Rebelión en la granja (II)

George Orwell

 

 

VII

Se presentó un invierno crudo. El tiempo tormentoso fue seguido de granizo y nieve y luego por una fuerte helada que duró hasta mediados de febrero. Los animales se las arreglaron como pudieron para la reconstrucción del molino, pues bien sabían que el mundo exterior los estaba vigilando y que los envidiosos seres humanos se regocijarían y triunfarían sobre ellos, si no terminaban la obra a tiempo.

Rencorosos, los humanos fingieron no creer que fue Snowball quien había destruido el molino; afirmaron que se derrumbó porque las paredes eran demasiado delgadas. Los animales sabían que eso no era cierto. A pesar de ello, decidieron construir las paredes de un metro de espesor en lugar de medio metro como antes, lo que implicaba reunir una cantidad mucho mayor de piedras. Durante largo tiempo la cantera estuvo totalmente cubierta por una capa de nieve y no se pudo hacer nada. Se progresó algo durante el período seco y frío que vino después, pero era una labor cruel y los animales no se sentían optimistas como la vez anterior. Siempre tenían frío y en muchas ocasiones, hambre. Únicamente Boxer y Clover jamás perdieron el ánimo. Squealer pronunció discursos magníficos referentes al orgullo del servicio prestado y la dignidad del trabajo, pero los otros animales encontraron más inspiración en la fuerza de Boxer y en su infalible grito: « ¡Trabajaré más!» .

En enero escaseó la comida. La ración de maíz fue reducida drásticamente y se anunció que, en compensación, se iba a otorgar una ración suplementaria de patatas. Pero luego se descubrió que la mayor parte de la cosecha de patatas se heló por no haber sido protegida suficientemente. Los tubérculos se habían ablandado y descolorido, y muy pocos eran comestibles. Durante días enteros los animales no tenían con que alimentarse, excepto paja y remolacha. El espectro del hambre parecía mirarlos cara a cara.

Era totalmente necesario ocultar eso al mundo exterior. Alentados por el derrumbamiento del molino, los seres humanos estaban inventando nuevas mentiras respecto a « Granja Animal» . Nuevamente se propagaba que todos los animales se estaban muriendo de hambre y enfermedades, que se peleaban continuamente entre sí y habían caído en el canibalismo y el infanticidio. Napoleón conocía bien las desastrosas consecuencias que acarrearía el descubrimiento de la verdadera situación alimenticia, y decidió utilizar al señor Whymper para difundir una impresión contraria. Hasta entonces los animales tuvieron poco o ningún contacto con Whymper en sus visitas semanales; ahora, sin embargo, unas cuantas bestias seleccionadas, en su mayor parte ovejas, fueron instruidas para que comentaran casualmente, al alcance de su oído, que las raciones habían sido aumentadas. Además, Napoleón ordenó que se llenaran con arena hasta el tope, los depósitos casi vacíos de los cobertizos y que luego fueran cubiertos con lo que aún quedaba de cereales y forrajes. Mediante un pretexto adecuado, Whymper fue conducido a través de esos cobertizos permitiéndosele echar un vistazo a los depósitos. Se consiguió engañarle y continuó informando al mundo exterior que no había escasez de alimentos en « Granja Animal» .

Sin embargo, a fines de enero era evidente la necesidad de obtener más cereales de alguna parte. Por aquellos días, Napoleón rara vez se presentaba en público; pasaba todo el tiempo dentro de la casa, cuyas puertas estaban custodiadas por canes de aspecto feroz. Cuando aparecía, era en forma ceremoniosa, con una escolta de seis perros que lo rodeaban de cerca y gruñían si alguien se aproximaba demasiado. Ya ni se le veía los domingos por la mañana, sino que daba sus órdenes por intermedio de algún otro cerdo, que generalmente era Squealer. Un domingo por la mañana, Squealer anunció que las gallinas, que comenzaban a poner nuevamente, debían entregar sus huevos. Napoleón había suscrito, por intermedio de Whymper, un contrato de venta de cuatrocientos huevos semanales. El precio de éstos alcanzaría para comprar suficiente cantidad de cereales y comida, y permitiría que la granja pudiera subsistir hasta que llegara el verano y las condiciones mejorasen.

Cuando las gallinas oyeron esto, levantaron un gran griterío. Habían sido advertidas con anterioridad de que sería necesario ese sacrificio, pero no creyeron que esta realidad llegara a ocurrir. Estaban preparando sus ponederos para empollar en primavera y protestaron expresando que quitarles los huevos era un crimen. Por primera vez desde la expulsión de Jones había algo que se asemejaba a una rebelión. Dirigidas por tres gallinas jóvenes Black-Minorca, las gallinas hicieron un decidido intento por frustrar los deseos de Napoleón. Su protesta fue volar hasta los montantes y poner allí sus huevos, que se hacían pedazos al chocar con el suelo. Napoleón actuó rápidamente y sin piedad. Ordenó que fueran suspendidas las raciones de las gallinas y decretó que cualquier animal que diera, aunque fuera un grano de maíz, a una gallina, sería castigado con la muerte. Los perros cuidaron de que las órdenes fueran cumplidas. Las gallinas resistieron durante cinco días, luego capitularon y volvieron a sus nidos. Nueve gallinas murieron, entretanto. Sus cadáveres fueron enterrados en la huerta y se comunicó que habían muerto de coccidiosis. Whymper no se enteró de este asunto y los huevos fueron debidamente entregados; el furgón del tendero acudía semanalmente a la granja para llevárselos.

Durante todo este tiempo no hubo señales de Snowball. Se rumoreaba que estaba oculto en una de las granjas vecinas: Foxwood o Pinchfield. Napoleón mantenía mejores relaciones que antes con los otros granjeros. Y ocurrió que en el patio había una pila de madera para la construcción, que estaba allí desde hacía diez años, cuando se taló un bosque de hayas. Estaba bien mantenida y Whymper aconsejó a Napoleón que la vendiera; tanto el señor Pilkington como el señor Frederick se mostraban ansiosos por comprarla. Napoleón estaba indeciso entre los dos, incapaz de adoptar una resolución. Se notó que cuando parecía estar a punto de llegar a un acuerdo con Frederick, se decía que Snowball estaba ocultándose en Foxwood, y cuando se inclinaba hacia Pilkington, se afirmaba que Snowball se encontraba en Pinchfield.

Repentinamente, a principios de primavera, se descubrió algo alarmante. ¡Snowball frecuentaba en secreto la granja por las noches! Los animales estaban tan alterados que apenas podían dormir en sus establos.

Todas las noches, se decía, él se introducía al amparo de la oscuridad y hacía toda clase de daños. Robaba el maíz, volcaba los cubos de leche, rompía los huevos, pisoteaba los semilleros, roía la corteza de los árboles frutales. Cuando algo andaba mal se hizo habitual atribuírselo siempre a Snowball. Si se rompía una ventana o se obstruía un desagüe, era cosa segura que alguien diría que Snowball durante la noche lo había hecho, y cuando se perdió la llave del cobertizo de comestibles, toda la granja estaba convencida de que Snowball la había tirado al pozo. Cosa curiosa, siguieron creyendo esto aun después de encontrarse la llave extraviada debajo de una bolsa de harina. Las vacas declararon unánimemente que Snowball se deslizó dentro de sus establos y las ordeñó mientras dormían. También se dijo que los ratones, que molestaron bastante aquel invierno, estaban en connivencia con Snowball.

Napoleón dispuso que se hiciera una amplia investigación de las actividades de Snowball. Con su séquito de perros salió de inspección por los edificios de la granja, siguiéndole los demás animales a prudente distancia. Cada equis pasos, Napoleón se paraba y olía el suelo buscando rastros de las pisadas de Snowball, las que, según dijo él, podía reconocer por el olfato. Estuvo olfateando en todos los rincones, en el granero, en el establo de las vacas, en los gallineros, en el huerto de las legumbres y encontró rastros de Snowball por casi todos lados. Pegando el hocico al suelo, husmeaba profundamente varias veces, y exclamaba con terrible voz: « ¡Snowball! ¡Él ha estado aquí! ¡Lo huelo perfectamente!» , y al oír la palabra « Snowball» todos los perros dejaban oír unos gruñidos horribles y enseñaban sus colmillos.

Los animales estaban completamente asustados. Les parecía que Snowball era una especie de maleficio invisible que infestaba el aire respirable y les amenazaba con toda clase de peligros. Al anochecer, Squealer los reunió a todos, y con el rostro alterado les anunció que tenía noticias serias que comunicarles.

—¡Camaradas —gritó Squealer, dando unos saltitos nerviosos—, se ha descubierto algo terrible! ¡Snowball se ha vendido a Frederick, el de la « Granja Pinchfield» , y en este momento debe de estar conspirando para atacarnos y quitarnos nuestra granja! Snowball hará de guía cuando comience el ataque. Pero hay algo peor aún. Nosotros habíamos creído que la rebelión de Snowball fue motivada simplemente por su vanidad y ambición. Pero estábamos equivocados, camaradas. ¿Sabéis cuál era la verdadera razón? ¡Snowball estaba de acuerdo con Jones desde el mismo comienzo! Fue agente secreto de Jones desde siempre. Esto ha sido comprobado por documentos que dejó abandonados y que ahora hemos descubierto. Para mí esto explica muchas cosas, camaradas: ¿no hemos visto nosotros mismos cómo él intentó, afortunadamente sin éxito, provocar nuestra derrota y aniquilamiento en la « Batalla del Establo de las Vacas» ?

Los animales quedaron estupefactos. Aquello era una maldad mucho mayor que la destrucción del molino. Pero tardaron varios minutos en comprender su significado. Todos ellos recordaron, o creyeron recordar, cómo habían visto a Snowball encabezando el ataque en la « Batalla del Establo de las Vacas» , cómo él los había reunido y alentado en cada revés, y cómo no vaciló un solo instante, aunque los perdigones de la escopeta de Jones le hirieron en el lomo. Al principio resultó un poco difícil entender cómo todo esto se compaginaba con el hecho de estar él de parte de Jones. Hasta Boxer, que rara vez hacía preguntas, estaba perplejo. Se acostó, acomodó sus patas delanteras debajo de su pecho, cerró los ojos, y con gran esfuerzo logró hilvanar sus pensamientos.

—Yo no creo eso —dijo—, Snowball peleó valientemente en la « Batalla del Establo de las Vacas» . Yo mismo lo vi. ¿Acaso no le otorgamos inmediatamente después el « Héroe Animal de Primer Grado» ?

—Ése fue nuestro error, camarada. Porque ahora sabemos —figura todo escrito en los documentos secretos que hemos encontrado— que en realidad, él nos arrastraba hacia nuestra perdición.

—Pero estaba herido —alegó Boxer—. Todos lo vimos sangrando.

