Primera Memoria [Fragmento] (II)

Ana María Matute

 

 

3

No sé si lloraba, porque tenía la cara cubierta de sudor.

—Préstame la barca —dijo.

Creí que latiría en su voz la misma ira de las flores, pero era una voz opaca, sin matiz alguno. De frente me parece que no le había visto nunca. No tenía la cara tan quemada como la nuca. Apenas recuerdo sus facciones, sólo sus ojos, negros y brillantes, donde resaltaba la córnea casi azul. Unos ojos distintos a los de cualquier otro. Era alto y corpulento para su edad, y sólo al mirarlo me pareció que no necesitaba pedirle la barca a Borja: se la podía llevar con sólo adelantar un paso y darle a mi primo un empujón. Las piernas desnudas de Borja y sus pies de dedos largos, con una uña rota en el pulgar derecho, aquellas piernas aún húmedas, con la arena pegada, estaban en un desamparo total, junto a la maciza figura de Manuel. Y Manuel, de pronto, no era un muchacho. No, bien cierto era que (quizá desde el mismo instante en que pidió la barca, en la ensenada de Santa Catalina, con una gaviota chillando destemplada, inoportuna) parecía muy distante su infancia, su juventud, hasta la vida misma. Y no había cumplido, seguramente, los dieciséis años.

El cuerpo del hombre seguía pegado como un marisco a la quilla de la Joven Simón. No recuerdo si tuvimos miedo. Es ahora, quizá, cuando lo siento como un soplo, al acordarme de cómo nos habló. Aún veo los juncos, tan tiernos, brotando de la arena, y el azul violento de las pitas. Una estaba rota, con los bordes resecos como una cicatriz.

Primero creí que eran lágrimas lo que le brillaba en las mejillas. Pero estaba cubierto de sudor y no se podía precisar. Pensé: « ¿Cómo habrá llegado aquí, sin barca?» . Debió descolgarse por las rocas. A pesar del calor dulzón que parecía emanar del suelo y el cielo al mismo tiempo, sentí frío. « Han tirado al hombre, lo han despeñado rocas abajo» . Algo empezó a brillar. Quizá era la tierra. Todo estaba lleno de un gran resplandor. Levanté la cabeza y vi cómo el sol, al fin, abría una brecha en las nubes. Se sentía su dominio rojo y furioso contra la arena y el agua. La gaviota se calló, y en aquel gran silencio (era de pronto como un trueno mudo rodando sobre nosotros) me dije: « Ese hombre está muerto, lo han matado. Ese hombre está muerto» .

(Los Taronjí, Lauro el Chino, Antonia… Y también Lorenza, la cocinera, y Es Ton, su marido. Hacía unos días: « Los han metido en el corral a los cinco. Se subieron al muro los dos Taronjí y sus compañeros los apuntaron con las pistolas. Y ellos sin hablar, callados» . A Lorenza no era sudor, eran lágrimas lo que le caían, oyendo a su marido decir aquello. No sabían que yo fui a buscar las sogas para llevarlas a donde Borja me esperaba. Me metí detrás de la cocina, por el patio. Hablaban en su idioma pero les entendía. Me subí a la escalera corta del cobertizo. Olía muy fuerte a las cenizas para hacer jabón ya las cáscaras de la almendra amontonadas al otro lado. Pasé un dedo por el vidrio roto, sin brillo, gris del polvo y la tierra pegada. Por el agujero la veía sentada, con el cuchillo entre las manos: lo único que flameaba. Tenía los ojos bajos y las gotas brillantes le caían hacia abajo. Yo contenía la respiración, oyendo la voz de su marido, Es Ton. Sólo veía su sombra, que se iba y se venía sobre los ladrillos encarnados del suelo, y el ruido de sus eses silbadas, pues hablaba en voz baja. Y ha dicho la del administrador: ¿Y ése, leyendo todos los días «El Liberal»? Y nunca ponía los pies en la iglesia. Y Taronjí le dio con la culata. Entre tanto los otros querían empujar la puerta. Y mira, mujer, eran como animales; sí, igual que animales. A los tres carboneros les ataron las manos a la espalda y miraban hacia arriba que daba miedo. Entonces dijo el mayor Taronjí: abrid. Y los sacaron. Se montó el pequeño de Riera en el coche, ya sabes, ese coche negro que tienen del Ayuntamiento, y lo pusieron en marcha. Me miró el Taronjí mayor, y me dijo: mejor que te vayas a casa, Ton. Mejor que no mires ninguna de estas cosas. Sabe que ella me defendería, después de todo. ¿No crees que ella me defendería? Siempre le han hecho caso a ella. ¿No te parece? Y, por el tono, yo entendí que ella era mi abuela, que le tendría que defender a Es Ton, de los Taronjí o de alguien. Pero —me dije— a la abuela no le importaba nada de nadie. Y entonces me vio Lorenza, porque crujió la escalera. Tuvo un gran susto, y dijo: « Por Dios, ¿qué hace ahí?, ¿qué hace ahí?» . Y me miraba de un modo raro y me pareció que tenía los labios muy descoloridos y que me llamaba de usted, a pesar de que, cuando no estaba delante la abuela, no lo hacía nunca. Y vi su cara como contraída y que tenía los ojos secos. Por eso me parecía muy raro que hubiera llorado. Su marido, Es Ton, desapareció en seguida: oí sus pasos hacia el patio, como huyendo. Bajé de la escalera y noté que me había metido en la boca alguna semilla que me amargaba mucho).

Era verdad: aquel hombre caído, pegado a la Joven Simón, estaba muerto.

—¿Quién es? —preguntó Borja, con voz enronquecida. Y Manuel contestó:

—Mi padre.

Me volví de espaldas. Estaba sorprendida. Había oído muchas cosas y visto, de refilón, las fotografías de los periódicos, pero aquello era real. Estaba allí un hombre muerto, lanzado por el precipicio hasta la ensenada.

—Se quiso escapar cuando lo llevaban…

Parecía mentira, parecía algo raro, de pesadilla. Pero era Manuel, su hijo, quien lo contaba. Y estaba allí, delante de nosotros, con su sombra alargándose en el suelo, sesgada e irreal. Se veía el temblor de sus piernas, firmemente plantadas, pero hablaba despacio y mesuradamente, con una voz sin brillo. Y era sudor, sudor tan sólo, lo que caía por las mejillas. Una gota que rodaba al lado de su nariz, hasta el labio, brillando mucho, también era de sudor. Ni una, ni una sola lágrima. Y continuó con sus labios blancos, ladeando una mano, para indicar el trayecto del cuerpo, hasta caer allí, marcado aún en la arena.

—Déjame la barca —repitió. Le quiero llevar a casa.

Borja se retiró hacia las rocas. La gaviota volvió a chillar. Nos sentamos muy juntos, tanto que nuestras rodillas se tocaban, detrás de una chumbera. Borja, que estaba muy pálido, se rodeó las rodillas con los brazos, y con la cabeza inclinada miró a través de las anchas palas de la planta. Le imité. Busqué su mano y él retuvo la mía un momento, apretándola mucho. Sus ojos de almendra estaban inundados de sol, como vaciados; y en ellos había un gran estupor, también. Dijo:

—Supongo que por dejarla no hacemos nada malo…

Manuel volvió cara arriba al hombre, y vimos parte de la arena manchada de rojo oscuro.

—¿Desde cuándo estará ahí? —dijo mi primo, muy bajo.

Manuel lo arrastró hacia el borde del mar. El hombre no llevaba calcetines, y asomaban sus tobillos desnudos por el borde del pantalón. Sus zapatos estaban muy nuevos, como si se hubiera puesto la ropa del domingo.

