El callejón de los milagros [Fragmento] (II)

Naguib Mahfuz

 

 

4

Durante el primer tercio del día, el callejón permanece sumido en la sombra y es frío y húmedo. El sol no penetra en él hasta que no llega al cénit y logra superar, al mediodía, la barrera que lo cubre. Sin embargo, amanece temprano y el bullicio matinal invade hasta los más recónditos rincones. El primero en levantarse es Sanker, el camarero del café, que comienza el día reordenando los divanes y encendiendo la estufa. Luego, llegan los empleados del bazar de dos en dos o por separado. El siguiente es Jaada, con la masa del pan. Incluso al tío Kamil lo ve uno moverse a esta hora, abriendo la tienda y disponiéndose a desayunar. El tío Kamil y Abbas tenían la costumbre de desayunar juntos. Sobre una fuente colocada en medio, había las habas hervidas, las cebollas crudas y los pepinos con vinagre. Sin embargo, su manera de comer era muy distinta. Porque si Abbas se tragaba el pan en un instante, el tío Kamil lo masticaba lentamente, hasta el punto de esperar a que se le fundiera en la boca. A menudo decía: «Para que la comida te aproveche, hay que digerirla antes en la boca». Por lo tanto, Abbas terminaba siempre de comer cuando el otro estaba todavía entretenido en mordisquear las cebollas. Y como el tío Kamil temía que Abbas se comiera su ración, dividía las habas en dos raciones y vigilaba atentamente para que su compañero no se excediera.

El tío Kamil, a pesar de su corpulencia, no tenía fama de comilón, aunque goloso sí lo era. Era un buen pastelero, pero sólo tenía el prurito de hacerlo muy bien cuando le hacía un encargo algún particular, como Salim Alwan, Radwan Hussainy o Kirsha, el dueño del café. Su fama había traspasado los límites del callejón y llegaba hasta las calles Sanadiqiya, Ghouriya y la de los Orfebres. Pero las ganancias no se desbordaban nunca del marco de su frugal existencia. Y no mentía cuando se quejaba a Abbas de que, después de muerto, no tendría lo suficiente para una sábana con que envolver el cuerpo. Aquella mañana, sin ir más lejos, volvió sobre el tema.

—Has dicho que me has comprado una mortaja. Es una acción que te agradezco mucho. Pero ¿tendrías inconveniente en dármela ahora?

Abbas, que casi se había olvidado de la historia, como suele suceder con las que son falsas, lo miró sorprendido.

—¿Qué harías con ella?

—Venderla —respondió el otro, con su peculiar voz aguda, infantil—. ¿No te has enterado de la subida del tejido?

Abbas se echó a reír a carcajadas.

—¡Qué astuto, a pesar de tu aire inocentón! Ayer te quejabas de que no tendrías con qué envolver tu cuerpo cuando te murieras, y hoy, como sabes que tengo una mortaja para ti, pretendes hacer dinero con ella. Dios me guarde de concederte lo que pides. He comprado la mortaja para honrar tus despojos al cabo de una larga vida, con la venia de Dios.

El tío Kamil sonrió con embarazo y dijo:

—Supongamos que viva el tiempo suficiente para ver cómo los precios vuelven a ser como los de antes de la guerra. ¿No significaría eso que has perdido dinero con la compra de la mortaja?

—¿Y si te murieras mañana?

El rostro del tío Kamil se ensombreció.

—Dios no lo quiera.

Abbas se echó a reír de nuevo y dijo:

—En vano intentas hacerme cambiar de parecer. La mortaja permanecerá en su escondite hasta el día que Dios lo disponga.

Se echó de nuevo a reír con tantas ganas que el otro acabó riéndose con él. El joven le reprochó:

—De ti no puedo esperar nada. Contigo no he podido ganar nunca una perra. Tu barbilla es un erial en el que no crece ni un pelo. No te crece el bigote. Tienes la cabeza pelada. En todo el inmenso mundo que llamas tu cuerpo no crece un solo pelo que yo pueda afeitar. Que Dios te perdone…

El tío Kamil sonrió.

—Tengo un cuerpo limpio y puro. Cuando muera, no hará falta lavarlo.

Una voz que sonó como un ladrido los interrumpió. Miraron hacia el callejón y vieron a Husniya, la panadera, pegando con un par de zuecos de madera a Jaada, su marido. El pobre hombre retrocedía, incapaz de defenderse, atronando la calle con sus gritos. Los dos hombres se echaron a reír y Abbas gritó a la mujer:

—¡Un poco más de misericordia, mujer!

Pero ella persistió hasta que el hombre se tiró a sus pies, llorando e implorando perdón.

Abbas todavía se reía cuando le dijo al tío Kamil:

—A ti te tendrían que pegar con un par de zuecos de madera, para fundir la grasa de tu cuerpo.

Entonces apareció Hussain Kirsha. Salía de casa, vestido con pantalón, camisa y sombrero. Se miró la hora ostentosamente, en el reloj de pulsera, con ojos que echaban chispas de vanidad y orgullo. Saludó a su amigo, el barbero, y fue a sentarse en el sillón de la barbería, para que le cortara el pelo. Era su día de permiso.

Los dos amigos habían crecido juntos en el callejón. Habían incluso nacido en la misma casa, en la que era propiedad de Radwan Hussainy, Abbas tres años antes que Hussain. Durante los quince años previos a conocer a Kamil, con el que se fue a vivir, Abbas vivió en casa de sus padres. Abbas y Hussain habían pasado juntos la infancia, unidos por una fraternal amistad. Pero el trabajo los había separado. Abbas se había puesto a trabajar de aprendiz en una barbería de la calle Nueva, y Hussain había encontrado trabajo en una tienda de reparación de bicicletas, en la calle Jamaliya.

Ya de niños sus caracteres habían sido muy distintos. Seguramente eso fue lo que tanto los había unido. Abbas era pacífico y dulce, bondadoso y dado a la conciliación, comprensivo e indulgente. No aspiraba más que a pasar el rato con juegos tranquilos o fumando el narguile. Le horrorizaban las discusiones y tenía una especial habilidad para evitarlas, con una dulce sonrisa y un amable «Dios te perdone». Conservaba la costumbre de la oración diaria y del ayuno durante el Ramadán; los viernes acudía siempre a la mezquita de Hussain. Si a veces faltaba a sus deberes religiosos era por negligencia, no por despreocupación o cinismo. Hussain lo provocaba a menudo. Pero cuando el amigo se excitaba demasiado, él no tenía reparo en ceder, sin que jamás llegaran a las manos. Era famoso por la facilidad con que se conformaba y por su alegría. No era de extrañar que hubiera permanecido diez años en el mismo puesto de aprendiz, y que hubiera abierto la barbería hacía tan sólo cinco. A partir de ese día se consideraba llegado al colmo de la ambición. La facilidad para contentarse con poco influía en toda su persona: se le notaba en la placidez de sus ojos saltones, en su tendencia a engordar y en su jovialidad.

Hussain Kirsha, en cambio, era de los espabilados del callejón. Era famoso por su iniciativa, su sagacidad y su audacia. Cuando hacía falta, sacaba las uñas y no vacilaba en dar escarmiento a quien fuera. Había empezado trabajando en el café de su padre, pero con el viejo no congeniaba. Lo dejó para irse a trabajar a una tienda de bicicletas y en ella permaneció hasta estallar la guerra. Entró a servir en los campos militares británicos, en los que ganaba un salario de treinta piastras diarias, en vez de las tres del anterior empleo, y eso sin contar con lo que sacaba de los trapicheos a los que gustaba referirse con estas palabras: «Para ganarse el pan, no vale ser manco». Su situación, por lo tanto, había mejorado mucho y nunca iba con los bolsillos vacíos. Se entregaba a la buena vida con un celo desmesurado. Disfrutaba estrenando ropa, comiendo en restaurantes, en los que solía pedir toda suerte de carnes, porque, según él, era el manjar de los favorecidos por la fortuna, yendo al cine y al teatro, bebiendo vino y saliendo con mujeres. Le daban frecuentes arrebatos de generosidad y, entonces, invitaba a sus compañeros a la azotea de su casa, y les daba de comer y beber, y después fumaban hachís. Cuentan que durante una de estas veladas, había dicho a un invitado: «En Inglaterra, a los que viven como yo se los llama large». Y como en este mundo no faltan envidiosos, no tardaron en llamarlo Hussain el Large, que luego, a fuerza de decirlo mal, pasó a ser Hussain el Garaje.

