La edad del idiota: 15. Juana La Loca

Diego M. Rotondo

 

15

JUANA LA LOCA

«Es mejor que empieces a hacerte cargo de tu hijo, lo ves media hora por semana, al menos preguntale qué le pasa…». Mamá se encerró en la cocina para hablar por teléfono con papá, se cree que no la oigo. «¡No! A mí no me dice… sé que tiene líos con algún boludo del colegio, porque ya van varias veces que trae la ropa escupida… ». Camina de la cocina al balcón, ida y vuelta, se nota que está descalza, sus talones golpean el piso con un sonido seco. «¿Y por qué siempre tengo que ir yo a hablar, eh?… estoy todo el día rompiéndome el lomo en la máquina para entregar los pedidos y vos te lo pasas en Los Caballos… ¡El bar está a dos cuadras del colegio, ché! No te cuesta nada pasar a buscarlo un día y llevarlo a tomar un café con leche…». Su voz se aleja y se acerca a medida que camina. «Tiene casi 14 años, Tito… ya no me cuenta las cosas como antes. Además, en este asunto lo mejor sería que tuviese una figura masculina que lo aconseje, ¿no te parece?…». Abre la heladera y saca una botella. «¡No! ¿¡Qué regalo!? No quieras arreglar todo con cosas materiales, él necesita hablar.». Si mamá piensa que yo voy a contarle algo a mi padre, está demente. «Estoy de acuerdo con lo del psicólogo, pero eso no te desliga de tu responsabilidad como padre, y no para darle plata solamente…». ¡Pero si a mí me encanta que me dé plata! «Tito, vos estás divorciado de mí, no de tu hijo… Sólo te pido que converses un poco con él. Y lo del psicólogo se lo voy a preguntar a Mirta, que ella manda al tarado del hijo a uno…». Mamá se despide fríamente y empotra el tubo del teléfono con furia. «Ta que te parió…», masculla.

Creo que mamá ignora que nuestra casa tiene una gran acústica; aunque mi habitación está separada de la cocina por una pared de 30 centímetros de ancho, su voz irritada atraviesa las puertas, se desplaza por los pasillos y resuena en todos los ambientes. Igual pienso que quería que yo la escuche, que supiera lo preocupada que está. Mi padre nunca habla conmigo salvo para preguntarme si necesito plata. Me acostumbré a esa relación y hasta podría decir que la disfruto. No es que él no me quiera ni que yo no lo quiera… es que desde que se separó de mamá se creó un muro entre nosotros, un muro a prueba de afectos. No hay abrazos ni palmadas, sólo un leve roce de orejas y unos billetes. Papá expresa su cariño de esa forma: dándote plata. Y a mí no me molesta, la plata me es más útil que el cariño. Mamá es diferente, ella no me da plata pero me persigue por toda la casa tratando de besuquearme. Papá no es rico, pero le va bien, cambia de auto todos los años y se viste con ropa cara. Aunque al lado de los padres forrados de Los Sacristanes es un pobre diablo.

Ayer pasó algo increíble: fui al colegio dispuesto a enfrentar a Ricardo y apuñalarlo si era necesario. Pero a los 10 minutos de entrar a clase apareció Claudio, el preceptor, y se llevó a Ricardo a rectoría. Claudio nos dijo que lo iban a suspender de nuevo, quedando al borde de la expulsión. Pocas veces me sentí tan contento.

En el primer recreo nos enteramos de que Ricardo le había faltado el respeto a una señora un rato antes de entrar al colegio. Eso era lo poco que nos había contado Claudio. ¿Qué había hecho el idiota de Ricardo para causar todo ese revuelo?… Me enteraría esa misma tarde al llegar a casa y encontrar a mamá y a la tía Juana tomando mate en el living.

Juana es media hermana de mamá y tiene 15 años menos. Las dos nacieron en Santa Fé, en un pueblito llamado Venado Tuerto. Cuando Juana nació mamá se encargó de cuidarla, al igual que había hecho con sus otros hermanos menores. En total eran 25 entre hermanos y medios hermanos. Vivían en una granja y pasaban sus días jugando con las gallinas, los cerdos y las vacas. A los 18 mamá se vino a Buenos Aires a buscar laburo y ya no regresó. La mayoría de mis tíos se fueron yendo a vivir a diferentes pueblos de Santa Fé. Juana siguió los pasos de mamá, al cumplir los 17 se vino para Buenos Aires y se instaló en Mar del Plata. Ahí estudió peluquería y después de un tiempo puso su propio negocio. Acabó casándose con uno de sus clientes. Al poco tiempo se mudaron a Capital, vivieron unos años en Palermo y volvieron a mudarse; esta vez a nuestro barrio, a unas pocas cuadras de mi casa. Mamá se puso muy contenta de tener a Juana tan cerca. Habían comprado una casa muy linda, que estaba justo a la vuelta de Los Sacristanes. Como tenían pileta, en verano íbamos todos los fines de semana. A Juana y al Negro, su marido, les encantaba que los visitáramos. El Negro hacía asados deliciosos, a veces lechones o incluso corderos. Siempre decía: «todo bicho que camina va a parar a la cocina»; y era cierto, había pasado su juventud viviendo en la selva misionera, era capaz de cocinar un sapo o una serpiente si era necesario.

La tía Juana tiene el mismo temperamento sulfuroso que mamá; si alguien la hace enojar es capaz de partirle un ladrillo en la cabeza. No tiene problemas en agarrarse a golpes con cualquiera que la provoque; a veces les tira piedrazos a los automovilistas que le dicen guarangadas por la calle. Y es que es muy linda, muy exótica, tiene el cutis trigueño y los ojos cristalinos, casi blancos. Muchos dicen que se parece a Sofía Loren. Yo me puedo quedar horas mirando los ojos de la tía. Su marido, en cambio, es bien feo, aunque su fealdad tiene cierto atractivo. Su cara es como de indio, agrietada y curtida por el sol del norte.

