El honor perdido de Katharina Blum (II)

Heinrich Böll

 

 

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Cuando se comentaron otra vez las declaraciones firmadas, tras examinarlas en busca de posibles lagunas, el doctor Korten planteó la pregunta de si merecía la pena intentar localizar al jeque llamado Karl y aclarar el oscuro papel que desempeñaba en el asunto. Se mostró muy extrañado de que todavía no se hubiera iniciado ninguna pesquisa en tal sentido. Al fin y al cabo, Karl había aparecido en el café Polkt al mismo tiempo o quizás en compañía de Götten, y había logrado una invitación a la fiesta. Su papel le parecía a Korten poco claro si no sospechoso.

Al oír esto, los presentes se echaron a reír. Incluso la funcionaria Pletzer, siempre tan reservada, se permitió una sonrisa. La secretaria, señora Anna Lockster, dejó escapar una carcajada tan vulgar, que recibió una reprimenda de Beizmenne. Y como Korten aún no entendía, finalmente le instruyó su colega Hach. ¿No se había dado cuenta Korten de que el comisario Beizmenne, de manera intencionada, no había hecho referencia al jeque? Era evidente que se trataba de «uno de los nuestros», y las conversaciones solitarias en el lavabo no eran más que informaciones —aunque suministradas con torpeza— a sus colegas a través de un walkie-talkie para que persiguieran a Götten y a la Blum, de cuya dirección se enteraron mientras tanto.

—Y seguramente también está claro para usted, estimado colega, que en esta época de carnaval el disfraz de jeque es el mejor, pues, por motivos evidentes, esta temporada se lo prefiere al disfraz de vaquero.

—Naturalmente —añadió Beizmenne—, para nosotros estaba claro desde el principio que el carnaval facilitaría la desaparición a los bandidos y nos dificultaría su seguimiento, pues ya hacía treinta y seis horas que se vigilaba cada paso de Götten. Este, que, por cierto, no iba disfrazado, había pernoctado en una furgoneta Volkswagen situada en un aparcamiento del que más tarde robaría el Porsche, y desayunó en una cafetería, en cuyo lavabo se afeitó y se cambió de ropa. No le hemos perdido de vista ni por un momento. Aproximadamente una docena de funcionarios disfrazados de jeques, vaqueros y españoles, todos provistos de walkie-talkies y haciéndose pasar por juerguistas, le seguían para poder informar inmediatamente sobre cualquier intento de establecer contactos. Todas las personas con las que se relacionó Götten hasta el momento en que entró en el café Polkt han sido identificadas:

»Un barman que le sirvió cerveza.

»Dos chicas con las que bailó en un establecimiento del barrio antiguo.

»El encargado de una gasolinera cerca del Holzmarkt, donde llenó el tanque del Porsche robado.

»Un quiosquero de la Matthiasstrasse.

»Un estanquero.

»Un empleado del banco donde cambió setecientos dólares americanos, cuyo origen probable era el atraco a otro banco.

»Todas estas personas han sido identificadas como contactos casuales, y las palabras que Götten intercambió con cada una de ellas no nos permiten deducir una clave. Pero no creo que la Blum haya sido un contacto casual. Su conversación telefónica con la Scheumel, la puntualidad con que aparecía en casa de la Woltersheim, así como la maldita intimidad y la ternura con que bailaron los dos desde el primer instante —y la rapidez con que se largaron— son otros tantos factores que parecen descartar la casualidad. Pero, sobre todo, lo más inverosímil es la declaración de la Blum en el sentido de que Götten se marchó sin despedirse, cuando está claro que ella le enseñó una salida del edificio que escapó a nuestra severa vigilancia. Nosotros no hemos perdido de vista el bloque de viviendas. Mejor dicho, el edificio en que vive ella. Naturalmente, no pudimos vigilar todo el complejo residencial, que casi tiene un kilómetro y medio cuadrado. Ella debe conocer una salida secreta, y sin duda se la mostró a Götten. Además, estoy seguro de que ha actuado como encubridora de él y, posiblemente, de otros, y sabe muy bien dónde se encuentra. Ya se han registrado las casas donde trabaja la Blum. Hemos llevado a cabo investigaciones en su pueblo, y se ha inspeccionado de nuevo la vivienda de la señora Woltersheim, mientras a ella la interrogaban aquí. Nada. Me parece más acertado dejarla libre, para que cometa un error, y es probable que la pista nos la dé la famosa visita masculina. También estoy seguro de que la salida secreta la conoce la señora Blorna, también llamada Trude la Roja, que, como arquitecto, intervino en el proyecto del complejo residencial.

 

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En este punto debería quedar claro que el primer reflujo casi ha concluido, al pasar de nuevo del viernes al sábado. Se hará lo posible para evitar otros reflujos y también un exceso de intriga. Pero acaso no se puedan evitar del todo.

Tal vez sea interesante saber que Katharina Blum, terminado el interrogatorio del viernes por la tarde, rogó a Else Woltersheim y a Konrad Beiters que la acompañaran a su piso, y que subieran con ella. Les confesó que tenía miedo, ya que el jueves por la noche, poco después de la llamada de Götten, le había ocurrido algo sumamente desagradable. (Cualquier observador neutral se vería forzado a reconocer su inocencia por el hecho de que hablara abiertamente —aunque no durante el interrogatorio— acerca de sus contactos telefónicos con Götten). A poco de haber hablado, pues, con Götten, después de colgar el teléfono, éste sonó de nuevo. Lo descolgó en seguida «esperando ansiosamente» que fuera Götten otra vez, pero no se escuchó su voz, sino la de otro hombre, «terriblemente baja», que le dijo, «casi en un susurro», muchas «palabras cínicas» y malsonantes. Lo peor era que el tipo se presentó como vecino de la casa, y añadió que si Katharina buscaba contactos tan lejanos porque tenía necesidad de caricias, él estaba dispuesto a ofrecérselas de todo tipo. Sí, esta llamada fue el motivo que la impulsó a pernoctar en casa de Else. Ella sentía miedo incluso del teléfono. Götten tenía su número, pero ella ignoraba el de él. Por eso continuó esperando sus llamadas y, a la vez, temiendo que sonara el teléfono.

Conviene añadir que a la Blum le aguardaban aún más sustos. El primero le llegó a través de su buzón, el cual, hasta el momento, había desempeñado un papel poco importante, pues se había abierto por simple rutina, pero sin resultados. La mañana de aquel viernes el buzón rebosaba, y desde luego no para satisfacción de Katharina, pues a pesar de que Else W. y Beiters hicieron lo posible por interceptar cartas e impresos, la destinataria no dudó en abrir el correo —unos veinte envíos—, seguramente en espera de una señal de vida de su querido Ludwig. Pero no la encontró, y lo metió todo en su bolso. Representó un martirio la subida en ascensor, porque la compartieron con dos vecinos: un señor y una señorita. El primero, aunque parezca inverosímil, iba disfrazado de jeque, y con toda claridad se apresuró a distanciarse de Katharina hasta que, por suerte, se apeó en el cuarto piso. La señorita (parece no menos absurdo, pero la verdad es la verdad), disfrazada de andaluza, no se apartó un centímetro, sino que se colocó al lado de Katharina y la examinó con impertinencia y curiosidad a través de su antifaz, con sus «ojos pardos, insolentes y duros». Continuó más allá del octavo piso.

Advertencia: esto no es todavía lo peor. Al llegar a su piso, Katharina se agarró a Beiters y a la señora W. porque oyó sonar el teléfono. Pero la señora W., más rápida que su ahijada, corrió hacia el aparato y lo descolgó. Su rostro adquirió una expresión horrorizada y palideció. Se la oyó decir: «¡Maldito cerdo, maldito cerdo cobarde!», y luego, por prudencia, dejó el auricular descolgado.

En vano intentaron la señora W. y Beiters arrebatarle el correo a Katharina; ella estrechó el montón de cartas e impresos en sus manos, junto con los dos números del PERIÓDICO, que también extrajo de su bolso, e insistió en abrirlos. No pudieron evitarlo, y ella lo leyó todo de cabo a rabo.

Algunos textos no eran anónimos. Una carta firmada —la más extensa— procedía de una empresa llamada Intim-Versandhaus, y le ofrecía toda clase de artículos de sex-shop. Esto por sí solo representaba un golpe muy duro para el ánimo de Katharina, pero lo peor era que alguien añadió a mano: «Estas son las verdaderas caricias». En pocas palabras, o para expresarlo en términos estadísticos, los dieciocho envíos restantes consistían en:

—Siete tarjetas postales anónimas, escritas a mano, con groseras ofertas de relaciones sexuales. Todas tenían en común el empleo de la expresión «cerda comunista».

—Cuatro tarjetas postales anónimas con insultos de intención política, pero sin proposiciones deshonestas. Entre dichos insultos figuraban algunos como «intrigante roja» y «pájara al servicio del Kremlin».

—Cinco cartas conteniendo recortes del PERIÓDICO, que, en su mayor parte — tres o cuatro—, eran comentarios escritos al margen con tinta roja, del tenor siguiente: «Lo que Stalin no logró, tampoco lo conseguirás tú».

—Dos datos con reflexiones religiosas, escritos sobre unos folletos en los que podían leerse invitaciones como «vuelve a la oración, pobre niña perdida» y «arrodíllate y confiesa; Dios todavía no te ha abandonado».

Precisamente en aquel momento, Else W. descubrió un papel que habían introducido por debajo de la puerta, y que, por suerte, logró ocultar a Katharina: «¿Por qué no aprovechas mi repertorio de caricias? ¿Habré de obligarte? Soy tu vecino, al que has rechazado con tanto desprecio. ¡Cuidado!». La nota estaba escrita en mayúsculas, y Else creyó identificar la letra de un hombre de formación superior; acaso la de un médico.

 

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Resulta sorprendente que ni la señora W. ni Konrad B. se extrañaran de que, a continuación, Katharina abriera el pequeño mueble bar, sacara una botella de jerez y otras de whisky, vino tinto y aguardiente de cerezas, y las estrellase, sin mostrar especial excitación, contra las impecables paredes. Las botellas se rompieron y se dispersó su contenido. Los acompañantes de Katharina se abstuvieron de intervenir. Luego, aquélla entró en su cocinita y procedió de igual manera con la salsa de tomate, el aceite, el vinagre, etc. E hizo lo mismo en su cuarto de baño con cremas, polvos y sales, y en su dormitorio con una botella de agua de Colonia.

A pesar de todo, no parecía excitada, y actuaba metódicamente y con tanta decisión que, como queda dicho, Else W. y Konrad B. no hicieron nada para detenerla.

 

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Naturalmente, se han avanzado bastantes teorías que tratan de analizar el momento en que Katharina sintió los primeros deseos de asesinar, o cuándo ideó el plan del asesinato y decidió llevarlo a cabo. Algunos creen que bastó ya el primer artículo del jueves en el PERIÓDICO; otros consideran que el viernes fue el día decisivo, porque se había demostrado que las relaciones con el vecindario, tan importantes para Katharina, estaban deterioradas (por lo menos subjetivamente), y, con ellas, el interés que siempre tuvo por su piso. Estaban además las llamadas anónimas, las cartas sin firmar y, por si fuera poco, el PERIÓDICO del sábado y (¡con esto nos anticipamos!) el PERIÓDICO del domingo. ¿No huelgan estas especulaciones? ¡Ella se decidió por el asesinato, lo cometió, y basta! Seguro que en su interior algo se fue exacerbando, que los comentarios de su ex marido le irritaron de una manera especial, y, sobre todo, que si bien lo publicado en el PERIÓDICO DEL DOMINGO no tuvo un efecto decisivo, desde luego tampoco sirvió para tranquilizarla.

