A sangre fría [Fragmento] (II)

Truman Capote

 

 

Kenyon había hecho aquella cómoda él mismo: una cómoda de caoba forrada de cedro que pensaba darle a Beverly como regalo de boda. Ahora, allí, en lo que llamaban la leonera del sótano, le daba la última mano de barniz. La leonera, una dependencia con suelo de cemento que se extendía a toda la anchura de la casa, estaba amueblada casi exclusivamente con muestras de su trabajo de carpintería (estanterías, mesas, taburetes, una mesa de pingpong) y con las labores de Nancy (fundas de zaraza que rejuvenecían un decrépito diván, cojines que llevaban las inscripciones: «¿Feliz?» y «No es preciso estar loco para vivir aquí, pero facilita las cosas»). Nancy y Kenyon, juntos, mediante grandes dosis de pintura, habían llevado a cabo un intento de librar de su inconmovible lobreguez aquel recinto y ninguno de los dos había notado el fracaso. De modo que ambos consideraban su leonera como un triunfo y una bendición: Nancy porque en aquel lugar podía recibir a «la pandilla» sin molestar a su madre y Kenyon porque allí podía estar solo, martillear, serrar y ocuparse de sus «inventos», el último de los cuales consistía en una sartén eléctrica, honda como un puchero. Junto a la leonera, estaba la habitación de la caldera en la que había una mesa llena de herramientas y utensilios en desorden amén de alguno de sus trabajos en curso como un sistema de amplificadores y un viejo gramófono averiado.

Físicamente, Kenyon no se parecía a sus padres. Su pelo corto era color cáñamo, medía metro ochenta y aunque delgado, era lo bastante fuerte como para llevar a cuestas (lo hizo en cierta ocasión), contra ventisca y a tres kilómetros de distancia, un par de ovejas adultas. Sí, era fuerte y robusto, pero con esa falta de coordinación muscular muy propia de los jovencitos espigados. Este defecto, agravado por la imposibilidad de prescindir de las gafas, le impedía tomar parte activa en los deportes de equipo (baloncesto, béisbol), diversión principal de los muchachos que hubieran podido ser sus amigos. Sólo tenía un amigo íntimo, Bob Jones, hijo de Taylor Jones, cuya finca se hallaba más al oeste, a dos kilómetros de la casa de los Clutter. Allá, por la Kansas rural, los muchachos empiezan a conducir muy pronto y Kenyon sólo tenía once años cuando su padre le dio permiso para que comprara, con dinero que había ganado cuidando ovejas, un viejo camión con motor modelo A, el Vagón Coyote, como él y Bob le llamaban. No muy lejos de la finca River Valley, hay una misteriosa zona de terreno llamada Sand Hills que es como una playa sin océano y por la noche los coyotes se deslizan entre las dunas y se reúnen en manadas para aullar. En noches de luna clara, los dos chicos conducían el camión contra los coyotes, los ponían en fuga intentando darles alcance, cosa que raramente conseguían, porque un coyote puede correr a ochenta por hora y el camión no pasaba de los cincuenta. Pero, de todos modos, era un juego magnífico: el camión deslizándose sobre la arena y los coyotes huyendo contra la luna; como decía Bob, le ponía a uno el corazón a galope.

Igualmente embriagador, pero más lucrativo, era cazar conejos. Kenyon era un buen tirador y su amigo mejor aún, de modo que entre los dos a veces entregaban medio centenar de conejos a la «fábrica de los conejos», industria de Garden City donde les pagaban diez centavos por cabeza; allí los congelaban y mandaban a los criaderos de visón. Pero lo que más contaba para Kenyon, y también para Bob, eran aquellos fines de semana, partidas de caza que duraban dos días enteros vagando a la ventura a lo largo de la orilla del río, durmiendo con una manta arrollada al cuerpo, manteniendo el oído atento al rayar el alba para, al primer ruido de alas, irse de puntillas hacia él. Pero lo mejor de todo, lo más fantástico, pavonearse de vuelta a casa llevando colgada del cinturón una docena de patos que asar para la cena. Últimamente las cosas habían cambiado entre Kenyon y su amigo. No es que hubieran reñido, ni que hubiese ocurrido nada, ni siquiera que estuvieran en desacuerdo. Sólo que Bob, que tenía dieciséis años, había comenzado a «salir con una chica», y Kenyon, un año menor y todavía con mentalidad de adolescente sin compromiso, tenía que prescindir de su compañía.

Bob le había dicho:

—Cuando uno tiene mi edad, la cosa cambia. Yo también pensaba como tú: las mujeres, ¿para qué sirven? Pero luego empiezas a hablar con una y es fantástico. Ya lo verás.

Kenyon lo ponía en duda. No podía imaginar que llegara jamás a malgastar ni una sola hora con una chica cuando podía pasarla con un fusil, un caballo, herramientas, maquinaria o hasta con un libro. Si no podía contar con Bob, lo mejor era estar solo; su temperamento no correspondía tanto al hijo del señor Clutter como al hijo de Bonnie, un chico sensible y reservado. Los de su edad lo consideraban estirado, pero lo excusaban diciendo:

—¡Oh, Kenyon! Ese vive en su mundo.

Mientras esperaba que se secara el barniz, pasó a otro trabajo que lo llevó al exterior. Iba a cuidar el jardín de flores de su madre, el adorado recuadro de follaje enmarañado que crecía bajo la ventana de su habitación. Cuando llegó allí, se encontró con uno de los trabajadores que removía la tierra con una pala. Era Paul Helm, el marido de la asistenta.

—¿Viste el coche? —le preguntó Helm.

Sí, Kenyon había visto el automóvil en el camino de entrada de la casa, un Buick gris que esperaba a la puerta del despacho de su padre.

—Pensé que sabrías quién puede ser.

—No, a no ser que sea el señor Johnson. Mi padre lo esperaba.

Helm (el difunto Helm, porque murió de un ataque en marzo del año siguiente) era un hombre sombrío, ya casi en sus sesenta, cuyos modales reservados ocultaban una naturaleza profundamente curiosa y observadora. Siempre quería saber qué ocurría a su alrededor.

—¿Qué Johnson?

—El de la compañía de seguros.

Helm gruñó:

—Tu padre seguro que está hasta el cuello de pólizas y demás. El coche lleva ahí tres horas.

El frío del crepúsculo que se avecinaba atravesó el aire y aunque el cielo era aún de un intenso azul, los altos tallos de los crisantemos del jardín proyectaban una sombra cada vez más larga. El gato de Nancy jugueteaba por allí, tratando de agarrar con sus patas la cuerda con que Kenyon y el viejo ataban las plantas. Nancy llegó entonces de improviso, en la grupa de la gorda Babe; Babe regresaba de su regalo del sábado: un baño en el río. Teddy, el perro, las acompañaba y los tres venían relucientes y todavía húmedos.

—Atraparás un resfriado —comentó el señor Helm.

Nancy se echó a reír: no había estado nunca enferma, ni una sola vez siquiera. Bajó del caballo, se echó sobre la hierba junto al jardín y cogió a su gato. Balanceándolo en el aire por encima de ella, le besó el hocico y los bigotes.

A Kenyon le repugnó:

Besar a los animales en la boca.

—Bien que tú besabas a Skeeter —le recordó ella.

—Skeeter era un caballo.

Un espléndido caballo alazán que tuvo desde que era potrillo. ¡Cómo saltaba las vallas Skeeter!

—¡Le pides demasiado a ese caballo! —le advertía su padre—. Cualquier día lo vas a matar del esfuerzo.

Y así había sucedido: mientras galopaba por la carretera llevando a su amo, le falló el corazón, tropezó y cayó muerto. Todavía entonces, un año después, Kenyon lloraba su muerte a pesar de que su padre, compadeciéndose de él, le había prometido el mejor de los potros que nacieran la próxima primavera.

—Kenyon —dijo Nancy—. ¿Crees que Tracy hablará ya? ¿Que hablará cuando venga para el Día de Acción de Gracias?

Tracy, que todavía no había cumplido un año, era su sobrino, hijo de Eveanna, la hermana con quien ella se entendía mejor. (Beverly, a su vez, era la preferida de Kenyon.)

—Me voy a derretir cuando le oiga decir «tía Nancy». O «tío Kenyon». ¿No te gustaría oírselo decir? ¿No te encanta ser tío? Santo Dios, ¿por qué no me contestas nunca?

—Porque eres una tonta —respondió él tirándole una dalia un poco marchita, que ella se prendió en el pelo.

Helm tomó su pala. Graznaban los cuervos, el ocaso estaba cerca, pero su casa no. El paseo de olmos se había convertido en un túnel de verde cada vez más oscuro y él vivía al fondo de ese túnel, a casi un kilómetro.

—Es de noche —dijo.

Y se puso en camino. Pero se volvió una vez.

—Y ésa —declararía al día siguiente— fue la última vez que los vi. Nancy se llevaba a la vieja Babe a la cuadra. Como ya he dicho, nada fuera de lo corriente.

El Chevrolet negro estaba aparcado de nuevo, esta vez frente a un hospital católico en las afueras de Emporia. Perry no había dejado de insistir («Eso es lo que tienes de malo. Te crees que sólo hay una idea en el mundo: la tuya»), y al final Dick no tuvo más remedio que capitular. Mientras Perry esperaba en el coche, había entrado en el hospital para ver si una monja le vendía un par de medias negras. Este sistema tan poco ortodoxo de procurárselas había sido una inspiración de Perry: las monjas siempre tienen cosas almacenadas. Había un inconveniente, desde luego: las monjas y todo lo relacionado con ellas traían mala suerte y Perry sentía un profundo respeto por sus propias supersticiones. (Entre otras figuraban el número 15, el pelo rojo, las flores blancas, los curas que atraviesan una calle y las serpientes que se aparecen en sueños.) Pero ya no tenía remedio. El individuo rigurosamente supersticioso es también casi siempre un creyente ciego en el destino y ése era el caso de Perry. Si en aquel momento estaba allí, embarcado en esa aventura, no era porque él lo hubiera querido sino porque los hados lo habían dispuesto así. Podía demostrarlo aunque no tuviese intención de hacerlo, por lo menos donde Dick pudiese alcanzar a oírlo porque significaría confesar el verdadero motivo de su retorno al estado de Kansas, y la violación del juramento que hiciera para conseguir la libertad bajo palabra, una razón totalmente ajena al «golpe» de Dick y a su carta citándolo allí. El motivo era que unas semanas atrás se había enterado de que el jueves 12 de noviembre otro de sus compañeros de celda iba a ser puesto en libertad en la Penitenciaría del Estado de Kansas en Lansing, y «más que nada en el mundo» deseaba encontrarse con aquel hombre, su «único amigo verdadero», el «inteligente» Willie-Jay.

