Retrato de un artista adolescente [Fragmento] (II)

James Joyce

 

 

—¿Y cómo? ¿Cómo?

—Padre, yo…

Aquel pensamiento resbalaba como una hoja fría y brillante de acero por la entraña de sus carnes: ¡confesión! Pero no en la capilla del colegio. Lo confesaría sinceramente todo, cada uno de sus pecados de hecho y de pensamiento: pero no allí, entre sus compañeros de colegio. Lejos, en algún sitio oscuro, sería donde únicamente se atrevería a expresar su propia infamia; y le rogó humildemente a Dios que no estuviera ofendido con él por no atreverse a confesar en la capilla del colegio; y con un total abatimiento de espíritu imploró mudamente el perdón de aquellos infantiles corazones que le rodeaban.

Pasaba el tiempo.

Volvía a estar sentado en el primer banco de la capilla. La luz del día estaba ya decayendo y al penetrar por el rojo denso de las cortinas, parecía que el sol del último día se estaba ocultando y que todas las almas se congregaban para el juicio final.

Estoy apartado de la vista de tus ojos: palabras tomadas, mis queridos hermanitos en Cristo, del Libro de los Salmos, capítulo trece, versículo veintitrés. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

El predicador comenzó a hablar en un tono reposado y amistoso. Su rostro tenía una expresión amable y juntaba despacito los dedos de cada mano formando una caja delicada al reunir las yemas.

—Esta mañana procurábamos, en nuestra meditación del infierno, hacer lo que nuestro santo fundador llama en su libro de los Ejercicios Espirituales la composición de lugar. Esto es, tratábamos de imaginar con los sentidos de la mente, con nuestra imaginación, el carácter material de las penas de aquel lugar espantoso y de los tormentos físicos que sufren todos los que están en el infierno. Esta tarde trataremos de considerar por unos breves momentos la naturaleza de las penas espirituales del infierno.

—Acordaos de que el pecado constituye un doble delito. Es una vil condescendencia con las inclinaciones de nuestra corrompida naturaleza hacia los más bajos instintos, hacia lo que es grosero y bestial.

—Pero es también un apartamiento de lo más noble de nuestro ser, de todo lo que es puro y santo, del mismo Dios. Por esta razón, el pecado mortal recibe en el infierno dos clases diferentes de castigo, físico y corporal.

—Pero de todas las penas espirituales, la incomparablemente mayor es la pena de daño, tan grande, realmente, que es de por sí un tormento mayor que todos los otros. Santo Tomás, el máximo doctor de la Iglesia, el doctor angélico, como se le llama, dice que la peor condenación resulta de que el entendimiento del hombre está totalmente privado de la divina luz y su afecto inexorablemente apartado de la divinidad de Dios. Dios, acordaos de ello, es un ser infinitamente bueno y, por tanto, la pérdida de tal ser debe resultar infinitamente dolorosa. En esta vida no podemos tener una idea clara de lo que tal pérdida es, pero en el infierno, el condenado, para su mayor tormento, tiene un conocimiento cabal de lo que ha perdido y sabe que lo ha perdido por sus propios pecados y que lo ha perdido para siempre. En el mismo instante de la muerte, se rompen las ligaduras de la carne y el alma tiende inmediatamente hacia Dios como hacia el centro de su existencia. Acordaos, queridos niños, de que nuestras almas ansían el estar con Dios. Venimos de Dios, vivimos por Dios, pertenecemos a Dios; somos suyos, inalienablemente suyos. Dios ama con un divino amor a cada una de las almas humanas, y cada una de estas almas vive por aquel amor. ¿Cómo podría ser de otro modo? Cada soplo de nuestro aliento, cada pensamiento de nuestro cerebro, cada instante de nuestra vida, proceden de la inagotable bondad de Dios. Y si es doloroso para una madre el ser apartada de su hijo, para un hombre el destierro de su patria y de su hogar, para un amigo el verse separado de su amigo, pensad, pensad, qué pena, qué angustia, debe de ser la de la pobre alma al verse rechazada de la presencia de aquel supremo bien, de aquel amante creador que la había formado de la nada, que la había sostenido en vida y amado con un inmensurable amor. Esto, pues, el ser separada para siempre del mayor bien, de Dios, el sentir la angustia de esta separación, sabiendo con absoluta certeza que no ha de haber cambio posible, en esto consiste el mayor tormento que el alma creada puede sufrir: poena danni, la pena de daño.