Abbas cogió la navaja de afeitar y se entregó a la tarea de retocar la nuca y las sienes de su amigo. Tuvo mucho cuidado en no tocarle la mata de pelo encrespado de la parte superior, que, de tan espeso, casi se mantenía tieso. Le embargaba siempre una cierta tristeza cuando se encontraba con él. Seguían siendo amigos, por supuesto, pero ya no era lo de antes. Hussain ya no iba a las veladas del café de su padre, como en otros tiempos. Los dos amigos tenían pocas oportunidades de verse, una cierta envidia invadía el alma de Abbas cuando reflexionaba sobre el abismo que separaba sus vidas. Y sin embargo, incluso en la envidia lograba conservar la placidez y la calma, no hablaba nunca mal del amigo y en sus sentimientos por él no había asomo de malicia ni de celos. Por supuesto que a menudo se decía, a modo de consuelo: «La guerra se acabará, y entonces Hussain tendrá que volver al callejón sin un real en el bolsillo, tal como partió».

Hussain Kirsha, charlatán como siempre, se puso a contar al barbero cosas de la vida en el campamento, de sus colegas, de los sueldos, de los robos que se cometían, divertidas anécdotas de los ingleses, y a jactarse del cariño y la admiración con que era tratado por los soldados.

—El sargento Julián me dijo un día que sólo me distinguía de los ingleses por la piel. Me recomendó que ahorrara dinero, pero el brazo —y al decir eso exhibió orgullosamente los bíceps— que es capaz de sacar unas perras durante la guerra, podrá sacar el doble en tiempo de paz. ¿Y cuándo crees tú que terminará la guerra? No te dejes impresionar por la derrota de los italianos, esos no cuentan para nada. Hitler, en cambio, hará la guerra veinte años. El sargento Julián me admira por mi coraje. Confía ciegamente en mí y, por eso, me ha metido en el tráfico de tabaco, tenedores y cuchillos, sábanas, calcetines y zapatos. ¡Qué bien! Abbas repitió melancólicamente:

—¡Qué bien!

Hussain se contempló en el espejo con una mirada inquisitiva y dijo:

—¿Sabes adónde voy ahora? Al parque zoológico. ¿Y sabes con quién? Con una chica dulce como la miel. —Envió un sugestivo beso al aire y añadió—: La llevaré a ver los monos. —Se rio con voz aguda y continuó—:

Tú te preguntarás: «¿Por qué los monos?». Claro, por que no has visto más monos que los que amaestra el domador. Pero has de saber, tonto, que en el parque zoológico los monos viven en grupos dentro de las jaulas y se parecen mucho a los hombres, tanto por la forma como por sus malas costumbres. Se los ve cortejándose y riñendo en público. Si llevo la chica a verlos, la situación se pondrá más fácil.

Absorto en su trabajo, Abbas murmuró:

—¡Qué bien!

—Las mujeres la saben mucho más larga que tú y tus peinados.

Abbas se echó a reír y se miró el pelo en el espejo. Luego dijo con voz entrecortada:

—¡Soy un desgraciado!

Hussain le lanzó una mirada a través del espejo y le preguntó, con sarcasmo:

—¿Y Hamida?

El corazón de Abbas comenzó a latir violentamente ante la inesperada mención del nombre de su amada. La imagen de Hamida apareció ante sus ojos. Se sonrojó y murmuró sin darse cuenta:

—¡Hamida!

—Sí, Hamida, la hija de Umm Hamida.

El barbero se refugió en el silencio, con el rostro alterado. El otro se puso a hablar ásperamente:

—Estás atontado, muerto, con esa vida que llevas. Tienes los ojos dormidos, la barbería dormida. Tu vida es sólo sueño y atontamiento. Eres un muerto, me fatiga despertarte. ¿Te parece a ti que con esa vida harás realidad las esperanzas? ¡Qué va! Por mucho que trabajes, no conseguirás ganar más que para un trozo de pan al día.

Los plácidos ojos de Abbas se pusieron pensativos y dijo, ligeramente turbado:

—El bien está en la voluntad de Dios.

El otro prosiguió en el mismo tono:

—¡El tío Kamil, el Café de Kirsha, el narguile, las cartas!

El barbero dijo algo molesto:

—¿Por qué te burlas de la vida que llevo?

—¿A eso lo llamas vida? ¡Si en este callejón sólo hay muertos! Si no te vas, no hará falta que te entierren. ¡Dios tenga piedad de ti!

Abbas titubeó unos instantes y preguntó, a pesar de que estaba seguro de la respuesta de su amigo:

—¿Qué quieres que haga?

El otro le gritó:

—¡Te lo dije hace mucho tiempo! ¡Te lo advertí! ¡Sácate de encima la mugre de esta vida! Cierra la barbería. Abandona el callejón. Deja de embobarte en la contemplación de la mole del tío Kamil. Ponte a servir en el ejército británico. Es un tesoro inagotable. ¡Es como el tesoro de Hassan al-Basary! Esta guerra no es una maldición como aseguran los que no saben nada. Es una bendición. Dios en persona nos la ha enviado para que salgamos del pozo de la miseria. Bienvenidos los bombardeos, si nos traen oro. ¿No te aconsejé que entraras en el ejército? Ahora es el momento. Los italianos han sufrido una derrota, de acuerdo, pero Alemania resiste. Y el Japón la respalda. Esta guerra durará veinte años. Te digo por última vez que en Tell el-Kebir hay plazas vacantes. ¡Vete allí!

La imaginación de Abbas se despertó y, un fuego prendió en sus sentimientos, con tal fuerza que a duras penas logró controlarse y llevar a buen fin el trabajo. No solamente por el efecto de las palabras de Hussain, sino por el hecho de que cada vez que se encontraban le dijera lo mismo. De instinto, él vivía contento con lo que tenía, procurando no moverse, desconfiando de la novedad. Detestaba los viajes y, de no ser por los demás, jamás se le hubiera ocurrido abandonar el callejón. En él hubiera podido pasar la vida entera sin aburrirse y sin merma del cariño que le inspiraba. Pero la ambición lo había despertado de un largo sueño y cada vez que volvía a sentir la vida corriendo por sus venas, se le aparecía la imagen de Hamida. O tal vez fuera su recuerdo lo que lo despertaba, lo que lo resucitaba, porque su ambición, sus ansias de vivir, se unían inexorablemente con la imagen de la amada. Y a pesar de ello, le daba miedo confesarlo, revelar el secreto y, como si deseara darse tiempo para reflexionar, dijo, fingiendo horror y rechazo:

—¡Me aburre viajar!

Hussain dio una patada en el suelo y exclamó:

—Antes viajar que pudrirse en este callejón, en compañía del tío Kamil. Viaja y prueba la suerte. ¡Si todavía no has nacido! ¿Qué has comido hasta el presente? ¿Qué has visto? ¿Cómo te vistes? ¿Qué bebes? Créeme, todavía tienes que nacer.

Abbas dijo con voz apesadumbrada:

—Es una pena que no haya nacido rico.

—Es una pena que no hayas nacido chica. Si fueras una chica, vivirías como las chicas de antes: encerradas en casa y consagradas al hogar. No vas nunca al cine, ni al parque zoológico, ni a la calle de Mousky. ¿Sabías que Hamida va todas las tardes?

La mención del nombre de Hamida acabó por turbar a Abbas. Sufría al oír el tono burlón con que lo pronunciaba su amigo, como si se tratara de un palabra sin importancia, sin poder para removerle las zonas más secretas del corazón. Salió en defensa de la muchacha.

