Hombres en el sol (II)

Gassan Kanafani

 

El acuerdo

Marwán y su compañero As’ad llegaron con algo de retraso a la cita con Abuljaizarán, que los esperaba ya con Abu Kais en la acera de la avenida paralela al Chott. Los dos estaban sentados en un gran banco de cemento.

—Ya está reunida toda la banda, ¿no es así? —exclamó Abuljaizarán, mientras con una mano daba palmadas a Marwán en el hombro y tendía la otra para saludar a As’ad.

—Así que éste es tu amigo. ¿Cómo se llama?

Marwán contesta lacónico.

—As’ad.

—Déjenme ahora que les presente a mi viejo amigo Abu Kais. Ya está completo el grupo. No estaría de más que hubiera otro… pero, bueno, así basta, tampoco está mal.

—A lo que parece eres palestino —dijo As’ad—. ¿Eres tú el que nos va a pasar a Kuwait?

—Sí, yo.

—¿Cómo?

—Eso es asunto mío.

Rió As’ad con ironía y después, en un tono cortante, mientras arrastraba lentamente las palabras:

—No, señor, es asunto nuestro. Tienes que explicarnos todos los detalles. No queremos disgustos desde el principio.

Abuljaizarán contestó, tajante:

—Les explicaré todo después que lleguemos a un acuerdo, pero no antes…

As’ad replico:

—No es posible que nos pongamos de acuerdo hasta que no sepamos todo de cabo a rabo. ¿Qué piensan ustedes, amigos?

Ninguno de los dos respondió y As’ad insistió:

—¿Qué piensa el tío Abu Kais?

—Lo que piensen ustedes.

—¿Qué piensas tú, Marwán?

—Yo, lo que digan ustedes.

As’ad dijo entonces con tono resuelto:

—Bien, no perdamos tiempo. Me parece que el tío Abu Kais no es muy ducho en estas lides, y para Marwán, es su primera experiencia. Yo soy perro viejo en estas artes. ¿Están de acuerdo con que hable en nombre de todos?

Abu Kais hizo un gesto con la mano en señal de asentimiento y Marwán movió la cabeza con un gesto afirmativo. As’ad se volvió entonces hacia Abuljaizarán:

—¿Ves?… Lo dejan todo en mis manos. Quiero decirte algo: todos somos del mismo país. Nosotros queremos ganar algún dinero y tú también. Correcto. Pero las cosas tienen que ser como es debido, con todas las de la ley. Así que vas a explicarnos con todo detalle y a decirnos exactamente cuánto nos cobrarás. Y, por supuesto, el dinero te lo daremos cuando hayamos llegado, no antes.

Abu Kais:

—El amigo As’ad tiene razón. Tenemos que enterarnos de todo. Como dice el refrán: «lo que empieza con condición termina a satisfacción».

Abuljaizarán sacó las manos de los bolsillos y después de posarlas en las caderas, paseó con lentitud una mirada glacial por todos los rostros hasta detenerse en As’ad.

—En primer lugar, son diez dinares cada uno. ¿De acuerdo?

Abu Kais respondió:

—De acuerdo.

As’ad lo cortó en seco:

—Hazme el favor… me has encargado de este asunto, así que déjame hablar.

—Diez dinares es mucho. Un «pasador» profesional cobra quince y…

Abuljaizarán lo interrumpió:

—Veo que ya ni antes de empezar estamos de acuerdo. Eso era lo que yo temía. Diez dinares y ni un céntimo menos… Adiós.

Dio media vuelta como para irse, pero apenas había dado dos pasos lentamente cuando Abu Kais lo retuvo gritando:

—¿Por qué te enfadaste? No hacíamos más que discutir el asunto. El buen entendimiento hermano, necesita paciencia.

—Bueno, te daremos diez dinares. Pero ¿cómo vas a llevarnos?

—¡Ah!, por fin, vamos al grano. Veamos.

Abuljaizarán se sentó en el banco de cemento, mientras los otros tres permanecían de pie en torno suyo. Ayudado por sus largas manos, se extendió en explicaciones:

—Tengo un camión con el que puedo pasar legalmente la frontera. ¡Ah!, tengo que decirles que el camión no es mío. Soy un hombre pobre, más que ustedes. Todo lo que tengo que ver con ese camión, es que soy el chofer. El dueño es un hombre muy rico y famoso. Por eso, no lo detendrán mucho tiempo en la frontera ni lo registrarán. Como les decía, el dueño del camión es persona conocida y respetada, el camión es conocido y respetado, y el chofer, también, por supuesto.

Abuljaizarán era un conductor hábil. Antes de 1948 había servido durante más de cinco años en el ejército británico en Palestina, y cuando dejó el ejército para unirse a un grupo de combatientes, tenía fama de ser el mejor conductor de camiones que pudiera encontrarse. Por ello, se recurrió a él, en Taira, para conducir un viejo vehículo blindado del que se habían apoderado los hombres de la aldea después de un ataque de los judíos. Aunque no era experto en conducir blindados, no quería decepcionar a todos los que observaban desde ambos lados de la carretera. Por ello, se escabulló a través de la escotilla y el motor no tardó en empezar a zumbar. El blindado avanzó algo por la rampa de arena hasta parase en seco. Todos los intentos de Abuljaizarán para volver a ponerlo en marcha resultaron vanos. Grande fue la decepción de todos los hombres, y la suya aún mayor. Su experiencia en el mundo de la mecánica se había enriquecido, de todos modos, con una más, y hay que decir que ello le había servido de mucho, cuando entró a formar parte del equipo de choferes de Hay Rida en Kuwait.

Un día logró conducir un camión cisterna durante más de seis horas por un camino lleno de sal y de barro, sin atascarse como les sucedió a los demás de la caravana. El Hay Rida había salido con algunos de sus hombres a pasar varios días en el desierto, cazando. Pero la primavera era engañadora y, como al regreso el camino parecía blanco y firme, los choferes se lanzaron por él sin la menor aprensión. Y he aquí que todos los automóviles, tanto los grandes como los pequeños, se estancaron en el barro uno tras otro. Abuljaizarán, que conducía su camión detrás de los demás, prosiguió su camino con destreza, sin el menor tropiezo. Cuando llegó a donde estaba el automóvil de Hay Rida, uno gris que estaba hundido tres cuartas partes en el barro, se detuvo, salió del camión y se acercó al mismo.

—¿Qué le parece si montara en mi camión? Para sacar del barro a esos autos se necesitan más de cuatro horas y en ese tiempo podrá usted estar de vuelta en su casa.

—¡Buena idea! Prefiero tener que soportar el ruido del motor de tu camión antes que quedarme aquí esperando cuatro horas.

Durante seis horas condujo Abuljaizarán su camión por aquel terreno engañador que, por estar recubierto en una capa muy fina de sal, daba la impresión de ser blanco y firme. Durante todo el trayecto, Abuljaizarán daba al volante pequeños movimientos leves y rápidos, ora a la derecha ora a la izquierda, de forma que las dos ruedas delanteras abrían un camino un poco más ancho del necesario.

El Hay Rida, satisfecho de la habilidad de Abuljaizarán, habló de ello a todos sus amigos durante meses. Pero todavía fue mayor su satisfacción cuando supo que Abuljaizarán había rechazado las numerosas ofertas que había recibido para trabajar con otra gente, tan pronto como empezaron a correr las noticias sobre su destreza. Lo llamó a su presencia y, después de felicitarlo, le aumentó algo el sueldo. Pero lo más importante era que el Hay Rida imponía como condición que Abuljaizarán lo acompañara a todas las cacerías o a cualquier otro viaje que hiciera.

La semana anterior había salido con una caravana de automóviles a una cacería organizada especialmente para los invitados que recibía en su casa. Abuljaizarán tenía el encargo de conducir el camión cisterna y acompañar a la caravana durante toda la cacería para suministrar agua a los participantes en la expedición, la cual duraría más de dos días. Pero la caravana se había adentrado tanto en el desierto que, al regreso, el Hay Rida había preferido seguir otro camino que llevaba a Al-Zubair, desde donde podía tomar la carretera principal hasta Kuwait. Abuljaizarán podría haber estado en aquel momento en Kuwait con el resto de la caravana si no hubiera sido porque su camión había tenido una pequeña avería que lo obligó a permanecer dos días más en Basora para repararla. Después alcanzaría a los que habían precedido.