—La segunda pena que afligirá las almas de los condenados en el infierno es la pena de conciencia. Así como en los cuerpos muertos se engendran los gusanos por la descomposición, así en las almas de los condenados, de la putrefacción del pecado, nace un perpetuo remordimiento, el aguijón de la conciencia, el gusano, como el Papa Inocencio III lo llama, de la triple mordedura. La primera manera de roer de este cruel gusano será el recuerdo de los pasados deleites. ¡Oh, qué horrendo recuerdo habrá de ser! En el lago de llamas que todo lo devoran, el orgulloso rey recordará la pompa de su corte; el hombre sabio, pero malvado, sus bibliotecas y sus instrumentos de investigación; el amante de los placeres artísticos, sus mármoles, sus pinturas y sus otros tesoros de arte; el que se deleitó con los placeres de la mesa, sus magníficos festines, aquellos platos preparados con tan exquisita delicadeza, sus escogidos vinos; el avaro recordará sus montones de oro; el ladrón, sus mal adquiridas riquezas; los asesinos, coléricos, vengativos y despiadados, aquellas violencias y aquellos crímenes en que se gozaron; los lascivos y adúlteros, los innombrables y hediondos placeres que fueron sus delicias. Recordarán todo esto y se aborrecerán a sí mismos y aborrecerán sus pecados. Porque, ¿cuán miserables no aparecerán todos estos placeres al alma condenada a sufrir el fuego del infierno por los siglos de los siglos? ¡Cómo rabiarán y maldecirán al considerar que han perdido la bienaventuranza celestial por la escoria de la tierra, por unos cuantos trozos de metal, por vanos honores, por comodidades corporales, por una simple comezón de los sentidos! Y, ciertamente, se arrepentirán; y ésta es la segunda roedura de la conciencia: un tardío e infecundo arrepentimiento de los pecados cometidos. La justicia divina quiere que las inteligencias de aquellos miserables condenados estén constantemente atareadas en la contemplación de los pecados de que se hicieron reos, y aún más, como señala San Agustín, Dios les hará partícipes de su propio conocimiento del pecado, de tal modo, que el pecado aparecerá en ellos en toda su monstruosa malicia como aparece a los ojos de Dios mismo. Contemplarán sus pecados en toda su vileza y se arrepentirán; pero será demasiado tarde y entonces lamentarán las buenas ocasiones que desperdiciaron. Esta es la última y más profunda y cruel mordedura del gusano de la conciencia. La conciencia dirá: tuviste tiempo y oportunidad para arrepentirte y no quisiste; fuiste educado religiosamente por tus padres; tuviste en tu ayuda la gracia y los sacramentos e indulgencias de la Iglesia; tuviste ministros de Dios que te predicaran, que te llamaran al redil si te habías extraviado, que te perdonaran tus pecados, sin que importase cuántos o cuan horribles fuesen, con sólo que te hubieras confesado y arrepentido. No. No quisiste. Hiciste mofa de los sacerdotes de la santa religión, volviste la espalda al confesionario, te encenagaste más y más en el lodazal del pecado. Dios te rogaba, te amenazaba, te imploraba que volvieses a él. ¡Oh, qué miseria, qué vergüenza! El legislador del universo te suplicaba a ti, criatura de arcilla, para que guardaras su ley y para que le amaras a él, a él que te había creado. No. No quisiste. Y ahora, aunque inundaras todo el infierno con tus lágrimas, si pudieras llorar todavía, todo ese mar de arrepentimiento no te podría procurar lo que una sola lágrima de contrición verdadera vertida durante tu vida mortal. Y ahora clamas por un solo momento de vida terrena para convertirte: ¡en vano! Ha pasado el tiempo. Ha pasado para siempre.

