La casa de las bellas durmientes (II)

Yasunari Kawabata

 

3

Ocho días después de su segunda visita Eguchi volvió de nuevo a la «casa de las bellas durmientes». Habían pasado dos semanas entre ambas visitas, por lo que el intervalo se había reducido a la mitad.

¿Estaría cediendo gradualmente al hechizo de las muchachas narcotizadas?

—La de esta noche aún se está entrenando —dijo la mujer de la casa mientras preparaba el té—. Tal vez le decepcione, pero le ruego que sea comprensivo con ella.

—¿Una diferente otra vez?

—Me ha llamado usted poco antes de venir, y he tenido que recurrir a lo que tenía. Si desea a una muchacha en especial, le ruego me avise con dos o tres días de antelación.

—Comprendo. ¿A qué se refiere al decir que aún se está entrenando?

—Es nueva, y pequeña —Eguchi tuvo un sobresalto—. Estaba asustada y me pidió que le dejara a alguien para acompañarla. Pero no me gustaría molestarle a usted.

—¿Dos muchachas? No estaría mal. Pero si duerme tan profundamente como si estuviera muerta, ¿cómo puede saber si está asustada o no?

—Eso es cierto. Pero sea cauto con ella. No está acostumbrada a esto.

—No haré absolutamente nada.

—Lo comprendo muy bien.

«¿Entrenándose?», murmuró para sus adentros. En el mundo había cosas extrañas. Como de costumbre, la mujer entreabrió la puerta y miró hacia dentro.

—Está dormida. Cuando usted quiera —dijo, saliendo.

Eguchi tomó otra taza de té. Apoyó la cabeza sobre el brazo. Un vacío glacial le invadió. Se levantó como si el esfuerzo fuese excesivo para él y, abriendo la puerta sin ruido, miró hacia la secreta habitación de terciopelo.

La muchacha «pequeña» tenía una cara pequeña. Su cabello, despeinado como si se hubiera deshecho una trenza, le cubría una mejilla, y la palma de una mano estaba sobre la otra, muy cerca de la boca; por eso probablemente su rostro parecía más pequeño de lo que era. Yacía dormida, como una niña. Tenía la mano sobre la cara o, más bien, el borde de la mano relajada tocaba ligeramente el pómulo, y los dedos doblados reposaban desde el caballete de la nariz hasta los labios. El largo dedo medio llegaba hasta la mandíbula. Era su mano izquierda. La derecha descansaba sobre el borde de la colcha, asiéndola suavemente con los dedos. No iba maquillada, ni daba la impresión de haberse quitado el maquillaje antes de acostarse.

El viejo Eguchi se deslizó junto a ella. Tuvo buen cuidado de no tocarla. Ella no se movió. Pero su calor, diferente al calor de la manta eléctrica, le envolvió. Era un calor salvaje y primitivo. Tal vez le hizo pensar esto el olor de su piel y sus cabellos, pero había algo más.

«Dieciséis años, más o menos», pensó.

Era una casa frecuentada por ancianos que ya no podían usar a las mujeres como mujeres; pero Eguchi, en su tercera visita, sabía que dormir con una muchacha semejante era un consuelo efímero, la búsqueda de la desaparecida felicidad de estar vivo. ¿Había entre los ancianos algunos que pidieran secretamente dormir para siempre junto a una muchacha narcotizada? Parecía haber una tristeza en el cuerpo de una muchacha que inspiraba a un anciano la nostalgia de la muerte. Pero entre los ancianos que visitaban la casa, Eguchi era tal vez el que más fácilmente se emocionaba; y quizá la mayoría de ellos sólo querían beber la juventud de las muchachas dormidas, disfrutar de ellas sin que se despertaran.

Junto a su almohada había de nuevo dos píldoras blancas. Las cogió para contemplarlas. No tenían marcas ni letras que indicasen de qué droga se trataba. Era sin duda una droga diferente a la que había tomado la muchacha. Pensó en pedir la misma droga en su próxima visita. No era probable que accedieran a su petición, pero ¿cómo sería un sueño, parecido al de la muerte? Le atraía mucho la idea de dormir un sueño semejante a la muerte junto a una muchacha drogada hasta parecer muerta.

«Un sueño parecido a la muerte»: las palabras evocaron el recuerdo de una mujer. Hacía tres años, en primavera, Eguchi había llevado consigo a una mujer a su hotel de Kôbe. Procedía de un club nocturno, y ya era más de medianoche. Bebió un trago de whisky de una botella que guardaba en su habitación, y ofreció otro a la mujer. Ella bebió tanto como él. Eguchi se puso el kimono de noche suministrado por el hotel. No había ninguno para ella. La tomó en sus brazos cuando aún llevaba la ropa interior.

Le acarició la espalda, suavemente y al azar. «No puedo dormir con esto.» La mujer se quitó todas las prendas y las tiró sobre la silla, frente al espejo. Él estaba sorprendido, pero se dijo que las aficionadas se comportaban así. Ella era extraordinariamente dócil.

—¿Todavía no? —preguntó Eguchi mientras se apartaba de ella.

—Usted hace trampas, señor Eguchi —lo dijo dos veces—. Usted hace trampas —pero siguió siendo callada y dócil.

El whisky produjo su efecto, y el anciano no tardó en dormirse. Por la mañana le despertó la sensación de que la mujer ya se había levantado de la cama. Estaba ante el espejo, peinándose.

—Madrugas mucho.

—Porque tengo hijos.

—¿Hijos?

—Sí, dos. Aún son muy pequeños.

Se marchó apresuradamente antes de que él saltara de la cama.

Parecía extraño que esta mujer, la primera esbelta y de carnes prietas que había abrazado desde hacía mucho tiempo, tuviera dos hijos. Su cuerpo no era de esa clase. Tampoco parecía probable que aquellos pechos hubieran amamantado a un niño.

Abrió la maleta para sacar una camisa limpia, y vio que se lo habían ordenado todo. En el curso de su estancia de diez días había ido amontonando dentro de la maleta toda la ropa sucia, removiendo el contenido para buscar algo en el fondo y metiendo los regalos que había comprado y recibido en Kôbe; y la maleta estaba tan llena que ya no podía cerrarse. Ella había visto el interior y observado aquella confusión cuando él la abrió para sacar cigarrillos. Pero, aunque así fuera, ¿qué la había inducido a ordenarla para él? ¿Y cuándo había hecho el trabajo? Toda la ropa sucia y demás prendas estaban cuidadosamente dobladas. Tenía que haber requerido tiempo, incluso para las manos hábiles de una mujer. ¿Lo habría hecho después de que Eguchi se durmiera, incapaz ella misma de conciliar el sueño?

—Vaya —dijo Eguchi, contemplando la ordenada maleta—. ¿Qué la habrá impulsado a hacerlo?

La noche siguiente, tal como prometiera, la mujer acudió a encontrarse con él en un restaurante japonés. Llevaba un kimono.

—¿Llevas kimono?

—A veces. Pero creo que no me sienta muy bien —rió con timidez—. Esta mañana me ha llamado mi amiga. Me ha dicho que está escandalizada, y me he preguntado si hago bien.

—¿Se lo has contado?

—Yo no tengo secretos.

Pasearon por la ciudad. Eguchi le compró tela para un kimono y su obi, y entonces volvieron al hotel. Desde la ventana podían ver las luces de un barco anclado en el puerto. Mientras se besaban frente a la ventana, Eguchi cerró las persianas y corrió las cortinas. Ofreció whisky a la mujer, pero ella meneó la cabeza. No quería perder el control de sí misma. Se sumió en un profundo sueño. Se despertó a la mañana siguiente cuando Eguchi se disponía a abandonar el lecho.

—He dormido como si estuviera muerta. He dormido exactamente como si estuviera muerta.

Se quedó quieta, con los ojos abiertos. Los tenía húmedos y diáfanos.

Sabía que él se marchaba ese mismo día hacia Tokio. Se había casado cuando su marido trabajaba en la sucursal de Kôbe en una compañía extranjera. Ahora hacía dos años que trabajaba en Singapur. Dentro de un mes regresaría a Kôbe. Había contado todo esto a Eguchi la noche anterior. Él no sabía que estuviera casada y, además, con un extranjero. No le había costado ningún trabajo sacarla del club nocturno, al que acudió por un capricho momentáneo. En la mesa de al lado había dos hombres occidentales y cuatro mujeres japonesas. Una de ellas, de mediana edad, era conocida de Eguchi, y le saludó. Al parecer actuaba como guía de los hombres. Cuando éstos se fueron a bailar, ella le preguntó si quería bailar con la joven que la acompañaba. En la mitad del segundo baile, Eguchi le sugirió que se marcharan. Para ella fue como si se embarcara en una traviesa aventura. Le siguió de buen grado al hotel, y cuando estuvieron en la habitación, Eguchi fue el más tenso de los dos.

Así resultó que Eguchi tuvo relaciones íntimas con una mujer casada, la esposa de un extranjero. Ella había dejado los niños con una niñera o institutriz, y no dio muestras de la reticencia que podía esperarse de una mujer casada; y por ello no fue fuerte la sensación de haberse comportado mal. Sin embargo, persistieron ciertos remordimientos de conciencia. Pero la felicidad de oírle decir que había dormido como si estuviera muerta perduró en él como una música joven. Entonces Eguchi tenía sesenta y cuatro años, y la mujer no llegaba a los treinta. Era tan grande la diferencia de edad que Eguchi supuso que probablemente aquélla sería su última aventura con una mujer joven. En el curso de sólo dos noches —de una sola noche, en realidad—, la mujer que había dormido como si estuviera muerta se convirtió en una mujer inolvidable. Más tarde le escribió diciendo que cuando volviera a Kôbe le gustaría verle de nuevo. Una nota escrita un mes después le comunicó que su marido había regresado, pero que pese a ello le gustaría volver a verle. Hubo una nota similar al cabo de otro mes. Y ya no recibió más noticias.