—¿Así que lo que quieres es aprovechar el viaje de regreso para llevarnos en la cisterna del camión?

—Exacto. Me dije a mí mismo: ¿por qué no aprovechas esta ocasión y te ganas un dinero ya que estás aquí y que el camión no lo registras?

Marwán miró a Abu Kais y después a As’ad, quienes le devolvieron la mirada con un gesto de interrogación.

—Escucha, Abuljaizarán, este juego no me gusta. ¿Cómo se te puede ocurrir semejante cosa? Con un calor como el que hace, ¿quién se va a sentar en una cisterna cerrada?

—No dramaticemos las cosas. No sería esta la primera vez… ¿Sabes lo que pasará?, pues que bajarán a la cisterna cincuenta metros antes del puesto fronterizo en Safwan. Allí me detendré menos de cinco minutos, y cincuenta metros después volverán a salir arriba. Luego, precisamente antes de la frontera, repetiremos la función otros cinco minutos, y ¡completo!, se encontrarán en Kuwait.

As’ad bajó la cabeza y fijó la mirada en el suelo por breves instantes mientras se mordía el labio inferior. Marwán se puso a jugar con una frágil caña, y Abu Kais miraba con insistencia a Abuljaizarán. Marwán rompió el silencio:

—¿Y habrá agua en la cisterna?

Estalló Abuljaizarán en una carcajada y As’ad no pudo menos que sonreír ante la pregunta.

—Por supuesto que no. ¿Qué es lo que te crees? Soy «pasador», no profesor de natación.

Y como si la idea le hubiera gustado, rió con estridencia, mientras se daba golpes en las nalgas y giraba sobre sus talones.

—¿Conque crees que soy profesor de natación, eh? No, muchacho, la cisterna hace seis meses que no ve el agua.

As’ad contestó con calma:

—Creía que habías transportado agua hace sólo una semana para esa cacería…

—¡Uf!, ya sabes lo que quería decir…

—No, no lo sé.

—Quería decir hace diez meses. La gente exagera a veces… Y ahora, ¿qué?, ¿llegamos a un acuerdo? Terminemos de una vez esta reunión que si nos oyen puede ser peligroso.

Abu Kais se preparaba para decir la última palabra, pero antes de abrir la boca su mirada recorrió los rostros de los demás, y se detuvo en As’ad como esperando ayuda de él. Después se acercó a Abuljaizarán:

—Escucha, Abuljaizarán, soy un pobre diablo que no entiende nada de todos estos líos… pero esa historia de la cacería no me gusta. Nos dijiste que habías llevado agua para el Hay Rida y ahora nos vienes con que la cisterna del camión no ha olido el agua desde hace seis meses. Te diré con franqueza, y espero que no te ofendas, que hasta dudo que tengas un camión.

Abu Kais se volvió hacia los demás y prosiguió con voz afligida:

—Prefiero pagar quince dinares y atravesar el desierto con un «pasador». No quiero más problemas.

Abuljaizarán volvió a reír, elevó el tono de voz, y dijo:

—Anda, ve y haz la prueba. ¿Crees que no conozco a esos «pasadores»? Los dejarán abandonados a mitad del camino. Se esfumarán como un terrón de sal en el agua y después serán ustedes los que se derretirán bajo la canícula de agosto sin que nadie piense en su suerte. Ve, ve y haz la prueba. Otros muchos lo intentaron antes que tú. ¿Por qué crees que se hacen pagar antes?

—Pues conozco a muchos que llegaron gracias a esos «pasadores».

—Un diez por ciento como mucho. Puedes ir y preguntarles. Todos te dirán que al final del camino llegaron sin «pasador» y sin guía y que, si se salvaron, fue gracias a su buena estrella.

Al escuchar aquellas palabras, Abu Kais quedó inmóvil, como petrificado, parecía por un momento que fuera casi a desplomarse. Al verlo en aquel estado, Marwán se dio cuenta, de pronto, que Abu Kais tenía un parecido asombroso a su padre. Lo contemplaba absorto, incapaz de atender a ninguna otra cosa. Al fin apartó la mirada de él… Abuljaizarán había empezado a chillar:

—Tienen que decidirse rápido. No tengo tiempo que perder. Se los juro por mi honor.

As’ad contestó con voz glacial:

—Deja el honor a un lado, que las cosas van mejor cuando no se jura por el honor.

Abuljaizarán se volvió hacia él:

—Ahora, señor As’ad, usted que es hombre inteligente y con experiencia, ¿qué opina?

—¿Qué opino sobre qué?

—Sobre el asunto.

Sonrió As’ad, pero al ver que Abu Kais y Marwán esperaban oír su decisión, empezó a hablar en tono pausado y sarcástico:

—En primer lugar, permítenos que no creamos ni una sola palabra de toda esa historia de la cacería. Me parece que el Hay Rida y tú trabajan juntos en eso del contrabando. Permíteme un momento, déjame terminar. El Hay Rida piensa que pasar a la gente clandestinamente en el viaje de vuelta es coser y cantar. Por eso, lo deja a cargo tuyo. Tú le dejas a él, a cambio, el contrabando de las cosas importantes… y una parte razonable de los beneficios. O si no, puede que el Hay Rida no esté enterado de que te dedicas a pasar gente en el viaje de vuelta.

Sonrió Abuljaizarán y mostró de nuevo sus blancos dientes como si no quisiera responder a As’Ad. Marwán intervino de pronto:

—¿Y la historia de la cacería?

—¡Uf!, esa historia es para los del puesto fronterizo, pero Abuljaizarán no pensó que había ningún mal en contárselas.

Su sonrisa se hizo aún más amplia mientras pasaba la mirada de uno a otro sin pronunciar palabra. Por un momento pareció que fuera un tonto.

—Pero el Hay Rida, ¿qué es lo que pasa de contrabando? —preguntó Abu Kais—. Antes dijiste que era rico.

Todas las miradas se posaron en Abuljaizarán, quien, de pronto, dejó de sonreír y su rostro adoptó, de nuevo, un gesto de indiferencia y de autoridad. Después, dijo tajante:

—Bueno, basta ya de dimes y diretes. Señor As’ad, no debe usted creerse tan listo como pretende. ¿Qué han decidido ustedes?

—A mí lo único que me importa es llegar a Kuwait. Lo demás tanto me da. Por eso, me iré con Abuljaizarán.

Marwán exclamó con entusiasmo:

—Yo también, iré con ustedes dos.

Y Abu Kais agregó con timidez:

—Yo estoy ya viejo, pero ¿creen ustedes que podré acompañarlos?

Rió Abuljaizarán con estrépito y después pasó su brazo por el de Abu Kais:

—Vamos, vamos, Abu Kais, ¿quién te metió eso en la cabeza? ¿Fue Um Kais? Nada de eso, tú vienes con nosotros.

Caminaron juntos unos pasos, mientras Marwán y As’ad permanecían de pie cerca del banco de cemento. Abuljaizarán volvió la cabeza y les gritó por encima del hombro:

—Abu Kais dormirá en el camión conmigo. Mañana bien temprano pasaré a recogerlos, tocaré la bocina delante del hotel.

El camino

Subir al techo del camión no fue demasiado difícil. Aunque arriba el sol quemaba sin piedad, con la velocidad corría un vientecito que mitigaba el calor infernal. Para la primera parte del viaje, a Abu Kais y a Marwán les había tocado ir arriba, mientras que As’ad iba sentado en la cabina junto al chofer. As’ad se decía para sus adentros: «Al viejo pronto le tocará sentarse aquí a la sombra. Por ahora no hay que preocuparse, el sol todavía es soportable, pero cuando sean las doce, ¡vaya si tendrá suerte de estar aquí dentro!».

Abuljaizarán le hablaba y se esforzaba porque su voz se oyera por encima del rugido del motor:

—¿Ves esos cincuenta kilómetros? Son como el camino que Dios nos ha prometido que atravesaríamos en el más allá antes de ir al infierno o al cielo. El que cae, va al infierno, el que lo atraviesa, va al cielo. Sólo que aquí los ángeles son los aduaneros.

Estalló en carcajadas mientras gesticulaba con las manos y la cabeza sobre el volante, como si no fuera él, sino otro, el que acabara de soltar aquella ocurrencia.

—¿Sabes?, tengo miedo de que la mercancía se nos eche a perder allá arriba.

