Chico de barrio (II)

Ermanno Olmi

 

 

CINCO

 

1

El tren me condujo por una tarde gris y húmeda. Desde la ventanilla veía desfilar las últimas imágenes de la periferia: casas de corredores iguales a la nuestra, alguna figura que me recordaba a nuestro patio, a mis compañeros, y los huertos para aprovechar los espacios libres.

Mientras miraba por la ventanilla, me sentía ya solo y al mismo tiempo seguía asombrándome de que no me dieran ganas de llorar. Advertía tan solo una sensación de abatimiento. Después me di cuenta de que era resignación.

Tal vez el distanciamiento se hubiese producido poco a poco, sin que me diera cuenta, hasta el día en que se había decidido mi partida, y cuando la última noche vi cerrarse la maleta con mi ropa dentro, comprendí que aquel mínimo acto sellaba mi separación. En efecto, la mañana siguiente, cuando se encendió la luz en la cocina, porque mi padre se iba a trabajar, yo me quedé con la cara vuelta hacia la pared: quería que fuera una mañana como todas las demás. Temía más el distanciamiento de las personas que el de las cosas. Oí a mi padre decir: «No quiero despertarlo». Me dio un beso en el pelo y ni siquiera entonces me volví, pero después, más adelante, cuando estaba en el tren, lo lamenté.

2

Después del viaje en tren, atravesamos un trecho del lago en una lancha. Llegamos a la colonia ya de noche. Mientras subíamos la escalinata que conducía a los dormitorios, me encontré junto al que ya conocía del año anterior y al que había vislumbrado en el momento de partir, en la estación. Me dijo:

«¿Te acuerdas, el año pasado, cuando cantábamos: “Mañana es la partida y a las colinas no vuelvo más”?».

Respondí con otra pregunta:

«Tú, ¿en qué escuadra estabas?».

«En la “T”».

«Yo en la “U”. Esperemos que nos pongan en el dormitorio del año pasado».

En cambio, me pusieron en el de enfrente. Deposité la maleta y la mochila en la cama y me puse a sacar la ropa. En aquel momento fue cuando me dieron ganas de llorar; al abrir la maleta, me llegó un olor de mi casa, el mismo perfume que había en los cajones de la lencería, que mi madre conservaba con tanto esmero. Cogí una camiseta y me la acerqué a la cara para oler aquel perfume aún más intensamente y no me importaba que alguien me viera.

En el comedor, me asignaron un sitio entre los que habían llegado antes y me encontré entre los más altos, hacia el extremo de la mesa, pero el más alto de todos era Tiberio, que parecía ya un jovencito, pese a que solo tenía trece años; tenía en la cara una pelusa oscura que casi parecía barba y, además, llevaba un peinado de moda en aquellos años, es decir, liso a los lados y con una onda en el medio. Tiberio se daba aires de mayor y los que lo rodeaban lo imitaban en todo. Cuando decía algo en voz baja, con aire misterioso, todos se reían socarrones, pero, en cuanto él hacía una seña, callaban, listos para escuchar otra gracia. Yo no conseguía oír lo que decía, pero, por toda clase de expresiones maliciosas, ya había intuido el tema de que se trataba y también advertí otra cosa: que había una referencia precisa en su cuchichear y era la señorita vigilante de la escuadra «R», sentada unas mesas más allá. La miraban de reojo repetidamente, alguno se veía obligado incluso a volverse, y después, en cuanto Tiberio susurraba algo bajando la boca hasta rozar el mantel, todos juntos reanudaban las risas exageradas y burlonas para hacerse notar.

Naturalmente, ella lo había notado, pero yo no lograba entender si hacía como que no o si participaba también en el juego. Pero, a ver, ¿qué juego era? ¿Hasta dónde llegaban las fantasías de mis compañeros y qué podía suponer ella de sus pensamientos?

A mi espalda, del cuartito reservado en el que comía la directora llegaba, apenas perceptible con el bullicio del comedor, el sonido familiar de la habitual emisión radiofónica vespertina. «¿Tú también vienes de Milán?», me preguntó el chico que comía enfrente de mí. «Sí», respondí. Y él añadió: «¿Son de Milán todos los que han llegado hoy?». «Creo que sí». «Yo soy de Génova. Llevo aquí ya un mes. Hay otro de Turín, de Novara. Tiberio es de Novara. Es el mayor, tiene casi catorce años». Después contó que su casa había sido alcanzada por los cañonazos de los buques ingleses y entonces los que acababan de llegar, como yo, le hicieron muchas preguntas.

En la escalinata de los dormitorios, los mayores continuaron el juego con la señorita de la «R». Corrían hacia delante y hacia atrás, saltaban el murete de protección, se escondían en broma entre los matorrales y hacían otras bravatas, con tal de llamar su atención. Tiberio intentó incluso entonar Vieni c’è una strada nel hosco y alguno intentó imitarlo, pero no tuvo éxito.

Antes de ir a dormir, fui a echar un vistazo al dormitorio de enfrente: quería ver quién había ocupado mi sitio en la cama en la que había estado la última vez y de la que había partido creyendo que nunca más volvería.

Algunos dormitorios habían sido adaptados como aulas en espera de que nos colocaran en las escuelas públicas de los alrededores. Nos agruparon por edades, por lo que cada clase estaba formada por unos cuarenta muchachos. Como profesoras provisionales teníamos a las vigilantes, pero había también un profesor que venía de fuera. Tenía todo el pelo blanco y lo primero de todo nos mandó escribir una carta a casa para informar a nuestros padres de lo que íbamos a hacer en la colonia, de lo que íbamos a estudiar. En la carta escribí todas esas cosas, pero omití que por primera vez me encontraba en una clase mixta, en la que había también niñas.

El chico de Génova, que se llamaba Bonacossa, me informaba por adelantado de todo. Me dijo también que el profesor de pelo blanco tocaba el piano y que con frecuencia contaba en clase la vida de los músicos más famosos.

Por la tarde, hubo ducha general. Escuadra por escuadra, entrábamos en los vestuarios (los mayores debían quedarse en calzoncillos) y después todos pasábamos bajo las duchas, donde una mujerona a la que llamaban la bergamasca manipulaba las grandes llaves para dosificar la temperatura del agua. A veces se alzaban gritos exagerados, para subrayar alguna oscilación de temperatura y entonces «la bergamasca» respondía con una sarta de palabrotas y se apresuraba a hacer la maniobra de corrección. Los mayores, con Tiberio a la cabeza, se reunían siempre en los ángulos de la gran sala, donde el vapor era más denso y aprovechaban para hacer gestos obscenos, a los que seguían ruidosas carcajadas.

La ropa sucia se metía en grandes bolsas de tela y la llevaban —siempre los mayores— a la lavandería pasando por unos subterráneos en los que concluía la orgía de vociferaciones con otros gritos y canciones obscenas cuyas letras se confundían en múltiples ecos.

Había un muchacho que siempre iba retrasado: pese a que se esforzaba al máximo, siempre, irremediablemente, resultaba ser el último. ¡Y cuántas veces tuvo que sufrir, como siempre ocurre en esos casos, las bromas del grupito de los mayores! La broma más frecuente era la de desengancharle el somier de la cama y dejarlo colgado de un hilo para que, en cuanto se apoyara, se desplomase del todo; y mientras los otros sofocaban las carcajadas bajo las sábanas, se oía la voz de nuestra vigilante, que gritaba desde detrás de su cortina: «¡Bertinotti! ¡Siempre el mismo!». Y Bertinotti, sin decir nada, recomponía su cama, ya resignado a las bromas y a ser el último. Es más, los compañeros hacían todo lo posible para perjudicarlo en todas las ocasiones: le tiraban los libros al suelo, de modo que, mientras él los recogía, cerraban la puerta y lo dejaban fuera; no le dejaban acercarse al lavabo para lavarse hasta que fuese el último; le escondían los zapatos; le ataban las mangas del jersey. Cuando la vigilante daba una orden, al final añadía sin falta: «Y tú, Bertinotti, ¡a ver si dejas de ser siempre el último!».

Una noche, alguien vio una luz moverse en la oscuridad. Avanzaba desde el tupido bosque de detrás de los dormitorios y después desaparecía tras la esquina del edificio. «¿Qué será?», nos preguntamos. Uno dijo: «A lo mejor es un guarda nocturno». «Sí, hombre. Un guarda que se pasea con una linterna, ¡ahora que está prohibido encender las luces!». Como de costumbre prevaleció la tesis de Tiberio: «¿Y si fuera un espía?». «¿Cómo que un espía?», preguntó uno, un poco emocionado. Tiberio prosiguió, complacido con su suposición: «Los aviones enemigos que vienen a bombardear pasan precisamente por encima de nosotros. ¿No los habéis oído nunca, de noche?». «Yo una vez oí aeroplanos, pero creía que eran de los nuestros». Tiberio concluyó: «¡Seguro que es un espía que hace señales a los aviones!». Yo añadí: «He oído decir a mi papá que de noche se ve incluso una cerilla a kilómetros de distancia».

Decidimos poner turnos de guardia para la noche siguiente y, como la luz desaparecía siempre detrás del edificio, Tiberio decidió buscar también otro puesto de observación para ver hasta dónde seguía, pero, para hacerlo, debíamos llegar hasta los servicios del otro dormitorio atravesando un pasillo totalmente a oscuras: era una empresa para los más valientes. Tiberio dijo: «Si conseguimos la captura de un espía, nos concederán un premio». Otro dijo: «En mi libro de lectura había una fotografía del Duce, que entregaba un premio a un niño». «Si nos dan un premio, yo me voy a casa». Estábamos todos muy excitados e incluso durante el día no hablábamos de otra cosa, pero manteniéndolo todo en el máximo secreto entre el grupo de los mayores. Tiberio y los otros habían olvidado incluso el juego con la vigilante de la «R», hasta el punto de que ella pareció decepcionada por aquel extraño y repentino cambio.

Durante una clase del profesor de pelo blanco, hubo cierta agitación en el grupito: señas a distancia, alfabeto mudo, notas transmitidas a escondidas. El profesor estaba contando la vida de un gran músico. Bonacossa me dijo en voz baja: «Han decidido hacerlo esta noche». «¿El qué?». «Salir del dormitorio para ver quién es».

Por la tarde, en la distribución del correo me llamaron también a mí: había una carta de casa. Me escribía mi madre: lo reconocí al instante por la caligrafía del sobre.

Los que recibían correo se aislaban de los demás y se quedaban aparte leyendo, como si aquellas pocas líneas pudiesen hacer recuperar un poco de intimidad familiar. También yo me fui por la escalera. La carta comenzaba así: «Querido hijo…». Me decía que estaban todos bien, aunque casi todas las noches se veían obligados a levantarse para ir al refugio; que todos mis compañeros habían sido ya evacuados y que tal vez cerrarían también la escuela de mi hermano: él estaba aplicándose mucho con el estudio, ¿y yo? Me mandaba muchos besos y esperaba poder venir a verme pronto. Después, bajo la firma de «tu mamá», estaba también el saludo de mi padre; solo unas pocas palabras: «Pienso mucho en ti. Un abrazo muy fuerte, Papá». Bajé otros dos escalones, intenté leer aquellas pocas palabras, pero apenas tuve tiempo de vislumbrar «un abrazo muy fuerte» y, después todo me resultó muy confuso, porque los ojos se me humedecieron con lágrimas. Pensaba en aquel abrazo que no había conseguido darle la mañana de mi partida, cuando se acercó para despedirse de mí. Tenía la sensación de que, si hubiera podido volver atrás, habría tenido valor para echarle los brazos al cuello.

Desde la escalera llegó la música del piano y comprendí que era el profesor de pelo blanco, que tocaba en la gran aula vacía.

Aquella noche, en el comedor, el grupito de Tiberio estaba extrañamente silencioso. Se miraban entre sí, cambiando ojeadas que debían de significar acuerdos misteriosos. Nosotros ya estábamos excluidos de la empresa. En efecto, cuando el vecino de Bonacossa los miró fijamente y un poco más de la cuenta, uno de ellos le hizo señas para que se volviera hacia otro lado. El vecino dijo: «Quieren llevarse el premio ellos solos». «Pero ¿tú lo crees en serio?», se apresuró a intervenir Bonacossa. «¿Es que, según tú, no es verdad?», preguntó uno de nosotros. «Entonces, ¿qué es aquella luz?», insistió otro. Bonacossa esperó a acabarse el bocado, antes de responder: «Es alguien que se pasea con una linterna y se acabó». Pero había quien no se daba por vencido: «Pues yo creo que es un espía precisamente». Pero Bonacossa estaba tranquilo y mostraba una convicción inflexible: «Personalmente, creo que los mayores se dan aires para hacernos ver lo valientes que son».

Cuando en el dormitorio se apagaron las luces, se hizo al instante el silencio. Lo notó también la vigilante, que, antes de retirarse tras su cortina, echó un par de vistazos recelosos en derredor.

Nadie dormía: era una espera emocionante.

En la penumbra y por la parte de los grandes ventanales, vi la silueta oscura de un muchacho que avanzaba entre las camas. No era Tiberio, pero era uno de su grupito. Estaba a punto de llegar a la puerta que daba al pasillo, se oyó un tirón de la cortina, que estaba corriendo y en seguida la voz de la vigilante: «¿Adónde vas tú?». El muchacho se paró en seco y adoptó una posición natural: «Tengo que ir al servicio». «¿Y no podías decidirte antes?». El muchacho no respondió. «¡Muévete! Y vuelve en seguida a la cama». El muchacho salió y dejó la puerta entornada. En aquel momento advertí que bajo las camas estaban gateando otros chicos y entre ellos estaba Tiberio. Llegaron a la puerta y se escabulleron afuera, sin hacer el menor ruido: iban todos vestidos. Al cabo de unos segundos, volvió a entrar el que debía ir al servicio: él iba en pijama. Se acercó a la puerta y la cerró con la intención de que la vigilante la oyera y después, sin dejar de subrayar sus desplazamientos, volvió a la cama.

