Cartas a un joven poeta (II)

Rainer Maria Rilke

 

 

Carta Número 6

Roma, 23 de diciembre de 1903

Mi querido señor Kappus:

No ha de faltarle un saludo mío cuando va a ser Navidad y usted, en medio de las fiestas, tendrá que soportar una soledad más difícil que la acostumbrada. Pero alégrese si se da cuenta de que esa soledad es grande; pues qué sería (pregúntese a sí mismo) una soledad que no fuera grande; sólo existe una, es inmensa y nada fácil de sobrellevar, y a casi todos les llegan aquellas horas en las que querrían de buena gana cambiarla por cualquier compañía, aunque fuera vulgar y anodina, por la apariencia de un reducido acuerdo con el primero que llega, con el más indigno… Pero quizá sea precisamente en tales horas cuando la soledad crece; pues su crecimiento es doloroso, como el crecimiento de los niños, y triste, como el comienzo de la primavera. Pero esto no debe desorientarlo. Lo que se requiere es sólo esto: soledad, una gran soledad interior. Andar a solas consigo mismo y no encontrar a nadie durante horas, eso es lo que se debe alcanzar. Estar solo como en la infancia, cuando los adultos pululaban alrededor, enredados con cosas que parecían grandes e importantes, porque los mayores siempre parecían muy atareados y no se comprendía nada de su actividad.

Y si un día uno se da cuenta de que sus ocupaciones son infelices, que la profesión se ha petrificado sin relación con la vida, ¿por qué no continuar mirando como un niño lo extraño, desde lo profundo del mundo propio, desde la amplitud de la propia soledad, que en sí misma es trabajo, jerarquía y profesión? ¿Por qué querer cambiar el sabio no-comprender de un niño por el rechazo y el menosprecio, cuando el no-comprender significa estar solo y, en cambio, el rechazo y el menosprecio significan participar en aquello mismo de lo que uno quiere apartarse? Piense usted, querido señor, en el mundo que lleva usted en sí mismo, y llame este pensar como usted prefiera —recuerdo de la propia infancia o anhelo de futuro— y esté simplemente atento a lo que se eleva en usted y colóquelo por encima de todo lo que observe a su alrededor. Su desarrollo interior es digno de todo su amor, en él debe usted trabajar y no ha de perder demasiado tiempo ni demasiado ánimo en justificar su posición ante los demás. ¿Quién le dice a usted que, después de todo, tenga una?

Su profesión es dura, lo sé. Sé que está llena de contradicciones, vi venir de lejos su queja y estaba seguro de que un día u otro aparecería. Ahora que ya está aquí no le puedo tranquilizar. Sólo le pido que considere si no sucede así con todas las restantes profesiones ¿No están llenas de exigencias, de hostilidad hacia el individuo, por decirlo así, impregnadas del odio de aquellos que, mudos y malhumorados, se han encontrado con un deber aburrido? La situación en la que tiene que vivir ahora no está más pesadamente lastrada con convenciones, prejuicios y errores que todas las demás profesiones; si hay alguna que aparente tener una mayor libertad, no hay ninguna que en sí misma, de manera amplia y espaciosa, esté en contacto con las cosas grandes que trenzan la verdadera vida. Sólo el solitario está sometido, como una cosa, a leyes profundas. Y si sale por la mañana, llena de acontecimientos, y si siente qué está sucediendo, se despojará de toda condición social, como si se hubiera muerto, aunque se encuentre en medio del tumulto de la vida.

Lo que usted, querido señor Kappus, ha de experimentar ahora como oficial del ejército, lo hubiera sentido de manera similar en cada una de las profesiones existentes. Es más, aunque usted, al margen de cualquier profesión, hubiese buscado sólo un contacto leve e independiente con la sociedad, no se le hubiese ahorrado este sentimiento de opresión. En todas partes es así y no hay motivo para el temor o la tristeza. Y si siente que no hay nada en común entre los demás y usted, intente aproximarse a las cosas, que nunca lo desampararán; todavía existen noches y vientos que van a través de los bosques y recorren muchos países; aún hay acontecimientos entre cosas y animales, en los cuales le está permitido participar, y los niños son así, como usted cuando era niño, tristes y felices. Y si usted piensa en su infancia, vivirá de nuevo con ellos, con los niños solitarios, porque los adultos no son nada y su dignidad no tiene ningún valor.

