La edad del idiota: 26. Vacaciones

Diego M. Rotondo

 

 

26

VACACIONES

 

—¡Lo mataste, boludo! ¡Lo mataste! —me grita Iván y se agarra las orejas.

Ricardo yace en el patio del recreo, boca arriba, con los ojos salidos de las órbitas, rojos como cerezas. Los cordones de las zapatillas le aprietan el cuello. No me siento nada mal.

—Hay que desmontarlo… —indica Pedro escribiendo fórmulas en un pizarrón—. Hay quitarle cada parte del esqueleto y enterrarla en la arena de la playa. Es lo que hubiese hecho Ray Luca…

—¿Y las zapatillas? —le pregunto.

—Tenemos que derretirlas con ácido muriático, de lo contrario volverán siempre a nosotros, como espíritus malignos. Además, son el arma homicida. Hay que actuar rápido…

Iván se arrodilla junto a Ricardo y le toma el pulso lamiéndole la yugular. Tras comprobar que está bien muerto intenta desenlazar los cordones de las zapatillas y me dice:

—¿Me las regalás?… Si total a vos no te gustan.

—¡Pero vas a ir a la cárcel, pelotudo! ¡Te van a incriminar a vos! —le grito y de repente me doy cuenta de que no es Iván, es Joaquín.

—En la cárcel se las puedo prestar a los presos, así evito que me violen… —responde mientras tironea de los cordones sin éxito—. ¡Están muy anudados, no salen!

Me arrodillo sobre el pecho de Ricardo y empezamos a tironear de las zapatillas para romper los cordones, tiramos tan fuerte que acabamos decapitando el cadáver; su cabeza rueda por el patio.

—¡Lo rompieron, idiotas! —chilla Pedro—. ¿¡Ahora quién nos lo va a comprar!?

La cabeza de Ricardo gira a nuestro alrededor y empieza a hablar.

—Los voy a matar a los tres… y primero a vos, ¡RotonTo! —dice y ríe a carcajadas.

La pateo con todas mis fuerzas. «¡Voy a matarte, Rotooontooooo!…», su voz va menguando a medida que su cabeza-pelota se aleja rumbo a las nubes.

Despierto.

—¿¡Por qué no dejás de patear mi asiento, carajo!?…

Mamá se da vuelta y me lanza una mirada indignada. Papá maneja como un robot, no habla, apenas respira; se prende del volante del Falcon con ambas manos y no desvía sus ojos del camino. Me reincorporo en el asiento, pego la nariz al vidrio e intento ver lo que indica el próximo cartel. A 110 kilómetros por hora el cartel verde pasa como un rayo, igual alcanzo a leerlo: «LA LUCILA DEL MAR – 80 KM.». ¡Qué alegría, dormí la mayor parte del viaje!

Me siento en el medio del asiento y me agarro de los apoyacabezas de mis padres, observo mi cara en el retrovisor de la cabina, todavía tengo la nariz inflamada y un leve corte en la ceja. El corte es sexy, me hace recio, pero la nariz… parezco un payaso. Ojalá se me sane rápido.

—¡Correte ché, me estás cubriendo la visión! —se queja mi padre acomodando el espejito para ver a los autos que vienen detrás; es la primera vez que habla desde que salimos. Mamá se da vuelta y examina mi nariz.

—Qué vergüenza… pelearte así con un amigo de toda la vida… —se lamenta.

—Él empezó. —le respondo.

—No importa quién empezó. No pueden agarrárse a trompadas de esa forma, como si fuesen villeros. Podían haberse matado.

—Lo hubiese matado si no venían esos tipos a separarnos.

—¡Qué lindo lo que decís, eh!: «Lo hubiese matado»… ¿Pero qué te creés que sos ahora, un gángster o algo parecido?…

Mamá le sirve un mate a Papá y se lo entrega con mucho cuidado, él lo toma con su mano derecha sin dejar de mirar la ruta.

—Al final, no sé para que gastamos tanto en buenos colegios, si después resuelve los problemas a las trompadas, como un groncho… —le dice Mamá.

—¿Gastamos?… —pregunta papá mirándola de reojo—. Yo soy el que garpa el colegio, no te olvides…

Ya sé cómo sigue esto.

—Sí, tenés razón, vos pagás el colegio… —le responde mamá alzando la voz—. Pero yo tengo que lidiar con sus problemas todos los días de la semana, además de prepararle la comida, lavarle la ropa, limpiarle la habitación, etc.

—Es tu deber de madre… —responde papá devolviéndole el mate.

Mamá suelta una carcajada maléfica.

—¡Es verdad! ¡Ése es mi deber! ¿Y tu deber es pagarle el colegio y darle plata de vez en cuando, nada más?…

—Yo pago muchas cosas, no sólo el colegio.

—Es lo menos que podés hacer siendo que como padre sos un desastre, por eso el chico tiene que ver a una psiquiatra y tomar pastillas, por tu ausencia…

Papá gira su cabeza hacia ella y el auto zigzaguea levemente.

—¡Pero dejá de decir pelotudeces! ¿Qué carajos tiene que ver eso? ¡Lo que le pasa a él le pasa a todos los pibes de su edad! Son las hormonas, la calentura y todo ese asunto.

Mamá carcajea cínicamente. Ambos riñen como si yo no estuviera presente.