Miré a Bonacossa. En la oscuridad solo veía bien sus ojos. Le susurré: «¡Hay que ver! ¡Qué astutos han sido!». Otro levantaba la cabeza de la almohada para mirar en derredor y después la bajaba de nuevo. Volví a preguntar a Bonacossa: «Pero, si de verdad es un espía, ¿qué sucederá después?». «¡Lo fusilarán!», respondió Bonacossa. La respuesta me sonó como un escopetazo. El juego de la guerra, tan apasionante por hacerse junto a los mayores, se estaba transformando poco a poco. ¡Aquella luz que veíamos en el bosque como una gran luciérnaga nocturna podía querer decir que había alguien muriendo de verdad y otros disparando con fusiles auténticos y que del cielo caían bombas, rayos y centellas! ¡Qué lejanas quedaban ya aquellas tardes en las que íbamos vestidos de balilla y en las que aún no había comenzado el juego de la guerra verdadera!

Llegó el sordo zumbido de los aviones: era un ruido que conocíamos muy bien. Nadie se movió. Al cabo de poco, volvió el silencio.

La mañana siguiente, bajábamos por la larga escalinata que conducía de los dormitorios a los comedores. Yo no sabía qué le había sucedido al grupito de Tiberio, porque me había quedado dormido. Tampoco Bonacossa sabía nada: «Los he visto volver, pero no he entendido nada. Ahora bien, si están callados, quiere decir que tenía yo razón».

En el comedor, mientras paladeábamos nuestros tazones de leche, Tiberio y los suyos intercambiaban risas sarcásticas, complacidos con algo que nosotros no podíamos saber, lo que nos hacía sentir mayor curiosidad.

No tardamos demasiado en descubrir su secreto, se morían por contarlo. Fueron admitidos pocos a sus confidencias, pero después esos pocos lo contaron, a su vez, a todos. No se trataba de un espía, sino simplemente del… jardinero, el feo, que daba miedo a los niños. Subía de las cocinas por un atajo que pasaba por un trecho de bosque y después se metía por la puerta de la lavandería para irse, evidentemente, a dormir. ¿Eso era todo? No, en aquel momento Tiberio había descubierto, al parecer, algo extraordinario. En lugar de alejarse para volver, como los demás del grupito, había trepado por las rejas de la lavandería para mirar dentro, donde se vislumbraba una luz muy débil. ¿Y qué había visto? A la bergamasca, que esperaba al jardinero entre las bolsas de la ropa por lavar. Lo que Tiberio logró ver por los cristales opacos de polvo lo contó durante varios días y de mil formas distintas, hasta el punto de que al final todos sospechamos que todo aquello no era cierto y que lo decía solo porque quería darse importancia a toda costa.

Pero la picante historia de la bergamasca reavivó nuestros intereses amorosos. Se reanudaron las miradas hacia la señorita de la «R» y también los peinados cuidadosos y de moda. Algunos empezaron a peinarse como Tiberio: liso a los lados y con onda en el medio.

El peluquero, que aparecía de vez en cuando e improvisaba un salón en un claro de la lavandería, vendía frasquitos de Fixina, brillantina con fijador (una cola verduzca con olor a desinfectante) y enseñaba a hacer ondas con el peine.

Una tarde, Bonacossa estaba canturreando Ma l’amore no; Tiberio lo oyó y le preguntó: «¿Conoces toda la letra?». «Sí». «¿Me la escribes?». «Si quieres, te la dicto. Escríbela tú». Me gustó la respuesta de Bonacossa y comprendí que Tiberio no podía objetar gran cosa. En efecto, cogió una hoja y un lápiz del cajón y se preparó para escribir. Mientras Bonacossa dictaba, otros imitaron también a Tiberio y empezaron a copiar la letra de la canción. «¿Solo el estribillo o también las estrofas?», preguntó Bonacossa. «Toda, si la sabes». «Sí». «Pues entonces, ¡toda!». A medida que Bonacossa dictaba, los otros repetían las palabras silbándolas y se formó un coro escolar. Y el coro siguió durante toda la tarde y también el día siguiente, porque todos estaban aprendiendo de memoria, con la hojita en la mano, las estrofas de la canción. Alguien se había metido la hojita entre las páginas del libro de la escuela y así podía estudiarla también durante la clase. También yo quise aprender la letra de Ma l’amore no y, mientras la oía pasar por mi cabeza, me di cuenta de que, casi sin querer, miraba fija y continuamente la cara de una compañera. Ella lo notó, porque de vez en cuando la veía volver la cabeza hacia mí con miraditas. Entonces, una vez más, me imaginé que cantaba como Beniamino Gigli, pero comprendí que era solo una fantasía. Me habría bastado saber cantar como Aldo, el pintor, cuando de noche daba sus serenatas a la madre de Sarina. Así me acordé de Sarina. Al partir, había jurado que sería siempre su novio y que se lo diría a mi regreso, cuando volviéramos a vernos, pero, extrañamente, a saber por qué misterioso juego de visiones, la cara de Sarina desaparecía de continuo y, en su lugar, se superponía inexorablemente la de mi compañera de clase. «¡Carlucci!». «Presente». De su voz conocía solo «presente», pero incluso aquella única palabra sonaba dulcísima.

3

Mis compañeros ya habían aprendido la canción, por lo que oía continuamente fragmentos de ella.

Una mañana decidí de repente peinarme como Tiberio.

Noté que en clase Carlucci y su compañera de pupitre no cesaban de mirarme de reojo y después cuchicheaban entre sí.

Durante el recreo, la compañera se me acercó y dijo lisa y llanamente: «Carlucci me ha dicho que estabas mejor antes». Me quedé preocupado y, nada más acabar las clases, metí la cabeza bajo el grifo y volví a mi peinado habitual.

Una noche, mientras subía la escalinata de los dormitorios, alguien del final de la fila entonó la canción y todos se unieron al coro: Ma l’amore no, l’amore mio non può.

Las señoritas parecían melancólicas: seguro que pensaban en sus amores, en algún joven que ya habían conocido o en alguno al que aún estuvieran esperando.

Yo pensaba en Carlucci y me imaginaba que jugaba con ella a dama y caballero, pero, cuando aún no había acabado la canción, se oyó en el cielo el habitual zumbido de motores.

Algunos salieron de la fila para mirar hacia arriba y las señoritas se apresuraron a hacerlos volver a ella.

La noche estaba tan clara, gracias a la luna, que se podía ver hasta su último perfil el horizonte allende el lago; el espejo del agua relucía descaradamente.

De improviso, la apacible respiración de la noche quedó alterada por un estremecimiento. Después empezaron a oírse retumbos tenebrosos, lejanísimos, como traídos por una brisa ligera.

Los mayores quisieron quedarse delante de la entrada de los dormitorios. «¿Qué es? ¿Una tormenta?». «¡Qué tormenta ni qué niño muerto! ¿Es que no ves que no hay ni una nube? ¡Están bombardeando!». «¡Por allí está Milán!». «Es la primera vez que se oyen las bombas». «Entonces no estarán bombardeando Milán. ¡Será algún lugar más cercano!». «¡En la carretera a Milán hay una fábrica en la que construyen aviones! Tal vez estén bombardeando allí». «¡Venga, entrad!», ordenó la vigilante, pero los chicos se negaron: «¡Queremos quedarnos aquí hasta que se haya acabado!». «¿Para qué, si no podéis hacer nada para remediarlo?». «No importa». Estaban decididos. La vigilante se resignó: «Solo un minuto. En cuanto haya dejado en la cama a los más pequeños, ¡salgo a recogeros!».

El retumbar sordo iba atenuándose.

«Parece de verdad un temporal», susurró uno. Una brisa movió los matorrales floridos y el murmullo cubrió todo el ruido lejano.

Bonacossa, que estaba junto a mí, suspiró y después dijo con tono apagado, pero tan serio, que parecía un adulto:

«Aquí todo está igual que antes y acaso allí haya muerto alguien». Se hizo un breve silencio y después Tiberio masculló: «¡No seas aguafiestas!». Otro añadió: «¡Mi padre ha dicho que el refugio de nuestra casa es muy seguro!». «Y, además, no bombardean las casas. ¡Bombardean las fábricas, las estaciones!». «No seas cretino: ¿cómo van a saber de noche si es una fábrica u otra cosa?». «¡Porque tienen lo necesario para ver también de noche!». Estaba naciendo una discusión y sin darnos cuenta levantábamos el tono de voz.

A nuestra espalda, en el primer piso, se oyó abrir una ventana. En la oscuridad de dentro resaltaba una figura femenina, bañada por la claridad de la luna. Era la señorita de la «R». No llevaba, como de costumbre, el delantal del uniforme, sino una camiseta blanca que la volvía más esbelta. «¡Chsss…!», nos hizo callar con voz bajita, pero con tono más de complicidad que de reproche: «¿No os vais a dormir?». Naturalmente, respondió Tiberio: «No tenemos ganas». Ella rogó: «Hablad en voz baja». Y con estas palabras nos dio a entender que estaba inequívocamente de nuestra parte. Miró en derredor y también miró fijamente la luna por un instante. Después se volvió hacia nosotros y susurró en voz aún más baja: «Pero ¿qué estáis haciendo ahí?». A sus preguntas respondía solo Tiberio: «Pues pensando». «¿Y en qué pensáis?». «¡En la novia!», soltó él con desenvoltura. «¡Anda, anda!», dijo ella, divertida. Tiberio insistió: «¿Por qué? ¿Acaso no piensa usted en su novio?». «¿Quién te ha dicho que yo pienso en mi novio?». «Lo digo porque seguramente siente su ausencia». «Esos no son asuntos de niños». «Pero ¡yo no soy un niño precisamente!». «¿Ah, no? Entonces, ¿qué eres? ¿Un hombre?».

Parecía una provocación. Tiberio se quedó pensando un instante y después dijo: «Si quiero, soy capaz de subir hasta su ventana». También ella tuvo un instante de vacilación: «Ahora vendrá vuestra vigilante, ¡y os mandará a todos a mimir!». Lo dijo con una ostentación de superioridad que pareció otra provocación. Tiberio aceptó el desafío: «Pero ¿tendría usted el valor de dejarme abierta la ventana?». «O sea, ¿que, según tú, hace falta valor?». «¡Maldita sea!», dijo casi para sí Tiberio y, mientras se acercaba a la pared de la casa, ella volvió a sumirse en la oscuridad. Nos quedamos todos como en suspenso y mirando fijamente la ventana, pero no se cerró. Tiberio intentó escalar y, cuando ya estaba a punto de agarrarse al borde del alféizar, llegó un niño a decirnos de parte de nuestra vigilante que volviéramos en seguida al dormitorio. Nosotros nos pusimos en marcha, pero Tiberio permaneció allí agarrado.

4

La señorita me mandó a la dirección a recoger el correo de mi escuadra. En el aula vacía alguien estaba tocando el piano: debía de ser el profesor de pelo blanco.

Había una carta también para mí. Era siempre mi madre la que me escribía y aquella vez decía que vendrían a verme: tal vez dentro de un par de domingos.

El bosque estaba lleno de castañas, se encontraban en el suelo por doquier. Cada uno de nosotros se llevaba al dormitorio montones de ellas. Alguno pensó incluso en guardar una buena cantidad para dárselas a sus familiares cuando vinieran a vernos: seguro que en la ciudad tenían poco de comer y las castañas venían bien. También yo me puse a hacerlo: pensaba dar una sorpresa a mi familia, que llegaría dentro de poco. Una tarde, mientras todos mis compañeros jugaban en el campo, volví al dormitorio a coger la mochila y me fui al bosque. Después de haber dado algunas vueltas y haber comprobado las castañas caídas en el suelo para ver cuáles eran las más grandes, elegí un árbol. Después cogí un palo y trepé a las ramas más cargadas.

Cuando consideré que había recogido bastantes, bajé al suelo y me puse a romper los erizos con una piedra.

«¿Podemos ayudarte?», oí decir a una vocecita detrás de mí. Me volví y vi a la compañera de Carlucci.

«Así tardarás menos», añadió.

Pocos pasos más allá, estaba también ella: ¡Carlucci! Parecía indiferente, pero, en cuanto respondí: «¡Estupendo!», también ella se agachó y se puso a buscar los erizos más gruesos y a romperlos. Yo hacía que trabajaba como si tal cosa, pero estaba agitadísimo. De vez en cuando, una de ellas se acercaba a meterme en la mochila las castañas recogidas, pero, cuando se acercaba Carlucci, yo me sentía presa de la confusión. Una vez me dijo incluso: «¿Quieres llenarla entera?». Yo dije que sí con la cabeza sin abandonar lo que estaba haciendo y entonces ella se inclinó precisamente delante de mí a mirar mis manos, que trabajaban. En determinado momento, me di cuenta de que en aquella posición se le veían un poco las piernas por encima de la rodilla. Seguro que ella no se daba cuenta, pero yo no resistí demasiado, conque me levanté y fingí buscar otro árbol y ellas me siguieron. Miraba hacia las ramas, pero al mismo tiempo las miraba de reojo a ellas. Vi que se decían algo al oído y después Carlucci se detuvo. En cambio, su amiga se me acercó y, en cuanto me detuve a observar más atentamente un árbol, se apresuró a decirme: «Carlucci ha dicho que, si quieres, puedes darle un beso». Me quedé como paralizado. En cambio, ella, al ver que yo no me decidía, prosiguió sin la menor cohibición: «Pero tú, ¿eres capaz de besar?». Ya no podía escapar, sentía que debía responder algo y entonces, procurando mostrarme lo más natural posible, sentencié: «Claro que soy capaz, pero ahora nos verían». No había alma viva en derredor, aparte de nosotros, pero fue lo primero que se me ocurrió y, sin esperar respuesta, subí como un gato al árbol y no me detuve hasta que alcancé la rama más alta. Fingí hacer caer castañas incluso donde solo había hojas y no me moví de allí hasta que oí sonar la campana de regreso.

5

El domingo por la mañana, los que esperaban a sus parientes, se situaban en una terracita desde donde se podía dominar casi todo el recorrido desde la orilla del lago hasta la colonia. En cuanto un muchacho reconocía en las figuritas que subían a sus familiares, salía corriendo para ir a su encuentro. Así lo hice yo, nada más ver a los míos: me interné por la escalera y después por la larga calzada y, cuando levanté la vista, advertí que también mi papá me había visto y aceleraba el paso hacia mí. Cuando llegué cerca de él, me tendió las manos y por fin lo abracé. Me estrechó con fuerza, como había escrito en la carta y como también yo deseaba hacerlo desde aquella mañana en que se despidió de mí con un beso en el pelo para no despertarme.