Durante el primero de sus tres años en prisión, Perry había observado a Willie-Jay de lejos, con interés, pero con aprensión: si quería que lo considerasen un «duro», una estrecha amistad con Willie-Jay no parecía aconsejable. Era el secretario del capellán, un irlandés delgado con pelo prematuramente gris y ojos grises y melancólicos. Su voz de tenor era el orgullo del coro de la cárcel. Hasta Perry, que despreciaba cualquier demostración de piedad, se sentía «turbado» cuando oía a Willie-Jay cantar el «Padrenuestro»; el grave lenguaje del himno cantado con tal espíritu de sinceridad, lo conmovía, haciéndolo reflexionar un poco sobre la validez de su menosprecio. Al fin, estimulado por la curiosidad religiosa, se aproximó a Willie-Jay y el secretario del capellán respondió inmediatamente, creyendo intuir en aquel muchacho de piernas tullidas, mirada vaga y voz afectada «un poeta, algo único, que valía la pena salvar». Le embargó la ambición de «entregarle aquel muchacho a Dios». Sus esperanzas de conseguirlo se reforzaron el día en que Perry le mostró un dibujo al pastel que acababa de hacer: una gran imagen de Jesús realizada con una técnica que no tenía nada de ingenua. El reverendo James Post, capellán protestante de Lansing, lo valoró tanto que lo colgó en su despacho donde todavía está: un relamido Salvador, algo afeminado, con los carnosos labios de Willie-Jay y sus ojos tristes. Aquel dibujo representó la cima de la inquietud espiritual, nunca muy seria, de Perry y, hecho irónico, su fin; calificó a su imagen de Jesús como «una muestra de hipocresía», una tentativa de «engañar y traicionar» a Willie-Jay, puesto que entonces creía en Dios menos que nunca. Pero ¿iba a admitirlo y a perderse, con ello, el único amigo que le «comprendía de veras»? (Hod, Joe, Jesse, viajeros de un mundo en el que raramente se usa el apellido, habían sido sus «compinches», pero ninguno de ellos podía compararse siquiera con Willie-Jay que, a juicio de Perry, «era intelectualmente muy superior a la media, intuitivo así como muy entendido en psicología». ¿Cómo era posible que un individuo tan dotado se hallara en Lansing? Era esto lo que desconcertaba a Perry. La respuesta, que conocía pero no aceptaba porque era «una evasión de lo ignoto, problema humano», era clara para cualquier mente menos complicada: el secretario del capellán, que tenía entonces treinta y ocho años, era un ladrón, un ratero de poca monta que, en un período de veinte años, había cumplido sentencia en cinco estados distintos). Perry decidió hablar: lo sentía, pero todo aquello de cielo, infierno, santos, misericordia divina, no iba con él y si la amistad de Willie-Jay se basaba en la perspectiva de verlo un día a los pies de la Cruz junto a él, le decepcionaba profundamente y su amistad era falsa, una falsificación como el retrato de Jesús.

Como siempre, Willie-Jay supo comprender. Descorazonado pero no sin esperanzas, siguió cortejando el alma de Perry hasta el día que le concedieron libertad bajo palabra y se marchó del penal; la víspera escribió a Perry una carta de adiós que terminaba con el siguiente párrafo: «Eres un hombre muy apasionado, un hombre hambriento que no sabe dónde saciar su apetito, un hombre profundamente frustrado que lucha por proyectar su individualidad contra un fondo de rígido conformismo. Existes en un mundo pendiente entre dos superestructuras, una de autoexpresión y la otra de autodestrucción. Eres fuerte pero en tu fuerza hay una grieta y a menos que aprendas a controlarla, esa grieta demostrará ser más poderosa que tu fuerza y te vencerá. ¿La grieta? Explosión de la reacción emocional totalmente desproporcionada a los hechos. ¿Por qué? ¿Por qué esa irrazonable ira cuando ves a otros contentos, felices y satisfechos? ¿Por qué ese creciente desprecio por la gente y esas ganas de herirla? Muy bien: crees que son necios y los desprecias porque su moral, su felicidad son el origen de tu frustración, y tu resentimiento. Pero esas ideas son terribles enemigos que llevas dentro de ti… y a la larga serán mortíferos; como las bacterias que resisten al tiempo, no matan al individuo sino que dejan en su modo de ser el estigma de una criatura desgarrada y retorcida; dejan fuego en su interior avivado por astillas de desprecio y odio. Podrá prosperar pero no dará fruto porque él es su propio enemigo y le estará vedado gozar intensamente de sus triunfos.”

Perry, complacido de verse objeto de tan largo sermón, se lo había dado a leer a Dick y éste, que veía con malos ojos a Willie—Jay, había calificado aquella carta de «montón de estupideces a lo Billy Graham», añadiendo: «Astillas de desprecio. Astilla será él.»

Naturalmente, Perry ya esperaba una reacción por el estilo y secretamente la deseaba porque su amistad con Dick, al que apenas había tratado hasta los últimos meses pasados en Lansing, era consecuencia y contrapeso de su intensa admiración por el secretario del capellán. Quizá Dick fuera superficial o incluso, como decía Willie—Jay, «un fanfarrón perverso», pero lo cierto es que también era divertido, astuto, realista, «iba directo al grano» y no tenía humo en la cabeza ni un pelo de tonto. Además, a diferencia de Willie—Jay, no criticaba las exóticas aspiraciones de Perry: estaba dispuesto a escucharle, se entusiasmaba, compartía aquellas visiones de «tesoro garantizado» hundidos en mares mexicanos o en junglas brasileñas.

Habían transcurrido cuatro meses desde que Perry obtuvo la libertad bajo palabra, meses de vagabundear en un Ford de quinta mano por el que pagó cien dólares, pasando de Reno a Las Vegas, de Bellingham en Washington a Buhl en Idaho. Y allí, en Buhl, donde había encontrado trabajo temporal como conductor de camión, le llegó la carta de Dick:

«Amigo P., salí en agosto y cuando tú te fuiste me encontré con alguien que tú no conoces pero que me dio una idea que podemos aprovechar maravillosamente. Un golpe garantizado. Perfecto…”

Hasta aquel momento, Perry no había imaginado que volvería a ver a Dick. Ni a Willie-Jay. Pero los había tenido presentes en su pensamiento, especialmente al segundo, que en su recuerdo se había transformado en un enorme sabio de cabellos grises, que daba vueltas por su cabeza obsesionándolo. «Persigues lo negativo —le había informado Willie-Jay en el curso de uno de sus sermones—. Nada te importa, quieres existir sin responsabilidades, sin fe, sin amigos, sin calor.”

En el curso solitario, desolador, de sus recientes idas y venidas, Perry había considerado una y otra vez aquella acusación y decidido que era injusta. Si que le importaba…, pero ¿a quién le importaba él? ¿A su padre? Sí, hasta cierto punto. Un par de chicas, pero aquello era «una historia larga de contar». A nadie, excepto Willie-Jay. Y sólo Willie-Jay había reconocido que valía, que tenía facultades, sólo él había comprendido que Perry no era simplemente un paticorto y musculoso mestizo, sólo él, a pesar de todos sus sermones moralizadores, lo había visto como él mismo se veía: «excepcional», «raro», «artista». En Willie-Jay su vanidad encontró apoyo, su sensibilidad refugio, y cuatro meses de distancia hacían aquella alta valoración más fascinante todavía, más, aún, que todos los sueños de tesoros escondidos. De modo que cuando recibió la invitación de Dick y se dio cuenta de que la fecha que proponía coincidía más o menos con el día en que dejaban en libertad a Willie-Jay, supo qué debía hacer. Fue en coche a Las Vegas, vendió aquel carromato, empaquetó su colección de mapas, cartas, manuscritos y libros y compró un billete de autobús. Las consecuencias del viaje serían obra del destino; si «no se entendía con Willie-Jay», podría tomar en consideración «las proposiciones de Dick». Resultó que tenía que elegir entre Dick o nada, porque cuando su autobús llegó a Kansas City la tarde del 12 de noviembre, Willie-Jay, a quien no había podido advertir de su llegada, había salido ya de la ciudad, sólo cinco horas antes y por la misma estación terminal de autobuses a la que Perry llegara. Todo eso lo supo llamando al reverendo Post, que lo desanimó aún más al no querer revelar el destino exacto de su antiguo secretario.

—Se ha ido al este —dijo el capellán—, donde tiene perspectivas: buen empleo y alojamiento en casa de gente de bien, dispuesta a ayudarle.

Y al colgar el teléfono, Perry se sintió «aturdido de rabia y decepción». Pero ¿qué esperaba en realidad —se preguntó cuando se le pasó la angustia— de un encuentro con Willie-Jay? La libertad los había separado. Como hombres libres, nada tenían en común; eran individuos opuestos que nunca podrían formar «equipo», y desde luego no la clase de equipo necesaria para emprender una aventura submarina al otro lado de las fronteras del sur como la que Dick y él proyectaban. Pero, sin embargo, si no hubiese llegado tarde, si hubiera podido pasar con Willie-Jay siquiera una hora, Perry estaba absolutamente convencido de que no estaría ahora allí, frente a un hospital, esperando a que Dick saliera con un par de medias negras.

Dick regresó con las manos vacías.

—Nada que hacer —anunció con una indiferencia furtiva que infundió sospechas en Perry.

—¿Estás seguro? ¿Seguro de que por lo menos preguntaste?

—Desde luego.

—No lo creo. Juraría que te fuiste para adentro, dejaste pasar un par de minutos, y te volviste a salir.

—Muy bien, rico. Lo que quieras.

Dick puso el coche en marcha. Después de recorrer un trecho en silencio, Dick le dio a Perry una palmada en la rodilla.

—¡Oh! Vamos, hombre. Era una idea para vomitar. ¿Qué diablos se hubieran imaginado?

Yo allí pidiendo unas medias, como si fuera una rebaja…

—Quizá sea mejor así. Las monjas siempre traen mala suerte.

El representante en Garden City de la Compañía de Seguros de Vida Nueva York sonreía mientras observaba cómo el señor Clutter desenfundaba una Parker y abría el talonario. Le vino a la memoria un chiste que corría por allá.

—¿Sabe qué se dice de usted, Herb? Pues dicen: «Desde que el corte de pelo subió a un dólar cincuenta, Herb para pagar al barbero firma un cheque.”

—Así es —respondió el señor Clutter.

Como los miembros de la familia real, nunca llevaba encima dinero contante.

—Es mi sistema —añadió—. Cuando los tipos esos de los impuestos vienen a meter la nariz, lo mejor que se les puede enseñar es el resguardo de los cheques que se han pagado.