«Bueno —se dijo Eguchi—, debió quedarse embarazada otra vez, del tercero. No cabe la menor duda».

Y tres años después, mientras yacía junto a una mujer pequeña que había sido narcotizada hasta parecer muerta, el recuerdo volvió en él.

No lo había evocado antes. Eguchi estaba perplejo de que le hubiera asaltado ahora; pero cuantas más vueltas le daba en su mente, más seguro estaba de que era un hecho. ¿Habría dejado de escribir porque volvía a estar embarazada? Estuvo a punto de sonreír. Se sintió tranquilo y reposado, como si la circunstancia de que ella recibiera al marido a su regreso de Singapur y luego se quedara embarazada hubiese borrado la falta de decoro. Y apareció ante él la imagen agradable del cuerpo de la mujer. No le inspiró pensamientos lascivos. El cuerpo firme, alto y suave era como un símbolo de la feminidad. Su embarazo no había sido más que un truco repentino de su imaginación, aunque no dudó de que era un hecho.

—¿Te gusto? —le había preguntado ella en el hotel.

—Sí, me gustas. Todas las mujeres preguntan lo mismo.

—Pero… —no terminó la frase.

—¿No vas a preguntarme qué es lo que más me gusta de ti?

—Muy bien. No diré nada más.

Pero la pregunta le hizo ver con claridad que, en efecto, ella le gustaba. Aún no lo había olvidado ahora, tres años después. La madre de tres hijos, ¿tendría todavía el cuerpo de una mujer que no hubiese dado a luz ninguno? Le invadió el cariño hacia aquella mujer.

Era como si hubiera olvidado a la muchacha que yacía junto a él, la muchacha narcotizada; pero era ella quien le había hecho pensar en la mujer de Kôbe. El brazo doblado con la mano contra la mejilla le estorbaba. Lo asió por la muñeca y lo colocó estirado bajo la colcha. Al sentir el calor excesivo de la manta eléctrica, ella la había bajado hasta descubrirse los hombros. La pequeña y fresca morbidez de los hombros estaba tan cerca que casi le rozaba los ojos. Eguchi quería saber si podía tomar un hombro en la palma de una mano, pero se contuvo. La carne no era lo bastante abundante como para ocultar los omóplatos. Deseaba acariciarlos, pero se contuvo una vez más. Apartó suavemente el cabello de la mejilla derecha. El rostro dormido era plácido bajo la luz tenue del techo y las cortinas de terciopelo carmesí. Las cejas no estaban retocadas. Las pestañas eran regulares, y tan largas que podría cogerlas con los dedos. El labio inferior se abultaba un poco hacia el centro. No podía verle los dientes.

Cuando llegó a esta casa, para Eguchi no había nada más hermoso que un rostro joven dormido y sin sueños. ¿Podría llamarse a eso el consuelo más dulce que existía en el mundo? Ninguna mujer, por hermosa que fuera, podía ocultar su edad cuando dormía. Y cuando una mujer no era hermosa, su mejor aspecto lo ofrecía dormida. O tal vez esta casa elegía muchachas cuyos rostros dormidos eran particularmente bellos. Sintió que su vida, sus problemas a lo largo de los años, se desvanecían mientras contemplaba esta cara pequeña. Habría sido una noche feliz si hubiera tomado las píldoras ahora mismo y conciliado el sueño; pero permaneció inmóvil, con los ojos cerrados. No quería dormirse —porque la muchacha, después de hacerle recordar a la mujer de Kôbe, podía traerle otros recuerdos.

La idea de que la joven esposa de Kôbe, después de acoger a su marido al cabo de dos años, se hubiese quedado inmediatamente embarazada, y la sensación intensa, como de algo inevitable, de que tal debió ser el caso, no abandonaron con presteza a Eguchi. Tenía la impresión de que la aventura no había hecho nada para mancillar al niño que la mujer llevó en su seno. El embarazo y el nacimiento eran una realidad y una bendición. Una vida joven se formaba en la mujer, dando a Eguchi una conciencia todavía mayor de su propia edad. Pero ¿por qué se había entregado dócilmente a él, sin resistencia ni reservas? Era algo, pensó, que no le había ocurrido antes en sus casi setenta años. No había nada en ella de prostituta o perversa. De hecho, Eguchi había tenido menos sentimiento de culpa que ahora, en esta casa, junto a la muchacha narcotizada de modo tan extraño. Echado todavía en la cama, había contemplado con placer y aprobación a la mujer, que se apresuraba para ir al encuentro de sus hijos pequeños. Al ser probablemente la última mujer joven de su vida, se había convertido en inolvidable, y no creía que ella tampoco le hubiese olvidado. Aunque la aventura continuaría siendo un secreto durante todas sus vidas, sin dejar cicatrices profundas, no creía que ninguno de los dos pudiera olvidarla.

Pero resultaba extraño que esta muchacha pequeña que se entrenaba como «bella durmiente» le hubiera hecho recordar a la mujer de Kôbe de una manera tan viva. Abrió los ojos y acarició levemente sus pestañas. Ella frunció el ceño, se apartó y sus labios se abrieron. La lengua se movió hacia abajo, como ocultándose en la mandíbula inferior. Había un atractivo hueco en el mismo centro de la lengua infantil. Eguchi sintió una tentación. Miró hacia el interior de la boca abierta. Si la estrangulara, ¿habría espasmos en la pequeña lengua? Recordó haber conocido hacía mucho tiempo a una prostituta incluso más joven que esta muchacha. Sus propios gustos eran bastante diferentes, pero la niña era la única que le había designado su anfitrión. Usó su lengua larga y delgada. Estaba mojada, y Eguchi no se sintió complacido. De la ciudad llegaban sonidos de tambores y flautas que aceleraban los latidos del corazón. Al parecer era una noche de festival. La niña tenía los ojos almendrados y una cara vivaracha. Se precipitó por su cuenta, pese al hecho de ser obvia su falta de interés por el cliente.

—El festival —dijo Eguchi—. Me imagino que tienes prisa por llegar al festival.

—Pues sí, tienes toda la razón. Has dado en el clavo. Me dirigía a presenciarlo con una amiga cuando me llamaron de aquí.

—Muy bien —repuso él, evitando la lengua fría y mojada—. Ya puedes irte. Los tambores vienen de un santuario, supongo.

—Pero la mujer de la casa me regañará.

—Yo te excusaré.

—¿Lo harás? ¿De veras?

—¿Cuántos años tienes?

—Catorce.

No tenía ningún miedo de los hombres. No había habido ningún indicio de vergüenza o temor. Su mente estaba en otra parte. Sin arreglarse apenas, salió apresurada hacia el festival. Eguchi fumó un cigarrillo y escuchó durante un rato los tambores y flautas y a los vendedores de los tenderetes ambulantes.

¿Qué edad tenía entonces? No podía recordarlo, pero aunque fuese una edad en que podía enviar a la niña al festival sin ninguna pesadumbre, no era el anciano de ahora. La muchacha de esta noche tendría dos o tres años más que la otra, y su cuerpo era más semejante al de una mujer. La gran diferencia residía en el hecho de que había sido narcotizada y no se despertaría. Si esta noche retumbaran los tambores de un festival, no sería capaz de oírlos.

Aguzando el oído, creyó escuchar un leve viento de finales de otoño soplando en la colina situada detrás de la casa. El cálido aliento procedente de los labios abiertos de la muchacha le soplaba en la cara. La luz tenue de las cortinas de terciopelo carmesí se introducía en la boca de ella. Le parecía que la lengua de esta muchacha no sería como la de la otra, fría y mojada. La tentación aún era fuerte. Esta muchacha era la primera de las «bellas durmientes» que le había enseñado la lengua. Le recorrió como un relámpago el impulso de cometer un delito más excitante que poner el dedo en su lengua.

Pero el delito no tomó forma clara en la mente de Eguchi como crueldad y terror. ¿Qué era lo peor que un hombre podía hacer a una mujer? Las aventuras con la mujer de Kôbe y la prostituta de catorce años, por ejemplo, no eran más que un momento en una larga vida, y se desvanecían en un momento. Casarse, criar a sus hijas, todas esas cosas, en la superficie, eran buenas; pero haber tenido los largos años en su poder, haber controlado sus vidas, haber deformado sus naturalezas incluso, estas cosas podían ser malas. Tal vez, engañado por la costumbre y el orden, nuestro sentido del mal se atrofiaba.

Yacer junto a una muchacha narcotizada era sin duda malo. El mal sería aún más claro si la mataba. Sería fácil estrangularla, o cubrirle la nariz y la boca. Dormía con la boca abierta, enseñando su lengua infantil. Era una lengua que parecía capaz de enroscarse en su dedo, si la tocaba, como la de un recién nacido con el pecho de su madre. Llevó la mano a su mandíbula y labio superior y le cerró la boca. Cuando retiró la mano, la boca volvió a abrirse. En los labios separados por el sueño, el anciano vio la juventud.

