ANGUSTIA (II)

Stefan Zweig

 

 

Irene no quería pensar en nada, sólo deseaba vivir, aturdirse, ocupar su corazón con tareas vacías y triviales. No soportaba la casa, necesitaba salir a la calle, lo sentía, entre la gente, para no volverse loca de miedo. Con esas cien coronas esperaba haber comprado a la chantajista unos pocos días de libertad, y decidió arriesgarse a dar un paseo, tanto más cuanto había muchas cosas que resolver y tenía que ocultar, sobre todo, en casa lo extraño de su comportamiento alterado. Ya había adquirido una manera especial de huir. Desde el portal se tiraba como desde un trampolín con los ojos cerrados a la corriente de la calle. Y una vez el duro asfalto bajo los pies, y el cálido fluir de los transeúntes a su alrededor, emprendía con una urgencia nerviosa, tan deprisa como una dama podía andar sin llamar la atención, una carrera hacia adelante, los ojos fijos en el suelo, con el temor comprensible de encontrar de nuevo esa peligrosa mirada. Si alguien la espiaba prefería no saberlo. A pesar de ello, notaba que no pensaba más que en eso y que se estremecía cuando alguien rozaba sin querer su cuerpo. Sus nervios sufrían dolorosamente a cada ruido, cada paso que se le acercaba, cada sombra que pasaba a su lado; sólo en el coche o en casa de amigos podía respirar libremente.

Un caballero la saludó. Alzando los ojos reconoció a un amigo de juventud de su familia, un simpático y locuaz vejete, al que solía evitar, porque tenía la manía de molestar a su interlocutor durante horas con sus achaques físicos probablemente imaginarios. Pero ahora sintió haber respondido a su saludo sólo con un gesto de agradecimiento y no haber aprovechado su compañía, ya que un conocido hubiera sido una defensa ante una inesperada interpelación de la chantajista. Irene vaciló, quiso volver sobre sus pasos, cuando le pareció que alguien se le acercaba por detrás, e instintivamente, sin volverse, echó a correr. Sin embargo, con la intuición afilada cruelmente por el miedo, sentía en la espalda una aproximación acelerada y siguió corriendo cada vez más deprisa, a sabiendas de no poder escapar, en fin de cuentas, a la persecución. Sus hombros empezaron a temblar anticipando la mano que —sentía cada vez más cerca el paso— la tocaría inmediatamente, y cuanto más aceleraba su paso tanto más pesadas se volvían sus rodillas. Ahora sintió ya muy cerca a su perseguidor, y una voz a su espalda la llamó en voz baja, pero con intensidad —¡Irene!—, una voz que tuvo que recordar, pero que no era la temida, la espantosa mensajera de la desgracia. Aliviada se volvió: era su amante que, al parar ella de golpe, casi choca con ella. Su rostro pálido estaba marcado por todos los signos de la excitación y ahora, bajo la mirada desconcertada de Irene, también del sonrojo. Inseguro levantó la mano para saludarla y la dejó caer cuando ella no le ofreció la suya. Ella sólo le miraba despavorida, durante uno, dos segundos, tan inesperado era el encuentro con él. En todos estos días de angustia le había olvidado, a él precisamente. Ahora, al ver de cerca su rostro desencajado e inquisitivo, con esa expresión de vacío y desconcierto, que todo sentimiento vago graba en los ojos, la furia ascendió espumosa en una oleada desde su interior. Sus labios temblaron buscando una palabra, y la agitación de su rostro era tan evidente que él no pudo por más que balbucir asustado su nombre:

—Irene, ¿qué te pasa? —Y cuando vio su gesto de impaciencia, añadió completamente derrotado—: ¿Qué te he hecho?

Ella le miró fijamente con furia incontrolada.

—Que ¿qué me ha hecho usted? —Rió sarcástica—. ¡Nada! ¡Absolutamente nada! ¡Sólo cosas buenas, sólo favores!

La mirada del músico reflejó estupor, y su boca se entreabrió de asombro, aumentando así lo bobalicón y ridículo de su aspecto.

—Pero Irene… ¡Irene!

—No arme escándalo, por favor —le increpó ella secamente—. Y no me haga comedias. Seguramente su amiguita no anda muy lejos, dispuesta a atacarme de nuevo…

—¿Quién? ¿Cómo dices?

De buena gana Irene le hubiera golpeado con el puño en la cara, en esa cara estúpida, petrificada y desencajada. Notó cómo su mano ya cogía con fuerza el paraguas. Nunca había despreciado y odiado tanto a otra persona.

—Pero Irene… Irene —balbuceó él cada vez más aturdido—. ¿Qué te he hecho? De pronto desapareces… Te espero día y noche… He pasado hoy todo el día delante de tu casa esperando para poder hablarte un minuto.

—Así que esperas… tú también.

La furia, sintió, la volvía incongruente. Poder pegarle en la cara ¡eso sí que la aliviaría! Pero se contuvo, le miró una vez más llena de ardiente repugnancia, sopesando, por así decir, si no debía escupirle a la cara con un insulto toda su ira acumulada, por fin se volvió y se sumergió sin mirar atrás en el barullo humano. Él se quedó inmóvil con su mano implorante extendida, sin saber qué hacer y consternado, hasta que la corriente de la calle le cogió y empujó como el río una hoja que se hunde, que se defiende dando bandazos y girando hasta que es arrastrada sin voluntad.

Que este hombre hubiera sido una vez su amante le pareció a Irene, de pronto, completamente inverosímil y sin sentido. No recordaba nada, ni el color de sus ojos, ni la forma de su rostro, no tenía conciencia física de ninguna de sus caricias, y de sus palabras no había retenido nada más que esa frase lamentosa, afeminada y sumisa: «Pero ¡Irene!» de su desesperación tartamudeante. Ni una sola vez en todos estos días había pensado en él, ni siquiera en sueños, a pesar de que era el origen de todos sus males. No significaba nada en su vida, ni tentación ni casi recuerdo. No comprendía que sus labios hubieran sentido su boca alguna vez, y sintió en su interior la fuerza para jurar que nunca le había pertenecido. ¿Qué la había empujado a sus brazos, qué locura tan terrible la había impulsado a una aventura, que su propio corazón no comprendía ya, y tampoco sus sentidos? No sabía nada de aquello, todo en aquel episodio le resultaba ajeno, ella misma se resultaba ajena a sí misma.

Pero ¿no había cambiado también todo en estos seis días, en esta semana de horror? La angustia corrosiva había disuelto, como aguafuerte, su vida y separado sus elementos. Las cosas de pronto tenían otro peso, los valores estaban alterados y las relaciones, confusas. Le parecía que hasta ahora había pasado a tientas por su vida con un sentimiento vago y con ojos medio cerrados, y que ahora todo brillaba desde dentro con una claridad terrible y bella. Delante de ella, al alcance de su aliento, había cosas en las que nunca había pensado y que constituían su verdadera vida, como ahora comprendía, y había otras que le habían parecido importantes y ahora se desvanecían como humo. Hasta ahora había vivido en una animada vida social, en la compañía ruidosa, locuaz de los círculos adinerados, y sólo para ella, en el fondo, pero ahora, encerrada desde hacía una semana en la prisión de su propio hogar, no notaba ninguna pérdida en renunciar a ella, sino sólo repugnancia ante esa actividad inane de los ociosos, e involuntariamente medía por este primer sentimiento fuerte que le era dado, la superficialidad de sus antiguas inclinaciones y la inmensa falta de amor eficaz. Como a un abismo se asomaba a su pasado. En ocho años de matrimonio nunca se había acercado a su marido, convencida de que su suerte era demasiado modesta, y había permanecido extraña a él y no menos a sus hijos. Entre ella y ellos se interponían personas asalariadas, institutrices y criados, para quitarle a ella todas las pequeñas preocupaciones, que ahora, desde que se había asomado un poco a la vida de sus hijos, empezaban a parecerle más atractivas que las miradas ardientes de los hombres y más gratas que un abrazo. Poco a poco su vida se fue transformando con un nuevo sentido, todo adquirió nuevos aspectos y le volvió, de pronto, un rostro grave y elocuente. Desde que conocía el peligro, y con el peligro un sentimiento verdadero, todas las cosas, incluso las más ajenas, empezaron de repente a serle afines. En todo se sentía a sí misma, y el mundo que antes era transparente como un cristal, se convertía en un espejo en la superficie oscura de su propia sombra. Hacia donde miraba, hacia donde escuchaba, estaba, de pronto, la realidad.