—Sí que es verdad —añadió Borja, mirando como a su pesar, y de lado, por entre los huecos de la chumbera—, sí que es José, su padre. ¡Maldito sea, llevarse así mi barca…!

Y añadió:

—Oye tú: ni una palabra a nadie.

Negué con la cabeza. En aquel momento, Manuel iba por la franja de conchas, que brillaban al resplandor del sol como una inmóvil ola de fuego. El cuerpo las arrastraba y las hundía con su peso, entre un ahogado tintineo. Súbitamente Borja gritó:

—¡Date prisa! ¿O es que quieres que se entere mi abuela?

Manuel no respondió. Por entre las palas verdes cubiertas de púas, veía el temblor de sus piernas. Se había manchado de sangre los costados de la camisa, como si le hubiera querido cargar a hombros y no hubiera soportado el peso. Lo arrastraba como un saco, no podía hacer otra cosa.

Al fin se oyó el chapoteo del agua y el ruido del cuerpo al caer al fondo de la barca. Era un ruido sordo, como sofocado por trapos. Se notaba que era un cuerpo muerto el que caía en la barca. Me incorporé y miré sobre la chumbera. Manuel, con el remo, apartaba la barca de las rocas. Luego se quedó así, en proa, apuntándonos un instante con él como si fuera un arma, mientras la Leontina entraba dulcemente en el mar. El borde del agua se rizaba, blanco, lanzando hacia nosotros combas de espuma, como en un juego desconocido.

El viento comenzó a soplar. Manuel se sentó, y con un solo remo viró hacia la izquierda, hacia el declive.

—Vámonos de aquí —dijo mi primo.

—Suéltame, me haces daño…

Pero no me soltaba. Ya no estaba Manuel, ni nadie, ni la Leontina. Sólo nosotros dos y el viento, que de pronto nos lanzó sobre la cara una onda de arena, que sentimos crujir entre los dientes. Era todo como un sueño, como un gran embuste al estilo de Lauro el Chino. Casi no se podía creer.

Los dos a un tiempo nos acercamos a la Joven Simón, como si deseáramos una prueba de que aquello no era una mentira. Borja se agachó y su dedo recorrió el madero rugoso y quemado, gris por el tiempo. En él se veían la mancha negruzca y los agujeros de las dos balas. Estuvo un rato inmóvil, en cuclillas. Metió el dedo en un agujero, y luego en otro. Al verle hacer esto me acordé de lo que decían de Santo Tomás, que metió los dedos en las heridas de Jesús, para asegurarse de su verdad. Tan irreal parecía todo aquella tarde. Me agaché y le puse la mano en un hombro. Dijo:

—Bueno, supongo que la va a devolver.

—¿Esperamos?

—Sí, ¿qué vamos a hacer, si no? Por nada del mundo debe enterarse la abuela ¡Y no vamos a subir hasta ahí arriba!

Miré hacia lo alto, donde las rocas se oscurecían hasta parecer negras y las pitas tenían un aire feroz, de alfanjes. Mucho más arriba, hacia el cielo, negreaban los árboles.

—Pero podemos volver saltando por las rocas.

—No —se obstinó—. Ha de traer la barca. Se lo he dicho. No se atreverá a desobedecer…

La gaviota pasó sobre nuestras cabezas y nos sobresaltó estúpidamente. Borja empezó a limpiarse la arena de las piernas. Subimos a la Joven Simón, y nos tendimos. El sol enrojecía en un cielo limpio, donde se oían zumbar las moscas y mil insectos. El mar tenía un rumor espeso, monótono.

—Lo peor van a ser las manchas —dijo mi primo.

—Se quitan. Además, ni la abuela ni tu madre vienen aquí, ni se acuerdan siquiera de la Leontina.

Borja estuvo un momento callado, y dijo:

—No es sólo… Bueno, ¿sabes?, nadie debe saber esto. Ni los chicos ni nadie. No se debe ayudar a esa gente. Nadie les ayuda. Hace ya muchos días que recogen ellos solos su cosecha… Todos tienen miedo de ayudarles, porque Malene y los suyos… pues eso, están muy significados, muy mal vistos.

Hizo una pausa, y añadió, siempre mirando a un punto remoto:

—A veces le he visto cavar en su huerto.

—Yo también —dije. Porque, sin nombrarlo, los dos pensábamos sólo en Manuel y no se me borraba su imagen, de pronto muy clara. Sin embargo, antes de aquel día no le di nunca importancia, ni siquiera pregunté a los chicos: « ¿Y ese de la casa de al lado, quién es?» .

—¿Y quién es? ¿Y por qué?

—Eso —Borja hizo un gesto vago con la mano—, que son mala gente. Su padre, ese que han matado, era el administrador del de Son Major… Y dicen que el de Son Major lo casó con su querida, Sa Malene, ya sabes, la madre de Manuel. El de Son Major les dio la casa, los olivos, el huerto… ¡Todo se lo deben a él!

—¿Jorge? —pregunté con malicia, porque sabía que tocaba el punto flaco de mi primo—. Si había alguien a quien mi primo admiraba de lejos era a Jorge de Son Major. Deseaba imitarle, ser algún día como él. Que se contaran de él algún día cosas como las que oíamos de aquel misterioso pariente nuestro, que vivía al final del pueblo, en la esquina del acantilado, retirado y sin ver a nadie, con un viejo criado extranjero llamado Sanamo. Por lo que oí a Antonia y a Es Ton, Jorge de Son Major fue un tipo raro, un aventurero que dilapidó su fortuna de un modo absurdo —según la abuela— en extraños y pecadores viajes por las islas. Pero a los ojos de mi primo era únicamente un ser fantástico. La abuela y Jorge estaban distanciados hacía muchos años.

—Bueno, eso es —dijo mi primo.

—¿Qué hacía José Taronjí?

—Ya te dije que era un mal nacido, un mal hombre. Era su administrador, pero se significó mucho, y supongo que últimamente andaría sin trabajo. Un desagradecido, después de todo lo que hizo por ellos Jorge. Le odiaba, le odiaba con toda su alma. ¡Y el Chino dijo que tenía las listas y que entre todos se repartieron Son Major! Luego, ya lo ves: lo llevarían a alguna parte y se ha querido escapar… Han tenido que matarlo.

De pronto, aquellas palabras cobraron un extraño relieve. Él mismo se debió dar cuenta, porque se calló en seco y su silencio se sentía sobre nosotros. El sol lucía plenamente, y dentro del silencio, durante un rato —de forma parecida a cuando se cierran los ojos y se continúa viendo el contorno luminoso de las cosas, cambiando de color, en el interior de los párpados— oí su voz, que decía: han tenido que matarlo, han tenido que matarlo. Todo el cielo parecía meterse dentro de los ojos, con su brillo de cristal esmerilado, dejando caer el gran calor sobre nuestros cuerpos. Sentí un raro vacío en el estómago, algo que no era solamente físico: quizá por haber visto a aquel hombre muerto, el primero que vi en la vida. Y me acordé de la noche en que llegué a la isla, de la cama de hierro y de su sombra en la pared, a mi espalda.

—Me va a dar una insolación…

Me senté sobre la barca. Borja continuaba tendido, callado e inmóvil. El resplandor me acompañaba aún. Lo tenía tan metido dentro, que todo: yo, las barcas muertas, la arena, las chumberas, parecíamos sumergidas en el fondo de una luz grande y doliente. Oía el mar como si las olas fueran algo abrasador que me inundara de sed. Supongo que así pasó mucho tiempo.

Salté al suelo y me fui hacia las conchas de oro. Entonces Borja me llamó:

—¡Ven aquí, no seas estúpida! Te pueden ver, si alguien pasara por arriba, y es mejor que nadie sepa…

Volví. Él se había echado boca abajo, y metía la mano por la escotilla. Por lo visto, quería hacer como si nada hubiera pasado. Como si lo hubiéramos olvidado, por lo menos.