—¡Eso era parte del acuerdo! —gritó Squealer—. El tiro de Jones solamente lo rozó. Yo os podría demostrar esto, que está escrito de su puño y letra, si vosotros pudierais leerlo. El plan era que Snowball, en el momento crítico, diera la señal para la fuga dejando el campo en poder del enemigo. Y casi lo consigue: diré más, camaradas: lo hubiera logrado a no ser por nuestro heroico Líder, el camarada Napoleón. ¿Recordáis cómo, en el momento preciso que Jones y sus hombres llegaron al patio, Snowball repentinamente se volvió y huyó, y muchos animales lo siguieron? ¿Y recordáis también que justamente en ese momento, cuando cundía el pánico y parecía que estaba todo perdido, el camarada Napoleón saltó hacia delante al grito de « ¡Muera la Humanidad!» , y hundió sus dientes en la pierna de Jones? Seguramente no habéis olvidado esto, camaradas—exclamó Squealer.

Como Squealer describió la escena tan gráficamente, a los animales les pareció recordarlo.

De cualquier modo, sabían que en el momento crítico de la batalla, Snowball se había vuelto para huir. Pero Boxer aún estaba algo indeciso.

—Yo no creo que Snowball fuera un traidor al principio —dijo finalmente—. Lo que haya hecho desde entonces es distinto. Pero yo creo que en la « Batalla del Establo de las Vacas» él fue un buen camarada.

—Nuestro Líder, el camarada Napoleón —anunció Squealer, hablando lentamente y con firmeza—, ha manifestado categóricamente, categóricamente, camaradas, que Snowball fue agente de Jones desde el mismo comienzo de todo y en cualquier caso, desde mucho antes de que se pensara siquiera en la Rebelión.

—¡Ah, eso es distinto! —gritó Boxer—. Si el camarada Napoleón lo dice, debe ser así.

—¡Ése es el verdadero espíritu, camarada! —gritó Squealer, pero se notó que lanzó a Boxer una torva mirada con sus relampagueantes ojillos. Se volvió para irse, luego se detuvo y agregó en forma impresionante—: Yo le advierto a todo animal de esta granja que tenga los ojos bien abiertos, ¡porque tenemos motivos para creer que algunos agentes secretos de Snowball están entre nosotros y al acecho en este momento!

Cuatro días después, al atardecer, Napoleón ordenó a los animales que se congregaran en el patio. Cuando estuvieron todos reunidos, Napoleón salió de la casa, luciendo sus dos medallas (porque recientemente se había nombrado él mismo « Héroe Animal de Primer Grado» y « Héroe Animal de Segundo Grado» ), con sus nueve enormes perros brincando alrededor y emitiendo gruñidos que produjeron escalofríos a los demás animales. Todos ellos se recogieron silenciosamente en sus lugares, pareciendo saber de antemano que iban a ocurrir cosas terribles.

Napoleón se quedó observando severamente a su auditorio; luego emitió un gruñido agudo. Inmediatamente los perros saltaron hacia delante, agarraron a cuatro de los cerdos por las orejas y los arrastraron, atemorizados y chillando de dolor hasta los pies de Napoleón. Las orejas de los cerdos estaban sangrando; los perros habían probado sangre y por unos instantes parecían enloquecidos. Ante el asombro de todos, tres de ellos se abalanzaron sobre Boxer. Éste los vio venir y estiró su enorme casco, paró a uno en el aire y lo sujetó contra el suelo. El perro chilló pidiendo misericordia y los otros huyeron con el rabo entre las piernas. Boxer miró a Napoleón para saber si debía continuar aplastando al perro hasta matarlo o si debía soltarlo. Napoleón pareció cambiar de semblante y le ordenó bruscamente que soltara al perro, a lo cual Boxer levantó su pata y el can huyó maltrecho y gimiendo.

Pronto cesó el tumulto. Los cuatro cerdos esperaban temblando y con la culpabilidad escrita en cada surco de sus rostros. Napoleón les exigió que confesaran sus crímenes. Eran los mismos cuatro cerdos que habían protestado cuando Napoleón abolió las reuniones de los domingos. Sin otra exigencia, confesaron que estuvieron en contacto clandestinamente con Snowball desde su expulsión, colaboraron con él en la destrucción del molino y convinieron en entregar la « Granja Animal» al señor Frederick. Agregaron que Snowball había admitido, confidencialmente, que él era agente secreto del señor Jones desde muchos años atrás. Cuando terminaron su confesión, los perros, sin perder tiempo, les desgarraron las gargantas y, entre tanto, Napoleón con voz terrible, preguntó si algún otro animal tenía algo que confesar.

Las tres gallinas, que fueron las cabecillas del conato de rebelión a causa de los huevos, se adelantaron y declararon que Snowball se les había aparecido en sueños incitándolas a desobedecer las órdenes de Napoleón. También ellas fueron destrozadas. Luego un ganso se adelantó y confesó que había ocultado seis espigas de maíz durante la cosecha del año anterior y que se las había comido por la noche. Luego una oveja admitió que hizo aguas en el bebedero, instigada a hacerlo, según dijo, por Snowball, y otras dos ovejas confesaron que asesinaron a un viejo carnero, muy adicto a Napoleón, persiguiéndole alrededor de una fogata cuando tosía. Todos ellos fueron ejecutados allí mismo. Y así continuó la serie de confesiones y ejecuciones hasta que una pila de cadáveres yacía a los pies de Napoleón y el aire estaba impregnado con el olor de la sangre, olor que era desconocido desde la expulsión de Jones.

Cuando terminó esto, los animales restantes, exceptuando los cerdos y los perros, se alejaron juntos. Estaban estremecidos y consternados. No sabían qué era más espantoso: si la traición de los animales que se conjuraron con Snowball o la cruel represión que acababan de presenciar. Antaño hubo muchas veces escenas de matanzas igualmente terribles, pero a todos les parecía mucho peor la de ahora, por haber sucedido entre ellos mismos. Desde que Jones había abandonado la granja, ningún animal mató a otro animal. Ni siquiera una rata. Llegaron a la pequeña loma donde estaba el molino semiconstruído y, de común acuerdo, se recostaron todos, como si se agruparan para calentarse: Clover, Muriel, Benjamín, las vacas, las ovejas y toda una bandada de gansos y gallinas: todos, en verdad, exceptuando la gata, que había desaparecido repentinamente, poco antes de que Napoleón ordenara a los animales que se reunieran. Durante algún tiempo nadie habló. Únicamente Boxer permanecía de pie batiendo su larga cola negra contra sus costados y emitiendo de cuando en cuando un pequeño relincho de extrañeza. Finalmente dijo: « No comprendo. Yo no hubiera creído que tales cosas pudieran ocurrir en nuestra granja. Eso se debe seguramente a algún defecto nuestro. La solución, como yo la veo, es trabajar más. Desde ahora me levantaré una hora más temprano todas las mañanas» .

Y se alejó con su trote pesado en dirección a la cantera. Una vez allí juntó dos carretadas de piedras y tiró de ellas hasta el molino, antes de acostarse.

Los animales se acurrucaron alrededor de Clover, sin hablar. La loma donde estaban acostados les ofrecía una amplia perspectiva a través de la campiña. La mayor parte de « Granja Animal» estaba a la vista: la larga pradera, que se extendía hasta la carretera, el campo de heno, el bebedero, los campos arados donde crecía el trigo nuevo, tupido y verde, y los techos rojos de los edificios de la granja, con el humo elevándose en espiral de sus chimeneas. Era un claro atardecer primaveral. El pasto y los cercados florecientes estaban dorados por los rayos del sol poniente. Nunca les había parecido la granja —y con cierta sorpresa se acordaron de que era su propia granja, y que cada pulgada era de su propiedad— un lugar tan codiciado. Mientras Clover miraba ladera abajo, se le llenaron los ojos de lágrimas. Si ella pudiera expresar sus pensamientos, hubiera sido para decir que a eso no era a lo que aspiraban cuando emprendieron, años atrás, el derrocamiento de la raza humana. Aquellas escenas de terror y matanza no eran lo que ellos soñaron aquella noche cuando el Viejo Mayor, por primera vez, los incitó a rebelarse. Si ella misma hubiera concebido un cuadro del futuro, sería el de una sociedad de animales liberados del hambre y del látigo, todos iguales, cada uno trabajando de acuerdo con su capacidad, el fuerte protegiendo al débil, como ella protegiera con su pata delantera a aquellos patitos perdidos la noche del discurso de Mayor. En su lugar —ella no sabía por qué— habían llegado a un estado tal en el que nadie se atrevía a decir lo que pensaba, en el que perros feroces y gruñones merodeaban por doquier y donde uno tenía que ver cómo sus camaradas eran despedazados después de confesarse autores de crímenes horribles. No había intención de rebeldía o desobediencia en su mente. Ella sabía que, aun tal y como se presentaban las cosas, estaban mucho mejor que en los días de Jones y que, ante todo, era necesario evitar el regreso de los seres humanos. Sucediera lo que sucediera permanecería leal, trabajaría duro, cumpliría las órdenes que le dieran y aceptaría las directrices de Napoleón. Pero aun así, no era eso lo que ella y los demás animales anhelaran y para lo que trabajaran tanto. No fue por eso por lo que construyeron el molino, e hicieron frente a las balas de Jones. Tales eran sus pensamientos, aunque le faltaban palabras para expresarlos.

Al final, presintiendo que tal vez sería un sucedáneo para las palabras que ella no podía encontrar, empezó a cantar « Bestias de Inglaterra» . Los demás animales a su alrededor la imitaron y la cantaron tres veces, melodiosamente, aunque de forma lenta y fúnebre como nunca lo hicieran.

Apenas habían terminado de repetirla por tercera vez cuando se acercó Squealer, acompañado de dos perros, con el aire de quien tiene algo importante que decir. Anunció que por un decreto especial del camarada Napoleón se había abolido el canto de « Bestias de Inglaterra» . Desde ese momento quedaba prohibido cantar dicha canción.

Los animales quedaron asombrados.

—¿Por qué? —gritó Muriel.

—Ya no hace falta, camarada —dijo Squealer secamente—. « Bestias de Inglaterra» fue el canto de la Rebelión. Pero la Rebelión ya ha terminado. La ejecución de los traidores, esta tarde, fue el acto final. El enemigo, tanto exterior como interior, ha sido vencido. En « Bestias de Inglaterra» nosotros expresamos nuestras ansias por una sociedad mejor en el futuro. Pero esa sociedad ya ha sido establecida. Realmente esta canción ya no tiene objeto.

Aunque estaban asustados, algunos de los animales hubieran protestado, pero en aquel momento las ovejas comenzaron su acostumbrado balido de « Cuatro patas sí, dos pies no» , que duró varios minutos y puso fin a la discusión.

Y de esta forma no se escuchó más « Bestias de Inglaterra» . En su lugar Mínimus, el poeta, había compuesto otra canción que comenzaba así:

 

Granja Animal, Granja Animal,
¡Nunca por mí tendrás ningún mal!