Estaba con los niños. La institutriz les leía el cuento de la princesa que podía visitar todas las habitaciones de su palacio menos una, que estaba cerrada con una llave de plata y que ella abre para su desgracia. ¿No era éste acaso su propio destino, que también a ella la había atraído sólo lo prohibido y que eso la había conducido a la catástrofe? De una profunda sabiduría le pareció el pequeño cuento que unas semanas antes hubiera despreciado como ingenuo. En el periódico se relataba la historia de un oficial al que un chantaje había llevado a ser un traidor. Irene sintió un escalofrió y comprendió. ¿No haría ella lo imposible para obtener dinero con el que asegurarse unos días de tranquilidad, una apariencia de felicidad? Cada línea que hablaba de suicidio, cada crimen, cada desesperación se convertían en vivencia para ella. Todo le decía «yo», el cansado de la vida, el desesperado, la criada seducida y el niño abandonado, todo era como su propio destino. De pronto sintió la riqueza de la vida y supo que ya no podría ser pobre ni una hora en su destino, y ahora que todo se dirigía a su fin sintió un comienzo. ¿Y esta maravillosa pertenencia a todo el infinito universo podía ser destruida por los puños toscos de esa mujer depravada? ¿Por esa única falta había de ser destruido todo lo grande y hermoso de lo que se sentía ella, por primera vez, capaz?

¿Y por qué —ella se defendía ciega ante un destino que inconscientemente creía portador de un sentido— por qué había de merecer ella precisamente tan espantoso castigo por una falta tan nimia? Cuántas mujeres conocía, vanidosas, desvergonzadas, voluptuosas, que mantenían amantes con dinero y entre sus brazos se burlaban de sus maridos, mujeres que vivían en la mentira como en su propia casa, que se volvían más bellas en el disimulo, más fuertes bajo la persecución, más astutas en el peligro, mientras que ella se desmoronaba impotente al primer miedo, a la primera trasgresión.

Pero ¿era de verdad culpable? En su fuero interno sentía que ese hombre, ese amante le era ajeno, que nunca le había entregado nada de su verdadera vida. Nada había recibido de él, nada de sí misma le había regalado a él. Todos estos episodios pasados y olvidados no eran su falta sino la de otra mujer, a la que ella misma no comprendía y a la que ya ni siquiera recordaba. ¿Podía castigarse una falta que ya estaba redimida por el tiempo?

De pronto se asustó. Sintió que este pensamiento no era suyo. ¿Quién lo había formulado? Alguien de su proximidad, hacía poco, unos días. Recapacitó, y su emoción no disminuyó cuando recordó que había sido su marido el que despertara esta idea en su mente. De vuelta de un proceso, agitado y pálido, él, que solía ser tan lacónico, había dicho de pronto a ella y a unos amigos que estaban casualmente allí:

—Hoy han condenado a un inocente.

A las preguntas de ella y de los demás relató desde su agitación aún viva que habían condenado hacía un momento a un ladrón por un robo que había cometido hacía tres años, y según su parecer, injustamente, porque después de tres años el delito ya no era el suyo. Se castigaba a otra persona y se la castigaba por partida doble ya que había pasado esos tres años en la prisión de su propio miedo, en la eterna inquietud de ser descubierto.

Con horror recordó haberle contradicho en aquella ocasión. En su opinión ajena a la realidad el criminal siempre había sido exclusivamente un ser dañino para el bienestar burgués, que debía ser exterminado a cualquier precio. Ahora comprendió lo deplorables que habían sido sus argumentos, y qué humanos y justos los de su marido. Pero ¿comprendería él también en su caso que ella no había aunado a otro hombre sino la aventura? ¿Que él era también culpable por su excesiva bondad, por la blanda comodidad con la que había rodeado su vida? ¿Sería también justo como juez en causa propia?

Pero no le iba a estar dado entregarse a esperanzas amables. Ya al día siguiente llegó otra carta, un nuevo latigazo que sacudió su angustia extenuada. Esta vez le pedían doscientas coronas, que entregó sin protestar. Este aumento inesperado del chantaje, al que materialmente no podía hacer frente, le resultó espantoso, porque aunque su familia era acaudalada no estaba en condiciones de proporcionarse cantidades mayores sin llamar la atención. Además ¿qué solucionaba pagarlas? Sabía que mañana serían cuatrocientas coronas y pronto mil, cada vez más, cuanto más pagara, y por fin cuando sus medios se agotaran, la carta anónima y el final. Lo que compraba sólo era tiempo, un respiro, dos o tres días, quizá una semana de tregua, pero ¡qué tiempo tan terriblemente carente de valor, lleno de tormento y tensión! Desde hacía semanas dormía intranquila, con pesadillas que eran peor que la vigilia, le faltaba el aire, el movimiento libre, la tranquilidad, la ocupación. Era incapaz de leer, de hacer cualquier cosa, acosada diabólicamente por su angustia interior. Se sentía enferma. A veces tenía que sentarse inmediatamente, con tanta fuerza la asaltaba la taquicardia, una pesadez intranquila llenaba todos sus miembros con la savia espesa de una fatiga casi dolorosa, que sin embargo se negaba al sueño. Toda su existencia estaba minada por la angustia corrosiva, su cuerpo envenenado, y en el fondo de su ser deseaba que este malestar saliera a la superficie en un verdadero dolor, en una enfermedad clínica visible, por la que las gentes sienten compasión y piedad. Envidiaba a los enfermos en esta hora de sufrimiento subterráneo. Qué agradable sería estar en un sanatorio, en una cama blanca entre paredes blancas, rodeada de lástima y flores vendrían visitas, todos serían buenos con ella, y tras la nube del sufrimiento estaría, lejana como un gran sol, la salud recobrada. Cuando se tenían dolores, se podía uno quejar a gritos, ella, sin embargo, debía hacer constantemente la comedía de una animada lozanía, comedia para la que cada día y casi cada hora le proporcionaba nuevas y terribles situaciones. Con los nervios destrozados tenía que sonreír y parecer contenta, sin que nadie imaginara el esfuerzo infinito de esta alegría simulada, la fuerza heroica que derrochaba en esta diaria e inútil lucha consigo misma.

Sólo una persona entre todas las que la rodeaban parecía intuir, según quiso creer, algo de lo terrible que sucedía en su interior, y ésta únicamente porque la vigilaba. Irene notaba —y esta certeza la obligaba a una redoblada cautela— que su marido la observaba constantemente, igual que ella le observaba a él. Día y noche daban vueltas el uno alrededor del otro, para descubrir cada uno el secreto del otro y ocultar el propio tras la espalda. También su marido había cambiado en el último tiempo. La severidad amenazadora de los primeros días inquisitoriales había cedido a una clase especial de bondad y de preocupación, que le recordaba el tiempo de su noviazgo. La trataba como a una enferma, con un cuidado que la turbaba porque se sentía avergonzada por un amor tan inmerecido, y que, por otro lado, temía, ya que bien podía ser una estratagema para extraerle en un momento inesperado el secreto de entre las manos desprevenidas. Desde aquella noche en la que la había espiado durante su sueño, y desde aquel día en que él había visto la carta en sus manos, su suspicacia se había convertido en compasión, intentaba ganarse su confianza con una delicadeza, que a veces la calmaba e incitaba a ceder, para en el segundo siguiente entregarse de nuevo a la desconfianza. ¿Se trataba de una argucia, de la atracción seductora del juez instructor ante el acusado, de un puente traicionero de la sinceridad, que su confesión debía cruzar y que luego, una vez alzado el puente, la dejaría indefensa a su merced? ¿O también él tenía la sensación de que este intenso estado de observación mutua era insoportable, y su simpatía era tan grande que sufría en secreto con el sufrimiento de ella, cada día más evidente? Ella notaba con una extraña conmoción cómo él le ofrecía la palabra salvadora, cómo le facilitaba seductoramente la confesión; Irene comprendía su intención y agradecía dichosa su bondad. Pero también notaba que con el sentido avivado del afecto también crecía su vergüenza ante él y la obligaba a callar con más rigor que antes la desconfianza.