Sacó los naipes. Nos sentamos con las piernas cruzadas, como solíamos. Encendió la linterna y la colgó del cable. Aún no era de noche. Le gané dos veces, y oscureció. De todos modos, aún le debía dinero. ¡Nunca acabarían mis deudas con él! Borja sacó la botella, pero no teníamos ganas de beber. Dimos un trago, a la fuerza, y la volvió a guardar. Era el horrible licor dulce, empalagoso. No se veía ya. La linterna, amarilla, como una lengua luminosa, aparecía rodeada de insectos ansiosos, chocando unos con otros. Los mosquitos nos picaban, y de cuando en cuando se oían nuestros manotazos en brazos y piernas. De pronto, dije:

—¿Desde cuándo son así?

—¿Quiénes?

—Esos… ¿desde cuándo piensan de ese modo?

—Qué sé yo. Están llenos de rencor. El Chino dice… Tendrán envidia, porque nosotros vivimos decentemente. Están podridos de rencor y de envidia. Nos colgarían a todos, si pudieran.

Era un tema que siempre me llenaba de zozobra, porque mi padre, al parecer, estaba con ellos, en el otro lado. Borja me mortificó alguna vez con alusiones a mi padre y sus ideas. Pero Borja parecía haberlo olvidado en aquel momento. Continuó:

—Fíjate si son de mala especie: él les estuvo favoreciendo tanto —(y yo noté cómo, tozudamente, al hablar de ellos, sólo pensaba en José Taronjí y su familia)

—. Y a Manuel le tenía en un convento, viviendo y estudiando. Todo pagado, todo… Bueno, no sé ni cómo tienen cara para salir de casa. Y aún, mi padre, jugándose el pellejo por culpa de gente así. Mi padre luchando en el frente contra esa gentuza… Y yo aquí, tan solo.

Dijo estas últimas palabras deprisa, casi en voz baja. Era la primera vez que le oía aquella frase: tan solo. Fue extraño. Claro que no nos veíamos las caras, apenas las manos, por culpa de la linterna. Y era así, en la penumbra o en la oscuridad —como cuando saltábamos a la logia por las noches, en pijama, para seguir una partida interrumpida o para hablar y hablar—, cuando él descomponía un tanto su aire perdonavidas y orgulloso. Me pareció que era verdad, que estaba muy solo, que yo también lo estaba y que, tal vez, si no hubiera sido por aquella soledad, nunca hubiéramos sido amigos. No sé qué diablo me picaba a veces —como cuando estaba en Nuestra Señora de los Ángeles—, que si algo me arañaba por dentro me empujaba a la maldad. Sentí ganas de mortificarle:

—No te quejes, tienes a Lauro el Chino.

No me contestó y sacó los cigarrillos. En la oscuridad brilló la llamita de la cerilla.

—Dame uno —pedí, a mi pesar, pues siempre me los regateaba.

Sin embargo, me lo dio. Era un tabaco negro y amargo, que compraba en el Café de Es Mariné.

—De los otros.

Con sorpresa, vi que rebuscaba en la caja y me dio uno de los codiciados Muratis de la tía Emilia. Fumamos en silencio, hasta que dijo:

—¿Tú crees que es malo?

—¿El qué?

—El dejarle la barca.

Lo pensé un momento:

—A la abuela no le gustaría. Ni a Lauro.

—¡Bah, Lauro!

—Siempre dice que los odia. Siempre viene con las historias de sus crímenes, y todo eso.

—Eso dice, pero no lo creo. ¿Sabes? Es como ellos. Igual. Igual que ellos. Está lleno de envidia… Yo sí les odio. Les odio de verdad.

Me di cuenta de que su voz temblaba ligeramente, como si estuviera asustado de algo. Aplastó su colilla contra el borde de la barca.

—Vámonos. Ése no vuelve… es muy tarde.

—¿No vamos a esperarle un poco más? Ahora será peor subir ahí.

—Seguiremos las rocas de la costa… ¡Es un cerdo, ése! Ven, date prisa. Lauro estará medio muerto, escondiéndose de la abuela.

Dijo esto con una risita demasiado chillona. Y añadió, como para él:

—¡Me las pagará ese chueta!

Guardó todas las cosas en el impermeable viejo, y prendió de nuevo la llave de la caja a la cadena de su medalla. (Teníamos medallas gemelas, de oro, redondas y con la fecha del día de nuestro nacimiento, regalo de la abuela. La suya representaba a la Virgen María, la mía a Jesús. No nos la quitábamos jamás del cuello, ni para dormir. « Es igual que la mía» dijo él, el primer día que las vimos el uno en el otro. « Con otro Santo…» . Estuvimos mirándolas, la mía en su mano, la suya en la mía. Era como si de verdad, por un momento, fuéramos hermanos).

Borja cogió una vara del suelo y golpeó con rabia los juncos. Se oía el golpe seco, el ruido del mar, las olas estrellándose en el acantilado. Me ayudó a trepar a las rocas, y me arañé las piernas y los brazos. Pero con Borja era inútil quejarse. Insinué:

—Será más largo por aquí…

—Si quieres, vete —contestó, de mal tumor.

Pero él sabía que yo no tenía más remedio que seguirle. Me pregunté por qué razón nos dominaba a todos: hasta a los mismos de Guiem, que siempre aceptaban sus treguas. El cielo aparecía poblado de estrellas grandes, y nacía una luz violeta. Lentamente, del mar, subía un resplandor verdoso. De cuando en cuando, Borja me daba la mano. En un punto en que las rocas estaban mojadas, Borja resbaló. Le oí una maldición.

—Si supiera la abuela que hablas así —dije—. ¡Ni siquiera puede imaginárselo!

—La abuela no se imagina nada —contestó, misteriosamente.

Se paró y se volvió hacia mí. Me enfocó la cara con la linterna y volvió a reírse de aquella forma casi femenina que tanto me irritaba. Dijo:

—Bueno, estoy pensando una cosa: ¿qué va a ser de ti? ¡A los catorce años, fumando y bebiendo como un carretero, y andando por ahí, siempre con chicos! Tampoco lo sabe la abuela, ¿verdad?

Procuré sonreír lo más parecido a él.

—Así es, así es.

Busqué algo con que pudiera sorprenderle, y súbitamente se me ocurrió.

—También mi padre se juega la vida por culpa vuestra.

A su pesar, se quedó cortado. Bajó la luz, y, deslumbrada, distinguí su silueta oscura, rodeada de una aureola.

—Ah, bien, bien. ¡Conque estás con ellos!

No contesté. Nunca me lo había preguntado. La verdad es que yo misma estaba sorprendida de lo que dije. Algo había que me impedía obrar, pensar por mí misma. Obedecer a Borja, desobedecer a la abuela: ésa era mi única preocupación, por entonces. Y las confusas preguntas de siempre, que nadie satisfacía. Sin saber por qué, volvían de nuevo a mi recuerdo las sombras de los hierros forjados y las hormigas en la pared. En lo que me rodeaba había algo de prisión, de honda tristeza. Y todo se aglutinaba en aquella sensación de mi primera noche en la isla: alguien me preparaba una mala partida, para tiempo impreciso, que no sabía aún. A mi izquierda las rocas se alzaban, negras, hacia la vertiente de las montañas y los bosques. Abajo brillaba el mar. Volví a sentir, como tantas otras veces, un raro miedo. No podían dejarme así, en medio de la tierra, tan despojada e ignorante. No podía ser.

—Evidente —dije.

