La Chanca (II)

Juan Goytisolo

 

 

8

Mientras regresamos, el Luiso explica que, en sus años mozos, el Sable fue uno de los hombres más fuertes de La Chanca.

—Toavía cuando lo soltaron no había ningún joven que pudiera con él a pulso… Plantaba el brazo en la mesa, y no se lo doblaba ni Dios. Y, si se terciaba la ocasión de hablá, uno se queaba engustao escuchándole. El tío sabía discutí y arrumbaba al más pintao. En el muelle, tos los patronos le temían.

El sol ha comenzado a bajar poco a poco y parece que se respira mejor. La luz respeta la variedad de los matices. Las casas ya no son uniformemente blancas y el azul del cielo se intensifica.

—Los almerienses tenemos la boca muy dulce pa eso de renegá, pero el Sable levantaba verdaderas ronchas. Recuerdo que una vez el de la contrata nos quería encajá unos seguros y el Sable le puso de ladrón pa arriba delante de tos, hasta que el otro tuvo que achantarla…

El Luiso parece deprimido y, cuando le paso mi cajetilla de Gitanes, enciende el cigarrillo y aspira el humo en silencio. La nuez le sube y baja por el gañote y sus ojos de moro centellean.

—La vía lo ha castigao mucho —dice—. Antes de la guerra, su mujé y él llevaban un colmao detrás de Correos pero, al irse él fuera, se fue desaparroquiando de año en año y su mujé lo tuvo que vendé por ná.

Los dos caminamos sin rumbo fijo, entre las basuras y las moscas y, de repente, mi amigo se detiene y me propone recorrer el barrio alto.

—Allá mira usté y cree que está en la India. Nosotros le decimos el Cerrillo del Hambre.

—¿Es más pobre que éste?

—¡Jodé! Los de abajo vivimos como canónigos.

El Luiso se expresa con cierto regodeo y yo digo para mi sayo que, de igual modo que los anfitriones de Madrid o Barcelona enseñan sus habitaciones confortablemente burguesas, el alménense no puede ofrecer otra cosa que su pobreza y degradación. En uno y otro caso el impulso es idéntico; únicamente el decorado cambia.

Durante toda la tarde, mi amigo me escolta por sus dominios de hambre y raquitismo, tracoma y lepra, y el Luiso ronquea al hablar y en su rostro se pinta un deleite sombrío, un orgullo feroz y desesperado. En el mismo suelo que, hace siglos, fue testigo de una civilización floreciente; que, no hace ochenta años aún, poseía fábricas, fundiciones y minas, la miseria es reina y señora, y el alménense vive la existencia esclavizada del hombre sometido a una bárbara explotación colonial. En tanto que la población de España ha duplicado en los últimos cincuenta años, la de Almería —pese a su índice vital, uno de los más altos de la Península— ha descendido en un cero cuarenta y seis por cien. En este período, doscientos siete mil almerienses emigraron a Cataluña, Francia, América, a las cinco partes del mundo. Según estadísticas oficiales mencionadas por Pérez Lozano, entre los ochenta mil habitantes de Almería-capital hay diez mil pobres «extremos» y diecisiete mil pobres «necesitados», lo que suma un porcentaje de un treinta y cuatro por cien de pobres en la ciudad.

El Luiso me conduce por un dédalo de senderos y, al llegar a lo alto de la cuesta, las chozas se transforman en simples boquetes abiertos en la escarpa del tajo, sin revoque, puertas ni ventanas. Un chiquillo juega con un biberón vacío y parece observarnos con sus ojillos ciegos, devorados por el tracoma. Como a centenares de otros inválidos, sus padres deben de llevarlo anualmente al Santuario de Torre García, para invocar su curación a la imagen milagrosa de Nuestra Señora del Mar. En un muro de piedra alguno ha escrito: «Gibraltar para España», y el Luiso sigue la dirección de mi mirada y se adelanta a mi pensamiento.

—¿Y España pa quién?

En el interior de las cuevas entreveo figuras deformes de viejos, mujeres, criaturas. La locura, la tuberculosis se ceban en ellos y tengo la impresión de que se ocultan a nuestro paso. Sentado en la orilla del camino, un hombre vestido con camisa de soldado se acaricia las mejillas, cubiertas por una barba de varios días. El pelo le cae en sortijas sobre la frente y, al cruzar junto a él, sus ojos miran sin vernos, vidriosos, impersonales.

—Éste es un bacilón de mieo —me confía el Luiso—. En cuanto tié un rea se merca un par de petardos y se quea asín horas y horas. El mes pasao resbaló por la calle y se pegó un santazo, que hubieron de darle tres puntos. El tío se perece por la grifa.

El sendero bordea una hilera de covachas abandonadas y mi amigo me coge del brazo y explica que en el barrio hay una porrada de fumadores.

—Al bajá te llevaré al bar en donde se reúnen —añade tuteándome—. Aquí le llamamos el Clú de los Bacilones. Algunos son compadres míos.

Luego torcemos hacia la barranquilla y no hemos avanzado ni una docena de metros cuando avisto a la vieja de la leche con quien tropecé por la mañana. Ahora descansa, sentada en una silla de tijera, y ruega o maldice por lo bajo.

—Está loca —dice el Luiso—. Tenía dos hijos y los perdió en la guerra, durante el bombardeo de los alemanes.

Yo me acuerdo de los cepillos que hay en los comercios y bares de Almería con la inscripción: «Por caridad, un pitillo para los ancianos desamparados», y pregunto por qué no la han internado en el Asilo.

—Las monjas solo puén recoge a los que cobran algún retiro. Ésta se muere un día en la cueva y no se entera naide.

El sol parece tintarse de rojo y la fauna del barrio se multiplica. La Chanca se despereza lentamente, aturdida todavía por el calor. Los pájaros revolean sobre los torreones de la Alcazaba y los vecinos invaden las calles y se comunican a gritos.

Mi amigo y yo bajamos la pendiente a trancos y, en la torrentera, el bullicio de un zoco improvisado evoca al de cualquier pueblo de Almería. Los gitanos van a regatonear con sus asnos, pero el público no se deja trastear fácilmente y, después de llevar poste durante largas horas, los feriantes se vuelven tan pobres como habían venido. Cerca de nosotros, dos hombres preparan la lechada para blanquear los muros de una casuca de adobes y el Luiso se detiene a charlar con ellos.

—Éste es un amigo que ha llegao de Francia —explica.

Los albañiles me dan la mano y me contemplan con envidia y curiosidad.

—¡Ah, la Francia! —dicen—. ¡Quién estuviera allí!