 

Y esto se cantó todos los domingos por la mañana después de izarse la bandera. Pero, por algún motivo, a los animales les pareció que ni la letra ni la música estaban a la altura de « Bestias de Inglaterra» .

 

VIII

Días después, cuando ya había desaparecido el terror producido por las ejecuciones, algunos animales recordaron —o creyeron recordar— que el sexto mandamiento decretaba: « Ningún animal matará a otro animal» . Y aunque nadie quiso mencionarlo al oído de los cerdos o de los perros, se tenía la sensación de que las matanzas que habían tenido lugar no concordaban con aquello. Clover pidió a Benjamín que le leyera el sexto mandamiento, y cuando Benjamín, como de costumbre, dijo que se negaba a entrometerse en esos asuntos, se fue en busca de Muriel. Muriel le leyó el Mandamiento. Decía así: « Ningún animal matará a otro animal sin motivo» . Por una razón u otra, las dos últimas palabras se les habían ido de la memoria a los animales. Pero comprobaron que el Mandamiento no fue violado; porque, evidentemente, hubo motivo sobrado para matar a los traidores que se coaligaron con Snowball.

Durante este año los animales trabajaron aún más duramente que el año anterior. Reconstruir el molino, con paredes dos veces más gruesas que antes, y concluirlo para una fecha determinada, además del trabajo diario de la granja, era una tarea tremenda. A veces les parecía que trabajaban más y no comían mejor que en la época de Jones. Los domingos por la mañana Squealer, sujetando un papel largo con una pata, les leía largas listas de cifras, demostrando que la producción de toda clase de víveres había aumentado en un 200 por ciento, 300 por ciento, o 500 por ciento, según el caso. Los animales no vieron motivo para no creerle, especialmente porque no podían recordar con claridad cómo eran las cosas antes de la Rebelión. Aun así, preferían a veces tener menos cifras y más comida.

Todas las órdenes eran emitidas por intermedio de Squealer o cualquiera de los otros cerdos. A Napoleón no se le veía en público, todo lo más, una vez por quincena. Cuando aparecía lo hacía acompañado, no solamente por su comitiva de perros, sino también por un gallo negro que marchaba delante y actuaba como una especie de heraldo, dejando oír un sonoro cacareo antes de que hablara Napoleón. Hasta en la casa, se decía, Napoleón ocupaba aposentos separados de los demás. Comía solo, con dos perros para servirlo, y siempre utilizaba la vajilla que había estado en la vitrina de cristal de la sala. También se anunció que la escopeta sería disparada todos los años en el cumpleaños de Napoleón, igual que en los otros dos aniversarios.

Napoleón no era ya mencionado simplemente como « Napoleón» . Se le nombraba siempre en forma ceremoniosa como « nuestro Líder, camarada Napoleón» , y a los cerdos les gustaba inventar para él títulos como « Padre de todos los animales» , « Terror de la humanidad» , « Protector del rebaño de ovejas» , « Amigo de los patitos» y otros por el estilo. En sus discursos, Squealer hablaba con lágrimas en los ojos, respecto a la sabiduría de Napoleón, la bondad de su corazón y el profundo amor que sentía por todos los animales en todas partes, y especialmente por las desdichadas bestias que aún vivían en la ignorancia y la esclavitud en otras granjas. Se había hecho habitual atribuir a Napoleón toda proeza afortunada y todo golpe de suerte. A menudo se oía que una gallina le decía a otra: « Bajo la dirección de nuestro Líder, camarada Napoleón, yo he puesto cinco huevos en seis días» , o dos vacas, mientras saboreaban el agua del bebedero, solían exclamar: « Gracias a nuestro Líder, camarada Napoleón ¡qué rico sabor tiene esta agua!» . El sentimiento general de la granja estaba bien expresado en un poema titulado « Camarada Napoleón» , escrito por Mínimus y que decía así:

 

¡Amigo de los desheredados!
¡Fuente de bienestar!
Señor de la pitanza, que mi alma enciendes
cuando afortunado contemplo
tu firme y segura mirada,
cuál sol que deslumbra al cielo.
¡Oh, Camarada Napoleón!

Donador señero
de todo lo que tus criaturas aman
—sus barrigas llenas y limpia paja para yacer—.
Todas las bestias grandes o pequeñas,
dormir en paz en sus establos
anhelan bajo tu mirada protectora.
¡Oh, Camarada Napoleón!

El hijo que la suerte me enviare
antes de crecer y hacerse grande
y desde chiquito y tierno cachorrillo
aprenderá primero a serte fiel devoto
y seguro estoy de que éste será su primer chillido:
¡Oh, Camarada Napoleón!

 

Napoleón aprobó este poema y lo hizo inscribir en la pared del granero principal, en el extremo opuesto a los Siete Mandamientos. Sobre el mismo, había un retrato de Napoleón, de perfil, pintado por Squealer con pintura blanca.

Mientras tanto, por intermedio de Whymper, Napoleón estaba ocupado en complicadas negociaciones con Frederick y Pilkington. La pila de madera aún estaba sin vender. De los dos, Frederick era el que estaba más ansioso por obtenerla, pero no quería ofrecer un precio razonable. Al mismo tiempo corrían rumores insistentes de que Frederick y sus hombres estaban conspirando para atacar « Granja Animal» y destruir el molino, cuya construcción había provocado una envidia furiosa en él. Se sabía que Snowball aún estaba al acecho en la Granja Pinchfield. A mediados del verano los animales se alarmaron al oír que tres gallinas confesaron haber tramado, inspiradas por Snowball, un complot para asesinar a Napoleón. Fueron ejecutadas inmediatamente y se tomaron nuevas precauciones para la seguridad del Líder. Cuatro perros cuidaban su cama durante la noche, uno en cada esquina, y un joven cerdo llamado Pinkeye fue designado para probar todos sus alimentos antes de que el Líder los comiera, por temor a que estuvieran envenenados.

Más o menos en esa época, se divulgó que Napoleón había convenido en vender la pila de madera al señor Pilkington; también había de celebrarse un convenio formal para el intercambio de ciertos productos entre « Granja Animal» y Foxwood. Las relaciones entre Napoleón y Pilkington, aunque conducidas únicamente por intermedio de Whymper, eran casi amistosas. Los animales desconfiaban de Pilkington, como ser humano, pero preferían mucho más a él que a Frederick, a quien temían y odiaban al mismo tiempo. Cuando estaba finalizando el verano y la construcción del molino llegaba a su término, los rumores de un inminente ataque a traición iban en aumento. Frederick, se decía,  tenía intención de traer contra ellos a veinte hombres, todos armados con escopetas, y ya había sobornado a los magistrados y a la policía para que, en caso de que pudiera obtener los títulos de propiedad de « Granja Animal» , aquellos no indagaran. Además se filtraban de Pinchfield algunas historias terribles respecto a las crueldades de que hacía objeto Frederick a los animales. Había azotado hasta la muerte a un caballo; mataba de hambre a sus vacas, había acabado con un perro arrojándolo dentro de un horno, se divertía de noche con riñas de gallos, atándoles pedazos de hojas de afeitar a los espolones. La sangre les hervía de rabia a los animales cuando se enteraron de las cosas que se hacía a sus camaradas y, algunas veces, clamaron para que se les permitiera salir y atacar en masa la « Granja Pinchfield» , echar a los seres humanos y liberar a los animales. Pero Squealer les aconsejó que evitaran los actos precipitados y que confiaran en la estrategia de Napoleón.

Sin embargo, el resentimiento contra Frederick continuó en aumento. Un domingo por la mañana Napoleón se presentó en el granero y explicó que en ningún momento había tenido intención de vender la pila de madera a Frederick; él consideraba incompatible con su dignidad tener trato con bribones de esa calaña. A las palomas, que aún eran enviadas para difundir noticias referentes a la Rebelión, les fue prohibido pisar Foxwood y también fueron forzadas a abandonar su lema anterior de « Muerte a la Humanidad» reemplazándolo por « Muerte a Frederick» . A fines de verano fue puesta al descubierto una nueva intriga de Snowball. Los campos de trigo estaban llenos de malezas y se descubrió que, en una de sus visitas nocturnas, Snowball mezcló semillas de cardos con las semillas de trigo. Un ganso, cómplice del complot, había confesado su culpa a Squealer y se suicidó inmediatamente ingiriendo unas hierbas tóxicas. Los animales se enteraron también de que Snowball nunca había —como muchos de ellos habían creído hasta entonces— recibido la orden de « Héroe Animal de Primer Grado» . Era simplemente una leyenda difundida poco tiempo después de la « Batalla del Establo de las Vacas» por Snowball mismo. Lejos de ser condecorado, fue censurado por demostrar cobardía en la batalla. Una vez más, algunos animales escucharon esto con cierta perplejidad, pero Squealer logró convencerlos de que sus recuerdos estaban equivocados.

En el otoño, mediante un tremendo y agotador esfuerzo —porque la cosecha tuvo que realizarse casi al mismo tiempo—, se concluyó el molino de viento. Aún faltaba instalar la maquinaria y Whymper negociaba su compra todavía, pero la construcción estaba terminada. A despecho de todas las dificultades, a pesar de la inexperiencia, de herramientas primitivas, de la mala suerte y de la traición de Snowball, ¡el trabajo había sido terminado puntualmente en el día fijado! Muy cansados pero orgullosos, los animales daban vueltas y más vueltas alrededor de su obra maestra, que a su juicio aparecía aún más hermosa que cuando fuera levantada por primera vez. Además, el espesor de las paredes era el doble de lo que había sido antes. ¡Únicamente con explosivos sería posible derrumbarlo esta vez! Y cuando recordaban cómo trabajaron, el desaliento que habían superado y el cambio que produciría en sus vidas cuando las aspas estuvieran girando y las dinamos funcionando, cuando pensaban en todo esto, el cansancio desaparecía y brincaban alrededor del molino, profiriendo gritos de triunfo. Napoleón mismo, acompañado por sus perros y su gallo, se acercó para inspeccionar el trabajo terminado; personalmente felicitó a los animales por su proeza y anunció que el molino sería llamado « Molino Napoleón» .

Dos días después los animales fueron citados para una reunión especial en el granero. Quedaron estupefactos cuando Napoleón les anunció que había vendido la pila de madera a Frederick. Los carros de Frederick comenzarían a llevársela. Durante todo el período de su aparente amistad con Pilkington, Napoleón en realidad había estado secretamente de acuerdo con Frederick.