El hecho de que fuera tan joven podía ser causa de que le acometiera el impulso; pero le parecía que entre los ancianos que venían secretamente a esta «casa de las bellas durmientes», debía haber algunos que no sólo miraban con nostalgia hacia el pasado desaparecido sino que intentaban olvidar el mal que habían hecho en sus vidas. El viejo Kiga, que le había indicado la casa a Eguchi, no había revelado, naturalmente, los secretos de los otros huéspedes. Era probable que fuesen muy pocos. Eguchi podía imaginárselos como hombres socialmente prósperos. Pero entre ellos debía haber algunos que habían prosperado practicando el mal y que conservaban sus ganancias con malas acciones reiteradas. No serían hombres en paz con ellos mismos. Estarían entre los derrotados, o más bien entre las víctimas del terror. Mientras yacían contra la carne de muchachas desnudas que dormían un sueño provocado, en sus corazones habría algo más que temor a la muerte cercana y nostalgia de su juventud perdida. Podría haber también remordimiento, y la inquietud tan común en las familias de los prósperos. No tendrían ningún Buda ante quien arrodillarse. La muchacha desnuda no sabría nada, no abriría los ojos si uno de los ancianos la tomaba con fuerza en sus brazos, no derramaría lágrimas, no sollozaría ni siquiera gemiría. El anciano no necesitaría sentir vergüenza, su orgullo permanecería intacto. Los remordimientos y la tristeza podrían fluir libremente. ¿Y acaso no podría ser la propia «bella durmiente» una especie de Buda? Era de carne y hueso, y su piel joven y su fragancia podían significar el perdón para los tristes ancianos.

Cuando se le ocurrieron estos pensamientos, el viejo Eguchi cerró lentamente los ojos. Parecía algo extraño que, de las tres «bellas durmientes» con quienes se había acostado, fuera la de esta noche, la más joven y pequeña, totalmente sin experiencia, la que los había inspirado. La tomó en sus brazos, envolviéndola. Hasta ahora había evitado tocarla. Carente de fuerzas, ella no se resistió. Su fragilidad era patética. Quizá sintió a Eguchi incluso desde las profundidades del sueño. Cerró la boca. Sus caderas, al adelantarse, chocaron bruscamente contra él.

Eguchi se preguntó qué clase de vida tendría. ¿Sería tranquila y apacible, aunque no alcanzara una gran eminencia? Esperaba que encontrara la felicidad por haber dado consuelo a los ancianos que venían aquí. Casi creía que, como en las antiguas leyendas, la muchacha era la encarnación de Buda. ¿No había relatos antiguos en que las prostitutas y cortesanas eran Budas encarnados?

Tomó con delicadeza un mechón de cabellos sueltos. Trató de calmarse, buscando confesión y arrepentimiento para sus malas acciones; pero lo que flotaba en su mente eran las mujeres de su pasado. Y lo que recordaba con cariño no tenía nada que ver con la duración de sus relaciones con ellas, ni con su belleza, gracia o inteligencia. Tenía que ver con cosas parecidas a la observación hecha por la mujer de Kôbe: «He dormido como si estuviera muerta. He dormido exactamente como si estuviera muerta.» Tenía que ver con aquellas mujeres que se habían perdido a sí mismas en sus caricias, que habían sentido un frenesí de placer. ¿Era el placer menos una cuestión de la magnitud de su afecto que de sus dotes físicas? ¿Cómo sería esta muchacha cuando se hubiera desarrollado del todo? Estiró el brazo que la rodeaba y le acarició la espalda. Pero, naturalmente, no tenía modo de saberlo. Cuando en la visita anterior durmió con la muchacha hechicera, se preguntó hasta qué punto había conocido la profundidad y el alcance del sexo a sus sesenta y siete años, y achacó este pensamiento a su propia senilidad; y era extraño que esta muchacha de hoy pareciera saber evocar el sexo del pasado. Posó suavemente los labios sobre los labios cerrados de ella. No notó ningún sabor. Estaban secos. El hecho de que no tuvieran sabor pareció mejorarlos. Tal vez no volviera a verla jamás. Cuando sus labios pequeños estuvieran humedecidos por el sabor del sexo, Eguchi ya podía estar muerto. Este pensamiento no le entristeció. Separó los labios y rozó con ellos sus cejas y pestañas. Ella movió ligeramente la cabeza, y colocó la frente contra los ojos de Eguchi. Éste los tenía cerrados, y ahora los cerró con más fuerza.

Tras los ojos cerrados surgió y desapareció una interminable sucesión de fantasmas. Al cabo de un rato empezaron a adquirir cierta forma. Una serie de flechas doradas voló muy cerca y se alejó. Había en sus puntas jacintos de un profundo violeta. En los extremos había orquídeas de diversos colores. Parecía extraño que las flores no se cayeran a semejante velocidad. Eguchi abrió los ojos. Había empezado a adormecerse.

Aún no había tomado las píldoras sedantes. Dio una ojeada a su reloj, que estaba junto a ellas. Eran las doce y media. Las tomó en la mano. Pero parecía una lástima dormir esta noche, cuando no sentía nada de la melancolía y la soledad de la vejez. La muchacha respiraba pacíficamente. Cualquiera que fuese la píldora o la inyección que la había dormido, no parecía sentir ningún dolor. Quizás era una gran dosis de somnífero, quizás un veneno ligero. Eguchi pensó que le gustaría sumirse al menos una vez en un sueño tan profundo. Bajó de la cama sin hacer ruido y se dirigió a la otra habitación. Pulsó el timbre, decidido a pedir a la mujer la medicina que había sido administrada a la muchacha. El timbre sonó una y otra vez, informándole del frío, interior y exterior. Era reacio a llamar demasiadas veces, aquí en la casa secreta y en las profundidades de la noche. La región era cálida, y las hojas marchitas aún se aferraban a las ramas; pero, debido a un viento tan tenue que apenas era viento, podía oír el susurro de las hojas caídas en el jardín. Las olas rompían con suavidad contra el acantilado. El lugar era como una casa encantada en medio del silencio y la soledad. Se estremeció. Había salido con un kimono de algodón.

Cuando volvió a la habitación secreta, las mejillas de la muchacha estaban encendidas. La manta eléctrica calentaba al mínimo, pero ella era joven. Eguchi se calentó con su contacto. Tenía la espalda arqueada bajo el calor, y los pies al descubierto.

—Te enfriarás —dijo Eguchi.

Sintió la gran diferencia entre sus edades. Hubiera sido un bien poder tomar a la muchacha pequeña en su interior.

—¿Me oyó tocar el timbre anoche? —preguntó mientras la mujer de la casa le servía el desayuno—. Quería la medicina que le dio a ella. Deseaba dormir como ella.

—Eso no está permitido. Es peligrosa para los ancianos.

—No debe preocuparse. Tengo un corazón fuerte. Y no me importaría nada irme del todo.

—Está pidiendo mucho para alguien que sólo ha estado aquí tres veces.

—¿Qué es lo máximo que se puede obtener en esta casa?

Ella le miró fijamente, con una ligera sonrisa en los labios.

 

 

4

El gris de la mañana invernal se convirtió por la tarde en una fría llovizna. Dentro del portal de la «casa de las bellas durmientes», Eguchi advirtió que la llovizna ya era aguanieve. La mujer de siempre cerró tras él la puerta con llave. Vio puntos blancos bajo la luz enfocada a sus pies. Sólo había unos cuantos esparcidos aquí y allá. Eran suaves y se fundían al tocar las losas.

—Tenga cuidado —dijo la mujer—. El suelo está mojado.

Cubriéndole con un paraguas, trató de tomarle de la mano. El calor repelente de la mano madura pareció atravesarle el guante.

—No hace falta —se desasió—. Todavía no soy tan viejo como para necesitar que me lleven de la mano.

—Son resbaladizas.

Las hojas caídas del arce no habían sido barridas. Algunas estaban marchitas y descoloridas, pero brillaban bajo la lluvia.

—¿Acaso le llegan aquí medio paralizados? ¿Tiene que guiarles y sostenerles?

—No debe hacer preguntas sobre los demás.

—Pero el invierno ha de ser peligroso para ellos. ¿Qué haría usted si uno sufriera un ataque cardíaco?

—Eso significaría el fin —dijo ella con frialdad—. Para el caballero podría significar el paraíso, naturalmente.

—Usted no saldría indemne del percance.

—No.

Cualquiera que hubiese sido el origen de tanto aplomo en el pasado de la mujer, no se produjo el menor cambio en su expresión.

La habitación del piso superior estaba como de costumbre, salvo que el pueblo de las hojas de arce había sido cambiado por un paisaje nevado. No cabía duda de que también se trataba de una reproducción.

—Me avisa siempre con tan poco tiempo… —observó ella mientras hacía el buen té habitual—. ¿No le gustó ninguna de las otras tres?

—Las tres me gustaron demasiado.

—Entonces tendría que decirme cuál prefiere con dos o tres días de antelación. Es usted muy promiscuo.

—¿Podría haber promiscuidad con una muchacha dormida? No se entera de nada. Podría ser cualquiera.

—Está dormida, pero sigue siendo de carne y hueso.

—¿No preguntan nunca qué clase de hombre ha estado con ella?

—Lo tienen absolutamente prohibido. Ésta es la regla estricta de la casa. No debe preocuparse.

—Creo que usted sugirió la inconveniencia de que un hombre se encariñara demasiado con una de sus muchachas. ¿Lo recuerda? Hablamos sobre la promiscuidad, y usted me dijo exactamente lo que acabo de decirle yo esta noche. Hemos intercambiado nuestras posiciones. Es muy extraño. ¿Acaso empieza a emerger la mujer que hay en usted?

Una sonría sarcástica apareció en las comisuras de sus labios delgados.

—Me imagino que a lo largo de los años usted habrá hecho llorar a muchas mujeres.