Uno de ellos me informa que acaba de solicitar el pasaporte. Es un gañán de facciones mongoloides, que habla con el deje cantarín de los de Cuevas o de Garrucha.

—Mi menda no se pudre ahí. De eso están al corriente hasta los negros.

—¿Y el Cartagenero? —pregunta el otro.

—No sabemos ná.

—Si yo fuera que tú me iría a vé al párroco. Al marío de la Luisa, parece que lo ayudó mucho.

—Mañana viene el abogao. Veremos que va a decí.

—Esos tíos tién muy buenas despachaderas y yo no me fío un pelo. Cuando lo del accidente, el de la nómina me dijo: «Mañana irá un experto a verle», y aún lo estoy esperando.

En tanto que la conversación se prolonga, los chiquillos vagabundos del barrio andan a la husma y, a cada trique, se aproximan en grupos a oír y cuchichean alrededor de nosotros como una banda de pájaros.

—Es francés —oigo decir a uno—. Un franchute.

El Luiso y los albañiles hablan luego de un tal Mateo, que era un don nadie hasta hace muy poco y, actualmente, se encarga de la contrata de los trabajadores.

—El tío ha nació de pie —dice quien ha pedido el pasaporte—. El verano pasao estaba entrampao hasta el cuello.

—A mí nunca me ha gustao —responde el Luiso.

—Desde luego sabe bandeárselas. ¿Has visto que Vespa lleva?

—Si el Mateo está allí, por algo será. Esa gente no da ná gratis.

—Yo hablé con él y me dijo que él mismo fue el primé sorprendido.

—Tú tiés muchas creederas, paisano. El Mateo ha sido toa su vida un panza al trote, y los pillos acaban siempre por ralea. Ahora es pronto toavía. Espera a que descubra la hilaza.

—El tío pasea ya como si fuera mismamente el Aga Kan —admite el del pasaporte.

—El Gabrié tuvo una engarra con él, habrá a lo menos seis años… Desde entonces los dos andan a vueltas.

—Yo os digo que un hombre que está a puertas como tos y de la noche a la mañana se encumbra, no tié la conciencia tranquila. Eso es verdad ahí y en tó país de garbanzos.

Los dos albañiles callan y mi amigo se despide de ellos y de nuevo nos estrechamos la mano. El sol está a punto de desaparecer y el ocre de la montaña pardea. Por la calle, los niños se apedrean con tiragomas. Los perros rastrean pistas falsas con el hocico pegado al suelo.

Mientras bajamos hacia la rambla, siguiendo el filo del viento, el Luiso se para frente a una de las casucas y golpea con los nudillos en la puerta.

—¡Emilio! ¿Estás ahí?

Como nadie contesta, descorre el cerrojo y se queda inmóvil en el umbral. Una voz de hombre dice: «Ya va, ya va», y, a los pocos momentos, en mi campo visual aparece un joven de mal arate, ciñéndose apresuradamente los pantalones.

—¡Ah! —gruñe—. ¿Eres tú?

—Venía a busca al Emilio —dice mi amigo.

—Está en el bar. ¿Querías algo?

—No. Ya pasaré yo a verle.

El Luiso da media vuelta con brusquedad y, como pone sobreceño, le pregunto por el Emilio.

—¡Me cago en la mar! —dice—. Las cosas con que tié uno que apechá… ¿Has visto? —¿Qué?

—Estaban en la cama él y la cuñá, tan y mientras Emilio… —el Luiso habla con voz ronca—. ¡La madre que los parió!

—¿Quién es él?

—Su hermano. El muy cabrón se le zumba a la mujé. Cuando he entrao, la tía iba en cueros y se ha tapao con la sábana.

9

«Almería —escribió el geógrafo árabe Mohamed-al-Adrisi —fue la principal ciudad de los musulmanes en el tiempo de los almorávides. Era entonces una ciudad muy industrial y se contaban en ella, entre otras cosas, ochocientos telares de seda… Antes de la época actual alcanzó también gran renombre por la fabricación de materiales de cobre y de hierro y de otros objetos. El valle que dependía de ella producía gran cantidad de frutos que se vendían a bajo precio. Este valle, que lleva el nombre de Pechina, se halla a cuatro millas de Almería. El puerto de esta ciudad recibía embarcaciones de Alejandría y de la Siria y no había en toda España gentes más ricas ni más dadas a la industria y al comercio que sus habitantes, como tampoco más inclinados, ora al lujo y al derroche, ora al afán de atesorar.»

Han transcurrido desde entonces nueve siglos y la historia de Almería se reduce a una devastación continuada —industrias, bosques, minas, hombres— interrumpida a trechos por invasiones y catástrofes. A los cinco años de su conquista por los Reyes Católicos, Jerónimo Münzer, tras evocar su esplendor pretérito, dice que «gran parte de la ciudad está en ruinas y deshabitada». Más tarde, las destrucciones y talas que siguieron a la rebelión de los moriscos descritas por Ginés Pérez de Hita, en sus Guerras civiles de Granada, y el posterior decreto de expulsión de Felipe III confirieron a la provincia su fisonomía actual. A partir del siglo XVII, Almería se convierte en una colonia de explotación en manos de los monarcas españoles. Las raras tentativas de regeneración —como la proyectada repoblación forestal de la Sierra Cabrera bajo el reinado de Carlos II— no llegan a ejecutarse jamás. A fines del siglo XVIII, el Diario de Viaje del doctor Francisco Pérez Bayer significa un nuevo retroceso con respecto a las relaciones anteriores. A la tala de bosques sucede el saqueo sistemático de las minas por las empresas explotadoras inglesas y francesas.

En el siglo XIX la emigración se generaliza. Cuarenta mil almerienses se establecen en África del Norte. Cuando el geógrafo francés Casimir Delamarre recorre la provincia en mil ochocientos sesenta, después de examinar las tristes condiciones de vida de sus habitantes concluye que «la igualdad entre los ciudadanos proclamada por la ley no ha penetrado aún en las costumbres y el pueblo de la provincia de Almería continúa sometido al capricho de un corto número de individuos que, por su riqueza o sus arrimos en Madrid, son los verdaderos amos del país».

El Luiso camina junto a mí ensimismado y, como si hubiera adivinado mis pensamientos, me coge del brazo y me mira de hito en hito a los ojos.

—Bueno, tú lo has visto. Ahora ya sabes cómo vivimos.

Lo dice remachando las palabras y me limito a asentir con la cabeza. En la costanilla los niños persiguen un gato a cantazos. Los muros blancos de Caritas nos ponen a socaire del viento y aprovechamos la ocasión para encender un cigarrillo.

