La edad del idiota: 20. Y justicia para todos

Diego M. Rotondo

 

 

7 de mayo de 1993, 8 de la noche.

Llegamos a la esquina del estadio Vélez Sarsfield. Martín me mira emocionado: «¡no puedo creer que los vayamos a ver, boludo! ¡Este es el mejor día de mi puta vida!…», exclama. «¡Vamos bien adelante eh! ¡Bien pegados al escenario, ¡quiero que el Metal me atraviese los huesos!».

Antes de llegar a la entrada del estadio nos encaran dos tipos. Deben tener unos 23 años, son altos, morochos y con cara intimidante.

—¿Tienen entradas ustedes?… —nos pregunta uno de ellos.

—No. —respondo instintivamente.

—Sí, tenemos, ¿por? —rebate Martín sin vacilar, sondeando a ambos de arriba abajo con sus ojos encrespados.

Yo me quedo estupefacto.

—Nosotros no tenemos… —dicen.

—¡Qué mal! —responde Martín y se abre paso entre los dos para seguir caminando.

Uno de ellos lo agarra del buzo y lo tira hacia atrás con fuerza; Martín cae de espaldas, pero se abraza a los pies de su agresor y lo derriba. Todo sucede muy rápido. Ambos se revuelcan en el piso, intercambian trompadas durante unos segundos; por fin Martín logra doblegarlo, se monta encima de él y le pega hasta dejarlo casi inconsciente. Con el otro nos miramos indecisos, con la guardia trémula, sin saber si debemos pelearnos también. Tras noquear a su atacante, Martín se levanta enfurecido y viene corriendo para agarrar al otro, que sale rajando y se pierde entre la multitud.  «¡A mí nadie me roba la entrada, la concha de tu madre!», le grita. Se nos acerca un grupo de cinco pelilargos para preguntar qué pasó. «Nos quisieron afanar las entradas», les explico. «Ése que está en el piso y otro que se escapó…». El más corpulento del grupo se acerca al que quedó tirado, lo levanta de los pelos y le da una flor de patada en el culo. «Estos putos ya quisieron robarles las entradas a unas chicas en la otra esquina», dice, «por suerte ustedes les dieron para que tengan, ya no va a joder más…». «Yo no, fue mi amigo…», le digo señalando a Martín, que se aleja indiferente de nosotros rumbo al estadio.

Adentro el campo es un hormiguero, las plateas y las populares rebalsan de fanáticos. Nos abrimos camino entre el público vehemente y tras 20 minutos de forcejeos conseguimos llegar al borde del escenario. Martín está ensimismado, la pelea de recién fue un suceso totalmente trivial para él, como un tropiezo. «Esto va a explotar…», dice alzando las manos. Se arma una avalancha y nos apisonan contra las tarimas. Por un momento me quedo sin aire y hago un esfuerzo sobrehumano para empujarme hacia atrás. No sé si podré soportar dos horas así. A Martín no parece molestarle, se muere de risa mientras lo aplastan. La gente grita, salta y escupe a los pobres músicos de la banda soporte. No entiendo esa manía asquerosa de escupir en los recitales. Tengo que agachar la cabeza a cada rato para que no me lluevan gargajos.

Hay dos chicas justo detrás de nosotros que se abrazan de nuestras cinturas para estar más cómodas. Martín se voltea y saluda a la que se aferra a él. Conversan cariñosamente durante un rato; luego me dice: «Ché… todavía falta para que salgan; me voy con ella un rato a un rincón mas tranquilo…». Ambos bregan para salir del tumulto y se alejan rumbo a las tribunas. Me quedo charlando con la que está agarrada a mí como garrapata, se llama Carla, no es fea pero tiene unos cuantos kilos de más; sus tetas gordas amasadas contra mi espalda me provocan una erección, por suerte no tengo a nadie adelante. Pasa media hora, la banda termina de tocar. Me pregunto qué estará haciendo Martín; se lo pregunto a Carla y con un gesto pícaro me dice: «probablemente estén garchando…». Sé que podría transármela aquí mismo, pero hay demasiada gente alrededor, demasiados alientos, demasiado sudor adolescente. Y no me atrevo a salir de este espacio privilegiado que tanto nos costó conseguir. Sale otra banda y de nuevo el caos, el pogo, las avalanchas y los salivazos. «¿Puedo subirme a tus hombros?», me pide Carla. Yo lo pienso un momento, debe pesar como 65 kilos, pero no me animo a decirle que no. Me arrodillo detrás de ella y dejo que se trepe en mis hombros. Intento alzarla una vez y no puedo. Un par de flacos me asisten agarrándome de las axilas para impulsarme hacia arriba. La gordita está feliz montada en mi cuello, lleva puestos unos shorts de Jean y no para de moverse y frotar su entrepierna contra mi nuca. Me tiemblan las pantorrillas, sé que en cualquier instante voy a caerme o a partirme en dos. «¡Salta!», me ordena. Hija de puta, me va a quebrar la columna y voy a quedar paralítico. ¿Cómo pretende que salte si mis pies cada vez están hundidos en la tierra? Una mano anónima me convida un porro, le doy una buena calada esperando que me anestesie y me provea la fuerza necesaria para soportar a esta vaca sobre mi cuello. Gracias a Dios el ambiente del Metal es bastante compasivo. La banda se despide y enseguida me agacho para que Carla se baje. «¡Gracias!», exclama emocionada y acto seguido mete su lengua gorda en mi boca.