—¡Vaya idea! —Eguchi fue cogido por sorpresa.

—Creo que protesta con exceso.

—No vendría aquí si fuera esa clase de hombre. Los ancianos que vienen aquí siguen atados a sus ligaduras. Pero rebelarse y gemir no puede devolvernos nada.

—Tal vez —su expresión continuaba siendo impasible.

—La última vez le pregunté qué es lo peor que se puede obtener.

—Que la muchacha esté dormida, supongo.

—¿Puedo tomar la misma medicina?

—Creo que ya me vi obligada a negárselo la vez anterior.

—¿Qué es lo peor que puede hacer un anciano?

—No hay cosas malas en esta casa —bajó su voz juvenil, que pareció imponerse a él con una fuerza renovada.

—¿Ninguna cosa mala?

Los ojos oscuros de la mujer estaban tranquilos.

—Naturalmente, si usted intentara estrangular a una de las muchachas, sería como torcer el brazo a un recién nacido.

—¿No se despertaría ni siquiera entonces?

—Creo que no.

—Como hecho a la medida si uno quiere suicidarse y llevarse a alguien consigo.

—Pues hágalo, si es que teme la soledad de un suicidio sin compañía.

—¿Y si uno se siente demasiado solo incluso para suicidarse?

—Supongo que los ancianos pasan por momentos semejantes. —Como siempre, su actitud era sosegada—. ¿Ha bebido? No tiene mucho sentido lo que dice.

—He tomado algo peor que alcohol.

Ella le miró brevemente.

—La de esta noche es muy cálida —dijo, como queriendo quitar importancia a las palabras de él—. Lo más adecuado para una noche fría como ésta. Entre en calor a su lado.

Y desapareció por las escaleras.

Eguchi abrió la puerta de la habitación contigua. La dulce fragancia femenina era más fuerte que de costumbre. La muchacha yacía de espaldas a él. Respiraba con fuerza, aunque no llegaba a roncar. Parecía bastante gruesa. Eguchi no podía estar seguro, pero a la luz de las cortinas de terciopelo carmesí, sus abundantes cabellos se antojaban de un tono rojizo. La piel de las orejas carnosas, sobre el cuello redondo, era extraordinariamente blanca. Parecía muy cálida, como había dicho la mujer, y, sin embargo, no estaba ruborizada.

—¡Ah! —exclamó él involuntariamente al deslizarse a su lado.

Era muy cálida, en efecto. Tenía la piel tan suave que parecía adherirse a la suya. La fragancia procedía de su humedad. Eguchi permaneció inmóvil durante un rato, con los ojos cerrados. La muchacha también estaba inmóvil. La carne era abundante en las caderas y más abajo. El calor, más que penetrarle, le envolvió. Tenía los pechos grandes, pero bajos y anchos, y los pezones eran notablemente pequeños. La mujer había hablado de estrangulación. Ahora lo recordó y tembló al pensarlo, a causa de la piel de la muchacha. Si la estrangulara, ¿qué clase de fragancia despediría? Se esforzó en imaginarse a la muchacha durante el día, y, para vencer la tentación, le dio un porte desmañado. La excitación se desvaneció. Pero ¿qué era un porte desmañado en una muchacha que paseaba? ¿Qué eran unas piernas bien formadas? ¿Qué eran, para un hombre de sesenta y siete años junto a una muchacha de una sola noche, la inteligencia, la cultura, la barbarie? Solamente la tocaba. Y, narcotizada, ella desconocía por completo el hecho de que la estaba tocando un anciano decrépito. Tampoco lo conocería al día siguiente. ¿Era un juguete, un sacrificio? El viejo Eguchi sólo había venido cuatro veces a esta casa y, no obstante, la sensación de que con cada nueva visita había un nuevo entumecimiento en su interior era esta noche especialmente intensa.

¿Estaría esta muchacha igualmente bien entrenada? Quizá debido a que había llegado a no pensar en los tristes ancianos que eran sus huéspedes, no respondió al contacto de Eguchi. Cualquier clase de inhumanidad se convierte, con el tiempo, en humana. En la oscuridad del mundo están enterradas todas las variedades de transgresión. Pero Eguchi era un poco diferente a los demás ancianos que frecuentaban la casa. El viejo Kiga, al indicarle la casa, se había equivocado considerándole igual que ellos. Eguchi no había dejado de ser hombre. Por ello podía decirse que no sentía la pena y la felicidad, la soledad y las nostalgias con tanta intensidad como ellos. Para él no era necesario que la muchacha estuviera dormida.

En su segunda visita, cuando, con aquella muchacha hechicera, había estado a punto de violar la regla de la casa, se había apartado con asombro al descubrir que era virgen. Había jurado entonces observar la regla, dejar en paz a las «bellas durmientes». Había jurado respetar el secreto de los ancianos. Parecía, efectivamente, que todas las muchachas de la casa eran vírgenes; pero ¿qué clase de solicitud atestiguaba este hecho? ¿Sería el deseo de los ancianos, un deseo que rayaba en lo lastimero? Eguchi pensó que lo comprendía, y también lo consideró insensato.

Pero la de esta noche le inspiraba suspicacia. Le resultaba difícil creer que era virgen. Alzando el pecho hasta el hombro de ella, contempló su cara. No estaba tan bien formada como su cuerpo. Pero era más inocente de lo que había supuesto. Las aletas de la nariz estaban algo distendidas, y el caballete era bajo. Las mejillas eran anchas y redondas.

«Muy bonita», murmuró el viejo Eguchi, apretando su mejilla contra la suya. Era asimismo húmeda y suave, quizá porque su peso le presionaba el hombro, la muchacha se puso boca arriba. Eguchi se apartó.

Permaneció un rato con los ojos cerrados, porque la fragancia de la muchacha era inusitadamente fuerte. Dicen que el sentido del olfato es el más rápido en evocar recuerdos; pero ¿no era este olor demasiado dulce e intenso? Eguchi pensó en el olor a leche de un niño de pecho. Aunque ambos fueran totalmente distintos, ¿no eran en cierto modo básicos en la humanidad? Desde la antigüedad, los ancianos habían intentado usar la fragancia de las doncellas como un elixir de juventud. El olor de la muchacha de esta noche no podía llamarse fragante. Si se decidía a violar la regla de la casa, habría un olor desagradablemente intenso y carnal. Pero el hecho de que lo calificara de desagradable ¿no sería un signo de que Eguchi ya era senil? ¿Acaso esta especie de olor fuerte y penetrante no constituía la base de la vida humana? Daba la impresión de ser una muchacha con facilidad para quedarse embarazada. Aunque la hubiesen dormido, sus procesos fisiológicos seguían funcionando, y se despertaría en el curso del día siguiente. Si quedaba embarazada, sería sin que tuviera la menor conciencia de ello. ¿Y si Eguchi, a sus sesenta y siete años, dejase tras él a un niño semejante? Era el cuerpo de mujer que invitaba al hombre a los círculos inferiores del infierno.

Ella había sido privada de todas sus defensas, en beneficio de su anciano huésped, de un triste viejo. Estaba desnuda, y no se despertaría. Eguchi sintió una oleada de compasión por ella. Se le ocurrió una idea: los viejos tienen la muerte, y los jóvenes el amor, y la muerte viene una sola vez y el amor muchas. Era una idea para la cual no estaba preparado, pero le calmó, aunque no se había notado especialmente nervioso. De fuera llegaba el débil susurro del aguanieve. El sonido del mar había enmudecido. El viejo Eguchi podía ver el mar inmenso y oscuro sobre el que la nieve caía y se fundía. Un ave salvaje, parecida a una gran águila, voló rozando las olas, con algo en el pico que chorreaba sangre. ¿Era una cría humana? No podía serlo. Tal vez fuera el espectro de la iniquidad humana. Meneó ligeramente la cabeza sobre la almohada y el espectro desapareció.

—Caliente, caliente —dijo Eguchi.

No era sólo la manta eléctrica. La muchacha había apartado la colcha, y sus pechos, grandes y anchos pero algo carentes de énfasis, estaban medio descubiertos. La luz del terciopelo carmesí teñía débilmente su piel clara. Mirando los hermosos pechos, Eguchi siguió el pico de pelo con un dedo. Ella continuaba respirando pausada y lentamente. ¿Qué clase de dientes habría detrás de los delgados labios? Asiendo el labio inferior por el centro, los entreabrió un poco. Aunque no eran desproporcionados en comparación con el tamaño de los labios, los dientes podían calificarse como pequeños, y estaban colocados con regularidad. Retiró la mano. Los labios permanecieron abiertos. Aún podía ver las puntas de los dientes. Borró un poco el lápiz labial que tenía en las yemas de los dedos frotándolos contra el carnoso lóbulo, y después contra el cuello redondeado. La mancha roja apenas visible era agradable sobre la piel blanca.

Sí, debía ser virgen. Como había tenido dudas sobre la muchacha de la segunda noche, y se había sorprendido de su propia vileza, no sintió el impulso de investigar. ¿Qué le importaba a él? Entonces, mientras empezaba a pensar que en realidad le importaba algo, le pareció oír una voz burlona.

«—¿Hay por aquí algún demonio intentando reírse de mí?».

«—Me temo que no es tan sencillo. Haces demasiado caso de tu propio sentimentalismo y de tu descontento por no ser capaz de morir».

«—Estoy intentando pensar como los ancianos que están más tristes que yo».

«—¡Canalla! Quien echa la culpa a otros no es digno de contarse entre los canallas».

«—¿Canalla? Muy bien, un canalla. Pero ¿por qué una virgen es pura y otra mujer no? Yo no he pedido vírgenes».