—Luego vienen los franceses y nos retratan. ¡Me cago en sus muertos!

El Luiso me guía por el camino que seguí por la mañana. En la avenida, el gitano empuja todavía el tiovivo y nos detenemos a beber una cerveza en el quiosco. El cantinero es hombre de una treintena de años, delgado y moreno. Mientras nos sirve discute de fútbol con los clientes y asegura que él apuesta y apostará siempre por el Barcelona.

—Los del Reá están podríos de dinero. Aquello parece la ONU.

—El único clú decente es el Bilbao —dice un joven—. Al menos sus jugadores son españoles.

—Yo fui una vez al estadio del Barcelona —insiste el cantinero—. Mi cuñao se abona a la temporá y es un equipo que da gusto.

La conversación dura buen rato aún y, al fin, los consumidores pagan y cada uno tira por su lado, después de citarse todos en un café al día siguiente para escuchar la retransmisión de la final de la Copa del Generalísimo.

—¡Vaya! —dice el Luiso—. ¿También te ha dao por el fútbor?

El amo reanima el faria que lleva detrás de la oreja y sonríe contemporizadoramente.

—Hay que sabé alterná con el público, chavá… Gajes del oficio.

—En Almería hay mucha afición —aclara mi amigo—. Nos estorba lo negro y somos más inorantes que las piedras. Pero tó cristo sabe quién es Puskas o Di Estéfano.

—La culpa la tién los diarios —dice el del quiosco—. Como no hablan de otra cosa…

—Nos tienden un anzuelo pa distraernos y, nosotros, zas, nos lo tragamos.

—¿Qué quiés? La gente es asín y es asín.

—Antes las cosas iban de otra manera…

—Antes, antes… Ahora tos marcamos el paso.

—Eso —le decía yo al compañero. La vía aquí no es como en la Francia…

—No señó, no… Acá pué usté hablá de fútbor y toros cuanto se le antoje, pero lo demás…

El hombre hace un ademán muy expresivo con la mano y sonríe.

—¿Viene usté de Francia?

—Sí señor.

—Tengo allá dos hermanos mozos y una hermana casa. Los tres paran en un sitio que dicen Narbón.

—El compañero vive en París.

—¿Trabaja usté?

—Sí.

—Un amigo mío fue a París de manobre, pero no encontró ná. Ahora va embarcao en un petrolero noruego. Uno de los almerienses que recorren las tabernas de Hamburgo, Ámsterdam o Le Havre. Rijosos y vivos. Pequeños y ardientes. «No gastan nada —me dijo una prostituta riendo—. Lo guardan todo para sus mujeres.»

—¿Qué tal le va?

—Muy bien. Hace poco le escribí pa decirle que si conocía una plaza libre me avisase…

—¿Y tu novia? —dice el Luiso—. ¿Qué harás con ella?

—No lo sé. Acá uno termina aburrió…

—Tú aún, que tiés casa.

—Ahora mismo te la vendo por diez mil duros.

—Como si me dijeses por diez millones. —El Luiso me pone la mano sobre el hombro—: En este barrio ninguno de nosotros ha rascao un billete de mil durante el invierno.

—Si quiés que te enseñe uno —bromea el patrono.

—No, quita… Luego comienzo a removerme en la cama y no pego un ojo.

—Mejó pa tu costilla digo yo…

—Cásate y verás… ¿Cuánto te debo?

—Seis, y la voluntá.

—No hay voluntá.

—Ni hablar. Es mi turno.

—Conforme —dice el Luiso—. Si te paece pasamos un momentico por la casa. De camino, compraremos unas botellas.

El sol ha tramontado hace unos instantes y el cielo es limpio y azul. Los pájaros revolean, calan para el suelo, rastrean las basuras del camino y altean de nuevo con un grano de maíz o una gusana. Sentada por tierra, una chiquilla mordisquea un troncho de col. Los eternos pantalones remendados se escurren en medio de la calle. El Luiso da un rodeo hacia la Cuesta de San Indalecio y se detiene frente a una taberna.

—Es aquí —dice—. Mercamos un par de litros de tinto y asín lo bebemos en familia.

Dentro, varios hombres charlan junto al mostrador. Van vestidos con las ropas descoloridas de la gente de la mar, y, uno de ellos, bajito y rubio, habla con gran vehemencia y se toca continuamente la boina con la mano, como si temiese extraviarla.

—El tío me está buscando las pulgas y un día le ajustaré las cuentas.

—Tú díselo al amo. Con hace las cosas a la brava no ganarás ná.

—Esta mañana mi mujé me dice: «Ya ha vuelto a las andas. La tía Elena lo ha visto cuando echaba el cubo».

—¿Estás seguro que lo hace aposta?

—¿No te lo digo? El gachó quié la casa pa sus cuñaos. Si lo campanea por ahí: «Si no se van, habrá sangre».

—Eso es verdá. Mi mujé lo oyó en el mercao.

—Pues que espere porque, si sangre corre, no será la mía… Uno tié más paciencia que un santo, pero la paciencia también se acaba…

El dueño le escucha embobado y, cuando mi amigo le encarga el vino, se va a abrir la espita del tonel a regañadientes.

—Estamos hablando del Legionario —dice.

—Ya.

—Cá vez que la mujé de Juan cuelga la ropa, el tío la empuerca con un balde de agua sucia.

El amo vuelve a pegar la hebra con los pescadores y el Luiso coge las botellas y se dirige a la salida.

—¿Cuánto es? —digo.

—Ná. Aquí pagamos a fin de mes. Si quiés tú, ahora compras unas morcillas en el colmao.

Así lo hacemos y, de camino hacia la casa, andamos emparejados y el Luiso me refiere la tragedia de Emilio. La luz del crepúsculo embellece la faz seca y raída de La Chanca. El viento se ha entablado y, por el cielo, boga una flota de nubéculas. El reloj marca las ocho y media.

—Supiera escribí y, con historias de ésas, llenaría un libro de más de mil páginas

—concluye mi amigo cuando llegamos.

10

En la casa, los niños nos tributan un recibimiento triunfal. Al avistarnos, Candelín y Germán se precipitan a nuestro encuentro y observan codiciosamente los paquetes que su tío trae bajo el brazo.

—¿Qué es? —dice Candelín—. ¿Judías?

—Aquí los chicos no corren tras los juguetes —dice el Luiso—. Únicamente se interesan por comé.

—Por comé —repite Candelín como un eco.

—El día de los Reyes hicimos un puchero con más de tres quilos de carne y lo limpiaron ellos solos.

