Isabel (II)

André Gide

 

Cinco

Cuatro días más tarde estaba todavía en el Bieldo; menos angustiado que el tercer día, pero más mustio. Nada nuevo había sorprendido, ni en los acontecimientos cotidianos ni en las conversaciones de mis huéspedes; mi curiosidad se me estaba muriendo de inanición. Hay que renunciar a descubrir nada más, pensaba, disponiendo de nuevo mi marcha: en torno a mí todo se niega a informarme; el abate se hace el mudo desde que le he hecho ver cuánto me interesa lo que él sabe; cuanta más confianza me demuestra Casimiro, me siento más cohibido ante él; ya no me atrevo a preguntarle y, por lo demás, ya sé cuanto él podría decirme: nada más que lo dicho el día que me enseñó el retrato.

No obstante, sí; el niño, inocentemente, me había dicho el nombre de su madre. Sin duda estaba loco para exaltarme de esa manera por una imagen, vieja de quince años; e incluso si durante mi estancia en el Bieldo Isabel de Saint-Auréol hacía una de sus apariciones fugaces, que ahora yo sabía tenía por costumbre hacer, sin duda, ni podría ni me atrevería a cruzarme en su camino. ¡Y qué más daba! Totalmente ocupado por ella, de pronto mi pensamiento no se aburría; estos últimos días habían pasado huyendo, con una huida alada, y me asombró que ya se terminase la semana. No se había tratado de que permaneciera más tiempo en casa de los Floche, y mi trabajo no me ofrecía ya razón alguna para demorarme, pero todavía recorría el parque esta última mañana, engrandecido y sonoro por la presencia del otoño, llamando a media voz, luego en voz más alta: ¡Isabel!… Y este nombre que, al pronto, me había disgustado, ahora se revestía para mí de una elegancia, se impregnaba de un encanto clandestino… ¡Isabel de Saint-Auréol! ¡Isabel! Imaginaba que su vestido blanco huía a la vuelta de cada avenida; a través del inconstante follaje, cada rayo recordaba su mirada, su sonrisa melancólica, y como yo ignoraba todavía el amor, me figuraba que amaba, y me escuchaba con complacencia, feliz de estar enamorado.

¡Qué bonito estaba el parque! Y con qué nobleza se disponía para la melancolía de esta estación declinante. Respiraba con embriaguez el olor de los musgos y de las hojas podridas. Los grandes castaños rojos, medio despojados ya, plegaban sus ramas hasta el suelo; algunos arbustos empurpurados rutilaban a través del chaparrón; junto a ellos, la yerba tomaba un verdor agudo; había algunas cólquicas en las praderas del jardín; un poco más abajo, en el valle, estaba rosa una pradera, que se veía desde la cantera, a donde iba a sentarme, cuando cesaba la lluvia —sobre la misma piedra en que me había sentado el primer día con Casimiro; en la que, acaso, se sentó a soñar en otro tiempo la señorita de Saint-Auréol…, y me imaginaba sentado junto a ella.

Casimiro me acompañaba muchas veces, pero yo prefería pasear solo. Y casi todos los días la lluvia me sorprendía en el jardín; calado, entraba para secarme ante el lar de la cocina. Ni la cocinera ni Graciano me querían; mis reiterados cumplidos no habían podido arrancarles ni dos palabras. Tampoco había podido amigarme el perro, a pesar de mis caricias y de las golosinas; Terno se pasaba casi todas las horas del día tumbado en el amplio atrio, y gruñía cuando yo me acercaba. Casimiro, al que me encontraba muchas veces, sentado en el borde del lar, pelando legumbres o leyendo, le daba entonces un azote, disgustado de que su perro no me recibiera como amigo. Tomando el libro de las manos del niño continuaba su lectura en voz alta; él permanecía apoyado contra mí; sentía que me escuchaba con todo su cuerpo.

Pero aquella mañana el chaparrón me sorprendió tan bruscamente y era tan violento que era impensable volver al castillo; corrí a guarecerme lo más cerca posible; era en el pabellón abandonado que han visto ustedes al otro extremo del parque, cerca de la verja; estaba, a la sazón, destartalado; no obstante, una primera sala estaba elegantemente revestida como el salón de un pabellón de recreo; pero los paneles carcomidos se rompían al menor roce…

Cuando entré, empujando la mal cerrada puerta, revoloteaban algunos murciélagos, luego se lanzaron fuera por la ventana sin cristales. Creí que el chaparrón sería pasajero, pero mientras esperaba el cielo acabó de ensombrecerse. ¡Heme aquí bloqueado para largo! Eran las diez y media; no se almorzaba hasta las doce. Esperaré hasta el primer toque de campana, que, sin duda, se oirá desde aquí, pensé. Tenía sobre mí con qué escribir, y como mi correspondencia no estaba al día, pretendí demostrarme a mí mismo que no es más fácil llenar una hora que llenar un día. Pero mi pensamiento me volvía a llevar incesantemente a mi inquietud amorosa. ¡Ah!, si supiera que cualquier día reaparecería por este lugar, incendiaría estos muros con declaraciones apasionadas… Y lentamente me iba empapando una dolorosa contrariedad, cargada de lágrimas. Quedé hundido en un rincón del cuarto, no habiendo hallado asiento en que sentarme y, como un niño perdido, lloré.

La palabra «contrariedad» es débil para expresar estas aflicciones intolerables que me invadían en todo tiempo; se apoderan de pronto de nosotros; las declara la calidad de la hora; el instante de antes todo os sonreía y os reíais de todo; de pronto, el fondo del alma destila un vapor negruzco, que se interpone entre el deseo y la vida; forma una pantalla lívida, nos separa del resto del mundo, cuyo calor, amor, color, armonía no nos llegan más que refractados en una trasposición abstracta: se constata, ya no se está emocionado; y el desesperado esfuerzo por romper la pantalla aislante del alma nos conduciría a todos los crímenes, al asesinato o al suicidio, a la locura…

Así soñaba mientras oía chorrear la lluvia. Tenía en la mano la navaja que había abierto para sacar punta al lápiz, pero la hoja de mi cuaderno seguía en blanco; ahora intentaba grabar mi nombre, a punta de navaja, sobre el panel próximo; sin convicción, pero porque sabía que los transidos de amor acostumbraron a hacerlo; la madera, podrida, cedía en todo momento; en vez de una letra lograba un agujero; muy pronto, sin motivo, por desesperación, imbécil necesidad de destruir, empecé a cortar al azar. El panel que estaba estropeando se hallaba inmediatamente bajo la ventana; el marco estaba despegado en la parte superior, de manera que todo el panel podía correrse de abajo hacia arriba por las ranuras laterales; esto es lo que observé cuando inopinadamente lo levantó el esfuerzo de mi cuchilla.

Unos instantes más tarde terminaba de hacer migas el panel. Con los trozos de madera cayó un sobre al suelo; sucio, mohoso, había tomado el color del muro, tanto que al pronto no había llamado mi atención; no, no me extrañó verlo; no me sorprendió que estuviera allí, y era tal mi apatía que no intenté al pronto abrirlo. Feo, gris, manchado, les digo que parecía cascote. Lo cogí por aburrimiento; maquinalmente lo rompí. Saqué dos hojas cubiertas por una letra grande, desordenada, empalidecida, casi borrada en algunos sitios. ¿Qué hacía allí esa carta? Miré la firma y me maravillé: al final de estas hojas ¡estaba el nombre de Isabel!

De tal modo ocupaba mi espíritu…, que un momento tuve la ilusión de que me escribía a mí:

 

Amor mío, esta es mi última carta… —decía—. De prisa, todavía estas palabras, porque sé que esta noche ya no te podré decir nada; junto a ti, mis labios no sabrán hallar más que besos. Pronto, mientras todavía puedo hablar, escucha:

Las once es demasiado pronto; mejor es medianoche. Sabes que me muero de impaciencia y que la espera me extenúa, pero es preciso que toda la casa duerma para que yo me despierte a ti. Sí, las doce; antes, no. Llega a mi encuentro hasta la puerta de la cocina (siguiendo el muro del huerto, que está en sombra, y luego hay bojes), espérame allí y no delante de la verja, no es que me dé miedo atravesar sola el jardín, sino porque la bolsa en que llevaré unos pocos vestidos será muy pesada y no tendré fuerzas para llevarla mucho tiempo.

En efecto, mejor es que el coche se quede al final de la callejuela, donde fácilmente lo hallaremos. Es más prudente por los perros de la granja, que podrían ladrar y dar la alarma.

No, querido, tú sabes que no había medio de vernos más y concertar todo esto de viva voz,. Tú sabes que aquí vivo presa y que los viejos ni a mí me dejan salir ni a ti te dejan entrar. ¡Ah!, de qué cárcel me escapo… Sí, me cuidaré de coger zapatos de repuesto, que me pondré tan pronto como estemos en el coche, porque la yerba de la parte baja del jardín está calada.

¿Cómo puedes preguntarme todavía si estoy decidida y dispuesta? Pero, amor mío, ¡si hace meses que me preparo y que estoy preparada! ¡Años hace que vivo en espera de este instante! ¿Y si no voy a echar de menos nada? Es que no has comprendido que me horrorizan todos cuantos se ligan a mi, y todos cuantos me ligan a esto. ¿Es, en verdad, la dulce y la medrosa Isa la que habla? Mi amigo, mi amante, ¿qué has hecho de mí, amor mío?…

Me ahogo aquí; pienso en todo ese allende que se entreabre… Tengo sed…

Iba a olvidárseme decirte que no ha sido posible sacar los zafiros del estuche, porque mi tía no ha vuelto a dejar las llaves en su habitación; ninguna de las que he probado abría el cajón… No me riñas; tengo la pulsera de mamá, la cadena de esmaltes y dos sortijas, que, sin duda, no tienen gran valor, puesto que no se las pone; pero me parece que la cadena es muy bonita.

En cuanto al dinero…, haré lo que pueda; pero, sin embargo, harás bien en procurártelo asimismo por tu parte.

Tuya con todas mis oraciones. Hasta muy pronto, tu

Isa.

Este, 22 de octubre, día en que cumplo veintidós años y víspera de mi fuga.

