Viernes de cine: ¨Semilla de maldad (Blackboard Jungle)¨

Fernando Morote

 

Nadie puede dudar de que la misión de educador es una de las más sacrificadas y peor pagadas del mundo (2 dólares por hora en 1955 era menos de lo que cobraban las niñeras de la época). Si a eso se suma la falta de respeto de los estudiantes, el escepticismo de los compañeros y la negación de las autoridades, el panorama es desalentador por partida múltiple.

Semilla de maldad (Blackboard Jungle en el título original) retrata la vulnerabilidad y la solidez del sistema pedagógico americano, basado en el concepto de comunidades locales, expuesto a la carroña de la delincuencia juvenil.

La película, después de fijar el ambiente con el pegajoso “Al compás del reloj” a cargo de Bill Haley y sus Cometas, abre con la llegada de un ilusionado y nervioso Glenn Ford a su primer día como profesor de lenguaje en una escuela secundaria de un barrio bravo en la ciudad de Nueva York.

No le toma mucho tiempo descubrir que se trata de un verdadero nido de ratas. La presentación del cuadro docente no supera los códigos de circo romano. El auxiliar encargado de la disciplina se dirige a los muchachos como a una banda de presidiarios. Uno de sus nuevos camaradas (Louis Calhern, siempre escéptico y mordaz) define al colegio como un “gran tacho de basura” y lo previene de no ser un héroe ni dar la espalda a sus alumnos. El director le asegura que en su institución no existen problemas de conducta. Pese a ello, al concluir la jornada Ford se ve obligado a salvar de una violación en la biblioteca a una voluptuosa colega.

El aula es un chiquero, invadido por el atosigante ruido de la calle y el espantoso tronar del tren elevado que literalmente les taladra el cerebro. Su clase ostenta una pintoresca diversidad racial: italianos, irlandeses, puertorriqueños, mexicanos, chinos y negros; para coronar el cóctel, un retrasado mental.

El reto no es menor. Sus jóvenes discípulos quieren echarlo. Se empeñan en desanimarlo, aburrirlo y, si eso no es suficiente, asustarlo. Le rompen el alma agarrándolo a patadas en un callejón oscuro. Pero Ford no está dispuesto a renunciar. Cuando pide consejo a su antiguo tutor de la universidad recuerda que no entró al magisterio para llenarse de plata o huir de labores más pesadas. Sus ideales lo mantienen en el camino.

A diario tiene que enfrentar a una pandilla de salvajes, chicos inteligentes pero descarriados, cuyas vidas no importan a la sociedad ni a sus padres. Sobresalen en el grupo dos jovencísimos actores que luego serían estrellas por sus propios méritos: Vic Morrow (famoso en los 60’ por su rol como el Sargento Saunders en la serie de televisión “Combate”), en su debut cinematográfico, es uno de los cabecillas, cínico, conchudo y diabólico; y Sidney Poitier, ejerciendo otro tipo de liderazgo, más inteligente, sarcástico y desafiante (resulta curioso verlo 12 años más tarde pasando de reformado a reformador en “Al maestro con cariño”, sentado al otro lado del pupitre, como preceptor de un antro igual de cruel).

La escena en que el instructor de música y amante del swing es vejado y su colección de discos —que le tomó 15 largos años en reunir— destruida es desoladora. El hombre claudica. Ford, en cambio, decide quedarse. Es un condecorado veterano de guerra, pero ahora, rodeado de adolescentes perdidos, enfrenta su más encarnizada batalla (su mujer sospecha que aguanta todo ese maltrato sólo por conservar a una amante). Resuelve entonces emplear la psicología como aliada, se dirige a sus pupilos en términos callejeros, les pone un cortometraje de dibujos animados, trae una grabadora y logra hacerlos participar, despierta su interés, genera un debate. Su tenacidad y creatividad empiezan a obtener resultados positivos.

El final es glorioso. Ford se entera de que Morrow es quien había estado torturando a su esposa enviándole anónimos venenosos, lo despoja de su navaja y le revienta la cabeza contra la pizarra. “No podemos olvidar esto —afirma—. Tenemos que recordarlo y corregirlo”. No es sólo una cuestión personal. Se trata del daño que causa a los demás seguir como caudillo a un matón que abusa de los débiles. La mayoría acaba rindiéndose a su humanidad. Y convence a Poitier de no desertar las lecciones.

Pese a su extraordinario talento —y esta cinta es uno de los mejores ejemplos—, Glenn Ford nunca ganó el Oscar; cualidad que enaltece a otros grandes de Hollywood.

El director Richard Brooks destacó asimismo por films con marcado sesgo de denuncia y crítica social. El fuego y la palabra de 1960 con Burt Lancaster y Shirley Jones, poniendo de manifiesto el fanatismo y la hipocresía religiosas, y A sangre fría de 1967 con Robert Blake y John Forsythe, basada en la novela homónima de Truman Capote, describiendo los horrores de la violencia extrema, son dos contundentes pruebas.

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