Todas las relaciones con Foxwood fueron cortadas mientras se enviaban mensajes insultantes a Pilkington. A las palomas se les comunicó que debían evitar la « Granja Pinchfield» y que modificaran su lema de « Muera Frederick» por « Muera Pilkington» . Al mismo tiempo, Napoleón aseguró a los animales que los rumores de un ataque a « Granja Animal» eran completamente falsos y que las noticias respecto a las crueldades de Frederick con sus animales, habían sido enormemente exageradas. Todos esos rumores probablemente habían sido propagados por Snowball y sus agentes. Ahora se descubría que Snowball no estaba escondido en la « Granja Pinchfield» y que, en realidad, en su vida había estado allí; residía en Foxwood —con un lujo extraordinario, según decían— y al parecer, había sido un protegido de Pilkington durante muchos años.

Los cerdos estaban asombrados por la astucia de Napoleón. Mediante su aparente amistad con Pilkington forzó a Frederick a aumentar su precio en doce libras. Pero la superioridad de la mente de Napoleón, dijo Squealer, fue demostrada por el hecho de que no se fió de nadie, ni siquiera de Frederick. Éste había querido abonar la madera con algo que se llama cheque, el cual, al parecer, era un pedazo de papel con la promesa de pagar la cantidad escrita en el mismo. Pero Napoleón fue demasiado listo para él. Había exigido el pago en billetes auténticos de cinco libras, que debían abonarse antes de retirar la madera. Frederick pagó y el importe abonado alcanzaba justamente para comprar la maquinaria necesaria para el molino de viento.

Mientras tanto, la madera era llevada a toda prisa. Cuando ya había sido totalmente retirada, se efectuó otra reunión especial en el granero para que los animales pudieran contemplar los billetes de banco de Frederick.

Sonriendo beatíficamente y luciendo sus dos condecoraciones, Napoleón reposaba en su lecho de paja sobre la plataforma, con el dinero al lado suyo, apilado con esmero sobre un plato de porcelana de la cocina. Los animales desfilaron lentamente a su lado y lo contemplaron hasta el hartazgo. Boxer estiró la nariz para oler los billetes y los delgados papeles se movieron y crujieron ante su aliento.

Tres días después se registró un terrible alboroto. Whymper, extremadamente pálido, llegó a toda velocidad montado en su bicicleta, la tiró al suelo al llegar al patio y entró corriendo. En seguida se oyó un sordo rugido de rabia desde el aposento de Napoleón. La noticia de lo ocurrido se difundió por la granja como la pólvora. ¡Los billetes de banco eran falsos! ¡Frederick había conseguido la madera gratis!

Napoleón reunió inmediatamente a todos los animales y con terrible voz decretó sentencia de muerte para Frederick. Cuando fuera capturado, dijo, Frederick debía ser escaldado vivo. Al mismo tiempo les advirtió que después de ese acto traicionero, debía esperarse lo peor. Frederick y su gente podrían lanzar su tan largamente esperado ataque en cualquier momento. Se apostaron centinelas en todas las vías de acceso a la granja. Ademas se enviaron cuatro palomas a Foxwood con un mensaje conciliatorio, con el que se esperaba poder restablecer las buenas relaciones con Pilkington.

A la mañana siguiente se produjo el ataque. Los animales estaban tomando el desayuno cuando los vigías entraron corriendo con el anuncio de que Frederick y sus huestes ya habían pasado el portón de acceso. Los animales salieron audazmente para combatir, pero esta vez no alcanzaron la victoria fácil que obtuvieran en la « Batalla del Establo de las Vacas» . Había quince hombres, con media docena de escopetas, y abrieron fuego tan pronto como llegaron a cincuenta metros de los animales. Éstos no pudieron hacer frente a las terribles explosiones con sus hirvientes perdigones y, a pesar de los esfuerzos de Napoleón y Boxer por reagruparlos, pronto fueron rechazados. Unos cuantos de ellos estaban heridos. Se refugiaron en los edificios de la granja y espiaron cautelosamente por las rendijas y los agujeros en los nudos de la madera. Toda la pradera grande, incluyendo el molino de viento, estaba en manos del enemigo. Por el momento hasta Napoleón estaba sin saber qué hacer. Paseaba de acá para allá sin decir palabra, su cola rígida y contrayéndose nerviosamente. Se lanzaban miradas ávidas en dirección a Foxwood. Si Pilkington y su gente los ayudaran, aún podrían salir bien. Pero en ese momento las cuatro palomas que habían sido enviadas el día anterior volvieron, portando una de ellas un trozo de papel de Pilkington. Sobre el mismo figuraban escritas con lápiz las siguientes palabras: « Se lo tiene merecido» .

Mientras tanto, Frederick y sus hombres se detuvieron junto al molino. Los animales los observaron, y un murmullo de angustia brotó de sus labios. Dos de los hombres esgrimían una palanca de hierro y un martillo. Iban a tirar abajo el molino de viento.

—¡Imposible! —gritó Napoleón—. Hemos construido las paredes demasiado gruesas para eso. No las podrán tirar abajo ni en una semana. ¡Valor, camaradas!

Pero Benjamín estaba observando con insistencia los movimientos de los hombres. Los que manejaban el martillo y la palanca de hierro estaban abriendo un agujero cerca de la base del molino. Lentamente, y con un aire casi divertido, Benjamín agitó su largo hocico.

—Ya me parecía —dijo—. ¿No ven lo que están haciendo? Enseguida van a llenar de pólvora ese agujero.

Los animales esperaban aterrorizados. Era imposible aventurarse fuera del refugio de los edificios. Después de varios minutos los hombres fueron vistos corriendo en todas direcciones. Luego se oyó un estruendo ensordecedor. Las palomas se arremolinaron en el aire y todos los animales, exceptuando a Napoleón, se tiraron al suelo boca abajo y escondieron sus caras. Cuando se incorporaron nuevamente, una enorme nube de humo negro flotaba en el lugar donde estuviera el molino de viento. Lentamente la brisa la alejó. ¡El molino de viento había dejado de existir!

Al ver esta escena los animales recuperaron su coraje. El miedo y la desesperación que sintieron momentos antes fueron ahogados por su ira contra tan vil y abominable acto. Lanzaron un potente griterío clamando venganza, y sin esperar otra orden, atacaron en masa y se abalanzaron sobre el enemigo. Esta vez no prestaron atención a los crueles perdigones que pasaban sobre sus cabezas como granizo. Fue una batalla enconada y salvaje. Los hombres hicieron fuego una y otra vez, y cuando los animales llegaron a la lucha cuerpo a cuerpo, los azotaron con sus palos y sus pesadas botas. Una vaca, tres ovejas y dos gansosmurieron, y casi todos estaban heridos. Hasta Napoleón, que dirigía las operaciones desde la retaguardia, fue herido en la punta de la cola por un perdigón. Pero los hombres tampoco salieron ilesos. Tres de ellos tenían la cabeza rota por las patadas de Boxer; otro fue corneado en el vientre por una vaca; a uno casi le arrancan los pantalones entre Jessie y Bluebell. Y cuando los nueve perros guardaespaldas de Napoleón, a quienes él había ordenado que dieran un rodeo por detrás del cercado, aparecieron repentinamente por el flanco ladrando ferozmente, el pánico se apoderó de los hombres quienes vieron el peligro que corrían de ser rodeados. Frederick gritó a sus hombres que escaparan mientras aún les fuera posible, y enseguida el enemigo huyó acobardado y a toda velocidad. Los animales los persiguieron hasta el final del campo y lograron darles las últimas patadas, cuando a toda velocidad cruzaban la cerca de espino.

Habían vencido, pero estaban maltrechos y sangrantes. Lentamente y renqueando volvieron hacia la granja. El espectáculo de los camaradas muertos que yacían sobre la hierba hizo llorar a algunos. Y durante un rato se detuvieron desconsolados y en silencio en el lugar donde antes estuviera el molino. Sí, ya no estaba; ¡hasta el último rastro de su labor había desaparecido! Hasta los cimientos estaban parcialmente destruidos. Y para reconstruirlo no podrían esta vez, como antes, utilizar las piedras derruidas. Hasta ellas desaparecieron. La fuerza de la explosión las arrojó a cientos de metros de distancia. Era como si el molino nunca hubiera existido.

Cuando se aproximaron a la granja, Squealer, que inexplicablemente estuvo ausente durante la pelea, vino saltando hacia ellos, meneando la cola y rebosante de alegría. Y los animales oyeron, procediendo de los edificios de la granja, el solemne estampido de una escopeta.

—¿A qué se debe ese disparo? —preguntó Boxer.

—¡Para celebrar nuestra victoria! —gritó Squealer.

—¿Qué victoria? —exclamó Boxer. Sus rodillas estaban sangrando, había perdido una herradura, tenía rajado un casco y una docena de perdigones incrustados en una pata trasera.

—¿Qué victoria, camarada? ¿No hemos arrojado al enemigo de nuestro suelo, el suelo sagrado de « Granja Animal» ?

—Pero han destruido el molino. ¡Y nosotros hemos trabajado durante dos años para construirlo!

—¿Qué importa? Construiremos otro molino. Construiremos seis molinos si queremos. No apreciáis, camaradas, la importancia de lo que hemos hecho. El enemigo estaba ocupando este suelo que pisamos. ¡Y ahora, gracias a la dirección del camarada Napoleón, hemos reconquistado cada pulgada del mismo!

—Entonces, ¿hemos recuperado nuevamente lo que teníamos antes? —preguntó Boxer.

—Esa es nuestra victoria —agregó Squealer.

Entraron renqueando en el patio. Los perdigones incrustados en la pata de Boxer, le quemaban dolorosamente. Veía ante sí la pesada labor de reconstruir el molino desde los cimientos y, en su imaginación, se preparaba para la tarea. Pero por primera vez se le ocurrió que él tenía once años de edad y que tal vez sus grandes músculos ya no fueran lo que habían sido antes. Pero cuando los animales vieron flamear la bandera verde y sintieron disparar nuevamente la escopeta —siete veces fue disparada en total— y escucharon el discurso que pronunció Napoleón, felicitándolos por su conducta, les pareció que, después de todo, habían conseguido una gran victoria. Los muertos en la batalla recibieron un entierro solemne. Boxer y Clover tiraron del carro que sirvió de coche fúnebre y Napoleón mismo encabezó la comitiva. Durante dos días enteros se efectuaron festejos. Hubo canciones, discursos y más disparos de escopeta y se hizo un obsequio especial de una manzana para cada animal, con dos onzas de maíz para cada ave y tres bizcochos para cada perro. Se anunció que la batalla sería llamada del Molino y que Napoleón había creado una nueva condecoración, la « Orden del Estandarte Verde» , que él se otorgó a sí mismo. En el regocijo general, se olvidó el infortunado incidente de los billetes de banco.