 

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Antes de considerar definitivamente terminado el reflujo y volver al sábado, falta informar sobre lo que sucedió la noche del viernes al sábado en casa de la señora Woltersheim. Lo cierto es que transcurrió de manera sorprendentemente pacífica, a pesar de los fracasados intentos de Konrad Beiters, quien puso bailables en el tocadiscos, con ánimo de distraer a Katharina, a la que invitó a bailar incluso ritmos sudamericanos. También se malogró el intento de Beiters en el sentido de quitar importancia a los hechos y calificarlos de pasajeros. ¿No le habían ocurrido cosas peores?: la pobreza de la infancia, el matrimonio con el miserable de Brettloh, y el alcoholismo y la degeneración de la madre, que, al fin y al cabo, era la responsable del desliz de Kurt. ¿No estaba Götten seguro, de momento, y no era absurdo tomar en serio su promesa de ir a buscarla? ¿No era carnaval, y su situación económica estaba asegurada? ¿No existían personas tan gentiles como los Blorna y los Hiepertz, y, en el fondo, el «pisaverde presumido» —todavía vacilaba en llamar al visitante por su nombre— no era acaso un personaje divertido y en absoluto deprimente? En aquel momento, le contradijo Katharina recordando la «estupidez del anillo y el ridículo sobre», que tan serios problemas le habían acarreado y que, incluso, habían levantado sospechas contra Ludwig. ¿Cómo pudo saber ella que el pisaverde gastaría tanto dinero para presumir? No, no lo encontraba en absoluto divertido. Cuando hablaron de cosas prácticas —por ejemplo, si ella quería buscar otro piso y si no era el momento de pensar ya dónde—, Katharina esquivó el tema y declaró que lo único práctico que pensaba hacer era disfrazarse, por lo que pidió prestada a Else una sábana. Su idea, en vista de la moda de los jeques, era salir el sábado o el domingo disfrazada de beduina. En realidad, ¿qué había pasado para que la situación se agravase tanto? Casi nada, bien mirado. O, mejor dicho, casi exclusivamente cosas positivas, pues, al fin y al cabo, Katharina había encontrado «al hombre que esperaba», y «pasó con él una noche de amor». Bueno, la habían interrogado, y desde luego Ludwig no era precisamente un angelito. Luego salieron a relucir la habitual inmundicia del PERIÓDICO, los cerdos de las llamadas anónimas y los de las cartas. Pero la vida ¿no continuaba a pesar de eso? ¿No estaba Ludwig en lugar seguro y casi cómodo, como ella y sólo ella sabía? Ahora confeccionarían un disfraz de carnaval —un albornoz blanco—, y Katharina estaría guapa y encantadora.

La naturaleza acaba por reclamar sus derechos: uno se duerme, da cabezadas, vuelve a despertarse, da nuevas cabezas. ¿Bebemos una copa? ¿Por qué no? Una imagen completamente pacífica: una mujer joven que se ha dormido con sus labores, mientras otra mujer mayor y un hombre asimismo maduro se mueven en silencio a su alrededor para «dar a la naturaleza lo suyo». Esa naturaleza es tan fuerte que ni siquiera la despierta el teléfono que suena a las dos y media. ¿Por qué, de repente, las manos de la sensata señora Woltersheim empiezan a temblar cuando descuelga? ¿Espera proposiciones deshonestas amparadas en el anonimato, como las que ha recibido una hora antes? Naturalmente, las dos y media de la madrugada es una hora inquietante para telefonear, pero ella toma el aparato, que Beiters se apresura a arrebatarle. Cuando él contesta «diga», cuelgan en seguida. El teléfono suena otra vez y de nuevo cuelgan cuando contesta Beiters, aun antes de pronunciar el «diga».

—Desde luego, existen personas que nos quieren mortificar desde que saben por el PERIÓDICO cómo nos llamamos y dónde vivimos. Es preferible dejar descolgado.

Y entonces deciden ahorrar a Katharina, por lo menos, el PERIÓDICO del sábado, pero ella ha aprovechado unos momentos en que Else W. se ha dormido y Konrad B. se está afeitando en el cuarto de baño, ha salido a la calle y, en pleno crepúsculo matutino, ha abierto el primer cajón del PERIÓDICO y ha cometido una especie de sacrilegio, porque ha abusado de la confianza del PERIÓDICO, al tomar un ejemplar sin pagarlo. En este momento se puede considerar que el reflujo ha terminado, pues es la hora precisa del sábado en que los Blorna se apean del tren nocturno con los vestidos arrugados y el ánimo irritado y triste. Y adquieren la misma edición del PERIÓDICO, que más tarde leerán en su casa.

 

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Los Blorna viven una mañana del sábado desagradable, extremadamente desagradable, no sólo por culpa de la noche agitada y en blanco pasada en el coche cama, ni sólo por culpa del PERIÓDICO, del que dijo la señora Blorna: «Con esta peste persiguiéndonos por todo el mundo, en ninguna parte está uno seguro». La mañana tampoco fue desagradable sólo por los telegramas llenos de reproches de amigos influyentes, sino a causa de Hach, al que se llamó demasiado pronto; sólo eso, demasiado pronto (o demasiado tarde, habida cuenta que hubiese sido mejor llamarle ya el jueves por la mañana). No se mostró muy amable. Manifestó que el interrogatorio de Katharina estaba concluido, y que ignoraba si se dictaría contra ella auto de procesamiento. En aquel momento, seguro que ella necesitaba un apoyo, pero todavía no el de la justicia.

¿Habían olvidado que estaban en carnaval y que también un fiscal tiene derecho al descanso y a alguna fiesta? Bueno, de todos modos se conocían desde veinticuatro años antes, estudiaron juntos, cantaron a coro e incluso hicieron excursiones. Cuando a dos personas las unen tales vínculos no se da tanta importancia a los primeros minutos de mal humor, aunque una de ellas se sienta extremadamente incómoda. Luego, Blorna pidió más detalles, pero no por teléfono. Sí, a Katharina Blum se le imputaba algo, existían algunos puntos muy claros, y nada más. ¿Tal vez por la tarde, personalmente? ¿Dónde? En la ciudad. A ser posible, paseando. En el foyer del museo. A las 16.30. Ningún contacto telefónico con el piso de Katharina, con el de la señora Woltersheim, ni tampoco con el matrimonio Hiepertz. Resultaba desagradable para los Blorna advertir en su propia casa, de manera tan inmediata y clara, la falta de la mano ordenadora de Katharina. ¿Cómo era posible que en el transcurso de media hora, a pesar de haber hecho sólo un café y haber cogido pan, mantequilla y mermelada del armario, y de haber dejado el escaso equipaje en el recibidor, ya pareciera haberse producido un caos? Finalmente, hasta Trude estaba irritada, porque él le preguntaba una y otra vez dónde veía la relación entre los problemas de Katharina y Alois Sträubleder o Lüding, y ella no le ayudaba en absoluto, sino que, una y otra vez, se limitaba a insinuar, entre ingenua e irónica, que a él, generalmente, le gustaba el PERIÓDICO, pero que aquella mañana los dos números le ponían nervioso. Le preguntó si no le había llamado la atención una palabra, y cuando él, a su vez, preguntó qué palabra, Trude eludió la respuesta, diciéndole con sarcasmo que deseaba poner a prueba su perspicacia. Blorna volvió a leer una y otra vez «esta inmundicia, esta maldita inmundicia que nos persigue a través del mundo», y leyó de nuevo sin concentrarse, pues le renacía el disgusto por su comentario falsificado y por la alusión a Trude la Roja. Finalmente, capituló y pidió humildemente a Trude que le ayudara. Su desconcierto le restaba perspicacia y, además, desde hacía años, trabajaba como abogado de empresas, y prácticamente nunca actuó como criminalista. A esto, su esposa respondió con aspereza:

—Lástima —pero luego mostró compasión y preguntó—: ¿No te extraña la expresión «visitas de caballeros»? ¿No te has dado cuenta de que yo la he empleado al referirme a los telegramas? ¿Calificaría alguien de caballero a ese Götting —no, Götten—, aun prescindiendo de su forma de vestir? Mira bien sus fotos. ¿Verdad que a un tipo así se le llama, en el lenguaje de unos vecinos metidos a espías, simplemente «un hombre»? Voy a aventurar un pronóstico: a lo más tardar dentro de una hora, recibiremos también nosotros la visita de un caballero, y además preveo disgustos, conflictos y, posiblemente, el fin de una vieja amistad. Disgustos a causa de Trude la Roja, y más graves aún a causa de Katharina, que tiene dos cualidades muy peligrosas: fidelidad y orgullo. Jamás reconocerá que le ha indicado a ese chico el camino para fugarse, camino que ella y yo hemos estudiado juntas. Tranquilo, querido, tranquilo: no se sabrá, pero, en el fondo, yo tengo la culpa de que este Götting —no, Götten— pudiera escapar sin ser visto. Tú, seguramente, ya no recuerdas que en la pared de mi dormitorio tenía el plano de todas las instalaciones de calefacción, ventilación, canalización y electricidad de «Viva elegantemente junto al río». En dicho plano, la calefacción estaba señalada en rojo, la ventilación en azul, la instalación eléctrica en verde y la canalización en amarillo. Aquello fascinaba de tal modo a Katharina —ella es una persona ordenada y metódica, casi genialmente metódica—, que una vez y otra vez se detenía ante el plano y me preguntaba por las relaciones y significados de aquella «pintura abstracta», como lo llamaba. Preguntaba, y yo estaba a punto de localizar una copia y regalársela. Me siento bastante aliviada por no haberlo hecho. ¡Imagínate! Hubieran encontrado una copia del plano en su piso, y entonces la teoría de la conspiración y la idea del escondite se hubieran visto perfectamente respaldadas, y establecida la relación Trude la Roja – bandidos – Katharina – visita de caballero. El plano, naturalmente, serviría para toda clase de ladrones y adúlteros que no quisieran ser vistos; constituiría la instrucción ideal para entrar y salir de forma inadvertida. Yo misma le expliqué cuál era la altura que tenían los diferentes pasadizos: dónde se puede andar derecho, dónde agachado y dónde hay que arrastrarse en caso de reventones de tuberías o cortocircuitos. Así, y sólo así, el joven y amable gentleman con cuyas caricias ella ahora tan sólo puede soñar, logró escapar de la policía, y si realmente es un atracador de bancos, habrá visto claro el sistema. Tal vez el caballero de la visita entrara y saliera también así. Estos bloques modernos de viviendas exigen métodos de vigilancia distintos de los que requieren las casas antiguas. En alguna ocasión has de darle la idea a la policía y al fiscal. Ellos vigilan las puertas principales, y tal vez el vestíbulo y el ascensor, pero existe, además, un ascensor para los trabajos de reparación, que conduce directamente al sótano, desde donde se arrastra uno varios centenares de metros, levanta en alguna parte del exterior una tapadera y desaparece. Créeme: lo único que puede hacer ahora la visita es rezar, pues no le interesan los titulares del PERIÓDICO en relación con el asunto. Lo que le interesa es una manipulación directa y sólida de las investigaciones y de la información sobre él, y lo que teme, tanto como los títulos de la prensa, es la cara amargada y agria de cierta Maud, su legítima esposa, con la que, además, tiene cuatro hijos. ¿Nunca te diste cuenta de la alegría juvenil, casi desproporcionada —la alegría propia de un chico realmente simpático—, con que sacó a bailar a Katharina las pocas veces que lo hizo, y cómo se ofreció para acompañarla a casa, y qué defraudado se sintió cuando ella compró su propio coche? Era lo que necesitaba, lo que deseaba su corazón: una chica tan gentil como Katharina, no ligera, pero sí —¿cómo lo llamáis vosotros?— capaz de amar; seria y, sin embargo, joven y tan guapa que ella misma no lo sabía. ¿No ha alegrado también tu corazón de hombre?

Sí, en efecto: alegró su corazón de hombre, y él lo reconoció; reconoció también que sentía por ella más, mucho más que simpatía, y a Trude le constaba que alguna vez todos nosotros, y no sólo los hombres, deseamos, sin más, abrazar a alguien y tal vez no sólo eso. Pero Katharina, no. Ella nunca hubiera permitido que una amistad masculina se hubiera convertido en una «visita de caballero». Si algo le impidió al propio Blorna ser una de esas visitas o, mejor dicho, si ni tan siquiera llegó a intentarlo, no fue —Trude sabía lo que él quería decir— el respeto a su esposa sino el respeto a Katharina. Sí, respeto; casi veneración. Veneración afectuosa por su maldita inocencia, y más, más que inocencia… No sabía cómo expresarlo. Seguramente, era aquella reserva cordial de Katharina y —a pesar de que él le llevaba quince años y había alcanzado el éxito en la vida— la manera como Katharina había reorganizado su existencia deteriorada. En definitiva, ese sentimiento le hubiera impedido tomar una iniciativa aunque hubiera llegado a concebir una idea semejante. Hubiera tenido que destrozar su vida y a ella misma, tan vulnerable, tan condenadamente vulnerable. Si llegaba a enterarse de que la visita masculina había sido Alois, le daría una bofetada, sin más. Era preciso ayudar a Katharina. Ella no era capaz de soportar aquellos interrogatorios. Ahora era demasiado tarde y él debía localizar a toda costa a Katharina en el transcurso del día…, pero, en aquel momento, Trude interrumpió sus interesantes meditaciones, observando con su incomparable sarcasmo:

—En ese preciso instante llega la «visita de caballero».