«—Esto es porque no conoces la verdadera senilidad. No vuelvas a este lugar. Si por una casualidad entre un millón, una muchacha abriera los ojos, ¿no estás subestimando la vergüenza?».

Algo parecido a un autointerrogatorio pasó por la mente de Eguchi; pero, como era natural, no estableció que en esta casa sólo se narcotizaba a vírgenes. Como sólo la había visitado cuatro veces, le inspiraba perplejidad que las cuatro muchachas hubieran sido vírgenes. ¿Sería ésta la exigencia, la esperanza de los ancianos?

Si la muchacha se despertara… —el pensamiento ejercía una fuerte atracción—. Si abriera los ojos, incluso aturdida, ¿qué intensidad tendría el sobresalto, de qué clase sería? Probablemente la muchacha no seguiría durmiendo si, por ejemplo, le cortara un brazo casi en redondo o le clavara un cuchillo en el pecho o en el abdomen.

«Eres un depravado», se dijo a sí mismo.

La impotencia de los otros ancianos no debía estar muy lejos del propio Eguchi. Pensamientos atroces le asaltaron: destruir esta casa, destruir también su propia vida, porque la muchacha de esta noche no era lo que podría llamarse una belleza de facciones regulares, porque sentía cerca de él a una muchacha bonita con el pecho al descubierto. Sintió algo parecido a una contrición involuntaria. Y también contrición por una vida que, con toda probabilidad, tendría un final tímido. Carecía del valor de su hija menor, con la cual había ido a contemplar la camelia. Volvió a cerrar los ojos.

Dos mariposas jugueteaban entre los bajos arbustos que bordeaban el sendero de piedras de un jardín. Desaparecían entre las ramas, las rozaban, parecían divertirse. Volaron un poco más alto y danzaron grácilmente hacia los arbustos para alejarse de nuevo, y otra mariposa apareció de entre las hojas, y después otra. «Dos parejas», pensó, y entonces contó cinco, y todas revoloteaban juntas. ¿Sería una pelea? Pero de los arbustos fueron surgiendo más mariposas, una tras otra, y el jardín era un enjambre de mariposas blancas, muy cerca del suelo. Las ramas inclinadas de un arce se mecían bajo el impulso del viento que no parecía existir. Las ramas eran delicadas, y debido al gran tamaño de las hojas, sensibles al viento. El enjambre de mariposas había crecido tanto que era como un campo de flores blancas. Aquí las hojas del arce ya se habían caído. Tal vez seguían pendiendo de las ramas unas cuantas hojas marchitas, pero esta noche caía aguanieve.

Eguchi había olvidado el frío del aguanieve. ¿Procedería el enjambre danzante de mariposas blancas del pecho grande y blanco de la muchacha, desnudo junto a él? ¿Había algo en la muchacha que calmaba los malos impulsos de un anciano? Abrió los ojos y miró los pezones pequeños y rosados. Eran como un símbolo del bien. Posó la mejilla sobre ellos. El interior de sus párpados pareció calentarse. Quería dejar su marca en esta muchacha.

Si violaba la regla de la casa, la muchacha se asustaría al despertarse. Dejó en sus pechos varias marcas del color de la sangre. Se estremeció.

—Tendrás frío —subió la colcha. Se tragó las dos píldoras que había junto a la almohada—. Un poco rechoncha en las partes inferiores —bajó el brazo y la atrajo hacia sí.

A la mañana siguiente le despertó dos veces la mujer de la casa. La primera vez llamó a la puerta.

—Son las nueve, señor.

—Ya me levanto. Debe hacer frío fuera.

—Encendí temprano la estufa.

—¿Y el aguanieve?

—Está nublado, pero ya no nieva.

—¿Ah, no?

—Hace rato que tengo preparado su desayuno.

—Está bien —con esta respuesta indiferente, cerró de nuevo los ojos—. Un demonio vendrá a buscarte —dijo, arrimándose a la notable piel de la muchacha.

La mujer regresó antes de que pasaran diez minutos.

—¡Señor! —esta vez golpeó con fuerza—. ¿Ha vuelto a acostarse? —su voz también era fuerte.

—La puerta no está cerrada con llave —contestó.

La mujer entró. Él se incorporó perezosamente. La mujer le ayudó a vestirse; incluso le puso los calcetines, pero su tacto era desagradable. En la habitación contigua el té, como siempre, era bueno. Mientras lo sorbía, ella le miró con frialdad y suspicacia.

—¿Qué le ha parecido? ¿Le ha gustado?

—Lo suficiente, supongo.

—Me alegro. ¿Ha tenido sueños placenteros?

—¿Sueños? Ninguno en absoluto. Sólo he dormido bien. Hacía mucho tiempo que no dormía tan bien —bostezó abiertamente—. Todavía no estoy despierto del todo.

—Me imagino que estaría cansado anoche.

—Fue culpa de ella. ¿Viene aquí con frecuencia?

La mujer bajó la vista, con expresión severa.

—Tengo una petición especial —dijo él. Su actitud era grave—. Cuando termine el desayuno, ¿me dará más medicina para dormir? Le pagaré más. Aunque no sé cuándo se despertará la muchacha.

—Completamente descartado —la cara de la mujer tenía una palidez terrosa, y sus hombros estaban rígidos—. Realmente va usted demasiado lejos.

—¿Demasiado lejos? —intentó reír, pero la risa se negó a materializarse.

Quizá sospechando que Eguchi había hecho algo a la muchacha, ella entró con apresuramiento en la habitación contigua.

 

 

5

Llegó el año nuevo, el mar salvaje era de pleno invierno. En tierra soplaba poco viento.

—Es de agradecer su visita en una noche tan fría —la mujer abrió la puerta de la «casa de las bellas durmientes».

—Por eso he venido —dijo el viejo Eguchi—. Morir en una noche como ésta, con la piel de una muchacha para calentarle, debe ser el paraíso para un anciano.

—Dice usted cosas muy agradables.

—Un viejo vive en vecindad con la muerte.

Ardía una estufa en la habitación de arriba. Y, como de costumbre, el té era bueno.

—Siento una corriente de aire.

—¡Oh! —la mujer miró a su alrededor—. No debería haber ninguna.

—¿Tenemos un fantasma con nosotros?

Ella se sobresaltó y fijó la mirada en él. Su rostro era blanco.

—Deme otra taza. Llena. Y no lo enfríe. Lo quiero directamente del fuego.

Ella cumplió sus órdenes.

—¿Ha oído algo? —preguntó con voz glacial.

—Tal vez.

—¡Oh! ¿Lo sabe y aun así ha venido? —intuyendo que Eguchi estaba enterado, parecía decidida a no ocultar el secreto, pero su expresión era severa—. No debería decírselo, lo sé, después de haberle hecho recorrer tan larga distancia, pero ¿puedo pedirle que se marche?

—He venido con los ojos abiertos.

Ella se rió. En la risa se advertía algo diabólico.

—Tenía que ocurrir. El invierno es una época peligrosa para los viejos. Quizá debiera usted cerrar en invierno.

Ella no contestó.

—Ignoro qué clase de ancianos vienen aquí, pero si muere otro y después otro, usted se verá en apuros.

—Dígaselo al hombre que posee la casa. ¿Qué he hecho yo de malo? —su rostro era ceniciento.

—¡Oh!, claro que ha hecho algo malo. Todavía era oscuro, y se llevaron el cuerpo a una posada. Me imagino que usted ayudó.

Ella se agarró las rodillas.

—Fue por su bien. Por su buen nombre.

—¿Buen nombre? ¿Acaso los muertos tienen buenos nombres? Pero tiene usted razón. Es estúpido, pero me imagino que las cosas deben disimularse. Sobre todo por la familia. ¿El propietario de este lugar lo es también de la posada?

La mujer no contestó.

—Dudo que los periódicos tuvieran mucho que decir, incluso aunque haya muerto junto a una muchacha desnuda. De haber sido yo ese viejo, me habría sentido más feliz si me hubieran dejado donde estaba.

—Se habría investigado, y usted ya sabe que la habitación en sí es un poco extraña, y los otros caballeros que tienen la bondad de venir aquí habrían podido ser interrogados. Y, además, están las muchachas.

—Me imagino que la muchacha continuó durmiendo, sin saber que el viejo había muerto. Tal vez él se revolvió un poco, pero dudo de que esto fuera suficiente para despertarla.

—Pero si le hubiésemos dejado aquí, habríamos tenido que sacar a la muchacha y esconderla. E incluso así habrían descubierto que había dormido con una mujer.

—¿Se la hubieran llevado?

—Y esto sería un crimen demasiado evidente.

—No creo que se despertara sólo porque un hombre moría a su lado.

—Supongo que no.

—De modo que ni siquiera sabía que él estaba muerto.

¿Durante cuánto tiempo, después de que el hombre muriera, habría estado calentando el cadáver la muchacha narcotizada? No se dio cuenta de nada cuando se llevaron el cuerpo.

—Mi presión arterial es buena y mi corazón es fuerte; por lo tanto, no hay motivo para que usted se preocupe. Pero si algo me ocurriera, le ruego que no me saquen de aquí. Déjenme junto a ella.

—Completamente descartado —se apresuró a negar la mujer—. Debo pedirle que se vaya, si insiste en decir cosas semejantes.

—Estoy bromeando. —No podía creer que la muerte estuviera cerca.

La reseña del funeral aparecida en la prensa sólo había mencionado «muerte repentina». El viejo Kiga había susurrado los detalles a Eguchi durante el funeral. La causa de la muerte fue un fallo cardíaco.