Unos días después, los cerdos hallaron una caja de whisky en el sótano de la casa. Había sido pasado por alto cuando se ocupó el edificio. Aquella noche se oyeron desde la casa canciones en alta voz, donde, para sorpresa de todos, se entremezclaban los acordes de « Bestias de Inglaterra» . A eso de las nueve y media, Napoleón, luciendo un viejo bombín del señor Jones, fue visto salir por la puerta trasera, galopar alrededor del patio y entrar nuevamente. Pero, por la mañana, reinaba un silencio profundo en la casa. Ni un cerdo se movía. Eran casi las nueve cuando Squealer hizo su aparición, caminando lenta y torpemente, sus ojos opacos, su cola colgando flácidamente y con el aspecto de estar seriamente enfermo. Reunió a los animales y les dijo que tenía que comunicarles malas noticias. ¡El camarada Napoleón se estaba muriendo!

Muestras de dolor se elevaron en un grito al unísono. Se colocó paja en todas las entradas de la casa y los animales caminaban de puntillas. Con lágrimas en los ojos, se preguntaban unos a otros qué harían si perdieran a su Líder. Se difundió el rumor de que Snowball, a pesar de todo, había logrado introducir veneno en la comida de Napoleón. A las once salió Squealer para hacer otro anuncio. Como último acto suyo sobre la tierra, el camarada Napoleón emitía un solemne mandato: la acción de beber alcohol sería castigada con la muerte.

Al anochecer, sin embargo, Napoleón parecía estar algo mejor y a la mañana siguiente Squealer pudo decirles que se hallaba en vías de franco restablecimiento. Esa misma noche Napoleón estaba en pie y al otro día se supo que había ordenado a Whymper que comprara en Willingdon algunos folletos sobre la fermentación y destilación de bebidas. Una semana después Napoleón ordenó que fuera arado el campo detrás de la huerta, destinada como lugar de esparcimiento para animales retirados del trabajo. Se dijo que el campo estaba agotado y era necesario cultivarlo de nuevo, pero pronto se supo que Napoleón tenía intención de sembrarlo con cebada.

Más o menos por esa época ocurrió un raro incidente que casi nadie fue capaz de entender. Una noche, a eso de las doce, se oyó un fuerte estrépito en el patio, y los animales salieron corriendo. Era una noche clara, de luna. Al pie de la pared del granero principal, donde figuraban inscritos los siete mandamientos, se encontraba una escalera rota en dos pedazos. Squealer, momentáneamente aturdido, estaba tendido en el suelo y muy cerca estaban una linterna, un pincel y un tarro volcado de pintura blanca. Los perros formaron inmediatamente un círculo alrededor de Squealer, y lo escoltaron de vuelta a la casa, en cuanto pudo caminar. Ninguno de los animales lograba entender lo que significaba eso, excepto el viejo Benjamín, que movía el hocico con aire enterado, aparentando comprender, pero sin decir nada.

Pasados unos cuantos días, cuando Muriel estaba leyendo los siete mandamientos, notó que había otro que los animales recordaban malamente. Ellos creían que el quinto mandamiento decía: « Ningún animal beberá alcohol» , pero pasaron por alto dos palabras. Ahora el Mandamiento indicaba: « Ningún animal beberá alcohol en exceso» .

 

IX

El casco partido de Boxer tardó mucho en curar. Habían comenzado la reconstrucción del molino al día siguiente de terminarse los festejos de la victoria. Boxer se negó a tomar ni siquiera un día de asueto, e hizo cuestión de honor el no dejar ver que estaba dolorido. Por las noches le admitía reservadamente a Clover que el casco le molestaba mucho. Clover lo curaba con emplastos de yerbas que preparaba mascándolas, y tanto ella como Benjamín pedían a Boxer que trabajara menos. « Los pulmones de un caballo no son eternos» , le decía ella. Pero Boxer no le hacía caso. Sólo le quedaba —dijo— una verdadera ambición: ver el molino bien adelantado antes de llegar a la edad de retirarse.

Al principio, cuando se formularon las leyes de « Granja Animal» , se fijaron las siguientes edades para jubilarse; caballos y cerdos a los doce años, vacas a los catorce, perros a los nueve, ovejas a los siete y las gallinas y los gansos a los cinco. Se establecieron pensiones generosas para la vejez. Hasta entonces ningún animal se había retirado, pero últimamente la discusión del asunto fue en aumento. Ahora que el campito de detrás de la huerta se había destinado para la cebada, circulaba el rumor de que alambrarían un rincón de la pradera larga, convirtiéndolo en campo donde pastarían los animales jubilados. Para caballos, se decía, la pensión sería de cinco libras de maíz por día y en invierno quince libras de heno, con una zanahoria o posiblemente una manzana los días de fiesta. Boxer iba a cumplir los doce años a fines del verano del año siguiente.

Mientras tanto, la vida seguía siendo dura. El invierno era tan frío como el anterior, y la comida aún más escasa. Nuevamente fueron reducidas todas las raciones, exceptuando las de los cerdos y las de los perros. « Una igualdad demasiado rígida en las raciones —explicó Squealer—, sería contraria a los principios del Animalismo» . De cualquier manera no tuvo dificultad en demostrar a los demás que, en realidad, no estaban faltos de comida, cualesquiera que fueran las apariencias. Ciertamente, fue necesario hacer un reajuste de las raciones (Squealer siempre mencionaba esto como « reajuste» , nunca como « reducción» ), pero comparado con los tiempos de Jones, la mejoría era enorme. Leyéndoles las cifras con voz chillona y rápida, les demostró detalladamente que contaban con más avena, más heno, y más nabos de los que tenían en los tiempos de Jones; que trabajaban menos horas, que el agua que bebían era de mejor calidad, que vivían más años, que una mayor proporción de criaturas sobrevivía a la infancia y que tenían más paja en sus pesebres y menos pulgas. Los animales creyeron todo lo que dijo. En verdad, Jones, y lo que él representaba, casi se había borrado de sus memorias. Ellos sabían que la vida era dura y áspera, que muchas veces tenían hambre y frío, y generalmente estaban trabajando cuando no dormían. Pero, sin duda alguna, peor había sido en los viejos tiempos. Sentíanse contentos de creerlo así. Además, en aquellos días fueron esclavos y ahora eran libres, y eso representaba mucha diferencia, como Squealer nunca se olvidaba de señalarles.

Había muchas bocas más que alimentar. En el otoño las cuatro cerdas tuvieron crías simultáneamente, amamantando, entre todas, treinta y un cochinillos. Los jóvenes cerdos eran manchados, y como Napoleón era el único verraco en la granja, no fue difícil adivinar su origen paterno. Se anunció que más adelante, cuando se compraran ladrillos y maderas, se construiría una escuela en el jardín. Mientras tanto, los lechones fueron educados por Napoleón mismo en la cocina de la casa. Hacían su gimnasia en el jardín, y se les disuadía de jugar con los otros animales jóvenes. En esa época, también se implantó la regla de que cuando un cerdo y cualquier otro animal se encontraran en el camino, el segundo debía hacerse a un lado; y asimismo que los cerdos, de cualquier categoría, iban a tener el privilegio de adornarse con cintas verdes en la cola, los domingos.

La granja tuvo un año bastante próspero, pero aún andaban escasos de dinero. Faltaban por adquirir los ladrillos, la arena y el cemento necesarios para la escuela e iba a ser preciso ahorrar nuevamente para la maquinaria del molino. Se requería, además, petróleo para las lámparas, y velas para la casa, azúcar para la mesa de Napoleón (prohibió esto a los otros cerdos, basándose en que los hacía engordar) y todos los enseres corrientes, como herramientas, clavos, hilos, carbón, alambre, hierros y bizcochos para los perros. Una parva de heno y parte de la cosecha de patatas fueron vendidas, y el contrato de venta de huevos se aumentó a seiscientos por semana, de manera que aquel año las gallinas apenas empollaron suficientes pollitos para mantener las cifras al mismo nivel. Las raciones, rebajadas en diciembre, fueron disminuidas nuevamente en febrero, y se prohibieron las linternas en los pesebres para economizar petróleo. Pero los cerdos parecían estar bastante a gusto y, en realidad, aumentaban de peso. Una tarde, a fines de febrero, un tibio y apetitoso aroma, como jamás habían percibido los animales, llegó al patio, transportado por la brisa y procedente de la casita donde se elaboraba cerveza en los tiempos de Jones, casa que se encontraba más allá de la cocina. Alguien dijo que era el olor de la cebada hirviendo. Los animales husmearon hambrientos y se preguntaron si se les estaba preparando un pienso caliente para la cena. Pero no apareció ningún pienso caliente, y el domingo siguiente se anunció que desde ese momento toda la cebada sería reservada para los cerdos. El campo detrás de la huerta ya había sido sembrado con cebada. Y pronto se supo que todos los cerdos recibían una ración de una pinta de cerveza por día, y medio galón para el mismo Napoleón, que siempre se le servía en la sopera del juego guardado en la vitrina de cristal.

Pero si bien no faltaban penurias que aguantar, en parte estaban compensadas por el hecho de que la vida tenía mayor dignidad que antes. Había más canciones, más discursos, más desfiles. Napoleón ordenó que una vez por semana se hiciera algo denominado Demostración Espontánea, cuyo objeto era celebrar las luchas y triunfos de la « Granja Animal» . A la hora indicada, los animales abandonaban sus tareas y desfilaban por los límites de la granja en formación militar, con los cerdos a la cabeza, luego los caballos, las vacas, las ovejas y después las aves. Los perros marchaban a los lados y a la cabeza de todos, el gallo negro de Napoleón. Boxer y Clover llevaban siempre una bandera verde marcada con el asta y la pezuña y el lema: « ¡Viva el Camarada Napoleón!» . Luego venían recitales de poemas compuestos en honor de Napoleón y un discurso de Squealer dando detalles de los últimos aumentos en la producción de alimentos, y en algunas ocasiones se disparaba un tiro de escopeta.

Las ovejas eran las más aficionadas a las Demostraciones Espontáneas, y si alguien se quejaba (como lo hacían a veces algunos animales, cuando no había cerdos ni perros) alegando que se perdía tiempo y se aguantaba un largo plantón a la intemperie, las ovejas lo acallaban infaliblemente con un estentóreo: « ¡Cuatro patas sí, dos pies no!» . Pero, a la larga, a los animales les gustaban esas celebraciones. Resultaba satisfactorio el recuerdo de que, después de todo, ellos eran realmente sus propios amos y que todo el trabajo que efectuaban era en beneficio común. Y así, con las canciones, los desfiles, las listas de cifras de Squealer, el tronar de la escopeta, el cacareo del gallo y el flamear de la bandera, podían olvidar por algún tiempo que sus barrigas estaban poco menos ya que vacías.

En abril, « Granja Animal» fue proclamada República, y se hizo necesario elegir un Presidente.