Una vez durante estos días él habló con ella con toda claridad, la mirada en la mirada. Ella había vuelto a casa y había oído desde el vestíbulo voces, la de su marido, cortante y enérgica, la palabrería quisquillosa de la institutriz, y entre ellas, llanto y sollozos. Su primera reacción fue de sobresalto. Siempre que escuchaba voces o percibía agitación en la casa, se alarmaba. La angustia era el sentimiento que respondía en ella a todo lo que era inhabitual, la angustia ardiente de que la carta hubiera llegado ya, que el secreto se hubiera desvelado. Siempre que abría la puerta, su primera mirada inquisitiva se clavaba en los rostros preguntándoles si había ocurrido algo durante su ausencia, si la catástrofe no se había producido ya mientras ella estaba fuera. Esta vez sólo se trataba de cosas de niños, como constató enseguida aliviada, un pequeño juicio improvisado. Hacía unos días una tía había regalado al niño un juguete, un caballito policromado, hecho que despertó la envidia de la niña, que había recibido regalos menos valiosos. En vano, y con tanta avidez, había intentado hacer valer sus derechos que el niño le prohibía siquiera tocar su juguete, lo que primero provocó el enojo declarado de la niña y luego un silencio rencoroso, retraído y persistente. A la mañana siguiente, el caballito había desaparecido sin dejar rastro, y todos los esfuerzos del niño por encontrarlo fueron inútiles, hasta que por casualidad se encontró el objeto perdido en la estufa hecho pedazos, las partes de madera rotas, la piel de colores desgarrada y el interior, destripado. La sospecha recayó naturalmente en la niña; el chico había corrido llorando a su padre para denunciar a la malvada, que no podía evitar tener que dar explicaciones, y el interrogatorio acababa de empezar.

Irene sintió una envidia súbita. ¿Por qué los niños se dirigían con todos sus problemas a él y no a ella? Desde siempre confiaban todas sus disputas y quejas a su marido; hasta ahora le había agradado estar libre de estas pequeñas molestias, pero de repente las añoró porque sentía en ellas amor y confianza.

El pequeño juicio pronto estuvo decidido. La niña primero lo negó todo, aunque con los ojos bajos y un temblor delator en la voz. La institutriz dio testimonio en su contra, había oído cómo la niña encolerizada había amenazado con tirar el caballito por la ventana, lo que la pequeña intentó en vano negar. Hubo un pequeño tumulto de sollozos y desesperación. Irene miró a su marido; le pareció que instruía juicio no sobre la niña sino sobre el destino de ella, porque así se encontraría frente a él quizá ya mañana, con el mismo temblor y la misma voz quebrada. Su marido se mantuvo inflexible mientras la niña perseveró en la mentira, rompió su resistencia palabra a palabra, conservando siempre la calma cuando ella se cerraba. Por fin, cuando la negativa dejó paso a un silencio denso, él le habló con cariño, demostró la necesidad interior de la mala acción y prácticamente disculpó que, en un acceso de cólera, hubiera hecho algo tan feo, con el argumento de que en ese momento no había considerado que haría daño a su hermano.

Y explicó tan cálida y persuasivamente a la niña su acción como algo comprensible, pero condenable, que ésta estalló en lágrimas y empezó a llorar desesperadamente. Y pronto, en medio del torrente de lágrimas, balbuceó por fin la palabra con la que admitía su culpa.

Irene fue a abrazar a la pequeña deshecha en lágrimas, pero ésta la rechazó furiosa. También su marido la reprendió prohibiéndole esa compasión prematura, ya que no pensaba dejar sin castigo la falta, y, en efecto, dictó una pena leve pero de importancia manifiesta para la niña: no poder acudir al día siguiente a una fiesta, esperada con impaciencia desde hacía semanas. La niña escuchó llorando la sentencia; el niño celebró ruidosamente su victoria, pero su prematuro y odioso triunfalismo hizo que el castigo también recayera sobre él, por su alegría ante el mal ajeno se le prohibió, a su vez, ir a dicha fiesta de niños. Tristes, consolados por la pena compartida, los dos salieron de la habitación e Irene se quedó a solas con su marido.

Sintió de pronto que había llegado el momento de, en vez de por alusiones, hablar detrás de la máscara de una conversación sobre la falta de la niña y de su confesión de la suya propia, y la invadió una sensación de alivio de poder, aunque fuera de forma velada, hacer una confesión e implorar piedad. Porque el hecho de que él admitiera con benevolencia su intervención a favor de la niña era un signo para ella, y sabía que entonces quizá se atrevería a interceder en su propia causa.

—Dime, Fritz, ¿de verdad no vas a dejar a los niños ir mañana a esa fiesta? Van a estar muy tristes, sobre todo la pequeña. Tampoco es tan grave lo que ha hecho. ¿Por qué castigarles con tanta severidad? ¿No te da pena, la pequeña?

Él la miró. Luego se sentó tranquilamente. Parecía dispuesto a discutir el tema más a fondo, y una intuición, agradable y alarmante a la vez, la hizo sospechar que sus palabras, una a una, estarían dirigidas a su caso; todo en ella esperó que terminara la pausa que él, sin duda con intención, alargó especialmente.

—¿Que si no me da pena, preguntas? Te responderé: hoy ya no. Ella se siente aliviada desde que la han castigado, aunque le parezca duro. Ayer era desdichada, cuando el pobre caballito estaba roto metido en la estufa, toda la casa buscándolo y ella día y noche en el temor de que lo encontrarían con toda seguridad. El miedo es peor que el castigo, porque éste es algo concreto y ya sea mayor o menor, siempre será mejor que la horrible incertidumbre, lo espantoso de la angustia infinita. En cuanto conoció su castigo se sintió aligerada. El llanto no debe confundirte: aunque sale ahora a la superficie ya estaba antes acumulado en el interior. Si no fuera una niña o si pudiéramos asomamos a la profundidad de su ser, creo que veríamos que está contenta, a pesar del castigo y de las lágrimas y, sin duda, más alegre que ayer, cuando andaba por ahí aparentemente tranquila y nadie sospechaba de ella.

Irene levantó los ojos. Tenía la sensación de que cada palabra estaba dirigida a ella. Pero él no parecía pensar en ella y continuó, quizá interpretando mal la emoción de su mujer, en tono más enérgico:

—Es así, créeme. Lo sé por experiencia del tribunal y de las investigaciones. Los acusados sufren, sobre todo, por las ocultaciones, por el peligro de ser descubiertos, por la horrible obligación de tener que defender una mentira de mil pequeños ataques escondidos. Es espantoso ver un caso de estos en los que el juez ya tiene todo en sus manos, la culpa, la evidencia, incluso también la sentencia, y sólo falta la declaración de culpabilidad, que se halla atascada en el interior del acusado y no quiere salir, por mucho que el juez tire y tire. Da pena ver cómo el acusado se retuerce y obstina porque hay que arrancarle su «sí» como con un gancho de la carne que se resiste. A veces ya está en la punta de la lengua, empujando con una fuerza irresistible para salir, los acusados hacen esfuerzos denodados, casi pronuncian la palabra; entonces ese poder maléfico se apodera de ellos, ese incomprensible sentimiento de obstinación y miedo. y se la tragan otra vez. Y la lucha empieza de nuevo. Los jueces sufren a veces más que las víctimas. Y eso que los acusados siempre le ven como a un enemigo, que en realidad es su protector. Yo, como su defensor, debería aconsejar a mis clientes que no confesaran, ayudarlos a asegurar y fortalecer sus mentiras, pero en mi fuero interno no me atrevo en numerosas ocasiones, porque sufren más no confesando que con la confesión y su castigo. En realidad, sigo sin comprender que se cometa una acción con conciencia del peligro que comporta y que luego no se tenga el valor de admitir la culpa. Ese pequeño temor a la palabra me parece más lamentable que cualquier delito.