Hizo un gesto con la cabeza para señalar el techo de la cisterna donde iban sentados el viejo y Marwán. Después estalló de nuevo en carcajadas.

—Dime, Abuljaizarán, ¿nunca te has casado?

—¿Yo?

Su voz sonaba extraña. El rostro, antes jovial, se le había ensombrecido de pronto. Para tratar de vencer su emoción, dijo con una voz que quería ser natural:

—¿Por qué me lo preguntas?

—No, no, nada… Me decía que llevas una vida estupenda. No tienes a nadie que te retenga aquí ni allá, y puedes volar donde se te antoje, volar, volar, volar, libre como los pájaros.

Abuljaizarán levantó la cabeza y cerró a medias los párpados para protegerse de los rayos del sol que daban en el parabrisa.

La luz era intensa, cegadora, hasta el punto que no se podía ver nada. Sentía un dolor horrible como si le clavaran un tornillo entre las nalgas. Luego terminó por darse cuenta de que estaba con las dos piernas suspendidas hacia arriba atadas a unas anillas, mientras mucha gente se afanaba a su alrededor. Cerró los ojos; después, los abrió cuanto pudo. La luz del proyector, suspendido encima de su cabeza, le cegaba la vista y le impedía ver el techo. Atado en aquella posición extraña, no conseguía recordar más que una sola cosa de lo que hasta entonces le había sucedido. Corría con los demás hombres armados cuando algo como el infierno explotó ante él y lo hizo caer de bruces. Eso era todo. Pero ahora, aquel dolor atroz que le atenazaba los muslos y la luz del enorme proyector suspendido encima de los ojos, que lo obligaba a apretar los párpados con todas sus fuerzas cuando lo que él quería era ver lo que pasaba a su alrededor… De pronto se le ocurrió una idea horrible y se puso a gritar como un loco. Sintió que una mano envuelta en un guante viscoso le tapaba la boca, y sin poder recordar quién era el que le hablaba entonces, llegó hasta él una voz como si fuera a través del algodón:

—Sea usted razonable. De todos modos, esto es mejor que la muerte.

No sabía si habrían oído el alarido que se le escapó de entre los dientes, mientras la mano viscosa seguía tapándole la boca o si aquel grito se había ahogado en su garganta. Pero, en todo caso, desde entonces oía sin cesar aquella voz como si fuera otro quien le gritara al oído: ¡Antes la muerte!

Ahora, habían pasado diez años desde aquel horrible drama. Diez años habían pasado desde que le habían tenido que amputar su virilidad. Día tras día, hora tras hora, vivió aquella vergüenza, se la tragó con orgullo, la analizó a fondo cada segundo de aquellos diez años pero, a pesar de ello, nunca pudo acostumbrarse, nunca la aceptó. ¡Diez años para tratar de aceptar las cosas como eran! Pero ¿qué cosa? ¿Admitir fácilmente que había perdido su virilidad por la patria? ¿Qué había ganado con ello? Perder la virilidad y perder la patria. ¡Que se vayan al diablo todos ellos…!

No, ni diez años después había podido olvidar su desgracia ni hacerse a aquella idea. Ni siquiera pudo aceptarla cuando lo rajaban con el escalpelo y trataban de convencerlo de que perder la virilidad era mejor que perder la vida. ¡Dios de los infiernos! Eso es lo único que saben, nada, y después se empeñan en enseñar a todo el mundo. ¿O sería que era incapaz de aceptar? Desde el primer momento había decidido que no aceptaría. Sí, así era, había sido incapaz de ver las cosas cara a cara. Incluso, sin darse cuenta de lo que hacía, había huido del hospital antes de estar completamente curado, como si con eso pudiera arreglar las cosas. Tardó mucho tiempo antes de acostumbrarse a una vida normal. Pero ¿se había acostumbrado? Todavía no. Cada vez que alguien le preguntaba por casualidad: «¿Por qué no te casas?», sentía de nuevo aquel dolor atroz que se le clavaba entre los muslos como si siguiera echado bajo la luz cegadora del proyector, con las piernas en alto.

La luz era tan cegadora y tan intensa que los ojos le empezaron a llorar. En aquel momento, As’ad extendió la mano y bajó el parasol para que le diera la sombra en la cara.

—Así está mejor, gracias. ¿Sabes que Abu Kais es un hombre con suerte?

As’ad notó que Abuljaizarán quería combar el tema de conversación que él había iniciado con su pregunta sobre el matrimonio y se prestó de buena gana a seguirle la corriente:

—¿Por qué?

—Si el destino hubiera querido que se fuera con uno de esos «pasadores», no habría llegado a Kuwait a menos que ocurriera un milagro. Ni más ni menos, ni menos ni más.

Abuljaizarán había cruzado los brazos sobre el volante, apoyando el pecho encima.

—Tú no sabes qué cosas pasan allí… Ninguno de ustedes tiene la menor idea.

Pregúntenme a mí, pregúntenme. Conozco montones de historias, tantas como pelos tiene un gato.

—El hombre gordo parecía buena persona. Yo me había decidido por él. Abuljaizarán inclinó la cabeza y se enjugó el sudor de la frente con el dorso de las manos agarradas al volante.

—El hombre gordo no atraviesa la frontera contigo y no sabe lo que pasa…

—¿Qué es lo que pasa?

—Tengo un primo llamado Hasanain que una vez atravesó clandestino la frontera y después de andar durante más de diez hora, cuando empezó a oscurecer, el «pasador» le indicó unas luces a lo lejos y le dijo que aquello era Kuwait y que llegaría allí después de caminar media hora. ¿Sabes lo que pasó?, que aquello no era Kuwait, sino una aldea perdida de Irak. Podría contarte miles de historias como ésa. Como la de aquellos hombres, igual que perros sedientos, buscaban agua aunque sólo fuera para mojarse la boca, ¿y qué crees que pasó cuando vieron unas tiendas de beduinos? Tuvieron que comprar el trago con todo el dinero que llevaban, o dar los anillos de boda y los relojes… Dicen que Harem era beduino, pero es una mentira como una casa. Aquellos tiempos ya pasaron Abu Sa’ad, ya pasaron, pero ustedes siguen sin entenderlo. Creen que el hombre gordo lo puede todo. Conozco a un tipo que se quedó solo durante cuatro días en el desierto y cuando lo recogió un automóvil en el camino de Yahra, estaba a punto de exhalar el último suspiro. ¿Sabes lo que hizo? Sólo quería una cosa en esta vida: recuperar fuerzas para después volver enseguida a Basora, otra vez por el desierto si fuera necesario, ¿sabes por qué? Me dijo que quería volver a Basora para agarrar por el cuello al hombre gordo y retorcérselo. Luego que fuera lo que Dios quisiera. Había salido de Gaza con dos de sus amigos de la infancia, atravesó Israel, Jordania e Irak… Después el «pasador» los abandonó en el desierto antes de atravesar la frontera de Kuwait. Enterró a sus dos amigos en tierra extraña, sólo guardó los carnés de Identidad con la esperanza de que una vez en Kuwait, podría enviárselos a la familia. No quería recibir consejo de nadie. Decía que no quería ni olvidar ni perdonar. Después de menos de un mes volvió a Irak, pero lo agarraron y ahora hace ya dos años que está en la cárcel. ¿Qué te crees? Vienes a nosotros como niños de escuela pensando que la vida es fácil. ¿Acaso crees que Abu Kais no se jugaba la vida?, pero sería el que perdería. Estoy tan seguro de ello como de este maldito sol. Mañana cuando estés en Kuwait te acordarás de mí para bien y dirás: lo que decía Abuljaizarán era cierto. Después bendecirás mil veces a Dios por haber sido yo quien te salvó de las garras del hombre gordo… ¿Has visto alguna vez en tu vida un esqueleto sobre la arena?

—¿Qué quieres decir?

—Te pregunto que si has visto alguna vez en tu vida un esqueleto sobre la arena.

—No…

Abuljaizarán giró el volante bruscamente para sortear un enorme bache. El camión comenzó a atascarse y a vibrar en un camino lleno de altibajos. As’ad sintió que estaba a punto de echar los intestinos por la boca.

—Habrías visto muchos si hubieras hecho el camino con un «pasador»… Aunque, de todos modos, eso no te habría dicho nada…

—¿Por qué?

—Porque estarías demasiado ocupado para pensar en ello o, como decía Hasanain, porque hubieras preferido no pensarlo.

