De ratones y hombres (II)

John Steinbeck

 

Capítulo 5

Crooks, el peón negro, tenía su camastro en el cuarto de los arneses, un pequeño cobertizo que sobresalía de la pared del granero. A un lado del cuartito había una ventana cuadrada, con cuatro vidrios, y en el extremo opuesto una estrecha puerta, hecha con tablas, que daba al granero. El camastro de Crooks era un largo cajón lleno de paja, sobre el cual estaban extendidas sus mantas. De unas clavijas fijadas a la pared, junto a la ventana, colgaban rotos arneses en trámite de ser arreglados y tiras de cuero nuevo. Bajo la misma ventana, una banqueta para las herramientas de talabartería, curvos cuchillos y agujas y ovillos de hebra de hilo, y un pequeño remachador de mano. Asimismo colgaban de las clavijas fragmentos de arneses, un collarín roto, que mostraba el relleno de crin, una pechera partida y una cadena de tiro con su forro de cuero también roto. Crooks tenía el cajón de manzanas que le servía de estante sobre el camastro, y en él se apilaban gran variedad de frascos de remedios, para él y para los caballos. Había latas de grasa para los arneses y una sucia lata de brea con su pincel asomando por el borde. Y dispersos por el piso muchos efectos personales; porque Crooks, por vivir solo, podía dejar sus cosas sin cuidado, y por ser peón del establo y lisiado, era más fijo que los demás en el rancho y había acumulado más posesiones de las que podía transportar al hombro.

Crooks era dueño de varios pares de zapatos, unas botas de goma, un gran reloj despertador y una escopeta de un cañón. Y tenía también varios libros: un maltrecho diccionario y un estropeado y roto ejemplar del código civil de California de 1905. Había unas revistas muy gastadas y algunos libros sucios en un estante especial sobre el camastro. De un clavo en la pared, sobre la cama, pendía un par de grandes anteojos con armazón de oro.

El cuarto estaba barrido y bastante limpio, porque Crooks era un hombre orgulloso, solitario. Guardaba las distancias, y exigía que los demás también lo hicieran. Su cuerpo estaba doblado hacia la izquierda a causa de una fractura de la columna vertebral, y sus ojos se ahondaban tanto en su cara, que por esa misma profundidad parecían resplandecer intensamente. Tenía el magro rostro surcado por hondas arrugas negras, y labios finos, estirados por el dolor, más pálidos que la cara. Era sábado por la noche. A través de la puerta que daba al granero llegaba el sonido de caballos en movimiento, de patas agitadas, de dientes mordiendo el heno, del rechinar de las cadenas de los ronzales. En el cuarto del peón, una lamparilla eléctrica derramaba una escasa luz amarillenta.

Crooks estaba sentado en su camastro. Por atrás, los faldones de la camisa salían fuera de los pantalones. En una mano sostenía un frasco de linimento, y con la otra se frotaba la espalda. De vez en cuando vertía unas gotas de linimento en su mano de palma rosada y la metía bajo la camisa para volver a frotar. Encorvaba los músculos de la espalda y se estremecía.

Silenciosamente apareció Lennie por la puerta abierta y se detuvo allí mirando hacia adentro, bloqueando casi el hueco de la puerta con sus grandes hombros. En un primer momento, Crooks no le vio, pero al levantar la vista se quedó tieso y en su rostro apareció una expresión de enojo. Su mano, oculta bajo la camisa, apareció otra vez.

Lennie sonrió con expresión desventurada en un intento de demostrar amistad.

—No tiene derecho —exclamó bruscamente Crooks— a entrar en mi habitación. Ésta es mi habitación. Nadie excepto yo mismo tiene derecho a estar aquí.

Lennie tragó saliva y su sonrisa se hizo más aduladora.

—No hago nada. Sólo he venido a ver mi cachorro. Y entonces he visto luz aquí —explicó.

—Bueno, tengo derecho a encender la luz. Tiene que marcharse de mi cuarto. A mí no me dejan estar en el barracón y yo no le dejaré estar aquí.

—¿Por qué no le dejan estar allí? —preguntó Lennie.

—Porque soy negro. Allí juegan a las cartas, pero yo no puedo jugar porque soy negro. Dicen que huelo mal. Bueno, yo le digo que para mí todos ustedes tienen mal olor.

Lennie movió las grandes manos tristemente.

—Todos se han ido al pueblo —informó—. Slim y George y todos. George dice que tengo que quedarme aquí y no meterme en líos. Yo vi esta luz.

—Bueno, ¿qué quiere?

—Nada. Vi esta luz y creí que podría entrar un rato a sentarme.

Crooks miró fijamente a Lennie y estiró una mano hacia atrás; recogió los anteojos y los ajustó en las rosadas orejas, y volvió a mirar.

—No sé qué viene a hacer al pajar, de todos modos —se quejó—. Usted no tiene nada que ver con los caballos. Usted es cargador de sacos y no tiene por qué venir aquí. Nada tiene que hacer con los caballos.

—El perrito —repitió Lennie—. Vine a ver a mi perrito.

—Bueno, vaya a ver su perrito, entonces. No se meta donde no le llaman.

Lennie perdió su sonrisa. Avanzó un paso dentro de la habitación, pero luego recordó las instrucciones de George y retrocedió hasta la puerta.

—Los estuve mirando un poco. Slim dice que no debo acariciarlos demasiado.

—Bueno, pero no ha hecho más que sacarlos de la paja todo el tiempo. No sé cómo la perra no los lleva a otro sitio.

—Oh, la perra me deja. No le importa —dijo Lennie, que había entrado nuevamente en el cuarto.

Crooks frunció el ceño, pero la apaciguadora sonrisa de Lennie lo venció.

—Vamos, entre y siéntese un rato —invitó Crooks—. Ya que no quiere irse y dejarme tranquilo, puede sentarse. —Su tono era un poco más amistoso—. Todos los muchachos se fueron al pueblo, ¿eh?

—Todos menos el viejo Candy. Está ahí sentado en el cuarto grande, afilando el lápiz una y otra vez y haciendo cuentas.

Crooks se ajustó los anteojos.

—¿Cuentas? ¿Qué cuentas hace Candy?

Lennie gritó casi:

—Hace cuentas con los conejos.

—Usted está loco. Más loco que una cabra. ¿De qué conejos me está hablando?

—Los conejos que vamos a comprar; yo tengo que cuidarlos, y cortar la hierba y darles agua, y todo lo demás.

—Loco, completamente loco —repitió Crooks—. Hace bien el hombre que viaja con usted en tenerlo lejos.

Lennie repuso suavemente:

—No estoy mintiéndole. Eso es lo que vamos a hacer. Vamos a comprar una casa y un terreno y viviremos como príncipes.

Crooks se arrellanó más cómodamente en su lecho.

—Siéntese —volvió a invitar—. Siéntese ahí, en el cajón de los clavos.

Lennie se sentó encogido en el cajoncito.

—Usted cree que es mentira —dijo—. Pero no es mentira. Todo lo que digo es verdad, puede preguntárselo a George.

Crooks apoyó el oscuro mentón en la rosada palma.

—¿Usted viaja siempre con George, verdad?

—Claro. Yo y él vamos juntos a todas partes.

—A veces —prosiguió Crooks— él habla y usted no sabe de qué demonios está hablando. ¿No es cierto? —Se inclinó hacia adelante, horadando a Lennie con sus ojos profundos—. ¿No es así?

—Sí…, a veces.

—¿Habla y habla y usted no sabe de qué diablos habla?

—Sí…, a veces. Pero… no siempre.

Crooks se inclinó aún más hacia adelante sobre el borde del camastro.

—Yo no soy un negro del Sur —continuó—. Nací aquí mismo, en California. Mi padre tenía un criadero de gallinas, unas cinco hectáreas. Los niños, los blancos, iban a jugar allí conmigo, y a veces yo iba a jugar a casa de ellos; algunos eran muy buenos. A mi padre no le gustaba. Hasta mucho tiempo después no supe por qué no le gustaba. Pero ahora lo sé. —Vaciló, y cuando volvió a hablar su voz era más suave—: No había otra familia de color en muchas leguas a la redonda. Y ahora sólo hay un hombre de color en este rancho y una familia en Soledad. —Soltó una carcajada—. Si yo digo algo, no importa nada, porque no es más que un negro quien habla.

—¿Cuánto tiempo le parece —preguntó Lennie— que tardarán esos cachorros en ser bastante grandes para acariciarlos bien?

Otra vez rió Crooks de nuevo.

—Uno puede hablar con usted y estar seguro de que no repetirá nada. Dentro de un par de semanas esos cachorros ya serán grandes. George sabe lo que se hace. Habla, y usted no comprende nada. —Se inclinó hacia adelante en su excitación—. Yo no soy más que un negro, y un negro con la espalda rota. Lo que yo digo no importa, ¿entiende? De todos modos, no va a poder acordarse. Muchas veces lo he visto: un hombre habla con otro, y no le importa si éste no lo oye o no lo comprende. La cuestión es hablar o, incluso, quedarse callado, sin hablar. Eso no importa, no importa nada. —Su excitación había crecido hasta tal punto que ahora se golpeaba la rodilla con la mano—. George puede decir cualquier disparate, es lo mismo. El caso es poder hablar. La cuestión es estar con otro hombre. Eso es todo.