—¿Piensas… que es siempre… siempre el miedo… lo que frena a las personas? ¿No podría ser… la vergüenza… la vergüenza de declararse… de desnudarse delante de todo el mundo?

Sorprendido alzó la mirada. No estaba acostumbrado a que ella le respondiera. Pero la palabra le fascinó.

—Vergüenza, dices… eso no es más que otro miedo… aunque uno mejor… no ante el castigo sino… ya, comprendo…

Se puso en pie, extrañamente agitado y paseó de un lado al otro. La idea parecía haber despertado algo que ahora palpitaba y bullía violentamente. De pronto se detuvo.

—Admito… vergüenza ante los demás, ante los extraños… ante el populacho que devora el destino ajeno en los periódicos como si se tratara de un bocadillo… Pero por eso mismo debería uno confesarse a aquellos que están cerca… Recordarás a aquel pirómano al que defendí el año pasado… que me tomó un afecto tan extraordinario… me lo contó todo, pequeñas historias de su infancia… incluso cosas más íntimas… ¿Ves?, ese hombre había cometido el crimen sin duda alguna, y fue condenado… pero tampoco a mí me lo confesó… por miedo a que yo le delatara… no por vergüenza, pues confiaba en mí… yo era, creo, el único hacia el que había sentido cierta amistad en toda su vida… así que no se trataba de vergüenza ante los extraños… ¿qué era entonces, si podía confiar en mí?

—Quizá —dijo Irene, apartando la vista porque él la miraba con tanta intensidad y ella sintió temblar su voz—, quizá la vergüenza es insuperable… frente a los que… uno se siente más cerca.

Él hizo un alto como dominado por un impulso interior.

—Crees… crees… —y de repente su voz se volvió diferente, más blanda y oscura— crees que Helene… hubiera confesado su falta con menos dificultad a otra persona… por ejemplo a la institutriz… que ella…

—Estoy convencida de ello… la pequeña te ha opuesto tanta resistencia… porque… porque tu opinión es la que más le importa… porque… porque tú eres al que más quiere…

Él hizo de nuevo un alto.

—Quizá tienes razón… es más, estás en lo cierto… es curioso… nunca he pensado en esa posibilidad… y es tan sencillo… A lo mejor he sido demasiado severo, ya me conoces… en el fondo no es mi intención. Voy a verla ahora mismo… irá naturalmente a la fiesta… En realidad sólo quería castigar su terquedad, su resistencia y que… no tuviera confianza en mí… Pero tienes razón, no quiero que pienses que no sé perdonar… no quiero… Precisamente de ti no lo quiero, Irene.

La miró, y ella notó que se ruborizaba bajo su mirada. ¿Había hablado así intencionadamente, o era una casualidad, una casualidad fatal y peligrosa? Todavía sentía una espantosa indecisión.

—La sentencia está revocada. —Un cierto buen humor parecía haberse apoderado de él—. Helene es libre, y yo voy a comunicárselo en persona. ¿Estás ahora satisfecha conmigo? ¿O tienes algún deseo más? Ya ves… ya ves que hoy estoy de un humor generoso… quizá porque estoy contento por haber reconocido a tiempo una injusticia. Eso siempre es un alivio, Irene, siempre…

Ella creyó comprender lo que este subrayado significaba. Involuntariamente se acercó más a él, ya sentía la palabra brotar en su interior, y también él salió a su encuentro como si quisiera quitarle rápidamente de las manos lo que tan evidentemente la martirizaba. Entonces ella recibió su mirada, en la que había una avidez por la confesión, por algo de su ser, una impaciencia ardiente, y de repente todo se desmoronó en ella. Su mano cayó cansada y se apartó de él. Era inútil, pensó, nunca podría pronunciar esa palabra liberadora que ardía en su interior y consumía su paz. La advertencia pasó como un trueno cercano, pero ella sabía que no podía escapar. Y en su deseo más secreto añoraba lo que había temido hasta ahora, el rayo liberador: ser descubierta.

Más deprisa de lo que había imaginado, su deseo pareció cumplirse. El combate duraba ya catorce días e Irene se sentía al final de sus fuerzas. Hacía cuatro días que la mujer no aparecía, y la angustia había penetrado hasta tal punto en su cuerpo y formado una sola cosa con su sangre que a cada timbrazo en la puerta saltaba de su sitio para ir a interceptar ella misma un mensaje de chantaje. En esta ansia había impaciencia, casi avidez, porque con cada uno de esos pagos compraba una tarde de calma, un par de horas con los niños, un paseo. Podía respirar por una tarde, salir a la calle y a casa de amigos; pero el sueño era sabio, no se dejaba engañar y distraer de su seguro conocimiento del peligro, permanentemente al acecho, con tan pobre consuelo y llenaba de noche su sangre con agotadoras pesadillas.

Al oír el timbre había salido de nuevo corriendo impulsivamente para abrir la puerta, aun a sabiendas de que esta impaciencia por adelantarse a los criados tenía que despertar sospechas y fácilmente invitar a conjeturas hostiles. Pero qué débiles se volvían estas pequeñas resistencias de la reflexión prudente, cuando al advertir el timbre del teléfono, un paso en la calle a su espalda o la llamada a la puerta todo su cuerpo saltaba como bajo un trallazo. El sonido del timbre acababa de sacarla de la habitación e impelido hacia la puerta; abrió, para en el primer momento mirar asombrada a una dama desconocida, y luego, retrocediendo aterrada, reconocer bajo el vestido nuevo y un elegante sombrero el rostro odioso de la chantajista.

—Ah, es usted misma, señora Wagner, cómo me alegro. Tengo algo importante que decirle.

Y sin esperar una respuesta de la asustada Irene, que se apoyaba con mano temblorosa en el picaporte, entró y dejó su sombrilla, un parasol estridente y rojo, sin duda una primera materialización de sus correrías chantajeadoras. La mujer se movía con una seguridad asombrosa, como si estuviera en su propia casa, y satisfecha, contemplando como con un sentimiento de placer la elegante decoración, se dirigió sin ser invitada hacia la puerta entreabierta del salón.

—Por aquí ¿verdad? —preguntó con sorna contenida, y cuando la anonadada dueña de la casa, incapaz de pronunciar una palabra, intentó disuadirla, añadió tranquilizadora—: Podemos resolverlo rápidamente si le resulta incómodo.

Irene la siguió sin rechistar. La idea de saber en su propia casa a la chantajista, ese descaro que superaba sus más horribles temores, la aturdía. Era como si soñara, como si soñara todo aquello.

—Muy bonito, de verdad, muy bonito —dijo con admiración y evidente calma la mujer, al tiempo que tomaba asiento—. Ah, qué cómodo se está aquí. Y todos esos cuadros. Ahí se ve la miseria en la que una vive. Es precioso, señora Wagner, precioso.

Por fin, al ver a la malvada tan ufana en sus propios salones, la furia de la martirizada Irene estalló.

—¡Qué quiere, chantajista! Me persigue usted hasta mi propia casa. Pero no permitiré que me torture usted. ¡Yo…!