Con el cheque escrito, pero todavía sin firmar, se apoyó en el respaldo de la silla del despacho como reflexionando. El agente, hombre robusto, un poco calvo, más bien llano, que se llamaba Bob Johnson, deseó que a su cliente no le asaltaran dudas de última hora. Herb era testarudo, lento y difícil de convencer: hacía más de un año que Johnson trabajaba para cerrar aquel contrato. Pero no, su cliente estaba simplemente viviendo lo que Johnson llamaba el «momento solemne», fenómeno con que los agentes de seguros están familiarizados. El estado de ánimo del hombre que firma un seguro de vida es semejante al del que firma su testamento: por fuerza piensa en la muerte.

—Sí, sí —dijo el señor Clutter como para sí—. Tengo mucho que agradecer… tengo muchas cosas gratas en la vida.

Documentos enmarcados que recordaban los acontecimientos importantes de su carrera lucían en las paredes revestidas de nogal de su despacho: un título universitario, un mapa de la finca River Valley, distinciones al mérito agrícola y un certificado muy adornado con las firmas de Dwight D. Eisenhower y John Foster Dulles mencionando sus servicios en la Junta Federal de Crédito Agrícola.

—Los chicos. En eso sí que hemos tenido suerte. No está bien que lo diga, pero, la verdad, me siento muy orgulloso de ellos. Fíjese en Kenyon. Hoy por hoy, siente inclinación por la ingeniería o por las ciencias, pero no me dirá que el muchacho no lleva el campo en la sangre. Si Dios quiere, un día se hará cargo de todo esto. ¿Conoce al marido de Eveanna? ¿A Don Jarchow? Es veterinario. No tiene idea de cuánto estimo a ese muchacho. Y a Vere. A Vere English, el chico con quien mi hija Beverly ha tenido el buen sentido de formalizar sus relaciones. Si me ocurriese cualquier cosa, estoy seguro de que ellos sabrían hacerse cargo de las responsabilidades. Porque Bonnie sola, Bonnie no podría hacerse cargo de una finca como ésta…

Johnson, veterano en escenas de esta índole, se dio cuenta de que ya había llegado el momento de intervenir.

—Pero, Herb —comentó—. Usted todavía es joven. Cuarenta y ocho años. Y por el aspecto que tiene y lo que el informe médico dice, creo que aún le quedan un par de semanas más de vida.

El señor Clutter se enderezó y tomó otra vez la pluma.

—La verdad es que me encuentro perfectamente y lleno de optimismo. Tengo la impresión de que en estos años que vienen, podremos hacer mucho dinero en esta región.

Mientras esbozaba sus proyectos para un futuro de inmejorables auspicios financieros, firmó el talón y lo deslizó por encima de la mesa hacia el agente de seguros.

Eran las seis y diez y el agente no pensaba más que en irse cuanto antes: su mujer le estaría esperando para cenar.

—Ha sido un placer, Herb.

—Lo mismo digo, amigo.

Se dieron la mano. Luego, con una merecida sensación de victoria, Johnson tomó el cheque de Clutter y se lo metió en el billetero. Era el primer pago de una póliza de cuarenta mil dólares que en caso de muerte accidental daba derecho a doble indemnización.

 

Y El viene conmigo,
y El habla conmigo,
y El es quien me dice que suyo soy yo.
Compartimos un goce
como nadie nunca jamás conoció…

Con ayuda de la guitarra, Perry, cantando, se había puesto de mejor humor. Se sabía de memoria unos doscientos himnos y baladas. Su repertorio iba desde The Old Rugged Cross hasta Cole Porter y, además de la guitarra, sabía tocar la armónica, el acordeón, el banjo y el xilófono. En una de sus fantasías teatrales preferidas, se presentaba en las tablas con el nombre de Perry O’Parsons, estrella cuyo cartel anunciaba: «El Hombre Orquesta”.

—¿Qué tal un cóctel? —preguntó Dick.

A Perry le daba lo mismo cualquier cosa porque no era bebedor. En cambio, Dick se las daba de sibarita y pedía siempre un Orange Blossom. Del portaguantes del coche Perry sacó una botella que contenía vodka con zumo de naranja. La botella pasó de uno a otro. Aunque la noche había caído ya, Dick conducía a cien por hora con los faros apagados; claro que la carretera era recta, el campo liso como un lago y raramente se cruzaban con otros coches.

Aquello estaba «por allá» o estaba muy cerca.

—¡Cristo! —exclamó Perry contemplando el panorama llano e inmenso bajo el verde frío y prolongado del cielo, vacío y solitario a no ser por las trémulas luces de alguna finca lejana.

Odiaba aquel paisaje como odiaba las llanuras de Texas, el desierto de Nevada. Los espacios horizontales escasamente poblados lo deprimían y le producían una sensación de agorafobia. Los puertos de mar eran su delicia: atiborrados de gentes, bulliciosos, con barcos anclados y olor a cloaca, como Yokohama, donde, como soldado raso del ejército americano, había pasado un verano durante la guerra de Corea.

—¡Cristo! ¡Y me dijeron que no me acercara por Kansas! ¡Que no pusiera aquí mis lindos pies! Como si me cerrasen las puertas del paraíso. Mira, pues. Regocija tus ojos.

Dick le pasó la botella, su contenido reducido ya a la mitad.

—Dejémoslo para después —propuso—. Puede que nos haga falta.

—¿Te acuerdas, Dick? ¿De todo aquello de conseguir un barco? Estaba pensando… que podríamos comprar un barco en México. Uno que fuera barato pero resistente. Y podríamos ir al Japón. Cruzar el Pacífico. Otros lo han hecho…, miles de personas lo han hecho. No es cuento, Dick…, te pirrarías por el Japón. Gente maravillosa, cortés, con modales delicados como flores. Verdaderamente considerados, no de los que te quieren sólo por los cuartos. ¡Qué mujeres! No has conocido a una mujer de veras…

—¡Ya lo creo que sí! —cortó Dick, que declaraba estar todavía enamorado de su primera esposa, de cabello color miel, a pesar de que ella se hubiera vuelto a casar.

—Y hay además aquellos baños. Hay uno que se llama «La piscina del Sueño»: te tiendes en el agua y vienen unas chicas que están buenísimas y te frotan de pies a cabeza.

—Ya me lo has contado.

El tono de Dick era seco.

—¿Ah, sí? ¿Es que no puedo repetirlo?

—Luego. Ya charlaremos luego. Puñeta, tengo un montón de cosas en la cabeza.

Dick encendió la radio. Perry la apagó. Ignorando las protestas de Dick, arañó su guitarra.

Me vine solo al jardín
cuando el rocío se posaba aún en las rosas
y la voz que escuché en mi oído
revelaba al Hijo de Dios…

En el borde del cielo, se dibujaba la luna llena.

El lunes siguiente durante su declaración y antes de someterse a una prueba con detector de mentiras, el joven Bobby Rupp describió su última visita a casa de los Clutter:

—Había luna llena y pensé que quizá, si Nancy quería, podíamos dar una vuelta en coche, llegarnos hasta el lago McKinney. O ir al cine a Garden City. Pero cuando la llamé por teléfono, serían eso de las siete menos diez, me dijo que tenía que pedirle permiso a su padre. Luego volvió diciendo que su padre había dicho que no, porque la noche anterior había llegado muy tarde. Pero me propuso que fuera a ver la televisión con ellos. He pasado muchos ratos en casa de los Clutter viendo la televisión. ¿Saben? Nancy es la única chica con que yo he salido. La conozco de toda la vida: fuimos juntos a la escuela desde el primer grado. Siempre, que yo recuerde, ha sido muy mona y popular, una gran persona aun cuando era una niña pequeña. Quiero decir que nos daba a todos una sensación de contento interior: cuando estabas con ella te sentías una gran persona. La primera vez que salimos juntos fue el año antes de empezar bachillerato. Casi todos los chicos de la clase la querían llevar al baile de fin de curso y me quedé muy sorprendido, y a la vez lleno de orgullo, cuando me dijo que iría conmigo. Los dos teníamos entonces doce años. Mi padre me dejó el coche y la llevé al baile. Cuanto mejor la conocía, más me gustaba y lo mismo toda su familia… no hay una familia igual, al menos por aquí, que yo sepa. El señor Clutter puede que fuera un poco estricto en algunas cosas, en la religión y así, pero nunca trataba de dar la sensación de que era él quien tenía razón y los demás quienes estaban equivocados.

»Nosotros vivimos a cinco kilómetros al oeste de la finca de los Clutter. Yo siempre iba y venía a pie, pero como he trabajado todos los veranos, el año pasado pude comprarme un coche, un Ford del 55. Así que fui en coche y llegué allí un poco después de las siete. No vi a nadie en la carretera ni tampoco en el camino que lleva a la casa, ni siquiera un alma por allá afuera. Sólo a Teddy que me ladró. En la planta baja estaban las luces encendidas, en la sala de estar y en el despacho del señor Clutter. El piso de arriba estaba oscuro y supuse que la señora Clutter, si estaba en casa, estaría durmiendo. No se sabía nunca si estaba o no y yo nunca lo preguntaba. Pero luego me di cuenta de que había supuesto bien porque, más tarde, Kenyon quería practicar con su trompeta que era el instrumento que tocaba en la banda del colegio y Nancy le dijo que no, porque podía despertar a la señora Clutter. Bueno, pues cuando llegué habían acabado de cenar y Nancy tenía ya los platos puestos en la máquina de lavar y los tres —los dos chicos y el señor Clutter— estaban en la sala. Así que nos acomodamos como cualquier otra noche: Nancy y yo en el diván y el señor Clutter en su mecedora acolchada. No miraba mucho la televisión porque estaba leyendo un libro de Kenyon de la serie Rover Boy.

»Una vez, fue a la cocina y volvió con dos manzanas. Me ofreció una pero yo no la quise y él se comió las dos. Tenía los dientes blanquísimos y decía que era por las manzanas. Nancy…, Nancy llevaba calcetines y zapatillas, tejanos y un jersey verde, creo. Llevaba el reloj de oro en la muñeca y un brazalete de cadenilla que yo le regalé en enero cuando cumplió los dieciséis, con su nombre en un lado y el mío en el otro y también un anillo, una cosita de plata que se compró hace un verano cuando estuvo en Colorado con los Kidwell. No era mi anillo, nuestro anillo. ¿Saben?, hace un par de semanas se enfadó conmigo y me dijo que dejaría de llevar nuestro anillo por un tiempo. Cuando la chica con quien sales hace eso, quiere decir que te está poniendo a prueba. Claro, desde luego que teníamos discusiones, todos las tienen, todas las parejas que van “en serio”. Lo que ocurrió fue que yo estaba en la boda de un amigo y durante la recepción tomé una cerveza. Me bebí una botella de cerveza y resulta que Nancy se enteró. Un chismoso fue y le dijo que yo estaba borracho perdido. Bueno, pues estuvo como el mármol y no me saludó durante una semana. Pero últimamente nos habíamos entendido tan bien como siempre y creo que estaba casi a punto de volver a ponerse nuestro anillo como antes.

