La edad del idiota: 21. Locura

Diego M. rotondo

 

21

LOCURA

 

Pedro se llevó las zapatillas horribles, dijo que en dos días me llamará para avisarme si logró hacer negocio con ellas. «¿Estás seguro de que querés cambiarlas por un revólver?», me preguntó antes de irse, «por supuesto», le contesté.

En realidad, no sé por qué quiero un revólver, se me ocurrió la idea en el instante en que vi a Martín y a Valeria besándose en la esquina de casa. No tengo intenciones de matarlos, ni siquiera de darles un susto por haber pisoteado mi corazón. Pero, me sentí tan solo en ese momento, tan feo, tan rechazado, que lo primero que se cruzó por mi cabeza fue conseguir un arma, aunque no tenga idea de qué hacer con ella. Tal vez sólo busque la sensación de poder que da, esa misma sensación que a ellos les da estar juntos y babosearse frente a todos. No sé… no sé lo que estoy pensando.

En un par de semanas nos vamos de vacaciones a La Lucila del Mar. Nunca hago amigos durante las vacaciones, sólo voy un rato a la playa por la mañana y después paso la tarde encerrado en el local de videojuegos, podría quedarme a vivir ahí adentro. A la noche casi siempre vamos con mamá a caminar por la peatonal de San Bernardo, cenamos, tomamos un helado, juego más videojuegos y nos volvemos. Y así pasan mis vacaciones, todos los días haciendo lo mismo. Parece monótono y aburrido, pero allá es diferente, cuando voy a La Lucila tengo la impresión de que sucederá algo mágico; algo como conocer a una chica por ejemplo.

En La Lucila el aire huele a mar y a bosque; la gente camina por las calles de arena, descalza y sonriente, ignorando los problemas de la ciudad. Los turistas son fáciles de reconocer porque siempre están con la cara ardida por el sol. A mí me pasa lo mismo; el primer día siempre me olvido de usar bronceador y a las pocas horas estoy con la piel escaldada. A la noche no puedo dormir del dolor, entonces mamá me unta hojas de aloe vera sobre el pecho y la espalda. Los dos días siguientes me quedo sin playa hasta que se me sanan las quemaduras.

Todo sabe mejor en La Lucila, tiene otro aroma y un gusto más sabroso. Por eso me gusta tanto ese lugar, a pesar de que nunca pase nada nuevo, de que todos los días sean exactamente iguales.

La casa fue construida por mi abuelo 20 años antes de que yo naciera. En esa época La Lucila era un poblado de lo más aburrido, no había restaurantes, ni salas de videojuegos, ni heladerías, ni ferias, ni nada; si no eras aficionado a la pesca no tenías mucho para hacer. El abuelo pescaba a diario, se levantaba a las 5 o 6 de la mañana, cargaba la caña de su mediomundo y se iba al muelle a colar agua. A veces volvía con baldes llenos de cornalitos, y si tenía suerte, alguna corvina para hacer a la parrilla. Mientras tanto la abuela iba a la playa a sacar almejas y hacerlas al escabeche; aunque su pasatiempo preferido era quemar hojas secas en la puerta de la casa. Tenía la costumbre de juntar un montículo y prenderlo fuego justo en el borde de la calle. Una vez, la fogata se avivó demasiado y acabó incendiando un árbol que tenía más de 100 años. Tuvieron que ir a la municipalidad de La Costa a dar explicaciones y pagar una multa tan alta que casi tienen que vender la casa. Ese olor, el de las hojas secas quemándose, es lo que más recuerdo de mis primeros años en La Lucila.

Siempre tengo la misma emoción los días previos a las vacaciones; una semana antes empiezo a meter cosas en el bolso. Y eso es lo que estoy haciendo ahora, hurgando en los cajones de mi armario, buscando cosas para llevar. Veo un destornillador y lo guardo, veo una linterna y la guardo, veo una calculadora, un mapa, una navaja… todo lo guardo pensando que me va a servir de algo. A mi madre le da un ataque cuando inspecciona mi valija: «¿Y las cosas que realmente necesitás?, ¿y los suéteres?, ¿y la campera?, ¿y las zapatillas?, ¿y las ojotas?… ¿para qué mierda llevás estas porquerías?, ¿me podés explicar de qué te sirve un diccionario en la playa?». Todos los años es la misma discusión. Al final acabo ganando, porque me llevo las cosas que quiero y ella, rezongando, se dedica a acomodar en el bolso la ropa necesaria.