 

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Apresurémonos a dejar constancia de que Blorna no dio una bofetada a Sträubleder, que, en efecto, llegaba en un ostentoso coche de alquiler. No sólo queremos que corra poca sangre, sino que la mera descripción de violencia física, inevitable ya, debe reducirse al mínimo exigido por el deber informativo. Esto no significa que se produjera una mejora de la situación en casa de los Blorna; al contrario, empeoraba, pues Trude B. no podía resistir la tentación de saludar al viejo amigo, mientras seguía revolviendo el café en su taza:

—Hola, «visita de caballero».

—Supongo —dijo Blorna con timidez— que Trude ha acertado de nuevo.

—Sí —admitió Sträubleder—; la cuestión sólo estriba en determinar si es una muestra de tacto.

Podemos afirmar que se produjo una tirantez casi insoportable entre la señora Blorna y Alois Sträubleder cuando éste, en una ocasión, pretendió no precisamente conquistarla, pero sí flirtear con ella. A su manera, con sarcasmo, Trude le dio a entender que él no era tan irresistible como imaginaba; por lo menos en lo que a ella se refería. En tales circunstancias, no extrañará que Blorna condujera a Sträubleder directamente a su despacho y pidiera a su mujer que les dejara solos.

Entretanto, era preciso hacer todo lo posible para localizar a Katharina.

 

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¿Por qué, de repente, le parece a uno tan desagradable su propio despacho, casi desordenado y sucio, a pesar de que no se ve ni una mota de polvo y todas las cosas están en su sitio? ¿Qué vuelve de repente tan repugnantes los sillones de cuero rojo, en los que se han hecho tan buenos negocios y mantenido tantas conversaciones confidenciales, y en los que se puede estar sentado de una manera realmente cómoda y escuchar música? ¿Y los estantes de la librería tan desagradables, y el Chagall de la pared tan sospechoso, como si se tratara de una falsificación hecha por el mismo autor? Los ceniceros, el encendedor, la botella de whisky… ¿Por qué sentir aversión hacia esos objetos inofensivos aunque costosos? ¿Qué hace tan insoportable un día desdichado después de una noche agitada, y vuelve la tirantez entre dos viejos amigos tan fuerte que casi saltan chispas? ¿Qué aversión se concibe contra las paredes de un tono amarillo suave, adornadas con pinturas modernas?

—Sí, sí —admitió Alois Sträubleder—; en realidad, sólo he venido para decirte que en este asunto ya no preciso tu ayuda. Otra vez has perdido los nervios en el aeropuerto, inmovilizado por la niebla. Una hora después de haber perdido los nervios o la paciencia se ha levantado la niebla, y todavía hubierais podido estar aquí alrededor de las 18.30. Incluso hubierais podido llamar desde Munich al aeropuerto y enteraros de que ya no existían impedimentos, pero erais incapaces de pensar con tranquilidad. Bueno, olvidémoslo. No andemos con tapujos: sin niebla y en un avión puntual hubierais llegado tarde, porque la parte decisiva del interrogatorio ya se había concluido y ya no se hubiera podido evitar nada.

—De todos modos, no puedo proceder contra el PERIÓDICO —se lamentó Blorna.

—El PERIÓDICO —explicó Sträubleder— no representa un peligro; está en manos de Lüding. Pero también hay otros periódicos, y a mí cualquier titular me parece bien, salvo si me relaciona con los bandidos. Una historia romántica con una mujer me produce, a lo sumo, dificultades privadas, pero no públicas. Ni siquiera me perjudicaría una foto con una mujer tan atractiva como Katharina Blum; además, ya están dando de lado la teoría de las visitas de caballeros, y ni las joyas ni las cartas acarrearán problemas, a pesar de que le regalé un anillo bastante valioso, que ha sido encontrado, y que le escribí algunas cartas, de las cuales sólo se halló un sobre. Lo malo es que ese Tötges escribe bajo seudónimo para algunas revistas las cosas que en el PERIÓDICO no puede publicar, y que Katharina le ha prometido una entrevista en exclusiva. De esto me he enterado hace pocos minutos por Lüding, que considera preferible que Tötges acepte. Así se obtiene ventaja sobre el PERIÓDICO, pero no se pueden controlar las demás actividades periodísticas de Tötges, que éste desarrolla a través de un hombre de paja. Parece que no estás informado de nada, ¿eh?

—No tengo la menor idea —respondió Blorna.

—Una rara situación para un abogado cuyo cliente soy yo. Esta es la consecuencia de haber perdido el tiempo en un tren, en vez de ponerte en contacto con el servicio meteorológico, que hubiera podido decirte que la niebla no tardaría en disiparse. Evidentemente, aún no has establecido contacto con Katharina, ¿verdad?

—No. ¿Y tú?

—Directamente, tampoco. Sólo sé que ha llamado hace cosa de una hora al PERIÓDICO, y que ha prometido a Tötges una entrevista exclusiva para mañana por la tarde. Él ha aceptado. Pero hay algo que me preocupa mucho más; que me llega a producir dolor de estómago (en aquel momento, la cara de Sträubleder parecía casi conmovida, y su voz reflejaba preocupación). A partir de mañana me puedes insultar como quieras, porque realmente he abusado de vuestra confianza; pero, por otra parte, vivimos en un país libre, donde también está permitida una vida amorosa libre, y debes creer que haría todo cuanto estuviera en mi mano por ayudar a Katharina. Incluso arriesgaría mi buen nombre, ya que —ríete si quieres— yo amo a esa mujer. Sólo que a ella ya no se le puede ayudar, y a mí, sí. Ella no se deja ayudar…

—Y contra el PERIÓDICO, contra esos cerdos, ¿tampoco la puedes ayudar?

—¡Dios mío! No debes dar tanta importancia a lo del PERIÓDICO. No se la des aunque ahora os apriete las clavijas. No discutamos sobre cierta clase de periodismo y acerca de la libertad de prensa. En una palabra, me gustaría que estuvieras presente en la entrevista como abogado mío y suyo, pues lo más delicado no ha salido a relucir hasta ahora ni en los interrogatorios ni en la prensa: hace medio año le entregué la llave de nuestra casa de Kohlforstenheim. Se puede decir que la obligué a tomarla. No se ha encontrado esa llave en el registro domiciliario ni en el personal, pero ella la tiene o, por lo menos, la tuvo, a no ser que la haya tirado. Se trata de simple sentimentalismo, si quieres llamarlo así, pero yo prefería que ella tuviera una llave de la casa porque me resistía a abandonar la esperanza de que me visitara alguna vez allí. Créeme que la ayudaría, la apoyaría, lo reconocería todo… Yo soy la «visita de caballero», pero sé que ella lo desmentiría. De su Ludwig, en cambio, jamás renegará.

Había algo nuevo y sorprendente en el rostro de Sträubleder, que despertó en Blorna casi compasión o, al menos, curiosidad. Era un sentimiento casi humilde. ¿O acaso celos?

—¿Qué pasa con las joyas, las cartas y, ahora, con la llave?

—¡Caramba, Hubert! ¿Todavía no lo entiendes? Es algo que no le puedo decir ni a Lüding, ni a Hach ni a la policía. Estoy seguro de que ha entregado la llave a su Ludwig, y que éste, desde hace dos días, se esconde en mi casa. Temo, simplemente, por Katharina, por los policías y también por ese estúpido joven que, sin duda, se encuentra en mi residencia de Kohlforstenheim. Quiero que desaparezca de allí antes de que le descubran y, a la vez, quiero que le cojan para concluir el asunto. ¿Me entiendes ahora? ¿Qué me aconsejas?

—Podrías llamar allí; quiero decir a Kohlforstenheim.

—¿Y tú crees que contestará?

—Entonces debes llamar a la policía; no queda otro camino. Para evitar desgracias. Si es necesario, haz una llamada anónima. Si existe la más mínima posibilidad de que Götten se encuentre en tu casa, has de informar en seguida a la policía. Si no, lo haré yo.

—¿Para que mi casa y mi nombre aparezcan junto a ese bandido en los titulares? Yo había pensado otra cosa… Tal vez tú podrías ir a Kohlforstenheim, presentándote como mi abogado, para cuidar de mis intereses…

—¿En este momento? ¿En sábado de carnaval, cuando el PERIÓDICO ya sabe que he interrumpido mis vacaciones? ¿Y lo habré hecho para cuidar de tu casa de campo? ¿Para ver si la nevera funciona todavía, si el termostato de la calefacción está bien colocado, si no se ha roto ningún cristal, si el bar está completo y la ropa de cama seca…? ¿Para eso interrumpe sus vacaciones un famoso abogado de empresas, dueño de una lujosa villa con piscina y casado con Trude la Roja? ¿De veras te parece una idea inteligente, puesto que, con toda seguridad, los señores reporteros del PERIÓDICO vigilan todos mis movimientos? Apenas desciendo del coche cama, me voy derecho a tu casa de campo para comprobar si brotan los crocos prematuramente y si las campanillas de invierno ya han salido… En serio, ¿te parece una buena idea, aparte de que el simpático Ludwig ya ha demostrado que dispara bastante bien?

—¡Maldita sea! No sé si tu ironía y tus chistes son oportunos en este caso. Yo te pido, como abogado y amigo, un favor ni siquiera personal, sino más bien cívico, y tú me sales con «campanillas de invierno». Este asunto es desde ayer tan secreto, que hoy no hemos obtenido la menor información. Todo lo que sabemos, lo hemos leído en el PERIÓDICO, con el cual Lüding, por suerte, mantiene buenas relaciones. Ni el fiscal ni la policía telefonean al Ministerio del Interior, con el cual Lüding, en cambio, también está en buenas relaciones. Esto va a vida y muerte, Hubert.

En aquel momento entró Trude sin llamar, sosteniendo el transistor. Dijo tranquilamente:

—Ya no va a muerte; gracias a Dios, sólo a vida. Le han cogido. Ha disparado y le han disparado. Está herido, pero no grave. En tu jardín, Alois, en Kohlforstenheim, entre la piscina y la pérgola. Hablan de la lujosa villa valorada en medio millón, propiedad de un socio de Lüding. Por cierto, aún quedan caballeros: lo primero que ha dicho nuestro buen Ludwig es que Katharina no tiene nada que ver con el asunto; que se trata de una historia de amor absolutamente privada, que no tiene relación alguna con los delitos de que se le acusa. Por otra parte, sigue negando su culpabilidad. Es probable que debas renovar algunos cristales, Alois; ha habido bastante tiroteo. Todavía no se ha pronunciado tu nombre, pero tal vez deberías llamar a Maud, que seguramente estará excitada y necesitará consuelo. Por cierto, al mismo tiempo que a Götten cogieron a tres de sus presuntos cómplices en otros lugares. Todo el asunto es considerado como un éxito personal de cierto comisario Beizmenne. Y ahora, querido Alois, márchate y, para variar, sé por una vez la «visita de caballero» de tu buena mujer.

No es difícil imaginar que, en aquel momento, en el despacho de Blorna, faltó poco para llegar a la agresión física, lo cual no hubiera encajado de ninguna manera en el ambiente y la decoración de la estancia. Dicen que Sträubleder —dicen— intentó coger a Trude por el cuello, y si no llegó a hacerlo fue porque el marido recordó a Alois que no se debía atentar contra una dama. A lo cual Sträubleder dicen —dicen— respondió que no estaba seguro de si la definición dama era adecuada para una mujer con una lengua tan afilada, y que ciertas palabras no se debían emplear irónicamente en determinadas circunstancias, sobre todo para hablar de sucesos trágicos. Si otra vez, una sola vez, escuchaba la expresión ominosa, entonces… Entonces, ¿qué? Pues que todo se acabaría. Apenas Sträubleder abandonó la casa, Blorna se apresuró a regañar a Trude por haberse pasado, quizá, de la raya. Pero ella le interrumpió para anunciarle:

—La madre de Katharina ha muerto esta noche. He localizado a Katharina en Kuir-Hochsackel.

