El amante (III)

Marguerite Duras

 

 

El crepúsculo caía a la misma hora durante todo el año. Era muy corto, casi brutal. Durante la estación de las lluvias, durante semanas, el cielo no se veía, estaba cubierto por una niebla uniforme que ni siquiera la luz de la luna atravesaba. Durante las estaciones secas por el contrario el cielo estaba desnudo, despejado en su totalidad, crudo. Incluso las noches sin luna eran luminosas. Y las sombras se dibujaban por igual en los suelos, en las aguas, en los caminos, en los muros.

Recuerdo mal los días. La luminosidad solar empañaba los colores, aplastaba. De las noches me acuerdo. El azul estaba más lejos que el cielo, estaba detrás de todas las densidades, recubría el fondo del mundo. El cielo, para mí, era esa estela de pura brillantez que atraviesa el azul, esa fusión fría más allá de cualquier color. A veces, en Vinhlong, cuando mi madre estaba triste, hacía enganchar el tílburi e íbamos al campo a ver la noche de la estación seca. Tuve esa suerte, la de esas noches, la de esa madre. La luz caía del cielo en cataratas de pura transparencia, en trombas de silencio y de quietud. El aire era azul, se cogía con la mano. Azul. El cielo era esa palpitación continua de la brillantez de la luz. La noche lo iluminaba todo, todo el campo a cada orilla del río hasta donde alcanzaba la vista. Cada noche era particular, cada una podía denominarse según el tiempo de su duración. El sonido de las noches era el de los perros del campo. Aullaban al misterio. Se contestaban de pueblo a pueblo hasta la total consumación del espacio y del tiempo de la noche.

En las avenidas del patio las sombras de los manzanos caneleros son de tinta china. El jardín está totalmente petrificado en una inmovilidad de mármol. La casa igual, monumental, fúnebre. Y mi hermano menor que caminaba a mi lado y que ahora mira con insistencia hacia el pórtico abierto a la avenida desierta.

Un día no está delante del instituto. El chófer está solo en el coche negro. Me dice que el padre está enfermo, que su joven señor ha regresado a Sadec. Que él, el chófer, ha recibido órdenes de quedarse en Saigón para llevarme al instituto y acompañarme al pensionado. El joven señor regresó al cabo de unos días. De nuevo estaba en la parte trasera del coche negro, el rostro vuelto para no ver las miradas, siempre con el miedo. Nos besamos, sin pronunciar palabra, abrazados, ahí, hemos olvidado, delante del instituto, abrazados. En el beso lloraba. El padre seguiría viviendo. Su última esperanza se desvanecía. Se lo había pedido. Le había suplicado que le dejara retenerme con él contra su cuerpo, le había dicho que debía comprenderle, que también él debía haber vivido al menos una vez una pasión como ésa en el transcurso de su larga vida, que era imposible que hubiera sido de otro modo, le había rogado que le permitiera vivir, a su vez, una vez, una pasión semejante, esa locura, ese amor loco de la chiquilla blanca, le había pedido que le dejara el tiempo de seguir amándola antes de volver a mandarlo a Francia, de dejársela aún, aún un año quizá, porque no le era posible dejar ya ese amor, era demasiado nuevo, demasiado fuerte todavía, todavía demasiado en su violencia naciente, que todavía era demasiado terrible separarse de su cuerpo, y más teniendo en cuenta, el padre lo sabía perfectamente, que eso nunca más volvería a producirse.

El padre le había repetido que prefería verlo muerto.

Nos bañamos juntos con el agua fresca de las tinajas, nos besamos, lloramos y volvió a ser algo para morirse, pero esta vez, ya, de un inconsolable goce. Y después le dije. Le dije que no había que arrepentirse de nada, le recordé lo que había dicho, que me iría de todas partes, que no podía decidir mi conducta. Dijo que incluso eso le daba igual en lo sucesivo, que todo se había desbordado. Entonces le dije que yo era de la misma opinión que su padre. Que me negaba a seguir con él. No aduje razones.

Es una de las largas avenidas de Vinhlong que termina en el Mekong. Es una avenida siempre desierta por la noche. Esa noche, como casi cada noche, hay una avería eléctrica. Todo empieza ahí. En cuanto llego a la avenida, el portal cerrado a mis espaldas, sobreviene de inmediato la avería de la luz. Corro. Corro porque tengo miedo de la oscuridad. Corro cada vez más deprisa. Y de repente creo oír otra carrera detrás de mí. Y de repente tengo la seguridad de que alguien corre tras mis pasos, detrás de mí. Sin dejar de correr me vuelvo y miro. Es una mujer muy alta, muy flaca, flaca como la muerte y que ríe y que corre. Va descalza, corre detrás de mí para alcanzarme. La reconozco, es la loca del puesto, la loca de Vinhlong. La oigo por primera vez, habla por la noche, duerme de día, y a veces ahí, en esta avenida, delante del jardín. Corre gritando en una lengua que no conozco. El miedo es tal que no puedo gritar. Debo de tener ocho años. Oigo su risa aulladora y sus gritos de alegría, seguro que se divierte conmigo. El recuerdo es de un miedo central. Decir que ese miedo supera mi entendimiento, mi fuerza, es poco decir. Lo más aproximado es el recuerdo de la certeza de saber a ciencia cierta que si la mujer me toca, aunque ligeramente, con la mano, pasaré a mi vez a un estado mucho peor que el de la muerte, el estado de la locura. Llegué al jardín de los vecinos, la casa, subí las escaleras y me desplomé en la entrada. Después estoy muchos días sin poder contar nada de lo que me ha sucedido.

Tarde en mi vida sigo con el miedo de ver agravarse un estado de mi madre — sigo sin dar nombre a ese estado— que la pondría en situación de ser separada de sus hijos. Creo que me corresponderá a mí saber lo que ocurrirá llegado el día, no a mis hermanos, porque mis hermanos no sabrán calibrar ese estado.

