, me pondré nervioso, iré y vendré ante ella, me ajustaré el batín, sonreiré, mentiré. ¡Qué horror! Pero no es esto todo: hay otra cosa más innoble, más cobarde aún… ¡Sí! Tendré que quitarme esta máscara de farsante…»

Enrojecí hasta la frente. «¿Farsante? ¿Acaso mentí? Ayer hablé con toda sinceridad. Me acuerdo muy bien. Sentía una emoción verdadera. Quería despertar en Lisa buenos sentimientos. Hizo bien en llorar. Las lágrimas producen siempre excelente efecto.»

Sin embargo, no conseguía calmarme. Durante todo el anochecer, incluso mucho después de las nueve, cuando Lisa ya no podía presentarse, seguía pensando en ella y viéndola con la imaginación tal como la había visto el día anterior en cierto momento en que me había impresionado vivamente. Fue cuando encendí la cerilla que iluminó su pálido rostro y su amarga mirada. ¡Cuán lastimera, tensa y falsa fue su sonrisa en aquellos instantes! Pero entonces yo ignoraba que quince años después seguiría viendo con la imaginación a Lisa bajo este aspecto, con esta sonrisa lastimera y forzada.

Al día siguiente, mi ánimo se inclinaba a considerar todo lo que había ocurrido, como algo absurdo y desmesuradamente exagerado por mis nervios enfermos. Me daba perfecta cuenta de esta tendencia de mi carácter, y la temía sobremanera. «Exagero siempre —me repetía una y otra vez—. Padezco de este mal.» Sin embargo…, sin embargo, me decía: «Lisa vendrá». Tal era el estribillo de todas mis reflexiones. Esto me preocupaba tan profundamente, que a veces tenía arrebatos de furor. «¡Vendrá! ¡Seguro que vendrá! —gritaba paseando a grandes zancadas por la habitación—. Si no es hoy, será mañana. Me hará salir de mi guarida. ¡Maldito el romanticismo de los corazones puros! ¡Qué villanía, qué estupidez, qué mediocridad la de estas necias almas sentimentales! ¿Cómo no comprenderá que…?». Pero al llegar a este punto me detuve, profundamente turbado.

«¡Y qué pocas palabras han bastado para esto! —seguí diciéndome—. ¡Además, ha sido un idilio falso, aunque ha tenido poder suficiente para trastornar toda una existencia! ¡Lo que es un terreno virgen!»

A veces me asaltaba la idea de ir en su busca para contárselo «todo» y pedirle que no viniera. Pero inmediatamente me acometía tal furor, que no me cabe duda de que habría aplastado a «aquella maldita Lisa» si la hubiese tenido al alcance de mi mano. La habría insultado, le habría pegado y escupido, la habría echado a la calle.

Pero transcurrió un día, y otro, y otro, y Lisa no venía. Después de las nueve solía animarme, y entonces incluso me entregaba a grandes ensueños. Me decía, por ejemplo: «Salvo a Lisa sólo hablando con ella cuando viene a verme… La instruyo, la formo. Advierto al fin que me ama apasionadamente. Pero finjo no darme cuenta (no sé por qué obro así; probablemente, por amor a los buenos sentimientos). Y llega un momento en que, confusa, temblorosa y deshecha en lágrimas, se arroja a mis pies y me dice que soy su salvador y que me quiere más que a nadie en el mundo. Me quedo atónito. Lisa —le digo—, ¿crees que no lo sabía? Comprendí que me amabas, pero no osaba apoderarme de tu corazón, porque estabas bajo mi influencia y temía que hubieses hecho un esfuerzo para corresponder a mi amor, que la gratitud te hubiera llevado a despertar en ti un sentimiento que quizá no existía. Yo no podía admitir eso, porque habría sido un acto de despotismo, una falta de delicadeza —como ven, me enzarzaba en sutilezas sobre los sentimientos extraordinariamente nobles, verdaderamente ‘europeos’, a lo George Sand—. Pero ahora eres mía, eres mi obra, eres pura, eres bella, eres mi esposa…

«…Y entra en mi casa libre y resueltamente, como dueña.» Seguidamente, vivimos dichosos, nos vamos al extranjero, etcétera.

Y al fin me avergoncé tanto de mí mismo, que me saqué la lengua ante el espejo.

Luego pensaba: «No la dejarán salir. No les suelen permitir que salgan, sobre todo por las tardes… —No sé por qué creía que Lisa tenía que llegar por la tarde y precisamente a las seis—. Pero ella me dijo que todavía no estaba comprometida del todo y gozaba de derechos especiales. Por lo tanto… ¡Hum! ¡Diablo, vendrá! ¡Estoy seguro de que vendrá!»

Afortunadamente, en estas ocasiones contaba con la distracción de Apolonio y sus insolencias, que me sacaban de quicio. Apolonio era una calamidad, una peste que me había enviado la Providencia. Hacía ya años que nos lanzábamos mutuamente acerados dardos. Yo lo detestaba. ¡Dios mío, cómo lo detestaba! Sobre todo, en ciertos momentos. Era un hombre de edad, con aires de gran señor. En sus horas libres hacía trabajos de sastre. Sentía por mí, aunque no sé por qué, un desprecio que rebasaba todos los límites imaginables, y me miraba siempre de arriba abajo. Por lo demás, miraba así a todo el mundo.