Pepe nos aguarda a la puerta de la choza, leyendo un tebeo junto a la abuela.

—El amigo ha comprao embuchaos como pa alimentá a un regimiento —dice el Luiso—. ¿Dónde está mi María?

—Ha bajao a merca a lo de Pedro. Vuelve dentro de un momentico.

—Yo no quería venir por no molestarles, pero el Luiso ha insistido y…

—Ha hecho usté muy bien. Pepe, dale tu silla al señó. Hale, siéntese.

Pepe obedece y se acomoda en el suelo sin tomarse la molestia de alzar los ojos. Durante nuestra ausencia, el peluquero le ha aliviado los rizos que le caían por la cara, y los pelos se le disparan hacia arriba como las púas de un peine.

—Éste no pué viví sin sus novelas —dice la abuela—. Desde que se levanta hasta que se acuesta, tol santo día quemándose las pestañas… ¡Jesús, lo que debe de lleva en la cabeza!

—¿Qué lees? —digo.

El chico me alarga el tebeo con manifiesta desgana.

—Las aventuras de Roberto Alcázar y Pedrín.

—Tonterías —dice el Luiso—. Más te valiera aprende la tabla de multiplicá.

—Ya la sé.

—Tú has nació sabio y, luego, el maestro te examina y te da calabazas.

—Fue Paquico, que no sabía y me confundió —protesta el niño.

—El Luiso deja las compras encima de la mesa y agarra un taburete para sentarse a la fresca con nosotros.

—Qué —dice la abuela—. ¿Con quién habéis hablao?

—Fui a Roma y no vi al Papa —dice el Luiso—. ¿Sabías tú que el Sable se desgració?

—¿El Sable? ¿Qué le ha ocurrió?

—Ná. Que le dio un tembló y no para ni un segundo. Asín, asín, como el primo de Antonio cuando enfermó de silicosis.

—Un hombre tan fuerte —suspira la abuela.

—Da lástima verlo. Apenas pué hablá.

—¿Y Emilio? ¿Estaba Emilio?

—No. Tampoco lo encontré.

—¿Dónde lo has llevao, entonces?

—Por el Cerrillo del Hambre y el Covarrón.

—Hay mucha miseria por allí —dice la abuela.

—Sí, mucha.

—Es un barrio dejao de la mano de Dios.

Cuando María viene me levanto a saludarla, el Luiso le ayuda a llevar los paquetes a la cocina.

—Mujé, tráenos dos vasos —dice.

La noche cae sobre La Chanca tal una inmensa ala de cuervo. Los niños discurren en la oscuridad como duendes. Pepe lee aún con el tebeo pegado a los ojos y en el interior de las chozas se encienden los primeros candiles.

—Ten, bebe —dice el Luiso—. Es un vino de la provincia. Un buen vino.

El tinto tiene un tastillo áspero y lo saboreo lentamente. El Luiso fuma retrepado contra la pared.

—Eh, tú —dice al chico—, Suelta el papelucho de una vez.

—Espera, ya acabo.

—Si te viera tu padre, te largaba una guantá.

María alumbra el fuego de la cocina y Pepe recoge los tebeos del suelo y se va a leer al comedor.

—Está loco con los libros —dice Candelín.

—Tú achántala, que nadie te ha dao vela en el entierro.

Candelín ríe y esconde la cara en el regazo del Luiso, apoyando la frente en la portañuela de la bragueta.

—Anda. Déjanos en paz y vete a ayuda a la tía.

—Tengo hambre —gime el niño.

—Cuanto antes vayas, más pronto comeremos.

Candelín y Germán corren a servir la mesa y entre trago y trago examino los grupos familiares que toman la fresca como nosotros, iluminados pobremente por velones y candiles.

—¿Le he hablao alguna vez de mi marío? —dice la abuela de pronto.

Sus ojos parpadean en la penumbra y sonríe como pidiéndome perdón.

—No señora.

—Le decían el Batalla porque en su pueblo tos llevan un mote desde mozos… ¿Ha sentío usté nombra un sitio que llaman Villaricos?

—Sí señora.

—Él nació allí. Embarcaó como su padre y sus hermanos, que en gloria estén… A mi marío no le gustaban los discursos y tenía fama de salvaje, pero no había en Almería otro más generoso que él, ni más desprendió, ni de corazón más bueno. Ná era suyo, ¿comprende usté? Quienes andaban apuraos venían a pedirle y él daba cuanto tenía hasta escasearse por los otros…

La abuela se expresa con lentitud, como si al exponerme la historia del Batalla buscase, más que ilustrarme a mí, despejar una moral para sí misma. Un hombre cruza la calle pregonando el agua de Araoz.

—No sabía lee ni escribí, ni puso nunca los pies en la iglesia… Un día don Feliciano vino a verme y me dijo: «Su marío es un hereje y cuando muera se condenará y usté debe de convencerle pa que rece y vaya a confesarse» y, cátese usté que, quién lo decía, era uno de esos curas de misa y olla que bailan el agua a los ricos y no quién sabe ná de nosotros, y yo le dije: Aprenda usté de él y déjese de prediques, que mi marío es más cristiano que muchos que presumen y, si alguno de los dos ha de perderse, será usté con sus latines y no mi marío, que es recto y hace lo que debe hace… ¿Te acuerdas, María?

—Sí, madre.

—¡Uy lo que le dije! Y desde aquel día, don Feliciano no vino más a casa y, por la calle, hacía como si no me viera, pa no contestarme el saludo…

Cuando la Isabel llega, la abuela se levanta y entramos en el comedor. La mujer del Cartagenero ha fregado los suelos durante toda la tarde. Los niños brincan alrededor de ella y Germán se encarama a sus brazos.

—Voy muerta —suspira.

—Estábamos hablando de tu padre —dice la abuela.

—Hoy le ha dao a usté por la tristura —dice el Luiso—. Va usté a aburrí a nuestro amigo.

—En absoluto —digo.

—Ande, siéntese —dice María—. Ahora traigo las morcillas.

—El amigo ha comprao unas cosas a los chicos —explica el Luiso a su cuñada—. A lo menos ha gastao quince duros.

—¡Jesús! —dice ella—. Lo vamos a arruiná, y luego no podrá volvé usté a Francia por nuestra culpa.

María sirve la cena en el lebrillo y la conversación del mediodía se repite: cómo prefiero comer ¿con plato o sin plato? Yo digo que me gusta el sistema de los cuarteles y los convenzo al fin.