SEIS

1

Las horas del domingo pasaron veloces y, al comienzo de la tarde, mi familia tuvo que volver a marcharse: el viaje duraba varias horas. Los acompañé durante un trecho y después nos despedimos. «Volverás para las vacaciones de Navidad. Irás a casa de la abuela. Allí no hay peligro». Nos abrazamos y papá insistió: «Ya falta poco. El tiempo pasa rápido, ya verás».

Mientras volvía a subir hacia la colonia, pasó un avión a baja altura; en la cola se distinguía perfectamente la tricolor. Dio una amplia vuelta y se alejó.

Subí al dormitorio para dejar lo que me habían traído: galletas hechas por mi madre, una lata de leche condensada que me mandaba mi tía (la conseguía con la cartilla, porque hacía poco que había tenido un niño), pero lo que más me gustó fue un par de calcetines de lana gruesa hechos a mano por la abuela. También Bonacossa dijo que eran bonitos. Yo le di a probar las galletas y después volví a colocar todo en mi mesilla. «¡Las castañas!». Había olvidado las castañas.

2

Volví al árbol en que me había quedado un buen rato la tarde en que Carlucci me había propuesto que le diera un beso. Me había dado cuenta de que era bonito permanecer allí arriba en silencio, inmóvil, observando acontecimientos, incluso los más nimios, que atrapaban mi atención y me hacían fantasear. Oía, lejanas y atenuadas por el bosque, las voces y los gritos de mis compañeros, que estaban jugando. ¿A quién me habría gustado tener al lado en aquel momento, en la cima de aquel árbol, que ya consideraba enteramente mío? ¿A Sarina o a Carlucci? ¿Y Gabriella? A saber dónde estaría Gabriella. ¡Qué enamorado había estado de ella! Por ella, en la competición con mis compañeros, ¡me había dejado caer del árbol más alto!

Miré abajo, bajo mis pies, y me di cuenta de que había subido en verdad muy arriba. Desde luego, ¡de allí nunca me habría dejado caer! Pero ¡qué cosa más ridícula!, pensé; aquella vez, eran tan grandes mi exaltación y mi felicidad por una simple sonrisa de Gabriella y, además, solo imaginada, que me había lanzado al vacío, desafiando lo imprevisible, y, en cambio, después, en el momento de conquistar un beso de verdad, había tenido miedo y había huido trepando hasta la rama más alta. ¿Cómo es que tenía miedo de algo tan deseado? Y, si hubiera vuelto a encontrarme en la misma situación, ¿habría tenido el valor y el comportamiento adecuado para afrontar la prueba? Intenté imaginármelo, pero justo entonces recordé las palabras de la compañera de Carlucci. ¿Qué querría decir cuando me había preguntado: «Pero tú, ¿sabes besar?»?

Debía consultar a Bonacossa. Por la noche, en el dormitorio, le di otras galletas para preparar la conversación, pero después no tuve valor: no encontraba las palabras adecuadas para hacer la pregunta. Con Bonacossa nunca había hablado de ciertas cosas.

La ocasión se me presentó una tarde, mientras hacíamos los deberes. Junto a mí estaba uno de los del grupito de Tiberio. Lo pensé bien, porque quería que pareciese lo más natural posible. En determinado momento, como si por casualidad me volviera a la cabeza un recuerdo lejano, le dije: «¿Sabes lo que me ocurrió el verano pasado, cuando estaba en el campo en casa de mi abuela?». No parecía demasiado interesado, pero yo insistí: «Pues una noche fuimos a comer sandía con dos chicas y en determinado momento, en el paseo, una de ellas preguntó a mi compañero: “¿Tú sabes cómo se hace para besar?”». En aquel momento, aquel mayor pareció sentir curiosidad por mi relato y preguntó: «Y él, ¿qué dijo?». «Pues, ¡que no sabía!». «Pues, ¡qué planchazo!». También yo puse una media sonrisa de compasión, pero entonces él me hizo una pregunta que yo no preveía: «¿Y por qué no se lo dijiste tú?». Encontré una respuesta: «No quería que se lo tomara a mal». La conversación parecía definitivamente concluida, pero yo la reanudé con expresión de complicidad: «Y tú, ¿cómo lo haces?». «¡Cómo que cómo lo hago! ¡Abro la boca!», respondió él, muy decidido. No sabía si había entendido bien o no. «Pero ¿cómo?», le pregunté con la intención de comprobar hasta dónde llegaba su competencia, y él cayó en la trampa. En efecto, respondió con mayor decisión: «Así, no, desde luego», y abrió exageradamente la boca aposta; después, tras cambiar completamente de expresión, dijo con tono más decidido: «Así». Y entreabrió los labios apenas y puso una cara como de estar a punto de adormecerse.

Desde aquel momento me pareció ser ya diferente, más seguro. Ya no era un niño: había aprendido algo que me había introducido en el mundo de los adultos, aunque, en realidad, no estaba del todo seguro de haber entendido bien lo que el otro quería decir.

3

El verano estaba acabándose y pronto volveríamos a la escuela. El bosque empezaba a mostrar manchas marrones entre el follaje, que iba perdiendo su esplendor Al atardecer, vimos volver al avión con la tricolor en la cola, el mismo que yo vi la tarde de la partida de mi familia. Bajaba cada vez más y nosotros, los chicos, lo saludábamos con gritos y gestos de los brazos. Dio dos vueltas amplias y después bajó a ras del agua. Entonces nos quedamos sin respiración: ¿estaría cayéndose? Al llegar al extremo del lago, se posó balanceándose sobre una gran explanada de prado inculto. ¿Por qué? Pero ¿qué había sucedido? Llegó un muchacho corriendo.

«¡Se ha acabado la guerra!», gritaba. «¡Se ha acabado la guerra! ¡Lo ha dicho la radio!».

Lo había oído en el cuarto de la directora, mientras recogía el correo. Las señoritas vigilantes le preguntaron, querían saber más. «Y vosotros, ¡estaos calladitos un poco!», nos gritaron. Y nosotros, todos a la vez: «¡Nos vamos a casa! ¡Nos vamos a casa!». Y al instante entonamos la canción de la partida.

Para el noticiario radiofónico de la noche, nos reunieron a todos en el patio de delante de la dirección. La directora había puesto el aparato de radio en el alféizar de la ventana. Escuchamos todos en silencio el comunicado oficial del armisticio y tampoco después habló nadie. Solo el cocinero Antonio murmuró: «Pero entonces, ¿se ha acabado o no?».

4

Para el nuevo año escolar, en otoño nos mandaron al pueblo vecino. En mi clase había tres compañeros de las colonias, mientras que los otros eran del lugar o evacuados. Además, había dos muchachos de Milán y una chica. Uno de los dos y también la chica debían de ser ricos, porque siempre iban muy bien vestidos. Tenían un hotelito junto al lago, ya desde la primera guerra. Entró el director: bajo el traje de paisano llevaba la camisa negra; tenía una forma de actuar militar, que contrastaba con su figura desgarbada, y, además, llevaba lentes gruesos de miope que no lograban ocultar un marcado estrabismo.

Un muchacho dijo en un tono seco, que casi me asustó: «Atención, ¡firmes!». Y toda la clase se puso en pie de un salto. El director nos dejó en aquella posición rígida y, un poco mirando de reojo unas hojas y un poco alargando de través la mirada hacia nosotros, nos contó uno por uno y nos inscribió en su registro. Después se dirigió hacia la salida, al tiempo que hacía un vago gesto de «descanso» con la mano. Estábamos sentándonos, cuando vimos al director, ya medio fuera de la puerta, volver atrás corriendo y dirigirse hacia el escritorio, como abalanzándose sobre la profesora de letras, que quedó paralizada de espanto, pero no estaba irritado con ella, sino con un cartelito que se encontraba a su espalda y que nadie había advertido, en el que estaba escrito lo siguiente: «Saludamos al rey de Italia y emperador de Etiopía».

«¡Traidor!».

Y lo arrancó con violencia arañando la pared.

5

A la salida de la escuela, esperábamos el tranvía que volvía a llevarnos a la colonia y, mientras lo hacíamos, íbamos al embarcadero a ver la llegada del barco. Bajaban muchos obreros con la tartera de la comida, como las de mi padre y mi tío. Una tarde, llegó a la plaza un automóvil y se apearon dos soldados y un civil. Se pusieron en la pasarela y pidieron a todos la documentación. A algunos les dejaban marchar en seguida, a otros los retenían y tomaban nota de sus nombres. Después soltaron también a esos. Uno de nosotros preguntó a Bonacossa: «¿Tú sabes nadar?». Al instante, otro dijo, antes incluso de que Bonacossa tuviera tiempo de responder: «¡No va a saber nadar él, que es de Génova!». El agua del puertecito estaba lisa y transparente y las pocas barcas que había en el muelle solo salían de su letargo al paso del barco, cuando la ola de la estela había recorrido, perfectamente dibujada sobre la inmovilidad del lago, el trecho que la separaba de la orilla.

Mandaron a su casa a Tiberio. Nunca se supo exactamente por qué. Nuestra vigilante dijo que ya había superado la edad: catorce años cumplidos hacía poco. Pero todo el mundo estaba convencido de que lo habían pescado en la alcoba de la señorita de la «R» y, de hecho, también ella hizo las maletas.

Desde la noche del bombardeo, cuando Tiberio intentó subir hasta la ventana de ella, cesó el juego colectivo de las miradas y las palabritas. En cambio, habíamos notado que muchas veces, al subir por la noche a los dormitorios, la señorita de la «R» abría su ventana y, tras lanzar una mirada, que parecía natural, al paisaje, se retiraba a la oscuridad de la habitación apagada y dejaba los postigos abiertos de par en par. Y, extrañamente, Tiberio nunca miraba hacia arriba.

Los chicos, sobre todo los del grupito, contaron toda clase de cosas. Seguro que muchas de ellas eran inventadas, pero, aun así, algo de cierto debía de haber.

6

Estábamos acabándonos el tazón de leche de la mañana, antes de ir a la escuela, cuando entró corriendo en el comedor el cocinero Antonio. Fue derecho hasta el profesor de pelo blanco, que estaba comiendo en una mesa con el personal de la secretaría. Antonio no tuvo siquiera tiempo de acabar, cuando el otro ya se había puesto de pie de un salto y juntos desaparecieron corriendo en las cocinas. Las vigilantes, como nosotros, no entendían qué sucedía. Después una secretaria se acercó a la ventana que daba a la placita exterior y entonces también nosotros miramos afuera. Allí estaba parada y mirando hacia nosotros, una camioneta con morro de guerra y una larga antena, que, por estar atada con un cordel, describía una amplia curva. A su lado, la habitual motocicleta con sidecar y dos soldados alemanes con casco. Se abrió la portezuela de la camioneta y se apeó un cabo. Nosotros mirábamos todo aquello desde detrás de los cristales. Apareció la directora y el cabo fue a su encuentro. Cuchichearon brevemente y después se pusieron en marcha y desaparecieron de nuestra vista. «¡Venga, venga, que vais a llegar tarde a la escuela!», dijo una vigilante, y nosotros obedecimos.

Los soldados alemanes plantaron una emisora de radio oculta entre los árboles. Una antena altísima, sujeta con cables de acero, llegaba a superar las cimas de los árboles. Junto a la camioneta habían montado una tienda de campaña con sus catres. A veces, íbamos a curiosear dentro de la camioneta por una puerta que estaba casi siempre entornada. Dentro había los complejos mecanismos de la emisora de radio y siempre uno de los soldados con los auriculares puestos. A veces nos miraban, decían algo entre sí que nosotros no entendíamos y después se reían alegres.

Entre nosotros corrían suposiciones de todas clases: «Buscan radios clandestinas». «¡Qué va, qué va! Escuchan a los ingleses cuando pasan con sus aviones, ¡para saber dónde van a bombardear!». «Pero ¡qué dices!». «¿Qué te apuestas?».

Después de la partida de Tiberio, se habló menos de chicas y más de partidos de fútbol. Queríamos formar un equipo y desafiar a todos los demás. Jugábamos con una pelota de goma no mayor que un círculo hecho con los dedos. Todos los días echábamos un partido, por lo que yo estaba descuidando un poco mis estudios: estaba preocupado por las notas de Navidad. Mi madre me las había recordado tantas veces…

Una vez, mientras estábamos jugando el habitual partido de la tarde, vimos aparecer desde el fondo del campo a un tipo extraño: un hombre con pantalones cortos, camiseta y botas militares, pero lo más extraño y para nosotros fascinante era que traía bajo el brazo un gran balón de cuero. ¡Un balón de verdad! Después de la desorientación inicial, lo reconocimos por sus inconfundibles gafas: montura negra y cristales azulados. ¡Era el cabo alemán! Quería jugar con nosotros un partido con balón. Con gestos nos daba a entender que él quería jugar con los peores, precisamente porque era mayor y más fuerte. Nosotros no cabíamos en nosotros ante la idea de jugar por fin con un balón como el de los futbolistas. Mientras se hacían los preparativos para el nuevo partido, cada uno de nosotros lo toqueteaba, lo probaba botándolo y alguno incluso lo olía. A una orden del cabo, comenzó el partido. Los primeros tiros eran torpes, porque no estábamos acostumbrados al balón. En cambio, el cabo, en cuanto tuvo oportunidad, exhibió un tiro potentísimo que mandó el balón entre los árboles, al final del campo. Un gran tiro, pero totalmente inútil.

Entretanto, llegó al campo también la directora. Evidentemente, alguien la había avisado. En seguida alguien señaló su presencia: «¡La directora! ¡Ha venido la directora!». Cuando el cabo advirtió su llegada, detuvo el juego, fue a su encuentro y, como la directora llevaba siempre un silbato al cuello, le dio a entender que debía hacer de árbitro. Ella, un poco confusa, tuvo que aceptar, porque él la llevaba hacia el centro del campo. Después le hizo una seña para que pitara y se reanudó el juego. Entre nosotros había un pequeñín que se llamaba Erba: jugaba de maravilla. Ágil como un gato, sabía sortear a todos, incluso al cabo, que siempre se veía sorprendido por la agilidad de aquel chavalín, pero una vez, sin querer, el cabo alargó con fuerza un pie, que acabó destalonando una sandalia de Erba. La reacción del chavalín fue inmediata y espontánea, como si fuera dirigida a un compañero normal de juego: «¡Pero bueno! ¡Vete a tomar por culo!». La directora se apresuró a pitar: «¡Fuera! ¡Descalificado! ¡Esa no es forma de comportarse!». Erba, que ya no podía volver a tragarse el improperio, se levantó y se fue con su sandalia desatada en la mano, pero en aquel momento intervino el cabo: «¡No, no! ¡Es normal!», iba repitiendo. «¡Es normal!». Y fue a buscar al chico para llevarlo de nuevo al campo: «¡Él, muy buen jugador! ¡Aún jugar! ¡Aún jugar!». Y hacía señas para continuar a la directora, que volvió, resignada, a pitar y se reanudó el juego.

