La edad del idiota: 27. Destornillado

Diego M. Rotondo

 

 

 

27

DESTORNILLADO

Esteban… otro que pegó el estirón. En séptimo grado yo era más alto que él, y ahora mi frente está a la altura de su hombro. Me pregunto cuándo llegará mi estirón…; no me gusta que me miren desde arriba, me siento raro y amenazado. Por suerte a Esteban lo conozco bien, y aunque ya mide casi 1,75 metros, sigue siendo el mismo bobo inofensivo que era en la primaria. Pero un bobo tierno, un bobo que nota mi mal humor y me pregunta: «Eyyy, ¿qué te pasó?…», y no se refiere a los moretones precisamente, sino a mi cara de orto. «Me peleé con mi vieja», le respondo. «¡No le des bola a tu vieja!», grita agitando las manos, «¡Estamos en la playa!…». Su euforia inocente me levanta el ánimo.

Esteban me presenta a sus dos amigos, Walter y Augusto. Todos tenemos la misma edad. Walter es obeso y Augusto desgarbado, juntos parecen El gordo y el Flaco. Me caen bien, son macanudos. Los tres llevan una semana en La Lucila y están bien bronceados; yo contrasto con ellos por mi color pálido de la ciudad.

Caminamos un rato por la orilla del mar, hablamos de videojuegos, computadoras y esas cosas; después nos metemos al agua y nadamos hasta la parte profunda, donde las olas no te rompen encima. Estamos un rato largo con el agua hasta el cuello, mirándonos y sonriendo sin hablar; hasta que oímos el silbato del Bañero, que desde la orilla nos insta a salir inmediatamente de la parte honda.

Después de bañarnos compramos un pancho cada uno y nos sentamos en la arena a comer.

—Esta noche vamos a un Pool de San Bernardo, venite. —me propone Esteban.

San Bernardo es la ciudad balnearia más próxima, no está lejos, desde mi casa son unos 3 kilómetros. Es diferente a La Lucila, tiene el triple de tamaño y está llena de edificios y bares y negocios de ropa; hay una peatonal que a la noche se convierte en un hormiguero: la calle Chiozza. Desde que era chiquito mis padres me llevaban ahí dos o tres veces a la semana; íbamos a cenar, a comprar, a los videojuegos, etc.

—Dale… —le respondo— ¿A qué hora y dónde?…

Vuelvo a casa sobre las 6 de la tarde. Papá está midiendo el aceite del auto. Se me acerca, me entrega un fajo de billetes y dice: «No hagas renegar a tu vieja…». Lo despido fríamente y me meto a la casa. Mamá limpia la cocina y tararea En el amor todo es empezar, de Raffaella Carrá; eso significa que está de buen humor. Al escucharme entrar me mira de reojo y no dice nada, sigue fregando y tarareando. Me voy directamente a la ducha. Tengo arena hasta en el culo. Me quedo media hora bajo el torrente de agua tibia, hasta que mamá grita desde afuera: «¡Podés terminar de una vez que vas a vaciar la garrafa!». Salgo de la ducha, corro a mi cuarto y me visto rápidamente, me pongo unos jeans, una remera y un buzo. Me calzo mis mejores zapatillas y ya casi estoy listo, solo falta el perfume.

Quedamos en encontrarnos a las 9 en Chiozza y Av. San Bernardo, la intersección más concurrida de toda la ciudad. La avenida San Bernardo (que originales fueron con el nombre), es la de los boliches y los bares, la que frecuentan los jóvenes.

Antes de salir de la casa mamá me dice que vuelva antes de las 12. Yo le digo «sí, sí…» y me voy caminando feliz por las calles de arena. Me pregunto qué estará haciendo Joaquín en este instante, si estuviera aquí conmigo la pasaríamos bomba, fumaríamos en la playa y nadaríamos hasta llegar al océano.

A medida que me acerco a San Bernardo las calles se van haciendo más densas, los locales de videojuegos empiezan a abarrotarse y la avenida principal se llena de autos. En una intersección veo pasar el tren de la alegría con la música a todo volumen. Un payaso soñoliento y un Spiderman gordo van colgados de las puertas del micro y saludan a todo el mundo. En la cabina van sentados varios chicos con sus padres, se asoman por las ventanillas y también saludan. ¡Qué manga de subnormales!, una vez mamá me propuso que subiéramos y yo le dije que antes prefería morir desangrado; lo recuerdo bien, tenía 8 años.

Tras una hora de caminata llego a la esquina acordada. Ya están todos ahí, pero hay otros dos tipos más, y una chica. Me acerco y los saludo con timidez.

—Ella es Valeria. —me dice Esteban al presentarme a la chica. ¿¡Valeria!? ¡Es lo único que me faltaba!