—Mi marío nunca se metió en política —prosigue la abuela después de una pausa. Aunque rodeada de los suyos parece tener la mente muy lejos y me vigila con el rabillo del ojo, como para cerciorarse de que la sigo—: En el treinta y seis los del pueblo formaron un comité y vinieron a buscarle, pero él no tenía ná contra los curas y dijo que no quería hace mal a naide. Y cuando entraron los militares y afusilaron a los del Comité, también fueron a verle pa que se hiciese falangista y él no quiso y, encima, les puso de criminales ¿os acordáis?

—Sí, madre.

—De habé querío se fuera encumbrao como tantos y prefirió seguí porteando el minerá de la mañana a la noche y llegá a casa rendío y cobrá una semana de miseria.

—¿Estaba usté en España cuando hubo la sequía? —pregunta María.

—Sí, señora.

—¿En qué sitio vivía usté?

—En Barcelona.

—¡Ah!, en Barcelona… Allí llueve y los patrones dan trabajo. En Almería los pobres reventábamos de hambre.

—Fueron años muy duros —dice la Isabel—. El aceite iba a sesenta el litro y el arroz a veintitantos… En el pueblo, la mitá del persona se mantenía con hierbas.

—Vuestro padre subía a la sierra con un hocino y un saco ¿os acordáis?

—Sí, madre.

—Cogía esparto, chumbos, palmitos, lo que se cría acá por la montaña… El día en que mi Juan se puso malo entró en la huerta de don Armando y esquilmó dos arrobas de patatas. ¿De dónde las has sacao?, le dije. Las he robao, me dijo. Y aquélla fue la única vez que le he visto llorá.

—En mi vía he comió tanto y tan engustá —dice María—. Llenamos un caldero de diez quilos y no quearon ni las mondas.

—Luego, mi Juan sanó y nos fuimos a buscá los garbanzos a otro lao —dice la Isabel—. Nos marchamos sin prevení a la familia y anduvimos quince días por los cortijos, durmiendo al raso y mendigando pa comé. Muchos patrones, al oírnos pedí limosna, nos gritaban: «Fuera, aquí no queremos haraganes», y, cuando les ofrecíamos trabajá por la comía, se callaban y nos echaban un mendrugo de pan.

—Mi marío y yo sufríamos por vosotros. El pobre se había sacrificao toa la vía y, por la noche, no paraba de moverse y salía a la carretera por si os veía llegá… Mientras corrieron por esos mundos creo que no durmió ni un minuto, ¿verdad, María?

—No, madre.

—El día que volvisteis, ¡Jesús, qué alegrón! Ni tu padre ni yo hacíamos cosa a derechas. Os dábamos por perdíos o muertos y nos parecía que Dios os había resucitado de milagro…

El rostro de la abuela se aviva poco a poco y los chiquillos la observan intrigados. Candelín y Germán devoran glotonamente las morcillas. Aprovechando la distracción de los mayores, Pepe sigue leyendo el tebeo.

—Volviendo con mi Juan al pueblo, la guardia civí nos detuvo en el puente de Cuevas. Yo pensaba que nos iban a encerrá a los dos, pero los guardias nos miraron las manos y, al vé los callos y cicatrices, nos dejaron continua palante. Después me enteré de que si pillaban a alguno con las manos limpias lo detenían por ladrón y le arreaban con el fusí pa que confesara que había robao.

—Tú no pues imagina las que pasamos —dice el Luiso—. La mitá de las noches nos acostábamos en ayunas y pa tastá algo había que coge el tren de Guadix y bajá en Benahadux…

—En Villaricos los críos tenían la panza hinchá y las piernecicas como palillos — dice María—. Quien no estraperleaba se moría de asco.

—Semanas y semanas comiendo naranjas —dice la Isabel.

—En primavera, regaliz y caña… En verano, higos chumbos y uva…

El Luiso desgrana sus recuerdos, pero la abuela le escucha con impaciencia y se remueve en la silla y se aclara la garganta, preocupada aún por lo que quiere decir. Al fin, el Luiso calla y la abuela se encara bruscamente conmigo.

—Mi marío pensó siempre que un trabajaó debía podé gana la vía a los suyos — dice.

Hay un silencio durante el que se percibe el traqueteo de un carromato y las voces del hombre que pregona el agua de Araoz.

—Hasta el año del hambre había creío en sí mismo y, al enfermá mi Juan, vio que se había equivocao… En casa no había pa comé, su hijo se moría. Y entonces hizo como los demás, pero era demasiado viejo pa mudá de idea y, cuando robaba, robaba desesperao y se agrazaba la vía… Por eso, el día en que le denunciaron y lo prendió la guardia civí, fue al cuartelillo sin protesta y no quiso defenderse. Según su idea, los guardias tenían razón…

La abuela contempla la fotografía del Batalla que cuelga del tabique. Es un retrato amarillo, borroso, que lo representa con los brazos cruzados y el cuello rígido, en una actitud a la vez tímida y arrogante.

—Estuvo encerrao sólo unas horas, pero al salí ya no era el mismo hombre. No más verlo, yo me di cuenta. Él, que tan fuerte y animoso era, parecía envejecío de golpe. Luego, comenzó a bebé…

La abuela señala el aparador con el dedo y se vuelve impulsivamente hacia mí.

—¿Ve usté esa botella?

—Sí señora.

—Envasaba siete igual en menos de un día. Quietecico en su rincón, sin molestá a naide…

—Daba grima verlo —dice María—. Sucio, sin afeitarse, iguá que un mendigo…

—Yo no lo contrariaba porque adiviné que quería morí. Si había que roba pa mantené a los hijos él había marrao la vía y no tenía ganas de continuá, ¿usté comprende?

A la abuela le tiembla la voz. La luz de la vela agiganta nuestras sombras en el muro. Fuera, un niño canta el himno de los Flechas Navales.

—Usté me perdonará. No quisiera ser aburría y molestarle con mis historias, pero he pensao que usté sabía más que nosotros y tal vez podría ayudarme…

La abuela se detiene como si le cobardearan las palabras. El viento cimbrea la mecha de la vela y la llama comienza a extinguirse.

—Mi marío nunca me lo explicó. Desde joven me había enseñao a obrá rectamente y el día en que tuvo que robá pensó que era mejó irse, pero, si aprendió algo nuevo, se llevó el secreto a la tumba…

La abuela me mira y, al mismo tiempo, descubro los ojos del Luiso, la Isabel y María fijos en mí.

—Usté que ha estudiao y corrió mucho, dígame: ser bueno y honrao ¿no basta?