7

Por una carta que me escribió mi hermano, me enteré de que también en nuestra casa habían caído bombas: una incendiaria había prendido fuego a la carpintería que había bajo nuestra casa. Por fortuna, ya habían trasladado en parte los muebles de casa a la de la abuela.

En Milán, de noche, ya no quedaba casi nadie. También mi padre tomaba todas las noches el tren de los obreros, como mi tío.

Llegué al final de la carta de un tirón. No sabía qué pensar. Intenté releerla, pero fue inútil. Intenté entender qué sentimiento experimentaba en aquel momento, pero me parecía —o, mejor dicho, estaba seguro— que no experimentaba sentimiento alguno y, sin embargo, cuando dejé mi casa, antes de partir, había sentido la necesidad de volverme para lanzarle una última mirada, como queriendo conservar tenazmente en la memoria imágenes que me resultaban queridas y de las que pensaba no separarme nunca más. No obstante, con el paso de los días, con los nuevos amigos y las nuevas experiencias, los contornos de aquellos recuerdos habían ido debilitándose poco a poco, sin que yo lo supiera, como los fondos borrosos de ciertas fotografías. En cambio, veía, en virtud de un extraño y singular juego de la memoria, imágenes que nada tenían que ver con lo que debería haber sentido y pensado en aquel momento. Veía a Carlucci, que me pedía un beso, los erizos de las castañas, la señorita de la «R», que abría de par en par su ventana y me zumbaba en los oídos el coro de mis compañeros que cantaban Ma l’amore no. Me avergonzaba pensar en esas cosas, pero cuanto más me esforzaba por no hacerlo más volvían aquellos pensamientos a asomarse como duendecillos.

Una noche, oímos disparos de fusil. Parecía venir de la parte del bosque. Al cabo de unos segundos, una descarga de ametralladora y después nada más. Detrás de la cortina de la señorita vi encenderse un instante una lucecita y todo permaneció en suspenso sin que sucediera nada.

8

Volvíamos de la escuela. Era una tarde gris de nieves otoñales. A la mitad de la subida que conducía a la colonia, uno de nosotros dijo, al tiempo que se volvía: «Mirad». Y también nosotros nos volvimos. A lo largo de la carretera que bordeaba el lago, estaba desfilando una larga columna de gente: algunos llevaban también carteles pegados a un asta, pero estaban demasiado lejos para poder leer lo que estaba escrito en ellos: «Pero ¿qué es? ¿Una procesión?», se preguntó uno de nosotros. También vimos soldados alemanes con fusiles apuntados y entonces comprendimos que era un asunto de guerra.

«Parecen prisioneros».

«Pero no son soldados. ¡También hay mujeres!».

En el comedor, mientas acabábamos la cena, la noticia pasó de boca en boca: los alemanes habían fusilado a más de cuarenta personas que habían apresado en un pueblo de montaña donde habían matado a unos compañeros suyos. «¿Los alemanes?», nos preguntábamos, asombrados. Nos parecía imposible que alguien como el cabo que jugaba al balón con nosotros pudiese fusilar a gente común. «Pero ¡no han sido nuestros alemanes, sino los otros!», dijo uno. Y otro: «Los nuestros parecen buenos».

Antes de Navidad, las chicas prepararon una representación: algo así como un cuento. Con el traje de la representación, una de ellas estaba bellísima, pero nunca llegué a saber quién era, porque no conseguí volver a ver su cara entre las de las muchachas de la colonia. Tampoco mis compañeros la reconocieron, porque durante la representación estaban todas caracterizadas y ella llevaba, además, una peluca rubia.

9

El sordo retumbar de los aviones era cada vez más frecuente en las noches de invierno. Ya nos habíamos acostumbrado a él, pero una vez se oyó con claridad el silbido de una bomba: duró pocos instantes y después llegó el fragor de la explosión. Siguió una agitación general. La señorita encendió la luz, pero en seguida la apagó. Salió de su alcoba y se marchó corriendo por el pasillo. También en los otros dormitorios había movimiento. Todos los chicos se habían levantado y atestaban los pasillos y las escaleras. «¿Qué hacemos?», preguntaban las vigilantes. Vino la secretaria a decir que la directora quería que se llevara a todos los muchachos al patio de la dirección: «Pero con orden, ¿eh?». Con los abrigos sobre los pijamas y arreglados de cualquier forma, llegamos a la dirección y desde allí nos llevaron a los subterráneos donde estaban la lavandería y las calderas. Recordamos los primeros bombardeos en la ciudad, cuando levantarse de noche parecía un juego apasionante.

Ya no se oía el retumbar de los aviones; se habían alejado. Todos se preguntaban cómo era que habían soltado aquella bomba: ¡una sola bomba! Nuestra colonia tenía, dibujadas en los tejados, las señales establecidas de zona protegida. Entonces alguien dijo que tal vez un avión, por no haber soltado todas las bombas sobre el blanco y para no volver con una sobrante, la había descargado sobre el lago. En cambio, otro se inclinaba a pensar que querían destruir la emisora de los alemanes.

Al cabo de poco, nos mandaron de nuevo a la cama. Al volver a pasar por el patio de la dirección, oímos a la directora que decía: «No podemos asumir de ningún modo responsabilidades de esa clase. Pero ¡cómo! ¿Es que nos hemos vuelto locos?».

La bomba había caído en el lago, en efecto. Cuando por la mañana pasamos por la orilla, mientras íbamos a la escuela, vimos la superficie del agua muy blanca, como si hubiese trocitos de papel flotando. Eran las panzas de los peces muertos. En clase, el profesor de Matemáticas escribió en la pizarra los ejercicios que debíamos copiar en el cuaderno como deberes para las vacaciones. Llegó hasta el final llenándola por entero de números, paréntesis y corchetes, ¡e incluso gráficos! Y ante cualquier complicación nosotros protestábamos alegremente. Con el profesor de Matemáticas, que era aún joven, se podía bromear, porque también él se reía con facilidad y, cuando hizo ademán de volverse hacia la pizarra con la intención de continuar, toda la clase dijo a coro: «¡Oh, nooo!». Pero en aquel momento hubo una sorpresa: la otra parte de la pizarra estaba ya totalmente ocupada. Alguien había dibujado aprisa y corriendo un pesebre y en la estela de la estrella se leía FELIZ NAVIDAD. Y había también otras pequeñas inscripciones: bajo el buey y la mula, una mano misteriosa había escrito el nombre de un par de compañeros. Naturalmente, hubo muchas risas y, desde luego, fueron demasiado ruidosas, porque al cabo de poco vino el bedel a decir que el director preguntaba qué sucedía. Volvió la calma. El profesor fue a sentarse detrás del escritorio. Guardó un extraño silencio y nosotros lo imitamos, porque comprendíamos que estaba ocurriendo algo importante y que tal vez le preocupara. En determinado momento, manteniendo casi siempre la vista hacia abajo, como quien tiene la sensación de estar hablando de algo muy serio, dijo:

«Gracias por la felicitación. Habéis elegido un modo simpático de darla y… aunque yo no soy creyente, debo reconocer que la idea del pesebre es una de las más bellas que han tenido los hombres. Por eso, ¡feliz Navidad a todos!».

10

Vino a recogerme mi hermano. Yo tenía las maletas preparadas desde hacía varios días. Partimos en seguida, antes de comer, porque la noche llegaba temprano y en la ciudad había toque de queda. Me despedí de Bonacossa diciendo que volveríamos a vernos después de las vacaciones; su familia no había llegado aún, porque vivía en Génova.

Mientras bajaba la escalera, yo pensaba en cuando volviese de las vacaciones y recorriera aquellos escalones en sentido inverso, pero en aquel momento los quince días que tenía por delante me parecían muchísimos y volvía a prometerme que haría todas las cosas que desde hacía un tiempo había ido rumiando.

Esperamos el barco más de media hora y me pareció que todo aquel tiempo me lo quitaban de las horas de estar en casa.

SIETE

1

Yo miraba por la ventanilla, pero ya casi no lograba distinguir el paisaje que pasaba corriendo ante mis ojos. Estaba oscureciendo y ninguna luz me ayudaba a comprender dónde estábamos. Quería reconocer, con algún punto de referencia, si estaba ya acercándome a mi ciudad y, en cambio, parecía que el tren cruzara una tierra completamente abandonada.

Pero después, a medida que las oscuras siluetas de las casas se volvían más altas, comprendí que estábamos a punto de llegar. «¿Estamos en Milán?», pregunté a mi hermano. En aquel momento me di cuenta de que se había dormido. Abrió los ojos e hizo con la cabeza una señita afirmativa.

Para coger el otro tren que nos llevaba a Treviglio, a casa de la abuela, debíamos atravesar un trecho de ciudad. Yo miraba en derredor intentado orientarme con la memoria. Mi hermano se dio cuenta, porque me dijo: «Está un poco diferente de cuando te marchaste, ¿eh?». Pocos automóviles, pocos tranvías. Transeúntes que caminaban presurosos, encerrados tras las solapas de los abrigos. Alguno de ellos iba de uniforme. Mi hermano añadió: «No nos conviene esperar el tranvía. Tardan mucho en pasar». Y continuamos a pie. Vi una casa totalmente destripada: quedaban solo las paredes maestras con los agujeros de las ventanas. Por el suelo, había montones de escombros. «¿Está la nuestra también así?», pregunté a mi hermano. «La nuestra está quemada, pero no derrumbada».

La estación estaba más animada; había luces, el quiosco de periódicos, el bar, las taquillas, algún farol en el vestíbulo; las salas de espera estaban atestadas de gente.

«Esos no se marchan», me explicó mi hermano. «Están ahí por el calor».

Tuvimos que esperar el tren un rato:

«Es el mismo que cogen papá y el tío».

Caminábamos para arriba y para abajo solo por no estar quietos.

«¿Tienes hambre?», me preguntó mi hermano.

«Solo tengo sed», respondí.

Fuimos a una fuente, pero no tenía agua. Entonces él dijo:

«Vamos al bar y tomamos una gaseosa».

«¿Y el dinero?», pregunté, mientras lo seguía.

«Mamá me ha dado un poco, por si lo necesitábamos».

También el bar estaba atestado. Ferroviarios, gente de paso, otros que iban —se veía— de viaje, porque tenían a sus pies maletas y paquetes. Bebimos la gaseosa entre los dos. Mientras me tomaba el último sorbo, aparecieron tres individuos que llevaban en el brazo una faja con una inscripción. Hubo cierta agitación entre los que esperaban. Los tres empezaron a revisar los equipajes haciendo abrir las maletas y los paquetes. Buscaban a los que hacían contrabando de comida. En una maleta encontraron dos botellas de aceite, el propietario no cesaba de hablar y contaba un montón de historias penosas. Una mujer muy pintada tenía un par de bolsas llenas de cajetillas de cigarrillos. Me recordaba un poco a la huéspeda, si bien esta debía de tener algunos años más. Estaba bastante cerca y oí que decía en voz baja al que debía de ser el jefe: «¿Puedo decirle una cosa a solas, allí?». El otro no respondió. Entonces ella se levantó y fue a la sala de espera del fondo y desapareció por una puerta. El hombre volvió a meter los cigarrillos en las bolsas y las dejó sobre la mesa. Después, tras hacer una seña a sus hombres para que continuaran, desapareció también detrás de la puerta por donde había salido la mujer. Uno de los camareros comentó a su compañero:

«Tú, ¿qué crees? ¿Va a convencerlo o no?».

«Una así siempre encuentra la forma adecuada de hacerlo».

Era hora de ir al tren y nos encaminamos hacia la marquesina. Estaban empezando a llegar los obreros. Yo buscaba entre las caras la fisonomía de mi padre, pero me parecían todos iguales; cuando por fin lo vi acercase, casi me costó reconocerlo. No nos abrazamos como en la colonia. Me echó el brazo a los hombros y se inclinó para rozarme el pelo. Dijo: «¿Estás contento de haber vuelto?».

El vagón estaba atestado de gente y nos quedamos de pie en la plataforma de entrada. El tren arrancó y volvimos a la oscuridad casi total de las noches de guerra. De vez en cuando alguien encendía una cerilla para fumar y entonces yo vislumbraba la cara de mi padre: me parecía transformado, más pensativo, más cansado. Durante todo el viaje, me tuvo junto a sí, con el brazo en torno al cuello.

Llegamos al pueblo. A la salida de la estación, entramos en el paseo arbolado en el que por la noche íbamos en bicicleta con las chicas. ¿Dónde estaría Desy? Yo había conservado la fotografía que iba a darle la noche de la despedida, con la esperanza de aquel beso que no obtuve. ¡Seguro que volvería a verla durante las vacaciones! Y, si por casualidad volvía a presentarse la oportunidad del beso, ¿cómo la besaría? ¿Cómo habría querido hacerlo aquella noche de la despedida frustrada o como me había explicado el amigo de Tiberio?

El patio estaba desierto. Se oyó el mugido de una vaca y, mientras subíamos la escalera, pregunté a mi tío por Eugenio: «Eugenio es un buen chico. Estudia y ayuda a su padre. Trabaja como un hombre». Yo volvía a recordarlo mientras ataba el caballo y ordeñaba las vacas y juntos regresábamos en los carros abarrotados de heno.

«¡Mirad quién está aquí!», dijo el tío, al entrar en casa el primero. Entré casi avergonzado. Vi en seguida a la abuela sentada junto a la chimenea: se volvió a mirarme contenta. Después vi la cara de mi madre, que me besó, y aquella vez no noté el olor a polvos de tocador. «Pero ¡cómo has cambiado!», dijo una tía. «Pareces más delgado. ¿Has cambiado de peinado?», dijo otro. Yo me dirigí hacia la abuela, que, entretanto, había dejado en el suelo una olla y me extendía los brazos. Me refugié en aquel abrazo, que me salvaba de la curiosidad de todos.

