Entrevista a Carla Demark por ¨El laberinto de los otros¨

Mary Putrueli

 

 

Carla Demark es una poeta exquisita, comprometida con un mundo que cada vez necesita más de esa poesía que cala en los huesos y arde en la pluma. Luego de haber publicado el poemario Siete mil aleteos, presenta su nuevo libro de cuentos El laberinto de los otros, un recorrido maravilloso por historias de amor, libertades, ausencias, encrucijadas y, sobre todo, verdades que se esconden, que duelen, que dicen y que callan, que se reflejan en el espejo de otros para refractar en uno mismo.

¿Qué connotación tiene para vos “el laberinto”?

En principio, y esto lo cito con una frase de Saramago al comienzo del libro que dice que “la representación más exacta del alma humana es el laberinto y en ella todo es posible”. Yo creo que eso es cierto. Me costó mucho ponerle título a esta obra y cuando lo hice pensé en Sartre quien dijo que “el infierno son los otros”, en el sentido que los problemas aparecen cuando uno entra en contacto con el otro. En realidad, yo no es que me opongo a esto, sino que creo que de los laberintos personales se sale solamente con los otros, con los laberintos de los otros, involucrándose, perdiéndose o siendo interpelado por los otros. Para mí era importante señalar esa idea, de hecho el libro incluye laberintos personales más oscuros, más luminosos, pero en ellos, en general, nadie está del todo solo, y el que lo está siempre termina mal o inventa a alguien a través de la locura o de la fantasía. Pero mí idea es esa, quizás porque en este momento de la sociedad hay (o hubo siempre) una idea de  zafar del dolor, zafar de  involucrarse, recortarse un poco a veces, consciente e inconscientemente. Me gustaba la idea de dejar en claro que la única manera de transitar por la vida, que es al mismo tiempo un laberinto, es acercándonos a la complejidad del laberinto de los otros.

Y de esos otros, ¿cuánto hay de vos?

Hay mucho de mí, en realidad cuando yo lo escribo pienso que los otros somos cualquiera de nosotros, incluso yo misma (en algunos más, en algunos menos). Me parece que hay lugares comunes, por ejemplo los miedos y  cómo nos pueden encerrar, hay otros más vinculados con sentires personales, algunos que tienen más que ver con la empatía respecto de la situación de otro, pero en sí es esa idea: cualquiera de los otros puede ser nosotros.

Nombrabas el miedo, los sentires, la empatía, ¿cuáles son los temas que inspiran o notás que son recurrentes en lo que escribís?

Me gusta la humanidad, me gusta la gente, aprendo de la gente, miro a la gente y a mí misma. Hay muchos cuentos que surgieron observando situaciones cotidianas. “El café de la Avenida Independencia” tuvo que ver con unos señores, ancianos que estaban ahí en ese viejo café de esquina y dijeron “nos vemos mañana a las cinco” y entonces pensé: “estos señores todos los días se encuentran acá a las cinco” y de ahí en más la imaginación hizo el resto. El tema del cuento “Entre las ciénagas”, sobre la inundación, se dio porque tuve gente cercana a la que le pasó algo similar, y a mí me gusta mucho esto del recurso de la exageración, de llevar todo a lo absurdo, o lo fantástico o incluso a lo desesperante para mostrar una realidad, cruel a veces. Por ejemplo, en ese cuento la gente queda completamente desamparada, aunque en algunos casos lo racional diría: “Alguien irá a socorrerlos”, pero para mostrar la desolación que esta gente siente me resultaba necesario dejarlos bien solos. Es un plus que no es necesariamente realista, pero que intenta denunciar el abandono de algunos sectores del país, del mundo o del contexto en el que viven.

Muchos tienen un final que interpela al lector a seguir construyendo.

Sí, me gusta eso. Hay algunos cuentos que tocan el género fantástico, “En el pozo”, por ejemplo, no se sabe quién es este ser, nadie puede pensar que es un hombre que vive bajo la tierra y que sobrevive sin comida ni agua, aunque tal vez volviéndose una metáfora de la angustia pueda despegarse de lo fantástico.

