La lucha por adaptarse a un mundo antagónico: ¨Buenos días. Me voy a dormir¨ de Estefanía Farias Martínez

Ricardo Vacca-Rodríguez

 

 

 

Desde el título, el libro de 125 páginas, sorprende insertando un contradictorio saludo, o tal vez una despedida. Su atractiva y sugestiva portada de Lady Godiva cabalgando desnuda sobre un equino revela la interioridad de la protagonista. En la contracubierta se lee un corto comentario en referencia a ciertos usos y costumbres de la sociedad holandesa cuyo ambiente físico y sociocultural es el escenario donde se desarrolla la historia.

Estefanía Farias Martínez ofrece una singular narración, cáustica e irónica, que combina a través del humor amargas luchas y pintorescas vicisitudes utilizando divertidos soliloquios y creativas reflexiones.

La obra está desarrollada dentro de una estructura y formato de diario personal (por momentos “minutizado”) mediante el cual relata sus actividades, emociones y sentimientos al dejar su país natal y enfrentarse a un medio social ignoto. El lenguaje expresado en pequeños fragmentos, (incluso líneas), monólogos interiores, usando por momentos cortes aleatorios, fluye dócil, claro, sin ambigüedades, ajeno a figuras literarias complejas. En él, la autora se abstrae del uso de retórica, así como de un lirismo fácil, artificioso, o de trazos metafóricos. Da la impresión por momentos que es el propio lector el que está pensando en voz alta y en otros es la protagonista quien le cuenta su historia.

Elementos de recurrente aparición, tratados con chispas de un corrosivo humor negro, y algo de sereno escepticismo, son la rutina, la incomunicabilidad y el clima familiar implícitos en la permanente lucha por adaptarse a un mundo antagónico. “…Esto va a ser como saltar al ruedo de rojo y sin muleta…”.

Ser una persona extranjera, con cierto grado académico, en un país como Holanda, plantea desafíos como el que la protagonista describe cuando ingresa a una escuela para aprender el idioma junto a otros inmigrantes: “…ante mi turno, yo solté que era filóloga, además de tener que explicar qué era eso, no lo habían oído nunca, me llamaron la atención por hacer de menos al grupo. El profesor me explicó muy seriamente que los holandeses no soportaban a los arrogantes, si pretendía integrarme debía cuidar esos detalles. Si llego a saberlo les digo que soy peluquera”.

La protagonista nos conduce tambien a modo de un mini tour por la ciudad describiéndonos lugares, usos y costumbres -a veces novedosos- de sus habitantes, permitiéndonos observar a manera de una ventana virtual la forma de vida en aquella cultura.  Así tenemos cuando nos hace visitar “…  Ámsterdam hay uno [museo] dedicado a cuadros de gatos de todas las épocas. Y aquí en el centro [de la ciudad] tenemos un museo arqueológico, una muestra de restos de botes de madera de no sé qué época…”; o cuando en una de sus cuantiosas conversaciones y/o desplantes ella concluye: “…hay que reconocer que la diplomacia no es un talento de esta gente.”

“Buenos días. Me voy a dormir” es una obra ágil y sutil, que merece ser leída y disfrutada porque sin llegar a ser un tratado antropológico o de psicología comunitaria contribuye a la comprensión de los diversos mecanismos psicológicos y socioculturales que ocurren en el psiquismo de ciertos inmigrantes en los diversos procesos de adaptación.

 

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