—No hable tan alto —la interrumpió la otra con ofensiva campechanía—. La puerta está abierta y podrían oírla los criados. A mí no me importa. Yo no niego nada, al fin y al cabo en la cárcel tampoco me va a ir peor de lo que me va con esta triste vida. Pero usted, señora Wagner, debería ser más prudente. Primero voy a cerrar la puerta, por si cree usted oportuno enfadarse. Pero se lo digo ya: los insultos no me impresionan.

La fuerza de Irene, respaldada un instante por la ira, se desmoronó impotente ante la impasibilidad de la mujer. Como un niño que espera qué deberes le van a dictar, estaba allí, sumisa e inquieta.

—Bueno, señora Wagner, no me voy a andar por las ramas. No me va demasiado bien, ya lo sabe. Ya se lo he dicho.

Y ahora necesito dinero para pagar unos intereses. Hace tiempo que lo debo, y luego hay otras cosas. Quiero hacer un poco de orden. Por eso he venido a verla, para que me ayude con…, digamos, unas cuatrocientas coronas.

—No puedo —balbuceó Irene, sobrecogida ante la suma, que no poseía realmente en dinero contante y sonante—. Le he dado ya trescientas coronas este mes. ¿De dónde voy a sacarlas?

—Ya se las arreglará, piense un poco. Una mujer tan rica como usted puede obtener dinero, todo el que quiera. Pero tiene que querer. Así que piense, señora Wagner, y verá cómo puede.

—Pero es que no lo tengo, de verdad. Se lo daría de buena gana. Pero no tengo tanto. Podría darle algo… quizá cien coronas…

—He dicho que necesito cuatrocientas coronas. —Como ofendida por la oferta lanzó secamente las palabras.

—¡No las tengo! —gritó, desesperada, Irene. Su marido podía aparecer en cualquier momento—. Le juro que no las tengo…

—Pues intente usted conseguirlas…

—No puedo.

La mujer la miró de arriba abajo, como si la tasara.

—Bueno… por ejemplo ese anillo… si lo empeña se arreglaría todo. Claro que yo no entiendo de joyas… nunca he tenido joyas… pero creo que le darían cuatrocientas coronas por esa…

—¡La sortija! —gritó, espantada, Irene. Era su anillo de compromiso, el único que nunca se quitaba y al que una piedra muy valiosa y bella confería gran valor.

—Y ¿por qué no? Yo le envío el recibo del empeño y la puede usted recuperar cuando quiera. No se preocupe, no pretendo quedarme con ella. ¿Qué hace una pobre mujer como yo con una sortija tan elegante?

—¿Por qué me persigue usted? ¿Por qué me martiriza? No puedo… no puedo. Debe usted comprenderlo… He hecho lo que he podido. Debe comprenderlo. ¡Tenga compasión!

—Nadie ha tenido compasión conmigo. Casi me han dejado morir de hambre. ¿Por qué iba a tener yo, precisamente, compasión con una mujer tan rica?

Irene iba a responder con vehemencia. Entonces oyó —y se le heló la sangre— cómo fuera se cerraba una puerta.

Debía de ser su marido que volvía de la oficina. Sin pensarlo mucho se arrancó la sortija del dedo y se la ofreció a la mujer que la hizo desaparecer inmediatamente.

—No tema, ya me voy —dijo con gesto apaciguador, cuando vio el terror abismal en el rostro de Irene y su atención tensa dirigida hacia el vestíbulo, donde los pasos masculinos eran muy perceptibles. Abrió la puerta, saludó al marido de Irene que entraba en ese momento y que la miró brevemente, sin tomar aparentemente nota de ella, y desapareció.

—Una señora que me pedía una información —explicó Irene con la última fuerza que le quedaba, en cuanto la puerta se cerró detrás de la mujer. El peor momento había pasado. Su marido no respondió nada y pasó tranquilamente a la estancia donde la mesa ya estaba puesta.

Irene sintió como si el aire quemara sobre la parte de su dedo normalmente protegida por el cerco frío del anillo, y como si todos debieran fijarse en esa parte desnuda como en un estigma. Durante la comida estuvo escondiendo la mano todo el tiempo, y al hacerlo una curiosa irritación de la sensibilidad le decía que la mirada de su marido rozaba constantemente su mano y la seguía en todos sus movimientos. Con un esfuerzo intentó distraer su atención y mantener fluida la conversación con preguntas continuas. Hablaba y hablaba con él, con los niños, con la institutriz, una y otra vez avivaba la conversación con la llamita de la pregunta, pero se quedaba sin aliento y la conversación se apagaba. Intentó parecer alegre y arrastrar a los demás a sentirse alegres, hizo bromas con los niños, azuzándolos a pelearse, pero ellos no se pelearon y no se rieron: debía de haber algo falso en su alegría, pensó, algo que les extrañaba inconscientemente. Cuanto más se esforzaba, menos conseguía. Por fin se cansó y enmudeció.

También los otros callaron; Irene sólo oía el ligero entrechocar de los platos y, en su interior, las voces desbordantes de la angustia. De pronto su marido dijo:

—¿Dónde está hoy tu sortija?

Ella se estremeció. Algo en su interior dijo muy alto: ¡Se acabó! Pero su instinto aún se defendía. Concentrar todas las fuerzas, pensó. Para una frase, para una palabra. Hallar aún una mentira, una última mentira.

—La he mandado… a limpiar. —Y como fortalecida por la mentira añadió con decisión—: Pasado mañana la recogeré.

Pasado mañana. Ahora estaba comprometida, la mentira sería descubierta y ella también, si no lo conseguía. Ella misma se había dado un plazo, y un nuevo sentimiento, una especie de felicidad de saber tan cercano el desenlace, invadió su confuso miedo. Pasado mañana: ahora conocía el plazo y sintió cómo de esta certeza una calma extraña inundaba su angustia. En su interior empezó a crecer algo nuevo, una nueva fuerza, para la vida y para morir.

La conciencia de la decisión inminente, por fin establecida, empezó a desplegar una claridad inesperada en su interior. Como por arte de magia, el nerviosismo dio paso a una reflexión ordenada, la angustia, a una sensación desconocida para ella de calma cristalina, gracias a la cual veía de pronto las cosas de su vida transparentes y en su verdadero valor. Irene sopesó su vida y sintió que todavía pesaba mucho, si se le permitía conservarla y potenciarla en el nuevo y exaltado sentido que los días de angustia le habían enseñado; si podía comenzarla de nuevo sin mentiras, pura y segura, estaba dispuesta a hacerlo. Pero vivir como mujer divorciada y adúltera, manchada por el escándalo, no, para eso estaba demasiado cansada, y demasiado cansada para continuar el peligroso juego de una tranquilidad comprada y concedida bajo condiciones. En su opinión la resistencia ya no era posible, el desenlace estaba cerca, el descubrimiento podía venir de su marido, sus hijos o de ella misma. Era imposible huir ante un enemigo que parecía ubicuo. Y la confesión, la ayuda segura, le estaba vedada, como ahora sabía. Había un solo camino libre, y no tenía vuelta.

La vida aún la atraía. Era uno de esos días de primavera elementales, como los que a veces surgen intempestivamente del regazo cerrado del invierno, un día con un cielo infinitamente azul, cuya amplitud gloriosa se sentía como un suspiro de alivio después de tantas horas sombrías de invierno.

Los niños entraron en la habitación con vestidos claros que llevaban por primera vez en este año, y ella tuvo que dominarse para no recibir con lágrimas su júbilo impetuoso. En cuanto la risa de los niños con su eco doloroso se disolvió, Irene se puso manos a la obra para llevar a cabo sus resoluciones. Primero intentaría recuperar la sortija, pues, ya se decidiera su destino de un modo o de otro, no quería que cayera una sospecha sobre su recuerdo, que nadie poseyera una prueba visible de su culpa. Nadie, y menos sus hijos, debía imaginar jamás el terrible secreto que ella les había escamoteado; debía parecer un accidente, del que nadie era responsable.