 

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Antes de iniciar las últimas maniobras de desvío, de cambio de conducta y desorientación, se ha de permitir un comentario digamos técnico. En esta historia pasan demasiadas cosas. La desventaja radica en que hay tanta acción, que difícilmente puede darse más. Desde luego, resulta bastante triste que una empleada de hogar, trabajadora por cuenta propia, mate a un periodista a tiros; un caso así por lo menos debe intentar aclararse. Pero ¿qué se hace con un abogado famoso que por culpa de una empleada de hogar interrumpe sus merecidas vacaciones de invierno? ¿Y con un industrial que, además, es profesor y manager de un partido político? Este último personaje, guiado por un sentimentalismo poco maduro, insiste en entregar a la empleada de hogar en cuestión las llaves de su chalé, y se las ofrece de una manera importuna, sin ningún éxito, como se sabe. Por una parte desea publicidad, pero sólo de determinada clase. Todos estos datos, circunstancias y personas resultan imposibles de sintonizar, y constantemente perturban el flujo (o sea el curso lineal de la acción) porque su situación en el relato no puede modificarse. ¿Qué se hace con funcionarios criminalistas que exigen y logran constantemente que se les permita el espionaje telefónico? En resumen: todo el asunto es demasiado permeable. Sin embargo, en el momento decisivo, aunque se pueda saber algo (por ejemplo, gracias a Hach y a algunos funcionarios de la policía), nada, absolutamente nada de lo dicho resulta válido, porque nadie lo declararía y menos lo confirmaría ante un tribunal. Carece, en efecto, de fuerza probatoria. No tiene el más mínimo valor en ese sentido. Tal es el caso, por ejemplo, del asunto del espionaje telefónico. Desde luego sirve a la investigación, pero el resultado —no obtenido por la misma autoridad investigadora— no sólo no debe ser utilizado sino tan siquiera mencionado en una audiencia pública. Ante todo, ¿qué pasa en el cerebro de un espía? ¿Qué piensa un funcionario honrado que se limita a cumplir con un deber que (aun repugnándole, probablemente) le proporciona el sustento?; ¿qué piensa cuando debe escuchar a aquel vecino desconocido, a quien vamos a llamar aquí el oferente de caricias, que telefonea a una persona tan gentil, atildada, casi sin tacha como Katharina Blum? ¿Se excita moral o sexualmente, o ambas cosas? ¿Se indigna, siente compasión, se divierte tal vez de una manera especial cuando las proposiciones, en forma de gemidos afónicos y de amenazas, hieren las profundidades del alma de una persona que lleva el apodo de «la Monja»? Bueno, ¡ocurren tantas cosas en primer plano! Pero más aún en segundo plano. ¿Qué piensa un espía inofensivo que se limita a trabajar por su sustento, cuando, por ejemplo, cierto Lüding, que aquí se ha mencionado ocasionalmente, llama a la redacción principal del PERIÓDICO y dice: «Saquen a S. en seguida, pero encierren a B. a cal y canto»? Naturalmente, a Lüding no le espían porque él deba ser vigilado, sino porque existe el peligro de que reciba llamadas de chantajistas, gángsteres, políticos, etc. ¿Cómo puede saber un espía honrado que con S. se refieren a Sträubleder y con B. a Blorna, y que en la edición del domingo del PERIÓDICO ya no se hablará de S., pero sí, y mucho, de B.? Y, sin embargo, ¿quién puede saber o tan sólo figurarse que Blorna es un abogado al que Lüding aprecia mucho, y que ha demostrado innumerables veces su habilidad en asuntos naciones e internacionales? A ello nos referimos cuando en otro lugar mencionamos fuentes que «no llegan a confluir». Sucede como en el cuento de los príncipes, a los que la monja apagó la vela por equivocación, con lo que provocó la muerte del príncipe.

La señora Lüding ordena a la cocinera que llame a la secretaria de su marido y le pregunte qué le gustaría a Lüding el domingo para postre: ¿tortillas con semilla de adormidera? ¿Fresones con helado y nata o sólo con helado o sólo con nata? A lo cual la secretaria, que no quiere molestar a su jefe, pero conoce sus gustos, y que tal vez sólo pretende ocasionar disgustos y conflictos, le responde con reticencia que está completamente segura de que el señor Lüding preferiría, el domingo, flan de caramelo con salsa de crocante. La cocinera, que también conoce las preferencias de Lüding, le replica que esto es nuevo para ella, y pregunta a la secretaria si está segura de no confundir su propio gusto con el del señor Lüding, y si no puede comunicar con éste para interrogarle acerca de sus deseos. A lo cual contesta la secretaria, que a veces le acompaña en sus conferencias y come con él en algún Palace-Hotel o Inter-Herberge; que cuando viajan juntos, su jefe siempre come flan de caramelo con salsa de crocante. A esto replica la cocinera:

—Pero el domingo no viaja con usted.

Y la secretaria:

—¿No sería posible que del postre del señor Lüding se encargara la compañía?

Etcétera. Por último, se discute detalladamente sobre tortillas con semilla de adormidera. ¡Y toda esta conversación se graba en cinta magnetofónica a costa del contribuyente! El que escucha la cinta y que, claro está, debe averiguar si se ha utilizado el código secreto de los anarquistas, si tortilla quiere decir granadas de mano, y helado con fresones tal vez signifique bombas, es probable que piense: «¡Qué preocupaciones tiene esta gente!». O bien: «Me gustaría no tener otras cosas en que ocuparme», pues a él acaso se le acabe de escapar de casa la hija, o el hijo sea drogadicto, o hayan vuelto a subirle el alquiler. Y todas estas grabaciones se efectúan sólo porque, en una ocasión, amenazaron con un atentado a Lüding. De este modo se entera por fin un inocente funcionario empleado de lo que son tortillas con semilla de adormidera; un funcionario al que una sola de esas tortillas le bastaría como plato principal.

Ocurren demasiadas cosas en primer plano y no sabemos nada de lo que sucede en segundo. ¡Si fuera posible escuchar las cintas! Así nos enteraríamos, por fin, del grado de intimidad entre, por ejemplo, Else Woltersheim y Konrad Beiters. ¿Qué significa la palabra amigo cuando se trata de ellos dos? ¿Le llama tesoro, cariño o, simplemente, Konrad o Conny? ¿Qué clase de ternezas intercambian, si es que lo hacen? ¿Tal vez él, de quien se sabe tiene voz de barítono —si no de solista por lo menos de corista—, le canta por teléfono? ¿Serenatas? ¿Coplas? ¿Arias? ¿O se refieren con palabras groseras a intimidades habidas o por haber? Tendría interés saberlo, pues como casi todas las personas carecen de facultades telepáticas, se deciden por el teléfono, que les parece más seguro. ¿Se dan cuenta las autoridades de lo que exigen de sus funcionarios en materia psicológica? Supongamos que una persona vulgar, sospechosa por algún motivo, cuyo teléfono se ha intervenido, llama a su no menos vulgar compañero del otro sexo. Como vivimos en un país libre y podemos hablar abiertamente por teléfono, ¿qué conversaciones habrá de escuchar el funcionario, posiblemente casto y austero, en la cinta magnetofónica? ¿Se puede justificar esto? ¿Le aseguran tratamiento psiquiátrico? ¿Qué dice a esto el sindicato de servicios públicos, transporte y circulación? Nos preocupamos de los industriales, los anarquistas y los directores, atracadores y empleados de banco, pero ¿quién se preocupa de nuestro «ejército nacional de las cintas magnetofónicas»? ¿Dónde está el comentario de las Iglesias? Y a la conferencia episcopal de Fulda y al comité central de los católicos alemanes, ¿no se les ocurre nada? ¿Por qué se calla el papa? ¿Nadie imagina lo que deben escuchar oídos inocentes, desde el flan de caramelo hasta las más crudas groserías? Se convoca a la juventud para la carrera de funcionario. Y¿a dónde conduce ésta? A manos de unos pervertidos que hablan por teléfono. En este ámbito podrían colaborar las Iglesias y los sindicatos. Por lo menos, se podría elaborar un programa de formación de espías telefónicos, consistente en unas cintas con clases de historia. Esto no cuesta mucho.

 

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Arrepentido, vuelve uno al primer plano, reanuda el inevitable trabajo de canalización y ya se ve de nuevo obligado a dar explicaciones. Se prometió que no correría más sangre, y es importante determinar que con la muerte de la señora Blum, madre de Katharina, no se ha faltado a la promesa. En efecto, no se trata de un suceso sangriento, aunque tampoco de un caso de muerte del todo natural. Su óbito fue provocado violenta pero no intencionadamente. En ningún caso —preciso es señalarlo— quien ocasionó su muerte tuvo intenciones homicidas; ni siquiera se propuso causar una lesión. Se trata, como puede comprobarse y él mismo lo reconoció, de aquel Tötges que, por cierto, acabó también violentamente. Tötges ya había investigado el jueves en Gemmelsbroich para conocer la dirección de la señora Blum. La localizó, pero sus intentos de visitarla en el hospital fueron vanos. La portera, sor Edelgard, y el médico jefe, doctor Heinen, le comunicaron que la señora Blum, después de una complicada intervención realizada con éxito, para extirparle un tumor canceroso, necesitaba reposo absoluto; que su restablecimiento dependía de que no sufriera ninguna clase de excitaciones, y que por eso una entrevista no era aconsejable. A la observación de que la señora Blum, a través de la relación de su hija con Götten, también se había convertido en «personaje de actualidad», replicó el médico que dicho personaje era para él, ante todo, un paciente. Tötges, durante estas conversaciones, se dio cuenta de que en el hospital trabajaban pintores, y más tarde se vanaglorió ante sus colegas de que con el «truco más sencillo, el del operario» —echando mano de un blusón, un bote de pintura y una brocha— logró penetrar en la habitación de la señora Blum. La mejor información se obtiene de las madres, incluidas las enfermas. Él enfrentó a la señora Blum con los hechos, aunque no estaba seguro de que ella lo hubiera entendido todo, pues evidentemente ni sabía quién era Götten, pero sí dijo:

—¿Por qué tenía que acabar así? ¿Por qué?

Esta declaración la convirtió el PERIÓDICO en «tenía que acabar así». El pequeño cambio introducido lo justificó Tötges diciendo que él, como periodista, estaba acostumbrado a «ayudar a expresarse a las personas sencillas».

 

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No se ha podido averiguar con certeza si Tötges logró llegar realmente a la habitación de la señora Blum o si inventó su visita y las palabras atribuidas a la madre de Katharina. En todo caso, las publicó en el PERIÓDICO como si procedieran de una entrevista. Así demostraría su habilidad periodística y, además, fanfarronearía un poquito. El doctor Heinen, sor Edelgard, una enfermera española llamada Huelva y la asistenta portuguesa Puelco, consideran imposible que «ese tipo haya tenido semejante atrevimiento» (doctor Heinen). Esta visita a la habitación de la madre de Katharina, posiblemente inventada pero reconocida, fue sin duda decisiva, y no podemos por menos de preguntarnos si el personal del centro sanitario se limita a negar porque aquello no debía ocurrir, o bien Tötges inventó la entrevista para atribuir autenticidad a las declaraciones de la señora Blum. En este punto es preciso hacer justicia. Parece demostrado que Katharina se confeccionó su disfraz para efectuar pesquisas, precisamente en aquel bar del que salió el infeliz Schönner «con alguna juerguista», después de que el PERIÓDICO DEL DOMINGO publicara otro artículo de Tötges. Así que es preciso esperar. Está demostrado documentalmente que al doctor Heinen le sorprendió la repentina muerte de María Blum. «Aunque no pueda demostrar influencias imprevistas, tampoco las puedo excluir», manifestó. De ningún modo queremos imputar la responsabilidad a unos inocentes pintores. No debe mancharse el honor de los artesanos alemanes; ni siquiera sor Edelgard, como tampoco las señoritas extranjeras Huelva y Puelco, pueden garantizar; que todos los pintores —cuatro, de la casa Merkens, de Kuir— fuesen realmente pintores, y como cada uno trabajaba en distinto lugar, nadie puede saber con certeza si penetró alguien equipado con blusón, bote de pintura y brocha. Lo cierto es que Tötges aseguró (no se puede decir reconoció, ya que la realidad de su visita es indemostrable) haber entrevistado a Maria Blum, y Katharina se enteró de esta afirmación. El señor Merkens también admitió que, naturalmente, no siempre estaban los cuatro pintores a la vez en el edificio, y que si alguien hubiera querido penetrar haciéndose pasar por uno de ellos, le hubiera resultado fácil. El doctor Heinen dijo luego que demandaría al PERIÓDICO por la publicación de la entrevista con la madre de Katharina, y que provocaría un escándalo, pues si aquello era verdad lo consideraba monstruoso. Pero su amenaza quedó en el aire, lo mismo que la bofetada con que Blorna amenazó a Sträubleder.