»Bueno, pues la primera película que vimos, en el canal 11, fue El hombre y el desafío.

Sobre la gente del Ártico. Luego vimos una del Oeste y después otra de espionaje: Cinco dedos. A las nueve y media salió Mike Hammer. A continuación, las noticias. Pero a Kenyon nada le gustaba porque no le dejábamos elegir los programas. Lo criticaba todo y Nancy no cesaba de repetirle que se callara. Se peleaban siempre, pero en realidad estaban muy unidos, más unidos que la mayoría de hermanos y hermanas. Imagino que en parte sería porque habían estado tanto tiempo ellos dos solos con la señora Clutter fuera y el señor Clutter en Washington o dondequiera que fuese. Sé que Nancy quería de veras a su hermano pero no creo que ella ni nadie fuera capaz de comprender exactamente a Kenyon. Siempre parecía estar en otra parte. Nunca se podía saber qué estaba pensando, ni siquiera si le estaba mirando a uno porque era un poco bizco. Algunos decían que era un genio y puede que lo fuera. Desde luego, leía muchísimo. Pero como dije, era un chico inquieto; no quería ver la televisión, quería hacer ejercicios con su trompeta y cuando Nancy le dijo que no lo hiciera, recuerdo que el señor Clutter le propuso que se fuera al sótano, a su leonera, donde nadie le oiría. Pero tampoco quiso.

»El teléfono sonó una vez. ¿Dos? Caramba, no me acuerdo. Sólo sé que el teléfono llamó una vez y el señor Clutter lo cogió en su despacho. La puerta estaba abierta, la puerta corrediza que hay entre la sala de estar y el despacho. Oí que decía “Van” así que supe que estaba hablando con su socio, el señor Van Vleet y le oí decir que le dolía la cabeza pero que ya se le estaba pasando. Y dijo también que se verían el lunes. Cuando volvió…, sí, lo de Mike Hammer acababa de terminar. Cinco minutos de noticias. Luego el informe meteorológico. El señor Clutter prestaba siempre mucha atención al boletín meteorológico. Era lo único que de verdad esperaba. Igual que la única cosa que me interesaba a mí eran los deportes, que venían a continuación. Cuando terminó la crónica deportiva, eran las diez y media y me levanté para marcharme. Nancy me acompañó hasta afuera. Charlamos un poco y quedamos en ir al cine el domingo por la noche a ver una película que todas las chicas se morían por ver: Blue Denim. Luego se metió en casa corriendo y yo me marché en el coche. Tanto brillaba la luna que la noche era clara como el día. Hacía frío y un poco de viento. Los cardos volaban por doquier. Pero no vi nada más. Sólo ahora cuando lo pienso, creo que alguien debía de estar por allí escondido. Quizás abajo, entre los árboles. Alguien que estaba esperando a que yo me marchara.

Los viajeros se detuvieron a cenar en un restaurante de Great Bend. Perry, reducido a sus últimos quince dólares, iba a pedir root beer y un bocadillo, pero Dick se opuso diciendo que necesitaban llenar la tripa y que no se preocupara por la cuenta, que eso era asunto suyo. Pidieron dos filetes no muy hechos, con patatas al horno, ruedas de cebolla, patatas fritas, succotash, macarrones y maíz, ensalada con mayonesa picante «Mil islas», bollitos de canela, tarta de manzana, helado y café. Y para rematarlo, entraron en una tienda a escoger puros. En la misma tienda, compraron también dos gruesos rollos de cinta adhesiva.

Mientras el Chevrolet negro ganaba otra vez la autopista y corría a través de una campiña que ascendía imperceptiblemente hacia el clima más frío y seco de los altos trigales, Perry cerró los ojos y el sopor tras la comilona se fue apoderando de él hasta que quedó medio dormido; despertó al oír la voz que daba las noticias de las once. Bajó la ventanilla y bañó su rostro en el aire fresco. Dick le dijo que estaban en el condado de Finney.

—Cruzamos la frontera hace dieciséis kilómetros —explicó.

El coche iba a gran velocidad. Los carteles publicitarios, relumbraban al pasar: «Vean los osos polares», «Motores Burtis», «La mayor piscina gratuita del mundo», «Motel Los Trigales» y por último, un poco antes de que comenzara la iluminación de la calle: «Hola, forastero. Bienvenido a Garden City, la ciudad te abre sus puertas.”

Bordearon la periferia norte de la ciudad. No había nadie por allí a aquella hora, era casi medianoche. No había nada abierto a no ser una hilera de gasolineras que brillaban desoladas.

Dick entró en una Hurd’s Phillips 66. Apareció un chico y preguntó:

—¿Lo lleno?

Dick asintió y Perry salió del coche, entró en el pequeño edificio y se encerró en el retrete. Le dolían las piernas corno tantas veces, le dolían como si aquel antiguo accidente le hubiese sucedido cinco minutos antes. Tomó tres aspirinas del frasco que llevaba, las masticó lentamente (porque le gustaban) y bebió un poco de agua del grifo del lavabo. Se sentó en el retrete, estiró las piernas y se las frotó, dándose un masaje en las rodillas que casi no podía doblar. Dick había dicho que faltaba poco, «sólo once kilómetros más». Corrió la cremallera de un bolsillo de su guerrera y sacó una bolsa de papel; contenía los guantes de goma recién comprados. Eran pegajosos y delgados, recubiertos de una sustancia viscosa y, al probárselos, uno se rasgó un poco; no era una rotura grave, sólo un pequeño corte entre los dedos, pero a él le pareció de mal agüero.

El pomo de la puerta giró, con una sacudida.

—¿Quieres caramelos? —le preguntó Dick—. Ahí afuera hay una máquina automática.

—No.

—¿Te encuentras bien?

—Muy bien.

—No tardes toda la noche.

Dick echó una moneda en una automática, tiró de la palanca y cogió una bolsita de jelly beans. Masticando volvió al coche y observó los esfuerzos del mozo de la gasolinera para librar el parabrisas del polvo de Kansas y de restos de insectos aplastados. El mozo, que se llamaba James Spor, se sentía nervioso. Los ojos de Dick y su hosca expresión junto con la extraña y prolongada estancia de Perry en el lavabo, le inquietaban. (Al día siguiente le contaría a su jefe: «Anoche tuvimos un par de clientes bastante groseros.» Pero ni entonces ni durante mucho tiempo, relacionaría aquellos visitantes con la tragedia de Holcomb.)

Dick dijo:

—Esto está un poco muerto.

—¡Ah, sí! —contestó James Spor—. Son ustedes los primeros que paran aquí desde hace un par de horas. ¿De dónde vienen?

—Kansas City.

—¿A cazar por aquí?

—Sólo de paso. Vamos a Arizona. Tenemos allí trabajo que nos aguarda. En la construcción. ¿Tiene idea de cuántos kilómetros hay hasta Tucumcari, en Nuevo México?

—No sabría decirle. Son tres dólares seis. —Tomó el dinero de Dick, le dio el cambio y añadió—: Perdóneme, pero estoy trabajando, cambiando el parachoques de un camión.

Dick se quedó esperando. Comió algunas pastillas, aceleró el motor. Hizo sonar el claxon. ¿Sería posible que se hubiera equivocado al juzgar el carácter de Perry? ¿Tendría, como tantos otros en su lugar, un súbito ataque de pánico? Hacía un año, cuando se conocieron, había considerado a Perry «todo un tío» aunque quizás un poco «engreído», «sentimental» y demasiado «soñador». Le fue simpático pero no creyó que valiera la pena cultivarlo, hasta el día en que Perry le habló de un asesinato que había cometido, describiendo con qué facilidad por «puro gusto» había matado a un hombre de color en Las Vegas, golpeándolo con una cadena de bicicleta. Aquella anécdota había elevado la opinión que a Dick le merecía el pequeño Perry. Empezó a frecuentar su compañía y, como Willie—Jay, pero por muy distintas razones, decidió gradualmente que Perry poseía condiciones muy poco corrientes y valiosas. Por Lansing circulaban varios asesinos u hombres que se jactaban de haber cometido asesinatos o de sus ganas de cometerlos; pero Dick llegó al convencimiento de que Perry era ese ejemplar único, el «asesino nato», absolutamente cuerdo pero sin conciencia y capaz de llevar a cabo, con o sin motivo, los mayores crímenes con la máxima sangre fría. Y la teoría de Dick era que tal don podía, bajo su supervisión, ser provechosamente explotado. Una vez llegado a semejante conclusión, empezó a ganarse a Perry halagándolo, fingiendo, por ejemplo, que creía en todo aquello del tesoro enterrado, y compartía sus anhelos de vagabundear por playas y puertos. Nada de eso atraía a Dick que deseaba «una vida normal», con un buen negocio propio, una casa, coche a la puerta, un caballo que montar y «montones de chicas rubias». Sin embargo, era muy importante que Perry no lo sospechara, por lo menos no hasta que Perry, con su maravilloso don, hubiera colaborado con las ambiciones de Dick. Pero quizás era Dick quien se había equivocado en sus cálculos, quizás era él el engañado; si era así, si al fin y al cabo resultaba que Perry no era más que un «vulgar malhechor», entonces «la fiesta» había acabado, los meses empleados en planearlo todo se convertían en humo y sólo podían dar media vuelta y marcharse. Pero tal cosa no debía ocurrir; Dick volvió a entrar en la gasolinera.

La puerta del excusado seguía cerrada. La golpeó con el puño.

—¡Perry, por el amor de Dios!

—Un minuto.

—¿Qué te pasa? ¿Te encuentras mal?

Perry se agarró al borde del lavabo y se puso en pie haciendo fuerza con los brazos. Las piernas le temblaban, el dolor de las rodillas lo hacía sudar. Se limpió la cara con una toalla de papel. Abrió la puerta y dijo:

—Ya está. Vamos.

El dormitorio de Nancy era la habitación más pequeña y personal de la casa, femenina y tan frívola como un tutú de bailarina. Las paredes, el techo, todo menos una cómoda y una escribanía, era de color rosa, azul o blanco. El lecho, blanco y rosa, cubierto de cojines azules, estaba presidido por un oso de peluche rosa y blanco, ganado por Bobby en el tiro al blanco en una feria del lugar. Un tablón de anuncios, de corcho, pintado en rosa, colgaba sobre el tocador de faldones blancos y en él había clavadas unas gardenias secas, que en su día llevó como adorno del vestido, tarjetas de San Valentín, recetas recortadas del periódico, instantáneas de su sobrinito, de Susan Kidwell y de Bobby Rupp. Bobby Rupp en una docena de poses: balanceando un bate de béisbol, regateando con una pelota de baloncesto, conduciendo un tractor, chapoteando en el agua en bañador a la orilla del lago McKinney (tan adentro como se atrevía, porque nunca supo nadar). Y había también fotografías de Nancy y Bobby juntos. De todas, su preferida era una en que aparecían sentados junto a los restos de una merienda campestre, a la luz que se filtraba por entre el follaje y mirándose con una expresión tal, que, a pesar de no sonreír, traslucía alegría y contento simplemente por el hecho de estar juntos. Otras fotografías, de caballos, de gatos ya muertos pero no olvidados, como el pobre Boobs que no hacía mucho que había muerto y de modo misterioso (ella sospechaba que envenenado), se amontonaban en su escritorio.