As’ad sonrió con la expresión estúpida del que no sabe muy bien qué responder. Después, dio un golpecito a Abuljaizarán en el costado y le dijo:

—¿Por qué no trabajas en esto de pasar a la gente clandestina?

—Pero si no me dedico a eso, no es mi oficio.

As’ad rió dando una palmada en el hombro de Abuljaizarán:

—Entonces, ¿cómo le llamas tú a eso?

—¿Quieres que te diga la verdad? Lo que quiero es más dinero, más y más dinero. Un día me di cuenta de que era difícil amansar una fortuna por medios honrados. ¿Has visto qué ser más despreciable soy? Tengo algo ahorrado y dentro de dos años dejaré todo y me instalaré. Quiero descansar, echarme panza arriba a la sombra y pensar o no pensar, es igual, pero, en todo caso, no volver a moverme más. Estoy cansado de trajinar toda la vida más de la cuenta. ¡Dios mío!, ya estoy requeteharto…

Abuljaizarán paró el motor y después de abrir la portezuela saltó al suelo:

—¡Vamos!, ahora empieza lo serio. Voy a abrir la puerta de la cisterna. Dentro debe ser un infierno.

Subió despacio la escalerilla de hierro y empezó a manipular en la trampa. Marwán lo observaba absorto y pensaba en lo fuertes que eran los brazos de Abuljaizarán. Todos chorreaban sudor. La camisa de Abuljaizarán estaba completamente empapada y su rostro parecía como si estuviera embadurnado de barro. Abrió la portezuela con un chirrido, levantó la tapa circular de hierro y la colocó en posición vertical a las bisagras. El interior aparecía cubierto de orín. Sentado al borde de la trampa con las piernas colgadas hacia dentro, se enjugaba el sudor con un pañuelo rojo que llevaba siempre enrollado al cuello debajo de la camisa. Casi sin aliento, dijo:

—Les aconsejo que se quiten las camisas. El calor aquí es terrible, es algo asfixiante. Van a sudar como si se frieran en una sartén, pero será sólo por cinco o seis minutos. Iré todo lo más de prisa posible. Dentro hay unos barrotes. Será mejor que se agarren bien a ellos, si no van a rodar de un lado para otro como bolas. Y quítense los zapatos.

Los tres permanecían en pie en el suelo, sin moverse. Abuljaizarán se incorporó y después saltó a tierra, mientras trataba de bromear:

—Casi se podría dormir dentro si hiciera menos calor…

Abu Kais miró a Marwán y después ambos a As’ad. Este, bajo el peso de aquellas miradas, avanzó dos pasos y después retrocedió y se detuvo.

Abuljaizarán lo observaba.

—Les aconsejo que anden algo más ligeros. Todavía es temprano, pero, dentro de poco, la cisterna será un verdadero horno. Pueden llevar con vosotros esta vasija con agua, pero no echen mano de ella cuando sientan que el camión está parado.

Por fin, Marwán se decidió y avanzó hacia la escalerilla de hierro. As’ad se le adelantó y trepó con rapidez. Una vez arriba, se agachó y después, a través de la tapa abierta, metió la cabeza dentro de la cisterna. Un segundo después se incorporó.

—¡Esto arde! ¡Es un infierno!

Abuljaizarán extendió sus grandes manos en gesto de impotencia.

—Ya se los había advertido antes…

Marwán fue el segundo en subir. Metió la cabeza por la trampa y después se incorporó con el rostro contraído por el terror. Abu Kais se unió a ellos, resoplando.

Desde abajo Abuljaizarán les grito:

—Si a alguno le entran deseos de estornudar, ¿saben lo que tienen que hacer?

As’ad sonrió visiblemente desconcertado, mientras Marwán miraba hacia abajo y Abu Kais parecía no haberse enterado muy bien de la pregunta.

—Hay que poner un dado debajo de la nariz, bien derecho… así…

Abuljaizarán imitó el gesto, poniendo cara de payaso. As’ad respondió:

—No creo que ninguno de nosotros vaya a estornudar en el horno… Por ese lado, no tienes por qué preocuparte.

Con las manos en las caderas, As’ad permanecía en pie junto a la trampa y agachaba la cabeza como si quisiera ver lo que había dentro. Mientras tanto, Abu Kais se había quitado la camisa y mostraba el velludo pecho cubierto de pelos blancos y las clavículas salientes. Después de plegarla con cuidado, se la puso debajo de la axila y se sentó al borde de la trampa con las piernas colgando hacia dentro. Primero arrojó la camisa y después empezó a bajar despacio, rígido, apoyando los brazos en el borde de la trampa. Cuando los pies empezaron a tocar el fondo de la cisterna, soltó los brazos y dejó que el cuerpo se deslizara con cuidado.

As’ad se asomó y gritó:

—¿Qué tal ahí dentro?

Una voz que parecía salir de lo más profundo del abismo, retumbó:

—Maldita cisterna… ¡Anda, ven!

As’ad miró a Marwán que se había quitado ya la camisa y permanecía de pie esperando su turno, mientras Abuljaizarán volvía a trepar por la escalerilla.

—¿A quién le toca ahora?

—A mí.

Marwán se acercó a la trampa y se colocó de espaldas a ella. Echado sobre el vientre, metió primero las piernas y después deslizó el cuerpo con habilidad. Sólo quedaban las manos agarradas aún por un instante al borde de la trampa. Por fin, también éstas desaparecieron.

As’ad siguió a sus compañeros sin quitarse siquiera la camisa. Cuando desaparecieron en el interior de la trampa, Abuljaizarán se asomó para tratar de ver cómo iban las cosas dentro, pero fue en vano. Cada vez que se agachaba, su cuerpo ocultaba la luz que se filtraba a través de la trampa y le impedía ver el interior. Por último, gritó:

—¡Eh!

Desde dentro una voz respondió:

—¿Qué esperas? ¡Date prisa! Estamos a punto de asfixiarnos.

Cerró la tapa con rapidez dando dos vueltas a la manecilla. Después saltó al asiento y aún antes de cerrar la portezuela arrancó el camión. Otra vez a tragar camino…

La carretera estaba llena de baches que sacudían el camión y hacían que traqueteara sin cesar… Con aquel vaivén se hubieran batido huevos para una tortilla más rápido que con una batidora eléctrica… En aquellos momentos una sola idea lo obsesionaba. Por Marwán no había que preocuparse, era joven. Tampoco por As’ad, que era un muchacho robusto. Pero ¿y Abu Kais? Los dientes le castañeaban como al que está a punto de morir en el hielo, con la diferencia de que aquí no era precisamente de frío de lo que uno podía quejarse. Podía disminuir las sacudidas si aceleraba, si aquel tanque infernal rodara a una velocidad de más de 120 en vez de los 90 que la aguja indicaba. Pero si fuera más de prisa, ¿cómo estar seguro de que le camión no se volcaría en aquella maldita carretera? No le importaba que se volcara, no era suyo, pero ¿y si, de pronto, daba una vuelta de campana y quedaba con las ruedas hacia arriba? Y además, ¿quién le decía que el motor soportaría esa velocidad con aquel calor y aquella carretera? Los fabricantes siempre ponían en el contador cifras muy elevadas que la prudencia de un buen conductor aconsejaba no sobrepasar.

No disminuyó la marcha hasta llegar a Safwan. Allí, sin levantar ni un ápice los pies del acelerador y dando un vasto viraje que levantó un enorme redondel de polvo, giró en la plaza hacia izquierda en dirección del puesto fronterizo. No levantó los pies del acelerador hasta pisar a fondo los frenos ante la puerta del puesto, donde penetró como una flecha.

La plaza de Safwan, donde estaba la aduana, era grande y arenosa. En medio de ella, un gran árbol solitario extendía sus largas ramas y arrojaba una inmensa sobra. Alrededor, se alzaban edificios con puertas bajas de madera y en el interior los despachos eran un hervidero de gente, siempre atareada. Abuljaizarán invadió la plaza con su alta estatura sin ver a nadie, excepto a algunas mujeres sentadas a la sombra del árbol, envueltas en sus abaas. Junto a la fuente había uno o dos niños.

El ordenanza, sentado en su vieja silla de paja, dormitaba.

—¡Qué prisas llevas hoy, Abuljaizarán!

—Sí, el Hay Rida me espera. Si me retraso, me echa.

