La edad del idiota: 18. Falopa

Diego M. Rotondo

 

 

 

18

FALOPA

Hace 4 meses operaron a mamá de la vesícula. Fue una operación de lo más simple, sólo estuvo dos días en la clínica. El cirujano le recetó un analgésico para los dolores post-operatorios. Debía tomarlo durante una semana nada más; sin embargo sigue tomándolo todavía. Dice que le hace pensar mejor. Yo no estoy tan seguro de eso.

Desde hace tiempo mi madre tiene la costumbre de mezclar las pastillas dentro del estuche de los medicamentos; le gusta desprenderlas de sus blisteres, dice que el sonido crujiente del plástico la relaja. Ella afirma que sabe cual es cual, por el color, el tamaño y todo eso. Evidentemente no lo sabe tan bien, porque creyendo que me daba un antiácido, me acabó dando uno de sus analgésicos. Casi le da un síncope cuando se dio cuenta. Llamó por teléfono al Turco, su médico, que además es su amigo de toda la vida. El Turco tuvo que abandonar un asado en Pilar para venirse hasta casa. Mientras me revisaba los ojos con su linternita, le soltó un flor de sermón:

—¡Esa puta costumbre que tenés de mezclar las pastillas, ché!… Es la segunda vez que te pasa esto, ¿qué tenés en esa cabeza?… ¿te acordás cuando tenía 6 años y le diste un Valium creyendo que era una Aspirineta?

Yo sí me acuerdo de eso. Jamás me sentí tan calmado como ese día.

—Bueno, no me retes… —responde mamá algo avergonzada—. Ya escarmenté. Ahora decime cómo va a estar, ¿hay que lavarle el estómago o algo de eso?

—No. Tampoco es para tanto… Que tome mucha agua y descanse. El agua va a ayudar a que se desintoxique.

—Ah… entonces no es tan serio.

—¡Siempre es serio que un chico de 13 años tome un analgésico derivado del opio!… —la reta mirándola fijamente y frunciendo el ceño.

—A mí me gusta la sensación que me dio la pastilla… —le digo al Turco guiñándole el ojo. A él no le hace gracia mi comentario.

—Esta pastilla es veneno para vos. Esa sensación de la que hablás, la podés sentir sin tomar nada.

—No creo… Nunca me sentí tan bien en mi vida… —le respondo.

El Turco se me queda mirando y suspira. Luego mira a mamá.

—Y a vos —le dice con tono tajante— no pienso recetarte más Tramadol. Eso era para paliar los dolores de la cirugía. Ahora ya no lo necesitás…

—¡Pero Turco! —exclama ella— ¡No me vas a dejar sin mis pastillas! Sabés lo bien que me hacen…

—No. No te hacen bien, te drogan, ¡son falopa!… Si te las sigo recetando no sólo voy a poner en riesgo tu salud, sino también mi licencia.

El Turco mete sus cosas en su maletín rápidamente, me saluda con un cachetazo suave y se prepara para irse. Mamá lo acompaña hasta la puerta y no para de insistirle con que le haga una última receta, pero él se niega rotundamente. Se quedan conversando un rato en la vereda; yo me asomo por la ventana e intento escuchar qué dicen.

—Él no está bien últimamente… Me gustaría que viese a un psicólogo o algo… Lleva meses deprimido.

—Yo conozco a una mina… —le responde el Turco—. Es psiquiatra y psicoanalista. Atiende por aquí cerca. Te paso su teléfono. Decile que la llamás de mi parte.

—Ay, gracias… ¿Y cobrará mucho?

—No tengo la más puta idea. Igual, decile al padre que se la pague.

—Si… bueno, no sé… A Tito no le gusta admitir que su hijo tiene problemas…

—¿Y a qué padre le gusta admitirlo?… Pero si sospechás que el pibe tiene depresión hay que actuar rápidamente… Mirá negra, no quiero asustarte, pero el índice de suicidios en adolescentes aumenta cada año.

—¡Ay callate Turco, por favor!

—Es que la adolescencia es complicada, las hormonas se revolucionan, los chicos se vuelven inestables, pasan del amor al odio y de la euforia a la depresión en minutos. Yo considero a la adolescencia una enfermedad; una enfermedad larga y fastidiosa que no sólo padecen los chicos, sino también sus padres. A mi hijo a veces quisiera despellejarlo vivo, tiene 16 años, un día me adora y al otro me aborrece.

—Bueno… voy a sacarle un turno con esa doctora —dice mamá—. Espero que pueda ayudarle…

De poco la sensación comienza a evaporarse. Los pájaros ya no me sonríen. El vecino, Carlos, vuelve a tener su típica cara de culo mientras le da con la manguera a su auto. Los espirales policromos se quiebran, pierden el color. Martín vuelve a meter su lengua babosa en la boca de Valeria. Necesito otro Tramadol.

 

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