—Es tal la triple mordedura de la conciencia cuando roe el mismo centro del corazón de los miserables en el infierno, que, llenos de una furia infernal, se maldicen a sí mismos por su locura, y maldicen a los malos compañeros que los condujeron a tal ruina, y maldicen a los demonios que los tentaron en vida y que ahora se mofan de ellos en la eternidad, y hasta ultrajan y maldicen al Supremo Ser, a aquel cuya bondad desdeñaron y menospreciaron, pero de cuya justicia y poder no pueden librarse.

—La siguiente pena espiritual, a la cual los condenados están sujetos, es la pena de extensión. En esta vida, el hombre, aunque capaz de muchos males, no los puede tener todos a un tiempo, desde el momento que cada mal de por sí aminora otro y se contrapone a él. En el infierno, al contrario, un tormento, en lugar de contraponerse a otro, le presta aún mayor fuerza. Y más aún, como las facultades internas son más perfectas que los sentidos externos, resultan, por esta razón, más capaces de sufrimiento. Lo mismo que cada sentido se ve atormentado por su pena correspondiente, lo mismo ocurre con las facultades espirituales: la imaginación, con horrendas imágenes; la facultad sensitiva, con intervalos de deseo y de rabia; la mente y la inteligencia, con unas tinieblas internas más terribles aún que la oscuridad exterior que reina en aquel horrible calabozo. La malicia, aunque impotente, de la que estas almas endemoniadas se ven poseídas, es un mal de ilimitada extensión, un terrible estado de perversidad que apenas si nos podemos imaginar, a menos que no tengamos en nuestra mente la enormidad del pecado y el odio que Dios le profesa.

—Opuesta a la pena de extensión, y, sin embargo, coexistente con ella, tenemos la pena de intensidad. El infierno es el centro de los males, y, como sabéis, las cosas son más intensas en su centro que en sus puntos remotos. Allí en el infierno no hay remedios ni pociones que puedan templar o suavizar en lo más mínimo las penas infernales. La compañía, que en todas partes es una fuente de consuelo para el afligido, será allí un continuo tormento. El saber, tan ansiado como principal bien de la inteligencia, será allí odiado más que la ignorancia; la luz, amada por todas las criaturas, desde el rey de la creación hasta la más humilde planta del bosque, será intensamente aborrecida. En esta vida, nuestros pesares o no son muy duraderos o no son muy intensos, porque la naturaleza o bien se sobrepone a ellos por la costumbre o los hace cesar al hundirse bajo su carga. Pero en el infierno, los tormentos no pueden ser amansados por la costumbre, porque al mismo tiempo que son de terrible intensidad, están cambiando continuamente, cada pena, por decirlo así, inflamándose al contacto de otra nueva, que a su vez dota de una más fiera intensidad el fuego de la antigua. Ni puede la naturaleza tampoco escapar al sufrimiento sucumbiendo a él, porque el alma está mantenida y sostenida en su daño de tal modo que su sufrimiento pueda ser aún mayor siempre. Ilimitada extensión de tormento, increíble intensidad de dolor, incesante variedad de tortura: esto es lo que la divina majestad, tan ultrajada por los pecadores, exige. Esto es lo que reclama la sangre del Cordero de Dios, vertida para redimir a los pecadores y hollada por los más viles entre los viles.