Hizo una pausa. Después su voz se tornó suave y persuasiva.

—Suponga que George no vuelve. Suponga que se ha ido y no vuelve. ¿Qué haría usted?

La atención de Lennie se centró poco a poco en lo que había oído.

—¿Qué? —preguntó.

—Dije que se imagine que George fue esta noche al pueblo; y usted no vuelve a saber nada de él. —Crooks lo apremió saboreando esta especie de victoria privada—. Imagíneselo —repitió.

—No, no va a hacer eso —gritó Lennie—. George no haría una cosa así. Hace mucho tiempo que conozco a George. Esta noche va a volver… —Pero la duda era demasiado para él—, ¿No le parece que volverá?

El rostro de Crooks se iluminó con el placer que le producía su tortura.

—Nadie puede decir qué va a hacer otro hombre —observó con calma—. Digamos que quiere volver y no puede. Imagínese que lo matan o lo hieren, y no puede volver.

Lennie hizo un esfuerzo por comprender.

—George no va a hacer eso —repitió—. George es muy cuidadoso. No lo van a herir. Nunca se ha herido porque es muy cuidadoso.

—Bueno, pero imagine, imagine, nada más, que no vuelve. ¿Qué haría usted, entonces?

La cara de Lennie se arrugó por efecto de la aprensión.

—No sé. Oiga, ¿qué quiere? —gritó—. No es cierto. George no está herido.

Los ojos de Crooks perforaron los suyos.

—¿Quiere que le diga lo que pasará? Lo llevarán al manicomio, lo atarán del pescuezo, como a un perro.

De pronto los ojos de Lennie quedaron fijos, y quietos, y furiosos. Se incorporó y caminó con actitud amenazadora hacia Crooks.

—¿Quién hirió a George? —preguntó.

Crooks intuyó el peligro que se acercaba. Se encogió en su camastro, para no quedar enfrentado a Lennie.

—No hacía más que suponer cosas —se excusó—. George no está herido. Está bien. Volverá pronto.

Lennie estaba de pie, enorme, junto a él.

—¿Para qué habla, entonces? No voy a permitir que nadie diga que George está herido.

Crooks se quitó los lentes y se frotó los ojos con los dedos.

—Siéntese –dijo—. George no está herido.

Lennie volvió refunfuñado a su asiento en el cajón de clavos.

—Nadie va a decir que George está herido —masculló.

—Tal vez —continuó suavemente Crooks—, tal vez comprenda ahora. Usted tiene a George. Sabe que va a volver. Pero suponga que no tuviera a nadie. Suponga que no pudiera ir al cuarto de los peones a jugar a las cartas por ser negro. ¿Le gustaría? Suponga que tuviera que sentarse aquí y leer, y leer. Claro que podría jugar a las herraduras hasta el anochecer, pero después tendría que leer. Los libros no sirven. Un hombre necesita a alguien, alguien que esté cerca. Uno se vuelve loco si no tiene a nadie. No importa quién es el otro, con tal de que esté con uno. Le digo —gritó—, le digo que uno se ve tan solo que se pone enfermo.

—George va a volver —se tranquilizó Lennie con voz asustada—. Tal vez haya vuelto ya. Tal vez debería ir a ver.

—No quise asustarle —afirmó Crooks—. George va a volver. Yo hablaba por mí, solamente. Uno se sienta aquí, solo, toda la noche, leyendo unos libros, o pensando, o haciendo cualquier otra cosa. A veces se pone uno a pensar, y no tiene a nadie que le diga sí o no. Quizás, si ve algo, no sabe si está bien o mal. No puede preguntar a nadie si también ha visto lo mismo. No puede hablar. No tiene con qué comparar. Yo he visto muchas cosas aquí. Y no estaba borracho. No sé si estaba dormido. Si hubiera habido un hombre conmigo, podría decirme si estaba dormido, y todo estaría bien. Pero no lo sé.

Crooks miraba a través del cuarto, ahora, hacia la ventana.

—George no se va a ir —exclamó Lennie lastimeramente—. No me va a dejar. Yo sé que George no va a hacer eso.

El peón del establo continuó con expresión soñadora:

—Recuerdo cuando era chico, en la casa de mi padre. Tenía dos hermanos. Estaban siempre conmigo, siempre. Dormíamos en la misma habitación, en la misma cama, los tres. Teníamos un terreno con fresas. Teníamos un campo de alfalfa. En las mañanas soleadas solíamos soltar las gallinas en la alfalfa. Mis hermanos se sentaban en la alambrada para mirarlas: eran gallinas blancas.

Gradualmente la atención de Lennie volvió hacia lo que estaba oyendo.

—George dice que vamos a tener alfalfa para los conejos.

—¿Qué conejos?

—Vamos a tener conejos, y un campo plantado de fresas.

—Está loco.

—Pero es cierto. Pregúnteselo a George.

—Está loco —volvió a decir desdeñosamente Crooks—. He visto más de cien hombres venir por los caminos a trabajar en los ranchos, con sus hatillos de ropa al hombro, y esa misma idea en la cabeza. Cientos de ellos. Llegan y trabajan y se van; y cada uno de ellos tiene un terrenito en la cabeza. Y ni uno solo de esos condenados lo ha logrado jamás. Es como el cielo. Todos quieren su terrenito. He leído muchos libros aquí. Nadie llega al cielo, y nadie consigue su tierra. La tienen en la cabeza, nada más. No hacen más que hablar de eso, siempre, siempre, pero sólo lo tienen en la cabeza.

Hizo una pausa y miró hacia la puerta abierta, porque los caballos se movían inquietos y repicaban las cadenas de los ronzales. Un caballo relinchó.

—Creo que alguien anda por ahí —observó Crooks—. Quizá sea Slim. A veces Slim viene dos o tres veces por la noche. Slim es un verdadero mulero; cuida bien a sus animales.

Se puso en pie dolorosamente y avanzó hasta la puerta.

—¿Es usted, Slim? —llamó.

Le respondió la voz de Candy.

—Slim fue al pueblo. Oye, ¿has visto a Lennie?

—¿Ese grandullón?

—Sí. ¿No lo has visto por aquí?

—Está dentro —indicó brevemente Crooks. Volvió a su camastro y se tendió.

Candy apareció en el umbral rascándose el pelado muñón y mirando a ciegas el cuarto iluminado. No intentó entrar.

—Óyeme, Lennie. He estado haciendo cuentas con esos conejos.

Crooks interrumpió irritado:

—Puede entrar, si quiere.

Candy parecía incómodo.

—No sé. Claro, que si tú quieres…

—Vamos, entre. Si todo el mundo se mete aquí también puede entrar usted. —Le era difícil ocultar su placer con muestras de ira.

Candy entró, pero seguía sintiéndose incómodo.

—Es un bonito cuartito éste —ponderó—. Debe de ser agradable tener un cuarto para uno solo, como éste.

—Naturalmente —afirmó Crooks con ironía—. Y un montón de estiércol bajo la ventana. Claro, es muy agradable.

Lennie intervino:

—¿Qué decías de los conejos?

Candy se apoyó contra la pared, junto al collarín roto, y siguió rascándose el muñón.

—Hace muchos años que estoy aquí. Y Crooks también está aquí hace mucho. Ésta es la primera vez que entro en su cuarto.

—No son muchos los hombres —dijo sombríamente Crooks— que entran en el cuarto de un hombre de color. Aquí no ha entrado nadie más que Slim. Slim y el patrón.

Candy cambió rápidamente de tema.

—Slim es el mejor mulero que he conocido.

Lennie se inclinó hacia el viejo barrendero.

—Esos conejos… —insistió.

—Ya lo tengo calculado —sonrió Candy—. Podemos ganar algo de dinero con esos conejos si sabemos hacer las cosas.

—Pero yo tengo que cuidarlos —interrumpió Lennie—. George dice que yo los voy a cuidar. Me lo prometió.

Crooks los interrumpió brutalmente.

—Ustedes no hacen más que engañarse. No hacen más que hablar y hablar, pero no van a tener nunca esa tierra. Usted va a seguir barriendo aquí hasta que lo saquen en un cajón con los pies por delante. Diablos, he visto ya a muchos como ustedes. Lennie, éste, se irá del rancho y volverá al camino dentro de dos, tres semanas. Parece como si todos tuvieran un terreno en la cabeza.

Candy se frotó iracundo la mejilla.

—Bien sabe Dios qué es cierto. George dice que lo podemos hacer. Ya tenemos el dinero; lo tenemos ahora.

—¿Sí? —dijo Crooks—. Y ¿dónde está George? En el pueblo, con mujeres. Allí es donde va a dar ese dinero. Jesús, muchas veces he visto lo mismo. He visto demasiados hombres con sus tierras en la cabeza. Pero nunca llegan a poner las manos en la tierra.