 

Pienso con terror en las cuatro o cinco páginas de explicaciones que convendría hinchar aquí si hubiera de acondicionar como novela esta historia: reflexiones tras la lectura de esta carta, interrogantes, perplejidades… En verdad, como tras un violento choque, había caído en un estado semiletárgico. Cuando por fin, a través del confuso rumor de mi sangre, llegó a mis oídos el toque doble de una campana: es el segundo toque para el almuerzo, pensé. ¿Cómo es que no he oído el primero? Saqué el reloj: ¡las doce! Inmediatamente, saltando fuera, apretada contra el corazón la ardiente carta, me lancé bajo la lluvia con la cabeza descubierta.

Los Floche ya estaban preocupados por mí, y cuando llegué jadeante:

—¡Pero está usted calado! ¡Absolutamente calado, querido señor!

Luego aseguraron que nadie se sentaría a la mesa hasta que no me hubiese cambiado de ropa; y cuando bajé me interrogaron solícitos; hube de referir que, refugiado en el pabellón, esperaba, en vano, que escampase; entonces se excusaron por el mal tiempo, por el espantoso estado de las avenidas, porque, sin duda, habían tocado el segundo toque más pronto, y el primero más débilmente que de costumbre… La señorita Verdure había ido a buscar un chal con el que me suplicaron cubriese mis hombros, porque todavía sudaba y podía enfriarme. Mientras tanto, el abate me observaba sin decir una palabra, con los labios apretados hasta la mueca; y yo estaba tan nervioso que, bajo la investigación de su mirada, me sentía enrojecer y me azaraba como niño pillado en falta. No obstante, pensaba, conviene amansarle, porque a partir de ahora no sabré nada sino por él; sólo él puede aclararme el sesgo de esta historia tenebrosa, hacia la que ya me lleva más amor que curiosidad.

Después del café, el cigarrillo que yo ofrecía al abate servía de pretexto al diálogo: íbamos a fumar al invernadero para no molestar a la baronesa.

—Creí que no debía usted permanecer aquí más que ocho días —comenzó con un punto de ironía.

—No contaba con la amabilidad de mis huéspedes.

—Entonces, ¿los documentos del señor Floche…?

—Asimilados… Pero he hallado con qué ocuparme más —esperaba una pregunta; no vino—. Usted debe conocer, hasta sus rincones, el doble fondo de este castillo —seguí impacientemente. Abrió mucho los ojos, plegó la frente, tomó un aire de estúpido candor—. ¿Por qué la señora o señorita de Saint-Auréol, la madre de su alumno, no está aquí, con nosotros, para repartir sus cuidados entre su hijo inválido y sus ancianos padres?

Para mejor representar su asombro, tiró el cigarrillo y abrió las manos a ambos lados de su rostro formando un paréntesis.

—Sin duda, sus ocupaciones la retienen en otro lugar —murmuró—. ¿Qué pregunta insidiosa es ésta?

—¿Quiere usted una más precisa?: ¿Qué hizo la señora o señorita de Saint-Auréol, la madre de su alumno, cierta noche de un veintidós de octubre, en que debía venir a raptarla su amante?

Se plantó con los puños en las caderas.

—¡Mire! ¡Mire! El señor novelista —por vanidad, por debilidad, anteriormente me había escurrido a hacer esta clase de confidencias, que nunca debería inspirar sino una profunda simpatía; pero él, desde que sabía mis pretensiones, se burlaba de mí de una manera que me resultaba insoportable—. ¿No va usted un poco demasiado de prisa?… ¿Y puedo preguntar, a mi vez, cómo está usted tan bien informado?

—Porque la carta que Isabel de Saint-Auréol escribió ese día a su amante no la recibió él; la he recibido yo.

Decididamente había que contar conmigo; el abate descubrió en este momento una manchita en la manga de su sotana y empezó a rascarla con la punta de la uña; empezaba la componenda.

—Esto me admira…, en cuanto uno se cree novelista nato se concede inmediatamente todos los derechos. Otro lo pensaría dos veces, antes de leer una carta que no le ha sido dirigida.

—Espero, más bien, señor abate, que no la leería en absoluto.

Le miré fijamente; pero seguía rascando con los ojos bajos.

—Sin embargo, no creo que se la hayan dado a leer.

—Esa carta ha caído en mis manos por azar; el sobre, viejo, sucio, a medio rasgar, no tenía huella alguna de escritura; al abrirlo vi una carta de la señorita de Saint-Auréol; pero ¿dirigida a quién?… ¡Vamos!, señor abate, secúndeme: ¿quién era hace catorce años el amante de la señorita de Saint-Auréol?

El abate se había levantado; empezaba a andar de arriba a abajo dando pasitos, con la cabeza baja, las manos cruzadas a la espalda; al volver a pasar por detrás de mi silla se detuvo; y bruscamente sentí que sus manos caían sobre mis hombros:

—Enséñeme esa carta.

—¡Qué dice!

Sentí que sus manos temblaban de impaciencia.

—¡Ah, nada de condiciones, le suplico! Enséñeme esa carta…, sin más.

—Déjeme que vaya en su busca —dije intentando soltarme.

—La tiene usted en el bolsillo.

Sus ojos enfocaban el sitio justo, como si mi chaqueta hubiera sido transparente; ¡pero no iría a registrarme!…

Estaba muy mal situado para defenderme, más contra un gran mozo más fuerte que yo; y, además, ¿de qué me valdría yo luego para decidirle a hablar? Me volví para ver su rostro, casi pegado al mío; un rostro hinchado, congestionado, en el que se señalaban súbitamente gruesas venas sobre la frente y unas bolsas feas bajo los ojos. Entonces, riéndome forzadamente por miedo de echarlo todo a perder:

—¡Caramba, abate, confiese que usted también sabe lo que es curiosidad! —me soltó; me levanté inmediatamente e hice como si me fuera—. Si no se hubiera usted conducido como un atracador, ya se la habría enseñado —luego, cogiéndole por el brazo—; pero acerquémonos al salón, para que pueda pedir socorro —haciendo un gran esfuerzo de voluntad, yo conservaba un tono socarrón, pero el corazón me latía fuerte—. Tome: léala delante de mí —dije sacando la carta de mi bolsillo—; quiero saber con qué ojos lee un abate una carta de amor.

Pero, otra vez dueño de sí, no dejó trasparecer su emoción más que por el temblor irrefrenable de un musculito de la mejilla. Leyó; después olió el papel, aspiró, frunciendo ásperamente las cejas, de manera que parecía que sus ojos se indignasen por la golosería de su nariz; luego volvió a doblar el papel y, al entregármelo, dijo en tono un poco solemne:

—Ese mismo veintidós de octubre, víctima de un accidente de caza, moría el vizconde Blas de Gonfreville.

—¡Me escalofría usted! —mi imaginación construía al punto un drama espeluznante—. Sepa usted que he encontrado esta carta detrás de una entabladura del pabellón, a donde seguramente debía haber ido a buscarla.

El abate me explicó entonces que al primogénito de los Gonfreville, cuya propiedad lindaba con la de los Saint-Auréol, le habían encontrado sin vida al pie de una barrera, que al parecer se aprestaba a franquear, cuando un mal movimiento hizo que se le disparase el fusil. Sin embargo, en el cañón del fusil no había ningún cartucho. Nadie pudo dar información alguna; el joven había salido solo y no le había visto nadie; pero al día siguiente un perro del Bieldo fue sorprendido cerca del pabellón, lamiendo un charco de sangre.

—Yo no estaba todavía en el Bieldo —siguió—, pero por los informes que he podido reunir me parece probado que el crimen lo cometió Graciano, que sin duda había sorprendido las relaciones de su señorita con el vizconde y tal vez sospechase su proyectada fuga, proyecto de fuga que yo ignoraba antes de la lectura de esta carta; es un viejo criado obstinado, incluso grosero si es preciso, que por defender la propiedad de sus amos no cree deber recular ante nada.

—¿Cómo no le detuvieron?

—Nadie tenía interés en perseguirle, y ambas familias, de Gonfreville y de Saint-Auréol, temían por igual el escándalo en torno a este malhadado incidente; porque unos meses después la señorita de Saint-Auréol daba a luz una criatura desgraciada. La anormalidad de Casimiro se atribuye a las precauciones que su madre había tomado para disimular su embarazo; pero Dios nos enseña que el castigo de los padres recae muchas veces sobre los hijos. Venga conmigo hasta el pabellón; tengo curiosidad por ver el lugar donde ha encontrado la carta.

El cielo se había aclarado; nos encaminamos juntos.

 

Todo fue muy bien a la ida; el abate me había cogido del brazo; íbamos al mismo paso y hablábamos sin zaherirnos. Pero todo se estropeó al regreso. Sin duda, uno y otro estábamos bastante exaltados por lo extraño de la aventura; pero cada uno muy diversamente; yo, desarmado muy pronto por la sonriente complacencia con el abate, me había informado, al fin, me había olvidado ya de que él vestía sotana y, sin discreción, le hablaba como a cualquier otro hombre. He aquí cómo me parece que empezó la discusión:

—¿Quién nos contaría lo que hizo la señorita de Saint-Auréol aquella noche? —decía yo—. Sin duda, no supo la muerte del conde hasta el día siguiente. ¿Hasta cuándo le esperó en el jardín? ¿Qué pensaba al ver que no venía? —el abate se callaba, completamente insensible a mi lirismo psicológico; continuaba yo—: Imagínese a esta delicada muchacha, con el corazón saturado de amor y de preocupación, la cabeza enloquecida: Isabel la apasionada…

—Isabel la desvergonzada —apuntaba el abate a media voz.

Yo seguía como si no hubiese oído, pero ya tomaba carrerilla para replicar ante la próxima interjección:

—Piense en toda la esperanza y la desesperación necesarias para…

—¿Para qué pensar en todo esto? —interrumpió secamente—. De los acontecimientos no tenemos que conocer sino lo que puede aleccionarnos.

—Pero nos aleccionan de modo distinto, según lo que de ellos conozcamos…

—¿Qué pretende significar?