Nancy, según confesó una vez a su amiga y profesora de economía doméstica, la señora Polly Stringer, era invariablemente la última de la familia en acostarse, y consideraba las doce de la noche su momento de «egocentrismo y vanidad». Era el momento de entregarse al rutinario tratamiento de belleza, al rito de limpiarse el cutis y aplicarle una crema, rito que los sábados, incluía también un lavado de cabeza. Aquella noche, después de secarse el pelo, lo cepilló, lo recogió con un finísimo pañuelo y sacó del armario la indumentaria que pensaba ponerse el día siguiente para ir a la iglesia: medias, mocasines negros y un vestido de terciopelo rojo, el más bonito que tenía, confeccionado por ella misma, vestido que habría de servirle de mortaja.

Antes de rezar sus oraciones, siempre registraba en su diario algún acontecimiento del día («Ha llegado el verano. Para siempre, espero. Ha venido Sue y hemos montado en Babe hasta el río. Sue ha tocado la flauta. Luciérnagas») y algún arranque repentino («Lo amo, de verdad que lo amo»). Era un diario para cinco años. En sus cuatro años de existencia, jamás había descuidado la anotación diaria, aunque el esplendor de algunos acontecimientos (la boda de Eveanna, el nacimiento de su sobrino) o el dramatismo de otros (su «primera pelea verdadera con Bobby», una página literalmente bañada en lágrimas), le habían obligado a usurpar el espacio destinado en principio al futuro. El distinto color de la tinta identificaba los sucesivos años: en 1956 era verde, en 1957 rojo, reemplazado al año siguiente por un brillante color lavanda, y ahora, en 1959, se había decidido por un más digno azul. Pero como en cualquier otra manifestación, su caligrafía, inclinada hacia la derecha, o a la izquierda, redondeada, o picuda, apretada o espaciada, denotaba aquella preocupación suya, como si estuviera continuamente preguntándose: «¿Es Nancy así? ¿O es asá? ¿Cuál soy yo?» (En una ocasión su profesora de inglés, la señora Riggs, le devolvió un tema que le había presentado con el comentario: «Bien. Pero ¿por qué escrito en tres caligrafías distintas?» A lo que Nancy replicó: «Porque todavía no soy lo bastante mayor como para tener una sola firma») Pero sin embargo, en los últimos meses había progresado y con una caligrafía que denotaba incipiente madurez escribió: «Jolene K. vino y le enseñé a hacer una tarta de cereza. Ensayado con Roxie. Bobby estuvo aquí y vimos la televisión. Se marchó a las once.”

—Aquí es, aquí es, tiene que ser aquí. Allí está el colegio, aquí el garaje, ahora tenemos que girar hacia el sur.

A Perry le parecía que Dick estaba murmurando alborozados conjuros. Dejaron la autopista, atravesaron a toda velocidad la desierta Holcomb y cruzaron las vías del ferrocarril de Santa Fe.

—La loma, ésa debe de ser la loma: ahora tenemos que volver al oeste, ¿ves los árboles? Aquí es, tiene que ser aquí.

Los faros del auto descubrieron un camino bordeado de olmos de China y recorrido por matas de cardos que arrastraba el viento. Dick apagó los faros, aminoró la marcha y se detuvo hasta que sus ojos se acostumbraron a la noche iluminada por la luna. Poco después el coche avanzó cautelosamente.

Holcomb se halla a veinte kilómetros al este del huso horario de la montaña, circunstancia que provoca más de una queja porque significa que a las siete de la mañana —y en invierno a las ocho o incluso después— todavía está oscuro y las estrellas, si las hay, brillan aún, como ocurría aquel domingo mientras los dos hijos de Vic Irsik cumplían con su diario menester. Pero a eso de las nueve, cuando los muchachos habían terminado su trabajo, durante el cual nada anormal notaron, el sol había salido ofreciendo otra hermosa jornada de las de la perfecta estación de los faisanes. Mientras se alejaban de la finca corriendo por la avenida, saludaron con la mano a un coche que llegaba y una chica contestó a su saludo. Era una compañera de colegio de Nancy Clutter que se llamaba también Nancy, Nancy Ewalt, hija única de Clarence Ewalt, que iba al volante, hombre de mediana edad, no muy aficionado a ir a la iglesia, ni tampoco su mujer, que, sin embargo, cada domingo acompañaba a su hija a la finca River Valley para que, en compañía de la familia Clutter, asistiese al servicio metodista de Garden City. Ello le evitaba «hacer ida y vuelta a la ciudad». Tenía la costumbre de esperar hasta que su hija hubiera entrado en la casa. Nancy, una jovencita que se preocupaba mucho del vestir, con cuerpo de artista de cine, el porte modesto del que lleva gafas y andar tímido, cruzó el césped y llamó al timbre de la entrada principal. La casa tenía cuatro entradas y cuando, después de llamar repetidamente nadie acudió a abrir, pasó a otra, la que daba al despacho del señor Clutter. La puerta estaba entreabierta. La abrió un poco más, lo suficiente para comprobar que en el despacho no había más que sombras, pero se quedó allí diciéndose que a los Clutter no les gustaría una «intromisión». Llamó con los nudillos, llamó al timbre y al final fue hasta la parte posterior de la casa. Allí estaba el garaje y vio que los dos coches estaban dentro: dos Chevrolet sedán. Lo que quería decir que tenían que estar en casa. Después de recurrir en vano a una tercera puerta, que daba a la despensa, y a una cuarta, que daba a la cocina, se volvió donde estaba su padre, quien dijo:

—Quizá duerman todavía.

—Eso es imposible. ¿Te imaginas al señor Clutter dejando de ir a la iglesia? ¿Y sólo para dormir un poco más?

—Vámonos, entonces. Iremos al Profesorado. Susan debe de saber qué ha pasado.

La casa del Profesorado, que se halla enfrente del colegio nuevo, es una construcción antigua, pardusca y patética. Sus veintitantas habitaciones están divididas en apartamentos gratuitos destinados a los miembros de la facultad que no pueden encontrar o permitirse otro alojamiento. Sin embargo, Susan y su madre habían conseguido dorar la píldora y dar ambiente íntimo y personal a su apartamento, que constaba de tres habitaciones en la planta baja. Era increíble lo que contenía aquella reducidísima sala de estar: además de los asientos, un órgano, un piano, un jardín de plantas en tiestos llenos de flores y, generalmente, un perrito muy vivaz y un enorme gato soñoliento. Aquella mañana de domingo, Susan, una alta y lánguida damita de cara pálida oval, con hermosos ojos de color gris azulado y manos extraordinarias de largos dedos flexibles y elegantes, estaba asomada a la ventana de su habitación observando la calle, vestida para ir a la iglesia y esperando de un momento a otro ver el Chevrolet de los Clutter, pues ella también iba al servicio religioso dominical acompañada por los Clutter. En lugar de los Clutter vio aparecer a los Ewalt, que le contaron la rara historia.

Pero Susan tampoco le supo encontrar explicación, ni su madre, que dijo:

—Si hubiera algún cambio de plan, vamos, estoy segura de que hubiesen llamado. Susan, ¿por qué no les llamas tú? Puede que estén todavía durmiendo, supongo.

—De modo que lo hice —dijo Susan en una declaración de fecha posterior—. Llamé a la casa y dejé que el teléfono sonara (o por lo menos me dio la impresión de que sonaba), oh, durante un minuto o más. No contestó nadie y entonces el señor Ewalt sugirió que volviésemos a la casa y tratáramos de «despertarles». Pero cuando llegamos allí…, yo no quería hacerlo. No quería entrar en la casa. Me daba miedo y no sé por qué, porque ni me había pasado por la cabeza. Bueno, algo así nunca se le ocurre a uno. Pero el sol era tan fuerte, todo parecía demasiado brillante y tranquilo. Y después vi que todos los coches estaban allí, incluso el viejo Vagón Coyote de Kenyon. El señor Ewalt llevaba ropa de diario y las botas llenas de barro; le pareció que no iba vestido como para hacer una visita a los Clutter. Especialmente porque nunca lo había hecho. Quiero decir que nunca había estado en la casa. Al fin, Nancy dijo que entraría conmigo. Nos fuimos hacia la puerta de la cocina y, claro, no estaba cerrada con llave, pues la única persona que cerraba puertas con llave en casa de los Clutter era la señora Helm. Nadie de la familia lo hacía. Entramos y en seguida me di cuenta de que los Clutter no habían tomado el desayuno: nada de platos, nada en el fuego. Entonces vi algo extraño: el bolso de Nancy. Estaba en el suelo, abierto. Atravesamos el comedor y nos detuvimos al pie de la escalera. La habitación de Nancy queda exactamente arriba. La llamé y empecé a subir los escalones, seguida de Nancy Ewalt. El ruido de nuestros pasos me asustó más que nada: sonaban tan fuertes y todo estaba tan silencioso… La puerta de la habitación de Nancy estaba abierta. Las cortinas no habían sido corridas y el cuarto estaba lleno de sol. No recuerdo haber gritado. Nancy Ewalt dice que grité sin parar. Sólo recuerdo el osito de peluche de Nancy que me miraba. Y Nancy. Y que eché a correr…

Mientras tanto, el señor Ewalt había decidido que quizá no debió haber dejado entrar a las chicas solas en la casa. Bajaba del coche para reunirse con ellas cuando oyó los alaridos. Pero antes de que pudiera llegar a la casa, las jóvenes corrían ya a su encuentro. Su hija gritaba:

—¡Está muerta! —y refugiándose en sus brazos, añadió—: De verdad, papá. ¡Nancy está muerta!

Susan se volvió contra ella:

—No, no está muerta. Y no lo digas. No te atrevas a decirlo. Sólo es que le sale sangre de la nariz. Le ocurre muchas veces, le sangra la nariz muchísimo y no le pasa nada más.

—Hay demasiada sangre por las paredes. No te has fijado bien.

—No conseguía entender lo que decían —testimonió posteriormente Ewalt—. Imaginé que quizá la chica estuviera herida. Se me ocurrió que había que llamar una ambulancia. La señorita Kidwell, Susan, me dijo que había un teléfono en la cocina. Lo encontré exactamente donde ella me dijo. Pero el auricular estaba descolgado, y cuando lo levanté vi que el hilo había sido cortado.