—Claro que todos quieren lo mismo —exclamó Candy—. Todos quieren un terrenito, no mucho. Sólo algo que sea de uno. Un lugar en donde uno pueda vivir sin que lo echen. Yo nunca he tenido un campo. He sembrado para casi todos los dueños de tierra en este estado, pero no eran mías esas siembras y, cuando las cosechas estaban listas, yo mismo las recogía, tampoco eran mías. Pero ahora es distinto, y tienes que creernos. George no se ha llevado el dinero. El dinero está en el banco. Yo y Lennie y George. Vamos a tener un cuarto para dormir. Vamos a tener un perro, y conejos, y gallinas. Vamos a plantar maíz, y tal vez tengamos una vaca o una cabra.

Se detuvo, abrumado por su pintura.

—¿Dice que ya tienen el dinero?

—Claro que sí. Casi todo. No nos falta más que un poco. Dentro de un mes lo tendremos todo. Y George ya ha elegido el terreno, también.

Crooks dobló un brazo y se exploró la espalda con la mano.

—Nunca he visto a un tipo que lo consiguiera —aseguró—. He visto hombres que estaban casi locos de tanto desear tierra propia, pero cada vez las mujeres o los naipes se llevaban el dinero. —Vaciló un poco—. Si… si ustedes quisieran alguien que trabajara sin sueldo, sólo por casa y comida, yo podría ir a echarles una mano. No soy tan lisiado como para no poder trabajar como cualquier hijo de vecino si me da la gana.

—¿Alguno de vosotros ha visto a Curley?

Los tres giraron la cabeza hacia la puerta. Allí estaba la mujer de Curley. Tenía la cara muy arreglada. Los labios, levemente abiertos. Respiraba hondamente, como si hubiese venido corriendo.

—Curley no ha estado por aquí —contestó ásperamente Candy.

La mujer permaneció quieta en la puerta, sonriendo un poco, frotándose las uñas de una mano con el pulgar y el índice de la otra. Y sus ojos recorrieron todas las caras de una en una.

—Dejaron solamente a los que no sirven —dijo por fin—. ¿Creéis que no sé adónde han ido? Hasta Curley. Sé muy bien adónde han ido.

Lennie la miraba fascinado; pero Candy y Crooks tenían fruncido el ceño y gachas las cabezas, evitando la mirada femenina.

—Entonces, si ya lo sabe —repuso Candy—, ¿por qué viene a preguntarnos dónde está Curley?

Ella lo miró como divertida.

—Es raro —dijo—. Si encuentro a un hombre, cualquiera, y está solo, me llevo muy bien con él. Pero en cuanto dos de vosotros estáis juntos, ya no queréis ni hablar. Os enfadáis y se acabó.

Dejó caer los brazos y apoyó las manos en las caderas.

—Todos os tenéis miedo, eso es lo que pasa. Todos tenéis miedo de que los demás os hagan algo.

Al cabo de una pausa intervino Crooks:

—Tal vez debería irse a su casa en seguida. No queremos líos.

—Bueno, yo no hago nada. ¿Acaso creéis que no me gusta hablar con alguien de vez en cuando? ¿Creéis que me gusta estar siempre metida en esa casa?

Candy apoyó el muñón de su muñeca en una rodilla y lo frotó suavemente con la mano. Contestó, luego, en tono acusador:

—Usted tiene marido. No tiene por qué meterse con los demás, siempre causando complicaciones.

La mujer se encolerizó.

—Claro que tengo marido. Todos lo habéis visto. Un hombre formidable, ¿verdad? Se pasa todo el tiempo diciendo lo que va a hacer con los tipos que no le gustan; y nadie le gusta. ¿Creéis que me voy a quedar metida en esa casita y escuchar qué va a hacer Curley? Dos fintas con la izquierda, y después la derecha, esa derecha de antes, bien fuerte. «Uno—dos —dice—. El uno—dos famoso, y al suelo el tipo.»

Hizo una pausa y su rostro perdió el enfado y expresó interés.

—Decidme…, ¿qué le ha pasado a Curley en la mano?

Hubo un silencio incómodo. Candy dirigió una mirada a Lennie. Luego tosió.

—Pues… Curley… metió la mano en una máquina, señora. Se rompió la mano.

La mujer los miró durante un instante y luego soltó una carcajada.

—¡Bah! ¡Cuentos! ¿Creéis que me podéis engañar? Lo que pasa es que Curley quiso hacer algo y no pudo. Con una máquina…, ¡tonterías! Si desde que se rompió la mano no ha dicho una sola vez cómo va a lanzar su uno—dos… ¿Quién le rompió la mano?

Candy repitió empecinadamente:

—Se la lastimó con una máquina.

—Bueno —dijo despreciativa la mujer—. Bueno, tápalo, si quieres. ¿Qué me importa? Os creéis que sois muy buenos. ¿Qué pensáis que soy yo, una criatura…? Os digo que podría estar trabajando en el teatro. Y no en cualquier cosa. Y un tipo me dijo que podía introducirme en el mundo del cine… —Había perdido el aliento a causa de la indignación—. Sábado por la noche. Todo el mundo fuera. ¡Todo el mundo! Y yo, ¿qué hago yo? Aquí hablando con tres pobres peones, tres momias: un negro, un imbécil y un viejo piojoso… Y tengo que conformarme porque no hay nadie más.

Lennie la miraba, semiabierta la boca. Crooks se había refugiado en la terrible dignidad protectora del negro. Pero se operó un cambio en el viejo Candy. Se incorporó de pronto y volteó hacia atrás el cajón en que estaba sentado.

—¡Basta! —vociferó enfurecido—. Usted no hace falta aquí. Ya le pedimos que se fuera. Y le digo que se equivoca cuando dice lo que somos nosotros. No tiene en esa cabeza de pájaro sesos bastantes para comprender que no somos pobres peones. Háganos echar, si quiere. Haga la prueba. Cree que nos vamos a ir por los caminos a buscar otro trabajo tan apestoso como éste. No sabe que tenemos nuestro propio rancho, nuestra casa. No tenemos por qué quedarnos aquí. Tenemos una casa y gallinas y frutales y un campo cien veces más bonito que éste. Y tenemos amigos; eso es lo que tenemos. Tal vez hubo un tiempo en que nos asustaba que nos echaran, pero ahora no. Tenemos nuestra propia tierra, y es nuestra, y podemos vivir en ella.

La mujer de Curley se rió de él.

—¡Qué disparate! —exclamó—. Conozco bien a los hombres como vosotros. Si tuvierais una moneda ya habríais ido a comprar alcohol, y estaríais lamiendo hasta el fondo del vaso. Os conozco bien.

El rostro de Candy había ido enrojeciendo progresivamente pero, antes de que la mujer terminara de hablar, ya había conseguido dominarse. Era dueño de la situación.

—Debía haberlo supuesto —continuó suavemente—. Tal vez sea mejor que haga revolear sus faldas por otro sitio. No tenemos nada que decirle, nada. Sabemos lo que somos y lo que tenemos, y nos importa muy poco si usted lo sabe o no. De manera que lo mejor sería que se marchara de una vez, porque tal vez no le guste a Curley que su mujer esté en el granero con unos pobres peones.

Miró la mujer de un rostro a otro, y todos estaban cerrados para ella. Y miró más detenidamente a Lennie, hasta que lo obligó a bajar los ojos, abochornado. De pronto preguntó la mujer:

—¿Cómo se lastimó así la cara?

Lennie alzó la mirada culpable:

—¿Quién…, yo?

—Sí, tú.

Lennie volvió el rostro hacia Candy en busca de auxilio, y después volvió a mirarse las rodillas.

—Una máquina le rompió la mano —aseguró.

La mujer de Curley se echó a reír.

—Está bien, Máquina. Ya hablaré después contigo. Me gustan las máquinas.

Candy intervino.

—Usted deje a este hombre en paz. No se meta con él. Voy a contarle a George todo lo que ha dicho. George no permitirá que se meta con Lennie.

—¿Quién es George? ¿Ese hombrecito que vino contigo?

Lennie sonrió con alegría.

—Eso es –contestó—. Ése es George, y me va a dejar cuidar los conejos.

—Bueno, si todo lo que quieres es eso, yo podría conseguirte también un par de conejos.

Crooks se puso de pie y se irguió frente a la mujer.

—Ya basta —cortó fríamente—. Usted no tiene derecho a entrar en el cuarto de un hombre de color. No tiene derecho a acercarse siquiera aquí. Ahora váyase, y váyase pronto. Si no, voy a pedir al patrón que no la deje entrar más en este granero.

Ella se volvió hacia el peón negro, llena de desprecio.

—Escucha, negro —dijo—. ¿Sabes lo que soy capaz de hacer si vuelves a abrir la boca?

Crooks la miró con expresión desamparada; luego se sentó en su camastro y se replegó dentro de sí mismo.

La mujer se le acercó.

—¿Sabes lo que podría hacer yo?

Crooks pareció empequeñecerse y se apretó contra la pared.

—Sí, señora.

—Bueno, guarda las distancias entonces, negro. Me sería tan fácil, tan condenadamente fácil hacerte colgar de un árbol que ya no sería ni divertido.

Crooks se había reducido a la nada. No había personalidad, no había un yo: nada que despertase gusto o disgusto. Repitió:

—Sí, señora.

Y su voz no tenía tono.

Durante unos instantes siguió ella de pie a su lado, como si esperara que se moviese para poder fustigarle otra vez; pero Crooks estaba totalmente quieto, desviados los ojos, retirado todo lo que podía ser herido. Por fin la mujer se volvió hacia los otros dos.

