La edad del idiota: 25. ¡Pelea!

Diego M. Rotondo

 

 

 

25

¡PELEA!

 

Rodamos por la calle raspándonos los codos y las rodillas contra el pavimento, yo intentaba darle en la cara pero él se cubría bien, y de a ratos me conectaba una trompada en la panza. Sus puños afilados dolían bastante, eran palos de escoba hundiéndose en mi cuerpo. Apenas gruñíamos y ni nos insultábamos, era una pelea silenciosa, sólo se oía el chasquido de los golpes. Pedro me trabó del cuello y me inmovilizó, entonces le apreté los huevos con una mano, chilló y me soltó, ahí logré encajarle un derechazo en la pera, se sintió bien, le di de lleno, con los nudillos más grandes. Nos levantamos del piso y seguimos, «no quiero destrozarte, boludo…», me dijo agitado mientras nos medíamos en medio de la calle. ¡Qué caradura!, ¿se creía que estaba ganándome?… me tiré a sus rodillas y lo derribé, él me soltó varios codazos en la cabeza, yo apenas los sentía, estaba anestesiado por la furia. Una viejita se asomó por la ventana de su casa y empezó a gritar: «¡Paren chicos, paren por Dios! ¡Alguien que los separe por favor!». Los perros empezaron a ladrar al unísono. Pedro no paraba de darme con el codo en la coronilla, tuve que soltarle las piernas y sostenerlo de las muñecas; tenía mucha fuerza el hijo de puta, no creí que un tipo así de escuálido fuera tan fuerte; se soltó una mano y me dio con el canto en la nariz, empecé a sangrar. Eso me enfureció más, lo aferré de los pelos y traté de estrellarle la cabeza contra el parachoques de un auto estacionado, pero él logró pararse, aún conmigo prendido de su cabeza. Caímos encima del capot del auto y seguimos. La vieja seguía pidiendo ayuda, un grupo de nenes que venían en bicicleta se pararon a mirar el show. Ninguno de nosotros pensaba rendirse, éramos idiotas bien orgullosos. Nunca me había peleado así con nadie. Forcejeamos agotados, ya casi ni nos pegábamos, solo nos abrazábamos para contener los golpes, como esos boxeadores exhaustos que llegan al último round.

Aparecieron un par de tipos y nos separaron. «¡Basta ché, paren carajo!», gritaron, como si les preocupase que nos matáramos. Uno de ellos reconoció a Pedro. «¿Vos sos el hermano de Adrián no?», le preguntó. Pedro no respondió, estaba exhausto y no paraba de escupir sangre. «¡Andá a tocarle el timbre a Adrián!», le indicó al otro. Pedro les suplicó que no lo hicieran, que su hermano no estaba en casa; se arrodilló, se desató los cordones de las zapatillas y me las tiró por la cabeza. «Metetelas en el orto…», me dijo y se fue rengueando descalzo rumbo a su casa. Otros vecinos se acercaron a chusmear. Yo me senté en la vereda, alzando la cabeza y apretándome la nariz para detener la hemorragia. Algunos se arrodillaron a mi lado y me preguntaron por qué habíamos peleado. «Cosas privadas…», les respondí.

Me levanté con dificultad, me dolía todo el cuerpo, sobre todo la cabeza. «Necesitás que llamemos a alguien», me preguntó una señora mientras me agarraba del brazo, «estás muy lastimado, nene». «No, no… vivo acá nomás. Gracias,», le respondí con una sonrisa forzada. Agarré las zapatillas y me fui caminando lentamente.

Antes de llegar a casa, encontré un tacho de basura y tiré las zapatillas adentro.

 

 

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