Fue primero a la casa de empeños, para empeñar una joya de familia que casi nunca llevaba, y así procurarse suficiente dinero para comprar a la mujer el anillo delator. Más segura emocionalmente en cuanto tuvo en el bolsillo la suma necesaria, se puso a pasear sin meta concreta, deseando en su fuero interno lo que hasta ahora más había temido: encontrar a la chantajista. El aire era suave y sobre los edificios brillaba el sol. Algo del movimiento impetuoso del viento, de las nubes blancas que surcaban presurosas el cielo, parecía haber entrado en el ritmo de las personas que caminaban con más ligereza y desenvoltura que en los hasta ahora tristones y nublados días de invierno. Y ella misma creía sentir algo de ello en su cuerpo. La idea de morir, que el día anterior había formado al vuelo y ya no había dejado escapar de la mano temblorosa, adquirió una dimensión monstruosa, desapareció de su mente. ¿Era posible que la palabra de una oscura mujer pudiera destruir todo esto, las casas con sus fachadas rutilantes, los coches veloces, los transeúntes risueños y, en su propio interior, la sensación clamorosa de la sangre? ¿Podía una palabra apagar la llama imperecedera con la que el universo entero ardía en su corazón palpitante?

Caminó y caminó, pero ya no con los ojos bajos sino indagando abiertamente, y casi con avidez, para descubrir a la tan buscada contrincante. La víctima buscaba al cazador, y como el animal perseguido más débil, cuando siente que no tiene escapatoria se vuelve con la decisión de la desesperación y se enfrenta dispuesta a todo al perseguidor, ahora ella deseaba verse cara a cara con su verdugo y luchar con esa última fuerza que el instinto de la vida concede a recordando la del día anterior. Un temor interior impreciso la retuvo de atarse por amor, de dejarse sostener por la simpatía. Él pareció percibir su resistencia y estar vagamente preocupado. Ella temió, a su vez, un nuevo acercamiento de él debido a esa preocupación y le dio las buenas noches muy pronto.

—Hasta mañana —contestó él. Entonces ella se retiró.

Mañana: ¡qué cerca y que lejos estaba! La noche insomne le pareció infinitamente larga y oscura. Poco a poco los ruidos de la calle se hicieron más raros, en los reflejos de la habitación vio que fuera habían apagado las luces. A veces, creyó sentir las respiraciones cercanas de las demás habitaciones, la vida de sus hijos, de su marido, y de toda la vida próxima y también lejana, casi ya borrada, pero también un silencio infinito, que no parecía venir de la naturaleza, de lo que la rodeaba, sino de dentro, de una fuente misteriosamente sonora. Se sentía enterrada en una eternidad de silencio y la oscuridad de cielos invisibles pesaba sobre su pecho. A veces las horas marcaban en la oscuridad un número, luego la noche se volvía negra e inanimada; por primera vez, sin embargo, creyó entender el sentido de esta oscuridad interminable y vacía. No pensaba ya en la despedida y la muerte, sino en cómo podría ir hacia ellas y ahorrar a los niños y a sí misma la vergüenza del escándalo. Reflexionó sobre los caminos de los que sabía que conducían a la muerte, imaginó todas las posibilidades de la autodestrucción, hasta que recordó con una especie de jubiloso escalofrío que durante una enfermedad dolorosa, acompañada de insomnio, el médico le había recetado morfina, y que entonces había tomado en gotas el veneno dulce y amargo de un pequeño frasco, cuyo contenido bastaba, como entonces le dijeron, para sumirle a uno suavemente en un sueño mortal. ¡Oh, no más persecuciones, poder descansar, descansar hasta la eternidad, no sentir más el martillo de la angustia en el corazón! La idea de este suave sueño atrajo infinitamente a la insomne; ya creyó sentir el sabor amargo en los labios y la blanda ofuscación de los sentidos. Apresuradamente se levantó y encendió la luz. El frasquito, que encontró pronto, estaba sólo medio lleno y temió que no fuera suficiente. Febrilmente rebuscó en todos los cajones, hasta que por fin dio con la receta que permitía la preparación de cantidades mayores. Sonriente la dobló como si se tratara de un billete de banco valioso. Ahora tenía la muerte en su mano. Con espasmos fríos pero tranquilizada iba a meterse de nuevo en la cama, cuando al pasar delante del espejo iluminado vio su silueta venir a su encuentro desde el oscuro marco, fantasmal, pálida, con ojos hundidos y envuelta en el camisón blanco como en un sudario. Horrorizada apagó la luz, se refugió temblando de frío en la cama abandonada y permaneció despierta hasta rayar el día.

Por la mañana quemó sus papeles, puso orden en numerosos asuntos pequeños, y evitó en la medida de lo posible ver a los niños y, en general, todo lo que amaba. Su objetivo era mantener alejada la vida, para que no se pegara a ella ahora con deseo y persuasión, y le hiciera aún más difícil la decisión tomada con un inútil aplazamiento. Entonces volvió a salir a la calle, para tentar por última vez al destino y encontrar a la chantajista. Rastreó intranquila las calles, pero ya sin aquel sentimiento exaltado de expectación. Algo en ella estaba ya cansado y dudaba de poder seguir luchando. Anduvo y anduvo como por un sentido del deber durante dos horas. La mujer no aparecía por ninguna parte. Ya no le dolía. Casi no deseaba ese encuentro, tan desanimada se sentía. Miraba los rostros de los transeúntes y todos le parecían extraños, todos muertos y de alguna manera fosilizados. Todo era ya lejano e irrecuperable, ya no le pertenecía.

Sólo una vez se estremeció. Le pareció como si al mirar atrás hubiera descubierto, de repente, en el otro lado de la calle, la mirada de su marido entre la gente, esa mirada inquietante, dura y penetrante, que conocía en él desde hacía poco tiempo. Impaciente, quiso cerciorarse, pero la silueta desapareció rápidamente detrás de un coche que pasaba, y ella se tranquilizó pensando que a esa hora él solía estar ocupado en el juzgado. En su excitación inquisitiva perdió la noción del tiempo y llegó tarde a la comida. Pero tampoco él había llegado a casa, como era su costumbre, sino que llegó dos minutos más tarde y, según le pareció a ella, un poco agitado.

Irene contaba ahora las horas hasta la noche y le sorprendió cuántas faltaban todavía pensó lo raro que eso era, el poco tiempo que se necesitaba para la despedida, el escaso valor que todo parecía tener, cuando uno sabía que no lo podía llevar consigo. La invadió una especie de somnolencia. Mecánicamente caminó calle abajo, sin objetivo concreto, sin pensar y sin mirar. En un cruce un cochero retuvo en el último momento a sus caballos, ella vio muy cerca la lanza del coche. El cochero blasfemó furioso, pero ella apenas se volvió: hubiera sido salvación o prórroga. Un accidente le hubiera ahorrado la decisión. Fatigada, continuó su camino: era agradable no pensar en nada, notar únicamente en el interior un oscuro sentimiento del final, una niebla que descendía dulcemente y lo envolvía todo.

Al levantar casualmente la vista para mirar el nombre de la calle, se estremeció: en su absorto caminar había llegado por azar hasta casi la casa de su antiguo amante. ¿Era un signo? Él podía, quizá, prestarle ayuda, él debía de conocer las señas de esa mujer. Irene tembló casi de alegría. ¿Cómo no había pensado en algo tan sencillo? De repente, sus miembros se animaron, la esperanza dio alas a los pensamientos indolentes que bullían ahora revueltos. Él la acompañaría a ver a esa mujer para terminar definitivamente con el asunto. Él la amenazaría para que dejara de hacerle chantaje, quizá bastaba con determinada suma para alejarla de la ciudad. Le dio lástima haber tratado al pobre muchacho tan mal la última vez, pero estaba segura de que él la ayudaría. Qué extraño que este auxilio llegara ahora, en el último momento.

Apresuradamente subió la escalera y llamó al timbre. Nadie salió a abrir. Aguzó el oído: le pareció haber oído pasos cautelosos detrás de la puerta. Volvió a llamar. Silencio, de nuevo. Y un ligero movimiento desde dentro. Entonces Irene perdió la paciencia: llamó sin interrupción; le iba la vida en ello.