Había un solo candidato: Napoleón, que resultó elegido por unanimidad. El mismo día se reveló que se descubrieron nuevos documentos dando más detalles referentes a la complicidad de Snowball con Jones. Según ellos, parecía que Snowball no sólo trató de hacer perder la « Batalla del Establo de las Vacas» mediante una estratagema, como habían supuesto los animales, sino que estuvo peleando abiertamente a favor de Jones. En realidad, fue él quien dirigió las fuerzas humanas y arremetió en la batalla con las palabras « ¡Viva la Humanidad!» . Las heridas sobre el lomo de Snowball, que varios animales aún recordaban haber visto, fueron infligidas por los dientes de Napoleón.

A mediados del verano, Moses, el cuervo, reapareció repentinamente en la granja, tras una ausencia de varios años. No había cambiado nada, continuaba sin hacer trabajo alguno y se expresaba igual que siempre respecto al Monte Azúcar. Solía posarse sobre un poste, batía sus negras alas y hablaba durante horas a cualquiera que quisiera escucharlo. « Allá arriba, camaradas —decía, señalando solemnemente el cielo con su pico largo—, allá arriba, exactamente detrás de esa nube oscura que ustedes pueden ver, allí está situado Monte Azúcar, esa tierra feliz donde nosotros, pobres animales, descansaremos para siempre de nuestras fatigas» . Hasta sostenía haber estado allí en uno de sus vuelos a gran altura, y haber visto los campos perennes de trébol y las tartas de semilla de lino y los terrones de azúcar creciendo en los cercados. Muchos de los animales le creían. Actualmente, razonaban ellos, sus vidas no eran más que hambre y trabajo; ¿no resultaba, entonces, correcto y justo que existiera un mundo mejor en alguna parte? Una cosa difícil de determinar, era la actitud de los cerdos hacia Moses. Todos ellos declaraban desdeñosamente que sus cuentos respecto a Monte Azúcar eran mentiras y, sin embargo, le permitían permanecer en la granja, sin trabajar, con una pequeña ración de cerveza por día.

Después de habérsele curado el casco, Boxer trabajó más que nunca. Ciertamente, todos los animales trabajaron como esclavos aquel año. Aparte de las faenas corrientes de la granja y la reconstrucción del molino, estaba la escuela para los cerditos, que se comenzó en marzo. A veces, las largas horas de trabajo con insuficiente comida, eran difíciles de aguantar, pero Boxer nunca vaciló. En nada de lo que él decía o hacía se exteriorizaba señal alguna de que su fuerza ya no fuese la de antes. Únicamente su aspecto estaba un poco cambiado. Su pelaje era menos brillante y sus ancas parecían haberse contraído. Los demás decían que Boxer se restablecería cuando apareciera el pasto de primavera; pero llegó la primavera y Boxer no engordó. A veces, en la ladera que llevaba hacia la cima de la cantera, cuando esforzaba sus músculos tensos por el peso de alguna piedra enorme, parecía que nada lo mantenía en pie excepto su voluntad de continuar. En estos momentos se adivinaba que sus labios pronunciaban las palabras: « Trabajaré más fuerte» porque voz no le quedaba. Nuevamente Clover y Benjamín le advirtieron que cuidara su salud, pero Boxer no prestó atención. Su duodécimo cumpleaños se aproximaba. No le importaba lo que sucediera, con tal que se hubiera acumulado una buena cantidad de piedra antes que él se jubilara.

Un día de verano, al anochecer, se difundió rápidamente por la granja el rumor de que algo le había sucedido a Boxer. Se había ido solo para arrastrar un montón de piedras hasta el molino. Y, en efecto, el rumor era cierto. Unos minutos después dos palomas llegaron a todo volar con la noticia: « ¡Boxer se ha caído! ¡Está tendido de costado y no se puede levantar!» .

Aproximadamente la mitad de los animales de la granja salieron corriendo hacia la loma donde estaba el molino. Allí yacía Boxer, entre las varas del carro, el pescuezo estirado, sin poder levantar la cabeza. Tenía los ojos vidriosos y sus flancos estaban cubiertos de sudor. Un hilillo de sangre le salía por la boca. Clover cayó de rodillas a su lado.

—¡Boxer! —gritó—, ¿cómo estás?

—Es mi pulmón —dijo Boxer con voz débil—. No importa. Yo creo que podrán terminar el molino sin mí. Hay una buena cantidad de piedra acumulada. De cualquier manera sólo me quedaba un mes más. A decir verdad, estaba esperando la jubilación. Y como también Benjamín se está poniendo viejo, tal vez le permitan retirarse al mismo tiempo, y así me hacía compañía.

—Debemos obtener ayuda inmediatamente —reclamó Clover—. Que corra alguien a comunicarle a Squealer lo que ha sucedido.

Todos los animales corrieron inmediatamente hacia la casa para darle la noticia a Squealer. Solamente se quedaron Clover y Benjamín, que se acostó al lado de Boxer y, sin decir palabra, espantaba las moscas con su larga cola. Al cuarto de hora apareció Squealer, alarmado y lleno de interés. Dijo que el camarada Napoleón, enterado con la mayor aflicción de esta desgracia que había sufrido uno de los más leales trabajadores de la granja, estaba realizando gestiones para enviar a Boxer a un hospital de Willingdon para su tratamiento. Los animales se sintieron un poco intranquilos al oír esto. Exceptuando a Mollie y Snowball, ningún otro animal había salido jamás de la granja, y no les agradaba la idea de dejar a su camarada enfermo en manos de seres humanos. Sin embargo, Squealer los convenció fácilmente de que el veterinario de Willingdon podía tratar el caso de Boxer más satisfactoriamente que en la granja. Y media hora después, cuando Boxer se repuso un poco, lo levantaron trabajosamente, y así logró volver renqueando hasta su establo donde Clover y Benjamín le habían preparado rápidamente una muy amplia y confortable cama de paja.

Durante los dos días siguientes, Boxer permaneció en su establo. Los cerdos habían enviado una botella grande del medicamento rosado que encontraron en el botiquín del cuarto de baño, y Clover se lo administraba a Boxer dos veces al día después de las comidas. Por las tardes permanecía en la cuadra conversando con él, mientras Benjamín le espantaba las moscas. Boxer manifestó que no lamentaba lo que había pasado. Si se reponía, podría vivir unos tres años más, y pensaba en los días apacibles que pasaría en el rincón de la pradera grande. Sería la primera vez que tendría tiempo libre para estudiar y perfeccionarse. Tenía intención, dijo, de dedicar el resto de su vida a aprender las veintidós letras restantes del abecedario.

Sin embargo, Benjamín y Clover sólo podían estar con Boxer después de las horas de trabajo, y a mediodía llegó un furgón para llevárselo. Los animales estaban trabajando bajo la supervisión de un cerdo, eliminando la maleza de los nabos, cuando fueron sorprendidos al ver a Benjamín venir a galope desde la casa, rebuznando con todas sus fuerzas. Nunca habían visto a Benjamín tan excitado; en verdad, era la primera vez que alguien lo veía galopar. « ¡Pronto, pronto! —gritó—. ¡Vengan en seguida! ¡Se están llevando a Boxer!» . Sin esperar órdenes del cerdo, los animales abandonaron el trabajo y corrieron hacia los edificios de la granja. Efectivamente, en el patio había un gran furgón cerrado, con letreros en los costados, tirado por dos caballos, y un hombre de aspecto ladino tocado con un bombín aplastado en el asiento del conductor. La cuadra de Boxer estaba vacía.

Los animales se agolparon junto al carro.

—¡Adiós, Boxer! —gritaron a coro—, ¡adiós!

—¡Idiotas! ¡Idiotas! —exclamó Benjamín saltando alrededor de ellos y pateando el suelo con sus cascos menudos—. ¡Idiotas! ¿No veis lo que está escrito en los letreros de ese furgón?

Aquello apaciguó a los animales y se hizo el silencio. Muriel comenzó a deletrear las palabras. Pero Benjamín la empujó a un lado y en medio de un silencio sepulcral leyó:

—« Alfredo Simmonds, matarife de caballos y fabricante de cola, Willingdon. Comerciante en cueros y harina de huesos. Se suministran perreras» . ¿No entienden lo que significa eso? ¡Lo llevan al descuartizador!

Los animales lanzaron un grito de horror. En ese momento el conductor fustigó a los caballos y el furgón salió del patio a un trote ligero. Todos los animales lo siguieron, gritando. Clover se adelantó. El furgón comenzó a tomar velocidad. Clover intentó galopar, pero sus pesadas patas sólo alcanzaron el medio galope.

—¡Boxer! —gritó ella—. ¡Boxer! ¡Boxer!

En ese momento, como si hubiera oído el alboroto, la cara de Boxer, con la franja blanca en el hocico, apareció por la ventanilla trasera del carro.

—¡Boxer! —gritó Clover con terrible voz—. ¡Boxer! ¡Sal de ahí! ¡Sal pronto! ¡Te llevan hacia la muerte!

Todos los animales se pusieron a gritar:

« ¡Sal de ahí, Boxer, sal de ahí!» , pero el furgón ya había tomado velocidad y se alejaba de ellos. No se supo si Boxer entendió lo que dijo Clover. Pero un instante después, su cara desapareció de la ventanilla y se sintió el ruido de un patear de cascos dentro del furgón. Estaba tratando de abrirse camino a patadas. En otros tiempos, unas cuantas coces de los cascos de Boxer hubieran hecho trizas el furgón. Pero, desgraciadamente, su fuerza lo había abandonado; y al poco tiempo el ruido de cascos se hizo más débil y se extinguió. En su desesperación los animales comenzaron a apelar a los dos caballos que tiraban del furgón para que se detuvieran. « ¡Camaradas, camaradas! —gritaron—. ¡No llevéis a vuestro propio hermano hacia la muerte!» . Pero las estúpidas bestias, demasiado ignorantes para darse cuenta de lo que ocurría, echaron atrás las orejas y aceleraron el trote. La cara de Boxer no volvió a aparecer por la ventanilla. Era demasiado tarde cuando a alguien se le ocurrió adelantarse para cerrar el portón; en un instante el furgón salió y desapareció por el camino. Boxer no fue visto más. Tres días después se anunció que había muerto en el hospital de Willingdon, no obstante recibir toda la atención que se podía dispensar a un caballo. Squealer anunció la noticia a los demás. Él había estado presente, dijo, durante las últimas horas de Boxer.

—¡Fue la escena más conmovedora que jamás haya visto! —expresó Squealer, levantando la pata para enjugar una lágrima—. Estuve al lado de su cama hasta el último instante, y al final, casi demasiado débil para hablar, me susurró que su único pesar era morir antes de haberse terminado el molino. « Adelante, camaradas —murmuró—. Adelante en nombre de la Rebelión. ¡Viva “Granja Animal”! ¡Viva el camarada Napoleón! ¡Napoleón siempre tiene razón!» . Ésas fueron sus últimas palabras, camaradas.