—La última tortura, la que sirve de remate a todas las otras del infierno, es su eternidad. ¡Eternidad! ¡Oh, tremenda y espantosa palabra! ¿Qué mente humana podrá comprenderla? Y tened presente que se trata de una eternidad de sufrimiento. Aunque las penas del infierno no fueran tan terribles como son, se harían infinitas sólo por estar destinadas a durar para siempre. Pero al mismo tiempo que son eternas, son también, como sabéis, insufriblemente intensas, intolerablemente extensas. Sufrir aunque fuera sólo la picadura de un insecto por toda la eternidad, sería un tormento espantoso. ¿Qué será, pues, el sufrir para siempre las múltiples torturas del infierno? ¡Para siempre! ¡Por toda la eternidad! No por un año, ni por un siglo, ni por una era, sino para siempre. Tratad de representaros la horrible significación de estas palabras. Vosotros habréis visto frecuentemente las arenas de una playa. ¡Qué diminutos son los granillos de la arena! ¡Y cuántos de estos granillos hacen falta para formar el puñadito que un niño abarca con la mano en el juego! Pues imaginad ahora una montaña de esta arena de más de un millón de millas de altura, que alcanzara desde la tierra hasta los cielos empíreos, de más de un millón de millas de ancho, tal que se extendiera hasta el espacio más remoto, y de más de un millón de millas de espesor; e imaginad esta enorme masa de innumerables partículas de arena, multiplicada tantas veces como hojas hay en el bosque, gotas de agua en el enorme océano, plumas en los pájaros, escamas en el pez, pelos en los animales y átomos en la vasta extensión de los aires. E imaginad que al cabo de un millón de años viniera una avecilla a la montaña y se llevara en el pico un solo granillo de arena. ¿Cuántos millones de millones de centurias transcurrirían antes que la avecilla hubiese transportado ni tan siquiera un pie cuadrado de la arena de la montaña, y cuántos siglos de siglos de edades tendrían que transcurrir antes de que la hubiese transportado toda? Y sin embargo, al final de tan enorme período de tiempo ni aun siquiera un solo instante de la eternidad podría decirse que había transcurrido. Al fin de todos esos billones y trillones de años, la eternidad apenas si habría empezado. Y si esta montaña volviera a levantarse tan pronto como el pajarillo hubiera terminado de transportarla, y el pájaro volviera y la comenzara a transportar de nuevo, grano a grano, y así se volviera a levantar y a ser transportada tantas veces como estrellas hay en el cielo, átomos en el aire, gotas de agua en el mar, hojas en los árboles plumas en los pájaros, escamas en el pez, pelos en los animales, al fin de todas estas innumerables formaciones y desapariciones de aquella montaña inmensurablemente grande, no se podría decir ni que un solo instante de la eternidad había transcurrido; aun entonces, al fin de aquel enorme período, que sólo el imaginarlo hace girar nuestro cerebro vertiginosamente, aun entonces, la eternidad apenas si habría comenzado.

—Un bienaventurado santo (y me parece que era uno de nuestros padres), fue favorecido una vez con una visión del infierno. Le pareció encontrarse en un grande y oscuro vestíbulo, sumido en un profundo silencio, turbado sólo por el tic-tac de un gran reloj. El tic-tac seguía incesantemente. Y le pareció al santo aquel, que el sonido del tic-tac era la incesante repetición de las palabras siempre, jamás, siempre, jamás. Siempre, estar en el infierno; jamás, estar en el cielo; siempre, estar privado de la presencia de Dios; jamás, gozar de la visión beatífica. Siempre, ser comido por las llamas, roído por la gusanera, pinchado con púas; jamás, verse libre de estas penas. Siempre, tener la conciencia atormentada, la memoria exasperada, la mente llena de oscuridad y desesperación; jamás, escapar de estos tormentos. Siempre, maldecir y denostar a los horrendos demonios que se gozan en contemplar la miseria de las víctimas de sus engaños; nunca, contemplar los brillantes ropajes de los santos espíritus; siempre, clamar a Dios, desde los abismos del fuego, por un instante, un solo instante de tregua a la horrible agonía, y nunca, recibir, ni aun por un instante, el perdón de Dios. Siempre sufrir, nunca gozar; siempre, estar condenado, y nunca obtener salvación; siempre, nunca; siempre, nunca. ¡Oh, cuan horrendo castigo! Una eternidad de inacabable agonía, de inacabable tormento espiritual y corporal, sin un rayo de esperanza, sin un momento de descanso. Una eternidad de agonía ilimitada en intensidad, de tormento infinitamente variado, de tortura, que alimenta eternamente aquello que eternamente devora, de angustia, que perdurablemente oprime el espíritu mientras despedaza la carne, una eternidad, cada instante de la cual es ya de por sí una eternidad de dolor. Tal es el terrible tormento decretado, para aquellos que mueren en pecado mortal, por un Dios justo y todopoderoso.