—No era la clase de posada donde conviniera encontrar a un director de empresa —dijo Kiga—, y había otra en la que solía hospedarse. Así pues, la gente ha dicho que el viejo Fukura debe haber tenido una muerte feliz. Claro que nadie sabe lo que ha ocurrido realmente.

—¿Ah, no?

—Podríamos decir que ha sido una especie de eutanasia. Pero no igual. Más dolorosa. Éramos íntimos, y yo lo adiviné inmediatamente y fui a investigar. Pero no se lo he dicho a nadie. Ni siquiera su familia lo sabe. ¿No le divierten estas reseñas de los periódicos?

Había dos notas necrológicas, una junto a otra. La primera era de su esposa e hijo, la segunda, de su empresa.

—Fukura era así —los ademanes de Kiga indicaron un cuello macizo, un pecho potente, y en especial una gran barriga—. Será mejor que sea usted precavido.

—No se preocupe por mí.

Y se llevaron el enorme cuerpo durante la noche.

¿Quién se lo había llevado? Alguien en un automóvil, sin duda. La imagen no era agradable.

—Al parecer se han salido con la suya —murmuró el viejo Kiga en el funeral—, pero si esto continúa así, no creo probable que la casa dure mucho tiempo.

—Seguramente no.

Esta noche, intuyendo que Eguchi estaba enterado de la muerte del viejo Fukura, la mujer de la casa no intentó ocultar el secreto; pero se mostraba cautelosa.

—¿Es cierto que la muchacha no se enteró de nada? —Eguchi era innecesariamente tenaz.

—No podía enterarse. Pero parece ser que el hombre sintió dolores. Ella tenía un arañazo desde el cuello hasta el pecho. Como es natural, ignoraba lo ocurrido. «Qué viejo tan repugnante», dijo cuando se despertó por la mañana.

—Un viejo repugnante. Incluso en sus últimos estertores.

—No podríamos llamarlo una herida, en realidad. Sólo un arañazo con algunas gotas de sangre.

Ahora la mujer parecía dispuesta a contárselo todo. Él ya no quería saberlo. La víctima era sólo un viejo que debía morirse algún día en alguna parte. Tal vez había sido una muerte feliz. La imaginación de Eguchi jugó con la imagen de aquel cuerpo enorme siendo transportado a la posada de las termas.

—La muerte de un viejo es algo repelente. Supongo que podría llamarse una resurrección en el cielo, pero estoy seguro de que fue en sentido opuesto.

Ella no hizo ningún comentario.

—¿Conozco a la muchacha que estaba con él?

—Eso no puedo decírselo.

—Comprendo.

—Estará de vacaciones hasta que cicatrice el arañazo.

—Otra taza de té, por favor. Tengo sed.

—Con mucho gusto. Cambiaré las hojas.

—Ha conseguido mantenerlo en secreto, pero ¿no cree que tendrá que cerrar dentro de poco?

—¿Usted cree que sí? —su actitud era tranquila. No levantó la vista del té—. El fantasma aparecerá una de estas noches.

—Me gustaría hablar con él largo y tendido.

—¿Sobre qué?

—Sobre los viejos tristes.

—Estaba bromeando.

Él bebió un sorbo de té.

—Sí, claro, estaba bromeando. Pero yo tengo un fantasma dentro de mí. Y usted tiene otro —señaló a la mujer con la mano derecha—. ¿Cómo supo que estaba muerto?

—Oí un extraño gemido y subí al piso de arriba. Su respiración y su pulso se habían detenido.

—Y la muchacha no lo sabía —dijo él de nuevo.

—Disponemos las cosas de modo que no la despierte una cosa tan insignificante como ésta.

—¿Insignificante como ésta? ¿Y tampoco se enteró cuando se llevaron el cadáver?

—No.

—Así que la muchacha es la terrible.

—¿Terrible? ¿Qué hay en ella de terrible? Deje de hablar así y vaya a la otra habitación. ¿Le ha parecido terrible alguna de las otras muchachas?

—Quizá la juventud sea terrible para un anciano.

—¿Y qué significa esto? —se levantó, sonriendo levemente, fue hacia la puerta de cedro, abrió una rendija y miró hacia dentro—. Profundamente dormidas. Venga, acérquese —sacó la llave de su obi—. Quería decírselo. Son dos.

—¿Dos? —Eguchi se sobresaltó. Quizá las muchachas conocieran la muerte del viejo Fukura.

—Puede entrar cuando guste. —La mujer se fue.

La curiosidad y la timidez de su primera visita le habían abandonado. Sin embargo, dio un paso atrás cuando abrió la puerta.

¿Sería también ésta una principiante? Pero parecía salvaje y arisca, totalmente distinta de la «muchacha pequeña» de la otra noche. Su calidad de salvaje casi le hizo olvidar la muerte del viejo Fukura. Era la muchacha que dormía más cerca de la puerta. Tal vez porque no estaba acostumbrada a tales inventos para los viejos como las mantas eléctricas, o quizá porque su calor mantenía a distancia el frío invernal, había bajado la ropa de la cama hasta su estómago. Parecía tener las piernas muy separadas. Yacía boca arriba, con los brazos extendidos. Los pezones eran grandes y oscuros, y tenían un tono púrpura. No era un color bonito a la luz de las cortinas de terciopelo carmesí. Tampoco podía llamarse hermosa la piel de la garganta y los pechos. No obstante, despedía un resplandor oscuro. De los sobacos parecía emanar un olor débil.

—La vida misma —murmuró Eguchi.

Una muchacha como ésta insuflaba vida a un viejo de sesenta y siete años. Eguchi dudaba un poco de que la muchacha fuera japonesa. No debía haber cumplido los veinte años, pues los pezones eran planos, pese a la anchura de los pechos. El cuerpo era firme.

Le cogió la mano. Tanto las uñas como los dedos eran largos. Debía ser alta, según la moda moderna. ¿Qué clase de voz tendría, cuál sería su manera de hablar? Había muchas mujeres en la radio y la televisión cuyas voces le gustaban. Solía cerrar los ojos y escucharlas. Quería oír la voz de esta muchacha. Naturalmente, no había modo de hablar de verdad a una muchacha que estaba dormida. ¿Cómo podría obligarla a hablar? Una voz era diferente cuando venía de una persona dormida. La mayoría de mujeres tienen varias voces, pero era probable que esta muchacha sólo tuviera una. Incluso por su forma de dormir podía saber que no estaba enseñada y carecía de afectación.

Se sentó y empezó a jugar con sus largas uñas. ¿Eran tan duras las uñas? ¿Eran éstas unas uñas jóvenes y sanas? El color de la sangre se transparentaba vivamente a través de ellas. Se fijó por primera vez en que llevaba un collar de oro delgado como un hilo. Tuvo deseos de sonreír. Aunque ella había bajado la ropa de la cama hasta debajo de sus pechos en una noche tan fría, parecía haber en su frente un sudor ligero. Eguchi extrajo un pañuelo del bolsillo y lo secó. El pañuelo se impregnó de un olor fuerte. También le secó los sobacos. Como no podría llevarse el pañuelo a casa, lo arrugó y lo tiró a un extremo de la habitación.

«Lleva lápiz de labios.» Era lo más natural que lo llevara, pero en esta muchacha el lápiz labial también le inspiró deseos de sonreír. Lo miró unos momentos. «¿Habrá sido operada de labio leporino?».

Recuperó el pañuelo y le quitó la pintura. No había rastro de cirugía. El centro del labio superior estaba levantado, formando una clara línea puntiaguda. Era extrañamente atractivo.

Recordó un beso de hacía más de cuarenta años. Con las manos posadas ligeramente sobre los hombros de la muchacha que estaba frente a él, acercó los labios a los suyos. Ella meneó la cabeza de izquierda a derecha.

—No, no, no lo haré.

—Ya lo has hecho.

—No, no, no lo haré.

Eguchi se frotó los labios y enseñó a la muchacha el pañuelo manchado de rosa.

—Pero si ya lo has hecho. Mira esto.

La muchacha cogió el pañuelo y lo miró de hito en hito, y después lo metió en su monedero.

—No lo haré —dijo, bajando en silencio la cabeza, ahogada por las lágrimas.

No volvieron a verse. ¿Qué debió hacer con el pañuelo? Pero, más que el pañuelo, ¿qué debió ser de ella? ¿Viviría aún, cuarenta años más tarde?

¿Durante cuántos años la había olvidado, hasta que la evocó el puntiagudo labio superior de la muchacha narcotizada? En el pañuelo había lápiz labial, y el de la muchacha había desaparecido; ¿pensaría ella, si lo dejaba junto a la almohada, que le había robado un beso? Naturalmente, los huéspedes de esta casa eran libres de besar. Besar no figuraba entre los actos prohibidos. Un hombre podía besar, por senil que fuera. La muchacha no le rehuiría, y nunca sabría nada. Tal vez los labios dormidos estaban fríos y húmedos. ¿Acaso los labios muertos de una mujer a quien se ha amado no incrementan la intensidad de la emoción? El impulso no adquirió fuerza en Eguchi mientras pensaba en la triste senilidad de los ancianos que frecuentaban la casa.

Sin embargo, la forma insólita de estos labios le excitaba. «De modo que hay labios así», pensó, tocando suavemente con el dedo meñique el centro del labio superior. Estaba seco. Y la piel parecía gruesa. La muchacha empezó a lamerse el labio, y no paró hasta que estuvo bien humedecido. Él retiró el dedo.

«¿Sabrá besar aunque esté dormida?».