—Hamida es una chica de buenas costumbres. No hace ningún mal yendo a pasear por la calle de Mousky.

—Claro que no. Pero la chica es ambiciosa, no te quepa ninguna duda. Y no la conquistarás quedándote tal cual.

El corazón de Abbas se había puesto de nuevo a latir con violencia. Se había vuelto a sonrojar y se sintió desfallecer de nostalgia, de ansiedad, de emoción. Había terminado de cortarle el pelo al amigo. Comenzó a peinárselo sin chistar, presa de una agitación incontrolable. Por último, Hussain Kirsha se levantó y pagó. Al salir de la barbería, descubrió que se había olvidado el pañuelo y corrió a su casa por él.

Abbas se quedó mirándolo y le impresionó su aire de alegría, enérgico, feliz, como si le descubriera estas cualidades por primera vez. «No la conquistarás quedándote tal cual». Probablemente Hussain tenía razón: la vida que llevaba le permitía a duras penas subsistir. El duro trabajo de cada día apenas le bastaba para alimentarse. Si de verdad deseaba construirse un nido, en los tiempos que corrían, tenía que buscar otra salida. ¿Le bastaría con soñar y desear, metido en aquel agujero, con las manos atadas y la voluntad paralizada? ¿Por qué no probar suerte y abrirse camino como los demás?

«La chica es ambiciosa» había dicho Hussain. La verdad era que Abbas apenas la conocía y era probable que Hussain la viera con mayor claridad que él, sin el engañoso filtro del amor y del deseo. Si la chica que él amaba era ambiciosa, él también tendría que serlo. Hussain seguramente creería que había sido él el que lo había sacado de su estado letárgico, convirtiéndolo en otro. La idea le hizo sonreír.

Sólo él sabía que, de no ser por Hamida, nada hubiera podido arrancarle de la tranquila y resignada mediocridad en que vivía. En aquel decisivo instante de su vida, Abbas sintió, con una fuerza inusitada, el poder del amor, su increíble dominio, su asombrosa magia. Sintió oscuramente su fuerza creadora, la fuerza que nos empuja a la aventura y a la renovación.

Presa de angustia y de emoción, el joven se preguntó por qué era necesario marcharse. ¿No hacía un cuarto de siglo que vivía en el callejón? ¿Qué había ganado a cambio? El callejón era injusto con sus moradores, jamás los recompensaba en la justa medida del amor que ellos le profesaban. O quizá sonreía a los que le ponían mala cara y ponía mala cara a los que le sonreían. A él le proporcionaba ganancias con cuentagotas, mientras que al señor Alwan lo colmaba de riquezas. A dos pasos de su barbería se amontonaban los fajos de billetes de banco, cuyo mágico olor creía sentir, mientras que para él la jornada se terminaba siempre con un trozo de pan. Sí, era necesario marcharse. Tenía que cambiarle la cara a la vida.

Dejó que sus pensamientos lo llevaran lejos de allí, mientras permanecía de pie en la puerta de la barbería, mirando al tío Kamil que ya volvía a roncar, con el matamoscas sobre el pecho. Entonces oyó unos pasos apresurados que bajaban por el callejón. Se volvió y vio a Hussain Kirsha que pasaba a grandes zancadas. Una extraña desazón embargó a Abbas. Miró al amigo como quien mira girar la bola de la ruleta. El otro llegó a su altura sin intención de detenerse. Abbas le puso la mano sobre el hombro y le dijo, con voz firme y resuelta:

—Hussain, quiero hablarte de una cosa muy seria…

 

5

El atardecer…

El callejón volvió poco a poco a sumirse en la sombra. Hamida se echó el velo alrededor del cuerpo y escuchó el ruido de las sandalias de madera al descender los peldaños para salir a la calle. Atravesó el callejón consciente de su andar y de su figura, porque sabía que dos pares de ojos no cesaban de mirarla: los de Salim Alwan, el dueño del bazar, y los de Abbas, el barbero. Era perfectamente consciente, también, de la pobreza de su atuendo: un ajado vestido de algodón, un velo viejo y las sandalias con la suela gastada. Pero se había puesto el velo de modo que hiciera resaltar la elegancia del talle, la curva de la cadera y la bonita forma de los pechos, además de los tobillos bien torneados, que llevaba ceñidos con un aro. Había también tenido cuidado en dejar al descubierto la raya que partía su pelo negro y en no cubrir los encantos del rostro.

Descendió hacia la calle de Sanadiqiya para tomar, luego, por la de Mousky, resuelta a no volverse. En cuanto se alejó de la vista de los dos pares de ojos que la seguían, sonrió levemente y se puso a observar a los transeúntes. Sin familia ni fortuna, la muchacha nunca perdía la confianza en sí misma. Tal vez su belleza contribuía a su seguridad, aunque tampoco era la única causa.

Era fuerte por naturaleza y la fuerza no le había fallado nunca. En sus hermosos ojos leíase un gran sentimiento de poder, cosa que, al parecer de algunos, mermaba su hermosura, mientras que, según otros, la aumentaba. Vivía constantemente llevada de un intenso deseo de dominar que se manifestaba en sus ganas de seducir a los hombres y en sus esfuerzos por imponer su voluntad sobre la de su madre. Este instinto de dominio mostraba aspectos funestos cuando se peleaba y discutía con las otras mujeres del callejón, las cuales la detestaban y no paraban de hablar mal de ella. La acusaban, entre otras cosas, de odiar a los niños. La describían como una salvaje que carecía de los atributos naturales de la feminidad. La esposa de Kirsha, el dueño del café, que la había criado, esperaba con secreto regocijo el día en que ella también sería madre, cuando amamantara a sus hijos bajo la severa mirada de un esposo tiránico que la pegara sin compasión.

Hamida continuó su camino, disfrutando tranquilamente de su paseo cotidiano, deteniendo la mirada en los escaparates de las tiendas. La contemplación de los lujosos vestidos, de los muebles caros, despertaba en ella codicia, la cual, mezclada con sus ansias de dominio, le inspiraba sueños encantados. Su culto al poder se concentraba en su amor por el dinero, del que ella creía que era la llave mágica del mundo y la fuerza que permitía dominar a los demás. De sí misma sólo sabía una cosa con claridad: que soñaba con ser rica y tener todo el dinero que se necesitara para comprarse ropa y colmar todos los deseos. Era posible que se preguntara si alguna vez llegaría a serlo. Si por un lado se daba perfecta cuenta de su situación, por otro, no olvidaba la historia de aquella chica de la calle de Sanadiqiya, la cual comenzó siendo más pobre que ella hasta que la fortuna le sonrió en la figura de un rico empresario que la arrancó del mísero ambiente en que vivía, transformando así su vida.

¿Acaso no podía repetirse la historia? ¿Qué obstáculo había para que la suerte sonriera dos veces en el mismo barrio? Su belleza no era menor que la de la otra… La ambición de Hamida no pasaba del marco de su mundo, cuyas fronteras se encontraban en la plaza de la Reina Farida. Nada sabía de lo que había más allá, de la gente, ni de los destinos que poblaban la vasta Tierra.

Vio que se acercaban las amigas del taller. Apresuró el paso para ir a su encuentro, desembarazándose de las ideas tristes, sonriendo. Entre saludos y chanzas, Hamida las miró ávidamente a la cara y a sus atuendos, roída de envidia ante su aire libre y próspero. Eran chicas del distrito de Darasa, que se habían aprovechado de las oportunidades de trabajo de la guerra para abandonar la vida tradicional. Se habían puesto a trabajar, imitando a las obreras judías. La transformación tardó poco tiempo en producirse. De flacas habían pasado a ser unas chicas llenitas y con aspecto de estar bien alimentadas; de mal vestidas, habían pasado a ser elegantes. Imitaban a las obreras judías en el cuidado que ponían en arreglarse y en los aires de distinción que afectaban. Cuando hablaban procuraban deformar determinadas palabras. No temían pasear por las calles de más mala fama cogidas del brazo. Seguras de que habían aprendido algo, osaban forzar alegremente las puertas de la vida. En cambio, Hamida, con sus pocos años y su ignorancia, perdía las oportunidades de divertirse. Se comparaba a ellas muerta de envidia. Envidiaba el refinamiento de sus vidas, los bordados de sus vestidos, sus bolsillos repletos de dinero.