La mesa estaba llena de platos y ollas de sopa humeante y, tras los vapores, vislumbraba el rostro de todos: tías y primos, todos reunidos en casa de la abuela.

«No sé si te gustará aún la sopa de tocino. A lo mejor ya no estás acostumbrado».

«Todavía me gusta», respondí.

Me sentía bien en aquella casa, en la que nada había cambiado, y daba la sensación de que allí dentro todo duraría para siempre.

Tras acabar de comer, la tía Maria me mostró unos pantalones bombachos que estaba haciendo: «¡Son para ti! Ahora te los pruebas y así te los termino para Navidad». «Queríamos darte una sorpresa, pero ahora ya eres mayor», añadió otra tía. «¿O esperabas aún a los Reyes, como los más pequeños?». La pregunta me dejó un poco azorado.

La mañana de Navidad me puse los pantalones bombachos: hasta entonces solo había llevado pantalones cortos. Además, había un jersey hecho por mi madre y otra sorpresa: la chaqueta de vestir de mi hermano, que ya no le quedaba bien.

«Pero ¡qué suerte tienes!», dijo mi madre. «¡Está como nueva!».

Y en seguida intervino mi hermano:

«¡A mí no me dejaba ponérmela nunca!».

A la misa mayor fui con Arteme: tenía un sombrero nuevo, de hombre, y una bufanda tan amarilla, que no se podía por menos de mirarla, pero lo que lo hacía ser totalmente distinto de mí era que ya llevaba pantalones largos, como los mayores.

En medio de la multitud que atestaba la iglesia, yo intentaba reconocer, entre las abundantes humaredas de incienso, las caras ya conocidas y sobre todo la de Desy, pero no la vi.

Después de la misa, como siempre, fuimos a pasear arriba y abajo por Via Roma. Era la hora en que se podía encontrar a todas las muchachas, porque era el momento más esperado de la semana: cada cual podía mostrarse y al mismo tiempo ver a los que se mostraban. Arteme me iba diciendo los nombres de las chicas más majas, cuando estábamos a punto de cruzarnos con ellas. En cuanto se encontraban enfrente, él las saludaba y justo después me susurraba datos sobre ellas: «Anna ha sido la novia del que tiene la tienda de tejidos junto a la iglesia, pero ahora han cortado, ¡porque él la ha visto besarse con otro!». Al cabo de unos pocos pasos, otros saludos y otros comentarios: «Lina, la hija del comerciante de patatas. Se han hecho ricos, ¡y todos los domingos lleva un vestido distinto! Es bajita, ¡y siempre se busca novios más altos que ella!». Aún no habíamos hablado de Desy: yo esperaba que se decidiera Arteme y, en cambio, él o se había olvidado o lo fingía precisamente para no hablar de ello. Entonces, aparentando cierta indiferencia, le pregunté: «¿Y Desy?». Arteme respondió a boca jarro, como si ya hiciera rato que esperaba mi pregunta: «¡La han metido en un internado!». «¿En un internado?». Me quedé en verdad atónito. Arteme continuó, mientras con la mirada prestaba (o fingía prestar) atención al paseo: «La encontraron en la cama con uno de veinticinco años, un evacuado que vivía cerca de ella y estaba escondido para no ir a la guerra».

Seguía caminando, pero me sentía como aturdido: no lograba ordenar mis pensamientos ni las imágenes que de improviso comenzaron a enmarañárseme en la cabeza sin lógica alguna y con una fuerza superior a toda posible voluntad mía. Creo que también enrojecí y casi me parecía que las muchachas con las que íbamos cruzándonos advertían en mi cara la confusión de que era presa y que me dominaba sin escapatoria posible. Solo oía la voz de Arteme, que iba repitiendo sus saludos a las mismas chicas que reaparecían tras haber dado la vuelta.

Por la tarde, fuimos al cine, que estaba de bote en bote: todos a ver un peliculón de amor, en el que «ella» amaba a varios hombres. No podía dejar de pensar en Desy: me parecía imposible verla hacer cosas como las que hacían en la película. Yo la recordaba aún en la bicicleta haciendo aquel extraño ruido con cada pedalada. Tal vez si hubiera conseguido darle mi fotografía con la dedicatoria no le habría sucedido aquello. ¿Se habría acordado de mí?

Durante el descanso había cierto movimiento para intentar encontrar un sitio junto a las más guapas y después muchas miradas en derredor en busca de una cara a la que mirar fijamente con la esperanza de una mirada intercambiada sobre la que poder fantasear. Vi una cara bonita y pregunté a Arteme: «¿Quién es?». «¿Quién?». «Esa de la gran trenza». «Bambina», respondió Arteme. Creía no haber entendido. «¿Cómo que Bambina?». Y él contestó: «Se llama así: Bambina. ¡Ese es su nombre!».

Se apagaron las luces y comenzó el noticiero de la guerra, pero yo no miraba la pantalla, sino la cara de Bambina, que iba iluminándose con cada estallido de bomba, y, mientras las imágenes de la película mostraban la guerra, yo ya fantaseaba con otras imágenes de aquella cara que acababa de vislumbrar.

A la salida del cine, la perdí de vista: me habría gustado ver adónde iba, dónde vivía. «Si quieres, puedes verla todos los días. Trabaja en casa de la mujer de Emilio. Es aprendiz de sastra», dijo Arteme, cuando delante del cine ya no había quedado nadie.

La mujer de Emilio había vuelto a trabajar de sastra y ya casi no iba a la tienda, en la que su suegra seguía vendiendo fruta con la ayuda de un sobrino.

Todos los días, cuando había acabado su trabajo en el horno, Arteme iba a llevarle el pan: lo hacía solo para cambiar cuatro palabras con las chicas de la sastrería. Aquella vez lo acompañé. «¿Y Emilio?», pregunté, mientras subíamos la escalera. Arteme se detuvo a responderme, antes de entrar: «Ya hace un año que no ha escrito. Lo han dado por desaparecido». Entró y yo me quedé en el umbral. Arteme dejó la bolsita sobre el aparador, mientras la mujer de Emilio cortaba el sello de la cartilla del pan.

«Hacía tiempo que no se te veía», dijo ella, dirigiéndose a mí.

Yo no lograba encontrar una respuesta. Ella continuó:

«Cierra la puerta, ¡que se escapa todo el calor!».

Entré y cerré la puerta tras de mí, pero me quedé donde estaba.

Entretanto, Arteme ya se había puesto a hablar con las muchachas de la película que habíamos visto el día anterior. La mujer de Emilio reanudó su trabajo y preguntó a Arteme: «Pero “ella”, al final, ¿vuelve con su marido o se va con el otro? Llevan toda la mañana contándome la película, pero aún no he podido entender cómo acaba».

Las chicas se reían y hablaban todas a la vez: menos Bambina, que seguía trabajando, como si no participara. Yo no le veía la cara, porque me daba la espalda, pero la había reconocido al instante por su gran trenza.

Tampoco Arteme sabía dar explicaciones convincentes y las chicas lo contradecían continuamente. Entonces la mujer de Emilio se dirigió a mí: «Pero ¡hay que ver! ¡Van al cine y ni siquiera saben lo que ven!». Después me hizo una pregunta concreta: «Y tú, ¿qué entendiste?». En aquel momento, toda la atención estaba fija en mí. Se hizo el silencio. Yo esperaba que no me fallara la voz con la emoción. Dije:

«“Ella” finge con los dos. Cuando al final se encuentran en la estación, ella se deja ver aposta por el marido junto al otro, pero, entretanto, le dice a este que quiere volver con su marido. En cambio, después va a tirarse bajo el tren».

«Pero ¡no se vio que se tirara bajo el tren!», intervino bruscamente una de las chicas.

Y entonces yo expliqué que se entendía, porque al final, mientras «ella» corría a lo largo de las vías, se oía el pitido del tren, que estaba llegando.

«¡Tiene razón!», dijo la otra chica. «¡Es así exactamente!».

De las manos de Bambina cayó un carrete de hilo y ella, al agacharse para cogerlo, intentó mirarme de reojo sin que se notara.

Todos los demás días, fui con Arteme a llevar el pan a casa de la mujer de Emilio y también fuimos a charlar algunas tardes. Nos contábamos películas antiguas que nos habían gustado.

«¿Y te acuerdas de cuando “ella” se vuelve ciega y al final se casa con ese otro que, entretanto, se había hecho doctor y la cura?».

La mujer de Emilio dijo, dirigiéndose a mí: «¡Que la cuente él, que al menos sabe cómo acaban!».

Mientras la contaba, me di cuenta de que Bambina alzaba de vez en cuando la vista hacia mí e incluso, en los momentos decisivos de la historia, se quedaba largo rato mirándome sin el menor azoramiento y también yo la miraba con naturalidad. Cuando acabó el relato, las muchachas tenían los ojos enrojecidos de la emoción y también la mujer de Emilio, quien dijo:

«Estas son las películas que más me gustan».

No nos habíamos dado cuenta de que, entretanto, se había puesto a nevar. Una chica apartó el visillo y dijo:

«¡Qué bonito! ¡Qué pena que haya pasado la Navidad!».

Y otra:

«Fíjate cómo cae y ni siquiera hemos traído el paraguas».

Entonces la mujer de Emilio dijo:

«Os puedo prestar uno, pero el otro lo necesito».

Y en aquel momento se dirigió a mí:

«Si acaso, tú puedes acompañar a dos de ellas y así me traes después el paraguas».

También se ofreció Arteme, que fue a acompañar a las otras dos.

Las calles estaban ya totalmente blancas. En el suelo se veían las huellas de los pasos y las rayas de las bicicletas. Se oían los gritos de alegría de los niños que en seguida se habían puesto a jugar con la nieve.

Una de las dos chicas se detuvo en la entrada de un portal hasta el que llegaban mugidos desde el fondo del patio. Antes de dejarnos, dijo:

«Esperemos que nieve toda la noche, ¡así mañana habrá una buena cantidad!».

«¡Adiós!».

«¡Adiós!».

Continuamos solos, Bambina y yo. La calle estaba desierta, bordeada por un muro hecho con piedras. Íbamos en silencio escuchando nuestros pasos, que se apoyaban en la nieve: estaba tan blanda que al comprimirse bajo nuestros pies hacía como un ligero chirrido. Se oyó el pitido del tren y después ladraron unos perros, pero callaron casi al instante. No me sentía con valor para mirarla y miraba la calle delante de mí.

«Pero ¡cúbrete tú también!», dijo ella en determinado momento. «¿No ves que me has dejado todo el paraguas para mí?».

Mientras decía eso, posó la mano sobre la mía para desplazar un poco el paraguas también hacía mí y se quedó así, con la mano rozando apenas la mía. Podía parecer una cosa totalmente natural y, sin embargo, yo sentía que no lo era, que aquel gesto significaba algo más: una señal, una muestra de ternura que yo debía entender. ¡Ah, si hubiera yo tenido también el valor de Tiberio! ¡Él había comprendido al instante lo que significaba aquella ventana abierta! Y se había lanzado de cabeza, con una audacia de la que en aquel momento yo —lo notaba— carecía, desde luego. O tal vez necesitara otra señal, un gesto más explícito.

«Espera», dijo ella de improviso, «que me ha entrado nieve en un zapato», y se acercó a la pared y me arrastró tras sí. En aquel punto, la pared quedaba interrumpida por una puertecita cerrada y formaba como un vano más recogido. Se agachó, se quitó el zapato y lo sacudió contra la pared. Después, para volver a metérselo, se apoyó en mí, poniéndome una mano en el hombro. ¿Sería esa la señal? Yo lo deseaba, pero al mismo tiempo me daba miedo: sentía que la emoción era mayor que yo, más fuerte que cualquier voluntad. Ella no quitó la mano de mi hombro y nos quedamos así, unos instantes, embriagados en la espera. Advertí la tibieza de sus labios y fue como sumergirse en el espacio de una emoción nunca sentida.

Al regreso, eché a correr. Oía dentro de mí como un zumbido que después se fue transformando poco a poco en un coro de voces: eran mis compañeros, que cantaban Ma l’amore no, mientras subían la escalinata de los dormitorios. La señorita de la «R» estaba abriendo de par en par su ventana; yo subía al árbol, mientras Carlucci, Sarina y Gabriella me miraban, pero en la rama más alta estaba Bambina, que se me abandonaba con la mirada y los labios, y entonces empecé a cantar. Corría y cantaba, también cuando entré en el patio de la abuela y luego por la escalera hasta la puerta de casa.

Nada más entrar, me di cuenta de que había una atmósfera diferente de la habitual. Estaban preocupados por que aún no hubieran vuelto del trabajo ni mi padre ni mi tío. Los otros estaban comiendo sin ganas, continuamente interrumpidos por las conjeturas y la preocupación. Mi madre me dijo:

«Y tú, ¿dónde has estado hasta ahora?».

En aquel momento, volvió mi hermano.

«¿Qué? ¿Has sabido algo?», se apresuraron a preguntarle.

«¿Qué ha sucedido?».

Mi hermano logró responder:

«Tampoco los otros que trabajan en Milán han vuelto aún. Se ve que no funcionan los trenes. Dicen que hoy ha habido ametrallamientos, ¡y hay vagones incendiados en las vías!».

«¡Virgen Santa!», dijo mi madre.

Después de una pausa, mi abuela dijo:

«Vosotros, niños, acabaos la sopa, venga».

Estábamos comiendo en silencio, cuando oímos llamar a la puerta. Era la señora Fonda, la mujer del jefe de estación, que vivía en el piso de abajo. Dijo que habían llamado de Milán a su marido para avisarnos de que mi padre y mi tío se habían quedado en la ciudad, porque no iban a salir los trenes, y que ya se las arreglarían en algún sitio. Hubo un coro de agradecimientos y de alivio. Cuando la señora Fonda salió, mi abuela concluyó:

«¡Ya veis que el Señor no nos abandona!».

En la cama yo no lograba conciliar el sueño. Contemplaba las vetas de las vigas que tantas veces había mirado fijamente para intentar adivinar en los juegos de la madera figuras fantásticas, pero aquella noche era diferente: me sentía completamente transformado y me complacía mirando las cosas que habían permanecido inmutables en torno a mí. Seguía pensando, segundo a segundo y sin olvidar el menor detalle, en Bambina, en aquel acontecimiento extraordinario tan esperado y que por fin había vivido, y a cada paso de la memoria mi emoción se intensificaba.