En el caso de “La mujer“ o “Entre las ciénagas” uno siente que el cuento podría seguir con el día siguiente…

Me gusta eso de dejarle algo al lector, de no darle todo resuelto. En algunos sí cierro más, pero me gusta el hecho de presentar una situación que pueda seguir y que no tenga un final establecido, involucrar en eso al lector me interesa. Creo que darle todo cerrado, si bien alguna vez lo hago, aburre más. También hay algunos textos que son más un relato, en el caso de “Mendigos”, por ejemplo, describe una situación bastante cotidiana, pero de todos modos intento sacudir un poco al lector, llevarlo a pensar algunas cosas, porque quizá cuando un cuento cierra muy amigablemente, no te deja pensando en nada, lo disfrutaste y ya está. A mí me gustaría que estas historias vayan un poco más allá del hecho de entretener.

¿A qué se debe la decisión  de ilustrar los cuentos?

Las ilustraciones son de mi hermana Agostina Demark que es una artista plástica maravillosa, desde el principio me gustaba la idea de que los cuentos estuvieran ilustrados, y si bien mi hermana y yo somos distintas en muchos aspectos, tenemos una sensibilidad bastante similar. Ella diseñó la tapa, los dibujos del interior ya los tenía hechos, los fuimos viendo y acomodando juntas, en algunos casos tomamos fragmentos de ellos que pudieran representar mejor a cada cuento. Creo que es un hecho artístico que enriquece el libro y, además, me gusta en lo personal compartirlo con mi hermana, una mujer muy talentosa a quien quiero profundamente, que quizás aún no se animó a darse a conocer del todo como artista.

Ya publicaste un libro de poesía y ahora uno de cuentos ¿dónde te sentís más cómoda?

Sin duda en la poesía, no es algo que elija mucho, me brota, tiene que ver más con lo explosivo, con lo emocional y no tanto con lo intelectual, después en tal caso cuando se pule o se retoca se pone en juego el intelecto. Cuando voy caminando por la calle, por ejemplo, siento que la poesía me habla, me dice ciertas cosas, en cambio el cuento necesita de un trabajo más de elaboración. Sí puede inspirarme una idea pero no es lo mismo, porque el cuento aparece más como un pensamiento que va surgiendo, la poesía es más como un sentimiento, es más irrefrenable, y en mi caso, quizá, más natural. Creo que en este libro cuento y poesía un poco se tocan, porque las historias tienen algo de metafórico y de poético, ya que intento que tengan la capacidad de decir las cosas desde otro lugar, de decir más allá de lo dicho.

¿Sentís que hay un tema predominante a lo largo de todos los cuentos?

Me parece que tienen que ver, en líneas generales, con la elección entre mantenerse a flote en una rutina que a veces puede ser asfixiante, cómoda o incluso aburrida o animarse a enfrentar algunas encrucijadas, algunas decisiones que te corran de esa zona para ir a otro lado que no sabemos bien qué es. En los personajes, en la mayoría de los casos, se ven esos cambios, la valentía, las decisiones personales e íntimas que a veces los hunden y otras veces los conducen a un lugar de crecimiento.

Hay también una presencia fuerte de la libertad, ya sea por la privación de la misma o la búsqueda de ella.

Exacto, es eso. A veces nos creemos libres y estamos repitiendo mandatos, lo que está bien hacer, lo que se debe hacer o lo que está mal, incluso, y hay un punto pequeño donde se puede producir un cambio, sobre todo en los cuentos, no tanto en los relatos. Y esa libertad aparece a veces como una libertad interior, otras como libertad literal y concreta. Quizás en “El arroyo”, por ejemplo, hay algo de la decisión personal, aunque alguien acompaña en eso. La protagonista de la historia va sola, pero se produce un encuentro amoroso y sorpresivo para esta mujer, que ya la empieza a salvar un poco. Se trata de algo de la libertad que se busca y que se encuentra, primero como una decisión personal pero luego es atravesada por otro. Pienso en “El presidario”, más allá de que es un cuento fantástico, el protagonista, en un determinado punto de la historia, busca a una mujer, no la encuentra y luego viene el desenlace, que no se sabe si sucede o no, pero es trágico.