—¡Sí, un Dios justo! Los hombres, al razonar como hombres, se asombran de que Dios haya podido decretar un castigo eterno e infinito en las llamas del infierno por un solo pecado mortal. Razonan así porque cegados por la gran ilusión de la carne y la oscuridad de la humana inteligencia, son incapaces de comprender la horrenda malicia de un pecado mortal. Razonan así porque son incapaces de comprender que aun el pecado venial es de tan monstruosa y repugnante naturaleza, que si el creador omnipotente pudiera hacer acabar todos los males y las miserias del mundo, las guerras, las enfermedades, los robos, los crímenes, los asesinatos, sólo a condición de dejar pasar impune un simple pecado venial, una mentira, una mirada colérica, un momento de voluntaria pereza, él, el grande y omnipotente Dios, no lo podría hacer, porque el pecado, ya de pensamiento, ya de hecho, es una transgresión de su ley divina y Dios no sería Dios si no castigara al transgresor.

—Un pecado, un instante de rebelde orgullo de la inteligencia, hizo caer de la gloría a Lucifer y a la tercera parte de la cohorte celestial. Un pecado, un solo instante de locura y debilidad arrojó a Adán y Eva del paraíso y trajo la muerte y el sufrimiento al mundo. Para reparar las consecuencias de este pecado, el Hijo Unigénito de Dios bajó a la tierra, vivió, padeció y murió de la más penosa muerte, colgado por tres horas de la cruz.

—Ay, mis queridos hermanitos en Cristo Jesús, ¿ofenderemos también nosotros al buen Redentor y provocaremos su cólera? ¿Pisotearemos también de nuevo ese cuerpo lacerado y desgarrado? ¿Escupiremos en ese rostro tan lleno de pena y de amor? ¿Iremos también, como los crueles judíos y la brutal soldadesca, a burlarnos de aquel manso y compasivo salvador que holló solo el lagar por nuestro amor? Cada palabra pecaminosa es una herida en su amoroso costado. Cada acto pecaminoso es una espina que taladra su cabeza. Cada pensamiento impuro deliberadamente consentido es una aguda lanza que traspasa su sagrado y amoroso corazón. No, no. Es imposible que un ser humano haga lo que ofende tan profundamente a la divina majestad, aquello que crucifica de nuevo al Hijo de Dios y hace befa de él.

—Yo le pido a Dios que mis pobres palabras hayan servido hoy para confirmar en santidad a aquellos que estén en estado de gracia, para fortalecer a los que flaqueen, para traer de nuevo al estado de gracia a la pobre alma que se haya extraviado, si hubiera alguna entre vosotros. Yo le pido a Dios, y vosotros debéis hacerlo conmigo, que nos podamos arrepentir de nuestros pecados. Y ahora os voy a rogar a todos vosotros que repitáis conmigo el acto de contrición, arrodillándoos aquí, en esta humilde capilla, en la presencia de Dios. El está aquí en el tabernáculo abrasándose de amor de la humanidad, dispuesto a confortar al afligido. No tengáis miedo. No importa nada, cuántos o cuan monstruosos sean los pecados; basta que os arrepintáis de ellos y se os perdonarán. No permitáis que una vergüenza al estilo mundano os impida hacerlo. Dios es todavía el señor misericordioso que no desea la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.

