La edad del idiota: 28. El faro

Diego M. Rotondo

 

 

28

EL FARO

Junio de 2010.

Vuelvo al Faro después de 20 años. Nada ha cambiado, los caminos siguen siendo de tierra, los carteles, estropeados por el salitre, no se han movido de su sitio. Las casitas de vacaciones regadas al costado de la avenida parecen nichos, sus dueños las abandonan de Marzo a Diciembre, les crecen yuyos por todas partes, las rejas se oxidan y los perros vagabundos aprovechan para dormir en sus frentes. Fuera de temporada, los pueblos costeros se vuelven desolados y tristes. Los lugareños son tan pocos que uno puede dar vueltas durante horas sin cruzarse con nadie. Yo, que soy un tipo bastante taciturno, podría suicidarme en un lugar como este.  Aunque me gusta estar lejos de la gente, preferiría vivir en la zona más bulliciosa de la Capital antes que vivir aquí.

Al llegar al patio redondo que rodea el Faro, estaciono lentamente y me bajo del auto. Hay un par de autos estacionados, pero nadie a la vista, apenas el mar, el mar solitario de aquella noche en donde tuvimos que depender de las luces del coche para poder vernos las caras.

Vengo a buscar algo aquí, un cabo suelto, sé que lo hubo, sé que fui negligente, que en medio de la desesperación, la sangre y la oscuridad, cometí muchos errores. Vengo a saber si entre los restos enterrados hay algo que me involucre, algo que ahora, que han reanudado la investigación, revele mi identidad a través del ADN regado en el cuerpo…

Que trillado me parece todo. Llevo horas intentando escribir la primera página de esta novela. El argumento no es malo, a pesar de que los thrillers están saturados de Faros. Pero como estuve en el lugar, estuve con esas personas, estuve con ella y sé que cualquier cosa pudo haber sucedido, siento que puedo escribir algo contundente. Desgraciadamente hoy mi prosa se cae a pedazos, tengo baches y lagunas. Debe ser que en realidad no me interesa escribir esto. Porque, más allá de todo lo que pasó en aquellas vacaciones, los momentos con Valeria fueron hermosos, salvo por lo que sucedió, lo cual no justifica que la mate. Es natural que asesine gente en mis relatos, gente que he conocido, que me ha atormentado en el pasado o me atormenta en el presente. Por ejemplo, a Ricardo lo he asesinado muchas veces, y de las formas más cruentas. Pero matar a Valeria no me agrada, ella no tuvo la culpa de lo que pasó, solo se dejó llevar. La culpa en realidad fue de Esteban… él debería ser el cadáver de esta historia.

2 de Febrero de 1990.

Es la segunda vez en poco tiempo que me despierto con esta sensación. Otra vez, el estómago ardiendo, la cabeza como una bolsa de agua y los ojos hinchados. Me levanto como si el cuerpo me pesara 200 kilos y salgo de la habitación; son las 11 de la mañana, mamá no está, se fue a la playa; mejor, así no tengo que escucharla chillar. Abro la heladera, saco una botella de agua y tomo desaforado, el agua se cuela por las comisuras de mis labios, cae rodeando mi mentón y gotea sobre mis pies. Estoy descalzo y tengo la mano agarrada a la manija de la heladera. Puedo morir electrocutado en cualquier momento. No me preocupa mucho en realidad. Me quedo un rato sin soltar la manija, desafiando a la muerte. No pasa nada. Cierro la heladera, voy al living y me tumbo en el sillón. No tengo hambre, mi estómago quema y solo pide agua fría. Al costado del sillón hay una mesita con revistas viejas de moda, empiezo a hojearlas sin interés; en una Para Ti hay un catálogo de verano donde aparecen minas en bikini echadas en la arena o saliendo del mar. Se me empieza a parar, agarro un par de revistas y me voy al baño.

Creo que la paja es buena para la resaca. Salgo del baño más despierto, de mejor ánimo y hasta con hambre. Ahora recuerdo que no cené anoche, sólo comí unas papas fritas que nos pusieron con los tragos. Me calzo las ojotas y busco algo para comer en la heladera; me preparo un sándwich de queso y lo devoro en tres minutos. Coloco un cassette de Metallica en el radiograbador y me echo nuevamente en el sillón. Falta poco para que mamá y su mal humor vuelvan de la playa, tengo que aprovechar la paz de este momento. Me acuerdo que Valeria dijo que hoy iríamos a un Faro o algo así, en el auto de su primo. Pero no sé a qué hora, la borrachera me hizo olvidar muchas cosas, a lo mejor Esteban me lo dijo, pero no lo recuerdo. Es mejor que vaya a la playa a ver si lo encuentro.

Apenas cruzo la puerta aparece mamá, trae puesto su sombrero de paja y las gafas de sol, viene cargando la reposera en una mano y la sombrilla en la otra.

—¿Adónde se supone que vas? —me pregunta con cara de culo.

—A la playa.

—Ahora no, vamos a almorzar… además el sol está muy fuerte.

—Ya comí.

—¿Qué comiste?

—Un sándwich de queso.