La llama está a punto de apagarse y María va a buscar lumbre a la cocina. La pregunta de la abuela flota unos minutos en el aire y, como nadie la contesta, la tensión disminuye y, al cabo, todos fingimos olvidarla.

—Bueno —dice el Luiso rompiendo el silencio—. El amigo y yo vamos a dá una vuelta. Si queréis salí, nos encontraréis a las once en el bar de Luciano.

11

El Club de los Bacilones es un bochinche oscuro y sórdido que, a primera vista, no se diferencia en nada de los restantes tugurios de Andalucía. Su clientela está integrada casi exclusivamente de ganapanes y ociosos, que matan el tiempo tragueando o haciendo sitio en la acera. La mayor parte de ellos permanecen de arrimón todo el día, a la espera de una chapuza o algún remoto trabajo. Otros venden cartones de tabaco rubio o vocean billetes de lotería. Los hombres vencidos de La Chanca van a varar allí irremediablemente. La miseria hermana el desencanto de sus facciones y entelaraña sus ojos de un velo brumoso, inconfundible.

Cuando llegamos, Emilio refiere la historia que el Luiso me ha contado hace unas horas. Sus compañeros le escuchan cabizbajos y por su expresión deduzco que la saben de carrerilla. El amigo del Luiso viste pantalón roto y una camisa muy traída teñida de negro. Es pequeño y delgado, pero machaca las palabras con fuerza, acompañándolas de ademanes secos, cortantes.

—El tío indino decía que mi mujé y yo vivíamos acoplaos y que no había reconoció a la niña y, cuando me echaron, le esperé en la puerta de su casa y le dije: «Señó Cardona, es usté más malo que un doló; usté ha arruinao pa siempre mi vía, pero un día me las pagará; por Dios, la Virgen y los santos del cielo que me las pagará…».

Emilio golpea con el puño en la palma de la otra mano, una vez, dos veces, tres veces. Por la frente le cae una mecha rubia y la sacude con violencia. Los demás asienten con la mirada, en silencio.

—El día que lo pille lo dejo en el sitio. Por ésta que me lo cargo…

Emilio ha formado una cruz con el índice y el pulgar y la besa con pasión. Poco a poco, el grupo se dispersa. Los que quedan miran fijamente el suelo. Por la acera viene un joven pisándose los trabones y le alarga un duro arrugado.

—Dame un quitapena de los buenos.

Emilio pasea la vista en torno con ojos de poseso y, al fin, haciendo un esfuerzo visible, revuelve en el interior de sus bolsillos y saca un cigarrillo muy fino, envuelto en papel marrón. El Luiso me coge del brazo y me arrastra dentro del bar.

—Es una lástima —dice—. Desde lo de la chiquilla no es la misma persona.

En las mesas, los asiduos discuten y juegan al dominó. Las fichas producen un ruido desapacible al chocar con el mármol. Mi amigo me guía al único rincón libre y nos acomodamos junto a un zanquillas de rostro astuto, que el Luiso llama Chirrín.

—Te presento a un camará —dice.

El hombrecillo me da la mano y quiere saber cuál es mi nombre y de dónde vengo y si tengo familia en Almería. Yo le respondo mecánicamente y, al enterarse de que trabajo en París, el rostro se le encandila y me habla de una revista ilustrada que un amigo trajo de Francia.

—Las tías iban en pelota, paisano… ¡Quién viviera allí!

El Chirrín es hombre rijoso y, al sonreír, enseña los dientes amarillos, picados. El Luiso encarga una botella de vino para los tres y, cuando el mozo vuelve, debo forcejear para pagarle. De golpe me ha invadido una gran tristeza y tengo ganas de golpear con el puño lo mismo que Emilio.

El vino es añejo —algo repuntado— y lo bebo rápidamente, para olvidar. El humo, las voces, el ruido de las fichas se mezclan, hasta confundirse, en mi cerebro. Durante unos instantes la cabeza me da vueltas. Luego, en la taberna entra una mujer de buen ver y Chirrín me sacude con el codo.

—¿Has visto? ¡Vaya recámara!

—¿Quién es? —digo.

—Aquí la llamamos la Viuda —contesta el Luiso—. Su marío trabajaba en el puerto.

—La tía está cá día más guapa. Mi mujé la tié aborrecía, tanto me la miro yo.

—Tú miras hasta a un espantapájaros.

—Achicharraíco me tié, te lo juro. Como apañe algún día dinero, del cohete que echamos la dejo mora.

—Ésta es pan comío —explica el Luiso—. Por veinte duros hace lo que a uno se le antoja.

—Me cago en ella y tos sus calostros. ¿Por qué no habré nació yo millonario americano de esos que vemos en el cine…?

El Chirrín la contempla embebecido y chasca la lengua y se remueve nerviosamente en la silla.

—Sí. ¿Por qué no seré yo Crar Gable, pongamos por caso, y me siente a fuma un puro, y una hembra de esas que te privan el sentío, me telefonee y me diga, vienes a verme, cariño? Y, apenas he colgao, me llame otra, y luego otra, y asín toa la vía, viviendo y disfrutando…

—Tú tiés más fantasías que un gitano —le corta el Luiso—. La vía no es esto aquí, ni en América, ni en la Cochinchina.

—Sí —prosigue Chirrín sin escucharle—. ¿Por qué no seré yo rey, o sultán moro de la India, con un harén lleno de esclavas, y la María Montez a mi lao, bailando pa mí solo…?

—¿De quién hablas, compadre? ¿De la Viuda, o de María Montez?

—Te juro que esta mujé me trae por el camino de la amargura…

—Dale cuarenta duros en lugá de decirle flores.

—Cuarenta mil le daría si los tuviera… ¿Te has fijao como ríe? ¡Ay, si la agarrara por mi cuenta! ¡Qué restregón, madre!

El Chirrín anda entre dos velas y contrapuntea con voz estropajosa acerca de la Viuda y sus encantos mientras ella bromea y discute con los hombres de la barra. Al acabarse la botella, el Luiso pide otra. En la mesa vecina los jugadores se pasan un cigarrillo de grifa de mano en mano, recogidos y dignos, igual que comulgantes. La luz de la bombilla descarna y erosiona los rostros.

Sin que yo me dé cuenta, una mujer bajita y rubia ha irrumpido en el bar y, al divisar a Chirrín, camina con paso decidido hacia nosotros y le da con la mano, en el hombro.

—Hala, tú… Que es hora de dormí.

El Chirrín alza la frente y le dirige una mirada desmayada.

—Espera una miaja, mujé… Ya voy en seguía.

—Estoy hasta las cachas de esperá. Tú te vienes conmigo.