 

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Hacia el mediodía de aquel sábado, 23 de febrero de 1974, se reunieron por fin los Blorna, la señora Woltersheim, Konrad Beiters y Katharina en el café Kloog, de Huir (el dueño era sobrino del hotelero en cuyo establecimiento Katharina, de recién casada, ayudó en ocasiones en la cocina y como camarera). Hubo abrazos y lágrimas, incluso por parte de la señora Blorna. Desde luego, también en el café Kloog reinaba ambiente de carnaval, pero el dueño, Erwin Kloog, que conocía y apreciaba a Katharina, cedió su sala de estar privada a los recién llegados. Desde allí Blorna habló por teléfono con Hach, y anuló la cita para la tarde en el foyer del museo. Informó a Hach de la muerte repentina de la señora Blum, probablemente como consecuencia de la visita de Tötges, reportero del PERIÓDICO. Hach se mostró más suave que por la mañana, y rogó a Blorna expresara su pésame a Katharina, quien, seguramente, no le guardaba rencor, pues carecía de motivo para ello. Por lo demás, él estaría en cualquier momento a su disposición. Aunque era cierto que se hallaba muy ocupado con los interrogatorios de Götten, buscaría el tiempo necesario. Por lo demás, hasta aquel momento, dichos interrogatorios no habían arrojado ningún agravante sobre Katharina. Él se refirió a ella con gran simpatía y respeto, pero no se podía esperar el permiso de visita porque no eran parientes, y el término «prometida» con seguridad resultaría demasiado vago y poco convincente.

Parece ser que Katharina, al recibir la noticia de la muerte de su madre, no se desmayó precisamente. Casi parecía sentirse aliviada. Desde luego, enfrentó al doctor Heinen con el número del PERIÓDICO en el que se comentaba la entrevista de Tötges y se citaba a su madre, pero ella no compartía en absoluto la indignación que dicha entrevista suscitó en el médico. Opinaba tan sólo que aquellas gentes eran asesinos por partida doble, pues terminaban con la vida y la reputación de las personas. Ella, claro está, despreciaba a aquel periodista, cuya misión consistía en arrebatar su honor, su prestigio y su salud a personas inocentes. El doctor Heinen, que por error pensó que su interlocutora era marxista (es probable que leyera en el PERIÓDICO las supuestas declaraciones de Brettloh, el ex marido de Katharina), estaba algo inquieto por la indiferencia de su interlocutora, y le preguntó si opinaba que el método utilizado por el PERIÓDICO era resultado de la estructura. Katharina no sabía lo que quería decir, y negó con la cabeza. Luego, se hizo acompañar por sor Edelgard al depósito de cadáveres, en el que entró junto con la señora Woltersheim. La propia Katharina levantó el paño mortuorio del rostro de su madre, asintió y la besó en la frente. Cuando sor Edelgard la invitó a pronunciar una breve oración, negó con la cabeza y respondió:

—No.

Volvió a tapar el rostro de su madre, dio las gracias a la monja, y luego, al marcharse, comenzó a llorar, primero suavemente, luego con más violencia y, por último, con el mayor desconsuelo. Tal vez pensaba también en su fallecido padre, a quien viera por última vez de niña, a los seis años, en la sala de duelos de un hospital. Else Woltersheim se daba cuenta de que nunca había visto llorar a Katharina, ni siquiera cuando de pequeña sufría en el colegio o a causa de su ambiente familiar. De un modo muy cortés, casi amable, Katharina insistió en dar también las gracias a las dos señoritas extranjeras, Huelva y Puelco, por todo cuanto habían hecho por su madre. Abandonó el hospital con resignación, y no dejó de recordar a la administración del establecimiento que informara a su hermano mediante un telegrama. Se mantuvo serena durante toda la tarde y la noche. A pesar de que sacaba una y otra vez los dos ejemplares del PERIÓDICO y enfrentaba a los Blorna, a Else W. y a Konrad B. con todos los detalles y con su interpretación de los mismos, su actitud hacia el PERIÓDICO parecía haber cambiado. O, para emplear términos al uso: se diría que predominaba en ella lo analítico sobre lo emotivo. Con el grupo de personas citadas, que le eran familiares y con quienes mantenía vínculos de amistad, también habló abiertamente en la sala de estar de Erwin Kloog acerca de sus relaciones con Sträubleder: una vez, después de una fiesta en casa de los Blorna, él la había acompañado a su casa, y a pesar de que lo rechazó severamente, casi con repugnancia, la siguió hasta el vestíbulo e incluso hasta su piso, llegando a impedirle, con el pie, cerrar la puerta. La importunó y se sintió ofendido porque ella no le consideraba en absoluto irresistible. Finalmente, pasada ya la medianoche, se marchó. Desde aquel día la persiguió con asiduidad, se presentó en su casa una y otra vez, le envió flores, le escribió cartas y, en alguna ocasión, logró penetrar en su piso. Una de esas veces, le obligó a aceptar el anillo. Esto era todo. Ella no confesó sus visitas o, mejor dicho, no indicó su nombre porque le pareció imposible explicar a los funcionarios que la interrogaban que no había habido nada entre ellos, absolutamente nada; ni siquiera un beso. ¿Quién creería que ella se había resistido a una persona como Sträubleder, que no sólo era rico sino que en los círculos políticos, económicos y científicos tenía fama por su irresistible gracia, casi de actor de cine? ¿Quién creería que una empleada de hogar como ella se había resistido a un actor de cine, y ni siquiera por motivos morales, sino, simplemente, porque no le agradaba? En efecto, no le interesó lo más mínimo, y ella consideraba toda la historia de las visitas de caballeros como la más detestable penetración en una esfera que no quería calificar de íntima, porque eso podría dar lugar a interpretaciones falsas, pues entre Sträubleder y ella no había habido la menor intimidad. Por su culpa se encontraba ahora en una situación que no podía explicar a nadie, y menos a unos funcionarios dedicados a interrogarla. Recordó, riendo, que acabó por sentir cierto agradecimiento hacia él, ya que la llave de su casa había sido importante para Ludwig, o por lo menos la dirección, pues —en este punto volvió a reírse— Ludwig seguramente hubiera entrado también sin llave. Pero ésta, en cualquier caso, facilitó las cosas. A ella le constaba que durante el carnaval el chalé permanecería vacío, pues precisamente dos días antes Sträubleder la molestó de nuevo e insistió en que aceptara pasar allí el fin de semana. Eso sucedió antes de que se comprometiera a tomar parte en el congreso en Bad B. Sí, Ludwig le confesó que la policía le buscaba, pero se limitó a explicar que era desertor de la Bundeswehr y que estaba a punto de marcharse al extranjero. Por tercera vez se echó a reír Katharina, cuando contó que se divirtió acompañándole a través de los pasillos de la red de calefacción, y que le indicó la salida de emergencia. Esta se hallaba al final de «Viva elegantemente junto al río», en la esquina de la Hochkepplstrasse. No, ella no creyó que la policía los vigilaba, sino que vivió aquel episodio como una especie de aventura, y tan sólo por la mañana —Ludwig ya se había marchado a las seis— se le hizo saber la gravedad del asunto. Se mostró aliviada al enterarse de que Götten estaba detenido.

—Ahora —comentó— ya no podrá hacer tonterías. Durante todo el tiempo tuve miedo; ese Beizmenne me inquietaba.

 

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Es preciso consignar que la tarde y la noche del sábado resultaron casi agradables, tan agradables que todos —los Blorna, Else Woltersheim y Konrad Beiters— se tranquilizaron bastante. Finalmente, la situación le pareció a todos «relajada», incluso a Katharina. Götten detenido, los interrogatorios de Katharina terminados, la madre de Katharina liberada prematuramente de una grave enfermedad por la muerte, y las formalidades para el entierro ya iniciadas. En Kuir, en efecto, les prometieron todos los documentos necesarios para el lunes de carnaval, en que un amable funcionario se mostraría dispuesto a expedirlos a pesar de ser día festivo. Finalmente, también resultaba consolador que el dueño del café, Erwin Kloog, se negara en redondo a admitir el pago de la consumición (café, licores, ensalada de patatas, salchichas y pasteles). Al despedirse dijo:

—¡Ánimo, pequeña Katharina! Aquí no todos piensan mal de ti.

El consuelo que procuraban estas palabras era relativo, pues ¿qué significa «no todos»? Pero, en cualquier caso, no eran «todos». Acordaron ir a casa de los Blorna a pasar allí el resto de la noche. A Katharina le prohibieron estrictamente que entrara en acción para poner orden. Estaba de vacaciones y debía relajarse. La señora Woltersheim preparó en la cocina los bocadillos, mientras Blorna y Beiters se ocupaban de la chimenea. Katharina, «por una vez, dejó que la mimaran». La reunión llegó a animarse tanto, más tarde, que, de no mediar una muerte y la detención de una persona querida, seguramente hubieran bailado un poco. Al fin y al cabo, era carnaval.

Blorna no logró convencer a Katharina de que anulara la entrevista con Tötges. Se mantuvo tranquila y muy amable, y más tarde —cuando la entrevista demostró ser eso, una «entrevista»— Blorna se estremecía al recordar con qué aplomo y decisión insistió Katharina en celebrarla y con qué energía rechazó su ayuda. Sin embargo, no estaba ciertamente seguro de que Katharina hubiera decidido el asesinato ya aquella noche. Le parecía mucho más probable que la empujara la lectura del PERIÓDICO DEL DOMINGO. Se separaron con cordialidad y se abrazaron, pero esta vez sin lágrimas, después de haber escuchado música seria y ligera, y de haber contado Katharina y Else Woltersheim algo de su vida en Gemmelsbroich y Kuir. Eran sólo las diez y media cuando Katharina, la señora Woltersheim y Beiters, con recíprocas muestras de amistad y simpatía, se separaron de los Blorna, que se sentían dichosos de haber regresado a tiempo (a tiempo para Katharina). Junto a la chimenea, cuyo fuego se estaba apagando, y ante una botella de vino, hicieron planes para sus nuevas vacaciones. También comentaron las particularidades del carácter de su amigo Sträubleder y de la mujer de éste, Maud. Cuando Blorna rogó a su esposa que en futuras visitas no usara la palabra «visita de caballero», pues debía reconocer que era como nombrar la soga en casa del ahorcado, Trude Blorna observó:

—No creo que lo volvamos a ver tan pronto.

 

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Se sabe con seguridad que Katharina pasó el resto de la noche tranquilamente. Se probó otra vez su disfraz de beduina, reforzó algunas costuras y se decidió a usar un pañuelo blanco en vez de velo. Todavía escucharon la radio, comieron unas pastas y luego se dispusieron a descansar. Beiters entró por vez primera abiertamente con la señora Woltersheim en el dormitorio de ésta. Katharina se acomodó en el sofá.