Bastaba ver aquella cabeza de cabellos lisos, de un rubio de lino; aquel tupé que se rizaba y engrasaba cuidadosamente; aquella boca severa en forma de Y, para comprender que era un hombre que no dudaba nunca de sí mismo. Era un pedante rematado, el pedante más perfecto que he conocido, y tenía un amor propio digno de Alejandro de Macedonia. Estaba enamorado de cada uno de sus botones, de cada una de sus uñas; sí, enamorado: su aspecto lo pregonaba. Me trataba con despotismo, me hablaba muy poco, y si alguna vez se dignaba mirarme, su mirada era solemne, estaba colmada de suficiencia. Además, había en ella un algo burlón que me enfurecía. Cumplía su servicio con un aire de suprema condescendencia. Por lo demás, no hacía casi nada para mí y no se consideraba en modo alguno obligado a hacer lo más mínimo. No cabía duda de que me conceptuaba como el último de los imbéciles, y si seguía en mi casa era porque yo le pagaba un sueldo. Accedía a no hacer nada por siete rublos al mes. Gracias a él se me perdonarán muchas faltas. Mi odio alcanzaba a veces tal intensidad, que sólo el ruido de sus pasos me producía convulsiones. Pero lo que más me repugnaba era su ceceo. Debía de tener la lengua demasiado grande, o cualquier otro defecto de este tipo, y ésta era la causa de que ceceara, lo cual le producía verdadero placer, pues se imaginaba que ese vicio de pronunciación le daba importancia. Hablaba generalmente con voz dulce, inalterable, con las manos en la espalda y los ojos bajos. Lo que menos podía tolerar de aquel hombre era su costumbre de leer en voz alta los salmos en su rincón, tras el biombo que nos separaba. He soportado largos combates a causa de estas lecturas. Pero le encantaba leer salmos por las tardes, con su voz dulce, uniforme, cantarina, como si estuviese a la cabecera de un muerto. Y es que esto constituye uno de sus trabajos en las horas libres. Y, además de leer salmos a la cabecera de los muertos, lo contratan para matar ratas, y fabrica cera.

Pero yo no podía despedirlo. Se diría que estaba ligado a mi existencia. Además, él se habría negado a abandonarme. No me era posible vivir en un hotel. Mi alojamiento era mi concha, el estuche en que me refugiaba y me ocultaba de la humanidad entera; y Apolonio, el diablo de este alojamiento. Ésta es la razón de que durante siete años me hubiera sido imposible ponerlo de patitas en la calle.

No era menos imposible retenerle el sueldo. No toleraba el menor retraso.

Pero aquellos días me sentía irritado hasta tal punto contra el mundo entero, que resolví de buenas a primeras castigar a Apolonio y retrasar durante dos meses el pago de su sueldo. Hacía ya mucho tiempo —dos años— que estaba preparando este castigo, únicamente para demostrarle que no tenía derecho a darse importancia ante mí y que yo podía no pagarle si se me antojaba. Decidí no decirle nada, a fin de vencer su orgullo y obligarlo a ser el primero en hablar de sus honorarios. Entonces yo sacaría de mi cajón los siete rublos, para que viera que los tenía apartados, y le demostraría que no quería dárselos, porque así se me antojaba, porque «ésta era mi voluntad señorial», porque él era un insolente y un grosero. Y le diría que, si era cortés y respetuoso conmigo, tal vez me enterneciera y pagase, pero que, en caso contrario, tendría que esperar dos, tres semanas, un mes entero…

Sin embargo, y pese a mi enojo, fue él quien triunfó. No pude resistir más de cuatro días. Empezó por hacer lo que hacía siempre en tales casos (pues no era la primera vez que esto ocurría, de modo que yo podía estar preparado para hacer frente a su táctica innoble). Para empezar, me dirigía una severa mirada que duraba varios minutos, preferentemente cuando yo iba a salir o entraba. Si yo resistía, si fingía no advertir sus maniobras, él, sin romper su silencio, emprendía la segunda serie de operaciones. De pronto, sin motivo alguno, entra en mi habitación a paso lento, cuando estoy leyendo o paseando de un lado a otro. Y permanece plantado cerca de la puerta, una pierna delante, una mano en la espalda y mirándome fijamente, con expresión no sólo severa, sino profundamente desdeñosa.

Si le pregunto qué quiere, no responde; sigue mirándome durante unos segundos, y luego, apretando los labios, con un gesto significativo, me vuelve la espalda poco a poco y regresa lentamente a su habitación. Dos horas después, vuelve a aparecer ante mí. Loco de furor, ya no le pregunto qué quiere, sino que levanto la cabeza y, con semblante altivo, autoritario, lo miro fijamente a los ojos. Así, uno frente a otro, permanecemos a veces uno o dos minutos. Al fin, da media vuelta lenta y solemnemente y desaparece de nuevo durante dos horas.