El viejo Candy la miraba, fascinado.

—Si llegara a hacer eso —dijo suavemente— nosotros lo contaríamos todo.

—Contad, qué diablos —exclamó la mujer—. Nadie os escucharía, y lo sabéis muy bien. Nadie os escucharía.

Candy cedió.

—No… —convino—. Nadie nos escucharía.

—Quiero que venga George —lloriqueó Lennie—. Quiero que vuelva George.

Candy se acercó a él.

—No te aflijas. Acabo de oírlos regresar. George debe de estar ya en el cuarto de peones, con todos los demás. —Se volvió hacia la mujer de Curley—. Mejor haría en irse ahora —aconsejó lentamente—. Si se va ahora, no le diremos a Curley que estuvo aquí.

Ella lo escrutó fríamente.

—No estoy muy segura de que los hayas oído volver.

—Mejor es que me crea. Si no está segura, váyase para no correr el riesgo.

Ella se volvió hacia Lennie.

—Me alegro de que hayas golpeado un poco a Curley. Se lo estaba buscando. A veces yo misma querría golpearlo.

Se deslizó por la puerta y desapareció en el oscuro granero. Y mientras atravesaba el establo repicaron las cadenas de los ronzales, y algunos caballos resoplaron y otros golpearon los cascos.

Crooks pareció salir lentamente de las capas de protección en que se había refugiado.

—¿Es cierto que oyó que volvían los muchachos? —preguntó.

—Claro que los oí.

—Bueno, yo no oí nada.

—La puerta dio un golpe hace un rato —informó Candy, y continuó—: Dios, qué poco ruido hace esa mujer para moverse. Supongo que tendrá mucha práctica.

Crooks eludió ahora todo el tema.

—Tal vez será mejor que se vayan —sugirió—. Me parece que no quiero que estén más aquí. Un hombre de color debe tener algunos derechos, aunque no le gusten.

—Esa perra —comentó Candy— no debió decirle eso.

—No es nada —murmuró apagadamente Crooks—. Ustedes hicieron que olvidara, al venir a sentarse aquí. Lo que ella dice es verdad.

Los caballos resoplaron en el establo y las cadenas repicaron, y una voz llamó:

—Lennie. Eh, Lennie. ¿Estás aquí?

—Es George —gritó Lennie. Y respondió—: Aquí, George. Aquí estoy.

Un segundo más tarde George aparecía en el umbral desde donde miró a su alrededor, con expresión de desaprobación.

—¿Qué estás haciendo en el cuarto de Crooks? No debías haber venido aquí.

Crooks asintió.

—Eso les dije, pero entraron de todos modos.

—Bueno, ¿por qué no los echó a patadas?

—No me molestaban —repuso Crooks—. Lennie es un buen tipo.

Candy reaccionó en ese momento:

—¡Ah, George! He estado haciendo cuentas y cuentas. He calculado cómo podremos ganar dinero con esos conejos.

George frunció el ceño.

—Me parece que os dije que no hablaseis de eso con nadie.

—No hablamos más que con Crooks —explicó Candy, alicaído.

—Bueno —dijo George—, ahora los dos os marcháis de aquí. Parece que no puedo dejaros solos ni un minuto, Dios mío.

Candy y Lennie se pusieron de pie y fueron hacia la puerta. Crooks llamó:

—¡Candy!

—¿Eh?

—¿Se acuerda de lo que dije? ¿Del trabajo que podía hacer yo?

—Sí. Me acuerdo.

—Bueno, olvídelo. No quise decir eso. Estaba bromeando. No me gustaría ir a un sitio así.

—Bueno, bueno, si piensa eso… Buenas noches.

Los tres hombres salieron. Al pasar por el establo, los caballos resoplaron y repicaron las cadenas de los ronzales.

Crooks se sentó en su camastro, miró por un momento hacia la puerta y luego buscó el frasco de linimento. Se levantó la camisa hasta el cuello, vertió un poco de linimento en la rosada palma y, estirando el brazo en una curva, empezó lentamente a frotarse la espalda.

 

Capítulo 6

Un extremo del enorme granero estaba ocupado por una alta pilada de heno nuevo y sobre la pilada pendía la horquilla mecánica de cuatro puntas, suspendida de su polea. El heno caía como la ladera de una montaña hacia el otro extremo del granero y había un espacio al nivel del suelo sin ocupar todavía por la nueva cosecha. A los lados se veían los pesebres, y entre las barras de cada uno se distinguían las cabezas de los caballos.

Era domingo por la tarde. Los caballos en descanso mordisqueaban las restantes hojas de heno, y golpeaban los cascos y mordían la madera del pesebre y hacían sonar las cadenas de los ronzales. El sol de la tarde penetraba por las grietas de las paredes del granero y yacía en brillantes paralelas sobre el heno. Había en el aire un zumbido de moscas, el perezoso susurro de la tarde.

Desde fuera llegaba el tañido de las herraduras contra la estaca de juego y los clamores de los hombres, para jugar, para alentar, para mofarse. Pero en el granero había calma y zumbido y pereza y calor.

Sólo Lennie estaba en el granero; Lennie se había sentado en el heno junto a un cajón y bajo un pesebre situado en el extremo del granero no ocupado todavía por el heno. Lennie, sentado sobre el heno, miraba a un perrito muerto que yacía frente a él. Lo miró largo rato, luego extendió su mano enorme y lo acarició desde la cabeza a la cola.

Y Lennie dijo suavemente al cachorrito:

—¿Por qué has tenido que morirte? No eres tan pequeño como los ratones. No te pegué muy fuerte.

Dobló hacia atrás la cabeza del cachorro y siguió hablándole:

—Ahora quizá George no me deje cuidar los conejos, si descubre que has muerto.

Excavó un hueco en la paja, metió en él al cachorro y lo cubrió con heno hasta ocultarlo; pero siguió mirando el montículo que había hecho.

—Esto —continuó— no es algo tan malo como para tener que esconderme en el matorral. ¡Oh, no! No es para tanto. Le diré a George que te encontré muerto.

Desenterró el cachorro y lo inspeccionó, y volvió a acariciarlo desde las orejas a la cola. Y continuó hablando acongojado.

—Pero lo va a saber. George siempre sabe. Me va a decir: «Tú lo mataste. No trates de engañarme». Y va a decir: «Ahora, no vas a cuidar los conejos».

De pronto, explotó su ira.

—¡Maldito seas! —exclamó—. ¿Por qué has tenido que ir y morirte? No eres tan pequeño como los ratones.

Levantó el perrito y lo arrojó a lo lejos. Le volvió la espalda. Se sentó, muy inclinado el busto sobre las rodillas, y murmuró:

—Ahora no van a dejar que cuide de los conejos. Ahora George no me va a dejar.

Se inclinó hacia adelante y atrás, meciéndose en su desventura.

Desde fuera llegaba el tañido de las herraduras contra la estaca de hierro y luego un breve coro de gritos. Lennie se incorporó y buscó el perrito, lo tendió en el heno y se sentó. Volvió a acariciar al cachorro.

—No eras bastante grande —susurró—. Me dijeron y me repitieron que todavía no eras grande. Yo no sabía que ibas a morir tan fácilmente.

Tomó entre sus dedos la fláccida oreja del perrito.

—Quizá George no se enoje —se consoló—. Este condenado hijo de perra no era nada para George. A lo mejor no le importa.

La mujer de Curley apareció dando la vuelta al extremo del último pesebre. Caminaba muy lentamente, de modo que Lennie no la vio. Llevaba su vistoso vestido de algodón y las chinelas con rojas plumas de avestruz. Tenía la cara muy maquillada y sus bucles, como salchichas, estaban dispuestos cuidadosamente. Llegó muy cerca de Lennie antes de que éste alzara la mirada y la viera.

Lleno de pánico, Lennie echó heno sobre el cachorro, con los dedos. Luego alzó hacia la mujer su arisca mirada.

—¿Qué tienes ahí, hijito? —preguntó ella.

Lennie la miraba con enojo.

—George dice que no tengo nada que ver con usted; que no hable con usted.

—¿George —rió ella— te da órdenes para todo?

Lennie bajó la vista hacia el heno.

—Dice que no podré cuidar los conejos si hablo con usted o cualquier cosa.

—George —opinó tranquilamente la mujer— tiene miedo de que Curley se enoje. Bueno, Curley tiene el brazo en cabestrillo…, y si se enoja, bien puedes romperle la otra mano. No me van a engañar con eso de que una máquina le pilló la mano.

Pero Lennie no cedía.

—No, señora. No voy a hablar con usted, ni nada.

Ella se arrodilló en el heno, a su lado.

—Escucha. Todos los muchachos están jugando un campeonato de herraduras. No son más que las cuatro. Ninguno de los muchachos va a dejar de jugar. ¿Por qué no puedo hablar contigo? Nunca hablo con nadie. Me siento tan sola…

—Bueno —dijo Lennie—, pero yo no debo hablar con usted, ni nada.

—Me siento muy sola. Tú puedes hablar con cualquiera, pero yo no puedo hablar más que con Curley. Si no, se enfada. ¿Te gustaría no poder hablar con nadie?