Se apagan las luces y un suspenso inquietante invade todo el estadio. Llegó el gran momento. Los gritos del público se vuelven desgarradores. Miles de personas saltando y coreando el «ole ole…». La tierra tiembla bajo mis pies. ¿Dónde estás, hijo de puta?, me pregunto, se supone que teníamos que ver esto juntos. Se escuchan los primeros arpegios de «Enter Sandman» y todos enloquecen. No voy a salir vivo de este lugar, pero no me importa. Las luces se prenden y la música explota, la batería de Lars Ulrich suena como un agudo y acompasado bombardeo. La gente empieza a empujarse, a saltar, a romperse las caras fraternalmente. Carla es absorbida por la marea humana. James Hetfield empieza a cantar. Se me pone la piel de gallina al verlo tan cerca. Es un tipo gigantesco, un semidios con guitarra eléctrica. Mi cuerpo es aprisionado, golpeado y expulsado de un lugar a otro, no tengo dominio sobre él. Un codazo me da de lleno en la boca, empiezo a sangrar, pero no me detengo, sigo bregando en medio de un pogo furioso. Y entonces, lo inesperado, el milagro, Martín llega expulsado hacia mí. Nos enganchamos fuertemente de los brazos y tratamos de que el tornado de carne y hueso no nos separe. «¿Te acordás?…», me grita al oído, «¿te acordás cuando escuchamos a Metallica por primera vez?»…

5 de enero de 1990. 10 de la noche. «¿Te gusta esta canción?», me pregunta Valeria al colocarme los auriculares de su walkman. «Se llama Little, y es de Depeche Mode. ¿No es hermosa?». Sí… sos la melodía más hermosa que jamás escuché, pienso. «Más o menos…», le respondo y me quito los auriculares con un gesto de fastidio.

Martín nos mira de reojo, no le gusta ni medio que su novia esté tan cerca de mí. Yo debería disfrutar de este momento, debería mirarlo malignamente, diciéndole con los ojos: «sabías que ella me gustaba y aún así te la enganchaste; y ahora está pegada a mí, porque le gusto más que vos…». Pero no, en vez de aprovechar la situación me aparto de Valeria y me voy con sus amigas, que rodean al casanova de Pedro en el sillón. Pedro está en su salsa, dejó de ponerle whisky a la Coca para poder chamuyarse a las pibas sin que se le trabe la lengua. Sabe que si quiere transarse a una debe permanecer lúcido y hacer gala de su arte verbal.

Son bastante copadas las amigas de Valeria. Se llaman Natalia, Daniela y Romina; Pedro me dijo que intentará ganarse a Natalia. Chino se sentó solo en una silla junto al radiograbador y se puso a revisar unos cassettes que trajo en su mochila. Está muerto de vergüenza, no se levantará de esa silla hasta que las chicas se vayan. Valeria vuelve al sofá, a sentarse en el regazo de Marín. Él enseguida le mete la lengua en la boca. Ella lo besa con los ojos abiertos, siguiéndome con la mirada; que piba tan siniestra. Yo me ubico al lado de Romina y espero a que se me ocurra algo. Chino coloca un cassette y los parlantes emiten una música heavy que me encanta.

—¿Y eso qué es? —le pregunto.

—Se llaman Metallica… —dice Chino.

—¡Me encanta boludo! Subí el volumen.

Chino sube el volumen y las ventanas empiezan a temblar. En cualquier momento aparecerá mi madre a las puteadas.

—¡Chan, chan, chan, chan! —farfulla Martín parándose de repente, sacudiendo la cabeza y tocando una guitarra invisible.

—¡Esto suena muy bien! —grita sin dejar de revolear la cabeza.

—¡Grabámelo! —le digo a Chino— Tengo un cassette virgen por ahí…

—¡Saquen esta mierda! —grita Pedro enojado—. ¡Van a espantar a las chicas!

Me paro al lado de Martín y lo imito. Chino nos mira y se caga de risa, él quisiera hacer lo mismo, pero le da vergüenza. Valeria se sienta con las amigas, que nos miran sorprendidas, como si fuésemos dos animales rabiosos. Pedro le susurra algo al oído a Natalia, ella asiente, ambos se levantan y se van hacia mi cuarto.

—¿Adónde van? —les pregunto.

Pedro se da vuelta, se coloca el dedo índice cruzando los labios y me guiña el ojo.

—¡No vayas a mojarle la cama! —grita Martín entre risotadas y sin dejar de sacudir su cresta.

Seguimos escuchando Metallica un rato más hasta que nos percatamos de que las chicas se están agobiando. Le digo a Chino que ponga algo más tranquilo, elige entre los cassettes y saca uno de Madonna. Empieza a sonar “Live to Tell

—Yo te conozco a vos —me susurra Romina al oído.

—¿Ah sí?

—Sí…

Antes de que pueda decirme de dónde me conoce le estampo un beso en la boca. Ella se queda sorprendida, pero no se resiste, se prende de mi cuello y empezamos a besuquearnos.

El momento romántico dura sólo unos minutos, Chino, al notar lo bien que lo estoy pasando, vuelve a colocar el cassette de Metallica y de nuevo, con Martín, nos olvidamos de las chicas y empezamos a sacudir las cabezas al compás de guitarras invisibles.

 

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