Y si a usted le llena de angustia o de ansiedad pensar en la infancia y en lo que en ella hay de sencillo y sosegado porque ya no puede creer en Dios que allí se encuentra por todas partes, pregúntese a sí mismo, querido señor Kappus, si de veras ha perdido a Dios. ¿No será más bien que no lo ha poseído nunca? Porque, ¿cuándo lo habría podido poseer? ¿Cree usted que un niño puede poseerlo a Él, al que los adultos sólo con esfuerzo soportan y cuyo peso oprime a los ancianos? ¿Cree usted que quien de verdad lo tiene lo puede perder como si se tratara de un guijarro? ¿O no opina que quien lo tuviera podría ser abandonado sólo por Él? Pero si usted reconoce que Él no estaba en su infancia ni tampoco antes, si usted intuye que Cristo fue confundido por su anhelo y Mahoma traicionado por su orgullo —y si siente con horror que ahora, cuando hablamos de Él, tampoco está—, ¿qué le da derecho a añorar como un pasado a Aquel que nunca existió y a buscarlo como si lo hubiera perdido?

¿Por qué no piensa en Él como el que viene, como el que se anuncia desde la eternidad, el futuro, el fruto definitivo de un árbol cuyas hojas somos nosotros? ¿Qué le impide a usted proyectar su nacimiento en los tiempos venideros y vivir su vida como un día doloroso y bello en la historia de un gran embarazo? Pues, ¿no ve como todo lo que sucede una y otra vez es sólo un inicio, y no podría ser Su inicio, ya que comenzar es siempre tan hermoso? Si Él es el más perfecto, ¿no debe estar lo inferior ante Él para que pueda escogerse entre toda la plenitud y la abundancia? ¿No debe ser Él el último para abarcarlo todo en sí mismo? ¿Y qué sentido tendríamos nosotros si Aquel que anhelamos ya hubiera existido?

Como abejas que recogen la miel, nosotros reunimos lo más dulce y lo edificamos a Él. Con lo más diminuto incluso, con lo imperceptible (si acontece sólo por amor), con el trabajo y con el reposo, con un silencio o con una pequeña y solitaria dicha, con todo lo que hacemos solos, sin participantes ni adeptos, lo comenzamos a Él, al que no llegaremos a ver, de la misma forma que nuestros antepasados no pudieron vernos tampoco a nosotros. Y, sin embargo, estos antepasados están en nosotros como fundamento, como lastre en nuestro destino, como sangre que bulle y como ademán que se eleva desde las profundidades del tiempo.

¿Existe algo que le pueda arrebatar la esperanza de ser uno en Él, el más lejano, el máximamente remoto?

Celebre usted, querido señor Kappus, la Navidad con este alegre sentimiento. Que quizá necesita Él precisamente esta angustia vital suya para comenzar; justamente, estos días de su tránsito son quizá el tiempo en que todo en usted trabaja por Él. Sea paciente y no se enoje, y piense que lo menos que podemos hacer es no dificultarle su venida, igual que la tierra no pone obstáculos a la primavera cuando ésta quiere venir.

Y esté contento y confiado.

Suyo,

Rainer Maria Rilke

 

 

Carta Número 7

Roma, 14 de mayo de 1904

Mi querido señor Kappus:

Ha transcurrido mucho tiempo desde que recibí su última carta. No me lo tenga en cuenta: el trabajo, los trastornos y finalmente la salud delicada, repetidamente me mantuvieron apartado de esa respuesta que (así lo quería yo) debía llegarle de días buenos y tranquilos. Ahora, vuelvo a sentirme algo mejor (el comienzo de la primavera con sus variaciones dañinas y caprichosas, duras de soportar, también se hizo sentir aquí) y le saludo, querido señor Kappus, y paso a comentarle (cosa que sinceramente hago de buena gana) su carta, lo mejor que sé.

Vea usted, he copiado su soneto, porque lo encontré hermoso y sencillo y nacido con gracia serena. Son los mejores versos que he leído de usted. Y ahora le envío una copia porque sé que es una experiencia importante y plena reencontrar un trabajo propio escrito con letra ajena. Lea los versos como si no fueran suyos y sentirá en su interior con qué fuerza le son propios.

Ha sido una alegría para mí leer repetidamente ese soneto y su carta; le doy las gracias por ambas cosas.