Si de este modo no conseguía impresionarme, si mi rebeldía continuaba, Apolonio empezaba a suspirar sin dejar de mirarme. Suspiraba lenta, profundamente, como midiendo toda la magnitud de mi decadencia moral. Y, naturalmente, el duelo terminaba con su victoria. Yo me enfurecía, gritaba, pero tenía que hacer lo que Apolonio quería que hiciera.

Pero esta vez, apenas iniciadas las primeras maniobras, consistentes en miradas severas, me arrojé sobre él, indignado. ¡Estaba tan nervioso!

—¡Espera! —exclamé fuera de mí, al ver que daba media vuelta, lenta y silenciosamente, con una mano en la espalda, y se dirigía a su habitación—. ¡Espera! ¡Ven aquí! y mi grito fue tan desesperado, que él giró sobre los talones y me miró con cierto asombro. Pero seguía encerrado en su silencio, y esto fue precisamente lo que me enfureció.

—¿Cómo te atreves a entrar en mi habitación sin pedir permiso y a mirarme de ese modo? ¡Responde!

Después de mirarme con impasible fijeza durante unos treinta segundos, volvió a intentar marcharse.

—¡Quieto! —aullé corriendo hacia él—. ¡Ni un paso más! ¡Contesta a mi pregunta! ¿Por qué demonio me mirabas?

—Si tiene usted que darme alguna orden, la ejecutaré al punto —respondió Apolonio tras una pausa, ceceando, con voz dulce, lentamente e inclinando la cabeza con una calma horripilante.

—¡No es de eso; no se trata de órdenes, verdugo! —grité temblando de rabia—. ¡Te explicaré lo que quiero decir! Y es que vienes porque no te he pagado. No quieres pedirme el sueldo por orgullo, y, para castigarme, vienes y me miras estúpidamente… ¡Sí, para castigarme, para atormentarme! ¡Y no sabes, ni remotamente, lo estúpido que es eso, verdugo! ¡Sí, estúpido, estúpido, estúpido!

De nuevo se dispuso a salir de la habitación, silencioso como de costumbre, pero lo sujeté por la ropa.

—¡Escucha! —le grité—. ¡Mira el dinero! ¿Lo ves? —y lo saqué del cajón—. Siete rublos. Están aquí, y bien contados. Pero no los tendrás; no te los daré hasta que me pidas perdón respetuosamente. ¿Has oído?

—Eso no puede ser —respondió Apolonio con un aplomo impresionante.

—¡Eso será! —exclamé—. ¡Palabra de honor que será! —No tengo por qué pedirle perdón —dijo Apolonio como si no oyese mis gritos—. En cambio usted me ha llamado «verdugo». Podría ir a quejarme al comisario de policía.

—¡Ya puedes ir! —vociferé—. ¡Anda, ve ahora mismo! ¡Eso no impedirá que seas un verdugo! ¡Un verdugo! ¡Un verdugo!

Apolonio se limitó a mirarme. Luego dio media vuelta y, sin prestar más atención a mis voces, sin volver la cabeza, salió de la habitación paso a paso.

«Si no hubiese sido por Lisa, no habría ocurrido nada de esto», me dije. Y, tras un minuto de espera, solemnemente pero con fuertes palpitaciones en el corazón, me dirigí al rincón que ocupaba Apolonio.

—¡Apolonio! —dije con voz dulce pero ahogada—. Ve a ver al comisario de policía. ¡Corre, ve!

Él estaba ya instalado ante su mesa, se había puesto las gafas y se disponía a coser algo. Al oír mi orden, estalló en una risotada.

—¡Ve, ve inmediatamente! ¡No tienes ni la menor idea de lo que puede ocurrir!

—Pero ¿se ha vuelto loco? —dijo Apolonio sin ni siquiera levantar la cabeza, ceceando como siempre y enhebrando su aguja—. ¿Dónde se ha visto que uno mismo vaya a denunciarse a la policía? Si lo hace para asustarme, sepa que es inútil: no conseguirá usted nada.

—¡Ve! —grité con voz aguda asiéndole el hombro. Un instante más, y le habría pegado.

Pero en aquel momento la puerta de la antecámara se abrió lentamente, sin ruido, y entró una persona, que se detuvo en el umbral y nos miró a los dos perpleja. Alcé lo ojos y me quedé estupefacto. Luego hui a mi habitación rojo de vergüenza. Me mesé los cabellos con las dos manos, apoyé la cabeza en la pared, y así permanecí, esperando.

Poco después oí los lentos pasos de Apolonio.

—Hay aquí fuera una persona que quiere hablar con usted —me dijo, mirándome con extrema severidad. Luego se apartó para dejar pasar a Lisa.

¡Apolonio no se marchaba y nos miraba a los dos con semblante irónico.

—¡Vete, vete! —le grité, perdiendo la cabeza.

En aquel momento, mi reloj hizo un esfuerzo, carraspeé y dio las cinco.

 

IX

Y entra en mi casa libre y resueltamente,

como dueña.

Permanecí ante ella desorientado, abrumado, profundamente confuso, y, sonriendo —por lo menos así me parece—, me eché encima mi desgarrado y sucio batín acolchado. Era exactamente la escena que me había imaginado hacía poco. Transcurridos unos dos minutos, Apolonio se había marchado, pero mi confusión continuaba. Lo peor fue que, al verme en aquel estado, también Lisa perdió de pronto la serenidad, lo que me causó gran asombro.