—Bueno, pero yo no debo hablar. George tiene miedo de que me meta en líos.

Ella cambió de tema.

—¿Qué es lo que has tapado ahí?

Entonces volvió a Lennie toda su pena.

—No es más que mi cachorro —murmuró tristemente—. Mi cachorrito.

Y quitó el heno que lo cubría.

—¡Pero, si está muerto!

—Era tan pequeño. Yo estaba jugando con él, nada más…, y él hizo como para morderme… y yo hice como que le pegaba… y… y le pegué. Y entonces se murió.

—No te aflijas —le consoló la mujer—. Era un perrito cualquiera. Puedes conseguir otro en cualquier parte. Los hay a montones.

—No es eso —explicó Lennie lentamente—. George no me dejará cuidar los conejos ahora.

—¿Por qué?

—Porque me dijo que si hago más disparates no me va a dejar cuidar los conejos.

Ella se le acercó más y le habló con voz consoladora.

—No te preocupes por hablar conmigo. Escucha cómo gritan los muchachos ahí fuera. Han apostado cuatro dólares en ese campeonato. Ninguno de ellos va a venir hasta que terminen de jugar.

—Si George me ve hablando con usted, me va a reñir mucho —dijo Lennie cautelosamente—. Él mismo me lo dijo.

Se enfureció el rostro de la mujer.

—¿Qué tengo yo? —gritó—. ¿No tengo derecho a hablar con nadie? ¿Qué os creéis que soy, pues? Tú eres un buen hombre. No sé por qué no puedo conversar contigo. No te hago ningún mal.

—Bueno, George dijo que nos va a meter en un lío.

—¡Bah, qué estupidez! ¿Qué mal te hago? Parece que a ninguno le importa cómo tengo que vivir yo. Te digo que no estoy acostumbrada a vivir así. Yo podía haber hecho otra vida. —Y luego añadió sombríamente—: Quizás pueda todavía. —Y entonces sus palabras se derramaron en un pasión comunicativa, como si debiera apresurarse antes de que le arrebataran el oyente—. Yo vivía en Salinas, en el mismo pueblo. Fui a vivir allí cuando era muy pequeña. Bueno, pasó una compañía de teatro y conocí a uno de los actores. Me dijo que podía ir con la compañía. Pero mi madre no me dejó. Dice que era porque yo tenía quince años solamente. Pero el hombre dijo que yo podía ir. Si hubiera ido, no estaría viviendo como ahora, puedes estar seguro.

Lennie acarició y acarició su cachorro.

—Vamos a tener un pedazo de tierra… y conejos —explicó.

—En otra ocasión —prosiguió ella rápidamente con su relato, antes de que la interrumpiera— conocí a un hombre que estaba en el cine. Fui al Palacio de la Danza con él. Me dijo que iba a hacerme trabajar en el cine. Dijo que yo había nacido para artista. Tan pronto como volviera a Hollywood me iba a escribir. —Miró fijamente a Lennie para ver si estaba impresionado—. La carta nunca me llegó. Siempre he creído que mi madre la robó. Bueno, yo no iba a quedarme en un lugar donde no podía ir a ninguna parte o llegar a ser alguien por mí misma y donde me robaban las cartas. Le pregunté si me la había robado, y me dijo que no. Entonces me casé con Curley. Lo conocí en el Palacio de la Danza esa misma noche. ¿Estás escuchándome?

—¿Yo? Claro.

—Bueno. Esto no se lo he contado a nadie. Quizá no debiera confesártelo. Pero no me gusta ese Curley. No me gusta. —Y porque había puesto su confianza en Lennie, se acercó a él y se sentó a su lado—. Podría estar ahora en el cine y tener bonitos vestidos, como tienen todas las artistas. Y podría ir a esos hoteles tan grandes, y dejarme fotografiar. Y podría ir a los estrenos y hablar por radio y no me costaría un centavo porque sería famosa. Y llevaría vestidos tan bonitos como los de todas ellas. Porque ese hombre dijo que yo había nacido para artista.

Alzó la mirada hacia Lennie e hizo un pequeño ademán grandilocuente con el brazo y la mano para demostrar su arte. Los dedos siguieron a la muñeca doblada, y el meñique se separó exageradamente de los demás.

Lennie suspiró hondo. Desde el exterior llegó el tañido de una herradura sobre el metal, y luego un coro de vítores.

—Alguien embocó la herradura —dijo la mujer de Curley.

Se iba elevando ahora la luz, con el ocaso del sol, y sus rayos trepaban por las paredes y caían en los pesebres y en las cabezas de los caballos.

—Tal vez —susurró Lennie— si llevara este perrito y lo tirara muy lejos, George no se enteraría. Y entonces podría cuidar los conejos.

—¿Tú no piensas más que en conejos? —inquirió con rabia la mujer de Curley.

—Vamos a tener un trozo de tierra —informó pacientemente Lennie—. Vamos a tener una casa y una huerta y un campo de alfalfa, y esa alfalfa es para los conejos; y yo voy a coger un montón de alfalfa para los conejos.

—¿Por qué te gustan tanto los conejos? —preguntó ella.

Lennie tuvo que pensar cuidadosamente antes de llegar a una conclusión. Se acercó cautelosamente a la mujer, hasta quedar junto a ella.

—Me gusta acariciarlos. Una vez en una feria vi unos de ésos con el pelo muy largo. Y eran bonitos, sí señor. A veces acaricio ratones, pero sólo cuando no consigo algo mejor.

La mujer de Curley se separó un poco del hombre y opinó:

—Me parece que estás loco.

—No, no es cierto —explicó diligentemente Lennie—. George dice que no estoy loco. Me gusta acariciar cosas bonitas, cosas suaves.

—Bueno —dijo la mujer, algo tranquilizada—, ¿a quién no le gusta? A todo el mundo le gusta. A mí me gusta acariciar la seda y el terciopelo. ¿A ti te gusta tocar terciopelo?

—Cielos, claro que sí —repuso Lennie alegremente—. Y también tuve un poco, hace tiempo. Una señora me dio un poco, y esa señora era… mi tía Clara. Me lo regaló…, un pedazo así de grande. Me gustaría tener ahora ese terciopelo. —Se le arrugó el ceño—. Lo perdí. Hace mucho que no lo veo.

—Estás loco de remate —se rió de él la mujer de Curley—. Pero no eres malo. Como un niño grande. Pero una puede comprender lo que dices. A veces, cuando me peino, me quedo sentada acariciándome el cabello porque es tan suave. —Para mostrar cómo lo hacía, se pasó los dedos sobre lo alto de su cabeza—. Hay quienes tienen el pelo muy áspero —comentó complacida—. Como Curley. Tiene el pelo como alambre. Pero el mío es bonito y sedoso. Claro que me lo cepillo mucho. Por eso es bonito. Mira… pasa la mano por aquí. —Tomó la mano de Lennie y se la llevó sobre la cabeza—. Toca aquí y verás qué sedoso es.

Los grandes dedos de Lennie empezaron a acariciarle el cabello.

—No me lo enredes —pidió la mujer.

—¡Oh, qué bonito! —exclamó Lennie, y acarició con más fuerza—. ¡Qué bonito!

—Cuidado, que me lo vas a enredar. —Y luego gritó furiosa la mujer—: Basta ya, me vas a enredar todo el cabello. —Echó bruscamente a un lado la cabeza, y los dedos de Lennie se cerraron en sus cabellos y los apretaron.

—¡Suelta! ¡Suéltame, te digo!

Lennie era presa del pánico. Se contorsionó su rostro. Gritó entonces la mujer, y la otra mano de Lennie se cerró sobre su boca y su nariz.

—No, por favor —rogó—. ¡Oh! Por favor, no haga eso. George se va a enojar.

Ella luchó violentamente bajo las manos enormes. Lucharon sus pies sobre el heno, y se sacudió todo su cuerpo para liberarse; y por debajo de la mano de Lennie surgió un chillido ahogado. Lennie empezó a gritar de terror.

—¡Oh! Por favor, no haga eso —volvió a rogar—. George va a decir que hice un disparate. No va a dejar que cuide los conejos. —Apartó un poco la mano, y se oyó un áspero grito. Entonces Lennie se encolerizó—. Le he dicho que no. No quiero que grite. Me va a meter en un lío, como dijo George. No haga eso. —Y ella continuó luchando, con ojos desorbitados por el terror—. No siga gritando —dijo Lennie, y la sacudió; y el cuerpo de la mujer se movió fláccidamente, como el de un pez. Y luego quedó quieta, porque Lennie le había quebrado el cuello.

Lennie la miró, y con mucho cuidado quitó la mano de la boca, y ella quedó quieta.

—No quiero lastimarla —murmuró—, pero George se va a enfadar si la oye gritar.

Cuando advirtió que no le respondía ni se movía, se inclinó muy cerca de ella. Levantó el brazo de la mujer y lo dejó caer. Por un instante pareció atónito. Y luego murmuró aterrorizado:

—He hecho algo malo. He vuelto a hacer algo malo.

Con sus manazas cavó el heno hasta cubrir en parte el cuerpo femenino. Desde afuera llegó un clamor de hombres y un doble tañido de herraduras sobre metal. Por primera vez tuvo Lennie conciencia del exterior. Se agazapó en el heno y escuchó.