—El os está llamando. Sois suyos. El os sacó de la nada. El os amó como sólo un Dios puede amar. Sus brazos están abiertos para recibiros, aunque hayáis pecado contra él. Llégate a él, ¡oh, pobre pecador!, ¡oh, pobre y errado pecador! Ahora es el tiempo oportuno. Ahora es el momento.

El sacerdote se levantó y, volviéndose hacia el altar, se arrodilló sobre la grada delante del tabernáculo, en la oscuridad del crepúsculo.

Luego, levantando la cabeza, repitió fervorosamente, frase por frase, el acto de contrición. Los muchachos contestaban frase por frase también. Stephen, con la lengua pegada al paladar, inclinó la cabeza y rezó con el corazón.

—Oh, Dios mío

—Oh, Dios mío

—me pesa de corazón

—me pesa de corazón

—de haberte ofendido

—de haberte ofendido

—y detesto mis pecados

—y detesto mis pecados

—sobre todo mal

—sobre todo mal

—porque te desagradan a ti, Dios mío,

—porque te desagradan a ti, Dios mío,

—que eres tan digno

—que eres tan digno

—de todo mi amor

—de todo mi amor

—y estoy firmemente resuelto

—y estoy firmemente resuelto

—con ayuda de tu divina gracia

—con ayuda de tu divina gracia

—a nunca más ofenderte

—a nunca más ofenderte

—y a enmendar mi vida.

—y a enmendar mi vida.

 * * *

Después de la cena, subió a su habitación con objeto de estar a solas con su alma, y a cada peldaño su alma parecía suspirar, y a cada peldaño su alma subía al mismo tiempo que sus pies, y suspiraba al ascender a través de una región de viscosas tinieblas.

Se detuvo a la entrada en el descansillo, y luego cogió el tirador de porcelana y abrió la puerta suavemente. Esperó lleno de miedo, sintiendo que el alma le desfallecía y rogando en silencio que la muerte no le tocara en la frente al trasponer el umbral, que los demonios que moran en las tinieblas no tuvieran poder contra él. Y esperó aún en el umbral, como a la entrada de una caverna sombría. Había caras allí, ojos: le estaban esperando y acechando.

—Sabíamos desde luego perfectamente que esto tendría que venir a dar a la luz pública aunque él había de tropezar con extraordinarias dificultades al procurar tratar de comprometerse a tratar de proponerse averiguar el plenipotenciario espiritual de modo que desde luego sabíamos perfectamente bien…

Caras que murmuraban le estaban esperando; voces murmurantes que llenaban la cóncava oscuridad de la cueva. Sintió miedo en el alma y en la carne, mas, levantando bravamente la cabeza, entró con resolución en el cuarto. Una puerta, una habitación, la misma habitación, la misma ventana. Y pensó que aquellas palabras que le habían parecido levantarse como un murmullo de la oscuridad, carecían totalmente de sentido. Y se dijo que todo era simplemente su habitación, su habitación con la puerta abierta.

Cerró la puerta, y marchando en derechura hacia la cama, se arrodilló al lado de ella y se cubrió la cara con las manos. Tenía las manos frías y húmedas y los miembros doloridos y escalofriados. Inquietud corporal y escalofríos y cansancio le acosaban, poniendo en fuga sus pensamientos. ¿Por qué estaba allí, arrodillado, como un niño que reza sus oraciones de la noche? Para estar a solas con su alma, para examinarse la conciencia, para afrontar cara a cara sus pecados, para evocar sus modos, sus épocas, sus circunstancias, para llorarlos. No podía llorar. No podía evocarlos en su memoria. Sentía sólo un dolor en el alma y en el cuerpo: todo su ser —memoria, voluntad, entendimiento, carne— entumecido y cansado.

Aquélla era la obra de los demonios, que trataban de diseminar sus pensamientos y burlar su conciencia asaltándole por las puertas de la carne cobarde y corrompida por el pecado. Y pidiéndole tímidamente a Dios que le perdonara su debilidad, se metió lentamente en el lecho, se arrebujó bien en las coberturas y ocultó de nuevo la cara entre las manos. Había pecado. Había pecado tan gravemente contra el cielo y delante de Dios, que no era digno ya de ser llamado hijo de Dios.