—Que el conocimiento superficial de los acontecimientos no siempre concuerda, ni tampoco frecuentemente, con el conocimiento profundo que podemos obtener luego, y no se saca la misma enseñanza; pretendo que conviene investigar antes de sacar conclusiones…

—Jovencito, tenga cuidado, porque el espíritu examinador y la curiosidad crítica son las larvas del espíritu de rebelión. El gran hombre que ha tomado por modelo hubiera podido advertirle que…

—Se refiere usted a aquel sobre quien versa mi tesis…

—¡Qué porfiado es usted! Con un espíritu semejante es con el que…

—¡Pero me gustaría saber al cabo, querido señor abate, si no es esta misma curiosidad la que le ha hecho acompañarme, ahora, y la que hace unos momentos le inclinaba sobre ese panel roto, y la que le ha llevado lentamente a conocer cuanto me ha referido de esta historia!…

Su paso se hacía más convulso; su voz, más breve; golpeaba el suelo con el bastón, impacientemente.

—Sin buscar, como usted, explicación de las explicaciones, una vez conocido el hecho, me atengo a él. Los lamentables acontecimientos que le he dicho me enseñarían el horror del pecado de la carne, si es que todavía necesitase esta enseñanza; son la condena del divorcio y de todo cuanto ha inventado el hombre para intentar paliar las consecuencias de sus faltas. Y con esto basta, ¿verdad?

—Pues esto no me basta. El hecho no me sirve para nada mientras no conozca su causa. Conocer la vida secreta de Isabel de Saint-Auréol; saber por qué caminos perfumados, patéticos y tenebrosos…

—Joven, ¡tenga cuidado! ¡Está usted empezando a enamorarse!…

—¡Ah!, ¡me lo estaba esperando! Porque no me contento con las apariencias, porque no me contento con las palabras, ni con los gestos… ¿Está usted seguro de no juzgar mal a esta mujer?

—Una fulana.

Me ardía la frente de indignación; me costaba muchísimo contenerla.

—Señor abate, palabras semejantes sorprenden en boca suya. Me parece que Cristo nos enseña más a perdonar que a ensañarnos.

—De la indulgencia a la complacencia no hay más que un paso.

—Pero Él no la habría condenado como hace usted.

—Ante todo, eso no lo sabe usted. Luego, Él, que es sinpecado, puede permitirse ser más indulgente con el pecado del prójimo que quien…, quiero decir que a nosotros los pecadores no nos compete buscar más o menos excusas al pecado, sino tan sólo apartarnos con horror de él.

—Después de haberlo husmeado bien, como usted la carta esta.

—Es usted un impertinente —y dejando bruscamente la avenida, se desvió con paso presuroso por un senderillo, lanzando todavía frases aceradas, a la manera de los Partos, de las que sólo distinguía las palabras «¡educación moderna!…, ¡sorboniense! …, ¡sociniano!…».

 

Cuando nos volvimos a encontrar en la cena, conservaba un aspecto enfurruñado pero, al levantarnos de la mesa, vino sonriente hacia mí y me tendió una mano, que apreté sonriendo yo también.

La velada me pareció más sombría que de costumbre. El barón gimoteaba suavemente junto al fuego; el señor Floche y el abate movían sus peones sin decir palabra. Con el rabillo del ojo veía a Casimiro, con la cabeza hundida entre sus manos, salivar lentamente sobre su libro, que secaba de cuando en cuando con un pañuelo. No le prestaba más atención a la partida de brisca que la necesaria para que mi compañera no perdiese demasiado ignominiosamente; la señora de Floche se daba cuenta y se preocupaba por mi aburrimiento; hacía grandes esfuerzos por animar un poco la partida:

—¡Vamos, Olimpia! Le toca jugar. ¿Se duerme usted?

No era el sueño, sino la muerte, cuyo tenebroso letargo sentía ya que helaba a mis huéspedes; y a mí mismo me oprimía una angustia y como un horror. ¡Oh primavera! ¡Oh vientos dilatados, perfumes voluptuosos, músicas aladas, nunca jamás llegaréis hasta aquí!, me decía; y pensaba en ti, Isabel. ¡De qué tumba supiste evadirte! ¿Hacia qué vida? Aquí te imaginaba, en la tranquila claridad de la lámpara, apoyando tu pálida frente sobre tus dedos delicados; un bucle de pelo negro toca, acaricia tu muñeca. ¡Qué lejos miran tus ojos! ¿A qué inefable congoja de tu cuerpo o de tu alma alude la queja de este suspiro que ellos no oyen? Y de mí mismo, a pesar mío, salió un suspiro enorme que era a la vez bostezo y sollozo, de manera que la señora de Saint-Auréol, poniendo sobre la mesa su último triunfo, exclamó:

—Me parece que el señor Lacase tiene muchas ganas de ir a acostarse.

—¡Pobre señora!

 

Esa noche tuve un sueño absurdo: un sueño que, al pronto, no era sino la continuación de la realidad:

La velada no se había terminado; todavía estaba yo en el salón junto a mis huéspedes, pero a ellos se unían unas gentes cuyo número crecía sin cesar; reconocía a Casimiro sentado a una mesa ante un solitario, hacia el que se inclinaban tres o cuatro figuras. Se hablaba en voz baja, de manera que no distinguía ninguna frase, pero comprendía que cada uno de los presentes indicaba a su vecino algo extraordinario y de lo que, a su vez, el vecino se asombraba; la atención se dirigía hacia un punto, allí junto a Casimiro, en donde de pronto descubrí sentada a la mesa a Isabel de Saint-Auréol (¿cómo no la había descubierto antes?). Sólo ella, en medio de los vestidos oscuros, iba vestida de blanco. Al pronto me pareció encantadora, bastante parecida a como la representaba el medallón; pero al cabo de un instante me sorprendió la inmovilidad de sus facciones, la fijeza de su mirada, y al punto comprendí lo que se susurraban al oído: no era la auténtica Isabel, sino una muñeca que se le parecía y que ponían en su lugar durante la ausencia de la auténtica. Ahora, la muñeca me parecía espantosa; me molestaba hasta angustiarme su aire de pretenciosa estupidez; se diría que estaba inmóvil, pero mientras la contemplaba fijamente veía que se inclinaba hacia a un lado, que se inclinaba…; iba a desplomarse cuando, lanzándose desde el otro extremo del salón, la señorita Olimpia se inclinó hasta el suelo, levantó la funda de la butaca y dio cuerda a no sé qué engranaje que tenía un chirrido extraño y ponía de nuevo tieso al maniquí, comunicando a sus brazos una grotesca gesticulación de autómata. Luego, todos se levantaron porque era la hora de recogerse; iban a dejar sola allí a la falsa Isabel; al marcharse, cada cual le hacía un saludo a la turca, excepto el barón, que se acercaba irreverentemente, le cogía la peluca con toda su mano y burlonamente le aplicaba dos besos sonoros en la coronilla. Cuando la gente acabó de abandonar el salón —y había visto salir a una muchedumbre—, cuando hubo oscuridad, yo veía, sí, en la oscuridad veía palidecer a la muñeca, estremecerse y cobrar vida. Se levantaba lentamente, y era la señorita de Saint-Auréol misma; se escurría hacia mí sin ruido; de pronto sentía sus brazos tibios en torno a mi cuello, y me desperté con la humedad de su aliento en el momento en que me decía:

—Para ellos me hago la ausente, pero para ti estoy aquí.

No soy supersticioso ni miedoso; si encendí la vela fue por disipar de mis ojos y de mi cerebro la obsesionante imagen; me costó trabajo. A mi pesar espiaba todos los ruidos. ¡Y si estuviese aquí, sin embargo! En vano me esforzaba por leer; no podía prestar atención a ninguna otra cosa; pensando en ella me dormí al amanecer.

 

Seis

Así volvían los sobresaltos de mi amorosa curiosidad. Sin embargo, no podía demorar por más tiempo mi marcha, que había anunciado de nuevo a mis huéspedes, y este día era el último que iba a pasar en el Bieldo. Este día…

Estamos almorzando. Se espera el correo, que la mujer de Graciano, Delfina, recibe de manos del cartero y nos trae generalmente antes del postre. Se lo entrega a la señora de Floche, como les dije a ustedes; luego, ella es la que reparte las cartas y tiende el Journal des Débats al señor Floche, que desaparece tras él hasta que nos levantamos de la mesa. Ese día, un sobre morado, medio inserto en la banda del periódico, se escurre del paquete y vuela sobre la mesa, junto al plato de la señora de Floche; me da justamente tiempo a reconocer la letra grande, desmadejada, que ya la víspera me había producido palpitaciones; al parecer, también la ha reconocido la señora de Floche; hace un gesto precipitado para esconder el sobre bajo su plato; el plato llega a chocar con un vaso, que se rompe y expande el vino por el mantel; todo esto produce un gran jaleo y la buena de la señora de Floche aprovecha la confusión general para hacer desaparecer el sobre en su mitón.

—Quería aplastar una araña —dice torpemente, excusándose como un niño (llama indistintamente arañas a las cochinillas y a las tijeretas, que a veces vienen en la cesta de la fruta).

—Y seguro que salió viva —dijo la señora de Saint-Auréol con un tono agrio, levantándose y tirando sobre la mesa su servilleta sin doblar—. Le espero en el salón, hermana. Estos señores me excusarán: tengo el calambre del ombligo.

La comida terminó en silencio. El señor Floche nada ha visto; el señor de Saint-Auréol no ha comprendido nada; la señorita Verdure y el abate mantienen los ojos fijos sobre el plato; si Casimiro no se suena, creo que le veremos llorar…

Hace casi calor. Llevan el café a la terracita que forma la escalinata ante el salón. Estoy sólo con la señorita Verdure y el abate; del salón en donde se han encerrado las dos señoras nos llegan retazos de voz; luego, ya nada; las señoras han subido.

 

Si me acuerdo bien, fue entonces cuando estalló el combate del haya-con-hojas-de-perejil.

La señorita Verdure y el abate vivían en estado de guerra. Los combates no eran muy serios y el abate no hacía sino reírse; pero nada irritaba tanto a la señorita Verdure como el tono burlón que él adoptaba entonces; se desguarnecía con todos los golpes y el abate hería en carne viva. No pasaba día en que no se produjera una de estas escaramuzas, a las que el abate llamaba «combates». Pretendía que la solterona los necesitaba para su salud; hacía que se subiese por las ramas como se saca a un perro para que dé una vuelta. Tal vez no había maldad en él, pero sí malicia, y resultaba provocativo. Esto les tenía ocupados a ambos y sazonaba sus días.