Hay una crítica social también, aunque de manera muy sutil…

Bueno, yo soy de esas que no duerme a veces por las cosas que pasan en el mundo, me pasaba de chica y me sigue pasando, eso que dice Víctor Heredia de que sólo estamos sobreviviendo mientras sucedan ciertas cosas tremendas alrededor, por más que se quiera defender a la alegría, cuidar a los de uno, sentirse tranquilo, hay algo que igual interpela, porque vivimos rodeados de un montón de injusticias y es difícil mantenerse al margen, a mí me es muy difícil. Además, no quiero. Entonces creo que lo de la crítica social fue casi sin proponérmelo, porque los temas que abordo son los que me conmueven, me enojan y sobre todo los que me llenan de impotencia. Así que se cuelan cosas que pienso y que no siempre sé cómo decir. La literatura, el arte en general, permite eso, mostrar en vez de opinar. Intento interpelar, preguntar más que afirmar, por ahí eso es lo que tiene de sutil, para dejar que sea el lector el que piense algo más allá. Claro que hay cosas que digo de forma más consciente que otras, con temas que me tocan de manera más profunda, pero no trato de hacer en un cuento un compendio de valores humanos, porque no se trata de dar respuestas, sino de cada uno busque las propias. En algunas ocasiones son cuestiones con las que yo también lucho cotidianamente y otras que veo en otros o que me preocupan a nivel social.

Pareciera que hay una estructura interna del libro, incluso en la duración de los cuentos, una primera parte más personal, social y la segunda volcada más a lo fantástico o a temas un poco más oscuros ¿fue pensado así?

En realidad lo único que sabía es que quería empezar con “La mujer”, porque me parecía que era el más autobiográfico, o el que podía enganchar más al lector. Aunque “El café de la Avenida Independencia“, es uno de los que más me gusta y por el que recibí hermosas devoluciones. Por otro lado, quería cerrarlo con “Desde la orilla“, porque ahí aparece algo de lo mágico, de lo fantástico, de acceder luego de un eclipse a la interioridad, al laberinto de los otros. Esto último también se ve en  “Mano a mano“, esta chica que está tan sola y angustiada, pero ese contacto con un otro, que no sabemos quién es, pero la rescata.

En cuanto a tus inicios, ¿cuándo supiste que ibas a ser escritora?

La verdad yo no sabía que iba a ser escritora, pero hubo un momento bisagra a mis quince años. Yo escribía poesía como una manera de decirles a los que quería cuánto los quería, y una profesora de literatura, después de darnos un ejercicio me preguntó si yo escribía. A esa altura tenía dos cuadernos, con lo cual le dije que sí y me pidió que se los llevara. A los pocos días, me los trajo de vuelta con anotaciones, comentarios (todavía los tengo), cuestiones a mejorar. Fue la primera vez que sentí que lo que yo escribía podía gustarle a alguien fuera de mis afectos, que lo que yo escribía podía ser tomado en serio, que podría ser considerado literatura.  Y ahí me dije que no iba a dejar de escribir nunca, como vez nuevamente un otro viene a decir algunas cosas. Yo creo que en el juego del escritor lector sucede lo mismo, nadie es escritor si no hay un lector que lo nombre como tal. Yo puedo escribir y tener trescientos libros publicados, pero si eso no le llega a nadie, si no le eriza la piel a nadie, no toca la interioridad ni entretiene a nadie, no soy escritora, solamente escribo libros. Vos fijate que nosotros nacemos y somos nombrados por otros, hay algo que tiene que ver con cómo se construye la singularidad en ese interjuego que está todo el tiempo.

¿Cuáles fueron los autores que te inspiraron o te erizaron la piel a vos?

