La edad del idiota: 19. Las más horribles del mundo

Diego M. Rotondo

 

 

19

LAS MÁS HORRIBLES DEL MUNDO

Pedro quiere que festejemos mis 14 años yendo a un puterío. Dice que él ya fue una vez, pero a mirar nada más.

—Sólo fui a investigar, a ver de qué iba el asunto… —explica con tono pericial.

—¿Pero no cogiste?… ¿ni siquiera una chupada, un beso, nada? —le preguntamos.

—¿Un beso?… —responde asqueado—. ¿Cómo voy a darle un beso a una puta?… Se lo pasan todo el día chupando pitos. Imaginate los bichos que tendrán en la boca.

—¡Deberían haber forros para la lengua! —exclamo y nos reímos a carcajadas; aunque mi chiste fue bastante estúpido.

—Esto es muy simple, muchachos —dice Pedro frotándose las manos—. Llevamos plata y elegimos a la tipa que más nos guste. Están todas sentadas alrededor de una barra y te miran con amor. Les adelanto que la mercadería no es gran cosa, pero el servicio es barato, nosotros podemos pagarlo. Una vez que elegís a una, te lleva de la mano a una habitación, se abre de gambas y dice: «¡Dale nene, metela que el tiempo corre!»; y listo, en dos patadas ya no sos más virgen…

Pedro sabía demasiado para no haber hecho nada.

—¿Y cómo sabés exactamente dónde meterla? —pregunta Chino.

—¿Pero sos boludo? ¿No viste las conchas de las revistas? ¡Se la metes ahí, en el agujero!

—Pero las mujeres tienen dos agujeros —le retruca Chino—. ¿Que pasa si se la metés en el agujero equivocado?

Pedro resopla fastidiado.

—Se supone que ella te ayuda y te guía; para eso le pagás, ¿no?… Y de última, si te da miedo errarle al agujero, le decís que se dé vuelta y se la metés en el culo. Ahí no hay forma de equivocarse; aunque dicen que cuesta más, sobre todo si la tenés grande. Pero vos no tendrías problemas con eso, Chino… —dice Pedro levantando el dedo meñique.

—¡Seguro que vos tampoco! —exclama Chino y los tres empezamos a reírnos como locos.

Mamá cruza la puerta del living con una bandeja llena de sándwiches de miga.

—¿De qué hablan ustedes? —pregunta con tono suspicaz.

Pedro la mira ruborizado, agarra un sándwich y se lo mete entero en la boca.

—De motores, doña. —le responde con la boca desbordante de comida—. Chino nos está contando de las clases de mecánica del colegio, que son muy interesantes.

—Hablaban de putas, yo los escuché… —replica mi madre—. Pero no se preocupen, ya me voy y los dejo charlar tranquilos. Eso sí, y sobre todo te digo a vos, Pedrito: no obligues a mi nene a hacer algo que no quiere…

—¡¡Tomatelás, ma!! —le ordeno avergonzado.

Chino y Pedro tapan sus risotadas con comida.

—¿No va a venir nadie más? —pregunta Chino— ¿Joaquín?…

—Nunca se acuerda de mi cumpleaños. Estoy cansado de avisarle. Que se joda.

—Igual, el falopero se cagaría de aburrimiento… sin cerveza, ni cigarrillos, ni porro. —agrega Pedro.

—No tengo cerveza pero hay whisky de mi viejo.

—Traelo y le echamos a la Coca —propone Pedro.

Me levanto y voy hasta la vitrina espejada donde están los licores. Cuando mi padre se fue de casa dejó un montón de cosas: ropa, perfumes, libros, whisky, etc. A mí me entusiasmaba ver sus pertenencias en la casa, pensaba que las había dejado porque tenía planeado volver alguna vez. Pero no, las dejó para no amontonarlas en el departamento de su amante. Cada tanto, si necesita algún blazer, corbata o perfume, le avisa a mamá y viene a buscarlo. Llevan 4 años separados y parece que fueran 10. Por aquellos tiempos, cuando vivían juntos, mi casa era un campo de batalla, discutían todo el tiempo, se tiraban cosas por la cabeza y a veces se pegaban. De repente un día la guerra cesó, papá se rajó y la casa se llenó de silencio. Debe ser por eso, por el silencio, que el tiempo parece ir más despacio. Cuando vivíamos los tres juntos los días volaban, y ahora, que quedamos mamá y yo, las horas duran el doble.