El pequeño incidente del postre nos había dejado nerviosos. Buscaba alguna diversión y, mientras el abate llenaba las tazas, mi mano halló en el bolsillo de mi chaqueta un paquete de hojas, ramillas de un árbol curioso que crecía junto a la verja de la entrada y que había cortado para preguntarle su nombre a la señorita Verdure; no es que me importase mucho el saberlo, pero a ella le halagaba que se apelase a su saber.

Porque se ocupaba de botánica. Algunos días iba a herborizar, llevando en bandolera, sobre sus hombros robustos, una caja verde, lo cual le daba un curioso aspecto de cantinera; el tiempo que le dejaban libre sus quehaceres domésticos lo pasaba entre su herbario y su «lupa montada»… Así, la señorita Verdure tomó la ramita y sin vacilar:

—Esto —declaró— es haya-con-hoja-de-perejil.

—¡Curioso nombre! —aventuré—; sin embargo, estas hojas lanceoladas no tienen relación alguna con las del…

Desde hacía unos instantes, el abate se sonreía con impertinencia:

—Así es como llaman en el Bieldo a la fagus persicifolia —dijo como al desgaire.

La señorita Verdure saltó:

—No le sabía tan entendido en botánica.

—No lo soy; pero entiendo un poco el latín —luego, inclinado hacia mí—: Estas señoras son víctimas de un chiste involuntario. Persicus, querida señorita, persicus quiere decir pérsico, no perejil. El fagus persicifolia, cuyas hojas señalaba el señor Lacase, describiéndolas justamente como lanceoladas, el fagus persicifolia es, pues, un «haya con hojas de pérsico».

La señorita Olimpia se había puesto roja; la calma que afectaba el abate acabó de descomponerla.

—La verdadera botánica no se ocupa de las anomalías y de las monstruosidades —supo decir sin dirigir una sola mirada al abate; luego, vaciando de un trago la taza, se fue como una tromba.

El abate fruncía los labios en culo de pollo, de donde salían una especie de peditos. Me costaba trabajo no soltar la risa.

—¿Será usted malo, señor abate?

—No, hombre, no… Esta buena señorita, que no hace bastante ejercicio, necesita que se le avive la sangre. Créame que es muy combativa; cuando paso tres días sin pincharla, es ella la que me viene a hurgar. ¡No hay tantas diversiones que digamos en el Bieldo! …

Y los dos, sin decírnoslo, empezamos a pensar en la carta del almuerzo.

—¿Ha reconocido esa letra? —me aventuré a preguntar, al fin.

Alzó los hombros.

—Un poco antes o un poco después, es la carta que se recibe en el Bieldo dos veces al año, después que se cobran los arriendos, y en la que anuncia su venida a la señora de Floche.

—¿Va a venir? —exclamé.

—¡Cálmese! Cálmese: no la verá usted.

—¿Y por qué no podré verla?

—Porque viene a mitad de la noche, porque se va inmediatamente, porque huye las miradas, y… desconfíe de Graciano —su mirada me escrutó: no dije nada; siguió en un tono irritado—: No hará usted ningún caso de lo que le he dicho; lo veo en su aspecto; pero está usted advertido. ¡Vamos!, haga lo que guste; mañana por la mañana ya me lo contará.

Se levantó, se fue, sin que hubiera podido discernir si buscaba refrenar mi curiosidad o si, por el contrario, se divertía espoleándola.

Hasta la noche, mi espíritu, cuyo desorden renuncio a describir, estuvo ocupado tan sólo en la espera. ¿Podía amar a Isabel verdaderamente? Sin duda que no, pero afectado hasta el corazón por excitación tan violenta, ¿cómo no iba a engañarme si reconocía en mi curiosidad todo el ardor apasionante, el ímpetu, la impaciencia del amor? Las últimas palabras del abate no habían servido sino para estimularme más; ¿qué podía Graciano contra mí? ¡Habría dado el paso incluso lleno de espinas y hecho ascuas!

Sin duda se preparaba algo anormal. Esa noche nadie propuso una partida. Inmediatamente después de la cena, la señora de Saint-Auréol empezó a quejarse de lo que ella denominaba «su gastritis» y se retiró sin cumplidos, mientras la señorita Verdure le preparaba una infusión. Poco después, la señora de Floche mandó a la cama a Casimiro; y tan pronto como el niño se fue:

—Me parece que el señor Lacase tiene muchas ganas de hacer otro tanto; parece estar cayéndose de sueño —y como yo no respondía bastante prontamente a su invitación—: ¡Ah! Me parece que ninguno de nosotros prolongará hasta muy tarde la velada.

La señorita Verdure se levantó para encender las palmatorias; la seguimos el abate y yo; vi que la señora de Floche se inclinaba sobre el hombro de su marido, que dormitaba junto al fuego, en la poltrona; se levantó inmediatamente, y luego arrastró por el brazo al barón que no opuso resistencia, como si entendiera lo que quería decirle. En el descansillo del primer piso, donde cada cual, provisto de su palmatoria, se retiraba hacia su lado:

—¡Buenas noches! Duerma bien —me dijo el abate con una sonrisa ambigua.

Cerré la puerta de mi habitación; luego, esperé. Todavía no eran más que las nueve. Sentí subir a la señora de Floche; luego, a la señorita Verdure. En el rellano, entre la señora de Floche y la señora de Saint-Auréol, que había vuelto a salir de su habitación, se reanudó una discusión bastante viva, pero demasiado alejada de mí para que pudiese distinguir los términos; luego, un ruido de portazos; luego, nada.

Me tendí en la cama para reflexionar mejor. Pensaba en el irónico deseo de buen sueño con que el abate había acompañado su último apretón de manos; me hubiera gustado saber si él, por su parte, se disponía al sueño o si iba a dar rienda suelta a esa curiosidad que ante mí negaba tener…; pero dormía en otra parte del castillo, simétrica a la que yo ocupaba y a donde no me podía llevar ninguna razón plausible. Sin embargo, ¿quién de nosotros dos quedaría más corrido si nos sorprendiéramos el uno al otro en el pasillo?… Meditando así me ocurrió algo inconfesable, absurdo, vergonzoso: me dormí.

Sí, me dormí profundamente, sin duda estaba menos sobreexcitado que agotado por la espera y cansado, además, por la noche de la víspera.

 

Me despertó el chisporroteo de la vela que acababa de consumirse; o, tal vez, un crujido sordo del suelo, vagamente percibido a través de mi sueño: sin duda, alguien había pasado por el pasillo. Me senté. En ese momento se apagaba mi vela; me quedé en la oscuridad, estupefacto. Para alumbrarme, ya no tenía sino unas pocas cerillas; rasqué una para ver la hora: eran cerca de las once y media; agucé el oído…, ningún ruido más. A tientas llegué a la puerta y la abrí.

No, el corazón no me latía desordenado; me sentía ágil de cuerpo, sin peso; con el espíritu tranquilo, agudo, decidido.

Al otro extremo del pasillo, una gran ventana me alumbraba con una claridad no continua, como en las noches serenas, sino palpitante y oscilante por momentos, porque el cielo estaba lluvioso, y el viento corría ante la luna gruesas nubes. Me había descalzado; avanzaba sin hacer ruido… No necesitaba ver más para alcanzar el puesto de observación que me había preparado: al lado de la habitación de la señora de Floche, donde verosímilmente se celebraba el conciliábulo, había una habitación pequeña deshabitada, que había ocupado el señor Floche al principio (ahora prefería la vecindad de sus libros a la de su mujer); había cedido un poco la puerta de comunicación, cuyo cerrojo había echado yo cuidadosamente para estar al abrigo de una sorpresa, y me había cerciorado de que justo por una ranura del cerco de la puerta podía escurrir la vista; para alcanzarla, me era preciso subirme a una cómoda que había colocado muy cerca.

A la sazón pasaba por esa ranura un poco de luz que, reflejada por el techo blanco, me permitía guiarme. Encontré todo como lo había dispuesto durante el día. Me subí sobre la cómoda, hundí la vista en la habitación contigua…

Allí estaba Isabel de Saint-Auréol.

 

Estaba ante mí, a unos pasos de mí… Estaba sentada sobre uno de estos asientos desangelados, bajos, sin respaldo, que creo se llaman pufs, cuya presencia desentonaba un poco en esta habitación antigua, asiento que no recordaba haber visto cuando entré allí a poner las flores. La señora de Floche estaba embutida en un gran sillón tapizado; a las dos les alumbraba discretamente una lámpara, puesta sobre un velador cercano a la butaca. Isabel me daba la espalda; se inclinaba hacia adelante, casi acostada sobre las rodillas de su vieja tía, de manera que al pronto no vi su rostro; no tardó en alzar la cabeza. Esperaba hallarla mucho más envejecida; sin embargo, apenas reconocía en ella a la muchacha del medallón; sin duda no menos bonita, tenía una belleza muy diferente, más terrena y como humanizada; el candor angélico de la miniatura cedía a una apasionada languidez, y no sé qué disgusto fruncía la comisura de aquellos labios que el pintor había dibujado entreabiertos. La recubría un amplio abrigo de viaje, especie de impermeable, y al parecer de una tela bastante vulgar; pero, alzado por un lado, dejaba ver una falda negra de tafetán brillante sobre la cual su mano desenguantada, que mantenía colgante y que sostenía un pañuelo arrugado, parecía extraordinariamente pálida y frágil. Se tocaba con una capotita de fieltro y de plumas moaré, con bridas de tafetán; un bucle de pelo negrísimo pasaba por debajo de la brida, y cuando ella bajaba la cabeza, le caía hacia delante tapándole la sien. A no ser por una cinta verde esmeralda que llevaba en torno al cuello, se hubiera dicho que iba de luto. Ni la señora de Floche ni ella decían nada; pero Isabel acariciaba con su mano derecha el brazo, la mano, de la señora de Floche, y la atraía hacia sí, y luego la cubría de besos.

Ahora sacudía la cabeza, y sus bucles flotaban de izquierda a derecha; y entonces, como si continuara una frase:

—Todos los medios —dijo—; verdaderamente he intentado por todos los medios; te juro que…

—No jures nada, pobre querida; te creo sin ello —interrumpió la pobre vieja poniéndole la mano sobre la frente. Las dos hablaban en voz muy baja, como si temieran ser oídas.