—El compañero me ha invitado a bebé… Cinco minuticos, y subo pa casa.

—Bueno, pues te aguardo yo aquí.

—Jesús, qué desconfíá… No voy a repulsá a un amigo.

—A un amigo o a una tía guarra, que ni vergüenza tiés, mira que te digo yo…

—Mujé, tú siempre sacando punta a las cosas.

Ella se vuelve hacia nosotros, tomándonos por testigos.

—Mi marío es muy señorito e imagina que tié una sirvienta en su casa… Pues no señó. Si te vas esta noche de farra, nos iremos los dos.

—Mujé, vete a freí la sangre a otro lao…

—Mujé, dale con mujé. Valiente fachenda estás hecho tú… Si quiés una tajadica de pan pa cená, ahora mismo me acompañas a comprarlo. A mí no me quea ni un reá.

El Chirrín mueve la cabeza con gesto de resignación y saca un billetero sobado del bolsillo.

—El señó lleva más papeles que un ministro —comenta ella con voz ácida—. Un ministro sin cartera.

—¿Cuánto quiés?

—No, si no me voy a ir. Yo no me quito de ahí hasta que tú salgas.

El Chirrín protesta y amenaza, pero todo es inútil. La mujer se encastilla en su decisión y, aunque él jura y rejura que jamás la ha vendido, no quiere hacerle caso.

—Mi marío es un hombre muy simpático… Los demás sacan de paseo a sus mujeres; él nunca. El señó se desprecia de paseá conmigo. En cambio, cuando se trata de las otras, deben verle ustés. Ná le parece suficientemente bueno. Una se desoja remendándole los pantalones pa que no enseñe el culo y él les compone versos y las levanta hasta los cuernos de la luna, mismamente que a diosas.

Al final, Chirrín no tiene otro partido que ceder y los dos se pierden en la oscuridad, discutiendo. En la mesa vecina la grifa sigue dando vueltas y se me ocurre de pronto que, en aquel universo sin luz, los pobres deben recurrir a ella para entrar en contacto. Desde antiguo, el alienado ha buscado un expediente para liberarse y romper los límites de su condición. Drogas, mitos, ceremoniales, responden, a su manera, a esta necesidad y permiten las evasiones momentáneas sin las cuales la estructura actual de la sociedad se derrumbaría. En mil novecientos sesenta la grifa es la comunión de los hombres de La Chanca. Por espacio de unas horas el fumador olvida los salarios de treinta y seis pesetas, el odio hacia el prójimo, el hambre de los hijos. Lentamente, la expresión de su rostro se suaviza y compadrea y sonríe con maravillosa fraternidad.

Yo me desalmaba también por fumar y el vino se me antojaba flojo y apuré el vaso de un tiento. Las imágenes del paseo no se despintaban de mis ojos y tenía la impresión de vivir una pesadilla. Cuanto había callado durante el día me requemaba los labios. El recuerdo de las injusticias sufridas y no reparadas adquiría a ratos una consistencia abrumadora. Almería era una encarnación del Gran Cáncer, y deseaba comprender el porqué de aquel absurdo. Mi sangre bullía, y no precisamente de contento. El cielo se me juntaba con la tierra y el mundo me parecía sin solución, como la angustia después de una noche de insomnio y, en mi desamparo, hubiera dado cualquier cosa por concentrarme y aclarar la razón de tanto dolor inútil, de tantos años sacrificados por nada; por agarrar el manual de geografía que estudié en el colegio y rayar con un cuchillo la frase «Almería es una provincia española».

Almería no es una provincia española. Almería es una posesión española ocupada militarmente por la Guardia civil. Siglo tras siglo, la incuria de los sucesivos gobiernos ha arruinado sus primitivas fuentes de riqueza y la ha reducido a su actual condición de colonia. El almeriense esclavizado en su patria chica emigra y es explotado aún en las regiones industriales de España.

La discriminación económica le persigue donde quiera que busque la vida. Las cifras de Pérez Lozano hablan por sí solas. En Guipúzcoa, la renta media por cabeza es de veintidós mil setecientas setenta y siete pesetas. En Almería, cinco mil novecientas noventa y ocho.

Estas y otras muchas verdades barajaba yo en mi cerebro, cuando el Luiso se incorporó de repente y propuso que fuéramos a tomar el aire. Yo quería respirar libremente también, pero ya no había aire para mí en Almería. Estábamos ahogándonos sin remedio y nadie se daba cuenta.

12

Durante unos minutos anduvimos caminando por las calles que había recorrido por la mañana. El Luiso quería presentarme a un tal Luciano, persona de absoluta confianza según decía, y yo le seguía un tanto a la deriva, secuestrado por la idea del Gran Cáncer. Estaba convencido de que cualquier tentativa de explicación sería inútil si no partía desde el comienzo y me esforzaba en llegar a la raíz última de las cosas. La Chanca era un ejemplo entre mil de una misma —trágica, abrumadora— realidad. Mi furor había cedido paso a un asombro sin límites y, mientras el Luiso maldecía su suerte y la mía y la de nuestros prójimos, imaginaba que todo era una alucinación, un espejismo de borracho, un mal sueño que no acababa, una pesadilla violenta.

Vista de fuera, la taberna me resultaba vagamente familiar y, cuando entramos, reconocí al patrono calvo, de cejas peludas, que había combatido en la Resistencia y a quien di mi paquete de Gitanes.

Continuaba acodado en la barra, en la misma postura en que lo había dejado, y me observó con sus ojos oscuros, vivísimos.

—¿Qué tal el paseo?

Parecía contento de verme y, por la expresión atónita del Luiso, comprendí que era Luciano.

—¡Jodé! —dijo—. ¿Os conocíais?

Luciano buscó la cajetilla de Gitanes y me alargó el mechero.

—Estuvo por aquí esta mañana —repuso.

—¿Hablasteis?

—Sí, pegamos la hebra un ratico.

El Luiso refirió la historia de mi visita al Cartagenero y, reunidos los tres en torno a una jarra de Albuñol, comentamos las cosas que ocurrían en España; a Luciano le brillaban los ojos y dijo que nunca se había visto nada igual en todo lo que el sol cobija.

—Explíqueme usté —murmuró, encarándose conmigo—. ¿Existe un país como el nuestro?

Yo tenía el cuerpo acorchado de cansancio y no le contesté. La mujer y la suegra del Luiso habían venido a buscarle y Luciano nos llevó a una mesa algo alejada de las otras. Las dos me sonreían ahora como si nos conociéramos de toda la vida y estuve a punto de gritar.