Por fin algo se movió detrás de la puerta, la cerradura chirrió y se entreabrió una rendija.

—Soy yo —exclamó ella.

Como con susto abrió él ahora la puerta.

—Eres tú… Es usted… señora… —balbuceó, visiblemente azarado—. No estaba… Perdone… no esperaba su visita… perdóneme que me presente así. —Y señaló las mangas de su camisa. Ésta estaba medio abierta, y no llevaba cuello.

—Tengo que hablarle urgentemente… Debe usted ayudarme —dijo ella, nerviosa, porque él la dejaba en la escalera como a una pordiosera—. ¿No va a dejarme entrar y escucharme un minuto? —añadió, irritada.

—Por favor —murmuró él, aturdido y con una mirada huidiza— ahora no… ahora no puedo recibirla.

—Tiene usted que escucharme. Es culpa suya, es su deber ayudarme… Debe usted recuperar la sortija… O déme, al menos, las señas… Esa mujer me persigue continuamente y ahora ha desaparecido… Es su deber, ¿me oye? Es su deber.

Él la miró desconcertado. Y ella se dio cuenta de que había proferido las palabras sin coherencia alguna.

—Ah, claro… Usted no sabe nada… Pues bien, su amante, la anterior, me vio salir un día de aquí y desde entonces me persigue y me chantajea… me está matando lentamente… Ahora me ha quitado la sortija y debo recuperarla. Esta noche es el último plazo, esta noche… ¿Quiere usted ayudarme?

—Pero… pero yo…

—¿Quiere o no quiere?

—Es que no conozco a esa mujer. No sé a quién se refiere. Nunca me he relacionado con chantajistas. —Lo dijo casi con vehemencia.

—Ah… No la conoce. Y ella lo afirma así, por las buenas. Sabe mi nombre y mis señas. Quizá tampoco es verdad que me hace chantaje, quizá lo estoy soñando.

Irene soltó una carcajada estridente. Él se sintió incómodo. Durante un instante le pasó por la cabeza la idea de que pudiera estar loca, tanto refulgían sus ojos. Su manera de actuar era incongruente, sus palabras carecían de sentido. Asustado miró a su alrededor.

—Por favor, tranquilícese… señora… Le aseguro que se equivoca. Es imposible… debe de ser… no, no lo entiendo. No conozco mujeres de esa clase. Las dos relaciones que he mantenido en mi, como usted sabe, corta estancia no son de esa índole… no quiero dar nombres, pero… pero es ridículo… le aseguro que debe de tratarse de una equivocación.

—Entonces, ¿no quiere ayudarme?

—Naturalmente que sí… es decir, si puedo.

—Acompáñeme. Vayamos juntos a verla…

—A ver ¿a quién?… ¿A quién quiere ver? —De nuevo temió estar loca cuando le cogió del brazo.

—A ella… ¿Viene o no viene?

—Desde luego… desde luego. —Su sospecha se vio confirmada por la avidez con la que ella insistía— Desde luego… desde luego.

—Pues, vamos… ¡Me va la vida en ello!

Él hizo un esfuerzo por no sonreír. Por fin se puso serio.

—Perdone, señora… en este momento no me es posible… tengo una lección de piano… no puedo interrumpirla.

—Vaya, vaya… —ella se rió en su cara descaradamente—, así da usted clases de piano… en mangas de camisa… ¡Es usted un mentiroso!

Y, de pronto, inspirada por una idea, intentó entrar en el piso. Él la quiso retener.

—Aquí, pues, está la chantajista, ¿en su casa? Al final va a resultar que trabajáis juntos. Quizá repartís lo que me habéis extorsionado. Pero la voy a atrapar. Ahora ya no tengo miedo de nada.

Irene gritaba. Él la sujetó, pero ella se debatió, logró liberarse y se lanzó sobre la puerta del dormitorio.

Una persona, que había escuchado en la puerta, retrocedió sorprendida. Irene miró aturdida a una dama desconocida, un tanto desarreglada, que apartó rápidamente la cara. Su amante había seguido a Irene a la que consideraba desequilibrada para sujetarla y evitar una desgracia, pero ella salía ya de la habitación.

—Perdone —murmuró. Se sentía muy confusa. No entendía nada, sólo sentía asco, un asco infinito, y cansancio—. Perdone —repitió, cuando vio que él la seguía inquieto con la mirada—. Mañana… mañana comprenderá usted todo… es decir, yo… yo tampoco entiendo nada.

Le hablaba como a un extraño. Nada le recordaba que una vez había pertenecido a ese hombre, apenas sentía ya el propio cuerpo. Todo era todavía más confuso que antes, ella sólo sabía que en alguna parte debía de haber una mentira. Pero estaba demasiado cansada para pensar, demasiado cansada para investigar. Con los ojos cerrados descendió la escalera como un condenado al patíbulo.

La calle estaba oscura cuando salió a ella. Quizá, pensó, la mujer espera en la otra acera, quizá aún hay salvación en el último minuto. Sintió como si tuviera que juntar las manos y rezar a un dios olvidado. ¡Oh, poder comprar aún unos meses, los pocos meses hasta el verano y vivir allí en paz, fuera del alcance de la chantajista, vivir entre praderas y campos, sólo un verano más, pero vivirlo tan a fondo que significara más que toda una vida humana. Ansiosa escudriñó la calle ya oscurecida. Enfrente, en un portal, creyó ver una silueta al acecho, pero al acercarse ésta se retiró al fondo del vestíbulo. Un instante imaginó que tenía un parecido con su marido. Por segunda vez en ese día tenía la angustiosa sensación de sentir repentinamente su presencia y su mirada en la calle. Se detuvo para cerciorarse. Pero la silueta había desaparecido en la sombra. Siguió su camino, inquieta, con una extraña sensación de tensión en la nuca como si una mirada la quemara. Se volvió otra vez. Pero no había nadie a la vista.

La farmacia no quedaba lejos. Entró con un leve escalofrío. El farmacéutico cogió la receta y se dispuso a prepararla. Irene estudió detalladamente todo en ese minuto: la brillante balanza, las delicadas pesas, las pequeñas etiquetas y, arriba en los estantes, las filas de esencias con nombres latinos raros que ella inconscientemente deletreó uno a uno con la mirada. Oyó el tictac del reloj, olió el aroma característico, ese aroma espeso y dulzón de las medicinas, y de pronto recordó que de niña siempre pedía a su madre que la dejara hacer los recados en la farmacia, porque amaba ese aroma y el aspecto exótico de los innumerables recipientes relucientes. Recordó también acongojada que había olvidado despedirse de su madre y la pobre mujer le dio una pena inmensa. Qué susto se llevaría, pensó con zozobra, pero el farmacéutico ya pasaba las gotas transparentes de un recipiente panzudo a un frasquito azul. Con mirada fija, Irene observó cómo la muerte pasaba de ese recipiente al más pequeño, desde el cual pronto entraría en sus venas, y una sensación de frío corrió por su cuerpo. Casi inconsciente, en una especie de estado de hipnosis, observaba los dedos del farmacéutico, que ahora colocaba el tapón sobre el frasco relleno y sellaba con papel la peligrosa abertura. Todos sus sentidos estaban fascinados y paralizados ante la terrible idea.

—Dos coronas, por favor —dijo el farmacéutico. Irene despertó de su inmovilidad y miró a su alrededor, sorprendida. Luego abrió mecánicamente su bolso para sacar el dinero. Todo le parecía un sueño, miró las monedas, sin reconocerlas enseguida, y se confundió sin querer al contarlas.

En ese momento sintió que alguien apartaba con brusquedad su brazo y oyó caer dinero sobre la bandeja de cristal. Una mano apareció a su lado y se apoderó de la botellita.