Era unos meses antes de nuestra separación definitiva, era en Saigón, tarde por la noche, estábamos en la gran terraza de la casa de la Rue Testard. Estaba Dô. Miré a mi madre. La reconocí mal. Y luego, en una especie de desvanecimiento repentino, de caída, brutalmente dejé de reconocerla del todo. Hubo de pronto, allí, cerca de mí, una persona sentada en el lugar de mi madre, no era mi madre, tenía su aspecto, pero jamás había sido mi madre. Tenía un aire ligeramente alelado, miraba hacia el parque, determinado lugar del parque, acechaba al parecer la inminencia de un acontecimiento del que yo nada sospechaba. Había en ella juventud en los rasgos, en la mirada, una felicidad que reprimía debido a un pudor que por costumbre había hecho suyo. Era hermosa. Dô estaba a su lado. Dô parecía no haberse percatado de nada. El terror no provenía de lo que digo de ella, de sus rasgos, de su aspecto de felicidad, de su belleza, provenía de que estuviera sentada allí donde estaba sentada mi madre en el instante en que se produjo la sustitución, de que yo sabía que nadie más que ella estaba allí en su lugar, pero de que precisamente esta identidad que no podía ser reemplazada por ninguna otra había desaparecido y de que yo no disponía de medio alguno para hacer que ella volviera, que empezara a volver. Nada ya se proponía para habitar la imagen. Me volví loca en plena razón. El tiempo de gritar. Grité. Un grito débil, una llamada de auxilio para que se rompiera aquel espejo en el que permanecía mortalmente fija toda la escena. Mi madre se volvió.

Con esa mendiga de la avenida poblé toda la ciudad. Con todas las mendigas de las ciudades, de los arrozales, de las pistas que bordean el Siam, de las orillas del Mekong, poblé a la que me dio miedo. Vino de todas partes. Siempre llegó a Calcuta, de donde quiera que viniera. Siempre durmió a la sombra de los manzanos caneleros del patio de recreo. Mi madre siempre estuvo a su lado, para curarle el pie roído por los gusanos, cubierto de moscas.

A su lado, la niña de la historia. La lleva a lo largo de dos mil kilómetros. Ya no quiere saber nada de ella, la da, vamos, toma. Basta de niños. Ningún niño. Todos muertos o tirados, eso forma una masa al final de la vida. Esa que duerme bajo los manzanos caneleros aún no está muerta. Es la que vivirá durante más años. Morirá en el interior de la casa, vestida de encajes. Será llorada.

Está en los declives de los arrozales que bordean la pista, grita y ríe a voz en cuello. Tiene una risa dorada, capaz de despertar a los muertos, de despertar a cualquiera que preste oídos a la risa de los niños. Permanece delante del bungalow durante días y días, en el bungalow hay blancos, lo recuerda, dan de comer a los mendigos. Después, una vez, bien, se despierta al amanecer y empieza a caminar, un día se va, a saber por qué, tuerce hacia la montaña, atraviesa la selva y sigue los caminos que corren a lo largo de las crestas de la cordillera de Siam. A fuerza de ver, quizá de ver el cielo amarillo y verde del otro lado de la planicie, pasa. Empieza a descender hacia el mar, hasta el final. Desciende las pendientes de la selva con su largo paso seco. Atraviesa, atraviesa. Son las selvas pestilentes. Las regiones más cálidas. No hay viento salubre del mar. Hay el estrépito estancado de los mosquitos, los niños muertos, la lluvia diaria. Y luego ahí están los deltas. Son los deltas más grandes de la tierra. Son de limo negro. Están hacia Chittagong. Ha dejado las pistas, las selvas, las rutas del té, los soles rojos, ve ante sí las bocas de los deltas. Coge la dirección del torbellino del mundo, la siempre remota, envolvente, del Este. Un día está frente al mar. Grita, ríe con contenida y milagrosa risa de pájaro. Debido a la risa, en Chittagong encuentra un junco que la cruza, los pescadores acceden a llevarla, atraviesa acompañada el golfo de Bengala.

Empieza, enseguida se la empieza a ver cerca de los vertederos de basuras, en las afueras de Calcuta.

Y luego se pierde. Y luego se la vuelve a encontrar. Está detrás de la embajada de Francia de esta misma ciudad. Duerme en un parque, saciada de un alimento infinito.

Allí está, durante la noche. Después, al amanecer, en el Ganges. El humor alegre y burlón, siempre. Ya no se va. Aquí come, duerme, la noche es tranquila, se queda ahí en el parque de las adelfas.

Un día voy, paso por allí. Tengo diecisiete años. Es el barrio inglés, los parques de la embajada, sopla el monzón, los tenis están desiertos. A lo largo del Ganges, los leprosos se ríen. Hacemos escala en Calcuta. Una avería del paquebote de línea. Visitamos la ciudad, para pasar el tiempo. Volvemos a partir al día siguiente, por la noche.

Quince años y medio. El asunto se sabe rápidamente en el puesto de Sadec. Tan sólo esa vestimenta implica ya la deshonra. La madre no tiene sentido de nada, ni el de la manera de educar a una niña. La pobre. No crea, ese sombrero no es inocente, ni tampoco el carmín de labios, todo eso significa algo, no es inocente, tiene un significado, es para atraer las miradas, el dinero. Los hermanos, unos golfos. Dicen que es un chino, el hijo de un millonario, la quinta del Mekong, de azulejos azules.En lugar de sentirse honrado, ni siquiera él la quiere para sus hijos. Familia de golfos blancos.

La llaman la Dama, procede de Savannakhet. Su marido, destinado a Vinhlong.

No se la ha visto en Vinhlong durante un año. A causa de ese joven, administrador adjunto en Savannakhet. No pueden seguir amándose. Entonces él se pega un tiro y se mata. La historia llega hasta el nuevo puesto de Vinhlong. Una bala en el corazón, el día de su partida de Savannakhet con destino a Vinhlong. En la plaza del puesto, a pleno sol. La mujer le había dicho que debían terminar, por sus niñas y por su marido destinado a Vinhlong.

Eso sucede en el barrio de mala fama de Cholen, cada tarde. Cada tarde esa pequeña viciosa va a hacerse acariciar el cuerpo por su sucio chino millonario. Va también al instituto donde van las niñas blancas, las pequeñas deportistas blancas que aprenden crowl en la piscina del Club Deportivo. Un día les ordenarán que no dirijan la palabra a la hija de la directora de Sadec.

Durante el recreo, mira hacia la calle, sola, apoyada en el poste del patio. No dice nada de esto a su madre. Sigue llegando a clase en la limusina negra del chino de Cholen. La ven irse. No habrá ninguna excepción. Ninguna volverá a dirigirle la palabra. Tal aislamiento provoca el recuerdo de la dama de Vinhlong. Acababa, en aquel momento, de cumplir treinta y ocho años. Y, entonces, diez la niña. Y luego, ahora, cuando lo recuerda, dieciséis años.

