La edad del idiota: 24. Ray Luca

Diego M. Rotondo

 

 

 

24

RAY LUCA

 

«En cualquier sitio donde debas convivir con otros seres humanos, siempre habrá un gilipollas. Es una ley de la Naturaleza, inquebrantable. En el colegio, en el trabajo, en el club, en donde sea que haya un grupo considerable de personas compartiendo una misma actividad, vas a toparte con algún miserable que preferirías desterrar del planeta si pudieras. Aceptarlo y entender que no se pueden cambiar esas cosas, nos hace sabios, superiores. Intentar cambiarlo, valiéndose de métodos bárbaros, nos hace igual de miserables. Vivir es una estrategia en la que no se necesitan nunchakus ni navajas automáticas…»

Ese fue el final del discurso de la doctora Eva antes de despedirme. Desde el momento en que me senté frente a ella no paró de sermonearme. Y yo la escuchaba sin pestañear, porque me atraía su español; no me importaba lo que decía, ya que eran las típicas estupideces que te podía decir cualquier adulto; me importaba cómo lo decía, su acento me cautivaba. Fumaba un cigarrillo tras otro mientras hablaba. No me preguntó nada, al momento de entrar a su despacho ella ya sabía todo de mí, mamá se había encargado de decirle hasta la marca de dentífrico que usaba.

Eva me hizo ver unas manchas negras con formas espeluznantes. «¿Qué ves aquí?», me preguntaba mientras iba pasando las hojas, y yo siempre le respondía cosas que le hacían arquear las cejas. «Veo un cerebro aplastado, veo una rata abierta, veo una mariposa de la muerte, una cabeza humana después de un disparo de escopeta, una flor venenosa, etc.». No me atreví a decirle que una de las manchas me recordó a la vez que sorprendí a mamá desnuda en el baño.

No sé cuánto cobraba Eva, pero papá estuvo rezongando todo el viaje de vuelta. «Fue la hora y media más cara de mi vida…», dijo. Yo sonreí pensando en las pesetas que tenía en mi bolsillo.

La doctora les dio una receta a mis padres, explicándoles que debían comenzar a darme esas pastillas una semanas antes del comienzo de clases, además de continuar las sesiones con ella por supuesto. Mamá no quiso decirme para qué eran las pastillas, dijo que no era de mi incumbencia…

Al volver a casa me senté frente a la tele y esperé a que comenzara Historia del crimen, mi serie favorita. Me encantaba Ray Luca, siempre se deshacía de la gente que le estorbaba con un balazo. Mike Torello le seguía los pasos pero jamás lograba cazarlo, cada vez que estaba a punto de atraparlo sucedía algo y Luca lograba escabullirse. Y así pasaban los capítulos, y a mí me encantaba. Prefería que matasen a Torello antes que a Luca, porque su personaje tenía mucho estilo, era más inteligente que los demás, incluso a pesar de que su lacayo, Poli, era medio idiota; pero idiota peligroso, porque no tenía problemas en volarle los sesos a alguien cuando su amo se lo mandaba.

Yo quería ser como Ray Luca, quería lucir esos trajes de seda y ese peinado con el jopo abultado tipo rockabilly. «¿Por qué siempre te identificás con los criminales?… En las películas, en las series, incluso en la vida real, teniendo de mejor amigo a un marginal como Joaquín… ¿por qué te atrae tanto esa clase de gente?», me preguntó mi madre cuando le pedí que me hiciera el corte de pelo de Ray Luca. A mí también me generaba curiosidad eso, pero no sabía la respuesta, no eran los criminales los que me seducían, sino los que no seguían las reglas.

 

A pocas horas del viaje a La Lucila me crucé con Pedro en la calle, hacía poco que había vuelto de vacaciones, iba en bermudas y con el torso desnudo, estaba muy bronceado, y cada vez más delgado. Al verme no pareció alegrarse, de hecho creo que trató de ignorarme, porque enseguida bajó la cabeza y apuró el paso. Me molestó esa actitud; pero comprendí todo apenas vi sus pies, llevaba mis zapatillas puestas. Tenían arena en los cordones, se notaba que las había usado en las vacaciones. Pedro estaba incómodo, el artista del chamuyo me saludó tartamudeando.

—¿No se las ofreciste a los villeros al final?… —le pregunté sin quitarle la mirada de encima.

—No les gustaron… —dijo, pero sé que mintió. Todo había sido una gran farsa para quedárselas.

—¿Y por eso decidiste quedártelas?…

—Te las iba a devolver… pero pensé que ya te habías ido de vacaciones…

—¿Y por qué las estás usando?…  te las dí para negociar, no para que las usaras.

Pedro se quedó en silencio. Parecía otra persona, no reaccionaba. Sólo miraba indeciso la punta de las zapatillas.

—Lavalas y devolvelemas —le dije—. Y si te gustan tanto te las vendo y listo.

Se podía oler la hostilidad entre ambos. Esa hostilidad previa a una pelea. Era la hora de la siesta, hacían como 35 grados y no había nadie por la calle, ni autos pasaban. Estábamos parados a unos 50 metros de su casa.

—Mañana te las devuelvo… —dijo, se dio vuelta y se fue sin saludar.

 

No podía entender lo que le estaba pasando. Era como si estuviese poseído por otra persona. Sentí ganas de romperle los dientes. Conocía a Pedro desde tercer grado, y ahora se comportaba como si me hubiese conocido ayer. Tenía mucha bronca, me sentía traicionado. Corrí detrás de él y le dí un fuerte empujón; Pedro se cayó al piso, me puteó y empezamos a las trompadas.

 

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