—Siéntate —le dije maquinalmente, y le acerqué una silla a la mesa. Yo me senté en el diván.

Lisa, obediente, ocupó al punto la silla, y me miró a los ojos, como si esperase que le dijera algo extraordinario. Esta cándida espera me enfureció, pero conseguí dominarme.

Precisamente lo que había de hacer era no fijarse en nada, dar la impresión de que no observaba nada extraordinario. Pero Lisa… Presentí oscuramente que me pagaría caro tout cela.

—Me encuentras en una situación extraña, Lisa —empecé a decir, balbuceando y dándome perfecta cuenta de que no era así como convenía empezar—. ¡No, no creas que te reprocho nada! —exclamé al ver que enrojecía repentinamente—. No me avergüenzo de mi pobreza… Al contrario: estoy orgulloso de ella. Soy pobre, pero honrado… Se puede ser pobre y honrado… —seguí farfullando—. Bueno, ¿quieres té?

—No…, yo… —empezó a decir ella.

—¡Espera!

Salté del diván y corrí en busca de Apolonio. Había que desaparecer en cualquier parte.

—¡Apolonio! —murmuré febrilmente, lanzando ante él, sobre la mesa, los siete rublos que conservaba aún en mi mano firmemente cerrada—. Ahí tienes tu sueldo. Ya ves que te los doy. Pero tienes que salvarme. Tráeme inmediatamente de la tienda más próxima té y diez bizcochos. Si no los traes, harás desgraciado a un hombre. ¡Tú no sabes cómo es esta mujer! Es… No sé lo que pensarás de ella, pero no puedes imaginarte cómo es esta mujer…

Apolonio, que de nuevo se había puesto las gafas y había reanudado su trabajo, dirigió en silencio, sin dejar la aguja y al soslayo, una mirada al dinero. Luego, sin responderme, prosiguió su trabajo. Esperé de pie cerca de tres minutos, cruzados los brazos a lo Napoleón. El sudor me empapaba las sienes. Sentí que estaba pálido. Gracias a Dios, al fin mi aspecto debió infundir compasión a Apolonio, que dejó la aguja, se levantó lentamente, apartó su silla con idéntica lentitud, se quitó las gafas sin prisas, contó el dinero y salió a paso lento de la habitación. Mientras volvía aliado de Lisa, se me ocurrió la idea de huir tal como estaba, en batín; de irme a cualquier parte, sin pensar nada.

Me senté de nuevo. Lisa me miraba con visible inquietud. Estuvimos en silencio unos minutos.

—¡Lo mataré! —exclamé de pronto, golpeando tan violentamente la mesa con el puño, que saltaron fuera del tintero una gotas de tinta.

—¡Dios mío! ¿Qué dice usted? —exclamó Lisa, sobresaltada.

—¡Lo mataré! ¡Lo mataré! —vociferé mientras seguía golpeando la mesa.

Desvariaba, pero comprendía que era estúpido ponerme de aquel modo.

—No sabes, Lisa, cómo me atormenta ese verdugo. Sí, es mi verdugo… Ahora ha ido a comprar bizcochos…

Y, de súbito, estallé en sollozos. Una crisis de nervios… Estaba avergonzado, pero no podía dominarme.

Lisa se asustó.

—¿Qué tiene usted? ¿Qué le pasa? —exclamó, yendo y viniendo ante mí, agitada y nerviosa.

—¡Agua! ¡Dame agua!… —farfullé con voz débil, pero advirtiendo que podía pasar sin el agua y hablar con más energía.

Exageraba para justificarme, pero mi ataque no era una ficción. Lisa, inquieta, me acercó el agua. En este momento apareció Apolonio con el té. De pronto me pareció que aquel té era algo vulgar, insignificante, que producía un efecto mezquino, desfavorable, después de lo que acababa de ocurrir. Me sonrojé, Apolonio salió sin mirarnos.

—Lisa, ¿me desprecias? —le pregunté, mirándola directamente a los ojos y temblando de impaciencia por conocer su pensamiento.

Ella enrojeció y no me pudo contestar.

—¡Tómate el té! —le dije, iracundo.

Estaba furioso contra mí mismo, pero era evidente que Lisa sufría más que yo por esta causa. De improviso, sentí un odio atroz contra ella: la habría matado en aquel instante. En mi fuero interno decidí vengarme no diciéndole ni una palabra más. «Ella tiene la culpa de todo…»

Llevábamos ya cinco minutos de silencio. El té estaba sobre la mesa, pero no lo tocábamos. Había llegado al extremo de que, para hacer la situación de Lisa más difícil, no quería ser el primero en beber, y para ella era violento tomar el té sola. De cuando en cuando me dirigía una mirada inquieta y triste. Pero no cabía duda de que el más desgraciado de los dos era yo, pues no podía dominarme.

—Quiero… irme… para siempre… de allá abajo —empezó a decir ella, para poner fin a nuestro silencio.