Hacía esfuerzos por reírse con su misma risa franca y despreocupada. No vacilaba en meterse maliciosamente, aunque siempre en tono de broma, con la más mínima falta que pudiera detectar: que si una llevaba la falda demasiado corta, que si la otra carecía de buen gusto. La tercera se estaba volviendo bizca de tanto mirar a los hombres, mientras que la cuarta parecía no recordar los tiempos en que los piojos le bajaban por la nuca… Sin duda estos encuentros cotidianos daban pábulo a su perpetuo estado de rebelión, además de ser la principal distracción de sus días llenos de tedio.

Una vez dijo a su madre con un suspiro:

—¡Las judías! ¡Ellas saben vivir!

La reflexión pareció desagradar a la mujer, la cual replicó:

—Pareces de la raza del demonio. Nada en común tengo contigo.

Pero la muchacha se encarnizó en sacarla de quicio.

—¿Qué pruebas hay de que no sea la hija de un pacha?

A lo que la otra se encogió de hombros y dijo sarcásticamente:

—¡Que Dios tenga piedad de tu pobre padre que vendía dátiles en Margush!

Caminó al lado de sus compañeras, orgullosa de su belleza, pertrechada detrás de la viveza de su lengua, complacida al constatar que las miradas de los hombres se detenían en ella con mayor frecuencia que en las demás.

Cuando llegaron a la mitad de la calle de Mousky, vio a Abbas que iba detrás, sin dejar de mirarla con su expresión habitual. Se preguntó por qué razón habría cerrado la tienda a hora tan temprana. ¿La estaría siguiendo? ¿No se contentaba ya con los silenciosos mensajes de su mirada? Reconoció que, a pesar de su pobreza, no estaba del todo mal, tenía la elegancia propia de los de su oficio. Su presencia no la molestó. Se dijo que ninguna de sus compañeras contaba con un partido mejor. El joven le inspiraba sentimientos contradictorios, porque si por un lado reconocía en él al único marido posible entre los hombres que moraban en el callejón, por otro no quería renunciar al sueño de topar con un rico empresario como el de la muchacha de Sanadiqiya. A Abbas no lo quería, ni tampoco lo deseaba, pero tampoco lo desdeñaba, y en las miradas llenas de deseo del joven encontraba, quizá, cierto gusto.

Hamida tenía por costumbre acompañar a las jóvenes hasta Darasa y luego volver sola al callejón. Continuó caminando con ellas, lanzando miradas a Abbas. No dudaba ya de que la seguía intencionadamente porque había decidido acabar con su silencio.

La chica no se equivocaba, porque en cuanto se despidió de sus amigas y se dio la vuelta, él fue directamente hacia ella, acelerando el paso y con el semblante mudado por la emoción. Se puso a su lado y dijo con voz temblorosa:

—Buenas noches, Hamida.

Ella se volvió hacia él, fingiendo asustarse, como si acabara de descubrir su presencia. Después frunció el ceño y apresuró el paso sin hablar. Abbas se sonrojó y dijo de nuevo, en tono de reproche:

—Buenas noches, Hamida.

Ante su insistencia, ella temió desembocar en la plaza llena de gente antes de darle tiempo a que él pudiera desembuchar. Se moría de ganas de oírle, por lo que, en tono ligeramente quejoso, le dijo:

—¡Qué vergüenza! ¡Un vecino comportándose como un desconocido cualquiera!

Abbas replicó con voz febril:

—No es como un desconocido que me he comportado, sino como un buen vecino. ¿O es que los vecinos no tenemos derecho a hablar?

Hamida le reprobó:

—Un buen vecino tiene la obligación de proteger a la vecina, no de acosarla.

—Yo me considero un buen vecino y sé muy bien cuáles son mis deberes. No tengo ninguna intención de acosarte. ¡Dios me libre! Quería hablar contigo, sencillamente. ¿Qué mal hay en que un vecino hable con su vecina?

—¿Cómo eres capaz de decir una cosa así? ¿Te parece bien hablarme en plena calle exponiéndome a un escándalo?

Al oír esto, Abbas se inquietó y contestó apesadumbrado:

—¿Escándalo? ¡Dios me libre, Hamida! Mi corazón es puro. Por la vida de Hussain, que sólo pienso en ti con pureza. Ya verás cómo todo terminará tal como Dios quiere sin ningún escándalo. Escúchame un momento. He de hablarte de una cosa importante. Vayamos hacia la calle de Azhar para que no nos vea ningún conocido.

Ella puso cara de escandalizarse.

—¿Para que no nos vea ningún conocido? ¿A eso llamas la voluntad de Dios? ¡Buen vecino estás tú hecho!

El celo del joven se redobló al ver la obstinación de la chica y dijo acalorado:

—¿Qué mal he hecho yo? ¿Acaso se espera que un buen vecino se muera sin declarar lo que siente en el corazón?

Ella replicó burlonamente:

—Qué puras son tus palabras…

A lo que Abbas dijo, con una angustia que traicionó su temor de llegar a la plaza llena de gente:

—Te juro por Hussain que mis intenciones son puras. No corras así, Hamida. Metámonos por la calle de Azhar. He de decirte una cosa muy seria. Tienes que escucharme. Seguro que ya sabes lo que te quiero decir. ¿No lo intuyes? Cuando se tiene fe, el corazón te hace de guía…

Hamida lo atajó, fingiendo cólera:

—¡Basta! Te estás pasando de la raya. Déjame.

—Hamida…, yo quiero…

—¡Qué vergüenza! Si no me dejas, armaré un escándalo en público.

Habían llegado a la plaza. Ella se apartó de él para cruzar a la otra acera y apretó el paso. Después tomó por la calle de Ghouriya, sonriendo llena de satisfacción.

Hamida sabía ya lo que quería Abbas y no se olvidaba de que el joven era el único partido aceptable de su callejón. Acababa de descubrir señales de amor en sus ojos saltones, las mismas que ya había visto desde su ventana, en los últimos tiempos.

Pero ¿se había conmovido su corazón duro e ingrato? La situación económica de Abbas, que ella no podía ignorar, no era precisamente para entusiasmarla. Sin duda, su temperamento apacible, la docilidad de su mirada, su aire sumiso, satisfacían el instinto de dominio de la muchacha. Pero sin comprender el motivo, el joven le inspiraba aversión. ¿Qué quería ella? ¿Qué hombre la colmaría, si aquel tan bueno y pacífico no lo lograba? Por supuesto, la chica no daba con la respuesta. Atribuyó su aversión a su pobreza. Por lo visto su pasión por dominar era inferior a la que sentía por las disputas. Los caracteres tranquilos no la inspiraban y las victorias demasiado fáciles no le causaban alegría. Pero no conseguía ver suficientemente claro en su interior y eso la desazonó.

Abbas renunció a seguirla, por temor a lo que diría la gente. Giró y rehízo el camino hacia su casa con el corazón lleno de decepción y pena, aunque no de desesperación. Se dijo, mientras caminaba sin prisas, que la chica le había hablado y no poco. De haber querido hacerlo callar, lo hubiera hecho.

Saltaba a la vista que no lo detestaba. Seguramente había obrado con coquetería, como suelen hacer las chicas. O tal vez con pudor. Se sintió ebrio de alegría, como si hubiera tomado una mágica poción desconocida.