Automáticamente se volvió. Y su mirada se heló. Era su marido, el que allí estaba con labios apretados. Su rostro estaba lívido, y en su frente brillaba sudor húmedo.

Irene creyó desvanecerse y tuvo que apoyarse en el mostrador. De golpe comprendió que había sido él la persona que había visto en la calle y que hacía un rato la había esperado en aquel portal; algo en ella le había reconocido instintivamente ya en ese momento y tomaba conciencia de ello confusamente en este segundo.

—Ven —dijo él con voz sorda y ahogada. Ella le miró fijamente y se sorprendió en su interior, en un mundo callado y profundo de su conciencia, de obedecerle. Y sus pasos le siguieron sin que ella misma lo supiera.

Cruzaron la calle el uno junto al otro. Sin mirarse. Él llevaba el frasquito en la mano. Una vez hizo un alto para pasarse la mano por la frente mojada. Involuntariamente ella demoró su paso, sin proponérselo, sin saber lo que hacía.

Pero no se atrevió a mirar hacia él. Ninguno pronunció una palabra, el ruido de la calle fluctuaba entre ellos.

En la escalera él la dejó ir delante. E inmediatamente sus pasos vacilaron, porque él no estaba a su lado. Irene paró y tomó aire. Él sujetó su brazo. Al contacto con él, ella se estremeció y subió los últimos peldaños más deprisa.

Entró en la habitación. Él la siguió. Las paredes brillaban oscuras, los objetos apenas se distinguían. Seguían sin articular palabra. Él arrancó el papel del envoltorio, abrió el frasco y derramó su contenido. Luego lo tiró con fuerza a un rincón. Ella se estremeció al oír el ruido del cristal.

Guardaron silencio. Ella notaba cómo él se dominaba, lo sentía, sin mirarle. Por fin se acercó a ella. Más y más cerca. Ella percibía su respiración pesada y veía con su mirada fija y nublada surgir deslumbrante de la oscuridad de la habitación el brillo de sus ojos. Esperó oír cómo se desataba su cólera y previo la dureza de su mano que ya la sujetaba. El corazón de Irene estaba paralizado, sólo los nervios vibraban como cuerdas tensadas; todo en ella esperaba el castigo, y ella casi ansiaba su furia. Pero él seguía callado, y con enorme asombro vio que se acercaba a ella con dulzura.

—Irene —dijo, y su voz era increíblemente bondadosa—. ¿Cuánto tiempo vamos a seguir atormentándonos?

Entonces rompió en ella, convulsamente, con un empuje sobrehumano, como un solo grito animal sin sentido, un sollozo suspendido y retenido durante todas esas semanas. Una mano furiosa parecía agarrarla y sacudirla desde dentro con violencia, se tambaleó como si hubiera bebido, y habría caído al suelo si él no la hubiera sujetado.

—Irene —intentó calmarla—, Irene, Irene —pronunciando su nombre con voz cada vez más suave y tranquilizadora, como si fuera capaz de sosegar el desesperado tumulto de los nervios alterados con el tono más y más tierno de la palabra. Pero sólo recibió sollozos por respuesta, violentos ataques, oleadas de dolor que conmocionaban todo el cuerpo. Él condujo y llevó en brazos al sofá el cuerpo sacudido por espasmos y lo recostó allí. Pero los sollozos no se agotaron. El ataque de lágrimas le sacudía el cuerpo como descargas eléctricas, oleadas de espasmos y frío parecían correr por el cuerpo martirizado. Tensados al máximo durante semanas, los nervios se habían roto y el dolor desencadenado sacudía el cuerpo insensible.

Conmocionado, él sostenía el cuerpo crispado de su mujer, tomó sus manos frías, besó primero tranquilizadoramente luego con vehemencia, con terror y pasión, su vestido, su nuca, pero los espasmos cruzaban como una grieta la silueta encogida, y desde su interior brotaba, por fin liberada, la oleada imparable de sollozos. Pasó la mano por el rostro de Irene, que estaba fresco, bañado en lágrimas, y notó las venas palpitantes en las sienes. Un temor indecible le invadió. Se arrodilló para hablarle más cerca de su rostro.

—Irene —dijo sin dejar de acariciarla—, ¿por qué lloras? Ahora… ahora ya ha pasado todo… ¿Por qué te atormentas? No debes temer nada… Ella no vendrá nunca más… nunca más.

El cuerpo de ella se tensó de nuevo, él la sujetó con ambas manos. Al sentir esa desesperación, que desgarraba el cuerpo martirizado, él tuvo miedo, como si la hubiera matado. La besó una y otra vez, murmurando palabras confusas de arrepentimiento.

—No… nunca más… te lo juro… Cómo iba a imaginar que ibas a asustarte de esta manera… sólo quería llamarte… recordarte tu deber… sólo para que le dejaras… para siempre… y volvieras con nosotros… No tenía opción cuando me enteré por casualidad… no podía decírtelo directamente… pensé… siempre pensé que volverías… por eso envié a esa pobre mujer para que te acosara… es un pobre diablo, una actriz que han echado a la calle… no lo hizo a gusto, pero yo insistí… Ahora comprendo que fue un error… pero deseaba recuperarte… siempre te mostré que estoy dispuesto… que no quiero más que perdonarte, pero tú no me has comprendido… no pretendía empujarte a estos extremos… He sufrido terriblemente viendo lo que ocurría… te he observado a cada paso… pero tenía que obligarte, por los niños, ¿sabes?, sólo por los niños… ahora todo ha pasado… todo volverá a ser como antes…

Ella oía vagamente, desde una infinita distancia, palabras que sonaban cercanas, pero no las entendía. En su interior reinaba un fragor que se superponía a todo, un tumulto de los sentidos, en el que se desvanecía cualquier sentimiento. Sentía roce sobre su piel, besos y caricias, y las lágrimas propias, ya frías, pero dentro la sangre estaba llena de sonidos, de un retumbar sordo y atronador, que crecía con violencia y ahora resonaba como campanas enloquecidas. Entonces perdió la claridad de las cosas. Despertando confusamente de su desvanecimiento sintió que la desvestían, vio, como a través de muchas nubes, el rostro de su marido, bondadoso y preocupado. Luego cayó en una oscuridad profunda, en un sueño negro y sin pesadillas, largo tiempo echado de menos.

Cuando abrió los ojos a la mañana siguiente ya había claridad en la habitación. Y claridad sintió en sí misma, despejada y como limpiada por una tormenta sintió su propia sangre. Intentó recordar lo que había sucedido, pero todo aún le parecía un sueño. Irreal, ligera y liberada, como cuando en sueños se vuela por los espacios, le pareció esta sensación palpitante, y para cerciorarse de la realidad de la experiencia se palpó intrigada las propias manos.

De pronto se sobrecogió: en su dedo relucía la sortija. Despertó por completo al instante. Las palabras confusas, escuchadas y no escuchadas a través del desvanecimiento, la sensación oscura y premonitoria de días anteriores, que no se había atrevido a convertirse en idea y sospecha, ambas cosas se fundieron ahora en una claridad coherente. Ahora comprendía todo: las preguntas de su marido, la sorpresa de su amante, todos los personajes se abrían y ella veía la espantosa red en la que había estado atrapada. Sintió amargura y vergüenza, de nuevo comenzaron a temblar sus nervios y casi sintió haberse despertado de ese sueño sin pesadillas y sin angustia.

Entonces se oyeron risas en la habitación contigua. Los niños se habían levantado y armaban ruido como pájaros que despiertan al día joven. Claramente distinguió la voz de su hijo y por primera vez descubrió asombrada cuánto se parecía a la de su padre. Una sonrisa asomó a sus labios y quedó allí suspendida. Con ojos cerrados siguió echada para disfrutar profundamente todo lo que era su vida y ahora también su felicidad. Dentro sentía todavía un ligero dolor, pero era un dolor prometedor, ardiente pero leve, como esas heridas que queman antes de cicatrizar para siempre.

 

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