Me despertaron en plena noche. Reconocí al instante el zumbido tenebroso de los aviones.

«¡Corre, levántate, que están disparando!».

Se sentían, secos y apremiantes, los tiros de la antiaérea. Después, ¡uno, dos, tres sordas explosiones!

«¡Están bombardeando! ¡Están bombardeando!», gritaron en el patio.

Escapaban todos corriendo tras recoger precipitadamente ropa y mantas.

«¡El campo es más seguro! ¡Vamos al campo!».

La gente cruzaba la calle corriendo y llamándose. Se buscaban y se volvían a perder con la confusión de la fuga. Nos internamos por una callecita arbolada y nos detuvimos donde había ya otra gente, junto a una capillita votiva.

«Pero ¡cómo!», se preguntaban todos. «¡Si aquí no hay nada que bombardear!».

«Han soltado solo algunas bombas sobre las baterías antiaéreas».

«¿Y adónde se habrán ido ahora?».

«Ya no se oye nada más».

En aquel preciso instante se vio enrojecer el horizonte y, un instante después, se oyó el tenebroso retumbar de explosiones lejanas.

«¡Están bombardeando Milán!».

«¡No es Milán! ¡Parece más cerca!».

«Parece más cerca porque es de noche y los fogonazos se ven mejor».

Vi a mi madre taparse la cara con las manos con un gesto de desesperación.

«¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Papá!».

La voz de una mujer dijo en voz muy alta:

«Recemos el rosario».

Y todos se pusieron a rezar.

2

Al día siguiente la nieve estaba totalmente deshecha, porque se había puesto a llover. Mi hermano estaba preparándose para ir a Milán: tenía que llevar comida a papá y al tío, que sin las cartillas no podían procurársela. Iba a ir a la estación en bicicleta y, si no había trenes, seguiría hasta Milán.

«¿Cuántos kilómetros son?», le pregunté.

«¡Más de treinta! Pero ya los he hecho otras veces, el verano pasado. Con la nieve será un poco más fatigoso».

Acompañé a mi hermano hasta el patio llevándole la bolsa con la comida. Lo vi partir y me quedé un poco en el portal mirándolo pedalear mientras se iba haciendo cada vez más pequeño, al final de la calle. Pensé: «No sé si tendría yo el valor para ir solo, en bicicleta, hasta Milán», y me parecía que mi hermano siempre había hecho cosas de persona mayor.

En lugar de estudiar, escuchaba el tictac del reloj. No faltaba mucho para la hora en que Arteme debía llevar el pan a la mujer de Emilio y yo iba a ir, como de costumbre, con él. Pero ¿cómo entraría? ¿Con indiferencia o con una expresión distinta? ¿Diría algo o me quedaría callado? Y ella, ¿cómo me miraría? ¿Se volvería, me sonreiría o permanecería quieta, como si tal cosa?

Oí a mi madre lanzar un suspiro. La miré: había dejado de coser y se sujetaba la cabeza con una mano, pensativa.

Entró una tía mía y se dirigió a mí con cierta agitación:

«¡Ven! En la serrería regalan virutas. ¡Coge un par de sacos y vamos corriendo!».

«Pero ¡cómo! ¿Precisamente ahora?», protesté.

Mientras la seguía por la escalera, le pregunté:

«¿Tardaremos mucho?».

«¡Lo que haga falta!», respondió sin volverse.

En la serrería había ya gente esperando. Abrieron la verja precisamente cuando estábamos llegando.

«¡Justo a tiempo!», dijo la tía y nos lanzamos al ataque. Asaltamos en masa una montaña de virutas y restos de madera. Mi tía recogía grandes puñados y yo mantenía abierto el saco.

«Apriétalo bien, ¡que así cabe más!», me recomendaba ella. Había una gran polvareda, que me hacía toser.

«¡Manténlo bien abierto!», me gritaba.

Volvimos con un saco a la espalda cada uno. Los depositamos en casa junto a la chimenea. Me apresuré a mirarme al espejo: estaba cubierto de polvo de serrín por todas partes, pero sobre todo en la cabeza y el cuello. Intenté limpiarme lo mejor posible, pero era un desastre.

Cuando me reuní con Arteme en la panadería, ya era demasiado tarde.

«Pero ¿dónde has estado?», me preguntó.

Se lo expliqué y me apresuré a preguntarle:

«¿Qué han dicho?».

«¡Nada! ¿Qué habían de decir? Lo de siempre».

Esperé un momento y después le hice otra pregunta:

«¿Volvemos?».

«Ya veremos».

Parecía haber perdido el entusiasmo. Y entonces insistí:

«Pero a ti, ¿cuál te gusta más?».

Y él contestó:

«Gustarme, gustarme de verdad, ninguna».

Probablemente su paseo bajo la nieve no había tenido el mismo resultado que el mío. Le hice una pregunta concreta:

«Pero anoche, ¿qué tal te fue?».

«Ya te lo he dicho», respondió, mientras seguía limpiando el mostrador. «No es que me interesen gran cosa».

Yo dudaba que fuera sincero.

Por la tarde, la lluvia aumentó. Mi madre, que estaba junto a la ventana, dijo de improviso:

«¡Aquí está! ¡Ya ha vuelto!».

También yo me acerqué a la ventana y detrás de los cristales mojados vi a mi hermano, que pedaleaba bajo la lluvia. Mi madre añadió:

«¡Con este tiempo!».

Y mi abuela añadió:

«Ponle algo a calentar. No debe de haber comido aún».

Cuando entró mi hermano, mi madre entendió al vuelo: algo había sucedido.

«Papá se ha sentido mal».

«Pero ¿qué ha sido? Di la verdad, ¿ha sido el bombardeo?», preguntaba mi madre y sentía que le faltaban las fuerzas.

«¡Qué va!», insistió mi hermano. «El bombardeo nada tiene que ver. Se ha sentido mal en el trabajo».

«Pero ahora, ¿dónde está?».

La pregunta exigía una respuesta precisa.

«En el hospital. Han dicho que era mejor llevarlo al hospital».

«¡Vámonos ahora mismo!», dijo con decisión mi madre y añadió: «¿Sabes si hay trenes?».

«Creo que sí», repitió mi hermano y se vio que estaba muy cansado.

Mi abuela se acercó a él:

«Cámbiate y ven junto al fuego, antes de tomar algo».

Mi madre se vistió aprisa y corriendo y preparó una bolsa con mudas para mi padre. Mi hermano dijo:

«Si quieres, puedes dormir en casa de la señora Seminari. Ha dicho que vayamos a su casa», y añadió: «Voy yo también a Milán».

«Pero estarás muerto de cansancio», replicó mi madre.

«No importa», respondió él y se preparó para volver a partir.

Yo miraba a mi hermano y una vez más pensé: «Es de verdad como una persona mayor». ¡Y yo me creía a saber qué porque había dado un beso a una muchacha!

Cuando se fueron, la abuela dijo:

«Nosotros no podemos hacer otra cosa que rezar», y se puso a decir las oraciones.

También yo quería rezar: con todo mi corazón, para que mi papá pudiera curarse, pero, como un desaire de mi cabeza, seguía asomándose el recuerdo de la cara de Bambina y de su beso y me sentía culpable de no lograr borrar aquel pensamiento.

OCHO

1

Después de la muerte de mi padre, nunca más volví a la colonia. Terminé el curso escolar en Milán, yendo y viniendo todos los días en el tren de los obreros. Iba a una escuela de curas. Por la noche, regresaba demasiado tarde, por lo que nunca pude volver a acompañar a Bambina. La vi un domingo en Via Roma, pero estaba ya en compañía de otros y apenas me saludó.

También mi madre viajaba conmigo, porque la empresa en la que trabajaba mi padre le dio un empleo para poder sacar adelante a la familia.

En cambio, mi hermano viajaba menos; cada vez se quedaba más a estudiar en casa de un amigo que vivía en los campos de la periferia. De vez en cuando mi madre se preocupaba:

«Pero ¿qué dirán los padres de tu compañero de tenerte siempre allí, en su casa?».

«¡Están contentos!», respondía mi hermano. «Porque así estudiamos mejor».

Y mi madre insistía:

«¿Y la comida?».

«No te preocupes. Viven en el campo y nunca les falta».

Y así se acababa la conversación, porque eran frases cambiadas en la estación, cuando el tren estaba a punto de salir.

Los trenes iban siempre atestados y era difícil encontrar un sitio. De vez en cuando alguien dejaba sentarse a mi madre y yo me quedaba en el pasillo o en la plataforma, donde había chicas a las que veía casi todas las noches. Incluso recorría todo el tren para arriba y para abajo, nada más montar en él, para ver dónde se encontraban. Una en particular me gustaba, aunque era mucho mayor que yo: debía de tener dieciocho años. Se había dado cuenta de que yo la miraba y una vez me esbozó una sonrisa incluso, pero en aquel preciso momento mi madre me llamó para decirme que había sitio junto a ella. Respondí que prefería quedarme junto a la ventanilla y hube de insistir para no ir a sentarme. Cuando me volví hacia la muchacha, vi que estaba riéndose con una amiga suya: ¿se reirían de mí? Montaron unos jóvenes que se quedaron en compañía de las muchachas. Uno de ellos llevaba uniforme militar, pero parecía aún un chaval. Él fue quien ofreció cigarrillos a todos y también la que me gustaba a mí se puso a fumar. Por la forma como escuchaba y se reía, comprendí que era la novia del de uniforme. Sentí celos. ¡Me habría gustado saber qué habría pasado si hubiera ido también yo de uniforme y hubiese tenido cigarrillos! ¡Lo habría desafiado a tirarse de la rama más alta! Pero eran aún pensamientos de niño.

Ya había oscurecido y en los pasillos no había luz. Ya no lograba vislumbrar siquiera sus siluetas, pero de repente alguien encendió una cerilla, ¡y vi que el de uniforme la besaba!

Un día, no hubo clase por la tarde, porque los curas tenían que celebrar una reunión, conque, nada más comer, nos dejaron libres. Disponía de tres horas hasta la salida del tren, de modo que pensé en volver a ver mi casa bombardeada: esperaba encontrarme con alguno de mis compañeros de cuando jugábamos en Via Cantoni.

Aunque era una buena caminata, fui a pie. De vez en cuando pedía a alguien que me indicara la dirección y después echaba a correr. Por todas partes había señales de las bombas: escombros y casas abandonadas. En determinado momento reconocí los lugares que me resultaban familiares. Volví a ver el hotelito de Gabriella: tenía la puerta desvencijada y los cristales rotos. Miré el balconcito y me acordé de Gabriella, cuando por Carnaval lanzaba serpentinas de colores y después las ataba a la barandilla de hierro forjado.

Desde el final de la calle avanzaba un carrito con pedales: lo conducía un muchacho con aspecto andrajoso. Cuando estuvo cerca, se detuvo a mirarme. Lo reconocí.

«¡Pedrini!».

«¡Hola!», dijo. «¿De dónde vienes? ¿Has vuelto a casa?».

«No, la bombardearon. Ahora vivo en casa de mi abuela. Solo he venido a ver».

Miró mis libros:

«¿Aún vas a la escuela?», me preguntó.

«Pues sí», respondí y, tras una vacilación, pregunté: «¿Y tú?».

«Yo voy a por un poco de carbón a la estación. Hay un sitio algo más adelante por el que se puede pasar. Han hecho un agujero en el murito».

Fui con Pedrini. Al cabo de unos pasos, dijo:

«¡Venga, monta!».

Quería que montara en la caja del carro.

«Pero ¡me voy a poner perdido!».

«Ponte un pañuelo debajo», insistió él, al tiempo que me tendía un pañuelo tan sucio, que daba asco.

«Entonces me pondré los libros debajo», y así lo hice: me senté sobre los libros y me sujeté en los largueros, mientras él comenzaba a pedalear con todas sus fuerzas.

Llegamos al agujero en el murito (el muro perimetral de la estación ferroviaria) y pude presenciar cómo conseguía Pedrini el carbón. Me explicaba cada paso que daba:

«Primero hay que ver si está la milicia», y, mientras decía eso, saltó como un gato, del carrito a la cima del murito y se puso a otear el horizonte.

«A esta hora suelen estar jugando a las cartas».

Volvió a bajar de un salto, cogió un saco, lo enrolló y me dijo:

«Tú, mientras, guárdame el carrito».

Y desapareció por el agujero. Me quedé como un idiota sin saber qué hacer. Por suerte, no pasaba nadie. Entonces fui a echar un vistazo por el agujero. Vi a Pedrini, que saltaba entre las vías y se acuclillaba tras unos vagones y después desapareció del todo, pero al instante volvió a aparecer encima de un vagón cargado de carbón. Trabajaba rápido, como un animal con su presa. No tardó en llenar medio saco, dejó libre la otra mitad para poder manejarlo mejor y lo deslizó hasta el suelo. Después saltó también él. Dejé de verlo, pero, poco después, apareció ahí justo delante del agujero. Dejó el medio saco en el carrito y cogió el otro vacío.

«¿Ves cómo se hace?».

«Pero ¿no tienes miedo? ¿Y si te cogen?».

«A los chicos no les hacen nada. Si me cogen, me hacen soltar el carbón y se acabó».

«¿Y te han cogido ya alguna vez?».

«No, nunca».

Subió de nuevo a la cima del muro para volver a estudiar la situación.

«A uno lo dispararon incluso una vez, pero ¡no lo atraparon!».

«Pero entonces, ¿hay peligro?», pregunté preocupado.

Él respondió: «El único peligro es el tercer raíl. ¿Sabes lo que es el tercer raíl?».

«No», respondí.

«El tercer raíl es por donde pasa la corriente. Ese, aunque solo lo roces, ¡te deja seco!».

Entretanto, había saltado y había partido en busca de otra carga y, como antes, me puse a seguir, ansioso, sus movimientos. De vez en cuando miraba también a la calle para ver si llegaba gente. En efecto, se acercaba alguien en bicicleta. ¡Maldita sea! ¡Parecía precisamente un ferroviario! Yo no sabía qué hacer: si marcharme o hacer como si nada. Si me preguntaba algo, le respondería: «Yo no sé nada, ¡no es asunto mío!».

En cambio, el ferroviario pasó, indiferente, y se limitó a echar un corto vistazo.