No se deje extraviar en su soledad porque haya algo en usted que desee salirse de ella. Precisamente este deseo, si lo utiliza tranquila y reflexivamente como una herramienta, le ayudará a ampliar su soledad por un vasto territorio. La gente (con la ayuda de los convencionalismos) lo tiene todo resuelto de la forma más fácil, siguiendo el aspecto más fácil de lo fácil; pero está claro que nosotros debemos mantenernos en lo difícil y pesado: todo lo vivo se sujeta a ello, todo en la naturaleza crece y se defiende según su índole propia y se convierte en un ser particular, intenta serlo a cualquier precio y contra toda oposición. Poco sabemos, pero que debamos mantenernos en lo difícil y grávido es una seguridad que no nos abandonará; es bueno estar solo, pues la soledad es difícil; que algo sea difícil ha de ser para nosotros una razón de más para hacerlo.

También amar es bueno, pues el amor es difícil. Amarse de persona a persona es quizá lo más difícil de todo lo que nos ha sido encomendado, lo más avanzado, la última prueba y examen, el trabajo por excelencia, para el que todo otro trabajo es sólo preparación. Por eso los jóvenes, que son principiantes en todo, todavía no conocen el amor: tienen que aprenderlo. Con todas sus fuerzas, con todo su ser reunido en torno a un corazón solitario, inquieto, latiendo hacia arriba, tienen que aprender a amar. El tiempo del aprendizaje es siempre largo y hermético. De este modo, amar será durante mucho tiempo y a lo largo de la vida, soledad, recogimiento prolongado y profundo para aquel que ama. Amar, sobre todo, no es nada que signifique evadirse de sí mismo, darse y unirse a otro, porque ¿qué sería la unión de unos seres aún turbios, incompletos, confusos? Amar es una sublime oportunidad para que el individuo madure, para llegar a ser algo en sí mismo. Convertirse en un mundo, transformarse en un mundo para sí por amor a otro, es una pretensión grande y modesta a la vez, algo que elige y que da vocación y amplitud. Sólo en este sentido, como tarea para trabajar en uno mismo («escuchar y martillear noche y día») les está permitido usar a los jóvenes el amor que les ha sido dado. Exteriorizarse, crear cualquier tipo de comunidad, no es para ellos (que aún han de ahorrar y reunir durante mucho, mucho tiempo), es lo último, lo definitivo. Para conseguirlo, apenas hay bastante con toda una vida humana.

Por esto, los jóvenes suelen equivocarse tan desdichadamente. La impaciencia (que es parte constitutiva de su naturaleza) hace que se arrojen en brazos de otro cuando viene la crecida del amor, que se prodiguen tal como son con toda su turbulencia, desorden y confusión ¿Qué puede, pues, ocurrir? ¿Qué puede hacer la vida con esa tropa de semifrustrados que ellos llaman su comunidad, que lo querrían llamar su felicidad y, si pudieran, su futuro? Y así cada uno se pierde a sí mismo por amor del otro y pierde al otro y a otros muchos que querrían venir. Y pierde la amplitud, el horizonte y el futuro, cambia imperceptiblemente la ida y la vuelta, situaciones henchidas de presentimientos por una perplejidad estéril de la que ya no puede salir nada bueno, nada que no sea náusea, decepción, mediocridad y caída en una de las infinitas convenciones que, como refugios colectivos, se disponen abundantemente en este camino tan peligroso. No hay ámbito de la experiencia humana tan bien surtido de convenciones como éste, donde aparecen multiplicadas en forma de chalecos salvavidas, lanchas y flotadores. La opinión colectiva ha sabido crear refugios de todo tipo, porque, inclinada a tomar la vida amorosa como un placer, tenía que convertirla en algo fácil, barato, sin riesgos, seguro, como las diversiones públicas.

Ciertamente, muchos jóvenes que aman falsamente, es decir, faltos de soledad, entregándose sin discernimiento, extrovertidamente —el término medio se queda siempre en este punto—, sienten algo semejante a la opresión de una falta y quieren transformar el estado en que han caído convirtiéndolo, por sus propios medios, en algo fértil y vivo; pues su naturaleza les dice que las preguntas del amor, menos que otras, también esenciales, no pueden ser resueltas públicamente ni de acuerdo con ningún convencionalismo; que son preguntas, preguntas inmediatas de persona a persona, que requieren en cada caso respuestas nuevas, únicas, exclusivamente personales. Pero los que se han arrojado juntos, que ya no se delimitan ni se diferencian, que ya no poseen nada propio, ¿cómo podrán encontrar una salida que les surja de dentro, desde la hondura de su derruida soledad?