—¿Lo pasaron bien?

—Muy bien —dije.

La abuela me contemplaba con sus ojos tranquilos y me acordé de la carta de Grenoble y de los franceses que le sacaron fotografías y vacié mi vaso con avidez.

—Hace años y años que pienso, y cá día entiendo menos —dijo Luciano.

Había movido los labios para añadir algo, pero mudó de opinión y se limitó a amorrar la cabeza.

—Antes, las palabras significaban alguna cosa… Había palabras buenas y palabras malas… Uno sabía a qué atenerse.

Miraba por tierra ensimismado y tragó saliva.

—Ahora, no. Uno las lee y no sabe qué quién decí… Ya no hay palabras buenas ni malas… Sólo corren buenas palabras.

Luciano se expresaba con dificultad y, mientras se detenía a tomar aliento, reparé en las arrugas de sus mejillas. Eran unas señales que conocía bien, fruto de un amor desesperado e inútil, de un hermoso deseo contrariado. En cada pueblo de Almería había mujeres y hombres con arrugas parecidas y pensé en Vitorino y me sentí lleno de congoja.

—Sin duda, la pregunta es absurda, pero quisiera que alguien me aclarara este misterio… Las palabras en las que uno creía han perdió su significado… Uno las escucha tos los días y no las reconoce ya…

Luciano me miraba, fija, dolorosamente, y asentí con la cabeza.

—Por ejemplo, «nosotros»… ¿Quiénes somos nosotros?… Uno ve escrito «somos», «tenemos», «hacemos», «queremos», y no es, ni tiene, ni hace, ni quiere lo que reza el diario… Son ellos, y no nosotros… Es un «nosotros» que no es nuestro…

—¿Y qué quiés que hagamos? —dijo el Luiso.

—Aquí finca el asunto —Luciano parecía perplejo—. Ná de lo que tenemos nos sirve. ¿Por dónde comenzá?

La abuela había aparejado el oído y, como al mediodía, seguía la conversación sin meter baza.

—Hay que hilá muy delgao —dijo el Luiso.

—El problema es difícil —admitió Luciano—. Uno no tié ná que reprocharse en apariencia y, sin embargo, lleva su parte de culpa en tó lo que ocurre…

Bajando la voz, explicó que la honradez no bastaba. Yo, el Luiso, él mismo, éramos demasiado buenos. Cuando recibíamos un golpe nos habíamos acostumbrado a poner la otra mejilla. Únicamente la cólera podía salvarnos.

—No sé si me expreso bien —agregó.

La abuela movió la cabeza y dijo que no comprendía. Desde luego ella no sabía de la misa la media, pero toda la vida se había sacrificado para ganar el pan a los hijos. Siempre había procurado por el prójimo. Los pobres no llamaban en vano a su puerta.

—¿La cólera? —murmuró—. ¿Por qué la cólera?

Luciano se removía nerviosamente en la silla y dijo que los almerienses merecían su condición, puesto que la soportaban resignados. Él pensó también al comienzo que ser buen padre, y esposo, y amigo, era suficiente y había llegado a la conclusión de que la honradez no bastaba.

—Cuanto apechamos ahora es poco. Nos creemos a salvo y no lo estamos. Hemos de llevá las cosas más lejos.

El Luiso dijo que tenía razón. Los franceses de Grenoble eran responsables de la muerte de Juan como los almerienses de lo sucedido con Antonio. La culpa correspondía a todos (éstas fueron sus palabras) y no correspondía a nadie. Y, de improviso, cuando nadie lo esperaba, la abuela empezó a llorar.

Fue algo tan brusco que, a la vista de las lágrimas que generosamente corrían por las mejillas, me costó establecer una relación entre el hecho físico y la causa de su tristeza. El hermoso rostro de la abuela no mostraba dolor ni sufrimiento alguno. A través de él, por el contrario, parecía transflorar una maravillosa serenidad; pero las lágrimas estaban allí, brillantes, incontenibles y ninguna mano caritativa osaba el ademán sacrílego de alargar un pañuelo y enjugarlas.

Yo pensaba todavía en La Chanca, en la sociedad de hombres desposeídos de La Chanca, y el llanto mudo de la abuela me alcanzaba muy hondo. Había una fuerza inexplotada en nosotros, acaso una posibilidad de heroísmo. Luciano y el Luiso la habían descrito sin nombraría. Se llamaba solidaridad.

Durante largo rato —en tanto que yo me volcaba en el Albuñol— hablaron de Almería y sus hombres, y sus historias evocaban hambre e injusticia, miedo e injusticia, dolor e injusticia, muerte e injusticia —y Luciano bebía el vino con rabia y repetía: «Faltan árboles, ¿oís? Faltan árboles…».

Cuando me recobré, la abuela se secaba sus lágrimas torpemente y se volvió hacia mí.

—¿Se acuerda usté de aquellos franceses que subieron a vernos y retrataron a mis nietecicos?

Contemplé sus ojos azules, casi infantiles. La abuela miraba recto delante de ella y en su rostro había una nueva luz.

—Sí —dije.

—A veces una hace las cosas sin comprendé… Creo que si vinieran ahora les maldeciría.

13

La Chanca, al oscurecer, es una guarida de lobos. Las luces del alumbrado público se espacian peligrosamente a medida que uno trepa por la ladera y el silencio es tan fuerte, contiene en su interior tanta amenaza, que vibra y zumba en el aire, lo mismo que un sonido.

Aquella noche, la ventada tenía un eco lúgubre. La luna se había puesto tras los nublados y era preciso avanzar a tientas. El vino me había vencido completamente; de modo confuso, columbraba que las piernas no me querían obedecer. En mi cabeza bailaban los tres castigadores del Paseo y el hombre por cuyas venas corría la alegría, el llanto de la abuela y los titulares del diario. Las palabras de mi amigo me llegaban como a la sorda y me daba la impresión de haberlas inventado yo.

—Vitorino —dije—. ¿Me oyes?

—Sí —repuso.

—Almería ha perdido el sol. Ha perdido el aire.

—Sí.

—No quiero verla nunca más… Hay que conseguir que el aire vuelva, ¿comprendes?

Vitorino comprendía y me ayudó a meter en la cama. Se había sentado a mi lado y me miraba con una expresión vecina al amor.

—Duerme —dijo.

Le obedecí y, al despertar, despuntaba ya el alba. Vitorino no era otro que el Luiso y descubrí que no estaba en el hotel. Su mujer y él dormían profundamente por tierra y el sol de cada día comenzaba a teñir el cielo de La Chanca.

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