¨Jorge Acha: una eztetyka sudaka¨, AA.VV. Compilación y prólogo Gustavo Bernstein

Germán Cáceres

 

 

En «Taxonomía de un sudaca», Gustavo Bernstein encara un prólogo sagaz y erudito, no solo en materia cinematográfica, sino en toda la amplia temática que abarca la obra fílmica de Jorge Acha (Miramar, 1946-1996). Corresponde aclarar que el cineasta fue también escritor y acuarelista (se graduó como profesor de pintura en la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón). Realizó tres largometrajes: Hábeas Corpus (1986), Standard (1989) y Mburucuyá, cuadros de la naturaleza (1996), y varios cortos, entre ellos, Juan y Pedro (1964), No se culpe a nadie (1967), Impasse (1969) y Producciones Arena (1977).

El compilador comenta que el realizador durante el rodaje de Mburucuyá le mostró un dibujo de una serpiente al lado de una frase que decía “Cine Sudaka”, y extrae la conclusión de que su filmografía hizo de esa condición sudaca una bandera, pues no encaja en los cánones aceptados pero suscita el elogio de los que navegan por fuera de esos parámetros. Luego emprende un análisis de las notas de los críticos cinematográficos que colaboran en este libro y opina que Acha “… entendía que su obra, tributaria de su `estética del sueño´, alentaba una fuga de la tiranía de la razón”.

Así, en «A contracorriente», Pablo Piedras señala la marginación de Acha de las instituciones públicas, su personal puesta en escena y su fusión simbólica de lo más profundo del arte culto con las formas espurias del arte popular. Y respecto a Hábeas corpus comenta que pareciera haber encontrado “…una forma alternativa de mostrar la inenarrable experiencia del encierro, de la tortura, pero también de la resistencia y de la rebelión personal frente a estos castigos”.

«La escritura de los sueños» es un lúcido trabajo de Jorge Sala. En él afirma que “sus películas parecerían estar construidas a partir de una lógica que hace de lo onírico su principio esencial”. En Standard, sobre la pretensión de José López Rega de construir un altar de la patria, elige a Libertad Leblanc como principal intérprete porque Acha siempre defendió el estilo kitsch de la dupla Armando Bo-Isabel Sarli.

Luciana Caresani remite a Brecht en «Jorge Acha o la poética de una representación develada», en la cual aborda Mburucuyá, cuadros de la naturaleza, que trata acerca de la expedición de Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland a las cuencas  del Orinoco en los comienzos del siglo XIX. Y aprovecha para definir a sus tres largometrajes como un registro sobre el “…catolicismo y sus incrustaciones en el sincretismo religioso latinoamericano (…) y la cosmovisión de los pueblos precolombinos arrasados en nombre de la `civilización´”.

Juan Pablo Bertazza expone que la concepción estética de Acha traza un simbolismo sugerente dotado de ambigüedad. Respecto a «El pez y los pecados en Hábeas Corpus» opina que dentro de la amplia gama de símbolos el filme denuncia “…la clara y concreta complicidad entre la Iglesia Católica argentina –por supuesto, con honrosas excepciones– y el Proceso de Reorganización Nacional”.

«El erotismo acuático de Hábeas Corpus», por Lucas Sebastián Martinelli, remarca que en el binomio torturador-cautivo: “El morbo erótico de guardián/voyeur también se proyecta en el cuerpo de su víctima, sobre quien ejerce un control visual y físico”. Asimismo menciona que en Acha la imagen marina funciona como una alegoría de la belleza.

«La carne y el espíritu», del compilador y prologuista, cita a Jean Genet para indagar el erotismo subterráneo de Hábeas Corpus, y manifiesta, acerca del vínculo homosexual, que “En esos cuerpos retumba un grito emancipador. Son potencias que se revelan y rebelan contra la opresión de un statu quo que los sojuzga para aplastar los fantasmas que agitan.”

Magalí Mariano en «Standard: la patria revisitada» hace una asociación entre el filme de Acha y el documental de Werner Schroeter (De l´Argentine, 1985, conocido en nuestro país recién en 2013) porque en ambas aparece Libertad Leblanc. Refiere textos de Maeterlinck y se pregunta “¿Existe una forma más original y acabada de poner en jaque todos los discursos aprehendidos históricamente sobre nuestra argentinísima identidad, que la de presentar a obreros (…) intentando construir algo en el medio de un espacio en ruinas (….)?”.

María Alba Bovisio y Marta Penhos exponen sobre la vida y la obra de Alexander von Humboldt (1769-1859) en «Mburucuyá o los artificios de la representación». Citan varias películas que exhiben el choque entre el hombre europeo y el continente americano y sus habitantes. Y declaran que “…Acha nos muestra que el dibujo y los textos científicos, la fotografía, el cine, las crónicas (…) son construcciones de carácter ficcional.”

«El tercer continente», por Ezequiel Iván Duarte, se detiene en los rasgos racionales de la civilización europea y en el animismo contemplativo de los aborígenes de América, en este caso los yaruros. Sobre Humboldt señala: “Queda extasiado por la belleza que lo rodea y abrumado por la impenetrabilidad última de aquello que pretende conocer”. Además subraya que en su cosmovisión el indígena Salcaghua termina atrapado en el sueño del científico y pide ayuda a un jaguar.

Eduardo A. Russo en «La espesura del otro: Mbucuruyá y el barroco americano» incursiona en una veta poco difundida y abordada de Jorge Acha: la plástica y la escritura, especialmente la crítica cinematográfica. Respecto a su pintura de la flor llamada mbucuruyá dice: “Sospecho, luego de la reiterada contemplación de esa imagen, que podría existir allí cierta vinculación propicia para una lectura de (…) la película”. Y opta por una apreciación del filme a través de una mirada yarura.

Jorge Acha/ Una eztetyka sudaka es un ensayo importante: sus autores exhiben una extraordinaria versación cinematográfica, exponen agudas opiniones sobre arte y literatura, y comentan las ramificaciones del pensamiento científico de Humboldt y de su colega Bonpland. En síntesis, el libro incita a la reflexión y a disfrutar del placer de la lectura.

¨Jorge Acha: una eztetyka sudaka¨, AA.VV. Compilación y prólogo Gustavo Bernstein (Ítaca Ediciones, Buenos Aires, 2017, 164 páginas)

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