Provienen de un común desamparo y cuando con la mejor voluntad pretenden evitar la convención que les escandaliza (como el matrimonio), van a dar en los tentáculos de una solución menos pública, pero igualmente rutinaria y mortal; en su entorno y en un círculo muy amplio, todo se ha convertido en convención, porque cualquier acto que tiene su origen en una amalgama confusa, prematuramente trenzada, se vuelve convencional. Cualquier relación turbia posee una convención propia por insólita que sea (es decir, por inmoral en el sentido corriente de la palabra). Incluso la separación sería aquí un paso convencional, una fortuita decisión impersonal sin fuerza ni fruto.

Quien observe con seriedad encontrará que, como para la muerte, que es difícil, tampoco para el difícil amor se ha encontrado ninguna aclaración, ninguna solución, indicación o camino. Y para estas dos tareas que de manera velada llevamos en nosotros y transmitimos sin descubrirlas, no se ha podido encontrar ninguna regla basada en un acuerdo colectivo. No obstante, a medida que como individuos empecemos a vivir, estas grandes cosas nos acogerán con mayor cercanía a nosotros, los solitarios. Las exigencias que el difícil trabajo de amor impone a nuestro desarrollo sobrepasan a la vida; y nosotros, como principiantes, no estamos a su altura. Sin embargo, si soportamos y hacemos nuestro ese amor como carga y tiempo de aprendizaje, en vez de perdernos en el juego fácil y frívolo tras el que la humanidad se ha escondido de lo más tremendamente serio de su existir, lograremos un pequeño avance y un alivio, quizá perceptible para los que vendrán mucho después de nosotros. Esto ya sería mucho…

Llegamos precisamente al punto en que por primera vez contemplamos la relación de una soledad con otra, sin prejuicios y objetivamente; y nuestros intentos de vivir dicha relación no tienen ningún modelo previo. Pero en el curso del tiempo parece que se muestra algo que quiere ayudar a nuestra vacilante condición de principiantes.

La muchacha y la mujer, en su nuevo y peculiar desarrollo, serán sólo pasajeramente repetidoras de los vicios y virtudes del varón e imitadoras de profesiones masculinas. Después de la inseguridad de este tránsito, se mostrará que las mujeres habrán pasado por esos numerosos y variados (a menudo ridículos) disfraces sólo para purificar su propio ser de las influencias deformantes del otro sexo. Las mujeres, en las que la vida permanece y habita más directa, fértil y confiadamente, tienen que haber llegado a ser en profundidad seres más maduros, más humanos, que el liviano varón, que no se siente atraído más allá de la superficie de la vida por el peso de ningún fruto corporal y que, presuntuoso y apresurado, subestima lo que cree amar.

Esta humanidad de la mujer, vivida en el dolor y en la humillación, verá la luz cuando se haya despojado de las convenciones de lo únicamente femenino en las transformaciones de su estado y condición; y los hombres, que aún no lo sienten venir, se sentirán sorprendidos y derrotados. Un día, (en los países nórdicos ya hay signos fiables que hablan de ello y lo indican), un día, la muchacha y la mujer serán. Su nombre no significará ya una mera oposición a lo masculino, sino algo por sí mismo, algo que no sugerirá ya complemento o límite y sí, en cambio, vida y existencia, la persona femenina.

Este progreso transformará la vida amorosa, que ahora está llena de errores, la transformará desde la raíz (muy en contra de la voluntad de los varones anticuados), la reconstruirá en una relación de persona a persona y ya no de hombre a mujer. Y este amor humano (que se desarrollará con delicadeza infinita y discreta, que se hará bueno y claro tanto al ligarse como al desligarse) se parecerá a aquel que preparamos con trabajo y esfuerzo, aquel amor que consiste en que dos soledades se protejan, delimiten y respeten mutuamente.

Una palabra más. No crea usted que aquel gran amor que de niño le fue entregado, se haya perdido. ¿Puede decir si en aquel tiempo no maduraron en usted grandes y buenos deseos y determinaciones de las que todavía hoy vive? Yo creo que aquel amor permanece fuerte y poderoso en su recuerdo, porque fue su primera y profunda soledad y el primer trabajo interior que usted realizó en su vida.

Mis mejores deseos para usted, querido señor Kappus.

Rainer Maria Rilke

 

 

Soneto

 

A través de mi vida tiembla sin sollozo,
sin lamento, un profundo dolor.
La sangrante nieve pura de mis sueños
alimento es de mis días más callados.
Pero a menudo la gran pregunta cruza
mi camino. Me haré pequeño y frío
y pasaré como por sobre un mar,
cuya marea no me atrevo a medir.
Después, desciende de mi una pena tan turbia
como el gris sin brillo de las noches de verano
que una estrella centelleante atraviesa —alguna vez—.
Mis manos buscan el amor
que no puede hallar mi ardiente boca,
y quisiera en voz bien alta rezar.