Saco una botella de Whisky y se la alcanzo a Pedro, que se apura a echar generosos chorros en cada vasito de Coca.

—Ahora sí va a ser divertida esta fiesta —dice. Los tres brindamos.

—¡Puaj! —farfulla Chino con los ojos llorosos— ¡Le pusiste mucho whisky!

Pedro se ríe y se traga todo el contenido del vaso. Luego eructa estruendosamente.

—Como no te trajimos regalo —dice—, le dije a Chino que cuando vayamos al burdel vamos a pagarte la puta entre los dos… ¿Qué mejor regalo de cumpleaños que hacerte perder la virginidad?

—La verdad no estoy seguro de que quiera ir…

—¡Dale maricón! ¡Si querés pasamos los tres con la misma mina! Y si alguno no encuentra el agujero, el otro lo ayuda. —dice mirando a Chino con gesto socarrón.

—No sé… tengo que pensarlo.

—Bueno, no lo pensés mucho tiempo, ya es el momento de ponerla. Vas a ver lo tranquilo que vas a sentirte después.

—¿Y cómo sabés eso si vos dijiste que no lo hiciste? —le pregunta Chino entornando los ojos.

—Me lo dijo mi hermano: «cuanto antes la pongas mejor… si le das muchas vueltas al asunto acabás volviéndote marica…

Le doy un sorbo al vaso de Coca y siento las burbujas arder en mi garganta. Tocan el timbre

—¡Ahí está! —exclama Chino emocionado—. ¡Se acordó, viste!

No sé por qué le alegra tanto que venga Joaquín, si el otro lo ignora. Chino es el tipo de pibe al que Joaquín suele repudiar: estudioso, educado y miedoso; todo lo contrario a lo que es él.

Bajo y me encuentro a papá, que detrás del vidrio de la puerta me muestra una bolsa azul que dice Reebok.

—¡Feliz cumple, pibe! —me dice y me da la bolsa—. Espero que te gusten.

Le echo un vistazo a las zapatillas y se me revuelve el estómago. Debe ser el whisky.

—Están buenas… gracias… —le digo.

—¡No parecés muy emocionado, ché! —dice papá.

—No… bueno, si, me gustan mucho… —intento mostrarme contento con el regalo, pero no me sale.

—Vos probalas, cualquier cosa las cambiamos. —dice y me da un beso en la frente.

—¿No vas a subir?

—No… para qué… si vos estás con tus amigos. Además yo tengo que ir a…

—Al hipódromo…

—Bueno, sí —contesta algo abochornado—; pero no lo andes contando a tus amigos, que la gente después piensa mal, viste.

—Sí…

Papá se va trotando hacia su auto. Yo me quedo mirándolo, se sube rápidamente, arranca y espero a que me salude con la mano; pero no, sale disparado por la avenida sin quitar sus ojos del parabrisas; gira en la esquina haciendo crujir los neumáticos y desaparece. Tal vez, con suerte, lo vuelva a ver en dos, tres, o cuatro semanas.

Subo las escaleras. Pedro está estrangulando a Chino en el piso del living. Ya les pegó el whisky parece.

—Era mi viejo… me trajo esto. —les digo con desgano y les arrojo la bolsa.

—Guau, ¡Reebok! —exclama Chino atajando mi regalo.

Sacamos las zapatillas de la caja y las colocamos en el centro de la mesa ratona. Durante un buen rato Pedro y Chino jadean y miran mi regalo desconcertados. Yo cruzo los brazos y medito sobre ese buen gusto que dice tener mi papá. Pedro agarra una de las zapatillas con aprensión, como si fuese un objeto peligroso.

—Digamos que no son muy lindas… —opina.

Chino agarra la otra para examinarla, la observa desde diferentes ángulos, estudia su simetría, sus colores, su suela, y por último se la lleva a la nariz.

—Por lo menos huelen rico —dice—. El olor a zapatilla nueva es mi favorito.

—Son las zapatillas más horribles que se han fabricado en la historia —les digo—. Las voy a cambiar mañana mismo.

—Parecen de Boca —advierte Pedro—. Todas azules con estas líneas amarillas… Y las suelas tan anchas, como de astronauta.