¡Pobre! Precisamente era así como no debía empezar en aquel momento saturado de estupidez y dirigiéndose a un hombre tan estúpido como yo. Sentí una lástima dolorosa por su franqueza inútil, por su temerosa incapacidad. Pero al punto surgió en mí algo que ahogó aquella compasión y que me excitó más todavía. ¡Que se hundiera el mundo entero! ¡Me era indiferente! Cinco minutos más de silencio.

—¿Le molesto? —preguntó Lisa tímidamente, con voz apenas perceptible. Y se dispuso a levantarse.

Apenas advertí esta manifestación de dignidad ofendida, temblé de furor y di rienda suelta a todo lo que gravitaba sobre mi corazón.

—¿Por qué has venido a verme? Di, ¿por qué? —empecé a decir con voz ahogada y sin cuidarme lo más mínimo de ordenar mis palabras lógicamente.

Tenía la necesidad de decirlo todo a la vez, de golpe, sin ni siquiera pensar en cómo había empezado.

—¿Por qué has venido? ¡Respóndeme! ¡Contesta! —grité fuera de mí—. Mira, yo mismo te lo voy a decir. Has venido porque aquel día te dije paroles touchantes. Te enterneciste, y hoy quieres oír más palabras enternecedoras. Pero has de saber que aquel día me burlaba de ti. Y hoy me sigo burlando. ¿Por qué tiemblas? ¡Sí, me burlé de ti! Me habían insultado durante la cena los mismos que llegaron a tu casa antes que yo. Fui allí para vengarme de uno de ellos, de un oficial, pero no me fue posible: ya se habían marchado. Tenía que descargar mi irritación sobre alguien; apareciste tú en aquel momento, y me vengué en ti, me reí de ti. Me humillaron y quise demostrar mi superioridad ante alguien. Esto fue lo que ocurrió. Pero tú creíste que yo había ido allí sólo para salvarte. ¿No es así? ¿Verdad que te lo imaginaste?

Estaba seguro de que Lisa era incapaz de comprender con todo detalle lo que estaba diciendo, pero captaría lo esencial. Así ocurrió. Se puso pálida como la cera y trató de hablar. Sus labios se torcieron como en una mueca de dolor. Luego se desplomó en su silla como si hubiera recibido un hachazo. Siguió escuchándome con la boca abierta y los ojos inmóviles, temblando de miedo. El cinismo, el atroz cinismo de mis palabras la había aniquilado.

—¡Salvarte! —exclamé, levantándome de la silla y empezando a ir y venir, presuroso, de la habitación—. ¿Salvarte de qué? ¡Pero si es muy posible que yo sea peor que tú! ¿Por qué cuando te hablaba de moral no me lanza esta réplica a la cara?: «¿Y tú a qué has venido aquí? ¿a darnos un curso de moral?» Lo que necesitaba entonces era ejercer mi poder sobre alguien; también me hacía fe divertirme con tus lágrimas, con tu humillación, con ataque de nervios. Eso era lo que necesitaba. Pero no tuve valor para llevar mi juego hasta el fin, porque no soy más que un guiñapo. Tuve miedo y te di mi dirección, eludía saber por qué. Y no había vuelto aún a casa, y ya te estaba insultando y maldiciendo por haberte dicho dónde vivo. Te odiaba porque te había mentido. Me gusta jugar con palabras, me gusta soñar. Pero ¿sabes lo que realmente deseo? ¡Que os vayáis todos al diablo! Con eso me basta Necesito tranquilidad. Vendería el universo entero por un copec, con tal que me dejaran tranquilo. Si me dicen que el mundo entero se hundirá a menos que yo deje de tomar mi té, mi respuesta será: «¡Que se hunda el mundo, con tal que yo pueda tomar té!» ¿Sabías todo esto? Pues yo sé que soy un canalla, un miserable, un holgazán, un egoísta. Desde hace tres días estoy temblando ante el temor de que vinieras. Pero ¿sabes lo que más me preocupaba estos últimos días? El hecho de que aparecí ante ti como un héroe, y pronto me verías sucio y mísero, con mi viejo y desgastado batín. Te dije que no me avergonzaba de mi pobreza pero has de saber que, por el contrario, me avergüenzo de ella más que de nada en el mundo, incluso de robar, y que además, la temo, pues soy tan vanidoso que me siento como el hombre al que hubiesen arrancado la piel y le hace sufrir el solo contacto con el aire. Jamás te perdonaré que me hayas visto (y con este batín) lanzarme como un coyote contra Apolonio. ¡El salvador, el héroe, se precipita como un perro sarnoso sobre su criado, que se burla de él! Tampoco te perdonaré las lágrimas que no he podido reprimir, como una viejecita impresionable. Y lo mismo te digo de estas confesiones. Sí, tú sola, tú sola deberás responder de todo esto, porque te has puesto bajo mi mano, y soy un miserable, el más vil, el más ridículo, el más mezquino, el más estúpido, el más envidioso de los gusanos que se arrastran sobre la tierra. Estos gusanos no valen más que yo, pero, el diablo sabe por qué, no pierden nunca su temple, y yo, en cambio, estaré recibiendo toda mi vida papirotazos del más insignificante de los insectos. Pero ¿qué importa que no comprendas lo que estoy diciendo? Y ¿qué tengo que ver contigo y qué me importa que perezcas o no? ¿Comprendes ahora, después de todo lo que te he dicho, hasta qué punto te odiaré? Sólo una vez en su vida puede hablar con tanta franqueza un hombre de nervios enfermos… Por lo tanto, ¿qué pretendes todavía de mí? Después de lo que te he dicho, ¿por qué sigues ahí, ante mí, sin moverte? ¿Por qué no te vas?