 

 

Carta Número 8

Borgeby gard, Flädie, Suecia
12 de agosto de 1904

 

Quiero hablarle de nuevo un rato, querido señor Kappus, aunque no pueda decir casi nada que le sirva de ayuda o le sea provechoso. Usted ha sufrido muchas y grandes tristezas que ya pasaron. Y dice que la experiencia fue para usted difícil e incómoda. Pero, se lo ruego, reflexione usted si esas grandes tristezas no le atravesaron más bien en su mismo centro. ¿Acaso no se han transformado muchas cosas en usted? ¿Acaso no ha cambiado usted en algún lugar de su ser mientras padecía la tristeza? Peligrosas y malas son sólo aquellas tristezas que uno arrastra entre la gente para mitigarlas; como enfermedades tratadas de manera superficial y necia, se retiran un instante para volver a presentarse e irrumpir de forma mucho más temible; y se acumulan en el interior, y son vida, vida no vivida, vida rechazada y perdida, por la que se puede morir.

Si nos fuera posible ver más allá de lo que alcanza nuestro conocimiento y un poco por encima de la avanzadilla de nuestros presentimientos, quizá llegaríamos a soportar nuestras tristezas con mayor confianza que nuestras alegrías. Pues son momentos en los que algo nuevo se ha introducido en nosotros, algo desconocido. Nuestros sentidos enmudecen con tímido encogimiento, todo en nosotros se retrae, nace un silencio y lo nuevo, lo que nadie conoce, se yergue en el centro y calla.

Yo creo que casi todas nuestras tristezas son momentos de tensión que nosotros percibimos como parálisis, porque ya no sentimos la vida de nuestros sentidos alienados. Porque estamos solos con el extraño que se nos ha introducido; porque, por un momento, se nos arrebata todo lo habitual y lo que nos inspiraba confianza; porque nos encontramos en una encrucijada donde no podemos permanecer.

Por ello, también la tristeza pasa: lo nuevo en nosotros, lo que nos ha llegado, se ha introducido en nuestro corazón, ha llegado a su cámara más recóndita y tampoco está allí; se encuentra en la sangre. Y no experimentamos qué ha sido. Se nos podría hacer creer fácilmente que nada ha ocurrido y, sin embargo, hemos cambiado como cambia una casa en la que ha entrado un huésped. No podemos decir quién ha llegado, tal vez no lo sepamos nunca, pero muchos indicios hablan del futuro que acaba de entrar para transformarse en nosotros, mucho antes de que acontezca y se manifieste.

Por eso es tan importante estar solo y atento cuando se está triste; porque el instante aparentemente perplejo y vacío de acontecimientos en el que nuestro futuro nos alcanza, está mucho más próximo a la vida que aquel otro, ruidoso y fortuito, en que se nos presenta como venido de fuera.

Cuanto más silenciosos, pacientes y abiertos nos mantengamos en la tristeza, más profunda y certeramente se introducirá lo nuevo en nosotros, mejor lo heredaremos y en mayor medida será nuestro destino. Y cuando un día lejano, «se realice» (es decir, cuando pase desde nuestro interior hacia los demás), lo sentiremos cercano y familiar en lo más íntimo.

Sólo una cosa nos es necesaria. Y es que nada extraño nos ocurra, nada que no sea aquello que desde hace mucho tiempo nos pertenece (y hacia aquí se orientará poco a poco nuestro desarrollo). Ya se ha tenido que modificar la noción de movimiento; poco a poco se llegará también a reconocer que lo que llamamos destino surge de los seres humanos y que no les viene de fuera. Sólo porque muchos no absorbieron el destino ni lo transformaron en sangre propia mientras vivía en ellos, no lo reconocieron cuando surgió de ellos; les era tan extraño que, en su alocado espanto, consideraron que había tenido que llegarles justo entonces, pues juraban y perjuraban que nunca habían encontrado antes algo similar en sí mismos. De la misma forma que nos hemos engañado durante largo tiempo sobre el movimiento del sol, también seguimos estando equivocados acerca del movimiento del porvenir. El futuro permanece firme, querido señor Kappus, pero nosotros nos movemos en un espacio infinito.

¿Cómo no había de sernos difícil?