—Ahora sí que he hecho algo muy malo —repitió—. No debía haber hecho eso. George se va a enfadar. Y… me dijo… que me escondiera en el matorral hasta que él llegue. Se va a enfadar. En el matorral hasta que él llegue. Eso es lo que dijo. — Retrocedió y miró a la mujer muerta. El cachorro yacía junto a ella. Lennie lo recogió —. Lo voy a tirar muy lejos. Con ésta ya es suficiente. —Se puso el cachorro bajo el chaquetón, avanzó agazapado hasta la pared del granero, y espió por las rendijas, hacia el juego de herraduras. Luego se deslizó hasta el extremo del último pesebre, dio la vuelta a éste y desapareció.

Las líneas del sol estaban ya muy altas en la pared, y la luz era cada vez más leve en el granero. La mujer de Curley yacía de espaldas, cubierta a medias por el heno.

La calma era total en el granero, y la quietud de la tarde había alcanzado al rancho. Incluso el sonido de las herraduras y las voces de los hombres que jugaban parecían haberse vuelto más suaves. El aire del granero era crepuscular adelantándose a la marcha del día exterior. Una paloma entró volando por la puerta y luego de trazar un círculo se marchó volando. Rodeando el último pesebre se aproximó una perra ovejera, flaca y larga, con ubres pesadas, pendientes. A mitad del camino hacia el cajón donde estaban los cachorros captó el olor a muerte de la mujer de Curley, y se le erizó el pelo a lo largo del lomo. Dio un gemido, se acercó temerosa al cajón y saltó entre sus cachorros.

La mujer de Curley yacía cubierta a medias por el heno amarillo. La mezquindad y los planes, el descontento y el ansia de ser atendida habían desaparecido de su rostro. Estaba muy bella y sencilla, y su cara era dulce y joven. Sus mejillas pintadas y sus enrojecidos labios la hacían parecer viva todavía, muy levemente dormida. Los bucles, diminutos rollos, estaban tendidos sobre el heno tras la cabeza; los labios, entreabiertos.

Como a veces ocurre, en un momento dado el tiempo se detuvo y ese momento duró más que cualquier otro. Y el sonido se detuvo, y el momento se detuvo durante mucho tiempo, mucho más tiempo que un momento.

Luego, gradualmente, despertó otra vez el tiempo y prosiguió perezosamente su marcha. Los caballos golpearon los cascos del otro lado de los pesebres e hicieron sonar las cadenas de los ronzales. Fuera, las voces de los hombres se hicieron más fuertes y más claras.

Llegó la voz de Candy desde el extremo del último pesebre.

—Lennie —llamó—. ¡Eh, Lennie! ¿Estás aquí? He estado haciendo más cuentas.

Te diré lo que podemos hacer, Lennie.

Apareció el viejo Candy al rodear el último pesebre.

—¡Eh, Lennie! —llamó otra vez; y entonces se detuvo, y su cuerpo se puso rígido. Frotó la tersa muñeca contra la áspera barba blanca—. No sabía que usted estuviera aquí —dijo a la mujer de Curley.

Al no obtener respuesta, se acercó más.

—No debería dormir aquí —expresó con desaprobación; y entonces llegó a su altura y… —. ¡Oh, Dios! —Miró a su alrededor, azorado, y se frotó la barba. Luego saltó y salió rápidamente del granero.

Pero el granero estaba vivo ahora. Los caballos coceaban y resoplaban, masticaban la paja de sus camas, y hacían sonar las cadenas de sus ronzales. Al momento volvió Candy, pero ahora con George.

—¿Para qué me has traído aquí? —preguntó George.

Candy señaló hacia la mujer de Curley. George la miró con ojos muy abiertos.

—¿Qué le pasa? —preguntó. Se acercó más y entonces repitió las palabras de Candy—: ¡Oh, Dios! —Se puso de rodillas al lado del cuerpo tendido. Le colocó una mano sobre el corazón. Y por fin, cuando se incorporó, lenta, tiesamente, su rostro estaba duro y prieto como madera, y sus ojos estaban endurecidos.

—¿Qué le ha pasado? —inquirió Candy.

—¿No te lo imaginas? —repuso George, mirando fríamente a Candy, quien guardó silencio—. Yo debía haberlo sabido —masculló George desesperanzado—. Tal vez allí, en lo más hondo de mí mismo, lo sabía.

—¿Qué vamos a hacer ahora, George? —exclamó Candy—. ¿Qué vamos a hacer?

George tardó mucho en responder.

—Creo…, tendremos que decírselo a los… muchachos. Creo que vamos a tener que encontrarlo y encerrarlo. No podemos dejar que se escape. El pobre diablo se moriría de hambre. —Y luego trató de consolarse—. Tal vez lo encierren y sean buenos con él.

Pero Candy afirmó, excitado:

—No, tenemos que dejar que se escape. Tú no conoces a ese Curley. Curley querrá lincharlo. Curley va a hacer que lo maten.

George miró los labios de Candy. Por fin dijo:

—Sí, es cierto. Curley va a querer que lo maten. Y los demás lo van a matar. —Y volvió la mirada a la mujer de Curley.

Ahora Candy habló de su más grande temor:

—Tú y yo podemos comprar el terreno, ¿verdad, George? Tú y yo podemos ir y vivir bien allí, ¿verdad, George? ¿Verdad, George?

Antes de que George respondiera, Candy dejó caer la cabeza y miró el heno. Ya sabía la respuesta.

—Creo —murmuró George suavemente— que yo lo sabía desde el primer momento. Creo que ya sabía que jamás podríamos hacerlo. Le gustaba tanto oír hablar de eso que yo llegué a pensar que quizás lo hiciéramos.

—Entonces, ¿se acabó todo? —preguntó Candy, huraño.

George no respondió a la pregunta. Dijo, en cambio:

—Trabajaré todo el mes, cobraré mis cincuenta dólares y me pasaré la noche entera entre las mujeres de alguna casa piojosa. O me quedaré en una sala de juego hasta que todos los demás se vayan. Y entonces volveré y trabajaré otro mes, y cobraré otros cincuenta dólares.

—Es tan bueno —ponderó Candy—. Es un hombre tan bueno… No creí jamás que podría hacer una cosa así.

—Lennie no lo hizo por maldad —aseguró George, que miraba todavía a la mujer de Curley—. Muchas veces ha hecho cosas malas, pero nunca por maldad. —Se irguió y miró a Candy—. Escúchame, ahora. Tenemos que decírselo a los muchachos. Supongo que lo querrán detener. No hay más remedio. Quizás no le hagan daño. —Y luego, bruscamente, añadió—: No voy a dejar que le hagan nada. Escucha, ahora. Los muchachos pueden creer que yo estuve complicado en esto. Ahora me voy al cuarto de los peones. Tú sal dentro de un minuto y di a los muchachos lo que pasó, entonces yo vendré y haré como que no sé nada. ¿Lo harás como te he dicho? Así los muchachos no pensarán que yo he participado en esto.

—Claro, George —asintió Candy—. Claro que lo haré.

—Bien. Dame un par de minutos, entonces, y sal corriendo y di que acabas de encontrarla. Ya me voy.

George se volvió y salió rápidamente del granero. El viejo Candy lo siguió con la vista. Después miró con expresión desesperanzada a la mujer de Curley y, gradualmente, su pena y su ira cobraron vida:

—Perra maldita —exclamó rencorosamente—. Ya conseguiste lo que querías, ¿verdad? Supongo que estarás contenta. Todos sabíamos que eras la ruina. No servías para nada. Y ahora no sirves para nada, perra piojosa. —Le acometió un sollozo y se le quebró la voz—. Yo podía haber cuidado la huerta y lavado los platos para ellos. —Hizo una pausa y prosiguió en un canturreo. Y repitió, como una cantinela, las palabras consabidas—: Si llega un circo o hay un partido de pelota… podemos ir a verlo…, no hacemos más que decir «al diablo con el trabajo»… y vamos, sin más. No tenemos que pedir permiso a nadie. Y podíamos tener una vaca y gallinas… y en invierno… la cocina… y la lluvia en el techo… y nosotros allí sentados. —Se cegaron sus ojos por las lágrimas, y se volvió, y salió débilmente del granero, y al marchar se frotaba la cerdosa barba con el muñón del brazo.

Afuera se interrumpió el ruido del juego. Se alzaron voces interrogantes, hubo un estruendo de pies al correr y los hombres irrumpieron en el granero. Slim y Carlson y el joven Whit y Curley, y Crooks más atrás, para quedar fuera de la atención de los otros. Candy llegó tras ellos y el último de todos fue George. George se había puesto su chaqueta de estameña azul y la había abrochado, y su negro sombrero estaba muy hundido sobre los ojos. Los hombres corrieron en torno al último pesebre. Sus ojos encontraron a la mujer de Curley en la semioscuridad, se detuvieron todos y quedaron quietos y miraron.

Luego Slim se acercó lentamente a la mujer, y le palpó la muñeca. Un dedo flaco tocó la mejilla, y luego la mano bajó a la nuca levemente torcida y los dedos exploraron el cuello. Cuando Slim se irguió, los hombres se acercaron y el encanto quedó roto.