Mientras pienso en la utilidad que puedo darle al nunchaku en la playa, suena el teléfono varias veces, mamá sale del baño quejándose: «¡podrías atender el puto teléfono alguna vez!», gruñe. Apenas descuelga el tubo ya sé que es mi padre. «Ah… hola, qué querés…», le dice mamá. Charlan durante un buen rato, algo poco habitual en ellos. Parece que ha ocurrido una desgracia, mamá suena preocupada: «¡ay no me digas!… pero, ¿y ahora?…». Supongo que murió algún familiar o el caballo favorito de papá se rompió la pata antes de cruzar el disco. Tras unos minutos de charla entrecortada mamá cuelga el teléfono, resopla, y viene a mi habitación arrastrando los pies.

—¿Qué pasó? —le pregunto.

—Malas noticias… —me dice.

—¿Se murió el tío Horacio?

—No…

—¿La tía Norma?

—¡No! ¡No se murió nadie, Diego! —responde con fastidio.

—¿Papá chocó con el auto?

—No…

—¿Entonces? ¿Vamos a jugar a las adivinanzas todo el día?

—Mirá… estoy tratando de ver cómo decírtelo… —explica con cierto fastidio.

—¿Pero qué mierda pasa, mamá? ¿Tengo cáncer o algo así?

—¡No!… Pasa que tu padre no consiguió vacante en el colegio bachiller…

Nos quedamos en silencio unos segundos.

—¿Y cuál es el drama?… busquemos otro colegio y listo. —le digo al mismo tiempo que meto un soldador eléctrico en la valija.

—Es que ése es el problema, justamente, ya buscó en los otros colegios de la zona y no quedan vacantes.

—Bueno… me salto un año y ya está…

—No, ni lo pienses, no te voy a dejar perder el año.

Me parece oír un trueno a lo lejos, pero es imposible, el día está despejado.

—No sé qué vamos a hacer entonces —le digo—. Si no hay vacantes tendré que ir a un colegio en otro barrio…

—No vas a ir a otro barrio…

A medida que me refuta, mamá da un paso hacia atrás, ya está casi afuera del cuarto. De repente se cruza por mi mente la cara de Ricardo mofándose de mí.

—¿Entonces adónde carajos voy a hacer segundo año?

—Mirá, vos sabés que todavía tenés tu vacante en Los Sacristanes…

Todo mi cuerpo se acalambra al escuchar ese nombre, empiezo a sudar frío, se me estruja la garganta y me da una fuerte puntada en la cabeza. Antes de que mi madre pueda seguir hablando, levanto el bolso con las dos manos y, emitiendo un chillido histérico, se lo arrojo encima. Ella logra cerrar la puerta antes de que el bolso, expulsado como un misil, le pegue en la cabeza. Toda la ropa y los objetos que junté se desparraman por el piso. Empiezo a putear y a pegarle trompadas al armario; levanto mi cama y la doy vuelta, pateo la mesa de luz y hago trizas el velador, me arranco los pelos, me rasguño la cara y chillo, chillo como un trastornado, chillo tan fuerte que siento gusto a sangre en la garganta. Durante 10 minutos destrozo toda mi habitación; lo último que me queda por romper es la computadora, la arranco de la tele, y antes de reventarla contra el piso, caigo de rodillas y me largo a llorar.

Escucho a mamá en el living, descolgando el teléfono y marcando rápidamente.

«Sí, ¿hola?… ¿la doctora Medina?… ah, mucho gusto… Mire, yo soy amiga del doctor Julio Navarro… Sí, él me pasó su número porque necesito que mi hijo vea a un psiquiatra…»

 

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