Al ir a tomar por la calle de Sanadiqiya, vio al jeque Darwish que salía de la mezquita. Se encontraron a la entrada del callejón y Abbas se dispuso a saludarlo cuando el otro, mirándole desde detrás de los lentes con montura de oro, alzó un dedo y dijo:

—¡No deberías salir sin sombrero! Guárdate de salir con la cabeza desnuda en este mundo en que vivimos. Corres el peligro de que se te evapore el seso. Es un accidente bien conocido en la tragedia. Que en inglés se dice tragedy y se escribe T-R-A-G-E-D-Y.

 

6

Un asunto muy serio ocupaba a Kirsha, el dueño del café. De hecho era raro que pasara un año entero sin que no le ocupara un asunto de esta clase, a pesar de los conflictos que le causaban. Y era que, a fuerza de fumar hachís, ya no tenía voluntad. Además, al contrario de lo que suele suceder con los traficantes de droga, era pobre, y no porque el café no le aportara beneficios, sino porque prodigaba el dinero, fuera de su casa, por supuesto, y se lo gastaba todo para conseguir sus placeres, el principal de los cuales era la atracción por los hombres jóvenes, una de las pasiones más caras que existen.

Aquella tarde, antes de ponerse el sol, salió del café sin avisar a Sanker, envuelto en su capa negra, apoyándose en su bastón, con paso pesado y lento. Parecía mentira que con aquellos ojos adormecidos, semivelados por sus párpados gruesos, alcanzara a ver el camino. Le latía con fuerza el corazón. Porque el corazón continúa latiendo incluso en los cincuentones. Kirsha se había entregado toda la vida a la aberrante pasión, aunque él, a fuerza de revolcarse en el fango, estaba convencido de que no tenía nada de anormal. Como traficante de narcóticos, tenía el hábito de moverse en la noche. Ya no distinguía entre lo normal y lo anormal, y se había convertido en víctima de sus vicios. Se entregaba sin reparos a sus apetitos, sin freno y sin remordimiento. Más bien osaba reprochar al gobierno que persiguiera el tráfico de hachís y maldecía a las personas que despreciaban a los homosexuales. Del gobierno solía decir: «Permite el vino que Dios prohibió y prohíbe el hachís que Dios permite». A menudo sacudía tristemente la cabeza y se preguntaba: «¿Qué tiene de malo el hachís? Proporciona paz a la mente y es un consuelo para la vida, además de ser un excelente afrodisíaco».

Respecto a otro vicio decía con su impudicia habitual: «Vosotros tenéis vuestra religión, yo tengo la mía». Sin embargo, la costumbre y el endurecimiento no impedían que cada nueva aventura le hiciera, al principio, latir el corazón violentamente.

Descendió lentamente por la calle Ghouriya, dando rienda suelta a sus pensamientos y preguntándose lleno de esperanza: «¿Qué pasará esta noche?». Y aunque anduviera absorto en sus pensamientos, no se le escapaba ninguna de las tiendas por entre las que pasaba, respondiendo mecánicamente al saludo de los conocidos. Saludos de los que él nada bueno auguraba, al contrario, sospechaba de ellos como tapadera de alusiones injuriosas. La gente no para nunca de criticar, aunque no les sirva de nada. Él, por su parte, daba la impresión de que gozara provocándola y haciendo en público lo que, en un principio, se había propuesto esconder.

Continuó su camino hasta llegar a la última tienda de la izquierda, cerca de la calle Azhar. El corazón se le puso a latir todavía con mayor violencia y dejó de hacer caso a los saludos de la gente. Un brillo maligno se reflejó en sus ojos casi apagados. Se acercó a la tienda con la boca abierta y el labio colgando. Entró. Era una tienda pequeña, en medio de la cual estaba sentado un anciano detrás de una mesa escritorio. Al fondo, apoyado contra una estantería llena de artículos, se veía a un joven dependiente con la deslumbrante fuerza de los veinte años. En cuanto vio entrar al cliente, se enderezó y lo recibió con la sonrisa típica del vendedor espabilado. Los pesados párpados de Kirsha se levantaron para posar los ojos sobre el joven, al que saludó con cortesía. El muchacho, al darse cuenta de que ya era la tercera vez en tres días seguidos que le veía entrar, no pudo por menos que preguntarse por qué no se compraría lo que le hiciera falta de una sola vez.

Kirsha le pidió:

—Muéstreme lo que tenga en calcetines.

El joven fue a buscar los calcetines y los esparció sobre el mostrador. Mientras los examinaba, Kirsha lanzaba miradas a la cara del joven, que se daba perfecta cuenta de todo y procuraba reprimir la sonrisa que había comenzado a aflorar a sus labios. Kirsha prolongó interminablemente su examen y luego dijo en voz baja al joven:

—Perdóneme, joven, no veo muy bien. Escoja usted por mí, me fío de su buen gusto…

Se interrumpió un instante, devorándolo con la mirada, luego prosiguió con los labios caídos:

—… según se deduce de su bello rostro…

El joven le indicó un par de calcetines, fingiendo no haber oído el cumplido. El otro añadió:

—Póngame seis pares. —Y esperó a que el joven se los empaquetara. Pero corrigió—: Póngame una docena. No ando corto de dinero, gracias a Dios.

El dependiente le hizo un paquete de doce pares de calcetines sin chistar, y se lo entregó diciendo:

—Gracias, señor.

Kirsha sonrió o, mejor dicho, abrió levemente la boca, con un gesto maquinal acompañado de un leve estremecimiento de los párpados. Luego dijo con malicia:

—Gracias a usted, joven. —Y añadió en voz más baja—: Gracias a Dios.

Después de haber pagado, salió de la tienda embargado de la misma emoción con que había entrado. Se encaminó hacia la calle de Azhar y se apresuró a cruzar a la acera de enfrente. En ella se detuvo junto a un árbol que quedaba frente a la tienda de la que acababa de salir, medio escondido por la oscuridad de la noche que comenzaba a caer. Con una mano apoyada en el bastón, la otra aguantando el paquete, no apartó los ojos de la tienda. El joven dependiente había vuelto a la postura anterior, con los brazos cruzados. Kirsha lo contempló. No veía más que su silueta vaga, pero el recuerdo y la imaginación suplían a su escasa vista. Se dijo: «¡Me he hecho entender, no lo dudo!». Recordó la amabilidad y educación del joven. Le pareció que de nuevo oía sus palabras: «Gracias, señor». Se le esponjó el corazón y respiró profundamente. Permaneció allí una hora, inmóvil, tenso y a la espera. Por fin vio cerrar la tienda, alejarse al viejo propietario hacia la calle de los Orfebres y al joven dependiente hacia la de Azhar. Se alejó del árbol y tomó en la misma dirección del joven. Este le vio cuando ya había andado tres partes del recorrido hacia él, pero no le dio, al parecer, ninguna importancia, y hubiera pasado por su lado sin hacerle caso de no ser porque Kirsha lo abordó, diciendo afablemente:

—Buenas noches, joven.

El joven le miró, sonrió levemente con los ojos y respondió:

—Buenas noches, señor.

El otro, para iniciar la conversación, le preguntó:

—¿Ya ha cerrado la tienda?

El joven se fijó que Kirsha disminuía el paso como invitándole a hacer lo mismo. Prosiguió al mismo ritmo diciendo con sencillez:

—Sí, señor.

Kirsha se vio obligado a arreciar el paso para mantenerse a su misma altura. Caminaron al lado uno de otro sin que Kirsha le quitara los ojos de encima:

—La jornada de trabajo es larga —dijo.

El joven suspiró y respondió:

—¡Qué remedio! Hay que cansarse para comer.

Kirsha se alegró de ver que no rehuía la conversación y se felicitó por ello. Prosiguió:

—Que Dios le pague el esfuerzo.

—Gracias, señor.

El viejo volvió a tomar la palabra febrilmente:

—Verdaderamente la vida es un largo esfuerzo. Pero raras veces uno obtiene la recompensa debida a sus penas. Cuántos trabajadores oprimidos hay en el mundo.