 

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Cuando Else Woltersheim y Konrad Beiters se levantaron el domingo por la mañana, estaba el desayuno en la mesa, dispuesto de la manera más agradable. El café, filtrado, aguardaba en un termo. Katharina, que ya desayunaba con evidente apetito, leía mientras tanto el PERIÓDICO DEL DOMINGO. A partir de este momento, apenas se relatará; se citará. De acuerdo, la story de Katharina ya no aparecía con fotos en primera página. Allí estaba esta vez Ludwig Götten. El titular decía así: «El solícito amante de Katharina Blum descubierto en la villa de un industrial». La store en sí aparecía más ampliamente tratada que hasta el momento en las páginas 7-9, ilustrada con numerosas fotos: Katharina el día de su primera comunión; su padre, vestido con uniforme de cabo al regreso de la guerra; la iglesia de Gemmelsbroich; otra vez la villa de Blorna. Luego, la madre de Katharina cuando tenía unos cuarenta años, con un aspecto bastante amargado, casi degenerado, ante la casita de Gemmeslbroich donde habían vivido. Finalmente, una foto del hospital donde la madre de Katharina murió durante la noche del viernes al sábado. He aquí el texto:

La primera víctima segura de la misteriosa Katharina Blum, que todavía se encuentra en libertad, ha sido su propia madre, que no superó el shock sufrido al tener noticia de las actividades de su hija. Si ya es bastante raro que esta última bailara con entrañada ternura con un atracador y asesino, mientras su madre se estaba muriendo, el hecho de que este fallecimiento no le arrancara una sola lágrima ya limita con la extrema perversidad. ¿Puede calificársela tan sólo de «fría y calculadora»? La esposa de uno de sus anteriores patronos, un prestigioso médico rural, la describe así: «Tenía maneras de prostituta. Hube de despedirla en atención a nuestros hijos adolescentes, a nuestra clientela y a mi propio marido». ¿Participó acaso Katharina B. en las estafas del famoso doctor Fehnern? (En su día, el PERIÓDICO informó sobre este caso). ¿Fue su padre un farsante? ¿Por qué su hermano se convirtió en un criminal? Siguen sin aclararse su rápido ascenso y sus elevados ingresos. Ahora se sabe definitivamente que Katharina facilitó la fuga a un Götten manchado de sangre, y que abusó sin consideraciones de la amistosa confianza y espontáneo altruismo de un prestigioso científico e industrial. El PERIÓDICO, mientras tanto, dispone de informaciones que representan una prueba casi irrefutable de que no recibía visitas de caballeros, sino que era ella quien hacía esas visitas sin ser llamada, para saquear casas ajenas. Parecen adquirir significado los misteriosos viajes en coche de la Blum. Puso en juego sin escrúpulos la fama, la felicidad familiar y la carrera política —de la que el PERIÓDICO ha tratado en varias ocasiones— de una persona honorable, con una indiferencia absoluta hacia los sentimientos de una esposa digna y de cuatro hijos. Está claro que la Blum debía destruir la carrera de S. por orden de un grupo de izquierdas.

¿Es cierto que la policía y el fiscal pretenden dar crédito a las palabras del desvergonzado Götten, quien asegura que la Blum es inocente? El PERIÓDICO pregunta otra vez: ¿No resultan demasiado benévolos nuestros sistemas de interrogatorio? ¿Se debe ser humano con personas inhumanas?

 Al pie de las fotos del señor y la señora Blorna y de su villa:

En esta casa servía la Blum desde las siete hasta las dieciséis horas, independiente y sin vigilancia, contando con la plena confianza del doctor Blorna y de su esposa. ¿Qué habrá ocurrido aquí mientras los desprevenidos Blorna estaban trabajando? ¿O no eran tan desprevenidos? Su relación con la Blum se califica de familiar, casi íntima. Los vecinos contaron a los periodistas que se podía adjetivar de amistosa. No mencionamos aquí ciertas alusiones porque no son del caso. ¿O quizá sí? ¿Qué papel desempeñó la señora doctora Gertrud Blorna, que en los anuarios de una famosa Escuela Técnica Superior figura todavía hoy como Trude la Roja? ¿Cómo pudo escapar Götten del piso de la Blum a pesar de que la policía le vigilaba? ¿Quién conocía los planos de construcción del conjunto residencial «Viva elegantemente junto al río», hasta el último detalle? ¡La señora Blorna! La vendedora Hertha Sch. y la trabajadora Claudia St. coinciden en su declaración al PERIÓDICO «Aquellos dos bailaron como si se conocieran desde siempre (se refieren a la Blum y al bandido Götten). No fue un encuentro casual; fue un reencuentro».

 

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Cuando más tarde criticaron a Beizmenne por haber dejado libre durante casi cuarenta y ocho horas a Götten, de cuya presencia en la villa de Sträubleder ya estaba informado desde las 23.30 del jueves, y por haber arriesgado una nueva fuga del delincuente, el comisario se rió y dijo que a partir de la medianoche del jueves Götten ya no pudo tener ninguna posibilidad de escapar. La casa se encontraba en el bosque, pero estaba rodeada de candelechos «a manera de atalayas», según se informó al ministro del Interior, quien estuvo de acuerdo con todas las medidas tomadas. En un helicóptero que, por supuesto, aterrizó a suficiente distancia para no ser oído, llegó una tropa especial que se repartió en los candelechos. A la mañana siguiente, la policía local se reforzó en secreto con dos docenas de funcionarios. Lo más importante fue observar los intentos de contacto de Götten, y el éxito justificó el riesgo. Se pudieron descubrir cinco contactos. Y, naturalmente, hubo que localizar y detener a esas cinco personas antes de apresar al propio Götten, a quien no arrestaron hasta el momento en que se sintió tan seguro que le pudieron observar desde fuera. Algunos extremos importantes los debía Beizmenne a los reporteros del PERIÓDICO, a la empresa editora de éste y a los órganos relacionados con ella, que empleaban métodos ligeros y no siempre convencionales, para enterarse de detalles que las pesquisas oficiales no lograban descubrir. Por ejemplo, de esta manera se llegó a saber que no sólo el pasado de la señora Blorna, sino también el de la señora Woltersheim dejaba bastante que desear. La segunda, en efecto, había nacido en 1930, hija ilegítima de una obrera de Kuir. La madre vivía aún. ¿Y saben dónde? En la RDA, y no por obligación sino voluntariamente. En varias ocasiones, por vez primera en 1945, de nuevo en 1952 y por último en 1961, poco antes de la construcción del muro de la vergüenza, se le ofreció volver a Kuir, donde posee una pequeña casa y algo de tierra. Pero ella se negó expresamente en las tres ocasiones. Todavía más interesante era el padre de la Woltersheim, un tal Lumm, asimismo obrero y miembro del Partido comunista cuando nació su hija. En 1932 emigró a la Unión Soviética y allí, según dicen, desapareció. Beizmenne suponía que este tipo de desapariciones eran bien distintas de las que figuraban en las listas del Ejército alemán.

 

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Para asegurarse de que determinados indicios relativamente claros no se pierden ni son objeto de interpretaciones erróneas, es preciso señalar que el PERIÓDICO, causante, a través de su colaborador Tötges, de la muerte —sin duda prematura— de la madre de Katharina, culpó a esta última de la muerte en la edición del domingo. Además, la acusó —más o menos abiertamente— de haber robado la llave de la villa de recreo de Sträubleder. Conviene insistir en estas dos falsas imputaciones, porque, además, el PERIÓDICO publicó muchas otras calumnias, mentiras y deformaciones de la realidad, más difíciles de captar.

El ejemplo de Blorna demuestra cuánta influencia podía ejercer el PERIÓDICO, incluso sobre personas bastante bien relacionadas. En la zona residencial donde vivían los Blorna, no se vendía, claro está, el PERIÓDICO DEL DOMINGO. Allí eran más exigentes. Blorna, creyendo que todo había pasado, y que sólo era de temer la entrevista de Katharina y Tötges, no se enteró del artículo del PERIÓDICO DEL DOMINGO hasta el mediodía, cuando llamó a casa de la señora Woltersheim. Esta, por su parte, creía que Blorna habría leído el PERIÓDICO DEL DOMINGO. Creemos haber dado a entender que Blorna era un hombre cordial y sinceramente preocupado por Katharina, pero también una persona realista. Cuando la señora Woltersheim le leyó por teléfono el artículo del PERIÓDICO DEL DOMINGO no se fió —como suele decirse— de sus sentidos (en este caso de un sentido en concreto: el oído), y se hizo leer otra vez el texto. Luego, estalló. Gritó, buscó en la cocina una botella vacía, la encontró y corrió con ella al garaje, donde, por suerte, encontró a su mujer, quien le impidió confeccionar un auténtico cóctel Molotov, que se proponía arrojar a la redacción del PERIÓDICO; más tarde, pensaba estrellar otro contra la residencia (principal) de Sträubleder. Conviene reflexionar sobre el asunto: un hombre de cuarenta y dos años, con formación académica, que desde hacía siete años contaba con el respeto de Lüding y de Sträubleder por su manera clara y realista de conducir las negociaciones a nivel internacional en el Brasil, en la Arabia Saudí, en Irlanda del Norte; o sea, que de ningún modo se trataba de un provinciano, sino de un hombre absolutamente cosmopolita. Pues bien: esta persona era la que se proponía confeccionar un cóctel Molotov.

La señora Blorna calificó su arranque de anarquismo espontáneo burguésromántico, le ensalmó como se ensalma la parte enferma o irritada de un cuerpo, cogió el teléfono y pidió a la señora Woltersheim que le leyera el artículo del PERIÓDICO. Debemos reconocer que palideció bastante, y que luego tomó una iniciativa tal vez peor que arrojar un cóctel Molotov: descolgó de nuevo el teléfono, llamó a Lüding (que en aquel momento estaba ocupado con sus fresones con nata, y con helado de vainilla) y le dijo simplemente:

—Usted es un cerdo, un cerdo miserable.

Cierto es que no dio su nombre, pero se puede suponer que todos los conocidos de Blorna conocían la voz de su mujer, famosa por sus comentarios acertados y agudos. Su iniciativa, por otra parte, le pareció audaz en exceso a su marido, quien pensó que la conversación telefónica la había mantenido Trude con Sträubleder. Se suscitaron aún diversas disputas entre los Blorna y entre éstos y otros, pero como no costaron la vida a nadie, se nos permitirá que las pasemos por alto. Estas consecuencias intencionadas, aunque sin importancia, del artículo publicado por el PERIÓDICO DEL DOMINGO, sólo se mencionan aquí para explicar las razones que impulsaron a personas cultas y de buena posición a indignarse e incluso a planear los peores actos de violencia.

Está demostrado que a aquella hora —alrededor de las doce—, Katharina, después de haber estado en el bar Zur-Goldente durante hora y media sin que nadie la hubiera reconocido, probablemente recogiendo informaciones sobre la persona de Tötges, abandonó aquel local, punto de cita de los periodistas, para esperar en su piso al citado Tötges, que llegó aproximadamente un cuarto de hora más tarde. Sobre la entrevista no es preciso hablar. Sabemos cómo acabó.

 

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Para comprobar la veracidad de la sorprendente declaración del párroco de Gemmelsbroich —sorprendente para todos los interesados—, en el sentido de que el padre de Katharina había sido un criptocomunista, Blorna se fue a pasar un día a aquel pueblo. Primero: el párroco confirmó su declaración, y reconoció que el PERIÓDICO había reproducido literal y correctamente sus palabras. No se hallaba en condiciones de aportar pruebas en apoyo de su afirmación, ni tampoco lo deseaba. Llegó a decir que ni siquiera las necesitaba; que aún se podía fiar de su olfato, y que él, simplemente, había olido que Blum era comunista. No quería definir su olfato, ni tampoco estaba dispuesto a ayudar a Blorna, que le rogaba la explicara cómo olía un comunista. En este punto —es lamentable tener que admitirlo—, el párroco se volvió bruscamente descortés, preguntó a Blorna si era católico, y cuando éste lo afirmó, el sacerdote le recordó su deber de obediencia, extremo que Blorna no entendía. Naturalmente, a partir de aquel momento tuvo dificultades en sus investigaciones acerca de los Blum, que al parecer nunca gozaron de especial simpatía. Tuvo que escuchar cargos graves contra la difunta madre de Katharina, que, en una ocasión, y en compañía del sacristán, al que acabó por despedir el párroco, vaciaron en la sacristía una botella de vino de celebrar. El hermano de Katharina resultó ser, por su parte, una auténtica desgracia. Y la única cita que probaba el comunismo del padre era un comentario que hizo éste al campesino Scheumel, en el año 1949, en uno de los siete bares del pueblo: «El socialismo no es lo peor». Más no se podía averiguar. El único resultado de las investigaciones fracasadas de Blorna fue que sobre el propio Blorna se lanzó la acusación de comunista, y —lo que le sorprendió más dolorosamente— por boca de una dama que, hasta el momento, le había brindado cierta ayuda e incluso le llegó a inspirar simpatía: la maestra retirada Elma Zubringer, que cuando él se despidió le sonrió irónicamente, le guiñó un ojo y le dijo:

—¿Por qué no reconoce que usted mismo es uno de ellos, y su señora aún más?

