La edad del idiota: 17. Pastilla

Diego M. Rotondo

 

17

PASTILLA

Mi cabeza es una bolsa de agua caliente haciendo presión para salir por mis ojos. Hay una hoguera en mi estómago, de a ratos el fuego sube, atraviesa mi esófago y se expande por mi boca como ácido. Pero no me afecta, esto ya lo he sentido otras veces después de comer los guisos ultrapicantes que prepara mi madre. Lo que sí me afecta es la mente, las imágenes de lo que pasó ayer… de ese beso puerco que Martín le dio a Valeria. Ese baboseo rabioso que me atravesó el pecho como una estaca al rojo vivo.

Me faltan dos días para cumplir los 14; sé que aún soy chico para pensar en el suicidio, pero en este momento, la idea de morir me consuela. Echado en la cama boca arriba, abollo la almohada contra mi cara y espero a morir asfixiado. Es difícil matarse así, las manos ceden cuando el aire te empieza a faltar. No conozco a nadie que se halla asfixiado con sus propias manos. Lo intento un par de veces más, pero siempre acabo quitando la almohada y jadeando como loco. A un suicida experimentado jamás se le ocurriría matarse así; se colgaría del techo, se tiraría del balcón o se pegaría un tiro; rápido y seguro, aunque bastante sucio. Yo no puedo matarme de esa forma, no podría hacerle eso a mamá. Lo más generoso de mi parte sería morir en la cama como si estuviera durmiendo; ella no tendría que ver sangre ni sesos desparramados por todo el cuarto. Además luego debería limpiarlo; tardaría días en quitar la sangre de las paredes y de los muebles, tendría que volver a pintar, y todo entre lágrimas… Sería un desconsiderado si le hiciera eso. Al final mamá me recordaría con tristeza y con rencor; al visitar mi tumba me culparía de sus pesadillas y de lo que tuvo que gastar en pintura.

Si vas a suicidarte tenés que pensar en la gente que te quiere y hacerlo con elegancia, como si te hubieses muerto de felicidad. Así les será más fácil llevar tu perdida. No entiendo a la gente que se ahorca, o se corta las venas, o se vuela los sesos dejándole a la familia un horror indescriptible. Supongo que algunos lo hacen adrede, para castigarlos. Mi caso es diferente, yo no pretendo castigar a mi familia; la angustia que tengo no es culpa de ellos, sino de Martín y Valeria. Si ellos dos fuesen mi familia no tendría problema en dejarles mis sesos reventados de regalo. Y ahora que lo pienso, me encantaría ver sus caras en ese momento, se quedarían tan asqueados que no volverían a besarse ni en la mejilla.

Salgo de la habitación y camino descalzo hasta la cocina. Mamá salió a comprar pan y dejó la olla a fuego lento con el tuco para los ravioles. En otra ocasión, ese aroma a tomate, laurel y albahaca me curaría de cualquier dolor; pero ahora me provoca nauseas. Abro la heladera y sacó una botella de agua, me la empino y vacío casi la mitad. Mientras mis labios se adhieren al pico, pienso en las lenguas enroscadas de Martín y Valeria. ¡Mierda! ¿Nunca voy a poder quitarme eso de la cabeza?

Mamá dejó sus Jockey suaves largos sobre la mesada. De repente tengo ganas de fumar. Agarro el paquete y saco uno. Me gusta como huele un cigarrillo apagado, parece una mezcla de madera y chocolate. Lo enciendo con el fuego de la hornalla y me quemó los pelos de las pestañas. «¡La puta madre!». Me refriego los ojos y salgo corriendo para el baño. Tengo chamuscadas las pestañas del ojo derecho, ¡no puedo creer lo idiota que soy! Escucho abrirse la puerta de entrada. Salgo del baño para buscar el cigarrillo que dejé encendido, pero mamá me atrapa en el pasillo.

—¿Qué pasó? —me pregunta.

—¡Me quemé las pestañas con la hornalla!… —le respondo agitado.

—¿¡Qué!? ¿¡Cómo!? —exclama y se acerca para examinarme el ojo.