(Era una palabra que oía mucho a Lauro el Chino, cuando hablaba con la abuela). Borja trazó un círculo de luz. Luego me pasó la mano por la cara, con un gesto irritante. Sentí el roce de su mano en la mejilla y en la frente. Sabía que lo hizo así con Guiem, para humillarle, cierta vez en que pelearon y pudo atraparlo contra el muro.

Le insulté con una palabra cuyo significado desconocía. Su mano se detuvo en seco.

—Tu papá te enseñaría estas cosas, ¿verdad?

Sentí deseos de mentir. De inventar historias e historias malvadas de mi padre (tan desconocido, tan ignorado; ni siquiera sabía si luchaba en el frente, si colaboraba con los enemigos, o si huyó al extranjero). Tenía que inventarme un padre, como un arma, contra algo o alguien. Sí, lo sabía. Y comprendí de pronto que lo estuve inventando sin saberlo durante noches y noches, días y días. Sonreí con suficiencia:

—¡Qué sabrás tú! Te crees muy listo, y … ¡Bah, si supieras la pena que me das! Eres muy inocente. ¡Lo que yo te podría contar!

Me iba acostumbrando otra vez a la oscuridad, y vi el brillo de los ojos de Borja. Me cogió por un brazo y me zarandeó.

En aquel momento no le odiaba, ni sentía por él el menor rencor. Pero una vez lanzada me era muy difícil detener la lengua. Dije:

—Eres un infeliz.

—Infeliz y todo —contestó— tú me obedeces. Y pobre, pobre de ti, como no lo hagas.

Acercó su rostro al mío. Noté que se empinaba sobre las puntas de los pies, porque si algo había que le mortificara era mi estatura. Demasiado alta para mi edad, le rebasaba a él y a todos los muchachos de ambos bandos. (Creo que esto no me lo perdonó nunca).

—¿Qué hace Lauro el Chino? —dijo burlonamente—. ¿Qué hace conmigo, mi profesor y preceptor?

—Te vales de cosas feas como la del pobre Lauro… ¡Le tienes cogido!

—¿Tú qué sabes de esa historia?

Procuré reír con aire de misterio, como hacía él a menudo, porque realmente no sabía nada. Y fanfarroneé:

—Me iré pronto de aquí. Más pronto de lo que os imagináis todos.

A su pesar, estaba intrigado.

—¿Cuándo?

—No te lo pienso decir. Hay muchas cosas que tú no sabes.

—¡Bah!

Se volvió de espaldas y echó a andar de nuevo, fingiendo desinteresarse de mis palabras. La luz amarilla de la linterna lamía despaciosamente los hoyos y las quebraduras de la roca. Con gran cuidado seguía la silueta de sus tobillos finos y de sus pies, para poner los míos en el mismo sitio.

Cuando llegamos al fondo del declive era ya de noche. Bajamos de un salto al embarcadero, y Borja se apresuró a iluminarlo con su linterna. Atada, en su lugar, estaba la Leontina.

—La ha traído… ¡Mírala, Borja, ahí está!

—¿Por qué no la llevó a Santa Catalina, como le mandé?

Y dando media vuelta subió precipitadamente las escalerillas.

El declive tenía algo solemne en la noche. Las piedras de los muros de contención blanqueaban como hileras de siniestras cabezas en acecho. Había algo humano en los troncos de los olivos, y los almendros, a punto de ser vareados, proyectaban una sombra plena. Más allá de los árboles, se adivinaba el resplandor de los habitáculos de los colonos. Al final del declive la silueta de la casa de la abuela era una sombra más densa. El cielo tenía un tinte verdoso y malva.

Se oía el ruido del agua contra los costados de la Leontina. Apenas trepamos unos metros, Borja enfocó hacia el primer olivo. Sentado, amarillo bajo el foco de la luz, esperaba pacientemente el Chino.

—¡Ah! —dijo mi primo—. ¡Está usted ahí! Cuando se le descubría de improviso, había en el Chino algo oscuro y concentrado que atemorizaba.

—Diremos a su señora abuela que estuvimos paseando… Era una hermosa tarde para dar clase al aire libre. ¿Están conformes?

Borja se encogió de hombros. Subimos en silencio, y miré con un vago temor hacia la derecha del declive, donde el huerto de Manuel y el bloque blanco de su casa rodeada de un muro bajo. Manuel Taronjí, Sa Malene, los pequeños María y Bartolomé. Estaría el muerto con ellos… Me estremecí, y me paré entre los árboles. Habíamos entrado en la zona de los almendros. Un olor penetrante subía de la tierra, y allá lejos, a la derecha, como una estrella opaca, brillaba la luz de un candil o de un farol. « La casa de Manuel», me repetí.

—Vamos, deprisa, por favor —insistió el Chino, con voz ahogada.

Las ventanas de las casas de los colonos estaban encendidas, y seguramente la abuela espiaría desde su gabinete con sus gemelos de teatro. Sentí una sorda irritación contra ella. Allí estaría, como un dios panzudo y descascarillado, como  un enorme y glotón muñecazo, moviendo los hilos de sus marionetas. Desde su gabinete, las casitas de los colonos con sus luces amarillas, con sus mujeres cocinando y sus niños gritones, eran como un teatro diminuto. Ella los envolvía en su mirada dura y gris, impávida. Sus ojos, como largos tentáculos, entraban en las casas y lamían, barrían, dentro de las habitaciones, debajo de las camas y las mesas. Eran unos ojos que adivinaban, que levantaban los techos blancos y azotaban cosas: intimidad, sueño, fatiga.

Llegamos al nivel de las casas de los colonos. A través de una puerta con la cortina medio descorrida se filtraba la luz, y me dije: « Éstos lo saben todo lo de José Taronjí» . Había algo que flotaba en el calor, en los mosquitos brillantes, hasta en el estrépito de un cacharro que se rompió en la casa sin que le siguiera ninguna voz malhumorada, en el chorro de agua cayendo contra la tierra. Todos los ruidos me afirmaban en la misma idea, « Lo saben, lo saben lo de José Taronjí» . Miré otra vez hacia la derecha. Desde aquella altura ya no se distinguía la lucecilla de la casa de Malene, a quien recordé vivamente, en un momento. Es decir, más que a ella misma, a su cabello. (Un día, junto al muro de su casa, mientras ella sacaba agua del pozo, la contemplé de espaldas, inclinada. El cabello se le había soltado. Era una mata de cabello espeso, de un rojo intenso, llameante; un rojo que podía quemar, si se tocase. Más fuerte, más encendido que el de su hijo Manuel. Era un hermoso cabello liso, cegador bajo el sol).

4

Algo había ocurrido. La abuela no estaba sentada en su mecedora del gabinete, junto a la ventana abierta, y la mecedora, al impulso de la brisa, se balanceaba blandamente.

Todos estaban abajo, en la sala grande, junto a la logia. Cuando entramos, la abuela nos miró a los tres con dureza: primero a Lauro el Chino, luego a Borja, por último a mí.

—¿Dónde estuvieron ustedes hasta tan tarde? ¿Cómo no dijeron que salían de casa?