—¿Echarte el Hay Rida? No tengas miedo que no podrá encontrar otro como tú.

—¡Bah! Hay miles así, la tierra está plagada… no tiene más que hacer un gesto y caerán encima de él como moscas.

—¿Llevas algo que declarar?

—Sí, armas, tanques, blindados, seis aviones y dos cañones.

El hombre de la aduana estalló en una carcajada, mientras que Abuljaizarán le arrancaba con habilidad los papeles que tenía en las manos y se lanzaba hacia fuera, diciéndose para sus adentros que lo más difícil ya había pasado. Entró en otro despacho y después de permanecer allí un minuto, volvía a salir y con la velocidad del rayo, arrancaba el motor y rompía el silencio que pesaba sobre Safwan. De nuevo el camino…

El camión avanzaba como una saeta y dejaba tras de sí una estela de polvo. El rostro de Abuljaizarán chorreaba gotas de sudor que le confluían en la barbilla. El sol era puro fuego y el aire ardiente estaba impregnado de un polvo fino como la harina. «Nunca en mi vida sentí un calor como éste. ¡Maldita sea!». Se desabrochó la camisa y se pasó los dedos por los pelos del pecho, empapados de sudor. La carretera era ahora más llana y el camión no traqueteaba tanto como antes. Apretó la velocidad y la aguja del contador saltó de pronto como un perro atado a una estaca. Miró hacia delante con los ojos velados por el sudor y divisó el alto de la pequeña colina. Detrás de ella, Safwan quedaba oculto a la vista. Era allí donde había decidido detenerse. Volvió a apretar el acelerador para tomar con impulso la subida de la pendiente y sintió que un músculo de la pierna se le agarrotaba hasta hacerle daño. El camión roncaba con estrépito mientras tragaba camino. El parabrisas reverberaba y el sudor le abrasaba los ojos. La cima del cerro le parecía inalcanzable, tan lejana como la misma eternidad. ¡Por Dios todopoderoso! ¿Cómo era posible que la cima de una colina pudiera ser la causa de aquel desasosiego, de aquella desazón, de aquel tropel de sensaciones que le bullían en la sangre y le abrasaban la piel, sucia de barro y de sudor salado? ¡Dios mío! ¡Tú que nunca estuviste a mi lado! ¡Tú que nunca te ocupaste de mí! ¡Tú, en quien jamás creí! ¿No podrías estar conmigo por esta vez, aunque sólo fuera por esta vez? Parpadeó varias veces para quitarse el sudor que le velaba los ojos y cuando volvió a abrirlos surgió ante su vista la cima del cerro. ¡Por fin! Apagó el motor y dejó que el camión se deslizara un poco. Después lo paró y, de un salto, subió al techo de la cisterna.

Marwán fue el primero en salir. Extendió los brazos hacia arriba y Abuljaizarán lo tiró con fuerza hacia sí y después lo dejó tumbado encima de la cisterna. Abu Kais asomó la cabeza: intentó salir por sí solo sin conseguirlo. Terminó también por extender los brazos para que Abuljaizarán lo ayudara a subir. Por último, As’ad consiguió trepar él solo hasta el orificio. Ya no llevaba la camisa.

Abuljaizarán se sentó en el techo de la cisterna que ardía como fuego. Resollaba. Parecía como si de pronto hubiera envejecido. Mientras tanto, Abu Kais se había deslizado con suavidad hasta tocar las ruedas y se tumbó, después, boca abajo, a la sombra del camión. As’ad seguía arriba de pie y respiraba a fondo con todo el pecho. Parecía como si quisiera decir algo y no pudiera. Por último murmuró casi sin aliento:

—¡Uf! ¡Vaya frío que hacía ahí adentro!

Tenía la cara amoratada y empapada en sudor. El pantalón le chorreaba. Las marcas de orín en el pecho daban la impresión de que estuviera cubierto de manchas de sangre. Por fin, Marwán se puso en pie y bajó la escalerilla de hierro casi sin fuerzas. Tenía los ojos enrojecidos y el pecho cubierto de orín. Se tumbó despacio junto a la rueda y colocó la cabeza encima del muslo de Abu Kais. Después de unos instantes lo siguió As’ad y al poco rato Abuljaizarán. Los dos se sentaron con las piernas plegadas y la cabeza en las rodillas. Al cabo de uno segundos Abuljaizarán rompió el silencio:

—Qué, ¿fue tan terrible?

Nadie respondió. Recorrió con la mirada los rostros que tenía enfrente. Le pareció como si estuvieran momificados. Si no fuera por el pecho de Marwán que se agitaba levemente y por el silbido de Abu Kais al respirar, hubiera creído que estaban muertos.

—Les dije que siete minutos y ni siquiera llegó a seis.

As’ad lo miró impávido, mientras Marwán, con los ojos muy abiertos, tenía la vista perdida en el vacío y Abu Kais había vuelto hacia otro lado.

—¡Se los juro por mi honor! ¡Seis minutos! Mira tu reloj, As’ad. Fueron seis minutos justos. ¡Vamos mira! ¿Por qué no quieres mirar? Se los dije desde el principio y ahora creen que les mentí. Aquí tienes el reloj. ¡Anda! ¡Míralo!… ¡Míralo!

Marwán se volvió boca abajo, se apoyó en los codos, levantó un poco la cabeza hacía atrás y dirigió la mirada hacia Abuljaizarán. Sintió que la vista se le nublaba y no acertaba a verlo con claridad.

—¿Has probado alguna vez sentarte ahí dentro seis minutos?

—Pero yo se los había dicho…

—Para empezar no fueron seis minutos.

—¿Por qué no miras tu reloj? ¿Por qué? Ahí lo tienes en la muñeca, ¡vamos, míralo!… ¡Míralo!… Y quítame de encima esos ojos de loco.

Abu Kais intervino, conciliador:

—Fueron seis minutos. Estuve contando todo el tiempo, de uno a sesenta, un minuto, así hasta seis veces y la última vez conté muy despacio…

Hablaba con voz lenta y apagada. As’ad preguntó:

—¿Qué te pasa, Abu Kais? ¿Estás enfermo?

—¿Yo? ¡Qué va! Aspiro mi ración de aire.

Abuljaizarán se puso en pie y se sacudió la arena del pantalón. Después se puso en jarras y paseó la mirada de uno a otro.

—¡Vamos! No perdamos más tiempo, dentro de poco les espera otro baño turco.

Abu Kais se levantó y se dirigió hacia la cabina, mientras As’ad trepaba por la escalerilla de hierro. Marwán permanecía sentado a la sombra, Abuljaizarán se acercó a él:

—¿No quieres levantarte?

—¿Por qué no descansamos un poco más?

As’ad gritó desde arriba:

—Ya descansaremos cuando lleguemos… ¡Vamos!

Abuljaizarán rió con voz sonora dándole una palmada en el hombro:

—Ven a sentarte junto a Abu Kais. Eres delgado y no nos molestarás demasiado. Pareces tan cansado…

Marwán subió a la cabina y se sentó junto a Abu Kais. Antes de cerrar la portezuela, Abuljaizarán grito a As’ad:

—¡Ponte la camisa si no te vas a achicharrar con el sol!

Marwán se dirigió a Abuljaizarán con débil voz:

—Dile que deje abierta la puerta del horno, puede que así se refresque algo.

Abuljaizarán agregó con tono festivo:

—¡Y deja abierta la tapa de la cisterna!

Roncó el motor y el camión arrancó mientras levantaba remolinos de polvo del desierto que se desvanecían en el aire tórrido.

 

Sol y tinieblas

Aquel pequeño cosmos se abría camino a través del desierto como una gota de aceite sobre una plancha de cinc al rojo vivo. El sol, muy alto, era un disco incandescente. Ninguno de ellos se preocupaba ya de enjugarse el sudor. As’ad se había cubierto la cabeza con la camisa y, en cuclillas, se dejaba achicharrar al sol. Marwán, con los ojos entornados, había apoyado la cabeza en el hombro de Abu Kais que, con los labios apretados bajo los espesos bigotes grises, escudriñaba el camino. Ninguno tenía ya ánimos para hablar. No sólo porque el esfuerzo que acababan de hacer los había extenuado, sino porque cada uno iba ensimismado en sus pensamientos. Aquel camión que hendía el camino, los transportaba con sus familias, sus sueños, sus ambiciones, sus esperanzas, su fuerza, su miseria, sus desesperanzas, su pasado y su futuro, como un ariete que arremetiera contra una puerta de gigante tras la que se ocultara un destino desconocido y en la que todos los ojos estuvieran prendidos con hilos invisibles.