La dama está en la terraza de su habitación, contempla las avenidas que corren a lo largo del Mekong, la veo al regresar del catecismo con mi hermano pequeño. La habitación está en el centro de un gran palacio de terrazas cubiertas, el palacio está en el centro del parque de las adelfas y de las palmeras. Una misma diferencia separa a la dama y a la niña del sombrero de ala plana del resto de la gente del puesto. Así como las dos contemplan las largas avenidas de los ríos, así son las dos. Las dos aisladas. Solas, reinas. Su desgracia es evidente. Abocadas las dos a la difamación debido a la naturaleza del cuerpo que poseen, acariciado por los amantes, besado por sus bocas, entregadas a la infamia del goce hasta morir, dicen, hasta morir de ese amor misterioso de los amantes sin amor. De eso es de lo que se trata, de esas ganas de morir. Eso emana de ellas, de sus habitaciones, esa muerte tan poderosa que la ciudad entera está al corriente, los puestos de la selva, las capitales de provincias, las recepciones, los bailes lentos de las administraciones generales.

La dama acaba precisamente de reemprender esas recepciones oficiales, cree que se acabó, que el joven de Savannakhet ha entrado en el olvido. Así pues la dama ha reemprendido esas veladas que considera a propósito para que la gente pueda verse de vez en cuando y para, también de vez en cuando, salir de la espantosa soledad en la que se hallan los puestos de la selva perdidos en las extensiones cuadriláteras de arroz, del miedo, de la locura, de las fiebres, del olvido.

Por la tarde, a la salida del instituto, la misma limusina negra, el mismo sombrero insolente e infantil, los mismos zapatos de lame y ella va, va a hacerse descubrir el cuerpo por el millonario chino, que la lavará en la ducha, detenidamente, como la pequeña hacía cada noche en casa de su madre, con el agua fresca de una tinaja que el hombre reserva para ella, y después la llevará mojada a la cama, pondrá el ventilador y la besará una y otra vez por todas partes y ella pedirá más y más, y después regresará al pensionado, y nadie la castigará, ni le pegará, ni la desfigurará, ni la insultará.

El se mató al final de la noche, en la gran plaza del puesto resplandeciente de luz. Ella bailaba. Después, amaneció. Había siluetado el cuerpo. Después, transcurrido un tiempo, el sol había deformado la forma. Nadie se había atrevido a acercarse. La policía lo hará. Al mediodía, después de la llegada de las chalupas, ya no habrá nada, la plaza estará limpia.

Mi madre dijo a la directora del pensionado: no importa, todo eso carece de importancia, ¿ve? ¿ve qué bien le sientan esos vestidos usados, ese sombrero rosa y esos zapatos dorados? Cuando habla de sus hijos la madre está ebria de alegría y, entonces, su encanto es aún mayor. Las jóvenes vigilantas del pensionado escuchan apasionadamente a la madre. Todos, dice la madre, todos la rondan, todos los hombres del puesto, casados o no, la rodean, requieren a esa niña, esa cosa, aún indefinida, miren, una niña aún. ¿Deshonrada, dice la gente? Y yo digo: ¿cómo se las arreglaría la inocencia para deshonrarse?

La madre habla, habla. Habla de la prostitución manifiesta y ríe, del escándalo, de esta payasada, de ese sombrero fuera de lugar, de esta elegancia sublime de la niña de la travesía del río, y ríe de esa cosa irresistible aquí, en las colonias francesas, hablo, dice, de esa piel blanca, de esa joven criatura que estaba hasta ahí escondida en los puestos de la selva y que de repente sale a la luz del día y se compromete en la ciudad a la vista y al conocimiento de todos, con el deshecho del millonario chino, diamante en el dedo como una joven banquera, y llora.

Cuando ella vio el diamante dijo con un hilo de voz: me recuerda un solitario que tuve del noviazgo con mi primer marido. Digo: el señor Oscuro. Reímos. Era su nombre, dice, con todo es cierto.

Nos miramos mucho rato y después tuvo una sonrisa muy dulce, ligeramente burlona, impregnada de un conocimiento tan profundo de sus hijos y de lo que les aguardaba más tarde que estuve a punto de hablarle de Cholen.

No lo hice. Jamás lo hice.

Esperó mucho tiempo antes de volver a hablarme, después lo hizo, con mucho amor: ¿sabes que se ha acabado, que nunca podrás casarte aquí, en la colonia? Me encojo de hombros, río. Digo: puedo casarme en todas partes, cuando quiera. Mi madre hace un gesto negativo. No. Dice: aquí todo se sabe, aquí ya no podrás. Me mira y dice cosas inolvidables: ¿les gustas? Respondo: eso es, les gusto a pesar de todo. Entonces, dice: les gustas también porque tú eres tú.

Aún me pregunta: ¿le ves sólo por el dinero? Dudo y luego digo que es sólo por el dinero. Aún me mira largamente, no me cree. Dice: no te me pareces, tuve más dificultades que tú para los estudios y era muy seria, lo he sido durante demasiado tiempo, demasiado tarde, he perdido el sabor de mi placer.

Era un día de vacaciones en Sadec. La madre descansaba en un rocking-chair, los pies encima de una silla, había provocado una corriente de aire entre las puertas del salón y del comedor. Estaba tranquila, nada aviesa. De repente había descubierto a su pequeña, tuvo ganas de hablarle.

No faltaba mucho para el final, para el abandono de las tierras del embalse. No faltaba mucho para la marcha a Francia.

La miraba mientras se dormía.

De vez en cuando mi madre decreta: mañana vamos al fotógrafo. Se queja del precio, sin embargo hace el gasto de las fotos familiares. Las fotos, las contemplamos, no nos contemplamos pero contemplamos las fotografías, cada una por separado, sin comentar una palabra, pero las contemplamos, nos vemos. Se ven los demás miembros de la familia, uno a uno, o juntos. Volvemos a vernos cuando éramos muy pequeños en las viejas fotos y nos contemplamos en las fotos recientes. La separación ha aumentado entre nosotros. Una vez contempladas, las fotos se guardan entre la ropa blanca, en el armario. Mi madre nos hizo fotografiar para poder vernos, ver si crecíamos con normalidad. Nos contempla durante un buen rato, como otras madres, otros hijos. Compara unas fotos con otras, habla del crecimiento de cada uno. Nadie le contesta.