Antes de que el Chino pudiera contestar, ella solía reprenderle de una manera fría, sin mirarle a la cara, como si se dirigiera a otra persona. Dijo que no debíamos llegar a horas tan avanzadas, ni salir de la casa sin su permiso. El Chino escuchaba y asentía con la cabeza débilmente. Junto a la puerta, Antonia permanecía quieta, inexpresiva, con los ojos fijos y los labios apretados. Llevaba delantal negro, de raso, en anchos pliegues, y un cuello de encajes que se hacía ella misma. Imaginaba su corazón golpeando fuerte bajo el vestido negro, cada vez que la abuela reprendía a su hijo, pero estaba tan quieta e impávida que parecía no oír nada, ni ver la cabeza inclinada de Lauro. Mi abuela, sentada en su sillón, hablando con dureza, masticaba una de sus innumerables grajeas medicinales. El escote de su vestido enmarcaba pliegues y frunces en torno a su garganta, ceñida por una cinta de terciopelo. Desbordando la cinta, en su cuello se formaban también pliegues y frunces hacia la barbilla. Parecía hecha con un apretado nudo alrededor del cuello: de un lado la cabeza, de otro el cuerpo, como dos bolsas; de una materia la cabeza, de otra el tronco. Tenía aún en la mano uno de sus frasquitos de color ambarino, de donde tomó la pastilla. A su lado, majestuoso como siempre, se sentaba mosén Mayol, el párroco de la Colegiata. Mosén Mayol jugueteaba distraídamente con una copa de cristal azulado con iniciales opacas, como de luz de lluvia, hermosamente perlada. Las noches transparentes bebía licor de naranja, lúcido como agua, y Pernod los días nublosos, porque decía que las bebidas tenían gran relación con la atmósfera o el color del cielo. (Amontillado para el gran sol, prístinos o melancólicos licores al atardecer). Cuando lo decía, yo notaba violentos perfumes en el paladar y casi un ligero mareo. Encima de mi abuela y de mosén Mayol, en su gran cuadro, estaba el abuelo, con su uniforme de algo importante —nunca lo supe de fijo, aunque supongo me fue repetido muchas veces— y la banda azul o encarnada (no recuerdo exactamente). Sobre la mesita, en su marco de plata, la fotografía de tío Álvaro. Se parecía a Borja, a pesar de su dura fealdad. (Ellos: el abuelo y tío Álvaro, estaban en la sala casi físicamente: no se podía prescindir de sus ojos, de sus mandíbulas —ancha y fofa, una; aguda y cruel la otra—, siempre que nos reuníamos en aquella estancia. Participaban de nuestras reuniones siempre, se diría, el rostro del padre de Borja, largo, enjuto, con su gran boina de carlista y la cicatriz en la comisura derecha, y todos los demás retratitos de expríncipes, aspirantes a reyes o exinfantes, dedicados al tío Álvaro). La tía Emilia, sentada un poco aparte, cerca de la logia, levantaba con una mano la cortina. Afuera, estaba oscuro. Sólo en el jardín brillaban las lucecillas de las luciérnagas. La tía Emilia estaba siempre así: como esperando algo. Como acechando. Como si estuviera empapada de alguna sustancia misteriosa y desconocida. « Como un gran bizcocho borracho —pensé, en alguna ocasión— que parece vacuo e inocente, y sin embargo está empapado de vino» . La tía Emilia hablaba muy poco. Borja decía a veces: « Mamá está triste, está preocupada por papá» . Ella y su marido eran para mí, entonces, como un misterio que no podía comprender. Excepto tocar malamente en el piano, casi siempre las mismas piezas, nunca la vi hacer nada. Ni siquiera leía los periódicos y revistas de que se rodeaba amontonadamente: los ojeaba, distraída, y bien se notaba, si permanecía rato y rato con los ojos sobre una fotografía, que su pensamiento estaba lejos. Tenía los ojillos azules, con la córnea rosada, y no cesaba de espiar por las ventanas o de mirar hacia el patio por el hueco de la escalera. En alguna ocasión, yo pensé: «No está triste» . A veces iba a la ciudad por la mañana y volvía por la noche. Solía traerme algún regalo, y recuerdo que en uno de estos viajes me compró unos pijamas de seda, muy bonitos, gracias a los cuales pude desterrar los horribles camisones del Colegio. Trataba a la abuela con la misma suavidad que Borja. Se hacía raro pensar que amaba al tío Álvaro. Él parecía estar allí, en su fotografía, con las condecoraciones, pero sabíamos que estaba en el frente, « Matando enemigos y fusilando soldados, si se desmandan» . (Borja lo decía: « Mi padre es coronel y puede mandar fusilar a quien le parezca» ). Pero era como un muerto, realmente. Tan muerto como el mismo abuelo. Desde hacía dos meses apenas sabíamos de él: telegramas, vagas noticias, sólo.

Mosén Mayol abrió el periódico y señaló los titulares. Se acababa de conquistar otra ciudad. Lauro el Chino se ruborizó:

—Ha caído… ha caído… —dijo.

Empezaron a hablar todos a un tiempo. La abuela sonreía, enseñando los dientes caninos, cosa poco frecuente, ya que cuando sonreía, de tarde en tarde, solía hacerlo con la boca cerrada. Así, con el labio encogido sobre los afilados dientes, tenía el mismo aire de Borja, en su segunda vida, muros afuera de la casa. « Acaso también la abuela esconda otra vida, lejos de nosotros» . Pero no me la imaginaba compadreando canallamente con los del pueblo.

De afuera llegó algo como un rumor, bajo y caluroso, y se alzó la cortina. Sobre la mesita, los periódicos adquirieron vida súbita, volaron sus extrañas alas y se debatieron bajo la mano del párroco, que cayó plana y pesada sobre ellos.

—Viento —dijo la abuela—. ¡Se levanta el viento otra vez! Me lo temía.

La abuela conocía el cielo, y casi siempre adivinaba sus signos. A la tía Emilia le fue la cortina hacia la cara, y las dos lucharon torpemente. La cortina parecía algo vivo, y se enzarzaron en una singular batalla. Borja corrió a su lado, y la libró del engorro. Estaba muy pálida y sus labios temblaban. Miré al jardín. Allá abajo corrían dos papeles arrugados, persiguiéndose como animales. La abuela seguía hablando, a mi espalda:

—Mañana, a las once, mosén Mayol oficiará un Te Deum. Todos en esta casa acudiremos a Santa María a dar gracias a Dios por esta victoria de nuestras tropas…

La lámpara empezó a oscilar, y la abuela dijo:

—Cerrad ese balcón.

Lauro el Chino se acercó al balcón. Su perfil amarillento se alzaba hacia el cielo, más allá de los arcos de la logia. Luego, extendió los brazos en cruz hacia los batientes. La tía Emilia fue a sentarse junto al vicario.

Borja me ofreció una silla y se quedó a mi lado, en pie, como un soldadito. Su pelo aún estaba húmedo, recién peinado. Quieto, erguido y fino, mirando hacia la abuela con sus enormes ojos verde-pálido. El bastoncillo de bambú resbaló y cayó al suelo. Borja se precipitó a recogerlo. La luz brilló en el puño y su reflejo recorrió la pared, raudo, como un insecto de oro.

Antonia abrió de par en par las puertas del comedor. La cena estaba ya servida. Nos acompañaban el médico —que era viudo—, el párroco, el vicario y Juan Antonio. Juan Antonio era algo mayor que nosotros, pero nadie lo hubiera dicho por su estatura. Muy delgado y de piel verdosa, tenía los ojos muy juntos. Sobre su labio negreaba una repugnante pelusa, y sus manos, chatas y gordezuelas, estaban siempre húmedas. Se confesaba tres o cuatro veces por semana, y luego meditaba largo rato con la cabeza entre las manos, cara al altar. (Un día le vi llorar en la iglesia. Borja me dijo: « Cuando le da así es que ha pecado mucho. Ése es un gran pecador» . Y aclaró luego: « Peca mucho contra el sexto mandamiento, ¿sabes? Es muy deshonesto y seguramente se condenará. Va y se confiesa, pero él sabe muy bien que volverá a pecar, porque no tiene más remedio. El demonio le tiene bien atrapado» . « ¿Cómo sabes tú todo eso?» le dije. « Hablamos a veces… Pero yo —aclaró— estoy a salvo de todas esas cosas» . Se puso a reír con malicia, y yo también reí, procurando entrecerrar los ojos como él). Y allí estaba Juan Antonio, serio y taciturno, como siempre acechado por su Amigo-Enemigo el Diablo. Era glotón y comía muy mal. Se manchaba el borde de los labios y daba náuseas mirar hacia él, pero no se podía dejar de mirar. Y era el compañero y mejor amigo de Borja. Porque Borja decía que era muy inteligente, más que Carlos y Salvador, los hijos del administrador.