La señora de Floche se enderezó, apartó suavemente a su sobrina y se levantó apoyándose en ambos brazos de la butaca. La señorita de Saint-Auréol se levantó también y, mientras su tía se dirigía hacia el escritorio del que Casimiro había sacado anteayer el medallón, dio unos pasos en el mismo sentido y se detuvo ante una consola que sostenía un espejo grande; en tanto que la anciana señora buscaba en un cajón, ella se dio cuenta, al mirarse, de la cinta esmeralda que llevaba al cuello, se la quitó rápidamente y la enrolló en un dedo… Antes de que la señora de Floche hubiese dado media vuelta, la cinta viva había desaparecido, Isabel había adoptado una actitud meditativa, dejando caer las manos cruzadas ante sí, con la mirada absorta…

La pobre vieja Floche tenía todavía en una mano su manojo de llaves y en la otra el flaco paquetito que había ido a buscar en el cajón; iba a sentarse de nuevo en la butaca cuando se abrió bruscamente de par en par la puerta frontera a aquella en que yo estaba, y estuve a punto de gritar estupefacto. En el marco de la puerta apareció la baronesa, enfática, descotada, pintada, con vestido de gran gala, y con una especie de plumero de marabú en la cabeza. Blandía malamente un gran candelabro de seis brazos, con todas las velas encendidas, que la bañaban de una luz temblorosa y vertían lágrimas de cera sobre el suelo. Sin duda, no pudiendo más, comenzó por correr a dejar el candelabro sobre la consola, ante el espejo; luego, volviendo en cuatro saltitos a su posición en el marco de la puerta, avanzó de nuevo, con pasos rítmicos, solemnes, llevando ante sí tendida la mano cargada de enormes sortijas. Se detuvo en medio de la habitación, se volvió completamente hacia su hija, con el gesto siempre tenso y una voz aguda capaz de traspasar murallas:

—¡Apártate de mí, hija ingrata! Ya no me dejaré conmover por tus lágrimas, y tus promesas han perdido para siempre el camino hacia mi corazón.

Todo ello lo recitaba a gritos, en un mismo falsete sin matizar. Mientras tanto, Isabel se había echado a los pies de su madre, cuya falda había cogido, y tiraba de ella descubriendo dos ridículos escarpinitos de raso blanco, mientras daba con su frente en el suelo, recubierto por un tapiz en aquella parte. La señora de Saint-Auréol no bajó los ojos ni un instante, siguió lanzando derechamente ante ella miradas agudas y glaciales como su voz, y continuó:

—No era bastante haber acarreado la ruina al hogar paterno; se pretende llegar hasta más lejos… —bruscamente le falló aquí la voz; entonces, volviéndose hacia la señora de Floche, que se acoquinaba y temblaba en su butaca—: Y en cuanto a usted, hermana mía, si todavía tiene la debilidad… —luego, rectificándose—: Si tiene la culpable debilidad de ceder todavía a estas súplicas, sea por un beso, sea por un óbolo, tan verdad como que soy su hermana mayor, me marcho, encomiendo a Dios mis penates y no me vuelven a ver en toda la vida.

Estaba como en el teatro. Pero, si no se sabían observadas, ¿por qué representaban una tragedia estas dos marionetas? Las actitudes y los gestos de la hija me parecían tan exagerados, tan falsos como los de la madre… A ésta la tenía de frente, de manera que yo veía de espaldas a Isabel que, prosternada, conservaba su pose de Ester suplicante; de pronto me fijé en sus pies: estaban calzados de seda color ciruela, hasta donde me pareció y podía juzgarse todavía bajo la capa de barro que recubría sus botitas; por debajo una media blanca, en la que el volante de la falda, al levantarse, mojado, embarrado, había dejado una huella sucia… Y, de pronto, más fuerte que el declamado de la vieja, resonó en mí cuanto todos esos pobres objetos referían de vagabundaje, de miserias. Un sollozo me ahogó la garganta; y me prometí seguirla a través del jardín cuando saliera de la casa.

La señora de Saint-Auréol, mientras tanto, había dado tres pasos hacia la butaca de la señora de Floche:

—¡Vamos! ¡Deme esos billetes! ¿Cree que no veo arrugarse el papel debajo de su mitón? ¿Me cree usted ciega o loca? ¡Deme ese dinero, le digo! —y melodramáticamente, acercando los billetes de que se había adueñado a la llama de una vela del candelabro—: Preferiría quemarlos todos —no hace falta decir que ni lo intentaba— a darle siquiera un ardite —se metió los billetes en el bolsillo y volvió a adoptar su gesto declamatorio—: ¡Hija ingrata! ¡Hija desnaturalizada! ¡Sabrás enseñarles a mis sortijas el camino que han llevado mis collares y mis pulseras! — diciendo esto, con un hábil gesto de su mano tendida, dejó caer dos o tres sortijas sobre la alfombra. Isabel se apoderó de ellas como un perro hambriento se tira sobre un hueso—. Ahora, márchese; no tenemos nada que decirnos y ya no la reconozco.

Después, habiendo ido a coger un apagador sobre la mesilla de noche, sofocó sucesivamente cada vela del candelabro y se fue.

La habitación ahora parecía oscura. Mientras tanto, Isabel se había alzado; se pasaba los dedos por las sienes, se echaba hacia atrás los bucles dispersos y se ajustaba el sombrero. De una sacudida se subió el abrigo, que se le había escurrido un poco de los hombros, y se inclinó hacia la señora de Floche para decirle adiós. Me pareció que la pobre mujer intentaba hablarle, pero era con una voz tan débil que nada pude percibir. Isabel, sin decir nada, apretó contra sus labios una de las manos temblantes de la anciana. Un instante después me lancé a su persecución por el pasillo.

En el momento de bajar la escalera me detuvo un ruido de voces. Reconocí la de la señorita Verdure, a la que ya se había reunido Isabel en el vestíbulo, y asomándome a la barandilla, las vi a las dos. Olimpia Verdure tenía una linterna en la mano.

—¿Te vas a marchar sin darle un beso? —decía, y comprendí que se trataba de Casimiro—. Entonces, ¿es que no quieres verle?

—No, Loly; tengo demasiada prisa. No debe saber que he venido.

Hubo un silencio, una pantomima que al pronto no comprendí. La linterna se agitó proyectando sombras saltarinas. La señorita Verdure adelantándose, Isabel retirándose, las dos se desplazaron algunos pasos; después oí:

—Sí, sí; en recuerdo mío. Lo guardaba desde hacía mucho tiempo. Ahora que soy vieja, ¿qué haría con ello?

—¡Loly! ¡Loly! Es usted lo mejor que dejo aquí.

La señorita Verdure la apretaba entre sus brazos:

—¡Ay, pobrecilla! ¡Cómo está de calada!

—Sólo el abrigo…, no importa. Déjeme marcharme…

—Por lo menos coge un paraguas.

—Ya no llueve.

—La linterna.

—¿Qué haría con ella? El coche está muy cerca. Adiós.

—¡Vamos! ¡Adiós, mi pobre niña! Dios te… —lo demás se perdió en un sollozo.

La señorita Verdure estuvo unos instantes sumergida en la noche, y desde fuera subió por la caja de la escalera una bocanada de aire húmedo; luego le sentí echar los cerrojos a la puerta cerrada…

Yo no podía pasar delante de la señorita Verdure. Graciano se llevaba todas las noches la llave de la puerta de la cocina. Al otro lado de la casa se abría otra puerta por la que hubiera podido salir fácilmente, pero era un enorme rodeo. Antes de que yo la alcanzase, Isabel, sin duda, habría llegado a su coche… Corrí a mi habitación. La luna estaba de nuevo cubierta; como oyese un ruido de pasos, esperé un instante; se alzó un soplo fuerte, y mientras Graciano volvía a entrar por la cocina, oí alejarse el coche de Isabel de Saint-Auréol a través de la murmurante agitación de los árboles.

 

Siete

Me había retrasado muchísimo, y tan pronto como llegué a París me ocuparon mil cuidados que al fin desviaron mis pensamientos. La resolución que había tomado de volver el verano siguiente al Bieldo calmaba mis pesares por no haber podido llevar hasta más lejos una aventura que ya empezaba a olvidar, cuando recibí una doble esquela. Los esposos Floche, ambos con pocos días de intervalo, habían exhalado hacia Dios sus almas temblorosas y dulces. En el sobre de la esquela reconocí la letra de la señorita Verdure; pero fue a Casimiro a quien le envié la expresión banal de mi pésame y de mi simpatía. Dos semanas más tarde recibí esta carta:

 

Mi querido señor Gerardo:

(El niño no había podido decidirse nunca a llamarme por mi apellido.

—¿Cómo se llama usted? —me había preguntado durante un paseo, precisamente el día que yo había empezado a tutearle.

—Pero si lo sabes muy bien, Casimiro; me llamo señor Lacase.

—No, ese nombre no; ¿el otro? —reclamó).

 

Ha sido usted buenísimo escribiéndome, y su carta ha sido buenísima porque ahora el Bieldo está muy triste. Mi abuela tuvo el jueves un ataque y no podía ya salir de su habitación; entonces, mamá ha vuelto al Bieldo y el abate se ha marchado porque había sido cura de Breuil. Después de esto es cuando se han muerto mi tío y mi tía. Primero se murió mi tío, que tanto le quería a usted, y después, el domingo siguiente, mi tía, que ha estado enferma tres días. Mamá ya no estaba aquí. Estaba yo solo con Loly y Delfina, la mujer de Graciano, que me quiere mucho; y fue muy triste porque mi tía no me quería dejar. Pero no hubo otro remedio. Entonces duermo ahora en la habitación al lado de Delfina, porque a Loly le ha llamado su hermano al Quejigal. Graciano también es muy bueno conmigo. Me ha enseñado a hacer injertos y a sacar esquejes, que es muy divertido, y además ayudo a talar árboles.

Sabe, el papelito en que escribió allí su promesa tiene que olvidarlo porque aquí no habrá nadie que le reciba. Pero me da mucha pena no volverle a ver porque le quería mucho. Pero no le olvido.

Su amiguito,

Casimiro.