Curley volvió de pronto a la vida.

—Yo sé quién ha sido —exclamó—. Ese grandote maldito, ese hijo de perra fue quien la mató. Yo sé que fue él. ¿Qué otro podía haber sido si todos los demás estaban allí, jugando a las herraduras? —Su ira aumentó paulatinamente—. Pero ya se las verá conmigo. Voy a buscar la escopeta. Yo mismo lo mataré, maldito hijo de perra. Le abriré las tripas a tiros. Vamos, muchachos.

Corrió desaforadamente fuera del granero. Carlson dijo:

—Voy a buscar mi Luger. —Y también salió corriendo.

Slim se volvió lentamente hacia George.

—Creo que fue Lennie —afirmó—. Tiene el cuello roto. Lennie es capaz de hacer eso.

George no respondió, pero asintió lentamente con la cabeza. Tan metido tenía el sombrero sobre la frente, que le cubría los ojos.

—Tal vez —siguió Slim— haya sido como lo que ocurrió en Weed, como me contabas.

George volvió a asentir. Slim suspiró:

—Bueno, creo que tendremos que encontrarlo. ¿Dónde crees que habrá ido?

Pareció que George necesitaba un rato para hablar.

—Habrá… habrá ido hacia el sur. Veníamos del norte, de modo que habrá ido para el sur.

—Creo que tendremos que encontrarlo —repitió Slim.

George se acercó a él.

—¿No podríamos traerlo aquí, quizás, y encerrarlo? Está loco, Slim. Esto no lo ha hecho por maldad.

—Sí, podríamos —asintió Slim—. Si consiguiéramos inmovilizar aquí a Curley, podríamos hacerlo. Pero Curley va a querer matarlo. Curley está furioso todavía por el asunto de su mano. E imagínate que lo encierran y lo atan y lo ponen en una jaula. Eso sería peor, George.

—Ya lo sé —murmuró George—. Ya lo sé.

Carlson entró corriendo.

—Ese perro me ha robado mi Luger —gritó—. No está en la bolsa.

Curley lo seguía, y Curley llevaba una escopeta en la manó sana. Curley estaba calmado ya.

—Bueno muchachos —dijo—. El negro tiene una escopeta. Llévala tú, Carlson. Cuando lo veas, no le tengas lástima. Tírale a las tripas.

—Yo no tengo armas —saltó Whit excitado.

—Tú ves a Soledad y busca a la policía. Busca a Al Wilts, que es el jefe. Vamos ya. —Curley se volvió con expresión de sospecha hacia George—. Tú vienes con nosotros, amigo.

—Sí —consintió George—. Voy. Pero escuche, Curley. Ese pobre diablo está loco. No lo maten. No sabía lo que hacía.

—¿Que no lo matemos? —exclamó Curley—. Tiene la pistola de Carlson. Está claro que vamos a matarlo.

—Tal vez Carlson haya perdido su pistola —sugirió débilmente George.

—Esta mañana la vi —aseguró Carlson—. No, me la han robado.

Slim seguía mirando a la mujer. Por fin, se dirigió a Curley:

—Curley…, quizás sería mejor que usted se quedara con su mujer.

—No, yo voy también —repuso Curley, enrojecida la cara—. Yo mismo le volaré las tripas a ese hijo de perra, aunque sea con una sola mano. Yo mismo lo voy a matar.

—Entonces —dijo Slim volviéndose hacia Candy— quédate tú con ella, Candy. Los demás podríamos ir saliendo ya.

Todos empezaron a caminar. George se detuvo un momento junto a Candy y los dos miraron a la mujer muerta, hasta que Curley lo llamó:

—¡Tú, George! Tienes que venir con nosotros, para que nadie crea que has tenido algo que ver con esto.

George caminó lentamente tras los otros, y sus pies se arrastraban pesadamente.

Y cuando todos se hubieron alejado, Candy se puso en cuclillas sobre el heno y escrutó la cara de la mujer de Curley.

—¡Pobre diablo! —susurró dulcemente.

El ruido de los pasos de los hombres se hizo más lejano. El granero se oscurecía gradualmente y, en sus pesebres, los caballos movían las patas y hacían sonar las cadenas de los ronzales. El viejo Candy se tendió en el heno y se cubrió los ojos con un brazo.

 

Capítulo 7

La honda laguna verde del río Salinas estaba muy calmada a la caída de la tarde. El sol había dejado ya el valle para ir trepando por las laderas de las montañas Gabilán, y las cumbres estaban rosadas de sol. Pero junto a la laguna, entre los veteados sicómoros, había caído una sombra placentera.

Una culebra de agua se deslizó tersamente por la laguna, haciendo serpentear de un lado a otro el periscopio de su cabeza; nadó todo el largo de la laguna y llegó hasta las patas de una garza inmóvil que estaba de pie en los bajíos. Una cabeza y un pico silenciosos bajaron como una lanza y tomaron a la culebra por la cabeza, y el pico engulló el reptil mientras la cola de éste se agitaba frenéticamente.

Se dejó oír una lejana ráfaga de viento, y el aire se movió por entre las copas de los árboles como una ola. Las hojas de sicomoro volvieron hacia arriba sus dorsos de plata; las hojas parduscas, secas, sobre la tierra, revolotearon un poco. Y pequeñas ondas surcaron, en filas sucesivas, la verde superficie del agua.

Tan rápido como había llegado, murió el viento, y el claro quedó otra vez en calma. En los bajíos permanecía la garza, inmóvil y esperando. Otra culebrita de agua nadó por la laguna, volviendo de un lado a otro su cabeza de periscopio.

De pronto apareció Lennie entre los matorrales, tan en silencio como se mueve un oso al acecho. La garza castigó el aire con sus alas, se alzó fuera del agua y voló río abajo. La culebrita se deslizó entre los juncos de la orilla.

Lennie se acercó silenciosamente al borde de la laguna. Se arrodilló y bebió, tocando apenas el agua con los labios. Cuando un pajarito corrió a saltos por las hojas secas a su espalda, irguió de repente la cabeza y buscó el origen del sonido con ojos y oídos hasta que vio el ave, luego volvió a inclinar la cabeza y a beber.

Cuando hubo terminado, se sentó en la orilla, dando el costado a la laguna de manera que pudiera vigilar la entrada del sendero. Se abrazó las rodillas y en ellas apoyó el mentón.

Siguió trepando la luz fuera del valle y, al irse, las cimas de las montañas parecieron encenderse con un brillo creciente.

—No me olvidé, no señor —dijo suavemente Lennie—. Diablos. Esconderme en el matorral y esperar a George. —Tiró del ala del sombrero para bajarlo más sobre los ojos—. George me va a reñir. George va a decir que le gustaría estar solo, sin que yo le molestara tanto. —Volvió la cabeza y miró las encendidas cumbres de las montañas—. Puedo irme para allí y encontrar una cueva. —Y continuó tristemente—: Y no tendré nunca salsa de tomate… pero no me importa. Si George no me quiere…, me iré. Me iré.

Y entonces salió de la cabeza de Lennie una viejecilla gorda. Usaba gruesos lentes y un enorme delantal de cretona con bolsillos, y estaba almidonada y limpia.

Se puso frente a Lennie, se llevó las manos a las caderas y lo miró desaprobadora, con el ceño fruncido. Y cuando habló, lo hizo con la voz de Lennie:

—Te lo dije y te lo dije. Mil veces te dije: «Obedece a George, porque es bueno y te cuida». Pero tú nunca prestas atención. Siempre haciendo disparates.

Y Lennie respondió:

—Le quise obedecer, tía Clara, señora. Quise y quise. No pude evitarlo.

—Nunca piensas en George —siguió la viejecilla con la voz de Lennie—. Y él, siempre cuidándote. Cuando él consigue un trozo de torta, te da siempre la mitad. Y si hay salsa de tomate, te la da toda.

—Ya lo sé —murmuró Lennie lastimeramente—. Intenté portarme bien, tía Clara. Lo intenté y lo intenté.

Ella lo interrumpió:

—¡Y George podría pasarlo tan bien si no fuera por ti! Cobraría su sueldo y se divertiría como un loco con las mujeres de cualquier pueblo, y se pasaría la noche jugando a los dados y al billar. Pero tiene que cuidarte a ti.

—Ya lo sé, tía Clara —gimió Lennie abrumado de pena—. Me voy a ir a las montañas y encontraré una cueva y viviré allí para no darle más trabajo a George.

—Sí, eso es lo que dices siempre —exclamó bruscamente la viejecilla—. No haces más que decir eso, y bien sabes, condenado, que jamás lo vas a hacer. Te vas a quedar junto a él y vas a seguir haciendo de su vida un infierno, siempre, siempre.

—También podría irme —susurró Lennie—. George no me dejará cuidar los conejos ahora.

Desapareció la tía Clara, y de la cabeza de Lennie surgió un conejo gigantesco. Se sentó frente a él, y agitó las orejas y encogió el hocico. Y habló también con la voz de Lennie.

—Cuidar los conejos —dijo burlonamente—. Eres tan chiflado que no sirves ni para lustrar las botas de un conejo. Los olvidarías y les dejarías pasar hambre. Eso es lo que harías. Y entonces, ¿qué pensaría George?