A causa del viento, cerraron las ventanas y hacía mucho calor. La frente de mosén Mayol aparecía rodeada de gotitas brillantes, como una corona. El párroco era alto y muy hermoso. Tendría unos cincuenta años, el pelo blanco y grandes ojos pardos. El Chino se ruborizaba cada vez que le dirigía la palabra. Mosén Mayol se llevaba la servilleta a los labios con mucha delicadeza, y daba en ellos un golpecito suave. Mosén Mayol poseía un gran sentido de la dignidad, y a mí me parecía el hombre más guapo y elegante que vi jamás. « Es muy hermoso —decía la abuela—. Oficia con la dignidad y majestad de un Príncipe. ¡Nada hay comparable a la Liturgia Católica!» . Y al decirlo parecía augurarle un futuro de grandes posibilidades: cuando menos un cardenalato. Mosén Mayol vestía hábitos de tela gruesa, que descendían en pliegues generosos y producían, al andar, un frufrú inconfundible. No era hijo de la isla, y caminaba con lentitud y cierto abandono. Todos decían que era un hombre muy culto. Cuando venía a comer —lo que sucedía con frecuencia— se paseaba después largo rato por la logia, leyendo su breviario, con Borja a su lado, quisiéralo o no. A mí, casi nunca me dirigía la palabra, pero a menudo sentí la desaprobadora mirada de sus ojos dorados, fríos y relucientes como dos monedas. En las contadas ocasiones en que me dijo algo, lo hizo a través de la abuela o de Borja. Sentía un gran respeto en su presencia, casi temor, y creo que nunca le vi sonreír. La abuela decía que era un gran amante de la música, y la tía Emilia hablaba con él, a veces, de raras y antiguas partituras y otras cosas así, que nosotros no comprendíamos. Casi llegué a compadecer a mosén Mayol las veces que la madre de Borja se decidió a aporrear el piano en su presencia. Bien se adivinaba entonces una luz de martirio en su mirada. Mosén Mayol tenía la voz muy bien timbrada, y su fuerte, según decía el Chino, era el canto gregoriano: « Oírle es asomarse a las puertas de la Gloria» .

Aquella noche paró el viento, y cuando me asomé al declive, a punto ya de meterme en la cama, subía de la tierra un fuerte olor. Abajo el mar relucía. De pronto una luz lechosa salió de tras las nubes, y vi acercarse hacia nosotros una cortina de lluvia.

Llovió toda la noche, hasta el amanecer.

5

Cuando desperté, aún sin abrir los ojos, noté que no estaba sola. Sentía un roce, un murmullo como de alas. Lentamente abrí los párpados, con la cabeza vuelta hacia la pared, inundada de un resplandor amarillo. El sol entraba a franjas por aquellas persianas que me angustiaban, porque no se podían cerrar. (La primera mañana que desperté en aquella habitación, al entrar la luz perlada del alba por las rendijas, me levanté, fui a cerrarlas, y no pude; sentí un gran ahogo, y, desde entonces, me costó mucho acostumbrarme al amanecer).

Antonia estaba junto a la ventana, con el periquito Gondoliero, dándole mijo de su mano. Me volví despacio a mirarla. Ella me miró también, en silencio, y me incorporé. Me vi en el espejo del armario, partida por la blancura de las sábanas, con el cabello suelto y el sol arrancándole un rojo resplandor. Antonia dijo:

—Vamos, niña, es tarde…

Me eché hacia atrás. Añadió:

—Antes miraba cómo dormías, y me acordaba de tu madre.

Me molestaba que alguien me viera dormir, como si fuera a descubrir mis sueños estando prendida en ellos, tan terriblemente indefensa. Me irritó oírle decir:

—No te pareces a tu madre, pero cuando duermes sí. Cuando duermes, Matia, creo estar viéndola.

Gondoliero empezó a musitar cosas, con vocecilla curruscante, y Antonia le pasaba el dedo, con inmensa delicadeza, por la cabecita rayada.

—Estás delgada, niña, tengo miedo de que estés enferma.

—¡No lo estoy !

—Pero te he oído gritar —seguía, machacona, con su voz baja y humilde—. Has estado gritando…

—Bueno, ¿y qué? Siempre he gritado por la noche, Mauricia ya lo sabía, y no hacía caso.

Gondoliero huyó de su mano, dio dos vueltas en un vuelo bajo, torpe, y se posó sobre el dosel de la cama. Parecía una flor viva y angustiosa. Levanté un brazo, para alejarlo de allí, y también mi brazo brilló, atravesado por una faja de sol. En la habitación, que fue antes de mi madre, todos los muebles eran de caoba rojiza, muy brillante, con un resplandor como de cerezo.

—¿Sabes? —continuó ella—. Tu madre también gritaba.

« Mi madre, siempre ese cuento. ¡Mi madre era una desconocida! ¿A qué vienen siempre a hablarme de ella?» . Salté al suelo, y extendí los pies al sol que manchaba el entarimado. Estaba caliente.

Oí cómo se abría la puerta suavemente, y entró tía Emilia.

—Date prisa, Matia —dijo.

Fue hacia el espejo, y Antonia empezó a recoger mis vestidos, esparcidos por el suelo. Pero yo sabía que escuchaba atentamente: casi se advertía en su oreja, como un caracol de cera, mientras tía Emilia se miraba al espejo, pasándose las manos por las mejillas, como si buscara ávidamente sus primeras arrugas. Entonces me parecía una mujer madura, pero debía tener, a lo sumo, treinta y cinco años. Su cabello era rubio, liso y muy brillante. Tenía las caderas anchas, como las mandíbulas. No era bonita pero sí muy suave, y solía estar distraída o ensimismada, como si siempre se preguntase alguna cosa que la mantenía en su continuo asombro.

El Santo desfallecía en la hornacina, entre nardos y lirios de cera, los ojos de cristal implorante. Las velas, medio derretidas, se retorcían en los pequeños candelabros, y una araña se deslizó, parda y cautelosa, pared arriba.

—Date prisa —repitió, distraída—. La abuela te regañaría si supiese que aún estás en la cama.

Salió de la habitación. Siempre hacía cosas así: entraba, salía, hablaba sin mirar a la cara, con aire de sonámbula. « Es como un fantasma» .

Antonia entró en la pieza contigua, que era el cuarto de baño. Nunca vi un cuarto de baño como el de la casa de la abuela: una grande y destartalada sala con extraños muebles de madera oscura y de mármol. El enorme lavabo, con su gran espejo inclinado, donde me retrataba en declive, como en un raro sueño, mirándome yo misma de arriba a abajo, más parecía un armario ropero. Tenía estantes de cristal verdoso, cubiertos de botellas y frascos vacíos. Un ruido lúgubre barboteaba en las deficientes cañerías de agua, tibia en verano, helada en invierno. El mármol rojizo del lavabo, veteado de venas sangrientas, y el negro de la madera con entrelazados dragones de talla que me llenaban de estupor, es uno de los recuerdos más vivos de aquel tiempo. Los primeros días de mi estancia pasaba mucho rato en aquel extraño cuarto de aseo —como siempre le llamaba Antonia—, pasando el dedo por entre los resquicios de maderas y mármoles horriblemente combinados, en los que siempre había polvo. La bañera era vieja y desportillada, con patas de león barnizadas de blanco amarillento, y tenía grandes lacras negras, como estigmas de una mala raza. En las paredes resaltaban manchas de herrumbre y humedad formando raros continentes, lágrimas de vejez y abandono. El agua verdaderamente caliente tenía que subirla Antonia en jarras de porcelana, desde la cocina. Oí cómo trajinaba y la imaginé, como siempre, entre nubes de vapor que empañaban el espejo y le daban un aire aún más irreal y misterioso. « Alicia en el mundo del espejo» , pensé, más de una vez, contemplándome en él, desnuda y desolada, con un gran deseo de atravesar su superficie, que parecía gelatinosa. Tristísima imagen aquella —la mía—, de ojos asustados, que era, tal vez, la imagen misma de la soledad.