Kafka sin duda, me parecía que se notaba que era alguien angustiado, el contexto en el que vivía, en las Cartas al padre los vínculos complicados que había tenido en la infancia, mostraba la angustia existencial del hombre atravesado por injusticias, y me conmovió a ese nivel. Después como poeta, me gusta el estilo irreverente de Girondo, González Tuñon, Pizarnik, entre otros; la narrativa de García Márquez, Arlt, Cortázar me entretuvo mucho. Pérez Galdós fue otro autor del cual aprendí mucho sobre el realismo, la necesidad de abundar en detalles para convencer al lector de que lo que se está viviendo podría ser verdad o lo es, y tantos otros más…

Hay un pequeño homenaje a Márquez en “Pasaje subterráneo”.

Sí, mi idea ahí era recrear algo de esa historia en el sentido de ese amor en los tiempos del cólera, complejo, que va y viene a lo largo de toda una vida, cuyos protagonistas terminan por una epidemia atrapados en un barco. Traté de emparentarlo con la epidemia del enojo actual: la cólera como enojo y el cólera como enfermedad. Así entonces, el personaje del cuento entra al subte como muy  tomado por todo lo que nos pasa a veces cuando vamos por Buenos Aires, y nos topamos con determinadas cuestiones y todo se va deteniendo en ese relato interior angustiante y asfixiante del protagonista, cuando se encuentra con esta chica, para luego transitar como en un viaje eterno entre las estaciones, que termina un poco como El amor en los tiempos de cólera, en un vaivén. Quise hacer un pequeño homenaje porque fue uno de los libros que más me enamoró.

¿Cuál sería un libro imprescindible?

Pensaba, sin caer en un lugar común, en El Quijote, pero en términos de un clásico que merece ese lugar, es un libro realmente maravilloso, entretenido, que toca la humanidad, la locura, el amor. Pero de una manera tan inocente que hasta conmueve, divierte, tiene comicidad, tiene un poquito de todo, vos fijate que el protagonista está completamente loco y lo que crea es una maravilla, en ese sentido sí me parece que es una obra que merece su reconocimiento y su valor como clásico, e incluso como retrato humano.

¿Tu libro favorito?

“El amor en los tiempos de cólera”, creo que es el retrato del  amor en su irremediable complejidad, esos vaivenes humanos lejanos a las idealizaciones me parece que son lo más importante que tenemos.

¿Pensaste en escribir una novela?

Sí, pero creo que requiere de una paciencia enorme y sobre todo un gran tema, algo que te convoque y que a vos misma como escritora te entretenga durante tanto tiempo. Todavía no encontré ese tema, seguramente va a tener algo que ver con un aspecto psicológico, que es otra de mis profesiones y me apasiona.

Publicaste un libro de poesía, ahora uno de cuentos ¿qué sigue?

Posiblemente el año que viene publique uno más de poesía, tengo mucho escrito y quiero darle una salida a eso, pero escribir cuentos también me encanta, me gusta transitarlos y, quizá, algún día cuando tenga algo grande que decir sobre algo, llegará la novela.

¿Qué le recomendarías a alguien que empieza su camino en las letras?

Primero que trate de ser auténtico, que no trate de imitar a otro, que trate de buscar la voz propia que es el trabajo más difícil de todos porque esa voz auténtica es lo único que puede hacer que eso escrito pueda llegar a otros. A veces es difícil sacarse la coraza para escribir, pero es necesario.  Que comparta espacios, se junte con pares, porque son ellos los que pueden nutrirnos. Participar en concursos, buscar la mirada del otro, ya que sin duda, escribimos para el otro, de manera consciente o inconsciente, dejamos plasmado nuestro escrito para que otro lo lea.  Pero lo más importante es leer. Estamos en una época en la que se escribe mucho y se lee poco. Esto es una contradicción que los que escribimos tenemos que intentar vencer. Primero porque la lectura es nuestra mejor maestra y segundo porque si no leemos, ¿cómo pretenderemos que otros nos lean? Nuevamente no hay uno sin los otros, no hay escritores sin lectores, no hay amor sin amantes. No hay laberintos, sin los otros.

¿Cuándo se presenta El laberinto de los otros?

El jueves 14 de diciembre a las 18hs, en la Editorial Dunken (Ayacucho 357, Ciudad de Buenos Aires).

 

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