—Yo no me olvidaría —repuso Lennie enérgicamente.

—Diablos que no —insistió el conejo—. No vales ni siquiera el asador con que te tostarán en el infierno. Bien sabe Dios que George ha hecho lo posible para sacarte del pantano; pero no le ha servido de nada. Si crees que George va a dejarte cuidar los conejos, estás más loco que antes. No te va a dejar. Te va a moler los huesos con un palo, eso es lo que va a hacer.

Ahora respondió agresivamente Lennie:

—No, no va a hacer nada de eso. George no va a hacer eso. Conozco a George desde…, ya he olvidado desde cuándo…, y jamás me ha alzado la mano con un palo. Es bueno conmigo. No va a ser malo ahora.

—Bueno, pero está harto de ti. Te va a moler a palos, y después te va a dejar solo.

—No —gritó frenéticamente Lennie—. No va a hacer nada de eso. Yo conozco a George. Yo y él trabajamos juntos.

Pero el conejo repitió con suavidad, una y otra vez:

—Te va a dejar solo, chiflado. Te va a dejar solo. Te va a dejar, chiflado.

Lennie se tapó las orejas con las manos.

—No. Te digo que no —gritó. Y luego—: ¡Oh, George! George… ¡George!

George salió silenciosamente de los matorrales y el conejo corrió a meterse otra vez en el cerebro de Lennie.

—¿Por qué diablos gritas? —preguntó quedamente George.

Lennie se puso de rodillas.

—¿No me vas a dejar, George, verdad? Yo sé que no me vas a dejar.

George se acercó con pasos torpes y se sentó junto a él.

—No.

—Ya lo sabía. Tú no eres capaz de eso.

George guardó silencio.

—George —llamó Lennie.

—¿Sí?

—Otra vez me he portado mal.

—No importa —dijo George, y volvió a quedarse en silencio.

Sólo las cimas más altas estaban ahora al sol. La sombra era azul y suave en el valle. Desde la distancia llegó el rumor de hombres que se gritaban los unos a los otros. George volvió la cabeza y escuchó los gritos.

—George —volvió a llamar Lennie.

—¿Sí?

—¿No me vas a reñir?

—¿A reñirte?

—Claro, como has hecho siempre. Así: «Si no te tuviera conmigo cobraría mis cincuenta dólares…».

—¡Por los clavos de Cristo, Lennie! No te acuerdas de nada de lo que sucede, pero jamás te olvidas de una palabra que digo yo.

—Bueno, ¿no lo vas a decir?

George se estremeció. Luego dijo, quedo:

—Si estuviera solo podría vivir tan bien… —Su voz era monótona—. Podría conseguir un empleo y no pasar apuros. —Se detuvo aquí.

—Sigue —pidió Lennie—. Y cuando llegara fin de mes…

—Y cuando llegara fin de mes podría cobrar mis cincuenta dólares y gastármelos en… un burdel… —Se detuvo otra vez.

Lennie le miró ansiosamente.

—Sigue, George. ¿No me vas a reñir más?

—No —afirmó George.

—Bueno, yo podría irme. Podría irme ahora mismo a las montañas y buscar una cueva, si no me quisieras tener contigo.

George se estremeció otra vez.

—No. Quiero que te quedes conmigo.

Lennie dijo mañosamente:

—Háblame como antes.

—¿Qué quieres que te diga?

—Cuéntame eso de los otros hombres y de nosotros.

—Los hombres como nosotros —empezó George— no tienen familia. Ganan un poco de dinero y lo gastan. No tienen en el mundo nadie a quien le importe un bledo lo que les ocurra…

—Pero nosotros no —gritó Lennie con felicidad—. Habla de nosotros, ahora.

George permaneció callado un momento.

—Pero nosotros no —repitió.

—Porque…

—Porque yo te tengo a ti y…

—Y yo te tengo a ti. Nos tenemos el uno al otro, por eso, y hay alguien a quien le importa un bledo lo que nos pase —exclamó Lennie triunfalmente.

La escasa brisa del atardecer sopló sobre el claro y las hojas susurraron y las pequeñas olas surcaron la verde laguna. Y los gritos de los hombres resonaron nuevamente, esta vez mucho más cerca que antes.

George se quitó el sombrero. Dijo, con voz quebrada:

—Quítate el sombrero, Lennie. Este aire es muy agradable.

Lennie se quitó obedientemente el sombrero y lo dejó en la tierra, frente a sí. Más azul estaba ahora la sombra en el valle, y la noche se acercaba velozmente. Llevado por el viento llegó a ellos el sonido de pisadas en los matorrales.

—Explícame cómo vamos a vivir —suplicó Lennie.

George había estado escuchando los distantes sonidos. Al momento siguió hablando apresuradamente.

—Mira al otro lado del río Lennie, y yo te lo explicaré de manera que casi puedas ver lo que te cuento.

Lennie volvió la cabeza y miró a través de la laguna y hacia las laderas de las montañas Gabilán, oscurecidas ya.

—Vamos a comprar un trozo de tierra —dijo George. Metió la mano en un bolsillo lateral y sacó la Luger de Carlson; quitó de un golpe el seguro, y luego mano y arma descansaron sobre la tierra detrás de la espalda de Lennie. Miró la nuca de Lennie, en el sitio donde se juntaban la columna vertebral y el cráneo.

Una voz de hombre llamó desde lejos, río arriba, y otro hombre respondió.

—Sigue —rogó Lennie.

George alzó la pistola y su mano tembló, y otra vez dejó caer la mano al suelo.

—Sigue —insistió Lennie—. Dime cómo va a ser. Vamos a comprar un trozo de tierra.

—Tendremos una vaca —continuó George—. Y tal vez podamos tener un cerdo y gallinas…, y tendremos un pedazo sembrado…, un poco de alfalfa…

—Para los conejos —gritó Lennie.

—Para los conejos —repitió George.

—Y yo tengo que cuidar los conejos.

—Y tú tienes que cuidar los conejos.

Lennie rió de felicidad.

—Y viviremos como príncipes.

—Sí.

Lennie volvió la cabeza.

—No, Lennie. Mira allá a lo lejos, al otro lado del río, para que puedas ver casi el terreno.

Lennie lo obedeció. George bajó la mirada hacia la pistola.

En ese momento se oyeron pisadas que aplastaban ramas en el matorral. George se volvió y miró en esa dirección.

—Vamos, George. ¿Cuándo lo vamos a comprar?

—Pronto.

—Yo y tú.

—Tú… y yo. Todos van a ser buenos contigo. No van a haber más líos. Nadie va a hacer daño a los demás ni a robarles.

—Creí que te habías enfadado conmigo, George.

—No, Lennie. No estoy enfadado. Nunca me enfadé, y menos ahora. Quiero que sepas eso.

Se acercaron las voces. George alzó la pistola y escuchó las voces.

—Vamos ahora —pidió Lennie—. Vayamos ahora a ese lugar.

—Claro, ahora mismo. Lo tengo que hacer. Lo tenemos que hacer.

Y George elevó la pistola y la afirmó, y puso la boca del cañón cerca de la nuca de Lennie. La mano tembló violentamente, pero se endureció la cara y la mano se calmó. Apretó el gatillo. El estampido del disparo rodó laderas arriba y regresó laderas abajo. Lennie se estremeció, y luego fue cayendo lentamente hacia delante hasta la arena, y yació sin estremecerse.

George tuvo un temblor y miró el arma, y luego la arrojó lejos de sí, cerca de la orilla, junto al montón de cenizas viejas.

El matorral pareció llenarse de gritos y del sonido de pies en carrera. La voz de Slim llamó:

—George. ¿Dónde está, George?

Pero George se sentó endurecido en la orilla del agua y miró su mano derecha, la mano que había arrojado el arma a lo lejos. El grupo irrumpió en el claro, y Curley estaba al frente. Vio a Lennie tendido en la arena.

—Lo has matado, por Dios. —Se acercó y miró a Lennie allí tendido, y luego volvió la vista hacia George—. Bien en la nuca —dijo suavemente.

Slim se acercó directamente a George y se sentó a su lado, se sentó muy cerca.

—No importa, no te aflijas —le consoló Slim—. A veces el hombre tiene que hacer cosas como ésta.

Pero Carlson estaba de pie junto a George.

—¿Cómo lo hiciste? —preguntó.

—Lo hice, nada más —repuso George fatigosamente.

—¿Tenía él mi pistola?

—Sí. La tenía él.

—¿Y tú se la quitaste y lo mataste con ella?

—Sí. Así fue. —Era casi un murmullo la voz de George. Miraba aún, fijamente, su mano derecha, la mano que había empuñado la pistola.

Slim dio un tirón del codo a George.

—Vamos, George. Tú y yo vamos a echar un trago.

George dejó que lo ayudara a ponerse de pie.

—Sí, un trago.

—Tenías que hacerlo, George —dijo Slim—. Juro que tenías que hacerlo. Ven conmigo. —Condujo a George hasta la entrada del sendero y por él hacia la carretera.

Curley y Carlson los siguieron con la vista. Y Carlson comentó:

—Ahora, ¿qué diablos les pasa a esos dos?

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