Antonia volvió arrebolada, con Gondoliero, desesperadamente azul, sobre su hombro derecho.

Sentada al borde de la cama, balanceé las piernas. La cama alta, como colgada del techo, me producía vértigo. En la hora del duermevela la imaginaba como una barca flotando en un mar de niebla, en ruta hacia algún lugar al que no deseaba ir. Llevaba aún el camisón áspero, blanco, del Colegio de Nuestra Señora de los Ángeles, con sus números bordados en rojo sobre el hombro derecho: 354, 3.º A. Parecía un piso. Las sombras de Antonia y Gondoliero entraron en la zona de la pared.

—¿A dónde vais Borja y tú? —dijo Antonia, mirando mis piernas quemadas por el sol y llenas de arañazos, con un esparadrapo en la rodilla derecha.

—Por ahí —contesté, bostezando.

Se acercó, hundió sus manos en mi cabello y empezó a pasarlo entre sus dedos, como si fuera un chorro de agua.

—Ni un rizo, ni una onda… —comentó.

Gondoliero se posó sobre la colcha y luego correteó por el dosel. Antonia puso sus manos sobre mis hombros:

—¡Qué delgada! Estás enferma, pobre niña. Deberían cuidarte. Sí, sí, Dios mío, deberían cuidarte.

¿Quiénes, pensé, eran los misteriosos personajes que deberían cuidarme? No se debía referir a la abuela, con seguridad.

—¡No estoy enferma! ¡Qué pesada!

A las diez y media salimos hacia Santa María. El sol brillaba fieramente y el jardín apenas estaba mojado. Sólo una charca, en la que picoteaban unos pájaros, denunciaba la tormenta de la noche. La abuela señalaba con su bastón los arbustos y las flores, comentándolos con tía Emilia. Llevaban las dos mantillas de blonda, y la abuela el collar de perlas de dos vueltas. La tía Emilia vestía un traje chaqueta, de brillante seda negra, que acentuaba la anchura de sus caderas. La abuela, mirando a Borja, dijo:

—Es lástima que los muchachos crezcan. A esta edad no se visten ni de hombres ni de niños. ¡Nada se puede comparar a las marineras! ¿Verdad, Emilia? ¿Te acuerdas de Borja, que encanto con su marinerita blanca? ¡Parece que fue ayer!

Sonreí de reojo a Borja, y él dedicó a su abuela una de sus miradas más dulces, mientras decía entre dientes: « Tú, dentro de tu corsé, atrapada como una ballena» .

El jardín estaba muy descuidado, y la abuela se lamentaba de ello.

—Pero —dijo— corren malos tiempos para ocuparse de estas cosas. Vivimos días de recogimiento y austeridad.

La verja estaba abierta y Es Ton, con el sombrero de paja en la mano, nos miraba. Tenía un ojo tapado por una nube y le faltaban dos dientes. Mirándole me acordé: « Ella me defendería, ella me defendería» . La abuela pasó solemnemente ante él, haciendo crujir el suelo. Tenía los pies inverosímilmente pequeños pero sus huellas se marcaban en la tierra, aún blanda por la lluvia. El sol hacía brillar las hojas de la higuera. Me acerqué hacia ella, despacio, fijos los ojos en su copa. (Sí, allí estaba el gallo, quieto y blanco). La higuera aún húmeda, con racimos diminutos de gotas, brillaba en el envés de sus hojas más escondidas. Sentí sobre mí la sombra amarilla de la casa. En aquel momento la sombra de oro entraba en la higuera y la conservaba fresca. Y allí estaba el misterioso gallo escapado de Son Major, blanco y reluciente. Sus ojos coléricos, levantados sobre las ramas, nos miraban desafiadoramente. La abuela llamó:

—¡Matia! ¡Matia!

Me volví despacio. Me invadía una sensación rara de deslumbramiento, de miedo. La abuela se volvía hacia mí, como una mole redonda y negra, como una piedra a punto de rodar.

—¡Matia, Matia!

Siguió llamando, o a mí me lo parecía: no podía saberlo. El sol, muy cerca de mí, levantaba un fuego extraño del árbol, de las hojas, de las redondas pupilas del gallo. Alcé los ojos y el cielo no era rojo, como parecía, sino, más bien como un techo de hojalata mojado por la lluvia.

—¡Matia!

La abuela me miraba con sus ojos bordeados de humo, bajo la onda blanca que resplandecía al sol. (Antonia decía: « Qué hermoso cabello tiene la señora» ). En aquel momento, Antonia (con su velo casi tapándole los ojos y la peca, como una araña, encima del labio) decía:

—No se encuentra bien. Ya la vi pálida anoche. No está bien esta niña.

El Chino se me acercó. En los cristales verdes de sus gafas el sol se hacía pequeño:

—Señorita Matia, se lo ruego. Su señora abuela le aguarda. El Te Deum está anunciado para las once.

Entonces volví a verlos, en grupo ante la verja, esperándome. Miré a la izquierda, hacia el principio del pueblo y las primeras casas de la plaza. La cúpula de mosaicos verdes de Santa María relucía al sol, como dorada. Era un verde flamígero, cruel en la mañana. Como un grito.

—Ese gallo de Son Major siempre viene aquí —dije. Y empecé a andar hacia ellos.

—Cierto —asintió el Chino—. Siempre viene aquí a ese árbol.

—Es muy misterioso —dijo la abuela.

Cruzamos la verja, y Ton, con su ojo blanco, me miraba con fijeza, cruelmente.

—La niña —iba diciéndole tía Emilia a la abuela—, pobrecita, está enferma. Hemos de vigilarla…

—Ah, sí —la abuela levantó de pronto las dos manos y sostuvo un momento la mantilla sobre su onda blanca—. A estos pobres niños no les ha tocado vivir una buena época… ¡Arruinados y en guerra! ¡Dios mío, Dios todopoderoso, qué congoja!

La campana de Santa María se lanzó, como un alud de gritos sobre el pueblo, sobresaltadamente. Como trizadas palabras, como mil lamentos esparcidos al aire, o destempladas quejas. (Despertaban el silencio, sólo hollado por las botas negras de los Taronjí).

Pasamos por el barrio artesano, detrás de la plaza. Estaba silencioso, y en sus piedras pulidas Borja resbaló.

—Cuidado, ángel mío —dijo la abuela.

El Chino tomó a mi primo por el codo.

No era domingo pero había algo que lo parecía. La fragua estaba silenciosa. El portal del zapatero y la tienda de los Taronjí, tenían los maderos puestos en su ventana-escaparate. Delante de nosotros, una mujer de negro, echándose el velo sobre la cabeza, corría como si deseara atrapar las últimas notas de las campanas. Al final de la calle se abría la plazuela de la iglesia, con su fuente central en la que bebían los cerdos y a la que trepaban los niños para salpicar con la mano a las mujeres, en la que se posaban las palomas de mi abuela, recorriendo el pueblo, hacia Son Major, como relámpagos azules. Detrás de la fuente se alzaba Santa María, grande y dorada. Las puertas del templo estaban abiertas, y por las gradas de piedra subían los últimos fieles. De pronto calló la campana y hubo un estallido de silencio. Entre la tía Emilia y el Chino ayudaron a subir las gradas a la abuela, cogiéndola cada uno de un brazo, como si levantaran una gran tinaja por las asas, con infinito cuidado, para que no se derramara el aceite. (Y eso era la abuela: como una rica sustancia que todos apreciaran, aunque la tinaja fuera vieja y basta).

