La edad del idiota: 23. Dormir al monstruo

Diego M. Rotondo

 

23

DORMIR AL MONSTRUO

 

7 de mayo de 2003

Hoy he dormido 18 horas seguidas. Luego de contarle al psiquiatra que estuve tratando de conseguir una pistola por si alguna vez me siento demasiado mal, él extrajo su recetario y preparó un cóctel de sustancias para anular mi cerebro. Eso hacen los psiquiatras cuando un paciente tiene ideas suicidas, lo narcotizan hasta dejarlo idiota, o lo internan, que es mejor aún. Yo me negué a la internación porque no creo estar tan grave; sólo llevo un par de años con depresión e hipocondría, nada que no padezca el 70 % de la humanidad. Lo de la pistola lo dije adrede, justamente, para conseguir pastillas más fuertes. No tendría las agallas suficientes para suicidarme, tengo un trabajo, un auto, una casa propia y un par de minas a las que les gusta coger conmigo. Siempre conservo esta especie de Fe absurda en que todo mejorará. La depresión es parte de mi personalidad, como lo es el mal genio en mi madre o la ludopatía en mi padre; no se puede ir contra la propia naturaleza. Pero sí me gusta estar drogado, las pastillas me sedujeron desde muy joven. Aunque éstas que me dieron ahora son una basura para esquizofrénicos que me hacen sentir medio muerto. Me gustan los ansiolíticos y los antidepresivos, esos son mis favoritos, pero esto… esto es una mierda, apenas puedo pensar, y mi cabeza está embotada como si le hubiesen inyectado pentotal sódico. Ahora entiendo porque babean los locos en los manicomios.

Son las 6 de la tarde, mi día está perdido, me lleva un rato darme cuenta en dónde estoy. Mi padre creyó que me haría bien venir a la casa de La Lucila, que desde chico es mi lugar favorito. Me metió en su auto, manejó 350 kilómetros, paró para comer y para mear un par de veces, y yo ni siquiera me enteré, dormí todo el viaje; recién desperté cuando cruzó el portón de entrada de la casa. Es raro que papá se preocupe tanto por mí, eso antes era asunto de mi madre, pero ella tiró la toalla conmigo. El doctor habló con ambos, les dijo que su hijo de casi 30 años estaba considerando reventarse la cabeza de un tiro. Mamá se rió carcajadas, ella me conoce, sabe que soy demasiado egocéntrico como para suicidarme. Pero papá se lo tomó muy en serio. Así que me trajo aquí, como si este lugar fuese un remedio mágico para mi tristeza. Desgraciadamente no lo es, de hecho, es lo peor que pudo haber hecho. La Lucila en esta época es deprimente, no hay turistas, las tiendas están cerradas y el agua del mar está más fría que de costumbre. Mi padre, tratando de salvarme, o de salvarse, me metió un poco más adentro del pozo.

Me levanto de la cama, ya es casi de noche. No hay nadie en casa, papá debe haber ido al centro a comprar provisiones. Enciendo el televisor, sólo se sintoniza un canal cristiano de Mar del Plata, busco la píldoras de risperidona y me trago dos con un vaso de soda. En un par de horas estaré durmiendo nuevamente. Salgo al jardín delantero, se oyen los grillos y los sapos, parece que estuvo lloviendo todo el día, se hicieron charcos en la calle. Enciendo un cigarrillo y me siento sobre el pequeño muro de la entrada. No se divisa un alma, sólo los perros vagabundos de siempre que van de casa en casa rompiendo las pocas bolsas de basura que encuentran. Nunca creí que La Lucila me iba a parecer un lugar tan lúgubre. Estar aquí, embotado, en medio de la nada, escuchando el susurro de los árboles y el croar de los sapos, me provoca serias ganas de matarme. Me pregunto dónde comenzó todo esto…

13 de Enero de 1991.

La doctora hace pasar a mis padres a su despacho, dice que luego hablará conmigo. Me quedo esperando en el living, sentado en un sillón de mimbre bastante incómodo, de esos que se compran en el Tigre. Hace un calor insoportable. Las paredes están llenas de diplomas con el nombre de la gallega en letra cursiva. No sabía que los psiquiatras fueran médicos también. Parece que Eva ha pasado la mitad de su vida estudiando y consiguiendo diplomas; que tipa aburrida debe ser. Sobre una mesa ratona, también de mimbre y con superficie de vidrio, hay apiladas varias revistas de farándula; en una Gente aparece Susana Traverso en la portada, tiene puesta una malla milimétrica metida en el culo; debajo hay un titular que dice: La Colaless, el furor del verano. Se me empieza a parar el pito, doy vuelta la revista, me levanto y camino por la casa mientras se me baja. Hay un hogar a leña artificial, es igual a uno que tenía mi abuela Tita: unos leños de piedra conectados al caño de gas. Algo realmente espantoso. Por el olor a grasa que hay en el ambiente sé que la doctora se hizo un churrasco para almorzar y no usó el extractor. Me provoca náuseas ese olor. Hay varias plantas, pero todas son de plástico. Mamá suele decir que sólo la gente sin sentimientos tiene plantas de plástico. Espero que no sea el caso de Eva. Me pregunto por qué tendrá el pelo todo blanco siendo tan joven. Habrá pasado muchos disgustos tal vez. Me importa un carajo en realidad. No veo la hora de que nos vayamos de este lugar. Faltan sólo 2 días para irnos a La Lucila, no sé por qué tuvimos que venir ahora y no después de las vacaciones. Me aburro, escucho los murmullos de mamá mezclados con el acento español de la doctora. A papá ni se lo oye, me lo imagino mirando el reloj a cada rato, pensando en las carreras que se está perdiendo. Me gusta como hablan los españoles, sus palabras suenan elegantes, no como los argentinos, que hablamos con este tono canchero y altivo. Me acerco a la biblioteca, que llega hasta el techo. Hay grandes volúmenes de tapa dura que también parecen de utilería; saco algunos y los hojeo sin prestar atención a lo que dicen. Hay uno que me llama la atención, se titula: «La locura en el siglo XIV»; parece interesante, lo abro y leo algunas páginas. De repente se caen unos billetes, pero no son Australes, son pesetas, unas cuantas pesetas. Me guardo un par en el bolsillo y vuelvo a colocar el libro en su lugar. No sé cuánta guita será, pero parece bastante; me pregunto si Pedro conocerá a alguien que las pueda cambiar por Australes.

Se escuchan pasos y ruidos de sillas, las voces se acrecientan, corro al sillón y me pongo a leer una revista; se abre la puerta y salen mis padres. Mamá tiene los ojos llorosos; papá parece agobiado; «entrá vos ahora…», me indica, como si tuviese que entrar a un quirófano para una operación de cerebro. Entro en el despacho tímidamente, la doctora del pelo blanco me espera sonriente tras un escritorio gigantesco, parece más pequeña desde ese lugar, como una marioneta. Aplasta un cigarrillo en el cenicero, suelta el humo y me dice: «Ven Diego, siéntate…»

 

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