 

La muerte del señor y de la señora de Floche me había afectado bastante poco, pero esta carta torpe y desmañada me conmovió. No podía por el momento, pero me prometí en las vacaciones de Pascua llegarme al Bieldo de inspección. ¿Qué más me daba que no pudieran recibirme? Me bajaría en Pont-l’Evêque y alquilaría un coche. No necesito añadir que el pensar que pudiese encontrarme acaso con la misteriosa Isabel me atraía tanto como la inmensa piedad que sentía hacia el niño. Algunos pasajes de esta carta me resultaban incomprensibles; no hilaba bien los hechos… El ataque de la víspera, la llegada de Isabel al Bieldo, la partida del abate, la muerte de los viejos a la que no asistió su sobrina, la marcha de la señorita Verdure… ¿No habría que ver en todo ello más que una secuencia fortuita de acontecimientos o habría que buscar alguna relación entre ellos? Ni Casimiro habría sabido ni el abate habría querido informarme. Era forzoso esperar hasta abril. Al segundo día de libertad, partí.

En la estación de Breuil divisé al abate Santal que se disponía a tomar mi tren; le llamé. —Otra vez en estas tierras —dijo.

—En efecto, no pensaba volver tan pronto.

Subió a mi compartimento. Estábamos solos.

—¡Bueno! Han pasado cosas desde su visita.

—Sí, he sabido que tiene usted ahora la parroquia de Breuil.

—No hablemos de esto —y extendió la mano con un gesto que reconocí—. ¿Ha recibido usted una esquela?

—Y envié en seguida mi pésame a su alumno; por él he tenido luego noticias; pero no me ha informado mucho. Estuve a punto de escribirle a usted para preguntarle algunos detalles.

—Debía haberlo hecho.

—Pensé que no me informaría gustoso —agregué, riéndome.

Pero, sin duda, obligado a menos discreción que cuando estaba en el Bieldo, el abate parecía dispuesto a hablar.

—¿No cree que es una desgracia lo que está pasando allí? ¡Todas las avenidas desaparecerán!

Al pronto no comprendí nada; después me vino a la memoria la frase de Casimiro: «Ayudo a talar árboles…».

—¿Por qué hacen eso? —pregunté ingenuamente.

—¿Por qué?, ¡señor mío! Vaya usted a preguntárselo a los acreedores. Por lo demás, no es a ellos a quienes les concierne, y todo se hace a sus espaldas. La propiedad está cubierta de hipotecas. La señorita de Saint-Auréol saca todo lo que puede.

—¿Está allí ella?

—¡Como si usted no lo supiera!

—Tan sólo lo suponía por unas palabras de…

—Desde que ella está allí es cuando todo va mal —se contuvo un instante, pero esta vez la necesidad de hablar pudo más en él; ni siquiera esperaba mis preguntas y juzgué más prudente no hacerlas, continuó—: ¿Cómo se enteró de la parálisis de su madre? Es cosa que no me explico. Cuando se enteró de que la vieja baronesa no podía levantarse de su butaca, se plantó allí con todo su equipaje, y la señora de Floche no tuvo valor para ponerla en la puerta. Entonces es cuando yo me fui.

—Es muy triste que haya usted dejado así a Casimiro.

—Es posible, pero mi puesto no está junto a una criatura… ¡Olvidaba que usted la defendía! …

—Tal vez lo siga haciendo todavía, señor cura.

—Continúe, continúe haciéndolo. Sí, sí; también la señorita Verdure la defendía.

La defendió hasta el momento en que vio morir a sus señores —me admiraba que el abate se hubiera despojado casi por entero de aquella elegancia en el habla que lucía en el Bieldo; había adoptado ya el gesto y el habla propias de los curas de pueblo normandos. Continuó, siguiendo su tema—: También a ella le pareció raro que muriesen los dos a la vez.

—¿Es que…?

—Yo no digo nada —e hinchó el labio superior, como era antigua costumbre en él, pero continuó inmediatamente—: No obstante, en la región se comentaba.

Disgustaba ver heredera a la sobrina. Y ya ve usted que también ella, la Verdure, juzgó preferible marcharse.

—¿Quién queda junto a Casimiro?

—¡Ah! Por lo menos ha comprendido usted que su madre no es una compañía para el niño. ¡Pues bien!, pasa la mayor parte del tiempo en casa de los Chointreuil, ya sabe: el jardinero y su mujer.

—¿Graciano?

—Sí, Graciano; que quería oponerse a que talaran árboles en el parque; pero no pudo impedir nada. Es la ruina.

—Sin embargo, los Floche no carecían de dinero.

—Pero todo estaba comido desde el primer día, mi querido señor. De las tres fincas del Bieldo, la señora de Floche poseía dos que se vendieron, hace mucho tiempo, a sus arrendadores. La tercera, la finquita de los Fondos, pertenece todavía a la baronesa; ya no estaba arrendada, Graciano se ocupaba de hacerla valer; pero pronto se venderá con lo demás.

—¡Se va a vender el Bieldo!

—En pública subasta. Pero eso no podrá hacerse antes del final del verano. Mientras tanto, créame, sí, que la señorita se aprovecha. Tendrá que ceder al fin; cuando ya se hayan llevado la mitad de los árboles…

—¿Cómo es que hay quien se los compre, si no tiene derecho a venderlos?

—¡Ah! Usted es todavía joven. Cuando se vende tirado, siempre hay quien compre.

—El más ínfimo oficial de juzgado puede impedir eso.

—El oficial del juzgado se entiende con el negociante de los acreedores, que se ha instalado allí y —se inclinó a mi oído— que se acuesta con ella, puesto que a usted le gusta saberlo todo.

—¿Los libros y los papeles del señor Floche? —pregunté sin dar muestras de emoción por su última frase.

—El mobiliario del castillo y la biblioteca serán vendidos próximamente, o, por mejor decir, embargados. Felizmente, allí nadie imagina el valor de ciertas obras; de lo contrario, ya habrían desaparecido desde hace tiempo.

—Puede aparecer un sinvergüenza…

—Ya está todo sellado, no tema; sólo levantarán los sellos para el inventario.

—¿Qué dice de todo esto la baronesa?

—No sospecha nada; le dan de comer en su habitación; ni siquiera sabe que su hija está allí.

—¿No dice usted nada del barón?

—Murió hace tres semanas, en Caen, en un asilo donde habíamos logrado meterle.

Llegamos a Pont-l’Evêque. Un sacerdote había venido a esperar al abate Santal, que se despidió de mí tras haberme indicado un hotel y un alquiler de coches.

El coche que alquilé al día siguiente me dejó a la entrada del parque del Bieldo; quedó convenido que vendría a recogerme al cabo de un par de horas, cuando los caballos hubieran descansado en la cuadra de una de las granjas.

Hallé la verja del parque abierta de par en par; el suelo de la avenida estaba estropeado por los carros. Esperaba hallar el más espantoso destrozo y quedé felizmente sorprendido, a la entrada, al reconocer el «haya con hoja de pérsico», ilustre amistad, brotando; no pensé que debía la vida, sin duda, a lo mediocre de su madera; al avanzar, constaté que el hacha ya se había llevado los árboles mejores. Antes de internarme en el parque quise volver a ver el pabelloncito donde había descubierto la carta de Isabel; pero un candado sujetaba la puerta, en lugar de la rota cerradura (supe luego que los leñadores encerraban allí sus ropas y sus aperos). Me encaminé hacia el castillo. La avenida que tomé era recta, bordeada de bojes bajos; no desembocaba en la fachada principal, sino en la lateral de los servicios; llevaba a la cocina y, casi enfrente de ella, se abría el cierre de la huerta; todavía estaba bastante lejos cuando vi salir de ella a Graciano con un cesto de verduras; me divisó, pero no me reconoció al pronto; le saludé; vino a mi encuentro, y bruscamente:

—¡Pero vamos, el señor Lacase! ¡Seguro que no le esperábamos ahora! —se me quedó mirando, meneando la cabeza y sin disimular la contrariedad que le producía mi presencia; sin embargo, añadió más suavemente—: Pero el pequeño se alegrará de verle —habíamos caminado un poco sin hablar hacia la cocina; me hizo seña de que le esperase y entró para dejar la cesta—. Así, pues, ha venido usted a ver lo que pasa en el Bieldo —dijo, volviendo hacia mí, más educadamente.

—¿Y parece que esto no va muy bien?

Le miré; le temblaba la barbilla; no me respondía; bruscamente, me cogió por un brazo y me arrastró hacia la pradera que se extendía ante la escalinata del salón. Allí yacía el cadáver de una enorme encina, bajo la que, recordé, me había resguardado de la lluvia en el otoño; a su alrededor, convertidas en leños y en haces, se amontonaban sus ramas, de las que le habían despojado antes de talarla.

—¿Sabe usted cuánto vale un árbol como éste? —me dijo—. Doce pistolas. ¿Y sabe cuánto han pagado por él? Por éste como por todos los demás… Cien perras chicas.

Yo no sabía que en aquella región llamaban pistolas a los escudos de diez francos; pero no era el momento de pedir una aclaración. Graciano hablaba con la voz sobrecogida. Me volví hacia él; se secaba las lágrimas o el sudor de su cara con el reverso de la mano; luego, cerrando los puños:

—¡Ah, qué bandidos! ¡Qué bandidos! Cuando oigo los golpes de sus machetes y de sus hachas, señor, enloquezco; los golpes me martillan la cabeza; siento deseos de gritar: ¡socorro!, ¡ladrones!, y a mi vez siento ganas de golpear; siento ganas de matar. Anteayer me pasé la mitad del día en la cueva; oía menos… Al principio, al pequeño le divertía ver trabajar a los leñadores; cuando el árbol estaba a punto de caer, le llamaban para tirar de la cuerda; y luego, cuando estos bandidos se acercaron al castillo, siempre talando, al pequeño empezó a parecerle aquello menos divertido; decía: «¡Pero éste no! ¡Pero aquél no!». Pobre criaturita; le dije yo: Este o aquél, no serán para ti los que dejen. Bien le he dicho que no podrá vivir en el Bieldo; pero es demasiado joven; no comprende que ya nada es suyo. ¡Si tan sólo pudieran dejarnos en la granja pequeña; claro que me lo llevaría con nosotros contento! ¡Pero ni siquiera se sabe quién la va a comprar, ni a qué ruin deseen poner en lugar nuestro!… Mire, señor, no soy todavía muy viejo, pero hubiera preferido morirme antes que ver todo esto.

—¿Quién vive ahora en el castillo?

—No quiero saberlo. El pequeño come con nosotros en la cocina; es mejor. La señora baronesa no sale ya de su habitación; felizmente para ella, pobre señora… Delfina es la que le lleva las comidas, pasando por la escalera de servicio, debido a que no quiere encuentros. Los otros tienen a alguien que les sirve y con quien no nos hablamos.