Pero se limitó a acariciar los cabellos que le cubrían la oreja. Eran bastos y duros.

Se levantó y procedió a desnudarse.

—Te enfriarás. No importa que goces de buena salud.

Le metió los brazos bajo la ropa y cubrió su pecho. Se acostó junto a ella. La muchacha dio media vuelta. Entonces, con un gemido, sacó repentinamente los brazos, empujando con fuerza al anciano. Éste se echó a reír. «Una principiante muy valerosa», pensó.

Porque estaba narcotizada y no se despertaría, y porque probablemente su cuerpo estaba aletargado, él podía hacer cuanto se le antojara; pero el vigor requerido para tomar por la fuerza a semejante muchacha ya no existía en Eguchi —o lo había olvidado hacía tiempo—. Se acercó a ella con una pasión suave, una débil afirmación, un sentimiento de armonía con la mujer. La aventura, la lucha que aceleraba la respiración, había desaparecido.

—Soy viejo —murmuró, pensándolo aún mientras sonreía por la repulsa de la muchacha dormida.

No estaba realmente cualificado para venir a esta casa como venían los otros ancianos. Pero era probable que fuese la muchacha de piel oscura y resplandeciente quien le hacía sentir con más intensidad que de costumbre que a él tampoco le quedaba por delante mucha vida como hombre.

Tenía la impresión de que tomar a la muchacha por la fuerza sería el tónico que le traería emociones de juventud. Se estaba cansando un poco de la «casa de las bellas durmientes». Y a medida que se cansaba de ella, aumentaba el número de sus visitas. Sintió un repentino anhelo de la sangre: quería usar la fuerza con ella, violar la regla de la casa, destruir el repugnante secreto y, después, marcharse para siempre. Pero la fuerza no era necesaria. No habría resistencia por parte del cuerpo de la muchacha narcotizada. Incluso podría estrangularla sin dificultad. El impulso le abandonó, y un vacío de profundidades oscuras invadió todo su ser. Las olas potentes estaban cerca y parecían hallarse a una gran distancia, en parte porque aquí en tierra no soplaba el viento. Vio el fondo oscuro de la noche del océano gris. Apoyándose sobre un codo, acercó su rostro al de la muchacha. Respiraba pesadamente. Decidió no besarla y volvió a echarse.

Yacía como ella le dejara, con el pecho descubierto. Se volvió hacia la otra muchacha. Ésta le daba la espalda, pero ahora dio media vuelta. Hubo una dulce voluptuosidad en este saludo, a pesar de que estaba dormida. Una mano cayó sobre la cadera del anciano.

«Una buena combinación». Jugando con los dedos de la muchacha, cerró los ojos. Los dedos, de huesos pequeños, eran flexibles, tan flexibles que daba la impresión de que se doblarían indefinidamente sin romperse. Deseó metérselos en la boca. Tenía los pechos pequeños, pero redondos y altos. Cabían en la palma de su mano. La redondez de las caderas era similar. «La mujer es infinita», pensó el anciano con un matiz de tristeza. Abrió los ojos. La muchacha tenía un cuello largo, esbelto y lleno de gracia. Pero la esbeltez era diferente de la del antiguo Japón. Había una línea doble en los párpados cerrados, tan poco profunda que con los ojos abiertos podía convertirse en una sola línea. O quizás era doble a veces y otras una sola. O tal vez una sola línea en un ojo y una línea doble en el otro. Debido a la luz de las cortinas de terciopelo no podía estar seguro del color de su piel; pero parecía tostada en el rostro, blanca en el cuello, algo tostada también en los hombros, y tan blanca en los pechos que habría podido llamarse descolorida.

Podía ver que la muchacha morena y resplandeciente era alta. Ésta no parecía ser mucho más baja. Estiró una pierna. Los dedos del pie tocaron la planta de piel gruesa del pie de la muchacha morena. Estaba grasienta. Retiró apresuradamente el pie, pero la retirada se convirtió en una invitación. Pasó por su mente la idea de que la pareja del viejo Fukura, cuando sufrió su último ataque, había sido esta muchacha de piel morena. Y por ello esta noche las muchachas eran dos.

Pero no podía ser así. La muchacha que había estado con Fukura se encontraba de vacaciones y no volvería hasta que desapareciera el arañazo del pecho y el cuello. ¿No acababa de decírselo la mujer de la casa? Colocó de nuevo el pie contra la planta de piel gruesa del pie de la muchacha morena, y exploró la carne oscura de más arriba.

Le recorrió un espasmo, como si quisiera decir: «Iníciame en el hechizo de la vida». La muchacha había bajado la colcha, o, mejor dicho, la manta eléctrica que había debajo. Estiró un pie por encima de la colcha. Pensando que le gustaría hacerla rodar hasta el frío del crudo invierno, Eguchi contempló sus pechos y su abdomen. Apoyó la cabeza en un pecho y escuchó su corazón. Había esperado unos latidos fuertes, pero eran extrañadamente sosegados. ¿Y acaso un poco irregulares?

—Te enfriarás.

La cubrió y desconectó su lado de la manta. «El hechizo que constituía la vida de una mujer —pensó—, no era tan importante. Si la estrangulaba, le resultaría fácil. No representaría ningún esfuerzo, ni siquiera para un anciano.» Cogió su pañuelo y se frotó la mejilla que había posado sobre el pecho de la muchacha. Su olor aceitoso parecía proceder de él. El sonido del corazón de la joven persistía en su oído. Se llevó una mano al propio corazón. Quizá porque era el suyo, se le antojó el más fuerte de los dos.

Se volvió hacia la muchacha más dulce, dando la espalda a la morena. La nariz bien formada pareció fina y elegante a sus ojos cansados y présbitas. No pudo resistir la tentación de poner la mano bajo el cuello largo y esbelto y atraerla hacia sí. Al acercarse suavemente a él, la muchacha despidió una dulce fragancia, que se mezcló con el olor salvaje y penetrante de la muchacha morena que tenía a sus espaldas. Apretó contra sí a la muchacha rubia. Su respiración era breve y rápida. Pero no debía temer que se despertara. Yació inmóvil durante un rato.

«¿Le pediré que me perdone? ¿Como la última mujer de mi vida?» La muchacha que tenía a su espalda parecía estar tratando de excitarle. Echó la mano hacia atrás y la tocó. Era la carne de sus pechos.

—Estate quieta. Escucha las olas invernales y estate quieta —intentaba calmarse a sí mismo.

«Estas muchachas han sido narcotizadas. Es como si las hubieran paralizado. Les han dado un veneno o una droga muy fuerte.» Y, ¿por qué? «¿Por qué, sino por dinero?» No obstante, se sorprendió dudando. Cada mujer era diferente de todas las demás. Lo sabía; y, sin embargo, ¿tan diferente era la muchacha que tenía delante que estaba dispuesto a infligirle una herida que no se curaría, una pena que duraría toda su existencia? Eguchi, a sus sesenta y siete años, podía pensar, si así lo deseaba, que los cuerpos de todas las mujeres eran iguales. Y en esta muchacha no había afirmación ni negativa, no había ninguna respuesta. Lo único que la distinguía de un cadáver era que respiraba y tenía la sangre caliente. De hecho, cuando se despertara a la mañana siguiente, ¿acaso sería muy distinta de un cadáver con los ojos abiertos? Ahora no había en la muchacha amor, vergüenza, ni miedo. Cuando se despertara podría haber amargura y remordimiento. No sabría quién la había poseído. Sólo deduciría que había sido un viejo. Probablemente no se lo diría a la mujer de la casa. Ocultaría hasta el fin el hecho de que la regla de esta casa de ancianos había sido violada, y de este modo nadie lo sabría excepto ella. Su piel suave se adhería a Eguchi. La muchacha morena, tal vez aterida ahora que su lado de la manta estaba desconectado, apretaba su espalda desnuda contra Eguchi. Uno de sus pies se encontraba entre los de la muchacha de piel clara. Eguchi sintió que le abandonaban las fuerzas, y de nuevo tuvo deseos de reír. Alargó la mano hacia el sedante. Estaba insertado entre las dos y sólo podía moverse con dificultad. Con la mano en la frente de la muchacha rubia, contempló las píldoras de costumbre.

—¿Prescindo de ellas esta noche? —se preguntó.

Era evidente que se trataba de una fuerte droga. Se quedaría dormido sin esfuerzo. Por primera vez se le ocurrió preguntarse si todos los ancianos que venían a la casa tomaban obedientemente la medicina. Pero ¿no era propio de la fealdad de la vejez que, no queriendo perder horas con el sueño, se abstuvieran de tomarla? Pensó que él aún no había entrado a formar parte de aquella fealdad. Una vez más se tragó las píldoras. Recordaba haber dicho una vez que quería la droga administrada a la muchacha.

La mujer había contestado que era peligrosa para los viejos, y él no había insistido.

¿Sugería la palabra «peligroso» morir durante el sueño? Eguchi no era más que un anciano de circunstancias normales. Siendo humano, de vez en cuando caía en una vaciedad solitaria, en una fría desesperación. ¿No sería éste un lugar muy deseable para morir? Despertar curiosidad, invitar el desdén del mundo, ¿acaso no sería coronar su vida con una muerte apropiada? Todos sus conocidos se sorprenderían. No podía calcular el perjuicio que causaría a su familia; pero morir durante el sueño entre, por ejemplo, las dos muchachas de esta noche, ¿no podía ser el máximo deseo de un hombre en sus últimos años? No, no podía serlo. Se lo llevarían, como al viejo Fukura, a una miserable posada de las termas, y dirían a la gente que se había suicidado con una sobredosis de somnífero. Como no habría una nota de despedida, se diría que estaba desesperado ante las perspectivas que se avecinaban. Podía ver la tenue sonrisa de la mujer de la casa.