Volvió Pedrini con el segundo saco. Yo le informé en seguida.

«Ha pasado por aquí un ferroviario, pero ¡no ha dicho nada!».

«Los ferroviarios nunca dicen nada. Hacen como que no ven. ¡Los canallas son los milicianos!».

Volvimos a marcharnos corriendo. Aquella vez yo lo seguía a pie y tenía que ir medio corriendo. En cuanto se sintió seguro, aminoró las pedaladas. Resoplaba.

«¡Hoy es ya la tercera vez!».

«Pero bueno…».

«Algunos días lo hago cinco o seis veces».

«¿Y qué haces tú con todo ese carbón? ¡No necesitaréis tanto!».

«¡Lo vendo!», dijo, al tiempo que saltaba de la silla. «¡Mira!», y sacó del bolsillo el pañuelo sucio, que se pasó a la otra mano y después un manojo de billetes. «Con el carbón y el cobre que se encuentra entre los escombros, ¡se ganan buenos cuartos!».

«¿Y qué haces con ellos?».

«Voy al cine o compro lo que quiero. ¡También el carrito lo he comprado con mi dinero!».

Caminamos un poco en silencio y después me dijo:

«¿Y ahora qué vas a hacer?».

«Voy a coger el tren. Estoy evacuado en casa de mi abuela».

«Si vienes otra vez, te invito al cine».

2

Los bombardeos habían cesado casi totalmente. En cambio, cada vez era más frecuente que ametrallaran los trenes. Dos o tres aviones bajaban en picado de improviso y descargaban sus ráfagas mortales. Una mañana ocurrió en el que íbamos mi madre y yo. Era una mañana gélida y las ramas de los árboles estaban cargadas de escarcha. La gente se tiraba del tren, tropezaba y caía sobre el balasto. A lo largo del terraplén de la vía corría un foso lleno de agua. Era demasiado ancho para poder saltarlo. Algunos lo intentaban, pero caían dentro. Otros se resignaban y lo atravesaban mojándose hasta las rodillas. En determinado punto, había también una pasarela hecha con una viga cuadrada, pero los que intentaban pasar por encima de ella eran empujados por los que les seguían. A mí no me dio tiempo de cruzar: me había refugiado bajo el vagón, como habían hecho otros. Había neblina y no se podía ver el cielo y menos aún distinguir los aviones.

«No se oyen los motores. Tal vez se hayan alejado del todo», decían los que estaban a mi alrededor.

«Por suerte, no ha ocurrido nada».

«Habrán visto que es un tren de pasajeros».

La locomotora pitó dos veces. Los que se habían ido al campo volvían al tren medio empapados y alguno se reía y les hacía bromas:

«¡Eh, que no estamos en agosto para bañarse!».

«¡Vete a tomar por saco!», le respondían.

Yo no vi a mi madre; tampoco estaba en el vagón contiguo: volví a verla en la estación de Treviglio.

Por la noche, en casa de la abuela, mi madre dijo que entonces tal vez fuese mejor quedarse en la ciudad, porque era menos peligroso.

«Hay un cuarto libre en la casa contigua a la nuestra. Podríamos instalarnos allí con un par de somieres y una mesa».

«¿Y después?», preguntó la abuela, que no sabía qué decir.

«Después ya veremos», respondió mi madre. «Así él», dijo señalándome, «podrá dormir también un poco más por la mañana. Le sentará bien».

Hacia el final del invierno, hicimos la mudanza. Nos llevamos las cosas esenciales: los dos somieres, un catre, los colchones y las mantas, una mesa y cuatro sillas, una estufa de leña, una cesta con ollas, platos y cubiertos. Vino un pariente de la abuela con un carro tirado por un caballo. Nos ayudó también el tío, quien después colgó un par de estantes hechos con tablas y alambre.

«Si alguna noche se pone la cosa fea, puedo quedarme aquí yo también», dijo el tío.

Encendimos la estufa con las pelotas de papel que habíamos traído en el traslado.

«Habrá que conseguir leña», dijo mi madre.

«¡Yo puedo conseguir carbón!», salté espontáneamente.

«¿Dónde?», dijo el tío.

«Un compañero mío va a cogerlo en la estación y lo vende».

Llamaron a la puerta. Era la señora Seminan.

«Entonces, ¿ya están instalados?».

Respondió mi madre:

«Acabamos de encender la estufa».

«Mientras aquí se caldea un poco el ambiente, vengan a tomar un café: café del Duce, naturalmente».

«¿Por qué del Duce?», preguntó sonriendo el tío.

«Porque es solo negro. Por lo demás, ¡es una porquería!».

Estaba la radio encendida y transmitían canciones. La señora Seminari sirvió el café. «¿Quieres tú también un poco?». «No, gracias». «Si la tuviera, te daría un trozo de tarta. ¿O prefieres panettone? Pide lo que quieras; total, no tengo ni uno ni otro».

Intentaba bromear un poco, pero en seguida volvió a ponerse seria. «Me alegro de tenerlos aquí. Al menos nos haremos un poco de compañía. Paso siempre los días sola, escuchando la radio a ver si da alguna noticia. Llevo once meses sin recibir carta de Antonio. La última vez que escribió decía que lo habían destinado a un submarino». Fue a buscar la carta de su hijo. «Me pedía que estuviera tranquila, que los submarinos se meten bajo el agua y son seguros, pero entonces, ¿por qué no escribe?». Y, con gesto casi inconsciente, encendió la radio.

3

Una tarde, fui a buscar a Pedrini para ver si podía conseguir un poco de carbón. Fui al agujero del murito (el de la estación), adonde lo había acompañado aquella vez en que me enseñó cómo robaba el carbón. Habían cerrado el agujero con alambre de espino. Pasó una mujer que tiraba de un par de niños: llevaban dos bolsas llenas de hierba. La mujer me dijo:

«¡Ten cuidado, porque ahora disparan! Ya no es como antes. ¡Se han vuelto muy malos!», y se alejó. Los niños se volvieron a mirarme.

Me alejé en dirección a la calle en que vivía Pedrini: conocía su casa. En seguida reconocí su carrito, que estaba atado con una cadena a un poste de hierro. No había nadie. Oía martillazos, pero no veía de dónde procedían. Toqué el carrito y al instante una voz de mujer me dijo:

«¿Qué quieres?».

«Busco a Pedrini».

«Michele no está», se apresuró a responder la voz de la mujer, que, como los martillazos, no se sabía de dónde llegaba.

Insistí:

«Pero ¿cuándo volverá?».

«¡No sé cuándo volverá!».

Pasé por delante de la escuela elemental de Via Bodio: en los patios había algunos vehículos militares y soldados fuera de servicio que se ocupaban de la colada y la ropa tendida.

Llegué delante del cine del barrio, en el que echaban una película prohibida a menores de dieciocho años. Había carteles en los que se veía a una mujer que debía de estar desnuda, pero estaba tapada por alguien de espaldas que impedía ver las partes más íntimas. Sonó la sirena de la alarma. Los pocos transeúntes no daban muestras de preocupación. Unas voces comentaron:

«¡Vaya! ¿Ya vuelven a empezar?».

«¡Ya hacía bastante que no se oían!».

Abrieron las puertas del cine y empezó a salir la gente, pero no se marchaba. Se quedaban esperando a que acabara la alarma. En determinado momento, vi, en medio de los demás, a Pedrini: ¡iba vestido de soldado! Me acerqué a él, que me miró con una sonrisa natural, como si nos hubiéramos separado un minuto antes.

«¿Cómo es que vas vestido así?», le pregunté, casi intimidado.

«Soy de la Décima, ¿no lo ves?».

«¿Qué es la Décima?», pregunté.

«Décima MAS: batallones de asalto».

«Pero ¿eres un soldado de verdad?».

«¡Qué agudeza!», respondió divertido.

Al cabo de un instante, volví a preguntarle:

«Pero ¿te deja tu familia?». Se encogió de hombros como diciendo: «Los tiene sin cuidado». Yo sentía curiosidad por saberlo todo:

«Entonces, ¿también pueden mandarte a la guerra a disparar?».

«Podría ser», respondió con indiferencia.

Al cabo de un rato, le dije:

«Había venido a buscarte por el carbón».

«Ah, el carbón», y, por la expresión que puso, parecía que fuera un recuerdo lejano. Después me interrogó:

«¿Sabes cuánto gano ahora?».

«Pero ¿también te dan dinero?», pregunté, un poco asombrado.

«¿Ahora te enteras?», volvió a responder, divertido.

Los espectadores esperaban en el vestíbulo, aburridos. Algunos estaban fuera, apoyados en la pared, con expresión atónita. Miré el cartel de la película y recordé lo de «prohibido a los menores de dieciocho años». Y entonces le dije a Pedrini:

«Pero ¿te han dejado entrar, aunque está prohibido a los de tu edad?».

«¡Los militares pueden entrar en todas partes!». Y se acercó para confiarme algo reservado. «Si quisiera, podría entrar también en un burdel. ¿Por qué no vienes a ver la película? Se ve a una que se desnuda del todo».

«A mí sí que no me dejan entrar».

Me hizo desplazarme más allá de la entrada al cine hasta ver una parte lateral, donde se encontraban las salidas de emergencia, y me dijo en voz baja:

«Cuando yo vuelva a entrar, vendré, en cuanto se apaguen las luces, a abrirte la primera puerta del fondo, donde están los servicios».

Entramos en una lechería situada delante del cine y compró muchos caramelos y un paquete de galleras: artículos autárquicos, todos ellos, hechos a saber con qué. Una mujer que estaba comprando leche lo miraba con una expresión extraña, casi triste. Sonó el fin de la alarma y entonces también Pedrini interrumpió sus compras. Pagó corriendo.

Me dejó delante del cine, al tiempo que me guiñaba un ojo.

Fui a la puerta que me había indicado Pedrini, pero tenía miedo: miraba en derredor, porque temía que alguien estuviera observándome. En efecto, en la penumbra de un portal, había un señor de edad sentado a horcajadas en una silla: debía de ser el portero de aquella casa. Yo intentaba mostrarme indiferente, aunque no fuera del todo seguro que me estuviese mirando precisamente a mí. Oí ruido tras la puerta del cine y después la voz de Pedrini:

«Pero ¿dónde estás? ¡Corre, joder!».

Me acerqué a la rendija de la puerta, él sacó un brazo y me arrastró adentro.

En la oscuridad no veía absolutamente nada: me guiaba la mano de Pedrini. Noté que estábamos entrando en una fila de butacas, hasta que me hizo sentar. Entretanto, ya había empezado a mirar las figuras que se movían en la pantalla: llevaban trajes antiguos; Pedrini me pasó caramelos y me dijo en voz baja:

«¿Ves a esos que están besándose?», y me indicó parejas apartadas a los lados de la sala. «Se ponen en los extremos para no dejarse ver».

El reverbero de la pantalla iluminaba sus contornos y se podían intuir posiciones y movimientos. Me indicó otros:

«¡Mira a esos! ¿Qué crees tú que están haciendo?».

Yo vislumbraba cabezas, comprendía que estaban abrazados, pero lo que «estaban haciendo» solo podía intuirlo por las sugerencias de Pedrini.

En la pantalla ocurrió algo que atrajo mi atención, conque miré el desarrollo de la película.

Fin de la primera parte: se encendieron las luces, pocas lámparas, lo justo para vencer apenas la penumbra, y precisamente en aquella penumbra, mirando mejor a las parejas apartadas (que, entretanto, habían adoptado una actitud normal), me pareció reconocer una fisionomía conocida: era algo familiar. Entonces caí: ¡era la madre de Sarina! Solo que llevaba un peinado diferente y también los labios muy pintados. El que estaba con ella le encendió un cigarrillo y así, al volverse hacia la llama, ella me miró. Se quedó un instante mirándome fijamente y después siguió con su gesto y se volvió para el otro lado.

«A esa la conozco», dije en voz baja a Pedrini. «Es la madre de una compañera mía, que vivía en el piso de debajo del nuestro».

Pedrini la miró y después comentó:

«Esa es una que no para. Va con todos».

Mientras yo la miraba, ella se volvió de nuevo con un ligero movimiento de la cabeza para que no lo notara el que estaba sentado a su lado. Se apagaron las luces y se reanudó la película. Con las imágenes de la pantalla se confundían las visiones de los recuerdos: el baile en el patio en el que ella y Aldo estaban abrazados; el padre de Sarina paralizado en la barandilla, mientras caían las bombas; yo jugando a dama y caballero con Sarina, de la que estaba tan enamorado. Aldo cantaba y besaba a la madre de Sarina en la oscuridad del refugio y después, quién sabe, harían —como aquellos a los que estaba viendo en la pantalla— cosas prohibidas.

A la salida del cine, estaba empezando a oscurecer.

«¿Y ahora adónde vas?», pregunté a Pedrini.

«A la escuela en que se encuentra mi destacamento. Así me dan de comer y me llevo también un poco a casa».

Lo dejé delante de la verja, en la que había un centinela repubblicchino, Pedrini lo saludó y después, volviéndose hacia mí, dijo:

«Si vuelves mañana, te enseño otras cosas. ¡Muy distintas de las que hemos visto hoy en el cine!».

Y se marchó y desapareció en la oscuridad del patio.

El día siguiente, no fui a clase por la tarde para reunirme con Pedrini; del patio en el que jugábamos después de comer pasábamos a la iglesia y de allí a la calle.

Recorrí todo el trayecto corriendo. Jadeaba tanto, que sentía dolor en el estómago. Miré en el patio de la escuela de Via Bodio, donde no se veía a nadie. Fui a beber a la fuentecita y, mientras estaba inclinado con la boca abierta para recibir el agua del chorro, oía a Pedrini, que me llamaba.

«¡Ah, has venido!».

Me llevó a los bastiones de Porta Venezia, donde estaban las barracas de la feria.

Muchas estaban cerradas y se veían muy pocos clientes, pero noté al instante que, junto a una barraca de tiro al blanco, había un grupito de personas, la mayoría chavales, aunque también había adultos bastante mayores. Entre ellos destacaba un tipo extraño: era joven, iba bien peinado y llevaba un precioso abrigo azul y una gorra de repubblicchino. Era el único que disparaba; todos los demás estaban mirando.

«¿Quién es? ¿Un fenómeno?», pregunté a Pedrini.