Mi madre sólo hizo fotografiar a sus hijos. Nada más, nunca. No tengo fotografías de Vinhlong, ninguna, ni del jardín, ni del río, ni de las rectas avenidas bordeadas de los tamarindos de la conquista francesa, ninguna, ni de la casa, ni de nuestras habitaciones de asilo blanqueadas con cal, con las grandes camas de hierro negras y doradas, iluminadas como las clases del colegio con las bombillas rojizas de las avenidas, los tragaluces, las pantallas de chapa verde, ninguna, ninguna imagen de los lugares increíbles, siempre provisionales, más allá de toda fealdad, para huir, en los que mi madre acampaba en espera, decía, de instalarse de verdad, pero en Francia, en esas regiones de las que habló durante toda su vida y que se situaban según su humor, su edad, su tristeza, entre el Paso de Calais y Entre-deux-Mers. Cuando se detenga para siempre, cuando se instale en el Loira, su habitación será la réplica de la de Sadec, terrible. Habrá olvidado.

Nunca hacía fotos a los lugares, a los paisajes, sólo a nosotros, sus hijos, y la mayoría de las veces nos agrupaba para que la foto costara menos. Las pocas fotos de amateur que nos hicieron fueron realizadas por amigos de mi madre, colegas recién llegados a la colonia que tomaban vistas del paisaje ecuatorial, de los cocoteros y de los culís, para enviarlas a la familia.

Misteriosamente mi madre enseña las fotografías de sus hijos a la familia durante sus permisos. Nosotros no queremos tener tratos con esa familia. Mis hermanos no la conocieron. Al principio, mi madre me arrastraba, a mí, la pequeña, a visitarla. Y después dejé de ir, porque mis tías, debido a mi escandalosa conducta, ya no querían que sus hijas me vieran. Entonces, a mi madre sólo le quedan las fotografías para enseñar, entonces mi madre las enseña, lógicamente, razonablemente, enseña a sus primas hermanas los hijos que tiene. Se siente obligada a hacerlo y por lo tanto lo hace, sus primas es todo lo que queda de la familia, entonces les enseña las fotos de la familia. ¿Se descubre algo de esa mujer a través de esa manera de ser? ¿A través de esa predisposición que tiene para ir hasta el fondo de las cosas sin nunca imaginar que podría renunciar, dejar todo, las primas, las dificultades, los incordios? Creo que sí. En ese valor de la especie, absurdo, reconozco la gracia profunda.

Ya vieja, los cabellos blancos, también ella fue al fotógrafo, fue sola, se hizo fotografiar con su hermoso traje rojo oscuro y sus dos joyas, su largo collar y su broche de oro y jade, un trozo de jade engastado en oro. En la foto está bien peinada, ni una arruga, una imagen. Los indígenas acomodados iban también al fotógrafo, una vez en su vida, cuando veían que la muerte se aproximaba. Las fotos eran grandes, todas tenían el mismo formato, estaban enmarcadas en bonitos marcos dorados y colgaban cerca del altar de los antepasados. Toda la gente fotografiada, he visto a mucha, da casi la misma foto, su parecido era alucinante. No sólo es debido a que la vejez se parece sino también a que los retratos se retocaban, siempre, y de tal modo que las particularidades del rostro, si aún quedaban, se atenuaban. Los rostros se preparaban del mismo modo para afrontar la eternidad, aparecían engomados, uniformemente rejuvenecidos. Era lo que la gente deseaba. Éste parecido —esta discreción— debía vestir el recuerdo de su paso a través de la familia, testimoniar la singularidad de éste y a la vez su efectividad. Cuanto más se parecían más patente debía resultar la pertenencia a la casta familiar. Además, todos los hombres llevaban el mismo turbante, las mujeres el mismo moño, los mismos peinados tirantes, hombre y mujeres el mismo traje de cuello alto. Todos presentaban el mismo aspecto que yo reconocería aún entre todos. Y ese aspecto que mi madre tenía en la fotografía del traje rojo era el suyo, era ése, noble, dirían algunos, y algunos otros, desdibujado.

Nunca más hablan del asunto. Está acordado que él no intentará nada más ante su padre para casarse. Que el padre no tendrá piedad alguna para con su hijo. No la siente por nadie. De todos los emigrados chinos que tienen el comercio del puesto en sus manos, el de las terrazas azules es el más terrible, el más rico, aquél cuyos bienes se extienden más lejos, más allá de Sadec, hasta Cholen, la capital china de la Indochina francesa. El hombre de Cholen sabe que la decisión de su padre y la de la pequeña son la misma y que son inapelables. En último término empieza a comprender que la partida que lo separará de la pequeña es la oportunidad de su historia. Que no está hecha para casarse, que escapará a todo matrimonio, que tendrá que dejarla, olvidarla, devolverla a los blancos, a sus hermanos.

Desde que él enloquecía por su cuerpo, la niña ya no sufría por tenerlo, por su delgadez y, al mismo tiempo, extrañamente, su madre ya no se inquietaba como lo hacía antes, como si también hubiera descubierto que ese cuerpo era finalmente plausible, aceptable, igual que otro. El hombre, el amante de Cholen, cree que el desarrollo de la pequeña blanca ha acusado el calor demasiado fuerte. También ha nacido y ha crecido en este calor. Descubre que tiene ese parentesco con ella. Dice que todos esos años pasados aquí, en este calor intolerable, son la causa de que se haya convertido en una muchacha de ese país de Indochina. Que posee la finura de sus muñecas, sus cabellos tupidos de los que diríase que han acaparado en sí todo el vigor, largos como los suyos, y, sobre todo, esa piel, esa piel de todo el cuerpo que es producto del agua de la lluvia que aquí se guarda para el baño de las mujeres y de los niños. Dice que las mujeres de Francia, a su lado, tienen la piel del cuerpo dura, casi áspera. Añade que la alimentación pobre de los trópicos, hecha de pescados, de frutas, sirve también para algo. Y también los algodones y las sedas de las que están hechos los vestidos, esos vestidos siempre anchos, que dejan el cuerpo lejos de la tela, libre, desnudo.