«Qué ideas tan tontas. Como si quisiera tentar a la suerte».

Se rió, pero no fue una risa alegre. La droga empezaba a causar efecto.

—Está bien —murmuró—. La sacaré de la cama y le obligaré a darme lo que dio a las muchachas.

Pero no era probable que ella consintiera. Y Eguchi no deseaba levantarse, ni quería realmente la otra droga. Se puso boca arriba y colocó los brazos alrededor de las dos muchachas, alrededor de un cuello blanco, débil y fragante, y un cuello duro y grasiento. Algo surgió en su interior. Miró a derecha e izquierda de las cortinas de terciopelo carmesí.

—Ah.

—¡Ah! —la muchacha morena pareció contestarle. Puso un brazo sobre el pecho de Eguchi. ¿Sentiría algún dolor?

Eguchi retiró el brazo y le volvió la espalda. Con el brazo libre rodeó las caderas de la muchacha de piel clara. Cerró los ojos.

«¿La última mujer de mi vida? ¿Por qué he de pensar esto, ni siquiera por un momento?» ¿Y quién había sido la primera mujer de su vida?

El pensamiento cruzó su mente como un relámpago: la primera mujer de su vida había sido su madre. «Claro. ¿Podía ser otra que no fuera mi madre? —fue la inesperada afirmación—. Pero ¿acaso puedo decir que mi madre era una mujer mía?».

Ahora, a los sesenta y siete años, mientras yacía entre dos muchachas desnudas, sintió que surgía en el fondo de su ser una nueva verdad. ¿Era una blasfemia, era nostalgia? Abrió los ojos y pestañeó, como para alejar una pesadilla. Pero la droga producía su efecto. Tenía un sordo dolor de cabeza. Amodorrado, persiguió la imagen de su madre; y entonces suspiró y tomó dos pechos, uno de cada muchacha, en la palma de las manos. Uno suave y uno grasiento. Cerró los ojos.

La madre de Eguchi había muerto una noche de invierno cuando él tenía diecisiete años. Eguchi y su padre le sostenían las manos. Hacía tiempo que padecía tuberculosis y sus brazos eran sólo piel y hueso, pero le asía la mano con tal fuerza que a Eguchi le dolían los dedos. La frialdad de su mano le penetró hasta el hombro. La enfermera que estaba dando masaje a sus pies, salió silenciosamente. Quizá se fuera para llamar al médico.

—Yoshio, Yoshio —exclamó su madre en pequeños jadeos.

Eguchi comprendió y acarició su pecho atormentado. Mientras lo hacía, ella vomitó una gran cantidad de sangre. Le salía en burbujas de la nariz. Dejó de respirar. La gasa y las toallas que había junto a la almohada no eran suficientes para secar la sangre.

—Sécala con tu manga, Yoshio —dijo su padre—. ¡Enfermera, enfermera! Traiga una palangana con agua. Sí, y otra almohada y un camisón y sábanas limpias.

Era natural que cuando el viejo Eguchi pensó en su madre como la primera mujer de su vida, pensara también en su muerte.

«¡Ah!» Las cortinas que tapizaban las paredes de la habitación secreta parecían del color de la sangre. Cerró con fuerza los ojos, pero aquel rojo no quería desaparecer. Estaba medio dormido a causa de la droga. Los pechos frescos y jóvenes de las dos muchachas estaban en las palmas de sus dos manos. Su conciencia y su razón se habían adormecido.

¿Por qué, en un lugar como éste, había pensado en su madre como en la primera mujer de su vida? Pero la idea de su madre como la primera mujer no conjuró pensamientos sobre mujeres posteriores. En realidad, su primera mujer había sido su esposa. Muy bien; pero su anciana esposa, habiendo casado a sus tres hijas, estaría durmiendo sola en esta fría noche de invierno. ¿O estaría aún despierta? No oiría el sonido de las olas, pero el frío de la noche sería más intenso que aquí. Se preguntó qué eran los dos pechos que tenía en las manos. Todavía palpitarían con sangre caliente cuando él ya estuviera muerto. ¿Y qué significaba este hecho? Dio cierta fuerza indolente a sus manos. No hubo reacción, porque los pechos también dormían profundamente. Cuando, en su última hora, había acariciado el pecho de su madre, tocó, por supuesto, sus senos marchitos. No eran como senos. Ahora ya no los recordaba. Lo que recordaba era que los había buscado, durmiéndose después, un día de su primera infancia.

Por fin el viejo Eguchi empezaba a ceder al sueño. Cambió las manos que asían los pechos de las muchachas a una posición más cómoda. Se volvió hacia la muchacha morena, porque su fragancia era la más fuerte. Su aliento espeso le sopló en la cara. Tenía la boca entreabierta.

«Un diente torcido. Es bonito.» Lo tomó entre los dedos. La muchacha tenía los dientes grandes, pero éste era pequeño. De no ser por el aliento, Eguchi podría haber besado el diente. La intensa fragancia estorbaba su sueño, y se volvió de espaldas. Incluso entonces el aliento le soplaba en la nuca. No roncaba, pero ponía voz en su respiración. Eguchi encogió los hombros y puso la mejilla sobre la frente de la muchacha de piel clara. Quizá fruncía el ceño, pero también daba la impresión de estar sonriendo. La piel grasienta de la muchacha morena tenía un tacto desagradable en la espalda. Era fría y resbaladiza. Eguchi se durmió.

Tal vez porque le resultara difícil dormir entre las dos muchachas, Eguchi tuvo una sucesión de pesadillas. No había cohesión entre ellas, pero eran perturbadoramente eróticas. En la última, él volvía de su luna de miel y se encontraba con que unas flores parecidas a las dalias rojas florecían y se balanceaban con tal profusión que casi cubrían la casa. Preguntándose si sería su casa, vacilaba en entrar.

—Bienvenido al hogar. ¿Por qué estás parado ahí? —era su difunta madre quien les saludaba—. ¿Es que tu mujer nos tiene miedo?

—Pero ¿y las flores, madre?

—Sí —dijo su madre con calma—. Entrad.

—Pensaba que nos habíamos equivocado de casa. Era difícil que me equivocara. Pero ¡qué flores!

Les habían preparado una comida ceremonial. Después de intercambiar saludos con la novia, la madre de Eguchi fue a la cocina a calentar la sopa. Eguchi olió el besugo. Salió a mirar las flores, y su novia le acompañó.

—¿Verdad que son bonitas? —dijo ella.

—Sí —como no deseaba asustarla, no añadió que antes no estaban aquí.

Se fijó en una especialmente grande.

El viejo Eguchi se despertó con un gemido. Sacudió la cabeza, pero aún estaba amodorrado. Yacía vuelto hacia la muchacha morena. Su cuerpo estaba frío. Eguchi se sentó, sobresaltado. La muchacha no respiraba. Le tocó el pecho. No había pulso.

Saltó de la cama. Tropezó y cayó.

Temblando violentamente, salió a la habitación contigua.

El timbre estaba en la alcoba. Oyó pasos en el piso inferior.

«¿La habré estrangulado mientras dormía?» Se dirigió, casi arrastrándose, a la otra habitación, y miró a la muchacha.

—¿Ocurre algo? —la mujer de la casa entró.

—Está muerta —le rechinaban los dientes.

La mujer se frotó los ojos y observó con calma a la muchacha.

—¿Muerta? No hay razón para que lo esté.

—Está muerta. No respira y no tiene pulso.

La mujer cambió de expresión y se arrodilló junto a la muchacha morena.

—Está muerta, ¿verdad?

La mujer retiró la ropa de la cama e inspeccionó a la muchacha.

—¿Le ha hecho usted algo?

—Nada en absoluto.

—No está muerta —dijo la mujer con frialdad forzada—. No se preocupe.

—Está muerta. Llame a un médico.

Ella no contestó.

—¿Qué le hizo tomar? Tal vez era alérgica.

—No se alarme. No le causaremos ningún problema. Su nombre no será pronunciado.

—Está muerta.

—Yo creo que no.

—¿Qué hora es?

—Más de las cuatro.

La mujer se tambaleó al levantar el cuerpo oscuro y desnudo.

—Permítame ayudarla.

—No se moleste. Hay un hombre abajo.

—Pesa mucho.

—Se lo ruego, no es necesario que se moleste. Vuelva a la cama. Está la otra chica.

Estaba la otra chica; nunca se había sentido más impresionado por una observación. Era cierto que la muchacha de tez clara seguía durmiendo en la habitación contigua.

—¿Espera que me duerma después de esto? —su voz expresaba indignación, pero también había miedo en ella—. Me voy a mi casa.

—Por favor, no lo haga. No conviene llamar la atención a esta hora.

—Me es imposible volver a dormir.

—Le traeré más medicina.

La oyó bajar las escaleras con la muchacha morena a cuestas. En pie, y con el kimono de noche, Eguchi sintió por primera vez que el frío le penetraba. La mujer volvió con dos píldoras blancas.

—Tome. Levántese tarde mañana.

—¡Oh!

Eguchi abrió la puerta de la habitación contigua. La ropa de la cama seguía igual, tirada hacia abajo y en desorden, y la forma desnuda de la muchacha de tez clara yacía en esplendorosa belleza.

La contempló.

Oyó alejarse un automóvil, probablemente con el cuerpo de la muchacha morena.

¿La llevarían a la ambigua posada donde condujeron al anciano Fukura?

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