—Un astronauta con los colores de Boca… ¡eso sí sería genial! —exclama Chino.

—No creo que los astronautas tengan tan mal gusto para el fútbol… —dice Pedro con intenciones de provocar a Chino.

—Sí claro, tampoco me imagino botas de astronauta con los horrendos colores de River. —contraataca él.

Empezamos a reírnos a carcajadas y a tirarnos las zapatillas por la cabeza. Ni siquiera intento probármelas. Me daría vergüenza que alguien me viera con eso en los pies.

Pedro vuelve a echarle otro chorrito de whisky a los vasos.

—Tengo una idea… —dice y eructa nuevamente—. En vez de cambiar las zapatillas, dámelas y se las vendo a unos villeros que conozco.

—¡Otra vez los villeros! —rezonga Chino.

—No me refiero a los amigos de Joaquín —responde—. Yo conozco a unos que se juntan a la vuelta de casa. Son bastante macanudos y siempre andan con la camiseta de Boca, no se la sacan ni para dormir. Se babearían con estas zapatillas.

—¿Y de dónde van a sacar la plata para pagarlas? —pregunto.

—Te aseguro que tienen más guita que nosotros tres juntos.

—Tené cuidado que no te las afanen mientras intentás negociar con ellos… —le dice Chino con tono sarcástico.

—Olvidate… me los cruzo todos los días. No roban a la gente del barrio. A diferencia de los amigos de Joaquín, ellos tienen códigos…

—No sé… creo que las voy a cambiar y listo. —le digo.

Pedro baraja una zapatilla en sus manos.

—¡Encima son made in usa! Le debieron costar una fortuna a tu viejo. La mayoría de las que venden por acá son coreanas. ¡Pero estas son posta posta!…

—Sean de donde sean son asquerosas. Hay que cambiarlas.

Pedro se apoya en el respaldo del sillón con las zapatillas en su regazo y mira a Chino.

—Si vos tuvieses la plata que valen estas zapatillas, ¿qué te comprarías?

Chino agarra su octavo sándwich de miga y piensa unos instantes.

—Una commodore 128. —responde con seguridad.

—No valen tanto… —le indico.

—Es cierto —agrega Pedro—. Pero si la computadora es usada…

—¿Y dónde vas a comprar una computadora así, usada? Llegaron a Argentina hace unos meses nomás.

Pedro esta tejiendo sus redes de araña venenosa. Lo conozco demasiado, pero no puedo evitar dejarme atrapar.

—Los negros que conozco tienen un arsenal de cosas afanadas. Más que nada estéreos de autos que roban los fines de semana. Pero también tienen televisores, minicomponentes, videojuegos, computadoras… de todo.

—¿Y te parece que puedan llegar a tener una commodore 128?

—Si no la tienen la consiguen… Pero claro, sólo a cambio de plata o de algo que les guste mucho… como estas zapatillas de Boca.

—¡Pero son espantosas, boludo!

—A ellos les van a encantar, te lo aseguro. Cuanto más estrafalarias son más les gustan…

Vuelve a sonar el timbre, esta vez repetidas veces, alguien lo toca con desesperación. Mamá putea desde la cocina y me dice que abra de una vez. Bajamos los tres.

Pegando sus narices al vidrio de mi puerta hay tres chicas desconocidas.

—¿Y éstas, quiénes son? —pregunta Pedro emocionado—. ¡Están re fuertes, boludo!

—¡Feliz cumpleeeee! —gritan a coro.

Abro la puerta y las saludamos.

—¿Quiénes son ustedes? —les pregunto con una risita tímida.

Una de ellas, que es pelirroja y va muy maquillada, mira hacia el costado izquierdo y grita:

—¡Apúrense ché! ¡Ya bajó su amigo el cumpleañero!

—Salimos los tres a la calle y nos mezclamos con ellas; en la esquina distinguimos a Valeria y a Joaquín besándose contra un árbol.

Pedro se me acerca y me susurra al oído:

—Mejor subo y escondo las zapatillas. No vaya a ser que las vea Joaquín y…

—Sí, escondelas… —lo interrumpo—. Y después llevaselas a los villeros y preguntales si te las cambian por un revólver.

—¿Un revólver?…

—¡Sí, un revólver! —le contesto al mismo tiempo que alzo la mano para saludar a los punks tortolitos que se acercan abrazados.

 

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