Viernes de cine: ¨Testigo de cargo (Witness for the Prosecution)¨

Fernando Morote

 

Existen películas sobre tribunales de justicia que son portentosas obras maestras del cine. Heredarás el viento de 1960 y El juicio de Nuremberg de 1961, ambas dirigidas por Stanley Kramer y protagonizadas por Spencer Tracy, son un magnífico ejemplo.

En 1957, sin embargo, Billy Wilder irrumpió en el género con Testigo de cargo, grandiosa realización  basada en una pieza teatral escrita por Agatha Christie. En ella el director americano de ascendencia judía despliega su inconfundible talento para alterar, camuflar y distorsionar la realidad, creando ilusiones que engañan astutamente al espectador, haciéndolo transitar por enrevesados caminos hasta mostrarle la luz sólo en el desenlace de la trama.

Marlene Dietrich, a sus 56 años, luce estupenda; mucho mejor -más soberbia, sensual y enigmática- que cuando tenía 29 en El ángel azul de 1930. En la escena dentro la taberna berlinesa donde canta durante la ocupación aliada después de la guerra, tras una trifulca entre soldados y la policía militar, Wilder la coloca a cuatro patas buscando algo en el piso para ofrecer a la vista una de sus majestuosas piernas. La imagen inquieta lo suficiente para poner nervioso a cualquiera y, de haber estado en una sala de proyección, desquitar el precio de la entrada (y aun quedar debiendo).

Ella es la Testigo de cargo, quien se presenta al juicio para hundir a su marido debido a antiguas traiciones, pero luego al enterarse de que éste se encuentra en verdaderos aprietos sale a defenderlo, incluso inventando evidencias falsas para salvarlo, y al final cuando descubre que su infidelidad nunca ha cesado lo mata clavándole un puñal en el hígado.

Tyron Power, en su último film antes de fallecer de manera repentina a causa de un infarto masivo a los 44 años de edad, es el esposo sometido a proceso. Todo el tiempo parece víctima de una acusación injusta, o en todo caso de un lamentable error, por el asesinato de una viuda ricachona. Llega desvalido y desamparado al despacho de quien será su abogado defensor. Cuenta su historia de modo convincente. Suena tan sincero en sus declaraciones que provoca ayudarlo. No tiene un centavo en los bolsillos. Es un cazador de fortunas, guapo y simpático además, muy distinto a sus personajes de bandolero en Tierra de audaces de 1939 y de iluminado en El filo de la navaja de 1946.

Charles Laughton, de extraordinaria actuación en El jorobado de Notre Dame de 1939 y Esta tierra es mía de 1943, es un prestigioso jurista que sufre del corazón. Su médico le ha prohibido fumar y beber. Defender a Power es su única oportunidad para conseguir cigarros y brandy en lugar de tomar pastillas y cocoa caliente. Es muy divertido verlo renegar al subir las escaleras sentado en un silla mecánica. Cuando lo considera conveniente usa un monóculo para presionar a contraluz a sus entrevistados. En la corte es perspicaz y desbarata con sagacidad los argumentos del fiscal. Se arriesga a creer en la inocencia de su cliente, pero mantiene siempre un grado de escepticismo.

Aparte de la Dietrich, otras cuatro mujeres ocupan puestos claves en el reparto: Elsa Lanchaster, esposa de Laughton en la vida real y quien alcanzara cierta notoriedad por ser La novia de Frankestein en 1935, es la devota enfermera del jurisconsulto; Una O’Connor, tan chillona y gruñona como en su papel de dueña de una posada en El hombre invisible de 1933 junto a Claude Rains, es la empleada doméstica de la dama asesinada; Norma Varden, a quien Robert Walker simula estrangular —y casi lo logra en serio— en Extraños en un tren de Hitchcock en 1951, es la millonaria acuchillada; y Ruta Lee, una de las Siete novias para siete hermanos de 1954, filtrada de contrabando en la cinta a través de una intrascendente escena tosiendo en la galería para ser revelada al final como la joven amante de Power y por quien éste abandona —inconcebiblemente— a la fabulosa diva alemana.

La historia está ambientada en la ciudad de Londres, por lo que Wilder conforma un elenco en esencia británico. Muestra en detalle el funcionamiento del sistema judicial inglés que, salvo por la parafernalia de pelucas y togas en los debates de la corte, es el que inspira al estadounidense. La posición del jurado, la ubicación del estrado, la presentación de los testigos, también son exhibidas con fiel precisión.

Testigo de cargo es sin duda una prueba más de que Billy Wilder es un genuino mago del cine, capaz de hechizar a su audiencia utilizando diferentes lenguajes como en Perdición de 1944 con Barbara Stanwyck, Días sin huella de 1945 con Ray Milland, El crepúsculo de los dioses de 1950 con William Holden, Con faldas y a lo loco de 1959 con Marilyn Monroe y El apartamento de 1960 con Jack Lemmon, entre muchas otras.

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