—Quería oler el estofado, me acerqué y una llama me quemó.

—¿Pero vos sos boludo o te hacés? ¡Mirá si te incendiabas la cabeza!

—¿Se me nota mucho?

—No se nota un carajo… pero tené más cuidado la próxima vez.

Mamá deja la bolsa de pan y descubre el cigarrillo humeante sobre la mesada.

—¡Pero qué boluda!, ¡me encendí el pucho y me lo olvidé acá! No sé dónde tengo la cabeza… —dice mientras agarra el cigarrillo y se lo lleva a los labios—. ¿No te diste cuenta que estaba encendido? Si es por vos la casa se puede incendiar tranquilamente, eh…

Mamá se queda un rato fumando sin hablar. De a ratos destapa la olla y revuelve el estofado. Yo me siento a la mesa y me quedo en silencio.

—A vos te pasa algo… —afirma con voz de policía.

—¡Cortala ma!—rezongo—. ¿Todos los días me vas a decir lo mismo?

Se me acerca, me agarra de la pera y me levanta la cabeza.

—¿Estuviste chupando en la fiesta, no?

—¡No!

—No me mientas… se te nota, mirá como tenés los ojos, todos agrietados…

—Es por las pestañas que acabo de quemarme…

—No te hagas el boludo… ¿Qué tomaste?

—Vodka…

—Ahhh, muy bonito… ¿Y quién llevó el vodka, el delincuente de tu amigo? —pregunta refiriéndose a Martín.

—Basta…

Mamá abre la alacena y saca el neceser con los medicamentos. Mete sus manos entre las pastillas sueltas como si fuesen caramelos.

—Tomate esto. —me dice y me da una cápsula.

—¿Qué es?

—Es para la resaca. Te va a hacer bien.

Me trago la pastilla y me pongo a leer una revista.

—Hoy llamó tu padre, temprano. Quería saber qué comprarte para tu cumpleaños.

—Nada… —respondo secamente.

—¿Cómo nada? —pregunta con sorpresa.

—No quiero nada, ma…

Se me queda mirando preocupada.

—¿Qué es lo que te pasa? El colegio ya terminó, deberías estar contento. ¿Te peleaste con tus amigos o algo?

Agacho la cabeza y no logro contener las lágrimas. Mamá intenta abrazarme pero yo la evito, me voy corriendo a mi habitación y cierro con llave.

—¡Decime qué te pasa!… Decime qué puedo hacer… —exclama detrás de la puerta.

—¡Nada! ¡Andate! ¡No me jodas!

Escucho sus pasos por el pasillo regresando hacia la cocina. Me da pena haberle gritado, pero es que se pone tan pesada… No puedo decirle que Valeria se puso de novia con Martín. Se me reiría en la cara. Tampoco estoy seguro de que sea eso lo que me angustia tanto.

De repente empiezo a sentirme bien, más liviano y relajado; abro la ventana, asomo medio cuerpo y dejo que el sol del mediodía me abrace. Saludo cordialmente a Carlos, el vecino que lava su auto todos los domingos. «¿Cómo te va Dieguito?», me dice; yo le respondo: «¡superbien!». Los pájaros pían alegremente, algunos se posan sobre las ramas del árbol que da a mi ventana y me miran, estoy seguro de que sonríen, sus picos se arquean hacia arriba… ¿Por qué me siento tan feliz? Quisiera contárselo a mamá. Me dejo caer en la cama con los brazos abiertos. Pienso en las zapatillas reebok que voy a pedir para mi cumpleaños. Cierro los ojos, veo espirales de colores… veo a Valeria besándose conmigo mientras Martín nos mira con rencor. Me adormezco.

—¡Abrí la puerta, Diego! ¡Abrí la puerta ahora mismo! —mamá gira la manija y le da golpazos a la puerta como si quisiera derribarla.

—¿Qué pasa? —susurro mientras disfruto de las imágenes que crea mi mente.

—¡Tenemos que ir al doctor! ¡Me equivoqué de pastilla!

 

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