Ahora podremos hacer que Kais estudie y comprarnos uno o dos pies de olivo. Quizás podamos también construir una casita donde vivir que sea nuestra. Ya soy viejo, así que no sé si lo conseguiré o no… ¿Pero tú crees que vale mucho más la pena vivir así que morir? ¿Por qué no pruebas y haces como nosotros? ¿Por qué no te levantas de ese almohadón y te lanzas por esos mundos de Dios a ganar el pan? ¿Vas a comer toda la vida la ración que te dan de alimento y a rebajarte ante esos funcionarios por un solo kilo de harina?

El camión seguía su marcha por aquella tierra en llamas y el motor resoplaba sin cesar.

Shafika era una mujer buena… Era casi una niña cuando aquel obús de mortero le arrancó la pierna que los médicos le amputaron desde más arriba del muslo. Su madre no quería que nadie hablara mal de su padre… Zacarías se había ido allá, a Kuwait… Aprenderás muchas cosas. Llegarás a saber muchas cosas. Eres todavía un muchacho que no sabe de la vida más que un niño de pecho. En la escuela no se aprende nada más que a ser perezoso, así que déjala y «échate al agua» como antes hicieron otros.

El camión seguía su marcha por aquella tierra en llamas y el motor hacía un ruido infernal.

¿Era una mina lo que había pisado mientras corría? ¿O una granada que le había lanzado alguien escondido tras una trinchera? Pero ¡qué importaba todo eso ahora! Estaba allí con las piernas colgadas hacia arriba y sus hombros reposaban en una cama blanca. Y aquel dolor atroz que se le clavaba entre los muslos… Y aquella mujer que ayudaba a los médicos… Cada vez que se acordaba de ella, su rostro enrojecía de vergüenza… Di, ¿qué te trajo su patriotismo? Una vida de vagabundo. ¡Eres incapaz de acostarte con una mujer! ¡Eso fue todo lo que ganaste! No quiero volver a saber nada de nada… ¡Que con su pan se lo coman! Lo único que quiero ahora es dinero… dinero.

El camión seguía su marcha por aquella tierra en llamas y el motor resoplaba sin cesar.

El policía lo llevó a empujones ante el comandante. Así que te crees un héroe, ¿eh? ¡Y a hombros de esa pandilla de imbéciles te manifiestas en la calle! Le escupió en la cara, pero él no se inmutó. El escupitajo, viscoso, repugnante, se deslizó lentamente por su frente y se detuvo en la punta de la nariz. ¡Llévenselo! En el pasillo, oyó como el policía que lo llevaba agarrado del brazo susurraba con una voz apenas audible: «¡Maldita sea tener que llevar este uniforme…!». Después, cuando el policía lo soltó, echó a correr. Así que su tío lo que pretendía era casarlo con su hija y, para ello, quería que empezara a abrirse camino… claro, si no fuera por eso, ¿por cuánto en su vida hubiera soltado aquellos cincuenta dinares?

El camión seguía su marcha por aquella tierra en llamas y el motor resoplaba como un monstruo gigantesco que, con sus fauces inmensas, fuera engullendo el camino.

El sol estaba en el cenit y dibujaba, en el cielo del desierto, una blanca cúpula de fuego. La estela de polvo reverberaba bajo aquella luz intensa y deslumbraba la vista… Contaba que fulano no había vuelto de Kuwait. Había muerto allí de una insolación. Cavaba la tierra con la azada cuando cayó desplomado al suelo. ¿Y qué? Lo había matado una insolación… Que lo entierren aquí o allí… Eso fue todo, una insolación. ¿No era genial el que había inventado aquella expresión? Como si de aquella inmensidad surgiera un gigante misterioso que azotara sus cabezas con un látigo de fuego y alquitrán ardiendo. Pero ¿cómo iba el sol a matarlos así y a matar todo el ímpetu que encerraban sus pechos? Atormentados por la misma obsesión y como si se hubieran trasmitido los pensamientos, sus miradas se encontraron. Abuljaizarán miró primero a Marwán, luego a Abu Kais y sorprendió su mirada posada en él. Trató de sonreír, sin conseguirlo. Después de enjugarse el sudor con la manga dijo con voz casi inaudible:

—Aquí tienes el infierno de que tanto oíste hablar.

—¿El infierno de Dios?

—Sí, ése.

Abuljaizarán extendió la mano y apagó el motor. Después bajó del camión seguido de Marwán y de Abu Kais. As’ad seguía echado arriba. Abuljaizarán se sentó a la sombra del camión y encendió un cigarrillo. Luego, con voz apagada, dijo:

—Vamos a descansar un rato antes de volver a repetir la función.

Abu Kais:

—¿Por qué no salimos ayer por la tarde? Con el frío que hace de noche nos hubiéramos ahorrado toda esta fatiga.

Abuljaizarán contestó sin levantar la vista del suelo:

—De noche el camino entre Safwan y Mitla está lleno de patrullas… En cambio, de día, con una canícula como ésta, ninguna patrulla se aventuraría a salir…

Marwán intervino:

—Si a ti no te registran el camión, ¿por qué no nos quedamos fuera de esa prisión horrible?

Abuljaizarán contestó tajante:

—No seas estúpido. ¿Hasta ese punto tienes miedo de quedarte cinco o seis minutos dentro? Ya hicimos más de la mitad del camino y lo que nos queda ahora es lo más fácil.

Se levantó y fue en busca de la cantimplora que colgaba de la portezuela.

—Cuando lleguemos los invitaré a una comilona estupenda. Mataré dos pollos.

Empinó la cantimplora y empezó a beber, el agua le goteaba por entre las comisuras de los labios hasta empaparle la barbilla y luego la camisa. Cuando sació la sed, se vació lo que quedaba por la cabeza y dejó que el agua le corriera por el cuello y el pecho. El aspecto que tenía así era de lo más extraño. Volvió a colgar la cantimplora de la portezuela, sacudió las manazas y exclamó:

—¡Vamos, ya conocen el tinglado de memoria! ¿Qué hora es? Las once y media. Cuenten, pues. Siete minutos a todo lo más y les abro la tapa. Recuérdenlo bien, ¿eh? Ahora son las once y media.

Marwán miró el reloj y movió la cabeza. Quería decir algo, pero se sintió incapaz. Avanzó hacia la escalerilla de hierro y empezó a trepar. As’ad plegó la camisa y después desapareció en la trampa. Marwán titubeó un instante y al fin se decidió a seguirlo, apoyó el vientre en el borde del orificio y se dejó caer poco a poco, con maña, sin poder evitar una expresión de espanto en la mirada. Abu Kais fue el último en bajar. De pie ante Abuljaizarán, movió la cabeza y musitó.

—¿Siete minutos?

Abuljaizarán le dio una palmada en el hombro y lo miró a los ojos. Estaban los dos uno frente al otro, chorreaban sudor y eran incapaces de pronunciar una palabra.

Abu Kais subió la escalerilla con decisión y después metió las piernas por el orificio. Marwán y As’ad, desde adentro, lo ayudaron a bajar. Abuljaizarán cerró la tapa y después de dar dos vueltas a la manecilla saltó al suelo y, como un meteoro, se encaramó en su asiento. Un minuto y medio más tarde, el camión penetraba en el espacio rodeado de alambras del puesto de Mitla, y se detenía ante la gran escalera del edificio de un solo piso. A ambos lados de la escalera se alineaban pequeños despachos con las ventanas cerradas. No había ni un alma. Uno o dos automóviles estaban estacionados en un extremo de la plaza. Enfrente, había algunas carretas de vendedores ambulantes. Reinaba un silencio total que sólo rompía el zumbido sordo de los ventiladores de aire acondicionado empotrados en las ventanas. Junto a la gran escalera, un soldado permanecía de pie en su garita de madera.

Abuljaizarán subió la escalera como una exhalación y se dirigió hacia el tercer despacho a la derecha. Nada más abrir la puerta y entrar, sintió de inmediato, por las miradas que le dirigieron los empleados de la aduana, que algo iba a pasar. Sin inmutarse, depositó los papeles ante el funcionario gordo sentado al fondo del despacho.