Y si volvemos a hablar de la soledad, se hará más claro que, vista de cerca, la soledad no es algo que se pueda dejar o tomar. Somos soledad. Uno se puede equivocar en esto y hacer como si no fuera así. Esto es todo. No obstante, es mucho mejor reconocerlo y, lo que es más, vivir a partir de tal reconocimiento. Ciertamente, nos dará vueltas la cabeza, pues todos los puntos donde nuestros ojos descansaban nos habrán sido arrebatados; ya no habrá nada que esté cerca, y todo lo lejano estará infinitamente lejos. Aquel que, sin preparación ni tránsito, fuera trasladado de su habitación a lo más alto de una montaña, sentiría algo semejante: una inseguridad sin par, un sentirse a merced de lo innombrable casi lo aniquilarían. Llegaría a pensar que se cae, a creerse arrojado fuera del espacio o a verse reducido en mil pedazos. ¡Cuántas grandiosas mentiras no tendría que contarse su cerebro para poder abrazar la situación y explicarla a sus sentidos! Y así se modifican todas las distancias y medidas para quien se convierte en un solitario. Muchas de estas metamorfosis son súbitas, y como en aquel que repentinamente se encuentra en lo alto de un monte, surgen extrañas fantasías, sensaciones tan extrañas que parecen haber crecido más allá de todo lo soportable. Pero es muy importante que vivamos también esto. Hemos de aceptar nuestra existencia tan ampliamente como nos sea posible. Todo, incluso lo inaudito, ha de ser posible. Esto es lo fundamental, el único valor que se nos exige: ser valientes ante lo más extraño, maravilloso e inexplicable que nos pueda acontecer. Que los seres humanos sean cobardes en este sentido, causa un daño infinito a la vida; las experiencias que llamamos «apariciones», todo el llamado «mundo de los espíritus», la muerte, todas estas cosas tan emparentadas con nosotros, hasta tal punto han sido expulsadas de la vida por un rechazo realizado día a día, que los sentidos con los que podríamos percibirlas, se han atrofiado. Para no hablar de Dios. Pero el miedo ante lo inexplicable no sólo ha empobrecido el ser del individuo, sino que también las relaciones de persona a persona se han mutilado por su causa, como si se las hubiera extraído del cauce de las infinitas posibilidades para ser llevadas a una orilla baldía, en la que nada ocurre. Pues no sólo la indolencia hace que las relaciones humanas se repitan en cada caso de forma tan indeciblemente monótona y repetitiva, sino que existe también otra causa: el temor a cualquier acontecimiento nuevo, imprevisible, ante el que no se cree estar a su altura. Pero sólo quien está dispuesto a todo, quien no cierra la puerta a nada, ni siquiera a lo más enigmático, vivirá la relación con el otro como algo vivo y ahondará en sí mismo. Pues si concebimos la naturaleza del ser individual como una habitación más o menos grande, veremos que la mayoría sólo conoce una esquina, una ventana, una franja por la que repetidamente va y viene. Así se tiene una cierta seguridad. No obstante, es mucho más humana la inseguridad llena de peligros de aquel preso en el cuento de Poe, que le empuja a explorar las formas de su terrorífica celda y a no sentirse extraño ante el indecible horror de su estancia.

Pero nosotros no estamos presos. En torno nuestro no hay cepos ni trampas y no hay nada que deba asustarnos o torturarnos. Estamos puestos en la vida como en el elemento más afín y hemos llegado a hacernos tan similares a ella a través de siglos de adaptación que, si nos mantenemos en calma y en silencio, gracias a un feliz mimetismo, casi no se nos puede diferenciar de ella. No tenemos ningún fundamento para desconfiar de nuestro mundo, ya que no está contra nosotros. Si tiene miedos, son sólo nuestros miedos; si tiene abismos, esos abismos nos pertenecen; si hay peligros, debemos intentar amarlos. Y si disponemos nuestra vida según el principio que nos aconseja mantenernos siempre en lo difícil, lo que nos parecía extraño, se nos transformará en algo infinitamente fiel y digno de toda confianza. ¿Cómo hemos podido olvidar los viejos mitos que se yerguen en el comienzo de todos los pueblos, los mitos de aquellos dragones que en el instante supremo se transforman en princesas? Quizá todos los dragones de nuestra vida sean princesas que sólo esperan vernos una vez hermosos y valientes. Quizá todo lo horrible, en el fondo, sea sólo una forma de desamparo que solicita nuestra ayuda.