Valeria me pregunta por los golpes en mi cara, es la única persona que lo ha notado hasta el momento. Yo le miento, le digo que quisieron asaltarme en Buenos Aires. No quiero que piense que soy un camorrero.

—¡Esteban me estaba diciendo que en la primaria eras terrible! —dice, vociferando divinamente.

—Él no se quedaba atrás, eh… —le respondo y ella suelte una risotada, como si le hubiese contado el mejor chiste del mundo.

Valeria me presenta a los otros dos, son mayores que nosotros, de unos 16 ó 17.

—Ellos son mis primos, Fernando y Matías; vinieron a cuidarme los guardabosques. —bromea Valeria al mismo tiempo que yo los saludo.

Sus primos me saludan calurosamente, como si me conocieran. Pensé que por ser más grandes se harían los piolas, pero no, se ríen de las mismas estupideces que nosotros.

—¡Vamos al Pool, a ver si logramos conseguir mesa! —exclama Matías, un pelirrojo de pelo largo, bastante alto. Fernando es más bajo que él, tiene el pelo corto de color negro y las patillas tipo Elvis. Aunque la noche está bastante fresca, Fernando lleva puesta una musculosa; sus bíceps están bien marcados, seguro debe hacer pesas. Me imagino que será bueno a las piñas. Por las dudas no pienso provocarlo.

Caminamos entre el gentío que pulula por la peatonal. El aire huele a mar, a panchos y a pochoclo. Valeria camina pegada a nosotros y habla hasta por los codos. Es casi tan linda como su tocaya, tiene el pelo castaño y enrulado, largo hasta el culo; está bronceada también, cada vez que se ríe lo hace estruendosamente y acaba tosiendo. Me encanta su tos. Valeria es la clase de chica que siempre soñé conocer en la playa.

Llegamos al bar, todas las mesas de Pool están ocupadas, así que nos sentamos a esperar. La mesera se acerca y nos pregunta qué vamos a pedir, todos dicen «¡cerveza!», yo examino la carta y sin alzar la vista digo: «un Destornillador…». Los 5 se quedan mirándome patitiesos. El Destornillador es una mezcla de vodka y jugo de naranjas. Fernando me quita la carta de las manos, la lee un momento y dice: «¡Yo quiero un Vodka con menta!»; los demás no se quedan atrás y empiezan a elegir bebidas fuertes. Al final todos acaban pidiendo tragos largos; la única que se mantiene firme en su decisión es Valeria, que se queda con la cerveza.

No pudimos jugar al Pool, había una enorme lista de espera. Nos quedamos charlando y tomando.

Estoy sentado contra la pared, al lado de Esteban, que en un momento se levanta para ir la baño. Valeria viene a sentarse al lado mío. Voy por el segundo Destornillador y ya veo todo doble.

—No te lo tomes todo… te va a hacer mal. —me dice con dulzura mientras intenta quitarme el vaso de las manos.

—No seas boluda, ¡dejalo que se haga hombre! ¡Ja, ja, ja! —vocifera Fernando, que aún no terminó el primer vaso.

Valeria lo mira entornando los ojos.

—¡Ja! ¡Habló el Hombre! ¡Ni siquiera tenés 18, tonto!

Todos nos reímos a carcajadas. Al volver del baño Esteban se acomoda en el sitio de Valeria y no parece molestarle que ella le haya quitado el lugar. Esta gente me encanta, todos tienen muy buena onda, no miran mal, no buscan pelea, me hacen sentir cómodo y contento.

Con el alcohol se me empieza a soltar la lengua, le pregunto a Valeria si quiere ir a caminar a la playa conmigo. Ella se ríe y me susurra al oído: «¿así en ese estado?… ¡Nooo!». Es suficiente para mí, me da a entender que si no estuviera borracho vendría, significa que le gusto. Este podría ser el mejor día de mi vida.

Son las 2 de la mañana, salimos a la calle y nos despedimos de Vale y sus primos, ellos paran en San Bernardo, en un departamento que alquilaron sus padres sobre la costanera. Dicen que mañana a la noche podríamos a ir al Faro en el auto de Mati. No sé de qué Faro hablan, apenas puedo sostenerme en pie, escucho todas las voces mezcladas.

Esteban y Augusto me llevan a la rastra rumbo a la parada de colectivo. Walter también está borracho pero aún puede caminar solo; yo estoy moribundo. Empiezo a vomitar en la calle, la gente que pasa me mira con asco, no puedo parar, el vómito sale de mis tripas como un torrente, apenas tengo tiempo de respirar.

Al cabo de un rato me siento mucho mejor, pero sigo mareado. Los chicos me ayudan a subir al colectivo y al llegar a La Lucila me acompañan a casa. Mamá está sentada en la puerta, fumando, histérica, yo apenas puedo enfocarla y no entiendo lo que dice; todo me da vueltas, como en un caleidoscopio. Me desmayo a sus pies.

 

 

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