—¡Ah, Abuljaizarán!

Con una indiferencia estudiada, apartó a un lado los papeles que tenía ante sí y cruzó los brazos de la mesa metálica.

—¿Dónde estuviste todo este tiempo?

—En Basora.

—El Hay Rida preguntó por ti por lo menos seis veces.

—El camión estaba roto.

Los tres funcionarios que ocupaban el despacho soltaron grandes risotadas. Abuljaizarán, perplejo, miraba en torno suyo sin comprender. Por fin, se dirigió al gordo:

—¿Qué es lo que les hacer reír tanto esta mañana?

Cambiaron miraditas entre los tres y volvieron a estallar en carcajadas.

Abuljaizarán, nervioso, cambiaba de un pie a otro.

—No, ahora no, Abu Bakr, te lo ruego. No tengo tiempo para bromear.

Alargó la mano y volvió a colocarle delante los papeles, pero Abu Bakr los apartó de nuevo al otro extremo de la mesa, se cruzó de brazos y soltó una risita maliciosa.

—¿Así que tenías el camión roto, eh?

—Sí, pero te lo ruego, ahora tengo prisa.

Los tres hombres cambiaron entre sí sonrisas de complicidad. En la mesa de uno de ellos no había más que un pequeño vaso de té, mientras que el otro había dejado su trabajo para seguir con atención lo que pasaba. El gordo, a quien llamaban Abu Bakr, dijo después de soltar un eructo:

—Pero bueno, Abuljaizarán, sé razonable. ¿Por qué tienes esa prisa por irte con el calor que hace? Aquí está fresco, voy a decir que te traigan un vaso de té. Acomódate a gusto.

Abuljaizarán agarró los papeles, y tomando la pluma que Abu Bakr tenía ante sí, dio la vuelta a la mesa hasta llegar a su lado. Después de ponerle la pluma en la mano, lo empujó por el hombro para que alargara el brazo.

—La próxima vez que pase por aquí me quedaré una hora. Te lo prometo. Pero ahora, deja que me vaya. ¡Por el amor de Dios y el de tu madre! ¡Toma, firma!

Pero Abu Bakr se negaba a tender la mano y lo seguía mirando fijamente, con expresión estúpida.

—¡Vaya granuja que estás hecho, Abuljaizarán! ¿Por qué no te acordaste de andar más ligero cuando estaban en Basora, eh?

—Ya te dije que tenía el camión en el garaje.

Volvió a tenderle la pluma pero Abu Bakr no movió un dedo.

—No mientas, Abuljaizarán… no nos vengas con cuentos. El Hay Rida ya nos contó toda la historia de cabo a rabo.

—¿Qué historia?

Se miraron unos a otros. El rostro de Abuljaizarán palideció de miedo. La pluma le temblaba en la mano.

—La historia de esa bailarina. ¿Cómo se llama, Alí?

Sentado tras la mesa vacía, Alí contestó:

—Kawkab.

Abu Bakr descargó un puñetazo sobre la mesa y su sonrisa se hizo más amplia.

—¡Kawkab! Eso es, ¡Kawkab! Abuljaizarán, eres un pillo. ¿Por qué no nos cuentas tus aventuras en Basora? Delante de nosotros haces el papel de hombre de modales finos y después en Basora te entregas a todos los placeres con una bailarina… Kawkab, sí, eso ¡Kawkab!

Aunque trataba de no sobrepasar los límites de la broma, Abuljaizarán no pudo evitar alzar el tono de voz:

—¿Kawkab? ¡Qué Kawkab ni qué diablos! Déjame que me vaya antes de que al Hay Rida me eche.

—¡Nada de eso! Cuéntanos algo de esa bailarina. El Hay Rida está enterado de tu historia y nos la ha contado… Así que venga.

—Si el Hay Rida ya se los dijo todo, ¿para qué quieren que se los cuente yo otra vez?

Abu Bakr se puso en pie resoplando como un toro:

—Así que entonces es verdad… ¡La historia ésa es verdad!

Dio la vuelta a la mesa y avanzó hasta llegar al medio de la habitación. Aquella historia de sexo lo había excitado. Había pensado en ella noche y día, despertando en él toda la lujuria que lo atormentaba después de una larga abstinencia carnal. La idea de que un amigo se hubiera acostado con una puta, lo excitaba y avivaba en él todas sus obsesiones.

—Así que te vas a Basora pretendiendo que el camión está averiado y después te pasas con Kawkab las noches más felices de tu vida. ¡Ay, Abuljaizarán! ¡Mira que eres sinvergüenza! Dinos como hace el amor. El Hay Rida dice que está tan enamorada, que se gasta todo el dinero en ti y que hasta te firmó cheques. ¡Ay, Abuljaizarán! ¡Menudo sinvergüenza estás hecho!

Se acercó a él con el rostro congestionado. Era evidente que había gozado pensando en la historia, desde que el Hay Rida se la había contado por teléfono. Con voz ronca le susurró al oído:

—Oye, ¿eres tú tan potente o es que allí no hay hombres?

Abuljaizarán rió histérico y tendió los papeles a Abu Bakr que, presa a su vez de una risa convulsa, tomó la pluma y firmó sin prestar demasiado atención a lo que hacía. No obstante, cuando Abuljaizarán extendió la mano para agarrar los papeles los escondió detrás de la espalda y lo apartó con el otro brazo.

—La próxima vez iré contigo a Basora, ¿de acuerdo? Preséntame a esa Kawkab. El Hay Rida dice que es una beldad.

Abuljaizarán, temblando, alargó de nuevo el brazo tratando de agarrar los papeles.

—De acuerdo.

—¿Lo juras?

—Por mi honor…

Abu Bakr volvió a estallar en carcajadas convulsas, movió la cabeza y volvió a su asiento. Abuljaizarán se precipitó fuera del despacho con los papeles en la mano. La voz de Abu Bakr lo perseguía, implacable:

—¡Menudo sinvergüenza ese Abuljaizarán! Nos ha estado engañando desde hace más de dos años y hoy lo descubrimos todo. Pero ¡qué granuja!

Abuljaizarán irrumpió en el otro despacho. Echó una ojeada al reloj: eran doce menos cuarto. En menos de un minuto los demás papeles estaban firmados. Salió y cerró tras de sí con un portazo. Volvió a sentirse inmerso en un vaho de calor. No importaba. Saltó los tramos de la escalera de cuatro en cuatro. Cuando llegó ante el camión se paró un instante a observar la cisterna pensando que aquella chatarra iba a derretirse bajo el sol infernal. Al primer contacto arrancó el motor. Se escabulló tras la portezuela sin hacer ni siquiera un gesto de despedida al centinela. Ahora la carretera estaba asfaltada y dentro de un minuto o un minuto y medio llegaría a la primera curva. Detrás, ya no se le vería desde el puesto de Mitla. Un camión se cruzó con el suyo. Disminuyó un poco la velocidad. Después, volvió a acelerar a fondo tomando la curva en un amplio viraje hasta casi tocar el contén arenoso. Los neumáticos chirriaron con un sonido prolongado como un quejido. Sentía la cabeza vacía. Sólo miedo. Pensó que estaba a punto de desmayarse. Las manos callosas le quemaban sobre el volante, que parecía puro fuego, pero seguían agarradas a él sin aligerar la presión. El asiento ardía y el parabrisas, cubierto de polvo, reverberaba bajo los rayos del sol. Parecía como si las ruedas desollaran el asfalto y producían un violento chirrido. ¿Por qué tenías que ponerte a filosofar, Abu Bakr? ¿Por qué tenías que arrojarnos a la cara todas tus marranadas? ¡Que la maldición de Dios, todopoderoso, que la maldición de Dios, que no existe en ningún sitio, caiga sobre ti, Abu Bakr, y sobre ti, Hay Rida, mentiroso! ¿Una bailarina? ¿Kawkab? ¡Vayan todos al diablo!

Paró el camión violentamente, colocó el pie sobre la rueda y trepó al techo de la cisterna. Al posar las manos sobre la superficie de hierro sintió que se le quemaban. Imposible tocar aquel horno. Tuvo que levantarlas. Se apoyó en los codos y se arrastró por el techo de la cisterna hasta llegar a la trampa. Con las mangas de su camisa azul agarró la manecilla, la hizo girar y levantó la tapa de hierro oxidada. Miró el reloj. Eran las doce menos nueve minutos.