Así, pues, no tiene de qué asustarse, querido señor Kappus, si ante usted se alza una tristeza tan grande como nunca la haya sentido; o si una inquietud como luz o sombra de nubes cae sobre sus manos y hace efecto en usted. Tiene que pensar que algo le acontece, que la vida no le ha olvidado, que lo tiene en sus manos y que no le dejará caer. ¿Por qué quiere excluir de su vida toda inquietud, dolor o melancolía? ¿Ignora que tales estados trabajan en usted? ¿Por qué quiere acosarse a sí mismo con preguntas sobre su origen y su fin? Usted sabe que se halla en una encrucijada y que no deseaba otra cosa que no fuera transformarse. Si en su proceso interior contrae una enfermedad, piense que la enfermedad es el medio del que se sirve el organismo para liberarse de lo extraño; limítese a ayudarle a estar enfermo, a dejar que aflore y estalle toda su enfermedad, pues ese es su progreso. ¡En usted, querido señor Kappus, están ocurriendo tantas cosas! Debe ser paciente como un enfermo y confiado como un convaleciente. Pues quizá sea usted ambas cosas. Y lo que es más, usted mismo es el médico que ha de velar por usted. Pero tenga en cuenta que en toda enfermedad hay días en los que el médico no puede hacer más que esperar. Y esto es lo que usted, en cuanto es su propio médico, sobre todo, debe hacer ahora.

No se observe demasiado. No saque conclusiones precipitadas acerca de lo que le está ocurriendo; deje simplemente que las cosas le sucedan. De lo contrario, llegará con demasiada facilidad a mirar su pasado con reproches (es decir, como un moralista); un pasado que, como es natural, forma parte de lo que ahora le está sucediendo. Los errores, deseos y nostalgias de su niñez que actúan ahora en usted, no es lo que usted recuerda y prejuzga. Las insólitas relaciones de una niñez solitaria y desamparada son tan difíciles, tan complicadas, tan sometidas a tantas influencias y, al mismo tiempo, tan desconectadas de toda real conexión con la vida, que cuando un vicio se introduce en ella, no se lo puede llamar vicio sin más. Hay que ser muy cauto con los nombres. Con frecuencia es el nombre de un crimen lo que hace naufragar una vida, y no la acción individual y sin nombre, que quizá no era más que una determinada necesidad de esa vida, la cual podía aceptar aquella acción con inocencia y sin esfuerzo. Y el esfuerzo necesario le parece a usted tan grande, porque sobrevalora la victoria; la victoria, lo que usted cree haber logrado, no es lo «grande», aunque sí tiene razón con su sentimiento; lo grande es que ya había algo allí, algo que podía colocar en el lugar de la antigua mentira, algo genuino y auténtico. Sin esto, su victoria habría sido también una reacción moralista, sin ningún significado ulterior. De esta forma, sin embargo, ha llegado a convertirse en parte de su vida. De su vida, querido señor Kappus, en la que pienso con tan buenos deseos. ¿Se acuerda usted de cómo a lo largo de su vida, desde la infancia, ha sentido nostalgia por lo «grande»? Ya veo cómo anhela desde lo grande lo máximo. Por eso, un anhelo así no cesa de ser difícil, pero, por lo mismo, tampoco dejará de crecer.

Y si algo más debo decirle es esto: no crea usted que el que intenta consolarle vive sin esfuerzo bajo las sosegadas y sencillas palabras que a usted a veces le hacen bien. La vida de quien las escribe tiene fatigas y tristezas y queda mucho más rezagada que la suya. Pero, de no ser así, no habría podido encontrar estas palabras.

Su

Rainer Maria Rilke

 

 

Carta Número 9

Furuborg, Jonsered, en Suecia
4 de noviembre de 1904

 

Mi querido señor Kappus:

Todo este tiempo en que usted no ha recibido ninguna carta mía, he estado de viaje o tan ocupado que no le he podido escribir. Incluso hoy me resulta difícil hacerlo, porque he tenido que redactar muchas cartas y mi mano está cansada. Si pudiera dictar, le diría muchas cosas, pero como no es así, tome, se lo ruego, estas pocas palabras como si fueran una larga carta.

Suelo pensar en usted, querido señor Kappus, con tan concentrados deseos que, de alguna forma, estoy convencido de que, así, le puedo ayudar. En cambio, que mis cartas, en verdad, puedan servirle de ayuda… lo dudo muchas veces. No me diga: «sí, me ayudan». Tómelas con sencillez y sin excesivo agradecimiento y esperemos lo que quiera venir.

Quizá no sea provechoso que ahora trate con pormenor sus palabras, pues ¿qué le podría decir sobre su tendencia a la duda o sobre su incapacidad para armonizar la vida interior con la exterior?, ¿o también acerca de todo lo que le oprime, que no le haya dicho ya? Deseo que encuentre la paciencia suficiente para soportar y la simplicidad necesaria para creer a fin de adquirir más confianza en lo que es difícil y en la soledad que de pronto le rodea por sorpresa en medio de la gente.