El amante de Cholen se ha acostumbrado a la adolescencia de la niña blanca hasta perderse. El placer que cada tarde recibe de ella ha dominado su tiempo, su vida. Ya casi no le habla. Quizá cree que la pequeña no comprendería lo que le diría respecto a ella, respecto a ese amor que aún no conocía y del que no sabe decir nada. Quizá descubre que nunca se han hablado, excepto cuando se llaman entre los gritos de la habitación, por la noche. Sí, creo que él no sabía, descubre que no sabía.

La mira. Con los ojos cerrados la sigue mirando. Respira su rostro. Respira la niña, con los ojos cerrados respira su respiración, ese aire cálido que ella exhala. Distingue cada vez menos claramente los límites de su cuerpo, no es como los otros, no está acabado, en la habitación sigue creciendo, aún no ha alcanzado las formas definitivas, se hace a cada instante, no sólo está ahí donde lo ve, también está en otras partes, se extiende más allá de la vista, hacia el juego, la muerte, es flexible, se lanza todo entero al placer como si fuera mayor, en edad, carece de malicia, es de una inteligencia terrible.

Contemplaba lo que hacía de mí, cómo se servía de mí y yo nunca había pensado que pudiera hacerse de este modo, iba más allá de mis esperanzas y conforme al destino de mi cuerpo. Así me convertía en su niña. Para mí él se había convertido en otra cosa. Empezaba a reconocer la dulzura indecible de su piel, de su sexo, más allá de él mismo. La sombra de otro hombre debió cruzar también por la habitación, la de un joven asesino, pero yo no lo sabía aún, nada de eso aparecía aún ante mis ojos. La de un joven cazador debió de cruzar también por la habitación, pero en lo que se refería a ésta, sí, lo sabía, a veces estaba presente en el placer y se lo decía, al amante de Cholen, le hablaba de su cuerpo y también de su sexo, de su inefable dulzura, de su valor en la selva y en los ríos de las desembocaduras de las panteras negras. Todo eso provocada su deseo y le incitaba a tomarme. Me había convertido en su niña. Era con su niña con quien hacía el amor cada tarde. Y, a veces, tenía miedo, de repente se inquietaba por su salud como si descubriera que era mortal y como si se le ocurriera la idea de que podía perderla. Porque es tan delgada, también le entra miedo de repente por eso, brutalmente. Y también por ese dolor de cabeza, que a menudo la hace desfallecer, lívida, inmóvil, una venda húmeda en los ojos. Y también por esa desgana que a veces le inspira la vida, cuando no la domina, y piensa en su madre y de repente grita y llora de rabia ante la idea de no poder cambiar las cosas, hacer feliz a su madre antes de que muera, matar a quienes han provocado ese daño. El rostro de la pequeña en el suyo, el hombre toma esos llantos, los aplasta, loco de deseo por sus lágrimas, por su rabia.

La toma como tomaría a su niña. Tomaría a su niña de la misma manera. Juega con el cuerpo de su niña, le da vuelta, se cubre con ella el rostro, la boca, los ojos. Y la pequeña, la pequeña sigue abandonándose en la dirección exacta que él ha emprendido cuando ha empezado a jugar. Y de pronto es ella quien le suplica, sin decir qué, y el hombre, el hombre le grita que se calle, grita que ya no quiere saber nada de ella, que no quiere gozarla, y helos de nuevo atornillados entre sí, prisioneros entre sí en el espanto, y hete aquí que este espanto vuelve a diluirse, que se le entregan, entre lágrimas, desespero y felicidad.

Callan a lo largo de la noche. En el coche negro que la lleva al pensionado apoya la cabeza en su hombro. El la abraza. Le dice que está bien que el barco de Francia llegue pronto y se la lleve y los separe. Callan durante el trayecto. A veces el hombre le pide al chófer que vaya a lo largo del río para dar una vuelta. Se duerme, extenuada, contra él. La despierta con sus besos.

En el dormitorio la luz es azul. Hay un olor a incienso, siempre lo queman a la hora del crepúsculo. El calor está estancado, todas las ventanas están abiertas de par en par y no hay ni un soplo de aire. Me quito los zapatos para no hacer ruido pero estoy tranquila, sé que la vigilanta no se levantará, que ahora me está permitido llegar a la hora que quiera. Voy enseguida a ver el sitio que ocupa H. L., siempre con un poco de inquietud, siempre con el temor de que se haya escapado del pensionado durante el día. Está. H. L. duerme profundamente. Tengo el recuerdo de un sueño entrecortado, casi hostil. De rechazo. Sus brazos desnudos rodean la cabeza, abandonados. El cuerpo no está correctamente acostado como el de las otras chicas, sus piernas están dobladas, el rostro no se ve, la almohada ha resbalado. Adivino que estuvo esperándome y que después se durmió así, llena de impaciencia, de rabia. También debió de llorar y después cayó en el abismo. Me gustaría despertarla y hablar, las dos juntas, en voz baja. Con el hombre de Cholen ya no hablo, ya no habla conmigo, necesito oír las preguntas de H. L. Posee esta incomparable delicadeza de la gente que no entiende lo que se les dice. Pero despertarla no es posible. Una vez despertada así, en plena noche, H. L. ya no puede dormirse de nuevo. Se levanta, tiene ganas de salir, lo hace, baja las escaleras, avanza por los pasillos, por los grandes patios vacíos, corre, me llama, se siente tan feliz, nada se puede contra eso, y cuando se la castiga sin paseo, se sabe que eso es lo que espera. Dudo, y luego no, no la despierto. Bajo la mosquitera el calor es sofocante, al cerrarla de nuevo parece imposible que pueda soportarse. Pero sé que es porque llego de fuera, de las orillas del río donde siempre hace fresco por la noche. Estoy acostumbrada, no me muevo, espero a que pase. Pasa. Nunca me duermo enseguida, a pesar de las nuevas fatigas en mi vida. Pienso en el hombre de Cholen. Debe de estar en una sala de fiestas, cerca de la Source, con su chófer, deben de beber en silencio, beben licor de arroz cuando están juntos, mano a mano. O bien ha regresado a casa, se ha dormido a la luz de la habitación, siempre sin hablar con nadie. Esa noche ya no puedo soportar pensar en el hombre de Cholen. Ya no puedo soportar pensar en H. L. Diríase que poseen una vida colmada, que eso les viene del exterior de sí mismos. Diríase que no tengo nada parecido. La madre dice: nunca estará contenta de nada. Creo que mi vida ha empezado a mostrárseme. Creo que ya sé decírmelo, tengo vagamente ganas de morir. Ya no vuelvo a separar esa palabra de mi vida. Creo que tengo, vagamente, ganas de estar sola e incluso me doy cuenta de que ya no estoy sola desde que dejé la infancia, la familia del Cazador. Escribiré libros. Eso es lo que vislumbro más allá del instante, en el gran desierto bajo cuyos trazos se me aparece la amplitud de mi vida.