Había tocado una cuerda sensible porque el joven se apresuró a contestar, con voz preocupada:

—Tiene razón, señor. Cuántos trabajadores oprimidos hay en este mundo…

—La paciencia es la llave de la liberación. Sí, cuántos trabajadores hay oprimidos, lo cual significa que hay muchos opresores. Pero también, gracias a Dios, en el mundo hay personas comprensivas y misericordiosas.

—¿Dónde están estas personas comprensivas y misericordiosas?

A lo que el otro estuvo a punto de responder: «Yo soy una de ellas». Se contuvo y dijo con voz de reproche:

—No sea tan pesimista, joven. La Comunidad musulmana cumple con su deber.

—Y cambiando de tono añadió—: ¿Por qué camina tan rápido? ¿Tiene prisa?

—He de volver a casa para cenar.

El otro le preguntó con interés:

—¿Y después?

—Iré al café.

—¿A qué café?

—Al Ramadán.

Kirsha sonrió maquinalmente, enseñando la dentadura de oro, y preguntó, con voz tentadora:

—¿Por qué no viene a mi café?

—¿Cuál, señor?

La voz de Kirsha se endureció para contestar:

—El Café de Kirsha, en el callejón de Midaq. Pregunta por Kirsha, el dueño.

El joven respondió con agradecimiento:

—Muy amable de su parte, señor. Es un café conocido.

El otro se puso muy contento y preguntó con voz esperanzada:

—¿Vendrás?

—Si lo quiere Dios.

Entonces Kirsha dijo, como perdiendo la paciencia:

—Todo depende de la voluntad de Dios. Pero ¿tienes la intención de venir, o lo dices para quitárteme de encima?

A lo que el joven sonrió afablemente y dijo:

—Mi intención es ir…

—¡Hasta luego, pues! —Y al ver que el joven no chistaba, insistió, con el corazón a punto de estallar—: Vendrás sin falta…

—Si Dios quiere —murmuró el otro.

El viejo suspiró profundamente y preguntó:

—¿Dónde vives?

—En la calle de Wikala.

—Casi somos vecinos. ¿Estás casado?

—No. Vivo con mis padres.

Kirsha dijo con amabilidad:

—Eres hijo de unos padres excelentes, se nota. La buena sangre no miente. Te aconsejo que cuides tu futuro. No puedes pasar toda la vida haciendo de dependiente en una tienda.

El hermoso rostro del joven se ensombreció de codicia. Y no sin un deje malicioso preguntó:

—¿Qué más puedo esperar?

Kirsha hizo un gesto como con intención de barrer los obstáculos y dijo:

—¿Hemos agotado ya los recursos? ¿No comenzaron de la nada todos los grandes hombres?

—Sin duda. Pero no todos los que comienzan sin nada acaban triunfando.

—Falta tener suerte. Marquemos con una piedra blanca el día de hoy por habernos conocido: es un día de mucha suerte. ¿Te espero esta noche?

El joven titubeó y luego dijo sonriendo:

—Haría falta ser muy mezquino para rechazar oferta tan noble.

Se estrecharon la mano y se separaron cerca de la puerta de Mutawaly. Kirsha fue a buscar, a trompicones y en la oscuridad, el camino de regreso. Con la cabeza más despejada, sintió un alegre calorcillo en las venas. Sólo el impacto del embate violento de su pasión perversa conseguía sacarle de su crónico embotamiento. Volvió a pasar por delante de la tienda, ahora cerrada, y la miró con los ojos empañados de deseo. Llegó, finalmente, al callejón ya a oscuras; las tiendas habían cerrado y no había más luz que la del café. Afuera hacía fresco, pero en el café la atmósfera estaba caldeada por el humo de los narguiles, la respiración de los clientes y el fuego del brasero. La gente charlaba, cómodamente instalada en los divanes, bebiendo té y café, mientras el aparato de radio escupía lo que le llegaba al vientre en medio de la indiferencia general. Parecía un orador empeñado en arengar a una asamblea de sordos. Sanker no paraba de ir y venir, ajetreado como un abejorro y sin cesar de gritar. El dueño se fue tranquilamente a la caja, evitando las miradas. Al entrar, el tío Kamil estaba pidiendo a sus compañeros que convencieran a Abbas para que le diera la mortaja. Pero los otros rehusaban y el doctor Booshy le dijo:

—No te tomes a la ligera el atuendo de los muertos. En este mundo los hombres a menudo viven desnudos. Pero tienen que arroparse para pasar al otro, por pobres que sean.

El infeliz reiteró su petición inútilmente porque los otros, bromeando, no dieron el brazo a torcer. Desesperado, optó por callar. Entonces Abbas informó a sus amigos de la decisión recién tomada de entrar a trabajar en las fuerzas armadas británicas. Uno a uno fue dando su parecer y le ofreció su consejo. Todos estuvieron de acuerdo en que la decisión era acertada, y le desearon mucha suerte. Radwan Hussainy se había enzarzado en uno de sus largos discursos, llenos de exhortaciones piadosas y reflexiones morales. Se volvió hacia el hombre que conversaba con él para decirle:

—No digas nunca que te aburres. El aburrimiento es señal de falta de fe en Dios. Significa que uno está harto de la vida. Y la vida es un don divino. ¿Cómo puede un creyente encontrarla aburrida o pesada? Me dirás que estás cansado de eso o de lo otro. Pero eso y lo otro vienen de Dios. No te rebeles contra los actos del Creador. Todo posee su belleza y su sabor, pero la amargura de un alma puede echar a perder los más sabrosos manjares. Hazme caso, el sufrimiento tiene su parte alegre, la desesperación también es dulce y la muerte no carece de sentido. Todas las cosas son hermosas, todo sabe bien. ¿Cómo podemos aburrirnos con el cielo azul, la hierba verde, las flores perfumadas, con la maravillosa capacidad de amar que tiene el corazón y ante la infinita fuerza del espíritu para creer? ¿Cómo es posible aburrirse en un mundo en que están los seres que amamos, que admiramos, que nos aman y que nos admiran? Invoca a Dios contra el demonio maligno y no digas que te aburres…

Tomó un sorbo de té con canela y prosiguió:

—A la desgracia hay que enfrentarse con amor: él nos consolará y nos devolverá la alegría. El amor es el mejor remedio. En los pliegues del infortunio se esconde la felicidad, como el diamante en la grieta de la mina. Dejémonos instruir por la sabiduría del amor.

Su rostro blanco y rosa despedía una luz alegre y la barba lo envolvía de un halo lunar. En contraste con la solidez de su calma, todo el entorno daba la impresión de ajetreo e inquietud. La pureza de su mirada inspiraba fe, bondad, amor y desinterés. Podría argüirse que después de su fracaso en la universidad, y ante la forzada renuncia a labrarse una carrera, y después de ver morir a todos sus hijos, no había tenido más remedio que refugiarse en el reino del amor y la generosidad para cobrar ascendiente sobre el corazón del prójimo. Pero el mundo está lleno de desgraciados que han sufrido parecidos reveses y se han hundido en la locura o en la desesperación, y ensombrecen la Tierra y la religión con su amargura y su rencor. Fuera cual fuese el secreto drama de su alma, su sinceridad era indudable. Era sincero en su fe, en su amor y en su generosidad. En cambio, resultaba extraño que hombre de bondad y generosidad tan reputada (y su reputación había llegado muy lejos) se comportara con tanta dureza y brusquedad, con tanta aspereza y grosería en su propia casa. Se dirá, sin duda, que obligado a renunciar al poder en el mundo, lo ejercía sobre el único ser sometido a su voluntad, sobre su esposa. Que compensaba su impotencia mostrándose duro con ella. Pero hay que tener en cuenta las circunstancias de su medio social y de su época, las costumbres y los prejuicios que regían, en su ambiente, la condición femenina. La mayoría de las personas de la clase social a la que pertenecía Hussainy creían que a la mujer había que tratarla como a una niña, que esta era la única manera de hacerla feliz. Y lo cierto era que su esposa era la primera en estar convencida de que no tenía motivos de queja; estaba muy orgullosa de su marido, pero la pérdida de sus hijos le había dejado una herida incurable…

Kirsha permanecía algo ausente. La espera lo hacía sufrir. No paraba de levantarse y de estirar el cuello para mirar al callejón. Se sentaba de nuevo con el propósito de tener más paciencia, diciéndose: «Claro que vendrá. Vendrá como vinieron los otros».