A la puerta del templo varios hombres se descubrieron y algunas mujeres inclinaron la cabeza. Borja y yo, cogidos de la mano, les seguíamos. La tía Emilia llevaba la media derecha con la costura torcida.

Sobre el arco de la gran puerta dorada, que estaba abierta, había escudos de piedra y las cabezas de los cuatro evangelistas. Por encima de la cúpula de mosaicos verdes, arrancándoles un llamear dañino, estaba el sol, rojo y feroz en medio del cielo pálido. Y me dije: « Casi nunca es azul el cielo» . Una cruel sensación de violencia, un irritado fuego ardía allá arriba: todo invadido, empapado, en aquella luz negra. En los batientes de la puerta relucían racimos de hierro. Dentro, la humedad negroverdosa, como de pozo, se pegaba al cuerpo. En el enorme paladar de Santa María había algo como un solemne batir de alas. Y me dije si acaso en la oscuridad de los rincones anidarían murciélagos, si habría ratas huyendo o persiguiéndose entre el oro de los retablos. También la casa de la abuela era sombría y sucia. (Se quejaba Antonia de que era demasiado grande para sólo dos mujeres y únicamente limpiaban las habitaciones habitadas).

Había telarañas y polvo en las porcelanas, la plata y la vajilla que regaló el rey al bisabuelo, cuando se casó. Y en la vitrina, en las resplandecientes estatuillas de jade, y arriba, en el enorme y misterioso cuarto de baño (con su espejo inclinado y nuboso, como la puerta de un complicado mundo, y su ruido de cañerías que siempre reventaban en invierno), y abajo, en el huerto, con las hormigas; y en la casa toda con sus goteras y el viento, allí, en los rincones de la nave, había el mismo viento mojado. Y en la casa de la abuela igual mezcla de olores: madera, verdín, sal. Y las flores. (En la escalerilla de piedra, donde yo solía sentarme, cuando Borja no me quería llevar con ellos, tras la pared amarilla de la casa cubierta de espesas madreselvas, se abrían los gladiolos rojos). Dentro de Santa María, las fascinantes vidrieras de colores, estallaban entre la negrura y el moho, altas y resplandecientes en la oscuridad, ávidamente lamidas por el sol. Especialmente aquélla, con su delgado Santo de manos unidas y clavos en los pies. Un rayo de luminoso rojo caía al suelo, como una mancha de sangre. Y un destello del sol, igual que una mariposa de oro, voló de un lado a otro de la bóveda. Mosén Mayol cantaba:

De-um Lau-da mus: te Dominum confite-mur

La abuela me zarandeó, discretamente pero sin blandura. Sus dedos se clavaban en mi hombro derecho. Luego me quitó el libro de las manos. Era un grueso misal que me regalaron al ingresar en Nuestra Señora de los Ángeles, con sus cantos de oro, que solía repasar con la yema de los dedos, porque dejaba un polvillo como el de las alas de las mariposas, que yo frotaba contra los párpados y los dientes (pero en los dientes no conseguía adherirlo nunca). Abrió el misal por donde la cinta verde y dijo: « Lee» . El sol lucía fuera como un rojo trueno de silencio, mucho más fuerte que cualquier estampido. Levanté los ojos a las vidrieras, sin poder leer. Allí estaba el Santito que se parecía a Borja, con sus rizos como racimos, y el poderoso San Jorge, grande y lleno de oro, sobre el apabullado dragón. El Chino y Borja leían devotamente en sus misales.

—… Ti-bi Che-ru-bin et Se-ra-phim in-ces-sá-bi-li voce procla-mant: San-ctus: Sanctus San-ctus…

El Chino dijo una vez que la capa pluvial tenía trescientos años. Era blanca, con bordes y flecos de oro, y relucía en la oscuridad (como las alas abiertas y majestuosas del gallo de Son Major, empapadas aún de la tormenta, sobre las hojas aterciopeladas).

Se me durmió la pierna derecha y la froté con el tobillo izquierdo. La abuela me pasó el misal y me miró con dureza. Incliné la cabeza sobre el libro y cerré los ojos. Tenía hambre. Con las prisas no tuve tiempo de desayunar. Me dije que, cuando creciera, haría como tía Emilia, que fumaba lentamente, sentada en la cama, hasta las doce del mediodía, mirando las fotografías y los titulares de los periódicos. Todas las voces se levantaron. El sol reverberaba en los cristales de colores, como si quisiera entrar a través de las vidrieras. Sobre el paladar negro de la nave estaba el sol, y nosotros, pensé, como Jonás, dentro de la ballena, con sus enormes costillas. Imaginé la quemazón verde de la cúpula, como un gran puzzle de oro y arco iris:

—… Te Marty-rum candi-da-tus Laudat ex-er-ci-tus

« La guerra —me dije— ¿qué cosa será, verdaderamente, la guerra?» .

Estaba todo tan quieto. Y aquél pidiéndonos la barca. Y los Taronjí. Decían que eran primos: el chico se llamaba Manuel Taronjí. Y Malene, con su bonito pelo rojo, suave y largo, al sol. Siempre el sol, allá arriba. Y el tío Álvaro. ¿Y mi padre? ¿Y mi madre? « También gritaba por la noche» . Bueno, ¿y qué? Nunca venían a verme. (« Tus padres estaban divorciados, ¿verdad?» , me preguntó Juan Antonio, sentados ambos en la escalera de piedra, debajo de las madreselvas. « No es verdad» . Pero él se reía con una malicia que yo no entendía del todo. Me puso la mano en la rodilla y empezó a acariciarla. La falda se levantó un poco, sólo un poco: vi mi rodilla tostada por el sol, redonda y suave —nunca pensé que pudiera ser tan bonita, hasta aquel momento—, y de pronto, no pude resistir su mano sudorosa. Decía: « Tu madre…» . No le entendí bien. Estaba obsesionada por su mano, que me repelía como un sapo. ¡Y tenía los labios tan repugnantemente encarnados! Le di un empujón brutal, y fue contra la pared. Las flores, a nuestro lado, exhalaban un gran perfume. De abajo llegaba un chorro de luz verde, como si el mar estuviese allí mismo, al volver la esquina de la casa. Pero no era cierto). Mi madre era una desconocida, sólo una desconocida. Y yo, después de su muerte, tan lejos, en la casa del campo que decía la abuela que se caía a pedazos, viviendo con el aya de mi padre. Llegaban paquetes con juguetes: el Teatro de los Niños y aquel payaso de trapo tan alto como yo; y aquel cuento: « ¿Por qué no tenemos las sirenas un alma inmortal?». No la tuvo, no la tuvo, y se convirtió en espuma. Y cada vez que con sus pies desnudos pisaba la tierra sentía como si se le clavasen cuchillas afiladas y agujas…

—… quos pre-ti-o-so sanguine rede-mis-ti…

La Joven Sirena quería que la amasen, pero nunca la amó nadie. ¡Pobre sirena! ¿Para eso se tuvo que parecer a los humanos? Pero no era una mujer. Levanté los ojos y busqué alguna plegaria. « Mis amigos…» , empecé a decir; y me corté. « ¿Qué amigos, Dios de los Ejércitos, qué amigos son esos?» .

(Acaso, sólo deseaba que alguien me amara alguna vez. No lo recuerdo bien).

 

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