Ya no sé cuáles eran las palabras del telegrama de Saigón. Si se decía que mi hermano menor había fallecido o si decían: ha sido llamado por Dios. Creo recordar que había sido llamado por Dios. La evidencia me invadió: ella no pudo haber enviado el telegrama. El hermano pequeño. Muerto. Primero resulta ininteligible y después, bruscamente, de todas partes, del fondo del mundo, llega el dolor, el dolor me revistió, me arrebató, no reconocía nada, dejé de existir salvo para el dolor, no sabía cuál, si era el de haber perdido un niño unos meses antes de lo que correspondía o si se trataba de un dolor nuevo. Ahora creo que se trataba de un dolor nuevo, a mi hijo muerto al nacer nunca lo conocí y entonces no quise matarme como quería hacerlo aquí.

Se equivocaban. El error que se había cometido, en pocos segundos, se propaló por todo el universo. El escándalo estaba a la escala de Dios. Mi hermano menor era inmortal y no lo habíamos advertido. La inmortalidad había sido encubierta por el cuerpo de ese hermano mientras vivió y nosotros no comprendimos que era en aquel cuerpo donde la inmortalidad se hallaba alojada. El cuerpo de mi hermano estaba muerto. La inmortalidad había muerto con él. Y así andaba ahora el mundo, privado de ese cuerpo visitado, y de esa visita. Nos habíamos equivocado por completo. El error se propaló por todo el universo, el escándalo.

A partir del momento en que estaba muerto, él, el hermano pequeño, todo debía morir después. Y por él. La muerte, en cadena, partía de él, del niño.

El cuerpo muerto del niño en nada se resintió de los sucesos de los que era causa. No conocía el nombre de la inmortalidad que había abrigado durante veintisiete años.

Nadie comprendió excepto yo. Y a partir del momento en que alcancé ese conocimiento tan simple, a saber, que el cuerpo de mi hermano menor también era el mío, yo debía morir. Y morí. Mi hermano menor hizo que me pareciera a él, me atrajo hacia él y morí.

Habría que prevenir a la gente de esas cosas. Enseñarles que la inmortalidad es mortal, que puede morir, que ha ocurrido, que sigue ocurriendo. Que no se muestra como tal nunca, que es la duplicidad absoluta. Que no existe nunca en los pormenores sino en el principio. Que algunas personas pueden encubrir su presencia, a condición de que ignoren el hecho. Al igual que otras personas pueden detectar la presencia en esas gentes, también pueden ignorar que pueden hacerlo. Que la vida es inmortal mientras se vive, mientras está con vida. Que la inmortalidad no es una cuestión de más o menos tiempo, que no es una cuestión de inmortalidad, que es una cuestión de otra cosa que permanece ignorada. Que es tan falso decir que carece de principio y de fin como decir que empieza y termina en la vida del alma desde el momento en que participa del alma y de la prosecución del viento. Mirad las arenas muertas del desierto, el cuerpo muerto de los niños: la inmortalidad no pasa por ahí, se detiene y los esquiva.

En lo que respecta al hermano menor se trató de una inmortalidad sin tacha, sin leyenda, sin accidente, pura, de un solo alcance. El hermano menor no tenía nada que clamar en el desierto, no tenía nada que decir, ni aquí ni en ninguna parte, nada. Carecía de instrucción, nunca llegó a instruirse en nada de nada. No sabía hablar, apenas leer, apenas escribir, a veces creíamos que no sabía ni sufrir. Era alguien que no comprendía y que tenía miedo.

Ese insensato amor que le profeso sigue siendo para mí un insondable misterio. No sé por qué le quería hasta ese extremo de querer morir de su muerte. Hacía diez años que nos habíamos separado y cuando eso sucedió raramente pensaba en él, le quería, parece, para siempre y nada nuevo podía alcanzar ese amor. Yo había olvidado la muerte.

Se hablaba poco juntos, se hablaba muy poco del hermano mayor, de nuestra desdicha, de lo de la madre, de lo de la planicie. Más bien se hablaba de la caza, de carabinas, de mecánica, de coches. Montaba en cólera contra el coche cascado y me contaba, me describía los carricoches que tendría más tarde. Yo conocía todas las marcas de carabinas de caza y todas las de carricoches. También se hablaba, por supuesto, de ser devorados por los tigres a la que nos descuidáramos o de ahogarnos en el río si seguíamos nadando en las corrientes. Era dos años mayor que yo.

Ha parado el viento y bajo los árboles hay esa luz sobrenatural que sigue a la lluvia. Los pájaros gritan con todas sus fuerzas, dementes, afilan el pico contra el aire frío, lo hacen sonar en toda su amplitud de modo ensordecedor.

Los paquebotes remontan la ría de Saigón, motores parados, arrastrados por remolcadores, hasta las instalaciones portuarias que se hallan en los meandros del Mekong a su paso por Saigón. Ese meandro, ese brazo del Mekong, se llama la Rivière, la Rivière de Saigón. La escala era de ocho días. Desde el momento en que los barcos estaban en el muelle, Francia estaba allí. Se podía cenar en Francia, bailar, era demasiado caro para mi madre y además, según ella, no valía la pena, pero con él, con el amante de Cholen, se podría haber hecho. No lo hacía por miedo a ser visto con la pequeña blanca, tan joven, no lo decía, pero ella lo sabía. En aquella época, aún no muy lejana, apenas hace cincuenta años, en el mundo sólo existían los barcos para ir por el mundo entero. Grandes zonas de los continentes aún carecían de carreteras, de trenes. En centenares, miles de kilómetros cuadrados, sólo existían aún los caminos de la prehistoria. Eran los hermosos paquebotes de las Agencias Marítimas, los mosqueteros de lalínea, el Porthos, el Dartagnan, el Aramis, los que unían Indochina con Francia.