—Las hormonas, claro… las hormonas le hacen llevar armas a la escuela, claro… El día que mate a un compañero vamos a culpar a “las hormonas”…

Se hace un silencio de 5 segundos. Alcanzo a leer otro cartel: «LA LUCILA DEL MAR – 50 KM.»

—Él no va a matar a nadie… —papá me echa una mirada amistosa a través del retrovisor—. Es un buen pibe, no tiene maldad.

—Va a matarme a mí, pero de los nervios… —concluye mamá y le sirve otro mate.

El viaje continúa en silencio. Me doy cuenta de que cuando estoy pendiente de la franja de campo interminable que bordea la ruta, los kilómetros pasan más despacio.

Nunca me gustó el olor de los autos de mi padre, cuando era más chico me hacía vomitar, ellos creían que era el mareo del viaje, pero no, era ese “olor a auto”. Ahora lo percibo mejor y entiendo de qué se trata: es olor a humo de escape; está impregnado por los asientos, por el tablero, las alfombras, por todas partes, y aún me da un poco de asco. Papá usa mucho el auto, viaja por todo el país visitando clientes; tal vez sea un olor frecuente en los autos de los viajantes de comercio.

Papá se dormirá una buena siesta al llegar, luego, cuando caiga el sol, me dará un rollo de billetes y se volverá a Buenos Aires con su amante. Todos los años es igual: mamá irá cada mañana a la playa con su reposera, leerá su novela de Agatha Christie y tomará sol hasta incendiarse. Yo nadaré un rato, saludaré a las olas, caminaré por la orilla, juntaré caracoles y esas cosas que hago siempre; por la tarde buscaré mi destino en los videojuegos. Solo, siempre solo.

Atravesamos la entrada arbolada de La Lucila, la mejor parte del camino. Los árboles al costado de la ruta se ciñen sobre nosotros y forman un túnel verde que nos da la bienvenida. Al final del camino asoma el mar resplandeciente.

Llegamos a la casa y bajamos las valijas. Papá se come un sándwich y luego se encierra en una habitación a dormir. Mamá ordena todo en silencio. La casa permanece cerrada la mayor parte del año y huele mucho a humedad; pero no a esa humedad repulsiva de la ciudad; éste es un aroma agradable, como de arena mojada y corteza de pino.

En la calle hay un par de chicos jugando a la paleta, cada vez que devuelven la pelota gritan: «¡tomá puto!». Deben tener 10 u 11 años y juegan bastante mal. Me siento sobre la tapia de la entrada y los miro un rato; ellos ni se percatan de mí. Mamá se asoma por la puerta para avisarme que preparó sándwiches de longaniza y queso. Entro y almuerzo con ella en silencio. Sigue enojada conmigo, ni siquiera estar de vacaciones le quita el mal humor.

—¿Podés cambiar esa cara de culo?… —le reclamo con la boca llena.

Ella mastica en silencio. Toma un trago de Coca y me mira seria.

—¿Sabías que ya pasó un año del accidente de los padres de Pedro?

—No sabía…

—¿No se te ocurrió pensar que tu amigo está pasando una mala época y que estas vacaciones deben haber sido diferentes para él porque le deben haber traído recuerdos horribles? ¿No se te ocurrió pensar en eso antes de pegarle?…

—Él también me pegó, y bastante fuerte… —me señalo la nariz.

—Hablé con su hermano ayer. Me dijo que Pedro estuvo llorando toda esa tarde, no sólo por haberse peleado con vos, sino porque recién ahora, después de todo este tiempo, está empezando a sentir culpa por la muerte de sus padres. Y cuando más necesita un amigo, se encuentra con vos y le pegás.

—¡Pero él me robó las zapatillas, ya te lo conté mil veces!

Mamá corre su plato a un costado y cruza los brazos sobre la mesa. Me habla despacio, casi murmurando, con ese enfado contenido que me saca de quicio.

—Pedro está en una crisis, ¿entendés?… ¿Cómo te sentirías si tu padre y yo nos matásemos en la ruta por tu culpa?…

—¡¡No sé y no me interesa!! —le grito, me levanto, arranco el mantel de la mesa y tiro todo a la mierda—. ¡Me tenés harto, pelotuda! ¡Andá a adoptar a Pedrito y dejá de romperme las pelotas!

Salgo de la casa en llamas. Mamá me putea desde el interior, en otra época me hubiese cagado a patadas, pero ahora no, ya soy grande, ahora me tiene un poco de miedo.

No puedo creerlo, acabo de llegar y esta puta ya me arruinó el día. La detesto. Lo único que hace es meterme culpa por todo; siempre lo hizo, desde que era chiquito, siempre fui el culpable; incluso tuve la culpa de que papá la dejase. La odio, los odio a ambos.

Camino hacia la playa pateando piedras por el camino, son las 4 de la tarde, hace un día hermoso y el balneario está lleno de gente feliz. Paso a unos metros de un grupo de pibes de mi edad que se empujan entre sí amistosamente, me quedo mirándolos con mala cara, esperando que me digan algo para agarrarme a piñas. Necesito romperle la cara a alguien… o que me la rompan a mí.

—¡Ey, Diego! —grita uno de ellos. Me acerco y lo reconozco.

 

 

 

 

 

 

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