Larry Hendricks, profesor de inglés de veintisiete años, vivía en el último piso de la casa del Profesorado. Quería escribir pero su apartamento no era el refugio ideal para un aspirante a escritor, pues era más pequeño que el de las Kidwell y además lo compartía con su esposa y tres niños vivarachos, amén de una televisión siempre en marcha. («Es el único sistema de tener a los niños quietos.») Si bien hasta ahora no ha publicado nada, el joven Hendricks, ex marino muy viril, nacido en Oklahoma, que fuma en pipa, lleva bigote y posee un indomable pelo negro, tiene aspecto de literato, en realidad se parece mucho a Ernest Hemingway, el escritor que él más admira, en las fotografías de joven. Para redondear su sueldo de profesor conduce además el autobús del colegio.

—A veces hago noventa kilómetros al día —le dijo a un conocido—. Lo cual no me deja mucho tiempo para escribir. A no ser los domingos. Pues bien, aquel domingo, 15 de noviembre, estaba yo en el apartamento leyendo los periódicos. La mayor parte de las ideas para escribir un cuento las saco de los periódicos, ¿sabe? Bueno, la televisión estaba en marcha y los niños estaban más bien bulliciosos, pero aun así, pude oír voces. Abajo. En el apartamento de la señora Kidwell. Pero pensé que no era asunto mío ya que yo era nuevo aquí, pues llegué a Holcomb a principios de curso. Pero entonces Shirley, que estaba afuera tendiendo ropa, mi esposa Shirley, entró corriendo y dijo:

»—Cariño, será mejor que bajes. Están todos histéricos.

»Las dos chicas, desde luego, estaban en pleno ataque de histeria. Si quiere que les diga lo que pienso, Susan nunca se recobró del todo. Ni nunca se recobrará. Ni la pobre señora Kidwell. Es de poca salud; siempre está nerviosa. No dejaba de decir, claro, yo no entendí de qué se trataba hasta mucho después, no dejaba de decir: “Oh, Bonnie, Bonnie, ¿qué ha ocurrido? Pero si estabas tan contenta, si me dijiste que todo había terminado y que no volverías a estar mala.” Y cosas así. Hasta el señor Ewalt estaba tan alterado como puede estarlo un hombre así. Hablaba por teléfono con el despacho del sheriff, el sheriff de Garden City, y le decía que sucedía “algo absolutamente impropio en casa de los Clutter”. El sheriff prometió que iría inmediatamente y el señor Ewalt le contestó que iría hacia la autopista a su encuentro. Shirley bajó para quedarse con las mujeres y tratar de calmarlas, como si alguien hubiera podido. Y yo fui con Ewalt a la autopista a esperar al sheriff Robinson. Por el camino me contó lo que había sucedido. Cuando llegó a lo de haber descubierto que el hilo telefónico estaba cortado, entonces, me dije: “¡Huy! Mejor será que tengas los ojos bien abiertos y tomes nota de todos los detalles. Por si acaso has de declarar ante un tribunal.”

»Llegó el sheriff. Eran las nueve y treinta y cinco: miré mi reloj. Ewalt le hizo señal de que siguiera su coche y nos dirigimos a casa de los Clutter. Yo nunca había estado allí, sólo la había visto de lejos. A la familia la conocía, naturalmente. Kenyon era alumno mío de inglés, segundo curso, y había dirigido a Nancy en la representación de Tom Sawyer. Pero eran unos chicos tan extraordinarios, con tan pocas pretensiones, que nunca hubiera imaginado que fuesen ricos ni que vivieran en una casa tan grande, con árboles, aquel césped y todo tan en orden y cuidado. Al llegar allí, después de haber oído lo que Ewalt le contó, el sheriff se puso en contacto por radio con su despacho y pidió que le mandaran refuerzos y una ambulancia. Dijo:

»—Ha ocurrido algún accidente.

»Luego entramos en la casa, los tres. Atravesamos la cocina y vimos un bolso de mujer en el suelo y el teléfono con los hilos cortados. El sheriff llevaba una pistola al cinto y cuando empezamos a subir la escalera para ir a la habitación de Nancy, me di cuenta que la llevaba en la mano.

»Bueno, era una cosa horrenda. Aquella maravillosa jovencita… Me hubiera sido imposible reconocerla. Le habían disparado en la nuca, con el arma a pocos centímetros. Yacía sobre un costado, cara a la pared y la pared estaba cubierta de sangre. La ropa de la cama la cubría hasta los hombros. El sheriff Robinson la destapó y vimos que llevaba puesto un albornoz, el pijama, calcetines y zapatillas, como si en el momento del hecho, no se hubiese acostado aún. Tenía las manos atadas a la espalda y los tobillos atados con una cuerda de las que se usan en las persianas venecianas. El sheriff preguntó:

»—¿Es ésta Nancy Clutter?

»Él nunca la había visto antes. Y yo contesté:

»—Sí. Sí. Es Nancy.

»Salimos otra vez al corredor y miramos en derredor. Todas las demás puertas estaban cerradas. Abrimos una, era un baño. Había algo raro allí. Decidí que sería la silla, una silla del comedor que parecía muy fuera de lugar en un baño. La puerta contigua…, estuvimos todos de acuerdo en que debía de ser la habitación de Kenyon. Estaba llena de cosas propias de muchacho. Reconocí las gafas de Kenyon en un estante para libros que había junto a la cama. Pero la cama estaba vacía aunque parecía que alguien hubiera dormido en ella. Así que fuimos hasta el final del corredor y al abrir la última puerta encontramos, allí en su lecho, a la señora Clutter. La habían atado, también. Pero de otra manera, con las manos por delante, de modo que parecía estar rezando y en una mano tenía, agarraba, un pañuelo. ¿O era un kleenex? La cuerda que le rodeaba las muñecas le bajaba hasta los tobillos que tenía atados uno contra otro y de allí iba al pie de la cama, en una de cuyas patas había sido atada; un trabajo complicado y hábil. ¡Pensar el tiempo que habría requerido! Y mientras tanto la mujer allí, loca de terror… Bueno, pues llevaba puestas algunas joyas, dos anillos (y ésa es una de las razones por las que yo siempre descarté el robo como motivo), una bata, camisón blanco y calcetines blancos. Le habían tapado la boca con cinta adhesiva pero como le dispararon a quemarropa a un lado de la cabeza, la explosión, el impacto, había desprendido violentamente la cinta adhesiva. Tenía los ojos abiertos. De par en par. Como si todavía estuviera mirando al asesino. Porque no pudo dejar de verlo mientras apuntaba. Nadie dijo nada. Estábamos demasiado aturdidos. Recuerdo que el sheriff buscó por allí para ver si podía dar con el cartucho vacío. Pero quienquiera que hubiese sido, parecía demasiado listo y precavido para dejar tras de sí semejante pista.

»Como es natural, nos preguntábamos dónde estarían el señor Clutter y Kenyon. El sheriff dijo:

»—Miremos abajo.

»La primera habitación en que entramos fue el dormitorio principal, la habitación donde dormía el señor Clutter. La cama estaba abierta, y allí, a los pies de la cama, había un billetero con un montón de tarjetas esparcidas, como si alguien hubiera andado en ellas buscando algo en particular, una nota, un pagaré, ¿quién sabe? El hecho de que no hubiera dinero en él, no significaba nada. Era el billetero del señor Clutter y él nunca llevaba dinero encima. Hasta yo, que sólo hacía dos meses que estaba en Holcomb, lo sabía. Otra cosa que también sabía era que ni Clutter ni Kenyon podían ver un burro sin las gafas. Y las gafas del señor Clutter estaban allí en su escritorio. De modo que imaginé que, dondequiera estuviesen, no sería por propia voluntad. Miramos por todas partes y todo parecía tal como debía estar: ningún signo de lucha, nada fuera de su sitio. Excepto en el despacho, donde el teléfono estaba descolgado y los hilos cortados como en la cocina. El sheriff Robinson encontró unas escopetas en un armario y las olfateó para ver si se habían usado recientemente. Dijo que no, y en mi vida he visto individuo más desconcertado cuando añadió:

»—¿Dónde diablos puede estar Herb?

Entonces fue cuando oímos pasos. Alguien que subía la escalera del sótano.

»—¿Quién va? —preguntó el sheriff como dispuesto a disparar.

»Y una voz contestó:

»—Soy yo, Wendle.

»Resultó ser Wendle Meier, el vice-sheriff. Al parecer había llegado a la casa y, al no vernos, se fue a recorrer el sótano. El sheriff le dijo con una voz que daba pena:

»—Wendle, no sé qué pensar. Hay dos cadáveres ahí arriba.

»—Bueno —contestó Wendle—. Pues allá abajo tienes otro.

»Así que lo seguimos abajo, al sótano, que se hubiera podido llamar cuarto de estar. No estaba a oscuras, había unas ventanas que dejaban entrar la luz a raudales. Kenyon estaba en un rincón, echado sobre un diván. Le habían cerrado la boca con cinta adhesiva y estaba atado de pies y manos, como su madre: con aquel mismo complicado sistema de pasar la cuerda de las manos a los pies para terminar atado a un brazo del diván. En cierto modo es a él a quien recuerdo con mayor horror, a Kenyon. Quizá porque era el más reconocible, el que más se parecía a como era siempre, a pesar de que le hubieran disparado en la cara, de frente. Llevaba una camiseta y tejanos, iba descalzo, como si se hubiera vestido a toda prisa poniéndose lo primero que le viniera a mano. Tenía la cabeza apoyada en un par de almohadas colocadas allí como para facilitar el blanco.

»El sheriff dijo al cabo de un momento:

»—¿Adonde se va por allí? —indicando otra puerta del sótano.

»Entró primero el sheriff pero no veíamos nada hasta que Ewalt dio con el interruptor de la luz. Era el cuarto de la caldera, hacía mucho calor. Por aquí, la gente se limita a instalar una caldera de gas y a extraer todo el gas que quiere directamente del subsuelo. No cuesta nada, por eso todas las casas tienen demasiada calefacción. Bueno, yo di una ojeada al señor Clutter y me fue difícil mirarle por segunda vez. En seguida comprendí que simples disparos no podían justificar toda aquella sangre. Y no me equivocaba. Habían disparado contra él, desde luego, lo mismo que contra Kenyon, apuntándole el arma a la cara. Pero probablemente estaba ya muerto. O por lo menos agonizando. Porque tenía, además, la garganta abierta de un tajo. Llevaba puesto un pijama a rayas y nada más. En la boca tenía cinta adhesiva que le daba una vuelta completa a la cabeza. Tenía los tobillos atados uno contra otro pero no las manos, o quizás había podido, Dios sabe cómo, por la rabia y el dolor, cortar la cuerda que le ataba las manos. Estaba tumbado frente a la caldera. Sobre una enorme caja de cartón que parecía puesta allí adrede. Una caja de colchón. El sheriff dijo:

»—Mira eso, Wendle.