Él, abriéndose paso por entre los curiosos, respondió:

«¿Conoces a Francesca?».

Llegamos al mostrador del tiro al blanco y comprendí que Francesca era la chica de la barraca. Tenía el pelo teñido de rubio: se veía que estaba teñido, porque el de debajo crecía más oscuro; las cejas estaban depiladas y retocadas con un lápiz rojizo, pero no tenía los labios pintados y, al observarla bien, se veía que era aún joven, tal vez una muchacha con una expresión (y también las marcas) de una mujer ya madura.

«Estate atento», me susurró Pedrini.

Yo miré al joven que disparaba y noté que tenía el brazo izquierdo rígido y la mano cubierta con un guante negro y, después de que Francesca hubiera cargado la carabina, vi que, para disparar, apoyaba el cañón en el antebrazo rígido, mientras la mano sobresalía inutilizada, como algo ajeno al gesto.

«Es un brazo de madera», dije a Pedrini.

El tiro acertó en el blanco.

«Pero ¿qué miras?», se apresuró a interrumpirme Pedrini y añadió en voz baja:

«¡Mira la falda de Francesca, cuando carga la carabina!». Y entonces, por primera vez, vi algo propio de los mayores. La chica, con el esfuerzo para cargar la carabina, se apoyaba con el vientre en el mostrador y al mismo tiempo la mano del joven se metía bajo su falda. Durante los pocos instantes que duraba la operación, la mano hurgaba y acariciaba las partes más secretas. Después, con toda naturalidad, reanudaba el juego del tiro al blanco.

«Podemos hacerlo todos. Basta con tener el dinero para disparar», me explicó Pedrini, quien, entretanto, intentaba ponerse más cerca de Francesca. Después, acercándose a mi oído, añadió:

«¡Y ni siquiera lleva bragas!».

Yo sentía latidos en las sienes y comprendí que era el corazón, que se me había acelerado. Me parecía que me ardían también las mejillas y ya me avergonzaba ante la idea de ruborizarme delante de Pedrini y, cuando dijo: «En cuanto haya acabado de disparar ese, lo hacemos nosotros», me di cuenta de que yo ya no entendía nada y ni siquiera sabía si estaría en condiciones de dominar mi emoción. Todo —todas las charlas con los amigos, las imágenes fantaseadas, la inmensa fuerza de una curiosidad acuciante— se esfumaba en el momento en que la realidad estaba poniéndome a prueba. Habría preferido volver atrás, desaparecer en el grupito de los curiosos y después huir. Vi a Francesca que, como un resorte, empezó a dar bofetadas, asomándose fuera del mostrador:

«¡Cretino! ¡Más que cretino! ¡Quietas las manos hasta que te toque! ¿Entiendes? ¡Habrase visto el listillo este!».

Pero ya se había calmado y continuó con su trabajo, mientras el joven repetía la caricia a la que tenía derecho.

Uno de los adultos dijo en voz alta:

«Prueba con la mano de madera», y todos se rieron groseramente.

Pedrini me dio un codazo:

«Dentro de poco, nos toca a nosotros», y se dirigió a la muchacha para que advirtiera su presencia: «Hola, Francesca».

La muchacha se volvió hacia Pedrini y le sonrió:

«Ah, hola. Ayer no te vi».

Mientras saludaba a Pedrini, le miré bien la cara (antes solo podía verla de perfil) y me pareció casi triste, pero sobre todo completamente ajena a lo que ocurría con su cuerpo por debajo del mostrador.

A nuestra espalda hubo cierto revuelo. El grupito de curiosos se disolvió y aparecieron dos soldados alemanes: uno era particularmente mayor. Acababan de apearse de un automóvil italiano de tipo militar. El mayor avanzó hacia la barraca, mientras el otro permanecía junto al coche. Francesca dijo a Pedrini:

«Vuelve dentro de un rato», mientras dejaba en el suelo la carabina y empezaba a cerrar la barraca.

Todos los demás se alejaron, pero se comprendía que se quedarían por los alrededores.

«Ven», me dijo Pedrini, «ahora vamos a divertirnos», y se dirigió hacia la verja del parque público.

El soldado alemán entró por la puertecita lateral de la barraca, que al instante se cerró.

«Ven siempre detrás de mí», dijo Pedrini, mientras se desplazaba de nuevo detrás de una caravana.

Con una maniobra de rodeo, Pedrini se había acercado al lado opuesto del tiro al blanco, donde había, oculta, otra barraca cerrada. Miró un instante en derredor, después pegó la cara a la pared de madera: miraba por una rendija y me hizo señas, sin apartarla, para que lo imitara. También yo observé bien en derredor por miedo a que alguien nos viera: vi a uno de los que estaban en el grupo de los curiosos, mientras se acercaba también él, pero desde otro lado. Entonces me armé de valor y miré entre las rendijas de la madera.

En el primer momento, no conseguía ver nada, porque dentro estaba casi a oscuras. Después empecé a ver el centelleo metálico del fusil que el soldado tenía aún a la espalda, pero, al bajar la mirada, me di cuenta de que tenía las piernas desnudas, con el pantalón en el suelo, caído sobre las botas. Me desplacé para ver a Francesca por la rendija de las tablas y vi —o, mejor dicho, vislumbré— que se había quitado la camiseta y estaba preparando un horrible catre de tipo militar en medio de la barraca.

De repente se oyeron gritos. Tuve apenas tiempo de ver al curioso de antes, que escapaba junto con otros. También nosotros nos alejamos corriendo y, tras volverme, vi en la plataforma de la caravana a un viejo que lanzaba zapatos de mujer rotos y otros objetos contra los que, como nosotros, se habían acercado a espiar a Francesca.

Corrí hasta tan lejos, que perdí de vista a Pedrini. Lo busqué durante un rato, cuando ya oscurecía, y luego me dirigí a casa solo.

Después de un buen trecho, me di cuenta de que se había hecho tarde y debía estar en casa, para encender la estufa, antes de que volviera mi madre del trabajo. Entonces vi llegar el «pata de palo» y me aposté en la parada. Ya estaba casi totalmente oscuro: montaron solo un par de personas, porque aún no era la hora de regreso del trabajo. No tenía dinero, por lo que dejé que el tranvía arrancara y después me monté detrás, como había visto hacer a otros compañeros míos. Siempre que se detenía el tranvía, me bajaba y, en cuanto volvía a arrancar, me apresuraba a volver a subirme. En determinado momento, al mirar dentro, vi una cara conocida: era un compañero de la colonia, uno que estaba en mi escuadra, el mismo que me había saludado en la estación el día de la partida. En cuanto llegamos a la parada, me asomé dentro (el tranvía no tenía puertas) y lo llamé: «¡Morlachi!». Lo vi volverse y mirar en derredor, porque no sabía de dónde lo llamaban. Después se levantó y vino hacia la plataforma posterior. Entretanto, el tranvía había vuelto a arrancar y de nuevo me había agarrado detrás, pero tenía la cabeza gacha y así Morlachi no podía verme. En cambio, yo lo observaba divertido, mientras él seguía mirando en derredor sin saber quién lo había llamado. Entonces di dos golpecitos en el cristal y Morlachi se volvió y me vio. Bajó la ventanilla:

«Hola. Pero ¿qué haces ahí?».

«Es que no tengo dinero».

«Pero ¿adónde vas?».

«A casa».

Y Morlachi continuó con la conversación como si tal cosa, olvidando completamente que él estaba dentro y yo colgado fuera.

«Después de las vacaciones de Navidad, no volviste a la colonia».

«Es que murió mi padre».

«¡Ah!», dijo él y prosiguió: «¿Sabías que ha muerto Bonacossa?».

«¿Bonacossa?», repetí casi maquinalmente, mientras no conseguía hacer sitio en la cabeza para aquel acontecimiento.

Morlachi prosiguió con tono indiferente:

«Se ahogó en el lago. Un día, quiso bañarse y se ahogó».

«Pero ¡si era de Génova! ¿No sabía nadar?».

Y recordé aquella vez en que hablamos de Génova y de natación, mientras mirábamos juntos desde el muelle la ola solitaria del barco en la superficie perfectamente lisa e inmóvil del lago.

4

Una mañana, mientras me dirigía por la calle habitual a la escuela, vi correr a la gente: iban a saludar el paso de un automóvil en el que un hombre iba montado fuera y agarrado a la ventanilla. Otra gente estaba parada delante del café. Me detuve y comprendí que estaban escuchando la radio. Uno dijo:

«¡Está hablando el Comité de Liberación!».

Y otro preguntó:

«¿Han ocupado también la radio?».

«¡Guardad silencio, que están dando la lista de los partidos!».

Mientras el locutor decía nombres que yo nunca había oído, la gente se precipitaba a la calle y cada cual hacía su comentario:

«Mussolini ha escapado». «Los alemanes están todos encerrados en los hoteles, ¡armados hasta los dientes!». «Pero esto ya es el fin». Después la radio emitió una música y recordé que ya la había oído. ¡Claro! Era la misma que tocaba el profesor de pelo blanco, aquel día en la colonia, cuando todos creíamos que había acabado la guerra.

«Es la Internacional», gritó uno.

El de la papelería, que, entretanto, había levantado el cierre, se había puesto a hacer escarapelas con una cinta tricolor y en seguida se puso a venderlas, porque todo el mundo quería una; no perdía la oportunidad de servir a sus intereses. En pocos minutos, se llenó la tienda y detrás del mostrador había ya tres personas cosiendo escarapelas.

Una voz gritó:

«Han apresado a todos los fascistas de la escuela. ¡Están en manos de los partisanos!».

«¿Ya han llegado los partisanos?», preguntó alguien.

«Esos son los del GAP de las fábricas».

En efecto, delante de la escuela elemental había hombres con mono y fusil y una faja de tela en el brazo. Había mucha gente junto a la puerta y junto a la verja, desde la cual se veía el patio.

Llegó un camión militar con otros vestidos con mono y de paisano y también ellos llevaban armas y fajas en los brazos. La gente dejó paso y el camión entró por la puerta de la verja al patio de la escuela.

«¡Se llevan a los fascistas! ¡Los llevan a San Vittore!».

«¡Deberían fusilarlos ahora mismo!».

La gente gritaba invectivas y también las mujeres pronunciaban palabrotas que yo nunca había oído. Uno que estaba junto a mí gritó en dialecto: «Taiègh i bal a chi purcuni!».

Entretanto, por una puertecita al final del atrio habían hecho salir a los repubblichini con las manos en alto. Los montaban en el camión apuntándolos con sus armas. Cuando vi al final de la fila uno más pequeño que todos los demás, me quedé de piedra. Miré mejor y reconocí a Pedrini. Tenía clavada la vista en él y me parecía imposible que pudiera encontrarse allí, en medio de aquel asunto de mayores. Vi que miraba en derredor y después alzó la vista hacia las ventanas de las aulas: me pareció que miraba precisamente las de nuestra clase.

De repente se oyó gritar la voz de una mujer:

«¡Michele!».

A nuestras espaldas hubo cierta agitación y, al volverme, vi a una mujer que se abría paso a la fuerza por entre la multitud sin dejar en ningún momento de gritar:

«¡Michele! ¡Michele!».

Cruzó la verja y el que estaba de guardia con el fusil no se atrevió a hacer siquiera un gesto.

La mujer llegó corriendo hasta el camión en el que estaban montando a los últimos prisioneros.

Al otro lado del patio, junto a un automóvil parado, un señor de pelo ya gris y aire muy distinguido estaba observando la escena, mientras un partisano le sujetaba la portezuela abierta, en espera de que subiese, pero él permaneció todo el tiempo allí parado mirando.

La mujer se había metido por entre los prisioneros y había arrancado de la fila al pequeño Pedrini y al instante, ante las miradas un poco asombradas de todos, se puso a desnudarlo: arrancó la gorra de la cabeza del chico y la tiró, le arrancó casi la chaqueta y el jersey negro y después los zapatos y, por último, los pantalones y cada gesto que hacía iba acompañado de las mismas palabras que quería gritar cada vez más fuerte, pero acababan muriendo en su garganta: «Quedaos con todo, todo, todo».

Al final, tras tirar a los pies de aquellos hombres armados la última pieza de vestimenta, gritó con todas sus fuerzas, mientras de un tirón arrastraba tras sí al chico:

«En cambio, ¡esto es mío!».

Uno de los partisanos se volvió hacia el señor distinguido, parado junto al automóvil, y vio que este hizo una señita con la mano, como diciendo: «¡Déjala!».

Pedrini pasó a pocos metros de mí y, al verlo así desnudo, en camiseta y calzoncillos, y descalzo, mientras correteaba detrás de su madre, quien se lo llevaba por entre la multitud que se abría a su paso, me pareció que había vuelto a ser el de antes.

5

Todas las ventanas estaban abiertas de par en par e iluminadas y también en las calles se habían colocado lamparitas provisionales que iluminaban un trecho de la acera, justo al lado del hotelito vacío de Gabriella.

Una radio transmitía a todo volumen música de baile y muchas parejas estaban ya bailando en medio de la calle.

La noche siguiente, pusieron también farolillos de papel y las banderas de los vencedores. Además, ataron a los palos de los faroles dos grandes bocinas de altavoces.

Empezaron a volver algunos de mis antiguos compañeros de Via Cantoni y juntos nos preparamos para aprender a bailar. Una noche, vino incluso una orquestina y la calle quedó atestada de gente. Se bailaba por todos lados, incluso en los rincones menos iluminados, y entonces yo, con la confusión, sentí deseos de probar. Mis amigos eran más valientes y ya estaban bailando. Vi a una chica alta y gruesa, que estaba aparte, tal vez porque nadie la invitaba. Fue ella la que me dijo:

«¿Quieres bailar?».

6

Se bailó durante todo el verano. Yo había aprendido muy bien y había llegado a ser uno de los mejores, hasta el punto de que las muchachas se dejaban invitar de buen grado por mí, por lo que podía elegir a las que más me gustaban, y, en cuanto me pegaba a la bailarina, comprendía en seguida lo que podía dar a entender aquel abrazo, es decir, si era un simple gesto de baile o algo más. Bastaba un paso suspendido o un leve roce de los cuerpos para captar señales cuyos significados había aprendido a entender. Tenía ya la sensación de que, al cabo de poco, una de aquellas noches, también a mí se me presentaría la oportunidad favorable para probar la emoción más esperada de la vida.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s