Viernes de cine: ¨La jungla de asfalto (The Asphalt Jungle)¨

Fernando Morote

 

Doc es un tipo circunspecto, de buenas maneras, que fuma gigantescos puros y habla en tono incisivo. Tiene todo meticulosamente planeado. Siete años en la cárcel han sido suficientes para estudiar cada detalle y organizar el golpe con precisión matemática. Sólo necesita un socio capitalista dispuesto a invertir en la operación, a quien pueda venderle el botín. Acude a Cobby, un maleante de poca monta que luce una espantosa cicatriz en su mejilla derecha y suda como un cerdo cuando el dinero baila entre sus manos, pero posee buenos contactos, incluyendo un corrupto miembro de la autoridad que se deja sobornar para dejarlo trabajar en paz.

Ambos llegan a Emmerich —un influyente abogado que soporta a su esposa enferma en casa mientras fuera de ella se come a una amante que puede ser su nieta— para proponerle el negocio de su vida: adquirir un millón de dólares en piedras preciosas a cambio de una ganga por el valor de cincuenta mil.

Cerrado el trato, se forma el equipo de asalto: Louis, un inmigrante italiano, abnegado padre de familia, es experto en desbaratar cajas fuertes; Dix, matón barato, alto y fuerte, sucio y vulgar, funge de guardaespaldas; y Gus, el jorobado dueño de una fonda de mala muerte, actúa como chofer.

La noche elegida se filtran en la joyería, explotan la bóveda y violan el cofre de acero. En su retirada, tras deslizarse de espaldas por el piso para eludir el sistema eléctrico de alarma, enfrentan algunos tropiezos y en el proceso matan a un guardia de seguridad. Louis recibe una herida seria, Dix se lleva algunos rasguños.

A la hora de entregar las alhajas Emmerich juega sucio y, con el respaldo de su detective privado, traiciona al ex presidiario. Lo que se suponía iba a ser un intercambio profesional termina convirtiéndose en un incómodo caso de chantaje que desencadena un tiroteo infernal dejando al empleado del leguleyo acribillado por un balazo seco en la cabeza.

Frustrado el pacto, el dilema es ¿qué hacer con los brillantes? ¿cómo transportarlos sin levantar sospechas? ¿dónde esconderlos? Doc los carga todo el tiempo en su maletín como si fueran material para un burócrata. Su figura menuda, su elegante estilo de caminar y su abrigo negro complementado por el bombín del mismo color hacen que parezca un individuo respetable, un profesor de universidad.

Mientras los delincuentes planean su fuga –Doc ansía vivir en México disfrutando de su líbido junto a deliciosas chicas mestizas, Dix sueña con recuperar la granja y los caballos que su padre perdió durante la gran Depresión-, Cobby se orina los pantalones ante la coacción del obeso teniente que ya no está dispuesto a seguir arriesgando su puesto por su falta de dureza con los hampones de su jurisdicción. La escena en que el oficial agarra a bofetadas al pelele y lo obliga a desembuchar el cuento entero y delatar a los implicados en el hurto es tan patética que raya en lo humorístico.

Un par de secuencias de la cinta tienen conexión con tomas similares en otros clásicos. Cuando Gus es ingresado al calabozo, y encuentra a Cobby enjaulado en la celda aledaña, de pronto se lanza como una fiera sobre los barrotes para tratar de estrangularlo. Quizás ésa haya sido la clave para inspirar a Sidney Lumet en 1975 durante el rodaje de Tarde de perros en el momento que Al Pacino extrae violentamente un enorme fusil de una caja de flores para asaltar una agencia bancaria en Brooklyn. La imagen en que Doc y sus compinches, protegidos por las sombras de una cochina habitación a media luz, analizan el ataque a su objetivo puede haber servido como punto de partida para que Stanley Kubrick construya un cuadro semejante en su Atraco perfecto de 1956.

Al final, de los 6 involucrados en el delito 3 acaban muertos (Emmerich se suicida, Louis se desangra, Dix colapsa) y 3 presos (Cobby rendido a la fuerza, Gus detenido por el soplo de aquél, Doc atrapado por su lujuria al quedarse embobado contemplando a una jovencita bailar frente a la rockola de una cafetería). Balance nada negativo para los esfuerzos de la ley y el orden.

El film, a través de unas líneas pronunciadas por su único personaje honesto —el comisionado de policía—, proclama un mensaje subliminal: el crimen nunca paga. ¿En serio?

No existen signos o referencias que permitan reconocer con claridad dónde se sitúa la acción, pero puede ser cualquier metrópoli en la que el poder de las altas esferas convive y comparte territorio, manteniendo lazos de aparente fraternidad, con el bajo mundo.

Lanzada en 1950 por la MGM, la película es dirigida por John Huston y está basada en el libro homónimo de W. R. Burnett, autor de otras obras transformadas en aclamados largometrajes de gángsters, como Hampa dorada de 1930 con Edward G. Robinson y El último refugio de 1941 con Humphrey Bogart.

La cortina musical porta el sello inconfundible del compositor de origen húngaro Miklos Rozsa quien, al igual que en Cuéntame tu vida y Días sin huella de 1945 y Forajidos de 1946, es una garantía de calidad creando sinfonías que proyectan atmósferas de tensión y sordidez.

Entre los protagonistas destacan Sam Jaffe (Doc), Sterling Hayden (Dix), James Whitmore (Gus) y Louis Calhern (Emmerich), sin omitir una mención especial a la entonces desconocida Marilyn Monroe (querida de Calhern en la ficción).

La jungla de asfalto contiene varios de los elementos intrínsecos del género: desconfianza, desprecio y traición. Penetra la intimidad de los malhechores, describiendo no sólo sus actos de vandalismo sino mostrando además sus realidades domésticas.

Un auténtico festín de cine negro.

 

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