Por lo demás, deje que la vida vaya sucediendo y traiga lo que tenga que traer. Créame, la vida siempre, siempre tiene razón.

En cuanto a los sentimientos: son auténticos los que le concentran y elevan; impuro es el sentimiento que le agarra por una parte de su ser y así lo desfigura. Todo lo que usted pueda meditar acerca de su infancia, es bueno. Todo lo que le hace ser más de lo que era hasta ahora en sus mejores momentos, es acertado. Cada incremento es bueno si está en toda su sangre, si no es ebriedad o turbulencia, sino alegría que deja ver el fondo. ¿Comprende usted lo que le quiero decir?

Respecto a la duda: puede convertírsele en una buena cualidad si la educa. La duda ha de llegar a ser sabia, ha de convertirse en crítica. Pregúntele, siempre que quiera echarle algo a perder, pregúntele porqué es fea aquella cosa; pídale pruebas, sométala a examen y quizá la encuentre perpleja y desconcertada, quizá también irritada. Pero usted no ceda, exija argumentos.

Compórtese atenta y consecuentemente en todas las ocasiones; y llegará el día en que el destructor se convertirá en uno de sus mejores trabajadores, tal vez en el más inteligente de todos los que le edifican la vida.

Esto es lo que deseaba decirle hoy, querido señor Kappus. Al mismo tiempo le mando la copia impresa de un poema corto, que ahora ha sido publicado en el Deutschen Arbeit de Praga. Allí sigo hablándole de la vida y de la muerte, ambas, a la vez, grandes y maravillosas.

Suyo

Rainer Maria Rilke

 

 

Carta Número 10

París, día siguiente de Navidad, 1908

 

Usted ha de saber, querido señor Kappus, cuánto me alegró su hermosa carta. Las noticias que me daba, muy reales y precisas, me parecen buenas y cuanto más las medito más las percibo como objetivamente auténticas. En realidad, quería escribirle esto la víspera de Navidad. Pero a causa del ininterrumpido y múltiple trabajo en que vivo este invierno, la antigua fiesta transcurrió tan deprisa que apenas he tenido tiempo de realizar las tareas más urgentes y mucho menos para escribir.

Pero he pensado con frecuencia en usted estos días y me he imaginado qué tranquilo debe de sentirse en su solitario fortín en medio de desiertas montañas sobre las que se precipitan los grandes vientos del sur como si quisieran engullirlas a grandes bocados.

El silencio que acoge tales sonidos y movimientos debe de ser inmenso y si a todo esto se añade la lejana presencia del mar, que resuena en todo, tal vez, como el tono más íntimo de esta armonía más vieja que la historia, sólo le puedo desear que, lleno de confianza y de paciencia, deje obrar en usted esta grandiosa soledad que jamás se borrará de su vida y que, en todo lo que está a punto de vivir y de hacer, actuará como un influjo anónimo, constante, decisivo e imperceptible, de la misma forma, que, incansable, fluye en nosotros la sangre de nuestros antepasados, combinándose con lo que es nuestro para formar en cada recodo de nuestras vidas esa cualidad única e irrepetible que nos constituye.

Sí, me alegra que tenga esta existencia sólida y descriptible, ese grado, ese uniforme, ese servicio, todo eso tangible y limitado, que, en un entorno semejante, en medio de una tropa tan aislada como poco numerosa, adopta un aire de gravedad y necesidad, permite y crea, más allá de los pasatiempos y ocios de la profesión militar, una aplicación atenta y una atención independiente. Al fin y al cabo, lo único que necesitamos es encontrarnos en circunstancias que actúen sobre nosotros y que, de vez en cuando, nos coloquen ante inmensas manifestaciones naturales.

También el arte es sólo una manera de vivir y puede uno prepararse para él viviendo en la circunstancia que sea y sin darse cuenta. En todo lo real estamos más cerca del arte que en los oficios semiartísticos e irreales que, dándonos la ilusión de su proximidad, de hecho niegan su existencia y lo dañan, como sucede con todo el periodismo, con casi toda la crítica y con las tres cuartas partes de aquello que se llama o dice llamarse literatura. En una palabra, me alegra que haya superado ese peligro y se halle solo y animoso en una ruda realidad. Deseo que el año que está a punto de empezar le conserve y le afirme en ella. Siempre suyo,

Rainer Maria Rilke

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