Aquel viaje duraba veinticuatro días. Los paquebotes de la línea constituían ya en sí ciudades con calles, bares, cafés, bibliotecas, salones, reuniones, amantes, matrimonios, muertes. Se formaban sociedades azarosas, forzadas, se sabía, no se olvidaba, y por eso se tornaban tolerables e, incluso a veces, inolvidables por su encanto. Eran los únicos viajes de las mujeres. Sobre todo para muchas de ellas, pero, a veces, para algunos hombres, los viajes para trasladarse a las colonias seguían siendo la verdadera aventura de la empresa. Para la madre siempre habían sido, con nuestra primera infancia, lo que ella llamaba “lo mejor de su vida”.

Las partidas. Siempre las mismas partidas. Siempre las primeras partidas por mar. Separarse de la tierra siempre se había hecho con el mismo dolor y el mismo desespero, pero eso nunca había impedido partir a los hombres, los judíos, los pensadores y los viajeros puros del único viaje por mar, y eso tampoco había impedido nunca que las mujeres los dejaran partir, las mujeres que nunca partían, que se quedaban para preservar la tierra natal, la raza, los bienes, la razón de ser de su entorno. Durante siglos, los buques hicieron que los viajes fueran más lentos, más trágicos también de lo que son hoy en día. La duración del viaje cubría la extensión de la distancia de manera natural. Se estaba acostumbrado a esas lentas velocidades humanas por tierra y por mar, a esos retrasos, a esas esperas del viento, las escampadas, los naufragios, el sol, la muerte. Los paquebotes que la pequeña blanca conoció quedaban ya entre los últimos correos del mundo. Fue, en efecto, durante su juventud cuando se establecieron las primeras líneas de avión que, progresivamente, deberían privar a la humanidad de los viajes a través de los mares.

Seguíamos yendo cada día al apartamento de Cholen. El se comportaba como de costumbre, durante un tiempo se comportó como de costumbre, me duchaba con el agua de las tinajas y me llevaba a la cama. Acudía a mi lado, también se tendía pero se había quedado sin energía alguna, sin potencia alguna. Una vez fijada la fecha de la partida, incluso lejana aún, y ya no podía hacer nada con mi cuerpo. Llegó brutalmente, sin él saberlo. Su cuerpo ya no quería saber nada de la que iba a partir, a traicionar. Decía: ya no puedo hacerlo, creía que aún podría, ya no puedo. Decía que estaba muerto. Tenía una sonrisa de excusa muy dulce, decía que quizás ya no se recuperaría nunca más. Le preguntaba si lo hubiera deseado. Reía, casi, decía: no sé, en este momento quizá sí. Su dulzura sobrevivía entera en el dolor. No hablaba de este dolor, nunca dijo una palabra al respecto. A veces, su rostro temblaba, cerraba los ojos y apretaba los dientes. Pero nunca decía nada referente a las imágenes que veía detrás de los ojos cerrados. Hubiérase dicho que amaba ese dolor, que lo amaba como me había amado, muy intensamente, quizás hasta morir, y que ahora lo prefería a mí. A veces decía que quería acariciarme porque sabía que yo deseaba que lo hiciera y que quería mirarme en el momento en que el placer se produjera. Lo hacía y al mismo tiempo me miraba y me llamaba como a su hija. Se había decidido no volver a verse pero no era posible, no había sido posible. Cada tarde lo encontraba delante del instituto, en su coche negro, la cabeza vuelta de vergüenza.

Cuando la hora de la partida se acercaba, el barco lanzó tres llamadas de sirena, muy largas, de una intensidad terrible, se propalaron por toda la ciudad y el cielo, por encima del puerto, se tiñó de negro. Entonces, los remolcadores se acercaron al barco y lo arrastraron hacia el tramo central del río. Una vez hecho esto, los remolcadores soltaron amarras y regresaron al puerto. Entonces, el barco, una vez más, dijo adiós, lanzó de nuevo sus mugidos terribles y tan misteriosamente tristes que hacían llorar a la gente, no sólo a la del viaje, la que se separaba, sino también a la que había ido a mirar, la que estaba allí sin ninguna razón precisa y que no tenía a nadie en quien pensar. El barco, enseguida, muy lentamente, con sus propias fuerzas, se internó en el río. Durante mucho rato se vio su alta silueta avanzar hacia el mar. Mucha gente permanecía allí, mirándolo, haciendo señas cada vez más ralentizadas, cada vez más desalentadas, con sus chales, sus pañuelos. Y luego, por fin, la tierra se llevó la silueta del barco en su curvatura. Con tiempo despejado se le veía oscurecer lentamente.

Ella también, cuando el barco lanzó su primer adiós, cuando se levantó la pasarela y los remolcadores empezaron a arrastrarlo, a alejarlo de la tierra, también ella lloró. Lo hizo sin dejar ver sus lágrimas, porque él era chino y esa clase de amantes no debía ser motivo de llanto. Sin demostrar a su madre ni a su hermano menor que se sentía apenada, sin demostrar nada, como era habitual entre ellos. El gran coche negro estaba allí, con, delante, el chófer de blanco. Ella se hallaba un poco apartada del estacionamiento de las Agencias Marítimas, aislada. Lo había reconocido por esas señales. El iba detrás, esa forma apenas visible, que no hacía ningún movimiento, abatida. Ella estaba acodada en la borda, como la primera vez en el transbordador. Sabía que la miraba. Ella también le miraba, ya no le veía pero seguía mirando hacia la fortaleza del coche negro. Y después, al final, ya no le vio. El puerto se desdibujó y, después, la tierra.

El mar de China, el mar Rojo, el océano Indico, el canal de Suez, despertar por la mañana, y ya estaba, se sabía por la desaparición de trepidaciones, se avanzaba por las arenas. Pero, ante todo, ese océano. Era el más lejano, el más vasto, tocaba el polo Sur, el más largo entre las escalas, entre Ceilán y Somalia. A veces estaba tan calmo y el tiempo tan puro que, al atravesarlo, se trataba como de otro viaje distinto de aquél mar a través. Entonces el barco entero se abría, los salones, las crujías, los ojos de buey. Los pasajeros huían de sus tórridos camarotes e incluso dormían en el puente.

