La edad del idiota: 22. La dimensión desconocida

Diego M. Rotondo

 

 

22

LA DIMENSIÓN DESCONOCIDA

 

Mientras vamos en el auto rumbo a la reunión con la psiquiatra, mamá me dice que no me preocupe, que sólo la veré un par de veces. A mí no me preocupa en absoluto; de hecho, me gusta la idea de ser un loco. Hace un rato lo llamé a Chino para contarle la novedad:

—¡Me van a mandar a una psiquiatra! —le dije emocionado.

—¿Y para qué? ¿Estás chiflado? —respondió.

—No sé si chiflado, pero casi… hace unos días rompí todo mi cuarto y casi destrozo la computadora.

—¡No! ¡La computadora no! ¿Adónde voy a ir a jugar si la rompés?

—No te preocupes, quedó intacta por suerte. Pero todo lo demás lo hice concha: el velador, el espejo, el radiograbador, la repisa, etc.

—¿Y si te meten en un manicomio?…

—Lo prefiero antes que volver a Los Sacristanes.

—¿Vas a volver ahí?

—No hay vacantes por la zona… me quiero matar, boludo.

—Te vas a volver a cruzar con todos esos fanfarrones…

—No me lo recuerdes…

Hablar con Chino no me animó demasiado, él no tiene el don de la palabra como Pedro, que seguro me habría dado alguna idea brillante para evitar volver a ese colegio. Lamentablemente se fue de vacaciones con su hermano y no volverá hasta dentro de 15 días.

Después de hablar con Chino llamé a Joaquín, seguro le iba a fascinar lo de la psiquiatra. Atendió el teléfono una chica, reconocí la voz y corté. Era Valeria. Se la estará garchando en su habitación, pensé.

La doctora le dijo a mi madre que en la entrevista tendríamos que estar ella, papá y yo. Lograr que papá dejara de ir al hipódromo para venir fue un suplicio; tras una larga discusión mamá lo amedrentó diciéndole: «o venís a la entrevista o llamo a un abogado para que te haga pagar la cuota alimenticia». Papá vino sin chistar.

Llegamos a la entrada del edificio. La psiquiatra vive en el 7 “A”. Mamá toca el timbre y esperamos que se abra la puerta. «, ¿quién es?», dice una voz con acento español a través del parlante.

—Hola, sí, tenemos sesión con la doctora Medina —contesta mi madre.

—«Ah sí… ¿no está la puerta abierta?».

—No. ¿Puede abrirnos?

—¡Es gallega, viste! —me dice papá.

—¡Callate ché, te va a oír! —lo regaña mamá.

Es que el portero automático no funciona… ¿podéis tocar el timbre del encargado para que os abra?

Mamá hace una mueca de fastidio.

—¿Pero no puede bajar usted a abrirnos?

No… tocad el timbre del encargado por favor, él os abrirá…

Papá mete su mano entre nosotros y oprime el timbre del encargado. Esperamos un rato pero no atiende nadie. Volvemos a tocar y nada. Mamá está en llamas, vuelve a tocar el 7 “A”.

¿Diga? —responde.

—El encargado no nos atiende, doctora. Va a tener que bajar usted…

Se hace un silencio de 4 segundos.

¿Podéis aguardar a que entre o salga alguien del edificio para que os deje pasar?

Nos miramos perplejos los tres.

—¿De dónde sacaste a esta mina? —pregunta papá mientras da vueltas ansioso por el hall de entrada.

Mamá acerca su boca al parlante y frunce el ceño.

—Escúcheme, no podemos quedarnos acá toda la tarde esperando que alguien entre o salga. ¿Usted tiene alguna incapacidad física para moverse?

Otro silencio.

Es que yo jamás salgo de mi departamento —contesta.

Empiezo a reírme. Papá se tienta. Mama nos mira asombrada.

—¿Estás segura que es la psiquiatra? ¿No será una paciente que se está haciendo pasar por ella? —pregunta papá con sarcasmo, aunque hace dudar a mamá.

—¿Usted es la doctora Eva, cierto?

Sí, soy yo…. —resopla—. Vean, sé que esto os parecerá algo extraño, pero no puedo bajar a abriros porque  padezco de agorafobia.

—¿¡Agoraqué!? —exclamo.

—Esto no me lo van a creer los muchachos —murmura papá.

En ese momento sale un tipo del edificio, intentamos meternos pero casi nos aplasta con la puerta.

—¿Adónde creen que van ustedes? —nos pregunta con tono despótico.

—Al 7 “A” —le responde mi madre—. Es que el portero no funciona.

El hombre nos mira de arriba abajo a los tres, como si fuéramos delincuentes. Es un gordo pelado y grasiento de unos 60 años, lleva puesto un traje marrón apolillado y trae el Clarín bajo del brazo.

—Bueno, esperen a que la persona del 7 “A” baje a abrirles. Yo no puedo dejarlos pasar, el consorcio lo prohíbe terminantemente.

Quisiera patearle los huevos y después pisotearle la cabeza hasta que se le salga el cerebro por las orejas.

—Pero es que la dueña de casa está indispuesta. —le contesta mamá pronunciando las sílabas lentamente, tratando de contener la rabia.

¡Dejadles pasar, coño! —vocifera el parlante del timbre—. Soy la doctora Medina, vivo en el 7 A y ellos tienen cita conmigo… Venga a comprobarlo si no les cree.

El tipo se queda petrificado frente al parlante que acaba de cagarlo a pedos. Abre la puerta lentamente y sin decir nada nos deja entrar.

—Muchas gracias. —responde mamá con tono cínico.

Subimos al ascensor y tocamos el 7. Papá se mira en el espejo y se arranca un pelito de la nariz.

—¿Vos estás segura que esta lunática puede ayudar a Diego?

—Julio dice que es una excelente profesional.

—¿Y qué sabe el boludo ese?…

Mamá empuja a papá contra el espejo.

—¡Ningún boludo, es mi amigo, y además un médico de renombre!

—Para mí esto es lo mismo que ir a un dentista desdentado. —opina papá.

Las puertas del ascensor se abren, salimos y buscamos el departamento A. Caminamos por un pasillo oscuro y angosto con olor a fritura, las paredes están pintadas de un gris arcaico y los pisos tienen una alfombra color verde manzana. Al final del pasillo hay una ventanita que da al pulmón del edificio, el departamento A esta justo a la izquierda; mamá golpea la puerta tres veces.

¿Quién es? —pregunta la misma voz del timbre.

—¿¡Pero nos está tomando el pelo esta mina? —exclama papá.

—¡Hablá más bajo por favor! —le responde mamá—. Somos nosotros doctora.

La puerta se abre muy lentamente, aparece una mujer bajita, de unos 40 años, tiene el pelo largo color blanco y unas gafas cuadradas que le cubren la cara redonda y pálida. Nos mira y sonríe.

—Pasad por favor… —dice—. Os estaba esperando.

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