Le parecía que ya le veía el rostro, y miraba la silla que había entre donde estaba él y el diván del jeque Darwish, y lo veía sentado allí, confiado en él. En el pasado nunca hubiera osado invitar a uno de sus muchachos al café. Pero una vez descubierto su vicio, él mismo había optado por no disimular más. Su mujer le armaba terribles escenas y la gente lo ponía de vuelta y media, escandalizada, sobre todo el doctor Booshy y Umm Hamida. Pero a él le daba lo mismo. No dejaba que el fuego de un escándalo se apagara del todo sin alimentarlo de nuevo, volviendo a las andadas.

Al verlo ahí, sentado, sin conseguir disimular su ansiedad, el doctor Booshy no pudo por menos de comentar:

—Me huelo que se acerca la hora…

Entonces el jeque Darwish rompió su silencio y se puso a declamar:

—¡Oh, señora! ¡El amor vale millones! Por vos he gastado, señora, cien mil libras, suma en verdad nada desdeñable.

Finalmente el doctor Booshy notó que Kirsha fijaba los ojos en la entrada del callejón. Vio que se incorporaba en su asiento a la vez que una sonrisa le aclaraba el rostro. Booshy vigiló con la mirada la puerta del café y no tardó en ver aparecer la cara del muchacho, que, con expresión azorada, lanzaba una mirada sobre los presentes.

 

7

Contigua al Café de Kirsha, y adosada al inmueble de la señora Afify, estaba la panadería. Ocupaba el ala izquierda de un edificio casi cuadrado, de muros irregulares. En el interior, las paredes estaban cubiertas de estantes y, entre el horno y la puerta, había la cama en que dormían los panaderos: Husniya y su marido Jaada. De no ser por el resplandor que se escapaba de la boca del horno, el local hubiera permanecido día y noche a oscuras. En la pared opuesta a la puerta, había otra más pequeña, de madera, que daba a un mísero cuartucho del que salía un hediondo olor a basura y a tierra, y que, como única ventilación, tenía una ventana que daba a un patio interior. Cerca de la ventana, en una repisa, una lámpara esparcía una luz tenue sobre un suelo de tierra lleno de desperdicios de todo tipo. El cuarto parecía un depósito de basura. La repisa en la que se había colocado la lámpara estaba adosada a lo largo del muro; en ella había botellas de todos los tamaños, diversos utensilios y un montón de vendas. El conjunto hubiera hecho pensar en el botiquín de un farmacéutico de no ser por su suciedad.

En el suelo, debajo del ventanuco, yacía una masa informe, replegada en sí misma, tan sucia y nauseabunda que no se hubiera distinguido del suelo a no ser por sus miembros, de carne y hueso, de una serie de elementos que, a pesar de todo, le conferían el derecho de ser considerado un ser humano. Se trataba de Zaita, el hombre que alquilaba el cuarto a la panadera Husniya.

Quien veía a Zaita una vez, lo recordaba el resto de su vida. Su apariencia era de una simplicidad asombrosa: un cuerpo delgado y negro del que colgaba una galabieh negra. Negro sobre negro, simplemente, y dos ranuras en las que el blanco de los ojos brillaba de una forma inquietante. Zaita no era negro, era un auténtico egipcio de tez naturalmente cobriza. Tampoco había sido negra la galabieh, en su origen. Pero en aquel tugurio todo terminaba siendo negro.

Con la otra gente que moraba en el callejón no mantenía prácticamente ninguna relación. No visitaba nunca a nadie y nadie le visitaba a él. No se interesaba por nadie y nadie se interesaba por él, salvo el doctor Booshy y los padres de familia que mencionaban su nombre cuando querían atemorizar a sus niños. Todos estaban al corriente de su oficio. Era una industria de envergadura por la que se merecía el tratamiento de «doctor», pero que él rehuía por consideración a Booshy. Se había especializado en la fabricación de lisiados y sus clientes eran los mendigos. Consistía el singular oficio en crear, con la ayuda de los utensilios de la estantería, la lesión más adecuada a cada personaje. Los clientes entraban en su cuarto en perfecto estado y salían de él ciegos, cojos, jorobados, mancos o con una pierna amputada. El azar le, había proporcionado la oportunidad de adquirir una gran habilidad en ello. Había trabajado muchos años en un circo ambulante y desde pequeño frecuentaba el mundo de los mendigos. El trato con ellos se remontaba a la época en que vivía con sus padres, que eran pordioseros. En el circo se había iniciado en el arte del «maquillaje», arte que, al principio, había practicado como aficionado y que, luego, apremiado por la necesidad, había puesto al servicio de su extraña profesión. Era un trabajo penoso que había que hacerse de noche, cosa a la que había terminado por acostumbrarse. Durante el día, no salía casi nunca. Lo pasaba tumbado en el suelo, comiendo o fumando, o espiando a la pareja de panaderos. Se divertía de lo lindo escuchando sus conversaciones o mirando cómo la panadera le molía los huesos a palos al panadero. Cuando caía la noche, los veía haciendo las paces y la veía a ella, a la panadera, tonteando con el simio de su marido. Zaita despreciaba a Jaada, lo encontraba asqueroso. Además estaba celoso de él, le envidiaba la mujer entrada en carnes que Dios le había dado como esposa, una auténtica mujer «bovina», a su parecer. A menudo decía de ella que era, en mujer, lo que el tío Kamil era en hombre.

Uno de los principales motivos por los que la gente del callejón lo rehuían era su insoportable hedor. El agua jamás había tocado ni su cara, ni el resto de su cuerpo. Por nada del mundo hubiera puesto los pies en un baño público. No le importaba que la gente lo rehuyera y él los pagaba con la misma moneda. Se ponía muy contento cuando se enteraba de la muerte de alguien. Decía, como si el muerto pudiera oírle: «Ahora te toca a ti morder el polvo, cuyo color y olor tanto detestaste en mí». A veces pasaba largas horas imaginándose todo tipo de torturas y deseándolas al prójimo. Se imaginaba a Jaada, el panadero, traspasado por decenas de pequeñas hachas hasta caer convertido en una masa sanguinolenta. O se imaginaba a Salim Alwan, estirado en el suelo, con una apisonadora pasándole por encima repetidas veces, con un río de sangre que llegaba hasta la calle de Sanadiqiya. Se divertía también imaginándose a Radwan Hussainy tirado de la barba y arrastrado hasta el horno, del que lo sacaba convertido en un mero puñado de cenizas. O veía a Kirsha aplastado por un tren que le rompía los huesos, metido luego en una bolsa y vendido como alimento para perros. Tales eran los tipos de castigo que, en su opinión, se merecía con creces la gente.

Cuando se ponía a trabajar y creaba una lesión en el cuerpo de sus clientes, ponía en ello una calculada crueldad, amparándose en el secreto profesional. Si la víctima osaba gemir, sus inquietantes ojos tomaban un brillo amenazador. Y a pesar de ello, los mendigos eran la gente que más quería de todo el mundo, y su deseo era que toda la Tierra se llenara de ellos.

Zaita, pues, esperaba, sumido en sus sueños, la hora en que tenía que ponerse a trabajar. A eso de medianoche se levantó y apagó la luz, quedando el cuarto sumergido en una espesa oscuridad. A tientas se acercó a la puerta que abrió con mucho sigilo, cruzó el cuarto del horno y salió al callejón. En el camino, se encontró con el jeque Darwish que salía del café. Con frecuencia se encontraban a aquella hora, sin que jamás intercambiaran una palabra, y Zaita reservaba a Darwish una plaza de honor delante del tribunal por el que, en su imaginación, hacía pasar a todos. El fabricante de lisiados se encaminó hacia la mezquita de Hussain a pasos deliberadamente cortos.