El Negro puede hacerme reír hasta vomitar; en las reuniones familiares, cuando empieza con sus guarangadas, las mujeres se hacen pis encima y tienen que irse corriendo al baño. Le gusta travestirse y pasearse por la puerta de calle frente a todos los vecinos, que lo miran espantados. Una vez se puso una malla de mamá, una peluca plateada y salió al balcón a saludar a los hombres que pasaban. Fue él quien me mostró una revista porno por primera vez; yo tenía 11 años; me dijo: «¿querés saber cómo es una concha?». Entonces trajo una Eroticón que traía las dos páginas del medio ocupadas por una vagina gigante y peluda que me hacía acordar al alienígena de la película Depredador. Me pareció algo espantoso y en ese momento dije que yo nunca iba meter mi pito en una cosa así.

Juana se levanta del sillón y me estampa un beso en la mejilla.

—No sabés lo que me pasó hoy con un pibe de tu cole —me dice.

—¿Qué? —le pregunto, intuyendo de qué pibe está hablando.

—Mirá que me he topado con muchos pajeros desde que vine a Buenos Aires. ¡Pero pajeros grandes!, ¡y no borreguitos degenerados como éste!…

—Por ahí lo conocés —dice mamá—. Por la edad tiene que ser de tu mismo año.

—Dejá que termine de contarle, negra —la interrumpe Juana—. Después nos va a decir si lo conoce o no.

—¿Entonces? ¿Qué te hizo? —le pregunto.

—Yo salí para tomar el colectivo a las 7:15. Al llegar a la parada siento que alguien viene pedaleando detrás de mí, por la vereda. Ni me di vuelta porque imaginé que era uno de los pibes que iban para el colegio. Y de repente, una mano me agarra del culo de una forma que ni el Negro me ha agarrado. —Juana, que es muy guarra, gira la cadera y se mete la mano en la ralla del culo de su pantalón—. Como llevaba la pollera finita me metió el dedo bien adentro el hijo de puta.

Se me aflojaron las piernas. Tuve que sentarme en el apoya brazos del sofá para seguir escuchando.

—Después de meterme la mano hasta el alma salió rajando, pedaleando a toda velocidad. Llevaba el uniforme puesto, así que no había forma de que se me escape. Caminé en llamas hasta el colegio, fui directamente a la rectoría y le pegué una patada a la puerta. El rector se quedo patitieso. Y ahí le solté todo: «¡Un pajero de este colegio acaba de violarme con la mano! Es alto, de unos 14 años, y tiene una bicicleta blanca de esas tipo cross. ¡Me lo trae acá ahora mismo o llamo a la policía y a Nuevediario!» —le reclamé.

En ese momento de la historia empecé a sentirme mejor. Juana prosiguió:

—El tipo se levantó y me pidió que me calmara. Vos sabés que cuando yo me enojo arde Troya —me dice—. Me ofreció sentarme y me pidió que le describiera mejor al alumno, al que yo sólo había visto de espaldas pero que tenía esa bicicleta inconfundible. Además alcancé a ver un nombre que tenía escrito en la mochila.

Richard, pensé.

—Le dije: tiene escrito un nombre en la mochila, un nombre en inglés, creo que Richard o algo así. Me dijo que ya se imaginaba quién era. Mandó a llamar al preceptor y le ordenó que fuera buscarlo.

—Seguí contándole dale… —le insiste mamá.

—Al rato me lo traen al pajerito… Alto, morocho y con una cara de pelotudo importante. «¿Es éste el alumno que le faltó el respeto, señora?», me preguntó el rector. Yo no respondí, lo miré de arriba abajo al pendejo, que me esquivaba la mirada y parecía estar tentado de la risa. Me acerqué y le clavé la rodilla en las pelotas. Le di tan fuerte que se cayó y se puso a llorar como un mariquita. El rector me agarró de los brazos y me dijo: «¿¡usted está loca!? ¿Cómo le va a pegar así? ¡Es un menor, señora! Podemos denunciarla.». Yo me di vuelta y lo miré: «¿Denunciarme? ¿El pendejo de mierda me metió los dedos hasta el colon y usted me va a denunciar a mí?… ¿qué le parece si yo lo denuncio a él, y a sus padres, y de paso a todo el colegio por educar violadores? Porque esto es considerado una violación, ¿lo sabe no?»…

El rector la convenció de que no denunciara a Ricardo, que ellos se iban a encargar de expulsarlo del colegio. Eso la serenó bastante. Igual, más allá de que había hecho su propia justicia, aquel momento en el que le metió la mano en el culo debió haber sido bastante feo para ella; nos dimos cuenta de que le había afectado porque ni siquiera se lo contó al Negro.

Pero el rector le mintió, Ricardo no fue expulsado, sólo suspendido dos días. Por supuesto volví a cruzarme con él, pero todo fue diferente, a él le quedaba sólo una amonestación para perder el año, no podía ni abrir la boca. Ese fue su final, y por supuesto todos se aprovecharon. Esa última semana de Primer año le dieron una sobredosis de su propia medicina. Lo acosaron, lo insultaron, le escondieron las cosas, le metieron caca de perro en la mochila, lo escupieron y lo trataron de comeviejas. Le hicieron de todo y él no pudo revelarse, no pudo ir al rector a contarle porque ya no le creía nada. Yo me alegré, y a pesar de que no participé, festejé calurosamente cada acoso que sufrió.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s