—¿No van pronto a embargar el mobiliario?

—Entonces procuraremos llevarnos a la señora baronesa a la granja, hasta que pongan en venta la granja con el castillo.

—¿Y la señ…, su hija? —pregunté vacilando, porque no sabía cómo nombrarla.

—Puede irse a donde guste; pero no a mi casa. Sin embargo, por su causa está pasando todo esto.

Su voz temblaba con una cólera tan honda que en ese momento comprendí cómo ese hombre había podido llegar hasta el crimen para proteger el honor de sus amos.

—¿Está ella en el castillo, ahora?

—A estas horas debe pasearse por el parque. Parece que a ella esto no le duele; contempla a los podadores; y hay días incluso en que habla con ellos, sin avergonzarse. Pero cuando llueve no sale de su habitación; mire, ésa de la esquina; se pega al cristal completamente y mira hacia el jardín. Si por el momento no estuviera su hombre en Lisieux, yo no saldría como lo hago. ¡Ay!, puede decirse que es gente hermosa, señor Lacase; ¡claro! Si nuestros pobres amos viejos pudieran volver para ver esto en su casa, pronto se volverían a donde descansan.

—¿Está por aquí Casimiro?

—Creo que también él se pasea por el parque. ¿Quiere que le llame?

—No; ya le encontraré. Hasta ahora. Les veré a usted y a Delfina antes de irme, naturalmente.

El destrozo de los leñadores parecía más atroz en aquel momento del año cuando todo se disponía a revivir. Ya se hinchaban las ramillas en la tibieza del aire; se abrían las yemas, y las ramas, cortadas, lloraban su savia. Iba despacio, el dolor del paisaje me exaltaba más que me entristecía, tal vez estuviese un poco embriagado por el denso olor vegetal que exhalaban el árbol muriente y la tierra parturienta. Apenas era sensible al contraste entre estas muertes y la renovación primaveral; ahora el parque se abría más ampliamente a la luz que bañaba y doraba por igual muerte y vida; pero, mientras, a lo lejos, el canto trágico de los hachazos llenaba el aire de una solemnidad fúnebre y acompasaba secretamente el feliz latido de mi corazón, abrasado por la vieja carta de amor, que me había traído y de la que había prometido no valerme, pero que por momentos oprimía contra mi corazón. Hoy nada sabrá impedirlo, me volvía a decir, y sonreía al sentir que se aceleraba mi paso con sólo pensar en Isabel; mi voluntad no podía hacerlo, pero me activaba una fuerza interior. Me admiraba el que por exceso de vida este acento de salvajismo, que la depredación añadía a la belleza del paisaje, agudizaba para mí el placer; me admiraba que las maledicencias del abate hubieran servido tan poco para apartarme de Isabel, y el que todo cuanto de ella descubría avivase mi deseo inconfesablemente… ¿Qué es lo que todavía le ataba a estos lugares poblados de odiosos recuerdos? Lo sabía: de la venta del Bieldo no le quedaría ni le correspondería nada. ¿Por qué no huía de allí? Y soñaba con raptarla aquella tarde en mi coche; apresuré mis pasos; casi corría, cuando de pronto la descubrí a lo lejos, delante de mí. Ella era, sin duda, de luto y a pelo, sentada sobre el tronco de un árbol cortado, cruzado sobre la avenida. El corazón me latía tan fuerte que hube de pararme unos instantes; luego, paseante tranquilo, indiferente, avancé hacia ella despacio.

—Perdón, señora…; ¿es éste, en efecto, el Bieldo?

Sobre el tronco del árbol, junto a ella, había un cestito de labor lleno de carretes, de instrumentos de costura, de pedazos de crespón enrollados sobre sí mismos o sueltos, y ella se afanaba en disponer algunos trozos sobre una modesta capota de fieltro que sostenía en la mano; había caída en el suelo una cinta verde, que sin duda acababa de arrancar. Una manteleta muy corta de paño negro le cubría los hombros, y cuando alzó la cabeza descubrí el broche vulgar que sostenía cerrado el cuello. Sin duda me había divisado a lo lejos, porque mi voz no pareció sorprenderle.

—¿Viene usted para comprar la propiedad? —dijo, y su voz, que reconocí, hizo que mi corazón latiese.

¡Qué bonita era su frente despejada!

—¡Oh!, venía como simple visitante. Las verjas estaban abiertas y he visto circular a gentes. Pero ¿acaso ha sido una indiscreción el entrar?

—¡Ahora puede entrar quien quiera! —suspiró profundamente, pero volvió a su labor como si no pudiéramos tener nada más que decirnos.

No sabiendo cómo continuar una conversación que tal vez fuera única, que debía ser decisiva, pero que no me parecía haber llegado la hora de forzarla; preocupado por tomar algunas precauciones, y con la cabeza y el corazón a la expectativa y llenos de preguntas que no me atrevía todavía a formular, permanecía de pie ante ella, retirando con el bastón astillas menudas, tan cohibido, a la vez tan impertinente y tan torpe, que al cabo alzó los ojos, me consideró y creí que iba a echarse a reír; pero sencillamente me dijo, sin duda porque yo llevaba entonces un sombrero flexible y melena larga, y porque al parecer no me urgía ninguna ocupación práctica:

—¿Es usted artista?

—Por desgracia, no —respondí sonriendo—; pero eso no importa, sé apreciar la poesía —y sin atreverme todavía a mirarla, sentía que su mirada me envolvía. Me resulta odiosa la hipócrita banalidad de nuestras frases y sufro refiriéndolas—. ¡Qué hermoso es este parque! —dije.

Me pareció que no deseaba sino hablar, y que, como a mí, no le molestaba más que el no saber cómo trabar conversación; porque protestó diciendo que, por desgracia, no podía hacerme idea de cómo estaba el parque en otoño, porque en esta estación todavía tiritaba a medio despertarse del invierno; por lo menos, de cómo había estado, rectificó; ¿qué quedaría ahora después del horrible trabajo de los leñadores?…

—¿No podía prohibirse ese trabajo? —dije.

—¡Prohibirse! —repitió irónicamente levantando mucho los hombros; creí que me enseñaba su miserable sombrero de fieltro para testificarme su mala situación, pero lo alzaba para volver a ponérselo sobre su cabeza, echada hacia atrás y dejando al descubierto la frente; después comenzó a ordenar sus pedazos de crespón como si se dispusiera a partir. Me agaché, recogí a sus pies la cinta verde y se la tendí—. ¿Para qué me serviría ahora? —dijo sin cogerla—. Ya ve usted que estoy de luto.

Inmediatamente le manifesté la tristeza que tuve al saber la muerte del señor y la señora de Floche, y luego, en fin, la del barón; y como se extrañase de que hubiera conocido a sus parientes, le hice saber que había vivido con ellos doce días el pasado octubre.

—Entonces, ¿por qué ha simulado antes ignorar dónde se hallaba? —dijo bruscamente.

—No sabía cómo abordarla. —Luego, sin descubrirme demasiado todavía, empecé a contarle qué curiosidad apasionada me había retenido de día en día en el Bieldo, con la esperanza de conocerla y (porque no le hablé de la noche en que mi indiscreción la había sorprendido) cuánto había sentido volverme a París sin haberla visto.

—¿Qué es lo que le había despertado las ganas de conocerme?

Ya no hacía ademán de marcharse. Había acercado frente a ella, junto a ella, un gran leño sobre el que me senté; más bajo que ella, levantaba los ojos para mirarla; se ocupaba infantilmente en enrollar cintas de crespón, y no aprehendía yo su mirada. Le hablé de su miniatura y me preocupé por lo que habría sido de ese retrato, del que yo estaba enamorado; pero ella no tenía ni idea.

—Sin duda aparecerá cuando levanten los sellos… Será puesto en venta con lo demás —añadió con una risa cortante que me hizo daño—. Podrá adquirirlo por unas perras, si todavía lo desea.

Manifesté el dolor que me causaba ver que no tomase en serio un sentimiento, cuya expresión sí era brusca, pero que me poseía desde hacía mucho tiempo; pero ahora permanecía impasible y parecía resuelta a no seguir escuchándome. El tiempo apremiaba. ¿No llevaba conmigo algo que forzaría su silencio? La carta ardiente temblaba bajo mis dedos. Tenía preparado no sé qué historia de unas viejas relaciones de mi familia con la de los Gonfreville, pensando hacerle hablar incidentalmente; pero en aquel momento sólo sentí lo absurdo de mentira semejante, y empecé a referir por qué azar misterioso esta carta —que le tendí— había caído en mis manos.

—¡Ah, señora, le suplico no rompa ese papel! Devuélvamelo…

Se había puesto mortalmente pálida, y sobre sus rodillas, durante unos instantes, tuvo abierta, sin leerla, la carta; con la mirada vaga, los párpados batientes, murmuró:

—¡Olvidar recogerla! ¿Cómo pudo olvidárseme?

—Sin duda creyó que le había llegado, que había venido a buscarla…

Seguía sin escucharme. Hice un movimiento para recobrar la carta; pero malintencionó mi gesto:

—¡Déjeme! —gritó, rechazando brutalmente mi mano. Se levantó, quiso huir. De rodillas ante ella, la retuve.

—No me tema, señora; ya ve que no le deseo mal alguno —y como volvió a sentarse, o más bien se desplomó inerme, le supliqué que no me odiase si el azar le había deparado un confidente involuntario, sino continuase conmigo su confidencia, que yo juraba no traicionar; ¡ay!, ¿por qué no iba a hablarme como a un verdadero amigo y como si yo no supiera de ella más que lo que ella misma me confiara? Las lágrimas que vertí mientras hablaba acaso fueron más eficaces que mis palabras para convencerla—. Por desgracia, bien sé qué miserable muerte se llevó esa misma noche a su amante… ¿Pero cómo se enteró usted de su desgracia? Esa noche en que usted le esperaba, pronta para huir con él, ¿qué pensó usted? ¿Qué hizo al no verle aparecer?

—Puesto que lo sabe todo —dijo con voz desolada—, sabe que yo no debía esperarle ya, después que previne a Graciano.

Tuve una intuición tan súbita de la horrible verdad, que estas palabras me salieron como un grito:

—¡Cómo! ¿Usted le hizo matar?