Pero entonces ocurrió algo extraordinario. Ya estaba tan habituado a pensar y a soñar de acuerdo con los libros, y a ver las cosas tal como las había creado previamente en mis sueños, que en el primer instante ni siquiera me di cuenta de lo que ocurría. He aquí lo que sucedió: Lisa, a la que había ofendido y pisoteado, captó mucho más de lo que yo esperaba. De todo lo que le había dicho, comprendió lo que comprende la mujer cuando ama sinceramente: que yo era desgraciado.

El temor, la dignidad ultrajada que se leía en su semblante cedieron pronto su puesto a un amargo estupor. Y cuando empecé a insultarme a mí mismo, a llamarme «canalla» y «miserable»; cuando me eché a llorar (todo el discurso tuvo un acompañamiento de lágrimas), su cara se alteró de pronto. Varias veces estuvo a punto de levantarse, de detenerme, y cuando hube terminado, advertí que había prestado atención no a mis palabras insultantes («¿por qué estás aquí?, ¿por qué no te vas?»), sino al esfuerzo terrible que había hecho para pronunciarlas. Además, la pobre estaba profundamente aturdida. Se consideraba infinitamente inferior a mí. ¿Cómo, pues, podía enfadarse sentirse ofendida? Lo que hizo fue levantarse de un salto y, temblorosa, tenderme los brazos, pero sin atreverse acercarse a mí.

Entonces sentí que el corazón se me fundía en el pecho: Lisa se arrojó al fin sobre mí, me rodeó estrechamente, cuello con sus brazos y se echó a llorar en silencio. Ya no pude resistir, y empecé a sollozar como nunca había sollozado.

—¡No puedo… no puedo ser bueno! —articulé penosamente.

Luego me acerqué al diván, poco menos que a rastras me eché en él boca abajo y seguí llorando durante un cuarto de hora largo, presa de una terrible crisis de nervios Lisa se acercó a mí, me rodeó con sus brazos y así permaneció, sin hacer el menor movimiento.

Pero mi ataque de nervios había de tener un final, y es era lo peor. Echado en el diván, con la cabeza hundida en los cojines de cuero (confieso esta innoble verdad), empecé a pensar, al principio vaga e involuntariamente, que no iba a ser muy violento levantar la cabeza y mirar a Lisa los ojos. ¿De qué podía avergonzarme? No lo sabía, pero me daba vergüenza. Me dije también que nuestros papeles se habían invertido, que en aquel momento era ella la heroína, y yo el humillado, el aplastado, exactamente como ella se había mostrado a mis ojos cuatro días atrás. Así pensaba, echado en el diván con la cabeza escondida entre los cojines de cuero.

«¡Dios mío! ¿Será que la envidio…?» Todavía no he podido contestar a esta pregunta, y en aquellos momentos estaba, naturalmente, más incapacitado aún para contestarla. No puedo vivir sin ejercer mi poder sobre alguien…, sin tiranizar a alguien… Pero los razonamientos no explican nada; por lo tanto, es preferible no razonar.

No obstante, conseguí dominarme y levanté la cabeza. Había que hacerlo y entonces —estoy seguro de ello—, precisamente porque me dio vergüenza mirarla, se inflamó en mí un sentimiento completamente distinto que abrasó mi alma. Era un sentimiento de dominación y de posesión. La pasión iluminó mis ojos, y estreché violentamente sus manos con las mías. ¡Cómo la detestaba en aquel momento y cómo me atraía! Un sentimiento reforzaba al otro. Aquello parecía una venganza. Su rostro reflejó al principio cierta perplejidad que tenía algo de temor. Pero esto sólo duró un instante: al punto me estrechó entre sus brazos con ardiente alegría.

 

X

Un cuarto de hora después, iba y venía por la habitación temblando de impaciencia y deteniéndome a cada momento ante el biombo, que me permitía ver por una de sus rendijas a Lisa, sentada en el suelo y con la cabeza apoyada en la cama. Probablemente lloraba. Pero no se iba, y eso me molestaba. Lisa lo sabía ya todo. La había ofendido irremisiblemente; pero… no vale la pena volverlo a contar que Lisa había adivinado que mi arranque de pasión era simplemente una venganza, una humillación más, y que a mi odio de poco antes, vago y sin objeto, se había sumado el odio de la envidia, y que esta envidia me la inspiraba ella… Por otra parte, no estoy seguro de que Lisa comprendiera todo esto con claridad, pero es evidente que se dio cuenta de que yo era un hombre vil y, sobre todo, de que no podía amarla.