Aquí el porte de Squealer cambió repentinamente. Permaneció callado un instante, y sus ojillos lanzaron miradas de desconfianza de un lado a otro antes de continuar. Había llegado a su conocimiento —dijo—, que un rumor disparatado y malicioso circuló cuando se llevaron a Boxer. Algunos animales notaron que el furgón que trasladó a Boxer llevaba la inscripción: « Matarife de caballos» , y sacaron precipitadamente la conclusión de que ése era en realidad el destino de Boxer. Resultaba casi increíble, dijo Squealer, que un animal pudiera ser tan estúpido. Seguramente, gritó indignado, agitando la cola y saltando de lado a lado, seguramente ellos conocían a su querido Líder, camarada Napoleón, mejor que nadie. Pero la explicación, en verdad, era muy sencilla. El furgón fue anteriormente propiedad del descuartizador y había sido comprado por el veterinario, que aún no había borrado el nombre anterior. Así fue como nació el error.

Los animales quedaron muy aliviados al escuchar esto. Y cuando Squealer continuó dándoles más detalles gráficos del lecho de muerte de Boxer, la admirable atención que recibió y las costosas medicinas que abonara Napoleón sin fijarse en el precio, sus últimas dudas desaparecieron y el pesar que sintieran por la muerte de su camarada fue mitigado por la idea de que, al menos, había muerto feliz.

Napoleón mismo apareció en la reunión del domingo siguiente y pronunció una breve oración fúnebre a la memoria de Boxer. No era posible traer de vuelta los restos de su llorado camarada para ser enterrados en la Granja, pero había ordenado que se confeccionara una gran corona con laurel del jardín de la casa para ser colocada sobre la tumba de Boxer. Y pasados unos días los cerdos pensaban realizar un banquete conmemorativo en su honor. Napoleón finalizó su discurso recordándoles los dos lemas favoritos de Boxer: « Trabajaré más fuerte» y « El Camarada Napoleón tiene siempre razón» , lemas, dijo, que todo animal haría bien en adoptar para sí mismo.

El día fijado para el banquete, el carro de un almacenista vino desde Willingdon y descargó un gran cajón de madera. Esa noche se oyó el ruido de cantos bullangueros, seguidos por algo que parecía una violenta disputa y terminó a eso de las once con un tremendo estrépito de vidrios rotos. Nadie se movió en la casa antes del mediodía siguiente y se corrió la voz de que los cerdos se habían agenciado dinero para comprar otro cajón de whisky.

 

X

Pasaron los años. Las estaciones vinieron y se fueron; las cortas vidas de los animales pasaron volando. Llegó una época en que ya no había nadie que recordara los viejos días anteriores a la Rebelión, exceptuando a Clover, Benjamín, Moses el cuervo, y algunos cerdos.

Muriel había muerto; Bluebell, Jessie y Pincher habían muerto. Jones también murió; falleció en un hogar para borrachos en otra parte del país. Snowball fue olvidado. Boxer lo había sido, asimismo, excepto por los pocos que lo habían tratado. Clover era ya una yegua vieja y gorda, con articulaciones endurecidas y ojos legañosos. Ya hacía dos años que había cumplido la edad del retiro, pero en realidad ningún animal se había jubilado. Hacía tiempo que no se hablaba de reservar un rincón del campo de pasto para animales jubilados. Napoleón era ya un cerdo maduro de unos ciento cincuenta kilos. Squealer estaba tan gordo que tenía dificultad para ver más allá de sus narices. Únicamente el viejo Benjamín estaba más o menos igual que siempre, exceptuando que el hocico lo tenía más canoso y, desde la muerte de Boxer, estaba más malhumorado y taciturno que nunca.

Había muchos más animales que antes en la granja, aunque el aumento no era tan grande como se esperara en los primeros años. Nacieron muchos animales para quienes la Rebelión era una tradición casi olvidada, transmitida verbalmente; y otros, que habían sido adquiridos, jamás oyeron hablar de semejante cosa antes de su llegada. La granja poseía ahora tres caballos, además de Clover. Eran bestias de prestancia, trabajadores de buena voluntad y excelentes camaradas, pero muy estúpidos. Ninguno de ellos logró aprender el alfabeto más allá de la letra B. Aceptaron todo lo que se les contó respecto a la Rebelión y los principios del Animalismo, especialmente por Clover, a quien tenían un respeto casi filial; pero era dudoso que hubieran entendido mucho de lo que se les dijo.

La granja estaba más próspera y mejor organizada; hasta había sido ampliada con dos franjas de terreno compradas al señor Pilkington. El molino quedó terminado al fin, y la granja poseía una trilladora y un elevador de heno propios, agregándose también varios edificios. Whymper se había comprado un coche. El molino, sin embargo, no fue empleado para producir energía eléctrica. Se utilizó para moler maíz y produjo un saneado beneficio en efectivo. Los animales estaban trabajando mucho en la construcción de otro molino más; cuando éste estuviera terminado, según se decía, se instalarían las dinamos. Pero los lujos con que Snowball hiciera soñar a los animales, las cuadras con luz eléctrica y agua caliente y fría, y la semana de tres días, ya no se mencionaban. Napoleón había censurado estas ideas por considerarlas contrarias al espíritu del Animalismo. La verdadera felicidad, dijo él, consistía en trabajar mucho y vivir frugalmente.

De algún modo parecía como si la granja se hubiera enriquecido sin enriquecer a los animales mismos; exceptuando, naturalmente, los cerdos y los perros. Tal vez eso se debiera en parte al hecho de haber tantos cerdos y tantos perros. No era que estos animales no trabajaran a su manera. Existía, como Squealer nunca se cansaba de explicarles, un sinfín de labores en la supervisión y organización de la Granja. Gran parte de este trabajo tenía características tales que los demás animales eran demasiado ignorantes para comprenderlo. Por ejemplo, Squealer les dijo que los cerdos tenían que realizar un esfuerzo enorme todos los días con unas cosas misteriosas llamadas « ficheros» , « informes» , « actas» y « ponencias» . Se trataba de largas hojas de papel que tenían que ser llenadas totalmente con escritura, y después eran quemadas en el horno. Esto era de suma importancia para el bienestar de la Granja, señaló Squealer. Pero de cualquier manera, ni los cerdos ni los perros producían nada comestible mediante su propio trabajo; eran muchos y siempre tenían buen apetito.

En cuanto a los otros, su vida, por lo que ellos sabían, era lo que fue siempre. Generalmente tenían hambre, dormían sobre paja, bebían del estanque, trabajaban en el campo; en invierno sufrían los efectos del frío y en verano de las moscas. A veces, los más viejos de entre ellos buscaban en sus turbias memorias y trataban de determinar si en los primeros días de la Rebelión, cuando la expulsión de Jones aún era reciente, las cosas fueron mejor o peor que ahora. No alcanzaban a recordar. No había con qué comparar su vida presente, no tenían en qué basarse exceptuando las listas de cifras de Squealer que, invariablemente, demostraban que todo mejoraba más y más. Los animales no encontraron solución al problema; de cualquier forma, tenían ahora poco tiempo para cavilar sobre estas cosas. Únicamente el viejo Benjamín manifestaba recordar cada detalle de su larga vida y saber que las cosas nunca fueron, ni podrían ser, mucho mejor o mucho peor; el hambre, la opresión y el desengaño eran, así dijo él, la ley inalterable de la vida.

Y, sin embargo, los animales nunca abandonaron sus esperanzas. Más aún, jamás perdieron, ni por un instante, su sentido del honor y el privilegio de ser miembros de « Granja Animal» . Todavía era la única granja en todo el condado —¡en toda Inglaterra!— poseída y gobernada por animales. Ninguno, ni el más joven, ni siquiera los recién llegados, traídos desde granjas a diez o veinte millas de distancia, dejaron de maravillarse por ello. Y cuando sentían tronar la escopeta y veían la bandera verde ondeando al tope del mástil, sus corazones se hinchaban de inextinguible orgullo, y la conversación siempre giraba en torno a los heroicos días de antaño, la expulsión de Jones, la inscripción de los siete mandamientos, las grandes batallas en que los invasores humanos fueron derrotados. Ninguno de los viejos ensueños había sido abandonado. La República de los animales que Mayor pronosticara, cuando los campos verdes de Inglaterra no fueran hollados por pies humanos, era todavía su aspiración. Algún día llegaría; tal vez no fuera pronto, quizá no sucediera durante la existencia de la actual generación de animales, pero vendría. Hasta la melodía de « Bestias de Inglaterra» era seguramente tarareada a escondidas aquí o allá; de cualquier manera, era un hecho que todos los animales de la granja la conocían, aunque ninguno se hubiera atrevido a cantarla en voz alta. Podría ser que sus vidas fueran penosas y que no todas sus esperanzas se vieran cumplidas; pero tenían conciencia de no ser como otros animales. Si pasaban hambre, no lo era por alimentar a tiranos como los seres humanos; si trabajaban mucho, al menos lo hacían para ellos mismos. Ninguno caminaba sobre dos pies. Ninguno llamaba a otro « amo» . Todos los animales eran iguales.

Un día, a principios de verano, Squealer ordenó a las ovejas que lo siguieran, y las condujo hacia una parcela de tierra no cultivada en el otro extremo de la granja, cubierta por retoños de abedul. Las ovejas pasaron todo el día allí comiendo hojas bajo la supervisión de Squealer. Al anochecer él volvió a la casa, pero, como hacía calor, les dijo a las ovejas que se quedaran donde estaban. Y allí permanecieron toda la semana, sin ser vistas por los demás animales durante ese tiempo. Squealer estaba con ellas durante la mayor parte del día. Dijo que les estaba enseñando una nueva canción, para lo cual se necesitaba aislamiento.

Una tarde tranquila, al poco tiempo de haber vuelto las ovejas de su retiro —los animales ya habían terminado de trabajar y regresaban hacia los edificios de la granja—, se oyó desde el patio el relincho aterrado de un caballo. Alarmados, los animales se detuvieron bruscamente. Era la voz de Clover. Relinchó de nuevo y todos se lanzaron al galope entrando precipitadamente en el patio. Entonces contemplaron lo que Clover había visto.

Era un cerdo, caminando sobre sus patas traseras.

Sí, era Squealer. Un poco torpemente, como si no estuviera totalmente acostumbrado a sostener su gran volumen en aquella posición, pero con perfecto equilibrio, estaba paseándose por el patio. Y poco después, por la puerta de la casa apareció una larga fila de tocinos, todos caminando sobre sus patas traseras. Algunos lo hacían mejor que otros, si bien uno o dos andaban un poco inseguros, dando la impresión de que les hubiera agradado el apoyo de un bastón, pero todos ellos dieron con éxito una vuelta completa por el patio. Finalmente se oyó un tremendo ladrido de los perros y un agudo cacareo del gallo negro, y apareció Napoleón en persona, erguido majestuosamente, lanzando miradas arrogantes hacia uno y otro lado y con los perros brincando alrededor.

Llevaba un látigo en la mano.

