Viernes de cine: ¨El extraño (The Stranger)¨

Fernando Morote

 

 

Acabada la Segunda Guerra Mundial, Hollywood empezó a modificar el tono en la producción de películas bélicas. La propaganda para incentivar el espíritu patriótico, que permitiera obtener fondos y voluntarios para pelear en Europa y Asia, cedió paso a las tramas de suspenso y misterio en el género. En 1946, tras su éxito con Ciudadano Kane, Orson Wells vuelve a la pantalla —y detrás de las cámaras— con una genialidad que confirma su carácter de experimentador por excelencia.

El extraño cuenta la historia de un líder nazi que, ante la inminencia de la caída del Tercer Reich, se refugia irónicamente en un alejado y pacífico pueblo de Connecticut, al noreste de los Estados Unidos. Allí cambia de nombre, se instala como profesor de una escuela secundaria y se casa bajo las formalidades de la iglesia con la hija de un juez local. Se convierte así en miembro de una respetable familia americana. Atrás han quedado las atrocidades que su brillante cerebro ha ideado para exterminar a los judíos. Puede sobrevivir con audacia e impunidad en territorio enemigo. Pese a su atribulado semblante y siniestra mirada, su pasado está perfectamente camuflado.

Hasta que un día acude a buscarlo por ayuda un antiguo camarada recién liberado de un campo de prisioneros. De inmediato entiende que se trata de un señuelo plantado por las autoridades para atraparlo. Dejarlo vivo puede significar exponerse de modo peligroso. La escena en que lo asesina, en medio del bosque, es un poema conmovedor. La crueldad extrema con la que actúa resulta inspiradora. Lo abraza, le acaricia los hombros, lo invita a arrodillarse para dar gracias a Dios por su recuperada libertad, ausculta con disimulo los alrededores y de un zarpazo le clava las manos en la base del cuello. En un instante el compañero queda frío, sin aire, con los ojos abiertos, sobre la hierba. Un trabajo perfecto. Entonces lo entierra bajo unos matorrales. Por la noche su perro escapa de casa y olisquea inquieto el lugar donde está escondido el cadáver. Wells no pierde tiempo. Sin reparo alguno estrangula también a su mascota. Más tarde, cuando su esposa –la dulce Loretta Young, quien debutara en un papel principal en el cine mudo junto a Lon Chaney en Ríe, payaso, ríe cuando tenía sólo 15 años de edad, y de quien las malas lenguas dijeran que desde hacía una década cargaba un hijo secreto, no deseado, de Clark Gable- empieza a sospechar de su verdadero origen, planea eliminarla tendiéndole una trampa mortal que pudiera parecer un accidente. Un discípulo digno del Fuhrer.

Desafortunadamente para sus cálculos, durante una cena familiar a la que asiste un infiltrado detective del gobierno —personificado por el gran Edward G. Robinson, capaz de iluminar con su talento cualquier largometraje, incluso uno tan negro en luz y contenido como éste— el nazi que lleva dentro declara sin poder ocultar su pasión que “Marx no era alemán; era judío”. Entonces empieza oficialmente su cacería, basada hasta ese momento sólo en conjeturas.

El campanario de 124 pies de altura, ubicado en la plaza central de Harper —donde se desenvuelven los hechos—, cumple un rol preponderante. Su enorme reloj, rodeado de gárgolas, es el juguete con el que Wells se entretiene fungiendo de aficionado para disfrazar su auténtica identidad, pero es asimismo el espacio donde encuentra la muerte al ser atravesado de manera espectacular, de pecho a espinazo, por la espada de uno de los gigantes muñecos que adorna la imponente estructura.

La cortina musical, hábilmente manejada, añade tensión a lo largo de los 92 minutos de duración de la cinta. El cierre, ofreciendo un primer plano de Eddie Robinson en la cumbre de la torre, encendiendo su pipa con una sonrisa en los labios, diciendo como despedida “¡Felices sueños!”, es otro detalle magistral de Wells.

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