»Lo que señalaba era una pisada sanguinolenta. Sobre la caja del colchón. La pisada de una media suela de zapato con dos círculos: dos agujeros en el centro, como un par de ojos. Entonces uno de nosotros, ¿Ewalt?, no recuerdo, señaló otra cosa, algo que no me puedo quitar del pensamiento. Encima de nuestras cabezas, había un tubo de calefacción y atada a él, colgando de él, había un trozo de cuerda, de la cuerda que había empleado el asesino. Evidentemente, en cierto momento el señor Clutter estuvo atado allí colgado de las manos y luego cortaron la cuerda. Pero ¿por qué? ¿Para torturarle? No creo que lleguemos jamás a saberlo. Nunca sabremos quién fue, ni por qué, ni qué ocurrió en aquella casa aquella noche.

»Al poco rato, la casa empezó a llenarse de gente. Llegaron ambulancias, el juez de instrucción, el pastor metodista, un fotógrafo de la policía, la policía del estado, individuos de la radio y de la prensa. ¡Oh, un montón de gente! A la mayoría les habían avisado cuando estaban en la iglesia y se comportaban como si todavía estuvieran allí. No hacían ruido, hablaban en un susurro. Era como si nadie pudiera creerlo. Un policía del estado me preguntó si estaba allí por razones oficiales y dijo que si no era así lo mejor que podía hacer era marcharme. Afuera, en el césped, vi al vicesheriff hablando con un hombre, Alfred Stoecklein, el peón. Al parecer, Stoecklein vivía a menos de cien metros de la casa de los Clutter, y sólo había un granero entre ambas casas. Pero explicaba que no había oído ruido alguno, “no me he enterado de nada, hasta hace cinco minutos cuando uno de los chavales vino corriendo a decir que el sheriff andaba por acá. Mi mujer y yo no pegamos ojo anoche porque la cría se puso mala. Pero un coche sí lo oímos, a las diez y media o las once menos cuarto. El coche se iba y le dije a mi mujer: “Bob Rupp que se va.”

«Cuando me volví a casa, a mitad de camino, encontré al viejo collie de Kenyon y el animal estaba todavía asustado. Se quedó allí quieto con el rabo entre piernas, sin ladrar ni moverse. Y ver al perro, fue algo que me hizo sentir otra vez. Estaba demasiado aturdido, demasiado atontado para sentir toda la ruindad del suceso. El sufrimiento. El horror. Estaban muertos. Una familia entera. Buenas personas, gente amable, gente que yo conocía…, asesinados. Había que creerlo porque era rigurosamente cierto.

Cada veinticuatro horas, pasan por Holcomb ocho trenes de pasajeros sin detenerse. Dos de ellos recogen y entregan el correo, operación que, según describe con calor la persona encargada de ella, tiene su lado difícil:

—Pues sí, señor. Hay que estar muy alerta. Que los trenes pasan por aquí a veces a ciento sesenta kilómetros por hora. Sólo la ventolera que mueven, es capaz de derribarle a uno. Y mire que cuando los sacos salen volando…, ánimas benditas, si es como jugar al rugby: ¡Hua! ¡Hua! ¡HUA! Y no es que me queje, entendámonos. Es un trabajo honesto, un trabajo del gobierno y me mantiene joven.

El cartero de Holcomb, la señora Sadie Truitt, o Mamá Truitt, como la llaman en el lugar, no representa la edad que tiene, setenta y cinco años. Es una viuda maciza, curtida, que lleva una manteleta en la cabeza y botas de cow—boy («Comodísimas de llevar, suaves como plumas de ave»). Mamá Truitt es la más vieja de los nativos de Holcomb.

—Hubo un tiempo en que no había nadie que no fuera pariente mío. Por entonces a esto lo llamábamos Sherlock. Luego llegó aquel forastero. Uno que se llamaba Holcomb. Criaba puercos. Luego hizo dinero y decidió que el lugar se llamaría como él. Apenas lo consiguió, ¿qué hizo? Venderlo todo. Largarse a California. Pero nosotros no. Yo he nacido aquí y mis hijos nacieron aquí, ¡y aquí nos quedaremos!

Uno de sus hijos es la señora Myrtle Clare, encargada de la estafeta de correos.

—No vayan a creer que por eso conseguí este puesto del gobierno. Myrt ni siquiera quería que fuese para mí. Pero es un puesto que se concede según solicitud. Se le da a aquel que hace la oferta más baja. Y yo siempre lo hago, tan por debajo que ni una oruga podría mirar por encima. ¡Ja, ja! Eso fastidia a los jóvenes. Hay montones de muchachos que quisieran tener este trabajo, sí, señor. Pero lo que no sé es si les gustaría tanto cuando la nieve es alta como Primo Carnera, el viento sopla con ganas y de pronto te llegan los sacos por los aires. ¡Uf! ¡Ahí va!

En la profesión de Mamá Truitt, el domingo es un día tan laborable como otro cualquiera. El 15 de noviembre, mientras aguardaba el tren del oeste de las diez treinta y dos, se quedó estupefacta al ver que dos ambulancias cruzaban la vía y se dirigían hacia la finca de los Clutter. El incidente la impulsó a hacer lo que no había hecho jamás: abandonar su puesto. Que el correo caiga donde mejor le parezca. Aquéllas eran noticias que Myrt tenía que oír en seguida.

La gente de Holcomb habla de su estafeta de correos llamándola Edificio Federal, lo que parece un título demasiado pomposo para designar una simple barraca expuesta al polvo y al viento. El techo tiene goteras, las tablas del suelo bailan, los buzones no cierran, las bombillas están rotas, el reloj, parado.

—Sí, es un desastre —admite la cáustica dama imponente y un poco original, que preside aquel desorden—. Pero los sellos funcionan, ¿no? Y además, ¿a mí qué me importa? Aquí detrás, en mis dominios, se está muy a gusto. Tengo una mecedora, una buena estufa de leña, una cafetera y todo lo que quiero leer.

La señora Clare es un personaje famoso en el condado de Finney. Su celebridad no es consecuencia de su actual ocupación, sino de la anterior: empresaria de una sala de baile, encarnación que su apariencia no deja adivinar. Es una mujer demacrada, que viste pantalones, camisa de lana y botas de cow—boy, de pelo tan rojo como el jengibre y genio tan fuerte como el sabor del jengibre también, de edad no revelada («cosa mía es saberla y suya adivinarla»), pero de opiniones prontamente reveladas, en su mayoría, anunciadas con el sonido agudo y penetrante del canto de un gallo. Hasta 1955, ella y su difunto marido dirigieron el Pabellón de Baile de Holcomb, empresa que, dada su singularidad en la zona, atraía en un radio de ciento cincuenta kilómetros a una clientela que se entregaba a la bebida y al acrobático movimiento de los pies y que, de vez en cuando, atraía la atención del sheriff.

—Desde luego que pasábamos momentos malos —dice la señora Clare rememorando—. A esos paletos con las piernas arqueadas, les das un poquitín de licor y se convierten en pieles rojas… quieren el cuero cabelludo de todo aquel con quien se tropiezan. Naturalmente, nosotros sólo poníamos los vasos, el hielo; nunca alcohol. No hubiéramos servido ni aunque hubiera sido legal. Mi marido, Homer Clare, no podía con él; ni yo tampoco. Un día (hace hoy siete meses y doce días que dejó este mundo, a causa de una operación que le hicieron en Oregón y que duró cinco horas) me dijo:

»—Myrt, hemos pasado la vida en un infierno, pero ahora vamos a morir en el cielo.

»Y al día siguiente cerramos la sala de baile. No me arrepentí nunca. Oh, al principio, claro, echaba de menos la vida nocturna, la música, la alegría. Pero ahora que Homer ha muerto, estoy satisfechísima con mi trabajo aquí en el Edificio Federal. Si quiero, me siento. Si quiero, me tomo un café.

Precisamente cuando Mamá Truitt volvió aquel domingo por la mañana, acababa de preparar café.

—¡Myrt! —gritó, pero no pudo decir más hasta que recuperó la respiración—. Myrt, dos ambulancias iban a casa de los Clutter.

Su hija contestó:

—¿Y dónde está el diez treinta y dos?

—Ambulancias. Iban a casa de los Clutter…

—Bueno, ¿y qué? Será Bonnie. Tendrá otro de sus días. ¿Dónde está el diez treinta y dos?

Mamá Truitt se rindió. Como siempre, Myrt sabía de qué se trataba y tenía la última palabra. De pronto se le ocurrió una idea.

—Myrt, si sólo es Bonnie, ¿por qué dos ambulancias?

Pregunta sensata que, siendo la señora Clare una admiradora de la lógica aunque la aplicaba de modo harto curioso, no tuvo más remedio que admitir. Dijo entonces que llamaría por teléfono a la señora Helm.

—Seguro que Mabel sabrá algo.

La conversación con la señora Helm duró varios minutos y fue de lo más angustiosa para Mamá Truitt que no podía oír más que las respuestas vagas y monosilábicas de su hija. Peor aún, cuando su hija colgó el teléfono, no satisfizo la curiosidad de su madre sino que se bebió el café, fue luego a su mesa y empezó a timbrar un montón de cartas.

—Myrt —gimió Mamá Truitt—. Por el amor de Dios, ¿qué dijo Mabel?

—No me extraña nada —contestó la señora Clare—. No hay más que ver cómo pasó la vida Clutter, siempre obsesionado con la prisa, precipitándose a recoger su correo sin tener nunca un segundo para decir «buenos días», «gracias», corriendo de acá para allá como un gallo sin cabeza, haciéndose socio de clubes, mangoneándolo todo, acaparando puestos que quizás otros querían. Y fíjate ahora… Todo se le acabó. Bueno, ya no tendrá prisa por ir a ninguna parte.

—¿Por qué, Myrt? ¿Por qué?

La señora Clare levantó la voz:

Porque está muerto. Y Bonnie también. Y Nancy. Y el chico. Los han matado a tiros.

—Myrt…, no digas esas cosas. ¿Quién los mató? —suplicó Mamá Truitt.

Sin dejar de timbrar las cartas, la señora Clare replicó:

—El tipo del avión. Aquel a quien Herb le puso el pleito porque cayó sobre sus frutales. Si no fue él, tal vez hayas sido tú. O cualquier vecino. Los vecinos son todos serpientes de cascabel, malas víboras que están esperando poder darte con la puerta en las narices. Es lo mismo en todo el mundo. Ya lo sabes.

—No —dijo Mamá Truitt tapándose las orejas con las manos—. Nunca supe de una cosa así.

—Malas víboras.

—Tengo mucho miedo, Myrt.