Ya sé que me dirán que esto es increíble, que es imposible ser tan malvado, tan estúpido. Y tal vez añadan que tampoco puede creerse que yo no la amara en absoluto o, por lo menos, que no me conmoviese su amor. ¿Por qué tiene que ser esto increíble? Ante todo, me era imposible amar, puesto que —lo repito— amar quería decir para mí tiranizar y dominar moralmente. Jamás he podido ni siquiera concebir el amor bajo otra forma, y hoy llego al extremo de pensar a veces que, para el objeto amado, el amor consiste en conceder voluntariamente el derecho a que se le tiranice. En mis sueños subterráneos sólo he podido concebir el amor como una lucha. Yo empezaba por el odio, para terminar por la dominación moral, aunque no lograba imaginarme lo que haría después con el ser dominado. ¿Qué hay de increíble en eso, hallándome yo tan pervertido moralmente, tan al margen de la «vida real» que hacía unos momentos la había avergonzado, acusándola de haber venido a mi casa para oír «palabras enternecedoras»? No pude comprender que Lisa no había venido para esto, sino para amarme, porque para la mujer, resurrección y liberación significan amar y sólo pueden manifestarse a través del amor. Por otra parte, ¿en verdad la detestaba tanto mientras recorría a zancadas la habitación y le lanzaba miradas furtivas por la rendija del biombo? En modo alguno. Pero su presencia me era sumamente enojosa. Ansiaba que desapareciera. Tenía sed de «tranquilidad»; deseaba quedarme solo en mi subsuelo. La «vida real» a la que no estaba acostumbrado, me oprimía hasta el extremo de ahogarme.

Transcurrían los minutos, y Lisa no se incorporaba. Estaba como sumida en un sueño. Sin miramientos, di unos golpecitos en el biombo para volverla a la realidad. Lisa se sobresaltó, se levantó de un salto y empezó a recoger apresuradamente sus cosas (su manteleta, su sombrero, su pelliza), como quien se dispone a huir. Dos minutos después salió lentamente de detrás del biombo y me miró con tristeza. Yo sonreí forzadamente, par convenance, y le volví la espalda.

—¡Adiós! —me dijo, dirigiéndose a la puerta. De pronto, corrí hacia Lisa, me apoderé de su mano, se la abrí, puse en ella lo que tenía preparado y se la cerré de nuevo. Luego me dirigí presuroso al otro extremo de la habitación. Así, por lo menos, no vería nada…

He estado a punto de faltar a la verdad, de decir que hice esto sin pensarlo, porque había perdido completamente la cabeza. Pero no quiero mentir, y digo francamente que le abrí la mano y deposité en ella dinero… por pura maldad. Se me ocurrió obrar así mientras recorría febrilmente la habitación y ella estaba sentada en el suelo, detrás del biombo. Pero puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que esta crueldad cometida adrede no procedía de mi corazón sino de mi malvado cerebro. Era un acto tan evidentemente falso, tan afectado, tan livresque, que ni yo mismo pude soportarlo ni siquiera un instante y hui al otro extremo de la habitación. Luego, en el colmo de la desesperación y de la vergüenza, eché a correr en pos de Lisa… Abrí la puerta y agucé el oído.

—¡Lisa! ¡Lisa! —la llamé, pero a media voz, temblorosamente.

No obtuve respuesta. Sin embargo, me pareció oír sus pasos en los últimos escalones. —¡Lisa! —grité más fuerte. Silencio. Y seguidamente oigo que se abre, rechinando, la puerta de cristales del edificio, que al punto vuelve a cerrarse pesadamente. El portazo resuena en toda la escalera.

Se había marchado. Volví a mi habitación, pensativo. Un peso terrible gravitaba sobre mi corazón.

Me detuve junto a la mesa, al lado de la silla que Lisa había ocupado, y permanecí inmóvil, mirando estúpidamente hacia delante. Así estuve un minuto. De pronto, me estremecí. Ante mí, sobre la mesa, vi… vi un billete de cinco rublos arrugado: el que yo acababa de poner en la mano de Lisa. Era el mismo; no podía ser otro, pues no había ninguno más en la habitación. Evidentemente, Lisa lo había tirado allí mientras yo corría hacia el otro lado del aposento.

Habría podido esperarlo, pero no lo esperaba. Era egoísta hasta tal punto, sentía tan poca estima por los hombres, que no me había pasado por la imaginación que Lisa fuese capaz de semejante gesto. No pude soportarlo. Me precipité como un loco sobre mis ropas, me puse lo primero que encontré y bajé de cuatro en cuatro los escalones. Indudablemente, ella no habría podido recorrer más de doscientos pasos cuando yo salí a la calle.

No hacía viento. La nieve caía en grandes copos casi verticalmente y formaba un espeso colchón sobre las aceras y sobre la desierta calzada. No se veía un alma, no se oía el menor ruido. Los faroles alumbraban inútil y tristemente. Recorrí unos centenares de pasos y llegué al primer cruce. Allí me detuve. ¿Qué dirección habría tomado Lisa? ¿Y por qué corría yo tras ella?

¿Por qué? Porque quería echarme a sus pies, llorar y… confesarle mi arrepentimiento, besarle las rodillas e implorar su perdón. Esto era lo que quería hacer. Sentía que el pecho se me desgarraba. Nunca podré recordar fríamente aquellos instantes.