 

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Desgraciadamente, no se pueden silenciar todas las violencias que se siguieron mientras Blorna preparó su defensa de Katharina. La mayor falta que cometió fue encargarse también de la defensa de Götten porque Katharina así se lo pidió, e intentar repetidas veces obtener un permiso para que ambos reclusos pudieran visitarse, insistiendo en que estaban prometidos. Adujo que la misma noche del 20 de febrero se celebró la petición de mano. Etcétera, etcétera. Uno puede figurarse las cosas que escribía el PERIÓDICO sobre él, Götten, Katharina y la señora Blorna.  Pero todo esto no se mencionará ni citará aquí. Ciertas violaciones y cambios de nivel sólo se efectuarán en caso necesario, pero no ahora, porque ya se conoce el texto publicado por el PERIÓDICO. Se levantó el rumor de que Blorna quería divorciarse; rumor que carecía por entero de fundamento, pero que, a pesar de ello, sembró entre los cónyuges cierta desconfianza. Se aseguraba que su situación económica era mala, lo que resultaba tanto más grave porque era cierto. En efecto, el abogado había concluido con sus recursos, puesto que, por añadidura, se hizo cargo de la administración del piso de Katharina, difícil de alquilar y también de vender, pues se consideraba «manchado de sangre». En todo caso, perdía valor, y Blorna tuvo que pagar la amortización, los intereses, etc., al precio establecido. Incluso existían indicios de que la Haftex, promotora del complejo residencial «Viva elegantemente junto al río», pensaba demandar a Katharina Blum por daños y perjuicios, pues consideraba que el suceso había ocasionado una merma del valor social y comercial de aquellas viviendas. Y así, disgustos y más disgustos. Se denegó en primera instancia un intento para despedir a la señora Blorna del estudio de arquitectura donde trabajaba, a causa del abuso de confianza cometido al suministrar a Katharina información acerca de la infraestructura del complejo residencial, pero nadie estaba seguro de qué se decidiría en segunda y tercera instancia. Mientras tanto, el matrimonio ya había vendido su segundo coche, y hace poco el PERIÓDICO publicó una foto del «super coche» de Blorna, más bien elegante, es verdad, con este pie: «¿Cuándo tendrá que adoptar el abogado rojo el coche del hombre corriente?».

 

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Naturalmente, también la relación de Blorna con la Lustra (Lüding und Sträubleder Investment) ha sufrido alteración, por no decir que se ha deshecho. Sólo se habla ya de «liquidaciones». De todos modos, Sträubleder hace poco le comunicó:

—No os dejaremos morir de hambre.

Lo sorprendente para Blorna fue que Sträubleder dijera «os» en vez de «té».

Claro que aún trabaja para la Lustra y la Haftex, pero no ya a nivel internacional, ni tan siquiera nacional; sólo, y de manera esporádica, a nivel regional y, generalmente, a nivel local. Esto significa que ha de tratar con vulgares incumplidores de contrato y con denunciantes que, por ejemplo, reclaman judicialmente un revestimiento de mármol que les ha sido prometido, pero que en realidad se les ha instalado de pizarra de Solnhofen. Tampoco faltan los tipos a los que se han prometido tres capas de esmalte en la puerta del cuarto de baño, rascan con un cuchillo, y encargan a un experto que dictamine la existencia de sólo dos capas. Y bañeras que gotean y tragabasuras defectuosos que se utilizan como pretexto para no efectuar los pagos en las fechas previstas en el contrato. Estos casos, pues, son los que ahora encargan a Blorna, mientras que antes, si no siempre sí muy a menudo, viajaba de Buenos Aires a Persépolis para colaborar en la elaboración de ambiciosos proyectos. En el Ejército, a esto se le llama una degradación, que, por lo general, resulta algo humillante. La consecuencia todavía no es úlcera, pero el estómago de Blorna empieza a quejarse. Lo grave es que él hizo pesquisas por su cuenta en Kohlforstenheim para enterarse, por el jefe de policía local, si en el momento en que detuvieron a Götten estaba puesta la llave por dentro o por fuera o si se forzó la puerta. ¿Para qué, si ya ha concluido el sumario? Esto —debe dejarse bien claro— no cura en absoluto las úlceras, por más que el jefe de policía se mostró muy amable con Blorna, a quien no acusó en ningún momento de comunista, pero le aconsejó insistentemente que no se metiera en el asunto. A Blorna le queda un consuelo: su mujer, que cada vez es más amable con él. Su lengua sigue tan afilada como siempre, pero ya no la usa contra su marido, sino exclusivamente contra los demás, aunque tampoco contra todos. Su idea de vender la villa, comprar el piso de Katharina y mudarse allí, de momento no se ha llevado a la práctica a causa del tamaño del piso, que resulta demasiado pequeño, pues Blorna quiere dejar su despacho de la ciudad y trabajar en casa. Él, que tenía fama de liberal con rasgos de bon vivant, que era apreciado por sus colegas y se caracterizaba por su gran alegría de vivir, y cuyas fiestas se veían muy concurridas, empieza ahora a mostrar rasgos de ascetismo y a despreocuparse por su aspecto, que siempre cuidó con mucho interés. Como realmente su manera de despreocuparse no es la que está de moda, algunos colegas aseguran, incluso, que ya no se asea lo más mínimo y que empieza a oler mal. Así, caben pocas esperanzas de una nueva carrera para él, pues la verdad —aquí no queremos ocultar nada, absolutamente nada— es que su olor corporal ya no es el de antes, el de un hombre que por las mañanas salta con alegría de la cama y usa jabón, desodorante y colonia en abundancia. En resumen: está cambiando terriblemente. Sus amigos —todavía le quedan algunos, entre otros Hach, con el cual, además, se relaciona en el ámbito profesional, dada su intervención en los casos Ludwig Götten y Katharina Blum— están preocupados, sobre todo porque su agresividad —por ejemplo contra el PERIÓDICO, que, de vez en cuando, le obsequia con breves publicaciones sobre su persona— ya no estalla, sino que, evidentemente, se la traga. La preocupación de sus amigos llega hasta el punto de que han pedido a Trude Blorna que controle a su marido por si se procura armas o confecciona artilugios explosivos, pues Tötges ha encontrado un sucesor que, bajo el nombre Eginhard Templer, continúa las actividades del asesinado. El nuevo Tötges logró fotografiar a Blorna en el momento de entrar en una casa de empeños. Después, sin duda por haberlo observado a través del escaparate, informó a los lectores del PERIÓDICO sobre la negociación acerca del valor de un anillo, que el prestamista examinó con lupa. Pie de la foto: «¿Se han secado realmente las fuentes rojas o sólo finge estar arruinado?».

 

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La mayor preocupación de Blorna es lograr que Katharina declare en el juicio que tomó la decisión de vengarse de Tötges el domingo por la mañana, y en ningún momento con intención de asesinarlo, sino con el simple propósito de escarmentarlo. Que era cierto que ya el sábado, cuando invitó a Tötges a una entrevista, se proponía decirle sin rodeos lo que pensaba de él, y llamarle la atención sobre cómo había destrozado su vida y la de su madre. Que tampoco quiso matarle el domingo, después de la lectura del PERIÓDICO de ese día. Deseaba evitar la impresión de que Katharina premeditó el asesinato días antes, y que lo realizó siguiendo un plan. Blorna intenta explicar a su defendida —que reconoce haber concebido la idea de asesinar ya el jueves, después de la lectura del primer artículo— que muchos, y él mismo el primero, tienen a veces la ocurrencia de asesinar a alguien, pero que es preciso establecer la distinción entre «idea de asesinar» y «plan de asesinato». Lo que además le inquieta es que Katharina persista en no arrepentirse, actitud que tampoco modificará en el tribunal. No está en absoluto deprimida, sino que siente una especie de felicidad por «vivir en las mismas condiciones que mi querido Ludwig». Es considerada presa ejemplar y trabaja en la cocina, pero si se demora la vista de la causa, será trasladada al departamento de economía. Se sabe que ni la propia administración ni los presos la esperan con agrado, a causa de la fama que la precede, y ante la perspectiva de que Katharina permanezca mucho tiempo en ese destino, acaso todo lo que dure su reclusión. Se calcula que el fiscal solicitará quince años, y que la condenarán a ocho o diez. Esta noticia corre y siembra el terror en todas las prisiones. Está visto que la integridad, unida a una inteligencia metódica, no se desea en ninguna parte, ni siquiera en las prisiones o en la administración.

 

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Según una información confidencial de Hach a Blorna, es probable que no se pueda mantener en pie la acusación de asesinato contra Götten, y que, por tanto, no se formulará. Parece demostrado que no sólo desertó de la Bundeswehr, sino que además ha perjudicado (también material, no sólo moralmente) a tan benéfica institución. No cometió ningún atraco en un banco, sino que se apoderó de todo el contenido de una caja fuerte en la que estaba depositada la paga de dos regimientos, junto con notables reservas monetarias. Además, pesan sobre Götten las acusaciones de falsificación de balance y robo de armas. De modo que también se le pueden calcular unos ocho o diez años. Cuando cumpla su condena contará, pues, treinta y cuatro y Katharina, treinta y cinco. Ella, a pesar de todo, tiene planes para el futuro: piensa, en efecto, que su capital producirá hasta entonces considerables intereses, y se propone «abrir una fonda» en alguna parte. Naturalmente, aquí no. Su condición de prometida de Götten no se decidirá en esferas superiores, sino en las más altas. Se han formulado peticiones en este sentido, que siguen su larga andadura burocrática. Por cierto, los contactos telefónicos que mantuvo Götten desde la villa de Sträubleder fueron exclusivamente con miembros de la Bundeswehr o con las esposas de éstos: oficiales y esposas de oficiales. Se espera un escándalo de mediana importancia.

 

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Mientras Katharina contempla su futuro casi con tranquilidad, sin más limitaciones que su actual privación de libertad, Else Woltersheim se encuentra sumida en una amargura cada vez mayor. La difamación de que han sido objeto su madre y su difunto padre, considerado como víctima del estalinismo, la ha ofendido en sumo grado. En Else Woltersheim se advierte una tendencia antisocial que va en aumento, y que ni siquiera Konrad Beiters logra moderar. Como Else se ha especializado cada vez más en la preparación, realización e inspección de cenas frías, su agresividad apunta concretamente hacia los invitados de los parties: periodistas extranjeros o del país, industriales, funcionarios de los sindicatos, banqueros o altos ejecutivos.

—A veces —confesó hace poco a Blorna— he de esforzarme para no echar a alguno de esos tipos una fuente de ensaladilla encima de su frac, o para no meter unos canapés de salmón en el escote de una de esas pavisosas, a ver si al fin aprendían a horrorizarse. Hay que imaginarlo desde el otro lado, desde nuestro punto de vista: cómo están todos allí, con la boca abierta, y cómo se lanzan primero, naturalmente, sobre los canapés de caviar —y allí se reúnen millonarios y esposas de millonarios—, cómo se meten luego cigarrillos, cerillas y pasteles en los bolsillos. Pronto llevarán recipientes de plástico para robar café. Y todo eso se paga con nuestros impuestos, de una manera o de otra. Hay tipos que se ahorran el desayuno o el almuerzo y caen sobre el buffet frío como buitres, con perdón de los buitres.

 

56

Hasta este momento se sabe de una violencia física que, desgraciadamente, ha tenido mucho eco en la sociedad. Con motivo de inaugurarse una exposición del pintor Frederick Le Boche, cuyo mecenas se considera que es Blorna, éste se encontró por vez primera personalmente con Sträubleder después de los acontecimientos narrados. Cuando Sträubleder se le acercó radiante, el abogado se negó a estrecharle la mano que le tendía. Sin embargo, él cogió la de Blorna y le susurró al oído:

—¡Dios mío, no te lo tomes tan en serio! No os abandonaremos… Lo malo es que tú sí te abandonas.