—¿De qué? Cuando te llega la hora, te llega. Y no te van a salvar las lágrimas —se dio cuenta de que su madre empezaba a verter algunas— Cuando murió Homer gasté todo el miedo que llevaba dentro y todo el dolor también. Si anda alguien por ahí con ganas de cortarme el cuello, le deseo mucha suerte. ¿Qué más da? En la eternidad todo es lo mismo. Porque recuerda esto: si un pájaro llevara la arena, grano a grano, de un lado a otro del océano, cuando la hubiera transportado toda, eso sólo sería el principio de la eternidad. De manera que suénate.

La horrible información anunciada desde los pulpitos de las iglesias, difundida por los cables telefónicos, publicada por la estación de radio de Garden City, KIUL («Increíble tragedia, indescriptible con palabras, se ha abatido sobre cuatro miembros de la familia de Herb Clutter a última hora del sábado o en la madrugada de hoy. La muerte, brutal y sin motivo aparente…») provocó en el oyente común una reacción más próxima a la de Mamá Truitt que a la de la señora Clare: estupor teñido de consternación, una sensación de vago horror que las heladas fuentes del miedo individual se encargaron rápidamente de hacer más profunda e intensa.

El Café Hartman, que se compone de cuatro toscas mesas y una barra, podía acoger sólo a unos pocos de los chismosos (en su mayoría hombres) que querían reunirse allí, espantados. La propietaria, la señora Bess Hartman, una dama delgada nada tonta, que lleva el pelo en cortos rizos rubiogrisáceos y de vivaces y autoritarios ojos, es prima de la encargada de correos, la señora Clare, cuyo candor iguala o quizá sobrepasa.

—Hay quien dirá que soy un vejestorio, pero la verdad es que lo de los Clutter me ha dejado de piedra —le decía luego a una amiga suya—. ¡Cómo imaginar que alguien pueda cometer semejante hazaña! En cuanto me enteré, porque todos venían por aquí contando cosas que te ponían los pelos de punta, lo primero que pensé fue que había sido cosa de Bonnie. Claro, era una tontería, pero no sabíamos exactamente cómo había sido la cosa y muchos pensaban que tal vez…, con eso de sus crisis y así… Ahora no sabemos qué pensar. Debe de haber sido por envidia. Hecho por alguien que conocía la casa de arriba abajo. Pero ¿quién odiaba a los Clutter? Nunca oí una palabra contra ellos, todos los querían tanto como se puede querer a una familia, y si una cosa así ha podido sucederles, precisamente a ellos, ¿quién puede estar tranquilo, me pregunto yo? Un viejo, sentado aquí aquel domingo, puso el dedo en la llaga, dio la explicación de por qué nadie puede dormir:

»—Todas las personas de por aquí son nuestros amigos, no hay nadie que no lo sea.

»En cierto modo, eso es lo peor de este crimen. ¡Qué cosa tan horrible no poder mirar al vecino sin recelo! Sí, es duro aceptarlo, pero estoy segura de que si encuentran al que lo hizo, tendremos una sorpresa mayor que la de los mismos asesinos.

La esposa de Bob Johnson, el agente de seguros de la New York Insurance, es una excelente cocinera, pero la cena del domingo que había preparado quedó por comer, por lo menos antes de que se enfriara, porque en el preciso momento en que su esposo hundía el cuchillo en el faisán asado, un amigo lo llamó por teléfono:

—Y fue entonces —recuerda con tristeza— cuando me enteré de lo ocurrido en Holcomb. No lo creí. Era imposible. ¡Señor, pero si tenía el cheque de Clutter en el bolsillo! Un pedazo de papel que valía ochenta mil dólares, si lo que acababan de decirme era cierto. Pero decía para mí: «No puede ser, es una equivocación, cómo va a ocurrir semejante cosa. Eso no sucede nunca. Nadie le vende una póliza de las grandes a un hombre que se muere un minuto después. Asesinado. Lo que quiere decir doble indemnización.» No sabía qué hacer. Llamé al director de nuestra oficina de Wichita. Le dije que tenía el cheque pero que no lo había depositado y le pedí consejo. Bueno, la situación era delicada. Al parecer, legalmente no estábamos obligados a pagar. Pero moralmente era distinto. Y claro, nos decidimos por lo moral.

Las dos personas que se beneficiaron de esta digna actitud, Eveanna Jarchow y su hermana Beverly, únicas herederas de la propiedad paterna, iban, a las pocas horas del horroroso descubrimiento, camino de Garden City. Beverly venía de Winfield en Kansas donde había sido invitada por la familia de su prometido y Eveanna de su casa de Mount Carroll en Illinois. Poco a poco, en el curso de aquel día, se les notificó también a otros parientes, al padre de Clutter, a sus dos hermanos, Arthur y Clarence, a su hermana casada con Harry Nelson, todos de Larned, Kansas, así como a su segunda hermana, Elaine Selsor de Palatka, Florida. Asimismo a los padres de Bonnie, el señor Arthur B. Fox y su esposa que vivían en Pasadena, California, y sus tres hermanos, Harold de Visalia, California, Howard de Oregón, Illinois, y Glenn de Kansas City, Kansas. En realidad, a la mayoría de los que debían reunirse el Día de Acción de Gracias en casa de los Clutter, se les telefoneó o cablegrafió y casi todos se pusieron inmediatamente en camino para aquella reunión de familia, no alrededor de una mesa dispuesta con los mejores manjares, sino ante el túmulo de un funeral múltiple.

En el Profesorado, Wilma Kidwell tenía que dominarse para procurar dominar a su hija, porque Susan, con los ojos hinchados y en plena crisis de violentas náuseas, insistía desesperadamente en querer marcharse porque debía, a toda costa, correr a la granja de Rupp que estaba a cinco kilómetros.

—¿No lo entiendes, mamá? —decía—. ¿Y si Bobby se entera? El la quería. Nosotros dos la queríamos. Tengo que ser yo quien se lo diga.

Pero Bobby ya lo sabía. De vuelta a su casa, Ewalt pasó por la granja de los Rupp y tuvo una conversación con su amigo Johnny Rupp, padre de ocho hijos de los que Bobby era el tercero. Juntos se fueron luego a un edificio separado de la granja propiamente dicha, demasiado pequeña para albergar a todos los hijos Rupp, de manera que los niños dormían en aquel anexo y las niñas «en casa». Bobby se estaba haciendo la cama. Prestó atención a lo que le decía Ewalt, no hizo comentarios y le dio las gracias por haber ido hasta allí. Después de lo cual, salió del edificio y se quedó de pie al sol. La finca de los Rupp está en una despejada altiplanicie desde la que se pueden ver los campos segados, relucientes de sol, de la finca River Valley. Fue ese escenario lo que estuvo contemplando durante casi una hora. Nadie consiguió distraerle ni sacarle de allí. Se oyó la campana que anunciaba que la comida estaba en la mesa, la madre le decía a Bobby que entrara en la casa, repitiéndoselo una y otra vez. Hasta que por fin el padre le dijo:

—No. Es mejor dejarlo solo.

También Larry, el hermano menor, se negó a obedecer a la llamada de la campana. Se movía en torno a Bobby, incapaz de ayudarle, pero con ganas de hacerlo, a pesar de que se oyó decir algún que otro «lárgate». Luego, más tarde, cuando su hermano cambió de postura y echó a andar hacia la carretera, a campo traviesa camino de Holcomb, Larry se fue tras él.

—¡Eh, Bobby! Escucha. Si hemos de ir a alguna parte, ¿por qué no tomamos el coche?

Su hermano no le contestó. Caminaba muy decidido, en realidad corría, pero a Larry no le costaba darle alcance, pues, aunque sólo tenía catorce años, era más alto, más ancho de pecho y tenía las piernas más largas. A pesar de todos sus méritos deportivos, Bobby, era de talla algo inferior a la media, robusto pero delgado, un muchacho de buena musculatura y rostro franco, feote y atractivo.

—¡Eh, Bobby! Escucha. No van a dejar que la veas. No te serviría de nada.

Bobby se volvió y le dijo:

—Tú vete. Vuélvete a casa.

El hermano menor se detuvo un momento y luego volvió a seguirlo a distancia. A pesar de la temperatura de sequía del tiempo de las calabazas y de la árida luminosidad del día, los muchachos sudaban cuando se aproximaron a una barrera que la policía del estado había erigido a la entrada de la finca River Valley. Muchos amigos de la familia Clutter y forasteros de toda la región de Finney se habían reunido allí, pero ninguno había podido cruzar la barrera que, poco después de la llegada de los hermanos Rupp, fue brevemente alzada para permitir la salida a cuatro ambulancias, número requerido para el transporte de las víctimas, y de un coche atestado de hombres que colaboraban con el sheriff, hombres que ya entonces mencionaban el nombre de Bobby Rupp. Porque Bobby, como él mismo iba a saber antes de la caída de la noche, era el sospechoso número uno.

Desde la ventana de su salita de estar, Susan vio deslizarse silencioso el cortejo blanco, lo siguió con la mirada hasta perderlo de vista al doblar la esquina, hasta que la polvareda de la calle sin pavimentar se hubo posado otra vez.

Estaba todavía contemplando la escena cuando la figura vacilante de Bobby, que se dirigía a ella seguido de su hermano menor, pasó a integrarla. Susan salió a recibirlo a la galería.

—Hubiera querido ser yo quien te lo dijera —murmuró.

Bobby comenzó a sollozar. Larry se detuvo en la esquina del patio del Profesorado, encorvado junto a un árbol. No recordaba haber visto nunca llorar a Bobby ni deseaba verlo. Así que bajó los ojos.

Muy lejos, en Olathe, en una habitación de hotel con persianas que velaban la luz del sol de mediodía, Perry dormía mientras una radio portátil gris murmuraba a su lado. Aparte de quitarse las botas, no se había tomado la molestia de desvestirse. Sencillamente había caído boca abajo, como si el sueño fuera un arma que le hubiera herido por la espalda. Las botas, negras con rebordes plateados, recibían un baño de agua caliente jabonosa, ligeramente rosada, en el lavabo.

Unos kilómetros más al norte, en la acogedora cocina de una modesta granja, Dick terminaba su cena del domingo. Los demás a la mesa (su madre, su padre, su hermano menor) no notaron nada raro en él. Había llegado a casa a mediodía, besado a su madre, contestado a todas las preguntas que le hizo su padre respecto al supuesto viaje de Fort Scott y se sentó a comer con su aire de siempre. Después de comer, los tres miembros masculinos de la familia se sentaron en la sala a ver, por televisión, un partido de baloncesto. La transmisión apenas había empezado cuando el padre se sorprendió al oír que Dick estaba roncando. Como le dijo a su hijo menor, nunca creyó vivir para ver el día en que Dick preferiría dormir a ver un partido de baloncesto. Claro está, pero no podía suponer lo cansado que estaba Dick, pues ignoraba que su hijo, allí dormido, había hecho más de mil doscientos kilómetros al volante en las últimas veinticuatro horas, entre otras cosas.

 

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