Caminaba pegado contra la pared, a pesar de la negra oscuridad (todavía había restricciones de luz) y los transeúntes topaban inesperadamente con el blanco de sus ojos que, en las tinieblas, brillaban como la hebilla metálica de un cinturón de policía. A medida que avanzaba, revivía en él un sentimiento de alegría y orgullo, sentimiento que sólo experimentaba cuando se hallaba entre los mendigos, que en él reconocían una absoluta autoridad.

Cruzó la plaza de Hussain, giró hacia la Puerta Verde y llegó a un sótano abovedado en que se alineaban, contra ambos muros, los mendigos. El espectáculo lo llenó de satisfacción: la misma satisfacción que suele experimentar el señor consciente de su poder o un comerciante que consigue vender a buen precio la mercancía. Se acercó al primer mendigo, que roncaba con la cabeza apoyada sobre las rodillas. Se paró un momento delante de él, observándolo con atención para ver si dormía o lo fingía, y finalmente le dio una patada a la cabeza. El hombre abrió los ojos tranquilamente, como despertado por la caricia de una mano suave. Levantó penosamente la cabeza, frotándose las costillas, la espalda, el cráneo. Vio entonces la sombra que se inclinaba sobre él, se la quedó mirando unos instantes y, a pesar de su ceguera, la reconoció. Suspiró y se metió la mano en el pecho, de la que sacó una moneda pequeña que puso en la palma de la mano de Zaita.

Entonces Zaita se acercó al siguiente mendigo, y luego al siguiente y así fue recorriendo toda la fila. Cuando hubo terminado, pasó a la fila de enfrente. Después fue a las callejuelas próximas a la mezquita, con mucho cuidado de que no se le escapara ningún mendigo. Sin embargo, su avidez por cobrar no le impidió mostrar interés por el estado de las lesiones fabricadas por él, preguntando cosas como «¿Qué tal la ceguera?», «Y a ti ¿cómo te prueba andar cojo?». A lo que los mendigos respondían: «Muy bien, gracias a Dios». Terminada la inspección, Zaita deshizo su camino, fue a comprar pan, halwa y tabaco, y regresó al callejón de Midaq.

En él reinaba el silencio, interrumpido de vez en cuando por una tos o una risa que provenían de la azotea de la casa de Radwan Hussainy, en la que se hacía la tertulia de hachís de Kirsha. Zaita entró en la panadería de puntillas para no despertar a los dueños. Empujó con sigilo la puerta de su cuarto y la volvió a cerrar. Pero el inmundo tugurio no estaba a oscuras como cuando él lo dejó, y tampoco estaba vacío. Habían encendido la lámpara y a su luz esperaban tres hombres, sentados en el suelo. Su intención no era sorprender a Zaita, el cual no pareció inmutarse. Se metió tranquilamente entre ellos y los miró con atención. Reconoció al doctor Booshy. Los tres hombres se levantaron, el doctor Booshy lo saludó y dijo:

—Te he traído dos infelices que me han pedido que interceda ante ti para que los ayudes.

Zaita fingió indiferencia y contestó con voz molesta:

—¿A esta hora, doctor?

Booshy le puso la mano sobre el hombro y aseveró:

—La noche es discreta y Dios recomienda la discreción.

—Ahora estoy cansado —dijo Zaita resoplando.

El otro imploró:

—Nunca me has negado nada…

Entonces los otros dos comenzaron a suplicar y a implorar hasta que Zaita fingió ceder, muy a pesar suyo. Dejó la comida y el tabaco sobre la repisa y se puso a mirar atentamente a sus dos interlocutores, con mucha paciencia y una gran calma. Su mirada se detuvo, finalmente, en el más alto: era un gigante muy bien plantado al que Zaita dijo, sorprendido:

—Eres un buey. ¿Por qué quieres mendigar?

El hombre contestó con voz entrecortada:

—He fracasado en todos los oficios. He probado muchos, incluso el de mendigo, pero nunca he tenido suerte. Tengo el espíritu embotado. No sirvo para nada.

—Debieras haber nacido rico —le replicó desagradablemente Zaita.

Pero el otro no comprendió la broma. Intentó enternecerlo derramando unas pocas lágrimas y soltando unos cuantos gemidos.

—Todo me ha salido mal. Incluso como mendigo no he logrado dar ni con una sola alma piadosa. Todos me dicen que soy fuerte, que debo ponerme a trabajar. Y eso cuando no me insultan. No comprendo por qué.

—¡Dios mío! —exclamó Zaita rascándose la cabeza—. ¿Ni eso comprendes?

Zaita no se cansaba de examinarlo, pensativo. Finalmente dijo con mayor brío, palpándole las articulaciones:

—Estás verdaderamente fuerte. Tienes los bíceps en muy buen estado. Me pregunto qué comes.

—Pan, cuando lo hay. Y nada más.

—Vaya, tienes un cuerpo de gigante. ¿Cómo serías si comieras como esos animales a los que Dios colma de dádivas?

—No lo sé —contestó el otro con ingenuidad.

—No lo sabes, naturalmente. De eso se trata, claro. Y más vale así. Porque si fueras inteligente, serías uno de los nuestros. Escucha bien, de nada te serviría que te mutilara los miembros.

En el rostro del bruto se marcó una viva decepción, y Zaita, al ver que iba a recomenzar una crisis de lágrimas, se apresuró a añadir:

—De nada serviría romperte un brazo o una pierna, porque jamás conseguirías dar lástima a nadie. Las mulas como tú, sólo consiguen despertar la indignación. Pero no te desesperes —dijo por fin, tal como esperaba impacientemente el doctor Booshy—, existen otros medios. Te puedo enseñar el arte de ser cretino, por ejemplo, para eso servirías. Y te haré aprender de memoria algunas alabanzas al Profeta.

El rostro del hombre se iluminó de agradecimiento. Zaita atajó sus efusiones para preguntarle:

—¿Por qué no te haces ladrón?

El hombre contestó, apesadumbrado:

—Soy un pobre hombre que no desea mal a nadie. Amo sinceramente a la familia del Profeta.

Zaita exclamó, indignado:

—¡No pretendas ablandarme con esas monsergas! —Luego se volvió hacia el segundo, que era bajito y enclenque, y dijo con voz satisfecha—: ¡Felicidades! ¡Tú servirás!

El otro sonrió y exclamó, lleno de agradecimiento:

—¡Alabado sea mil veces el Señor!

—Estás hecho para ser ciego y paralítico.

A lo que el hombre contestó, muy contento:

—Por la gracia de Dios.

Zaita sacudió la cabeza y le advirtió, sopesando las palabras:

—Es una operación muy delicada. Supongamos que pierdas de verdad la vista, a causa de un accidente o de un error. ¿Qué harías?

El otro dudó un instante y luego contestó con indiferencia:

—Sería un don del cielo. ¿Qué provecho he sacado de mi vista para lamentar perderla?

Zaita pareció oír con satisfacción la respuesta.

—Con un corazón como el tuyo, estás bien preparado para afrontar el mundo.

—Con la venia de Dios —replicó el otro—, dejo mi alma entre tus manos. Te daré la mitad de lo que me entreguen las almas piadosas.

Zaita le lanzó una mirada cruel y le dijo con brutalidad:

—Esta no es manera de hablarme. Me contento con dos milésimas diarias. Y sé muy bien cómo cobrar lo que me debes, por si acaso se te ocurriera escabullirte.

Entonces el doctor Booshy observó:

—No has mencionado tu parte de pan.

Zaita prosiguió:

—¡Claro, claro! ¡Y ahora manos a la obra! La operación es dura y pondrá a prueba tu resistencia al dolor. Intenta disimularlo todo lo que puedas.

Y al imaginarse el sufrimiento que sus despiadadas manos iban a infligir a aquel cuerpo flaco y desnutrido, dibujó una sonrisa diabólica con sus exangües labios de creador de lisiados.

 

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