Para ser sinceros, debemos dejar constancia de que, en aquel momento, Blorna propinó una bofetada a Sträubleder. Comentario breve para ser olvidado con rapidez: manó sangre de la nariz de Sträubleder, según apreciaciones particulares: de cuatro a siete gotas. Pero lo peor fue que el agredido retrocedió y exclamó:

—¡Te perdono, te lo perdono todo, en vista de tu estado emocional!

De esta manera, y puesto que el comentario pareció irritar sumamente a Blorna, se llegó a una situación que testigos oculares calificaron de «lucha a brazo partido» y, lo que son las cosas, cuando personas como Sträubleder y Blorna se muestran en público, nunca falta el fotógrafo del PERIÓDICO, un tal Kottensehl, sucesor del malogrado Schönner Así que tal vez no se pueda reprochar al PERIÓDICO —cuyo carácter ya conocemos— la publicación de una foto de la riña y el siguiente pie: «Político conservador agredido por un abogado de izquierdas». Esto, claro está, al día siguiente. Durante la exposición riñeron también Maud Sträubleder y Trude Blorna.

La primera le dijo a la segunda:

—Querida Trude, ¡cuánto te compadezco!

Trude B. contestó a Maud S.:

—Devuelve tu compasión a la nevera donde guardas todos tus sentimientos.

Entonces, Maud le ofreció de nuevo su perdón, clemencia, compasión y casi amor, con estas palabras:

—Nada, absolutamente nada, ni siquiera tus comentarios destructivos, pueden disminuir mi simpatía.

Y Trude B. respondió con expresiones que no nos atrevemos a repetir aquí, y de las cuales sólo podemos dar algún referencia. Tales expresiones de Trude B. se referían a los numerosos intentos de acercamiento a ella de Sträubleder, entre otras cosas —violando la discreción profesional a la que también está sujeta la esposa de un abogado—, aludí al anillo, las cartas y la llave que «dejó en cierto piso tu pretendiente siempre rechazado». En aquel momento, separó a las dos señoras Frederick Le Boche, que había tenido la presencia de ánimo de empapar con sangre de Sträubleder un papel y convertirlo en One minute piece of art —así lo llamaba él — con el título «Fin de una larga amistad entre dos hombres». Lo firmó y se lo regaló a Blorna, no a Sträubleder, con estas palabras:

—Lo puedes vender para mejorar un poco tu activo.

Este último suceso y las violencias descritas al principio nos permiten reconocer que el arte sigue desempeñando una función social.

 

57

Desde luego, resulta en extremo lamentable que al final haya tan poca armonía y que existan escasas esperanzas de lograrla. El resultado no ha sido la integración, sino el enfrentamiento. Naturalmente, debería estar permitido preguntar por qué una mujer joven y con buen humor, casi alegre, que ha asistido a un baile inofensivo, cuatro días más tarde —aquí no queremos juzgar, sino tan sólo informar; nos limitamos a la notificación de los hechos— se convierte en asesina por causa, si queremos ser exactos, de unos artículos periodísticos. Entre dos hombres que han sido amigos durante muchos años, surgen acaloramiento y tensiones y acaban peleándose. Sus respectivas esposas intercambian hirientes comentarios. Compasión rechazada; incluso amor rechazado. Evolución muy desagradable. Una persona alegre y abierta, que ama la vida, los viajes y el lujo, se abandona hasta el punto de despedir olores corporales. Pone su villa en venta y acude a un prestamista. Su esposa busca otro empleo, ya que está segura de perder el pleito en segunda instancia. Incluso esta mujer de talento se dispone a volver a trabajar como «consejera de arquitectura interior», con la categoría de encargada, en una gran empresa de muebles, pero allí le hacen saber que «los círculos a los cuales suele pertenecer nuestra clientela son, justamente, los círculos con los que usted se ha enemistado, señora». En resumen: las perspectivas no son buenas. El fiscal Hach ya ha contado confidencialmente a algunos amigos lo que no se atreve a decirle al propio Blorna: que tal vez le rechacen como abogado defensor a causa de una considerable parcialidad. ¿Qué será de este asunto y cómo acabará? ¿Qué será de Blorna si ya no tiene la posibilidad de visitar a Katharina y, para qué negarlo, de estrechar sus manos? No cabe duda: él la ama, pero ella no, y él no tiene la más leve esperanza, pues todo, todo le pertenece a su «querido Ludwig». Debemos añadir que, en este caso, el «estrechar las manos» es un asunto absolutamente unilateral, pues consiste sólo en que cuando entrega documentos o comunicados a Katharina coloca sus manos sobre las suyas una fracción de segunde más de lo corriente. ¡Maldita sea! ¿Cómo puede haber armonía, si ni siquiera el enorme afecto que siente por Katharina le induce —digamos— a lavarse más a menudo? Ni siquiera le consuela el hecho de ser él quien ha averiguado el origen del arma homicida, extremo que Beizmenne, Moeding y sus ayudantes ignoran. Tal vez decir «averiguado» resultaría excesivo: se trata de una confesión voluntaria de Konrad Beiters, que reconoce ser un antiguo nazi y cree que gracias a esta circunstancia probablemente no se han fijado en él hasta ahora. Él fue jefe político en Kuir, y en su tiempo pudo hacerle un favor a la madre de la señora Woltersheim. La pistola era un arma reglamentaria que él escondió, pero que, ocasionalmente, enseñó a Else y Katharina. Incluso en tres ocasiones fueron al bosque los tres para hacer pruebas de tiro. Katharina resultó ser una buena tiradora, y contó que ya de muy joven trabajó como camarera en el club de tiro, donde, a veces, le dejaron probar su puntería. El sábado por la noche, Katharina pidió a Beiters la llave de su piso, argumentando que deseaba estar sola, y que su propia casa había muerto para ella… Sin embargo, el sábado acabó por quedarse con Else, o sea que debió de buscar la pistola el domingo, cuando, después del desayuno y la lectura del PERIÓDICO DEL DOMINGO, se fue disfrazada de beduina al bar de los periodistas.

 

58

Aún nos queda por relatar un extremo no demasiado agradable: Katharina explicó a Blorna cómo ocurrió el asesinato, y también le contó cómo empleó las seis horas y media o siete que mediaron entre el crimen y su llegada a casa de Moeding. Estamos en la feliz situación de poder reproducir este relato, ya que Katharina dejó todo escrito y lo puso a disposición de Blorna, con objeto de que sirviera de prueba en el proceso.

—Fui al bar de los periodistas sólo para conocerle. Quería saber qué aspecto tiene un individuo así; cómo gesticula, cómo habla, bebe y baila el hombre que ha destrozado mi vida. Sí, pasé antes por el piso de Konrad, busqué la pistola y la cargué yo misma. Él me enseñó a hacerlo un día que fuimos a practicar el tiro al bosque. Esperé en el bar una hora y media o dos, y el periodista no se presentó. Yo estaba decidida a no acudir a la entrevista si él me parecía demasiado repugnante. De haberle visto antes, no hubiera ido, pero, como he dicho, él no apareció por el bar. Para evitar las impertinencias hablé con el dueño, Peter Kraffluhn, a quien conozco por mis trabajos en recepciones, en las que él a veces se emplea como jefe de comedor, y le pedí que me dejara ayudar detrás de la barra, sirviendo bebidas. Peter, naturalmente, sabía lo que había publicado el PERIÓDICO sobre mi persona, y prometió hacerme una señal en el momento en que apareciera Tötges. Algunas veces, pues al fin y al cabo era carnaval, acepté una invitación para bailar, pero al ver que Tötges no acudía, me puse muy nerviosa, pues no deseaba encontrarme con él de improviso. A las doce me fui a casa y me encontré muy a disgusto en el piso manchado y sucio. Sólo tuve que esperar unos minutos hasta que sonó el timbre, lo suficiente para preparar la pistola y colocarla en mi monedero, a punto de disparar. Sí, entonces sonó el timbre. Cuando abrí, me lo encontré frente a frente. Yo pensé que llamaría desde abajo, lo que me daría un margen de unos minutos, pero subió en ascensor, y allí lo tenía. Me asusté. Comprendí en seguida que era un cerdo, un auténtico cerdo. Y, además, guapo, lo que se dice guapo. Usted ya lo ha visto en las fotos. Dijo: «¡Qué bonita! ¿Qué hacemos los dos ahora?». Yo no dije una palabra y retrocedí al interior de mi piso. Él me siguió. «¿Por qué me miras tan horrorizada, nena? Propongo que, en primer lugar, nos vayamos a la cama». Mientras tanto, yo había alcanzado mi monedero y él me cogió por el vestido. Pensé: «¡Tú lo has querido!», y saqué la pistola y disparé sobre él dos, tres, cuatro veces; no recuerdo exactamente. Pero esto ya lo sabrá por el informe de la policía. No crea que para mí era algo nuevo que un hombre me molestara; una sirve desde los catorce años y ya está acostumbrada a estas cosas. ¡Pero irme yo a la cama con aquel tipo! Entonces pensé: «Bien, como tú quieras». Naturalmente, él no había contado con aquello, y durante medio segundo todavía me miró asombrado, igual que en el cine cuando le disparan a alguien repentinamente. Luego se cayó, y creo que ya estaba muerto. Tiré la pistola a su lado y salí del piso. Bajé en el ascensor y volví al bar. Peter se asombró, pues apenas estuve media hora ausente. Seguí trabajando en la barra, pero ya no bailé, y durante todo el tiempo pensaba: «Seguramente no es verdad». Pero yo sabía que era verdad. Peter se me acercaba de vez en cuando y decía: «Parece que no viene hoy tu compañero…». Y yo respondía: «Así es». Fingí indiferencia. Hasta las cuatro serví aguardiente, cervezas, champaña y arenques en vinagre. Después, me marché sin despedirme de Peter. Primero me metí en una iglesia, allí, al lado, y me senté durante media hora. Pensé en mi madre, en la maldita y miserable vida que llevó; y también en mi padre, que siempre, siempre, siempre, se quejaba, hablaba mal del Estado, de la Iglesia, de las autoridades, de los funcionarios, de los oficiales y de todo, pero si tenía contactos con alguno de sus representantes se arrastraba y casi aullaba de tanta sumisión. Y en mi marido, Brettloh, en la porquería que había contado a Tötges. También en mi hermano, naturalmente, que desde siempre persiguió el dinero que yo ganaba y se lo gastaba en tonterías, como trajes o motos, o lo perdía en el juego. Naturalmente, también pensé en el párroco, que, en el colegio, siempre me llamó «nuestra pequeña y rojiza Katharina». Yo no sabía qué pretendía decir con ello, y toda la clase se reía porque entonces realmente me sonrojaba. Sí. Y, claro está, pensé también en Ludwig. Después salí de la iglesia y entré en el primer cine que encontré, y otra vez salí del cine y fui a otra iglesia, porque en aquel domingo de carnaval era el único sitio donde hallar un poco de tranquilidad. Naturalmente, también pensé en el muerto que estaba en mi piso. Sin arrepentirme, sin lamentarlo. Él lo quiso así, ¿no es verdad? Y, por un momento, imaginé que era el tipo que me había llamado por la noche y que también estuvo molestando constantemente a Else. Me pareció que tenía la misma voz, y quise dejarle hablar un poco más para asegurarme, me apeteció tomar un café fuerte y me dirigí al café Bekering, pero no al bar sino a la cocina, porque conozco a Kathe Bekering, la mujer del propietario de la escuela de hogar. Kathe fue muy gentil conmigo, a pesar de tener mucho trabajo. Me dio una taza de su propio café, que todavía prepara a la manera de nuestras abuelas, echando el agua hirviendo sobre el café molido. Luego, empezó a hablar con amabilidad, del asunto del PERIÓDICO, pero, a la vez, en un tono que daba a entender que, por lo menos, creía de veras algo de lo publicado. ¿Cómo puede saber la gente que todo eso es mentira? Intenté explicárselo, pero ella no lo entendió; se limitó a guiñarme un ojo y a decir: «O sea que realmente amas a ese tipo». Y yo lo admití. Luego, le di las gracias por el café y busqué un taxi, que me llevó a casa de ese Moeding, que el otro día se mostró tan amable conmigo.

 

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