Se produjo un silencio de muerte. Asombrados, aterrorizados, acurrucados unos contra otros, los animales observaban la larga fila de cerdos marchando lentamente alrededor del patio. Era como si el mundo se hubiera vuelto del revés. Llegó un momento en que pasó la primera impresión y, a pesar de todo —a pesar de su terror a los perros y de la costumbre, adquirida durante muchos años, de nunca quejarse, nunca criticar—, estaba a punto de saltar alguna palabra de protesta. Pero en ese preciso instante, como obedeciendo a una señal, todas las ovejas estallaron en un tremendo balido: « ¡Cuatro patas sí, dos patas mejor! ¡Cuatro patas sí, dos patas mejor! ¡Cuatro patas sí, dos patas mejor!» .

El cántico siguió durante cinco minutos sin parar. Y cuando las ovejas callaron, la oportunidad para protestar había pasado, pues los cerdos entraron nuevamente en la casa.

Benjamín sintió que un hocico le rozaba el hombro. Se volvió. Era Clover. Sus viejos ojos parecían más apagados que nunca. Sin decir nada, le tiró suavemente de la crín y lo llevó hastá el extremo del granero principal, donde estaban inscritos los siete mandamientos. Durante un minuto o dos estuvieron mirando la pared alquitranada con sus blancas letras.

—La vista me está fallando —dijo ella finalmente—. Ni aun cuando era joven podía leer lo que estaba ahí escrito… Pero me parece que esa pared está cambiada. ¿Están igual que antes los siete mandamientos, Benjamín?

Por primera vez Benjamín consintió en romper la costumbre y leyó lo que estaba escrito en el muro. Allí no había nada excepto un solo Mandamiento. Éste decía:

 

TODOS LOS ANIMALES

SON IGUALES,

PERO ALGUNOS ANIMALES

SON MÁS IGUALES

QUE OTROS.

 

Después de eso no les resultó extraño que al día siguiente los cerdos que estaban supervisando el trabajo de la granja, llevaran todos un látigo en la mano. No les pareció raro enterarse de que los cerdos se habían comprado una radio, estaban gestionando la instalación de un teléfono y se habían suscrito a John Bull, Tit-Bits y al Daily Mirror. No les resultó extraño cuando vieron a Napoleón paseando por el jardín de la casa con una pipa en la boca; no, ni siquiera cuando los cerdos sacaron la ropa del señor Jones de los roperos y se la pusieron; Napoleón apareció con una chaqueta negra, pantalones bombachos y polainas de cuero, mientras que su favorita lucía el vestido de seda que la señora Jones acostumbraba a usar los domingos.

Una semana después, una tarde, cierto número de coches llegó a la granja. Una delegación de granjeros vecinos había sido invitada para realizar una visita. Recorrieron la granja y expresaron gran admiración por todo lo que vieron, especialmente el molino.

Los animales estaban escardando el campo de nabos. Trabajaban casi sin despegar las caras del suelo y sin saber a quien debían temer más: si a los cerdos o a los visitantes humanos.

Esa noche se escucharon fuertes carcajadas y canciones desde la casa. El sonido de las voces entremezcladas despertó repentinamente la curiosidad de los animales. ¿Qué podía estar sucediendo allí, ahora que, por primera vez, animales y seres humanos estaban reunidos en igualdad de condiciones? De común acuerdo se arrastraron en el mayor silencio hasta el jardín de la casa.

Al llegar a la entrada se detuvieron, medio asustados, pero Clover avanzó resueltamente y los demás la siguieron. Fueron de puntillas hasta la casa, y los animales de mayor estatura espiaron por la ventana del comedor. Allí, alrededor de una larga mesa, estaban sentados media docena de granjeros y media docena de los cerdos más eminentes, ocupando Napoleón el puesto de honor en la cabecera. Los cerdos parecían encontrarse en las sillas completamente a sus anchas. El grupo estaba jugando una partida de naipes, pero la habían suspendido un momento, sin duda para brindar. Una jarra grande estaba pasando de mano en mano y los vasos se llenaban de cerveza una y otra vez.

El señor Pilkington, de Foxwood, se puso en pie, con un vaso en la mano. Dentro de un instante, explicó, iba a solicitar un brindis a los presentes. Pero, previamente, se consideraba obligado a decir unas palabras.

« Era para él motivo de gran satisfacción —dijo—, y estaba seguro que para todos los asistentes, comprobar que un largo período de desconfianzas y desavenencias llegaba a su fin. Hubo un tiempo, no es que él, o cualquiera de los presentes, compartieran tales sentimientos, pero hubo un tiempo en que los respetables propietarios de la “Granja Animal” fueron considerados, él no diría con hostilidad, sino con cierta dosis de recelo por sus vecinos humanos. Se produjeron incidentes desafortunados y eran fáciles los malos entendidos. Se creyó que la existencia de una granja poseída y gobernada por cerdos era en cierto modo anormal y que podría tener un efecto perturbador en el vecindario. Demasiados granjeros supusieron, sin la debida información, que en dicha granja prevalecía un espíritu de libertinaje e indisciplina. Habían estado preocupados respecto a las consecuencias que ello acarrearía a sus propios animales o aun sobre sus empleados del género humano. Pero todas estas dudas ya estaban disipadas. Él y sus amigos acababan de visitar “Granja Animal” y de inspeccionar cada pulgada con sus propios ojos. ¿Y qué habían encontrado? No solamente los métodos más modernos, sino una disciplina y un orden que debían servir de ejemplo para los granjeros de todas partes. Él creía que estaba en lo cierto al decir que los animales inferiores de “Granja Animal” hacían más trabajo y recibían menos comida que cualquier animal del condado. En verdad, él y sus colegas visitantes observaron muchos detalles que pensaban implantar en sus granjas inmediatamente.

» Querría terminar mi discurso —dijo— recalcando nuevamente el sentimiento amistoso que subsistía, y que debía subsistir, entre “Granja Animal” y sus vecinos. Entre los cerdos y los seres humanos no había, y no debería haber, ningún choque de intereses de cualquier clase. Sus esfuerzos y sus dificultades eran idénticos. ¿No era el problema laboral el mismo en todas partes?» . Aquí pareció que el señor Pilkington se disponía a contar algún chiste preparado de antemano, pero por un instante le dominó la risa, y no pudo articular palabra. Después de un rato de sofocación en cuyo transcurso sus diversas papadas enrojecieron, logró explicarse:

« ¡Si bien ustedes tienen que lidiar con sus animales inferiores —dijo— nosotros tenemos nuestras clases inferiores!» .

Esta ocurrencia les hizo desternillar de risa; y el señor Pilkington nuevamente felicitó a los cerdos por las escasas raciones, las largas horas de trabajo y la falta de blandenguerías que observara en « Granja Animal» .

« Y ahora —dijo finalmente—, iba a pedir a los presentes que se pusieran de pie y se cercioraran de que sus vasos estaban llenos.

» Señores —concluyó el señor Pilkington—, señores, les propongo un brindis: ¡Por la prosperidad de la “Granja Animal”!

Hubo unos vítores entusiastas y un resonar de pies y patas. Napoleón estaba tan complacido, que dejó su lugar y dio la vuelta a la mesa para chocar su vaso con el del señor Pilkington antes de vaciarlo. Cuando terminó el vitoreo, Napoleón, que permanecía de pie, insinuó que también él tenía que decir algunas palabras.

Como en todos sus discursos, Napoleón fue breve y al grano. « Él también — dijo— estaba contento de que el período de desavenencias llegara a su fin. Durante mucho tiempo hubo rumores propalados —él tenía motivos fundados para creer que por algún enemigo malévolo— de que existía algo subversivo y hasta revolucionario en sus puntos de vista y los de sus colegas. Se les atribuyó la intención de fomentar la rebelión entre los animales de las granjas vecinas. ¡Nada podía estar más lejos de la verdad! Su único deseo, ahora y en el pasado, era vivir en paz y mantener relaciones normales con sus vecinos. Esta granja que él tenía el honor de controlar —agregó— era una empresa cooperativa. Los títulos de propiedad, que estaban en su poder, pertenecían a todos los cerdos en conjunto.

» Él no creía —dijo— que aún quedaran rastros de las viejas sospechas, pero se acababan de introducir ciertos cambios en la rutina de la granja que tendrían el efecto de fomentar, aún más, la mutua confianza. Hasta entonces los animales de la granja tenían la costumbre algo tonta de dirigirse unos a otros como “camarada”. Eso iba a ser suprimido. También existía otra costumbre muy rara, cuyo origen era desconocido: la de desfilar todos los domingos por la mañana ante el cráneo de un cerdo clavado en un poste del jardín. Eso también iba a suprimirse, y el cráneo ya había sido enterrado. Sus visitantes habían observado asimismo la bandera verde que ondeaba al tope del mástil. En ese caso, seguramente notaron que el asta y la pezuña blanca con que estaba marcada anteriormente fueron eliminados. En adelante, sería simplemente una bandera verde.

» Tenía que hacer una sola crítica del magnífico y amistoso discurso del señor Pilkington. El señor Pilkington hizo referencia en todo momento a “Granja Animal”. No podía saber, naturalmente —porque él, Napoleón, iba a anunciarlo por primera vez— que el nombre de “Granja Animal” había sido abolido. Desde ese momento la granja iba a ser conocida como “Granja Manor”, que era su nombre verdadero y original.

» Señores —concluyó Napoleón—, os voy a proponer el mismo brindis de antes, pero de otra forma. Llenad los vasos hasta el borde. Señores, éste es mi brindis: ¡Por la prosperidad de la “Granja Manor”!

Se repitió el mismo cordial vitoreo de antes y los vasos fueron vaciados de un trago. Pero a los animales, que desde fuera observaban la escena, les pareció que algo raro estaba ocurriendo. ¿Qué era lo que se había alterado en los rostros de los cerdos? Los viejos y apagados ojos de Clover pasaron rápida y alternativamente de un rostro a otro. Algunos tenían cinco papadas, otros tenían cuatro, aquellos tenían tres. Pero ¿qué era lo que parecía desvanecerse y transformarse? Después, finalizados los aplausos, los concurrentes cogieron nuevamente los naipes y continuaron la partida interrumpida, alejándose los animales en silencio.

Pero no habían dado veinte pasos cuando se pararon bruscamente. Un enorme alboroto de voces venía desde la casa. Regresaron corriendo y miraron nuevamente por la ventana. Sí, se estaba desarrollando una violenta discusión: gritos, golpes sobre la mesa, miradas penetrantes y desconfiadas, negativas furiosas. El origen del conflicto parecía ser que tanto Napoleón como el señor Pilkington habían descubierto simultáneamente un as de espadas cada uno.

Doce voces gritaban enfurecidas, y eran todas iguales. No había duda de la transformación ocurrida en las caras de los cerdos. Los animales asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo; y, nuevamente, del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era uno y quién era otro.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s