«Pero ¿qué adelantaré? —me preguntaba—. ¿Acaso no la volveré a odiar mañana mismo precisamente por haberme arrojado a sus pies hoy? ¿Es que puedo hacerla feliz?

¿No he comprobado por centésima vez lo poco que valgo? ¿Podría abstenerme de atormentarla?

Estaba inmóvil en medio de la nieve, tratando de perforar con la mirada el opaco velo, y reflexionaba profundamente.

«¿No sería preferible —me decía, ya de regreso a casa y tratando de ocultar mi dolor en mis desvaríos— que Lisa se llevase mi ofensa consigo? La ofensa purifica, ya que es el sentimiento más amargo, más doloroso. No cabe duda de que mañana mismo mancharía su alma y cargaría su corazón con un peso insufrible. En cambio, si no la vuelvo a ver, ella conservará siempre vivo el recuerdo de esta ofensa. Por espantoso que sea lo que le espera, la ofensa la elevará y la purificará por medio del odio. y quizá también por medio del perdón… Pero ¿le hará la vida más fácil todo esto?»

Todavía hoy me hago esta inútil pregunta. ¿Qué es preferible: una felicidad vulgar o un sufrimiento elevado? Díganme: ¿qué vale más?

Así pensaba yo aquella noche, aniquilado por el sufrimiento. En mi vida había sentido un dolor tan cruel, un remordimiento tan profundo. Sin embargo, cuando corrí en persecución de Lisa, ¿quién podía dudar ni un solo instante que me detendría a mitad de camino? Jamás he vuelto a ver a Lisa. Ni siquiera he oído hablar de ella. Añadiré que durante mucho tiempo me he sentido satisfecho de mi frase sobre la utilidad de la ofensa y del odio, aunque estuve a punto de enfermar de tristeza y de angustia. Aún hoy, transcurridos tantos años, estos recuerdos me mortifican. ¡Hay tantas cosas que no se quisieran recordar! Pero… ¿no sería preferible poner punto final a este diario? Creo que empezarlo fue un error… En fin, lo cierto es que no he dejado de sentir vergüenza en ningún momento de esta narración. No ha sido literatura, sino una expiación, una pena correccional.

Referir detalladamente cómo ha fracasado uno en su vida, por no saber vivir, reflexionando sin cesar en su subsuelo, que es lo que he hecho yo, no puede ser interesante en modo alguno. Para escribir una novela hace falta un héroe, y yo, como haciéndolo adrede, he reunido aquí todos los rasgos de un antihéroe. Además, todo esto producirá pésima impresión, porque todos hemos perdido el hábito de vivir, porque todos cojeamos, unos más y otros menos. Incluso hemos llegado a perder ese hábito hasta el punto de que sentimos cierta repugnancia por la vida real, por la «vida viva». Pero eso no nos gusta que nos lo recuerden. Hemos llegado a considerar la vida real, la «vida viva», como algo ingrato, como un servicio penoso, y todos estamos de acuerdo en que lo mejor es adaptarse a los libros. ¿Qué objeto tiene nuestra agitación? ¿Qué buscamos? ¿Qué deseamos? Ni nosotros mismos lo sabemos. Es más, si nuestros deseos se cumpliesen, no nos sentiríamos felices.

Si nos diesen un poco de libertad, si detestasen nuestras manos, si ensanchasen nuestro círculo de acción, si nos quitasen las riendas, inmediatamente —estoy seguro— solicitaríamos que nos volvieran a poner bajo tutela. Sé que os he enojado, que vais a gritar, a protestar: «¡Hable por usted solo y por sus miserias subterráneas! ¡Suprima ese nous tous

Perdonen, señores, pero no he pensado en modo alguno justificarme apelando a esta omnitude. En lo que me concierne personalmente, no he hecho otra cosa en mi vida que llevar hasta el fin lo que ustedes sólo han llevado hasta la mitad, aunque se han consolado con la mentira de llamar prudencia a la cobardía. Tanto es así, que mi vida es tal vez más real que la de ustedes.

Fíjense bien. Hoy todavía no sabemos dónde se oculta la vida, qué clase de sitio es ése ni cómo se llama. Si nos abandonan, si nos retiran los libros, nos veremos inmediatamente en un embrollo, todo lo confundiremos, no sabremos adónde ir ni cómo ir, ignoraremos lo que se debe amar y lo que se debe odiar, lo que debe respetarse y lo que sólo merece desprecio. Incluso nos molesta ser hombres, hombres de carne y hueso; nos da vergüenza, lo consideramos como un oprobio y soñamos con llegar a convertirnos en una especie de seres abstractos, universales. Somos seres muertos desde el momento de nacer. Además, hace ya mucho tiempo que no nacemos de padres vivos, lo que nos complace sobremanera. Pronto descubriremos el modo de nacer directamente de las ideas.

¡Pero basta! No quiero que se oiga mi «voz subterránea».

El diario de este amante de las paradojas no termina aquí. El autor no pudo resistir la tentación de volver a empuñar la pluma. Pero nosotros creemos, como él mismo creyó, que ha llegado el momento de poner el punto final.

FIN

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