Entonces, dejando caer al suelo la carta y el cestito, cuyos menudos objetos se desperdigaron, inclinó la frente entre sus manos y empezó a llorar desesperadamente. Me incliné hacia ella intentando coger con las mías una de sus manos.

—¡No! Es usted ingrato y brutal.

Mi imprudente exclamación atajó su confidencia; ahora ya no quería ceder ante mí; mientras tanto yo permanecía sentado frente a ella, muy dispuesto a no dejarla sin que se hubiera explayado más. Por fin se calmaron sus sollozos; le persuadí suavemente de que ya había hablado demasiado para poder callarse impunemente, pero que una confesión sincera no podría rebajarla ante mis ojos, y que ninguna confesión me sería tan dolorosa como su silencio. Los codos sobre las rodillas, las manos cruzadas ante su frente, he aquí su relato.

La noche que precedió a la que ella había fijado para su fuga, en la amorosa exaltación de la víspera, había escrito aquella carta; al día siguiente la había llevado al pabellón, y metido en aquel lugar secreto que conocía Blas de Gonfreville, y a donde sabía que pronto la iría a buscar. Pero apenas regresó al castillo y se halló en aquella habitación que quería dejar para siempre, se había apoderado de ella una angustia indecible, el miedo a esa libertad desconocida que había deseado tan salvajemente, el miedo de aquel amante al que seguía apelando, de sí misma y de lo que temía osar. Sí, la resolución ya estaba tomada, rechazados los escrúpulos; sí, apurada la vergüenza; pero ahora que ya nada la retenía, ante la puerta abierta para su fuga, de pronto le faltó coraje. La idea de esa fuga se le hacía odiosa, intolerable; corrió a decir a Graciano que el vizconde de Gonfreville había proyectado raptarla aquella misma noche, que le hallaría rondando al anochecer cerca del pabellón de la verja, a la que ya había que impedirle que se acercase.

Me asombró que no hubiera ido ella misma sencillamente en busca de aquella carta y la sustituyera por otra en la que desengañase a su amante de tan loca empresa. Pero se defendía incesantemente contra mis preguntas, repitiendo entre lágrimas que bien sabía que yo no podía comprenderla, y que ella misma no podía explicarse mejor, pero que entonces no se sentía capaz de rechazar a su amante ni tampoco de seguirle; que el miedo la había paralizado hasta tal punto que era superior a sus fuerzas para volver al pabellón; que, por lo demás, sus padres la vigilaban sospechosos, y que por esto había tenido que recurrir a Graciano.

—¿Podía yo sospechar que tomase en serio las palabras dictadas por mi delirio? Pensé que tan sólo le alejaría… Me sobresalté al oír un disparo, una hora más tarde, por el lado de la verja; pero mi pensamiento se apartó de una horrible suposición que yo me negaba a considerar; por el contrario, desde que había advertido a Graciano me sentía casi alegre con la mente y el corazón liberados… Pero cuando llegó la noche, cuando se acercó la hora que debía haber sido la de mi fuga, ¡ah!, a pesar mío empecé a esperar, volvía a tener esperanza; cuando menos, una especie de confianza, que yo sabía falaz, se mezclaba a mi desesperación; no podía darme cuenta de que una cobardía, un desfallecimiento momentáneo, hubieran aniquilado de golpe mi largo sueño; no me despertaba; sí, como en sueños, bajé al jardín, espiando cada ruido, cada sombra; todavía esperaba… —volvió a llorar acongojada—. No, ya no esperaba —continuó—; buscaba engañarme a mí misma, y, por piedad para conmigo, imitaba a quien espera. Me había sentado delante de la pradera, sobre el peldaño más bajo de la escalinata; con el corazón seco, incapaz de verter una lágrima; y no pensaba ya en nada, ya no sabía yo quién era, ni dónde estaba, ni qué había ido a hacer allí. Desapareció la luna que antes alumbraba la yerba; entonces tuve un escalofrío; hubiera querido que me sumiese hasta la muerte. Al día siguiente caí gravemente enferma, y el médico a quien llamaron reveló a mi madre mi embarazo —se calló unos instantes—. Ya sabe usted ahora lo que deseaba saber. Si siguiera mi historia, sería la de otra mujer en la que ya no reconocería a la Isabel del medallón.

Ya entonces reconocía yo bastante mal a aquella de la que se había prendado mi imaginación. En verdad, su relato iba entrecortado de interjecciones recriminatorias para el destino, y deploraba que en este mundo la poesía y el sentimiento no tuvieran razón nunca; pero me entristecía no distinguir en la melodía de su voz los cálidos acentos del corazón. ¡Sólo para sí misma tenía palabras de condolencia! ¡Cómo!, pensaba yo, ¿así era como sabía amar?…

A la sazón recogía yo los menudos objetos de la cesta volcada, que se habían esparcido por el suelo. No sentía ningún deseo de seguir interrogándola; súbitamente, desinteresado por su persona y por su vida, estaba frente a ella como un niño ante el juguete que ha roto para descubrir su misterio; y ni siquiera el atractivo físico que aún poseía despertaba en mi carne ninguna emoción, ni el batir voluptuoso de sus párpados, que no ha mucho me hacía temblar. Hablábamos de su porvenir; y como le preguntara lo que se proponía hacer:

—Intentaré dar lecciones —respondió—; lecciones de piano o de canto. Tengo un método buenísimo.

—¡Ah!, ¿usted canta?

—Sí; y toco el piano. En un tiempo trabajé mucho. Era alumna de Thalberg… También me gusta mucho la poesía —y como no tenía nada que decirle—: Estoy segura de que usted sabe poesías de memoria, ¿no querría recitarme alguna?

El disgusto, el hastío de semejante trivialidad poética acabó por desterrar al amor de mi alma. Me levanté para despedirme de ella.

—¡Cómo! ¿Ya se marcha usted?

—Por desgracia, usted misma se da cuenta de que es mejor que la deje ahora. Imagine usted que el otoño pasado, en casa de sus padres, en el torpor del Bieldo, me dormí y me enamoré de un sueño, y que acabo de despertarme. Adiós —una forma claudicante apareció a la vuelta de la avenida—. Creo divisar a Casimiro, que se alegrará de volver a verme.

—Viene. Espérele.

El niño se acercaba a saltitos; llevaba un rastrillo al hombro.

—Permítame que vaya a su encuentro. Tal vez le incomode hallarme junto a usted. Dispénseme… —y violentando mi despedida de la manera más torpe, saludé respetuosamente y me fui.

No volví a ver a Isabel de Saint-Auréol y no supe más de ella. Sin embargo, sí; cuando volví al Bieldo el otoño siguiente, me dijo Graciano que la víspera del embargo del mobiliario, abandonada por el hombre de negocios, se había fugado con un cochero.

—Ya ve usted, señor Lacase —añadió sentenciosamente—, nunca ha podido estar sola; siempre ha necesitado uno.

La biblioteca del Bieldo se vendió a mitad de verano. A pesar de las instrucciones que yo había dejado, no se me advirtió; y creo que el librero de Caen a quien llamaron para presidir la venta se cuidó poco de invitarme, así como a ningún otro coleccionista serio. Supe luego con indignado estupor que la famosa biblia se había vendido en 70 francos a un anticuario del lugar; y luego revendido, inmediatamente después, en 300 francos, no pude saber a quién. En cuanto a los manuscritos del siglo XVII, ni siquiera aparecían mencionados en la venta, y fueron adjudicados a título de papeles viejos.

Hubiera querido asistir cuando menos a la venta del mobiliario, porque me proponía comprar algunos objetos menudos en recuerdo de los Floche; pero me avisaron demasiado tarde y sólo llegué a Pont-l’Evêque para la venta de las granjas y de la propiedad. El Bieldo lo adquirió a precio vil el comerciante en fincas Moser- Schmidt, que se disponía a convertir el parque en praderas, cuando se lo compró un aficionado americano; no sé muy bien por qué, puesto que no ha vuelto a la tierra y deja parque y castillo en el estado que han podido ver.

Como entonces tenía poca fortuna, pensé no asistir a la subasta más que como curioso, pero por la mañana había visto a Casimiro y, mientras oía las pujas, me acongojó tanto pensar en el abandono de aquel pequeño que decidí, de pronto, asegurarle la existencia en la granja que deseaba ocupar Graciano. ¿No sabían que me había convertido en propietario? Había pujado casi sin darme cuenta; era una locura; pero cómo me recompensó la triste alegría del pobre niño…

Fui a pasar las vacaciones de Pascua y las del verano subsiguiente a aquella granjita, a casa de Graciano, junto a Casimiro. Todavía vivía la vieja Saint-Auréol; como pudimos, nos arreglamos para cederle la mejor habitación; había vuelto a la infancia, y sin embargo me reconoció y casi se acordó de mi nombre.

—¡Qué amable, por su parte, señor de Las Cases! ¡Qué amable, por su parte! — repetía al pronto cuando me volvió a ver. Porque se había persuadido a sí misma, lisonjeramente, de que había vuelto al lugar únicamente para visitarla a ella—. Están reparando el castillo. ¡Quedará precioso! —me decía confidencialmente, como para explicarme su situación, o explicársela a sí misma.

El día de la venta del mobiliario, primero la habían sacado a la terraza del salón, en su gran butaca de orejas; le habían presentado al oficial judicial como si fuera un célebre arquitecto, venido expresamente de París para vigilar los trabajos, que debían ejecutarse (se creía fácilmente todo lo que le halagaba); luego, Graciano, Casimiro y Delfina la habían transportado hasta aquella habitación, que no abandonaría ya, pero en la que vivió todavía casi tres años.

Durante el primer veraneo en mi granja fue cuando conocí a los B., con cuya hija mayor me casé más tarde. La R…, que nos pertenece desde la muerte de mis suegros, ya han visto que no está muy lejos del Bieldo; dos o tres veces al año vuelvo allí para hablar con Graciano y con Casimiro, que cultivan muy bien sus tierras y que me entregan regularmente el importe de su modesto arriendo. Allí fui antes, cuando me separé de ustedes.

 

Era ya muy tarde cuando Gerardo acabó su relato. Sin embargo, aquella misma noche, antes de dormirse, fue cuando Jammes escribió su cuarta elegía:

 

Cuando me pediste que hiciera una elegía sobre esa tierra abandonada donde el viento grande…

 

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