El vacío. El agujero permanecía sumido en el silencio. Abuljaizarán estaba convulso, le temblaba el labio inferior, resollaba de temor. Las gotas de sudor que le caían de la frente se evaporaban de inmediato sobre la chapa ardiendo. Agachado, con las manos en las rodillas, metió la cabeza por el agujero negro y gritó con voz rota:

—¡As’ad!

La voz resonó dentro de la cisterna hasta traspasarle los oídos. Antes de que se desvaneciera el eco, gritó por segunda vez:

—¡Eh!

Apoyó las manos en el borde de la trampa y ayudado por los codos se deslizó hasta tocar el fondo. Dentro, la oscuridad era total. No veía absolutamente nada. Sólo cuando se apartó un poco del orificio, un disco de luz penetró hasta el fondo e iluminó un pecho cubierto de espesos pelo grises que despedían reflejos con una placa de estaño. Se agachó y pegó el oído sobre aquellos pelos empapados. El cuerpo estaba rígido e inerte. Extendió la mano y, a tientas, avanzó hacia otro rincón de la cisterna. Allí otro cuerpo seguía aún agarrado a la armazón de hierro. Buscó a tientas la cabeza, pero sólo consiguió palparle los hombros mojados hasta que sus manos descubrieron por fin la cabeza inerte sobre el pecho. Cuando le palpó el rostro, sus dedos rozaron la boca que colgaba, completamente abierta. Abuljaizarán sintió que estaba a punto de asfixiarse. Chorreaba sudor por todos los poros. Tenía el cuerpo empapado, pegajoso, como si estuviera untado de aceite. ¿Temblaba a causa del sudor? ¿O era el miedo? Volvió a abrirse camino a tientas hasta llegar al agujero. Cuando asomó la cabeza fuera, sin saber por qué, le vino a la mente la imagen del rostro de Marwán. Sintió que aquel rostro llenaba todo su ser como una imagen fluctuante proyectada en una pared. Movió la cabeza con violencia, como para desecharla. De nuevo el sol implacable. Se detuvo un instante a respirar un poco de aire. Imposible apartar aquella imagen de su mente. El rostro de Marwán lo perseguía como un torrente desbordado. Volvió a su asiento, Abu Kais… Su camisa seguía allí tirada en el asiento de al lado. La agarró y la echó por la ventanilla.

Puso en marcha el motor y empezó a bajar la cuesta despacio. Volvió la cabeza y miró hacia atrás: a través de la ventanilla posterior veía la tapa de la cisterna abierta sobre los goznes enmohecidos. Después la tapa se esfumó tras las gotas de agua salada que le inundaban los ojos. La cabeza le dolía hasta estallarle. Se sentía mareado. Aquellas gotas saladas, ¿eran lágrimas o era el sudor que le manaba de la frente?

 

La sepultura

Al caer la noche, Abuljaizarán condujo al camión fuera de la ciudad dormida. A lo largo de la carretera brillaban, vacilantes, los faros del camión. Sabía que aquellos postes que desfilaban a uno y a otro lado, terminarían pronto, un poco más allá de la ciudad. No tardaría mucho en verse envuelto en la oscuridad más total. Era una noche sin luna y los bordes del desierto aparecían silenciosos como la muerte. Se apartó de la carretera asfaltada y se adentró en el desierto. A mediodía, había decidido que cavaría tres tumbas y los enterraría uno a uno. Pero ahora se sentía agotado, con los brazos como anestesiados. Si no tenía ni fuerzas para sostener la pala, menos iba a tenerlas para cavar durante horas los tres hoyos. Al salir del garaje de Hay Rida se había dicho, en su fuero interno, que no los enterraría. Dejaría los cuerpos abandonados en el desierto y volvería a casa. Pero la idea no le agradaba. Le disgustaba pensar que los cuerpos de sus compañeros se consumieran en el desierto y fueran devorados por los buitres o las hienas. Y que, después de unos días, no quedaría de ellos más que unos esqueletos blanquecinos sobre la arena.

El camión avanzaba por el camino arenoso con un leve crujido. Seguía pensando.

No, no se podía decir que aquello fuera exactamente pensar. Eran una serie de imágenes que desfilaban por su cabeza sin orden ni concierto. El cansancio. Como columnas de hormigas en los huesos. Hasta él llegaron emanaciones de un olor a putrefacción. Era el vertedero municipal. Pensó: «¿Y si los echara aquí? Los descubrirán mañana por la mañana y los enterrarán a expensas del Estado». Giró el volante y avanzó despacio por el mismo rastro que habían dejado antes sobre la arena las ruedas de otros vehículos. Después apagó las luces de carretera y dejó encendidas las de población. Cuando llegó junto a la montaña de basura, apagó todos los faros. El olor a podrido impregnaba la atmósfera a su alrededor… Terminó por acostumbrarse. Paró el motor y salió de la cabina.

Permaneció un momento de pie junto al camión, aguzó el oído para asegurarse de que nadie lo había visto y después trepó a la cisterna. Estaba fría, cubierta de gotas de rocío. Dio varias vueltas a la cerradura enmohecida y después levantó la tapa que chirrió, quejumbrosa. Se apoyó en los codos y se deslizó en el interior con agilidad… El primer cuerpo estaba helado, rígido. Lo alzó sobre los hombros. Primero la cabeza a través del agujero, después empujó todo el cuerpo hacia fuera por los pies. Oyó el ruido que producía al rodar hacia el borde de la cisterna y después el choque amortiguado al caer pesadamente sobre la arena. Tuvo alguna dificultad con el otro para soltarle las manos agarradas a la barra de hierro. Lo alzó sobre sus hombros y lo empujó por los pies hacia arriba. De nuevo el mismo ruido apagado del cuerpo al caer sobre la arena. Sacar el último cuerpo le fue más fácil.

Saltó al exterior, cerró la trampa despacio y después bajó la escalerilla. La noche era de una oscuridad total. Mejor, así se evitaría verles los rostros. Arrastró los cuerpos uno a uno por los pies hasta el final del camino donde los camiones municipales solían pararse a verter la basura. El primer chofer que llegara por la mañana temprano tendría que verlos.

Volvió a subir el camión y puso en marcha el motor. Avanzaba despacio en marcha atrás y trataba de confundir el rastro de las ruedas con las de otros camiones. Decidió continuar así hasta llegar a la carretera principal. No quería dejar ni una huella de su paso. De pronto se paró de golpe. Apagó el motor y volvió a pie sobres sus pasos hasta donde había dejado los cadáveres. Les sacó de los bolsillos todo el dinero que llevaban, quitó a Marwán el reloj, y volvió hacia el camión con pasos sigilosos sobre las puntas de los pies.

Cuando llegó a la portezuela de la cabina y se disponía a pisar el estribo, una idea le pasó de pronto por la cabeza y lo dejó como paralizado, incapaz de hacer el menor movimiento ni de pronunciar una palabra. Quiso gritar. Pero no, aquello sería absurdo. Trató de completar el movimiento que había iniciado y subir hasta la cabina, pero sintió que no tenía fuerzas para ello. La cabeza le zumbaba de cansancio, parecía que iba a estallarle. La agarró entre las manos y empezó a mesarse los cabellos como para apartar aquella idea de su mente. En vano. La idea enorme, inmensa, seguía allí, firme, fija, obsesionante. Volvió la vista hacia donde había arrojado los tres cadáveres. Aquella mirada sólo sirvió para avivar, aún con más vigor, la idea que lo atormentaba. Ya no podía guardarla por más tiempo dentro sí y al fin fluyó de su cabeza hasta infundirle movimiento a su lengua paralizada. Dejó caer los brazos a lo largo del cuerpo y con los ojos desorbitados, fijos en la oscuridad de la noche, gritó:

—¿Por qué no golpearon las paredes de la cisterna?

De pronto, giró sobre sí mismo como si fuera a caer al suelo. Ya en el camión, con la cabeza inclinada sobre el volante, volvió a gritar:

—¿Por qué no golpearon las paredes de la cisterna? ¿Por qué no llamaron? ¿Por qué?

Y toda la inmensidad del desierto repelía como un eco:

—¿Por qué no golpearon las paredes de la cisterna? ¿Por qué no llamaron? ¿Por qué?… ¿Por qué?… ¿Por qué?… ¿Por qué?…

 

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