En el curso de un viaje, durante la travesía de ese océano, avanzada la noche, alguien moría. Ella ya no sabe exactamente si fue en el curso de ese viaje o de otro viaje cuando sucedió. Había gente jugando a cartas en el bar de Primera, entre esos jugadores había un hombre joven y, en un momento dado, ese hombre joven, sin una palabra, dejó sus cartas, salió del bar, atravesó corriendo el puente y se arrojó al mar. El tiempo de detener el barco que iba a toda velocidad y el cuerpo ya se había perdido.

No, al escribirlo, no ve el barco sino otro lugar, donde ha oído contar la historia.

Fue en Sadec. El hijo del administrador de Sadec. Lo conocía. También iba al instituto de Saigón. Lo recuerda, muy alto, el rostro muy dulce, moreno, las gafas de concha. En el camarote no encontraron nada, ninguna carta. La edad permaneció en la memoria, terrorífica, la misma, diecisiete años. Al alba, el barco reemprendió la marcha. Lo más terrible fue eso. La salida del sol, el mar vacío, y la decisión de abandonar la búsqueda. La separación.

Y otra vez, en el curso de ese mismo viaje, durante la travesía de ese mismo océano, también ya estrenada la noche, en el gran salón del puente principal se produjo el estallido de un vals de Chopin que conocía de un modo secreto e íntimo porque había intentado aprenderlo durante meses y nunca había logrado interpretar correctamente, nunca, lo cual fue motivo de que, enseguida, su madre consintiera en permitirle abandonar el piano. Esa noche, perdida entre noches y noches, de eso estaba segura, la chiquilla la pasó en ese barco y estuvo allí cuando se produjo el estallido de la música de Chopin bajo el cielo iluminado de brillanteces. No había un soplo de viento y en el paquebote negro, la música se propaló por todas partes, como una exhortación del cielo de la que no se supiera de qué trataba, como una orden de Dios de la que se ignoraba el contenido. Y la joven se levantó como para ir a su vez a matarse, a arrojarse a su vez al mar y después lloró porque pensó en el hombre de Cholen y no estaba segura, de repente, de no haberle amado con un amor que le hubiera pasado inadvertido por haberse perdido en la historia como el agua en la arena y que lo reconocía sólo ahora en este instante de la música lanzada a través del mar.

Como más tarde la eternidad del hermano pequeño a través de la muerte.

A su alrededor la gente dormía, envuelta en la música pero sin despertarse por su causa, tranquila. La muchacha pensaba que acababa de ver la noche más calma que nunca más volvería a darse en el océano Indico. Cree que fue también en el transcurso de esa noche cuando vio llegar hasta el puente a su hermano menor con una mujer. El se había acodado en la borda, ella le había abrazado y los dos se habían besado. La muchacha se había escondido para ver mejor. Había reconocido a la mujer. Con el hermano menor ya no se dejaban nunca. Era una mujer casada. Se trataba de una pareja muerta. El marido parecía no darse cuenta de nada. Durante los últimos días del viaje el hermano menor y la mujer permanecían toda la jornada en el camarote, sólo salían por la noche. Durante esas mismas jornadas hubiérase dicho que el hermano menor miraba a su madre y a su hermana sin reconocerlas. La madre se había vuelto arisca, silenciosa, celosa. La pequeña lloraba. Se sentía feliz, creía, y al mismo tiempo tenía miedo de lo que, más tarde, le sucedería al hermano menor. Creyó que las dejaría, que se marcharía con esa mujer, pero no, al llegar a Francia se les unió de nuevo.

No sabe cuánto tiempo después de la partida de la niña blanca ejecutó él la orden del padre, cuándo llevó a cabo esa boda que le ordenó hacer con la joven designada por las familias desde hacía diez años, cubierta también de oro, de diamantes, de jade. Una china también originaria del Norte, de la ciudad de Fu-Chuen, llegada en compañía de la familia.

Debió pasar mucho tiempo sin poder estar con ella, sin llegar a darle el heredero de las fortunas. El recuerdo de la pequeña blanca debía de estar allí, tendido, el cuerpo, allí, atravesado en la cama. Durante mucho tiempo debió de ser la soberana de su deseo, la referencia personal a la emoción, a la inmensidad de la ternura, a la sombría y terrible profundidad carnal. Después llegó el día en que eso debió resultar factible. Precisamente aquél en que el deseo de la niña blanca debía de ser tal, insostenible hasta tal extremo que hubiera podido encontrar de nuevo su imagen total como en una fiebre intensa y poderosa, y penetrar a la otra mujer de ese deseo de la pequeña, la niña blanca. A través de la mentira debió encontrarse en el interior de esa mujer y, a través de la mentira, hacer lo que las familias, el Cielo, los antepasados del Norte esperaban de él, a saber, el heredero del apellido.

Quizá conocía la existencia de la muchachita blanca. Tenía sirvientas nativas de Sadec que conocían la historia y que debieron hablar. No debía de ignorar su pena. Deberían ser de la misma edad, dieciséis años. ¿Vio llorar a su esposo aquella noche? Y, al verlo, ¿lo consoló? Una joven de dieciséis años, una novia china de los años treinta, ¿podía, sin resultar inconveniente, consolar esa clase de pena adúltera de la que se resarcía? Quién sabe. Quizá se equivocara, quizá lloró con él, sin una palabra, durante el resto de la noche. Y después el amor llegó enseguida, después de los llantos.

Ella, la muchachita blanca, la pequeña, nunca se enteró de esos acontecimientos.

Años después de la guerra, después de las bodas, de los hijos, de los divorcios, de los libros, llegó a París con su mujer. El le telefoneó. Soy yo. Ella le reconoció por la voz. El dijo: sólo quería oír tu voz. Ella dijo: soy yo, buenos días. Estaba intimidado, tenía miedo, como antes. Su voz, de repente, temblaba. Y con el temblor, de repente, ella reconoció el acento de China. Sabía que había empezado a escribir libros. Lo supo por la madre a quien volvió a ver en Saigón. Y también por el hermano menor, que había estado triste por ella. Y después ya no supo qué decirle. Y después se lo dijo. Le dijo que era como antes, que todavía la amaba, que nunca podría dejar de amarla, que la amaría hasta la muerte.

 

Neauphle-le-Château, París,
Febrero-Mayo de 1984

 

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