—Eso no es un almuerzo, ¿no podés esperar un rato y comer algo decente antes de irte con esos borrachos?

—No son borrachos.

—Te trajeron medio muerto anoche… y ellos no estaban mucho mejor.

—Tomamos una cerveza y nos cayó mal…

—Claro, una cerveza… —ríe con sarcasmo y se mete en la casa—. Hay milanesas para comer, ya están rebozadas, solo hay que freírlas… —grita desde adentro.

Creo que puedo esperar un rato. Entro, le doy play al radiograbador y me siento a la mesa.

—¡Sacá esa porquería! —se queja mamá desde la cocina— ¿Qué clase de música es esa?

—Es Trash-metal, ¡y vos no entendés nada de música! —le respondo.

—Trash es basura en inglés. Eso sí lo entiendo. —añade mientras echa las primeras milanesas en el aceite crujiente.

Me levanto, me acerco a la radio y subo el volumen al máximo. Escucho sus gritos pero no alcanzo a entender que me dice. De repente se detiene la música.

—¿Qué pasó?… —pregunto moviendo los cables del aparato.

—Acabo de cortar la luz —dice ella—. Si vos sos malo, yo soy peor.

Estoy a punto de mandarla a la mierda y rajarme a la playa, pero el aroma de las milanesas me atonta como un bálsamo. Murmuro unos insultos y me siento en la silla nuevamente. Mamá gana esta vez.

Comemos en silencio, escuchando el sonido de nuestras bocas masticando la carne. Es un sonido que me perturba mucho, sobre todo el que hace ella. Necesito escuchar algo de fondo o voy a terminar apuñalándola.

—¿Puedo conectar la luz, aunque sea para escuchar la radio? —le pregunto con cara de desahuciado.

—Dale —responde—; pero si volvés a poner ese ruido agarro ese aparato y lo tiro a la basura.

Corro hacia donde está la llave de luz y la conecto. Pongo la radio y seguimos almorzando mientras escuchamos las noticias. El Locutor habla de La Revolución Productiva que propone el nuevo presidente, Carlos Menem, un tipo que me recuerda mucho a un personaje del Planeta de los simios.

—Este tipo nos va a mandar a la ruina… —murmura mamá.

—Si ya estamos en la ruina —le respondo—, tu ídolo Alfonsín nos dejó así.

Mamá da un puñetazo en la mesa y grita escupiendo la comida.

—¡Qué mierda sabés vos de política!… A Alfonsín lo destrozaron los peronistas. Y ahora tenemos a este mamarracho neoliberal, felpudo de los Yankees…

Mamá no termina de comer, se levanta enfurecida y se mete en el baño. No entiendo por qué la gente se pone tan mal con la política. A mí no me parece importante.

Salgo de casa y veo a Esteban y a Augusto que vienen caminando.

—Justo veníamos a buscarte. ¡Sobreviviste! —bromea Esteban.

—Sí… pero nunca más en mi vida vuelvo a tomar un Destornillador. ¿Y Walter?

—Pasamos por su casa —responde Augusto—, su vieja nos dijo que estaba mal de la panza, que no iba a salir en todo el día.

—No me sorprende, tomó casi lo mismo que yo… —comento con cierto orgullo.

—Creo que le gustaste a Vale… —dice Esteban.

—¿Te parece?… —le pregunto con una sensación de vértigo en la panza.

—Sí, nosotros ya habíamos salido un par de veces con ella y sus primos, y nunca se puso tan mimosa con nadie. Transatelá, no seas boludo. Está muerta con vos.

—Sí… no sé… no quiero que sus primos me masacren.

—No te van a decir nada, ya viste lo copados que son.

Esteban me pasa su brazo por encima del hombro; Augusto hace lo mismo y caminamos los tres abrazados. Estos sí que son amigos de verdad; no como los zánganos egoístas de Pedro y Joaquín.

Son las 2 de la tarde y el sol está pegando duro, no me puse remera ni bronceador y ya estoy empezando a notar mis hombros colorados. Nos metemos al agua y nadamos un rato. El bañero aguafiestas aparece de nuevo con su silbato a exigirnos que salgamos de lo profundo. Salimos ayudados por el impulso de las olas y nos echamos boca abajo en la arena como tres lagartijas.

—Te estas poniendo rojo —me dice Esteban examinando mi espalda—. Preparate porque vas a chillar de dolor esta noche.

—Qué bah… no es para tanto —respondo y me coloco boca arriba, mi pecho y mi panza llenos de arena me recuerdan a las milanesas—. ¿Vamos a ir al Faro al final?

—Claro —responde Augusto—. Vamos a encontrarnos en el mismo lugar que ayer y a la misma hora.

—Lo único que me preocupa es el piloto. —comenta Esteban.

—¿Por?

—Porque no tiene carnet de conducir y maneja como un desquiciado.

—Es cierto —añade Augusto—, la otra vez nos trajo de San Bernardo a la Lucila en un minuto con 40 segundos. Lo cronometré y todo.

—Suena divertido. —les digo.

—Morir no es divertido… —dice Augusto, se pone de costado y cierra los ojos.

 

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