¿Era posible que él, Stephen Dédalus, hubiera realizado tales cosas? Su conciencia suspiró por toda respuesta. Sí; las había realizado, en secreto, repugnantemente, una vez y otra vez, y, endurecido en la impenitencia del pecado, se había atrevido a llevar su máscara de santidad hasta delante del tabernáculo mismo, cuando su alma no era otra cosa que una masa, viviente de corrupción. ¿Cómo era posible que Dios no le hubiera matado de repente? La multitud inmunda de sus pecados se estrechaba en torno de él, le lanzaba el aliento, se doblegaba sobre él por todos lados. Se esforzó en olvidarlos mediante una oración, arrebujándose como un ovillo y apretando los párpados cerrados. Pero, ¿cómo sujetar los sentidos del alma?; que aunque sus ojos estaban fuertemente cerrados, veía los lugares donde había pecado; y oía, aun con los oídos bien tapados. Deseaba con toda su alma dejar de oír y de ver, y lo deseó tanto, que por fin la armazón de su cuerpo se puso a temblar bajo la fuerza de su deseo y los sentidos de su alma se cerraron. Se cerraron por un instante, pero se abrieron en seguida. Y vio.

Un campo de hierbajos, de cardos y de matas de ortigas. Entre las matas espesas y ásperas de las plantas yacían innumerables latas viejas y destrozadas y coágulos de materias fecales y montones en espiral de excremento sólido. Un débil reflejo de luz pantanosa se elevaba de toda esta podredumbre a través del gris verdoso de la erizada maleza. Y un mal olor, nauseabundo, débil como la luz, subía en pesadas vedijas de las latas viejas y de la basura añeja y costrosa.

Algunos seres se movían por el campo: uno, tres, seis. Entes errantes, acá, allá. Seres cabrunos con cara humana, frente cornuda y barba rala de un color gris como el del caucho. La perversidad del mal les brillaba en la mirada dura, mientras se movían, acá, allá, arrastrando en pos de sí la larga cola. Un rictus de cruel maldad iluminaba con un resplandor grisáceo sus caras viejas y huesudas. El uno se cubría las costillas con un harapiento chaleco de franela; otro se lamentaba monótonamente porque la barba se le enredaba entre la maleza. Un lenguaje impreciso salía de sus bocas sin saliva, mientras zumbaban en lentos círculos, cada vez más estrechos, dando vueltas y vueltas alrededor del campo, arrastrando las largas colas entre las latas tintineantes. Se movían en lentos círculos, para encerrar, para encerrar… con el lenguaje indistinto de sus labios, y el silbido de las largas colas embadurnadas de estiércol enranciado… impeliendo hacia lo alto las espantosas caras…

¡Socorro!

Arrojó enloquecido las coberturas lejos de sí para libertarse la cara y el cuello. Aquel era su infierno. Dios le había permitido ver el infierno que estaba reservado para sus pecados. Un infierno nauseabundo, bestial, perverso, un infierno de demonios cabrunos y lascivos. ¡Para él! ¡Para él!

Saltó de la cama. Sentía la nauseabunda vaharada que se le metía garganta abajo, asqueándole y revolviéndole las entrañas. ¡Aire! ¡Aire del cielo! Se arrastró a encontronazos hacia la ventana, gimiente y casi desvanecido de malestar. Frente al lavabo una náusea se apoderó de él. Y oprimiéndose con frenesí la frente helada, vomitó en agonía, profusamente.

Cuando el malestar hubo pasado, caminó con dificultad hasta la ventana y, levantando el bastidor, se sentó en el extremo del alféizar y apoyó el codo sobre el antepecho. La lluvia había cesado y entre movibles masas de vapor de agua, la ciudad estaba hilando de luz a luz el delicado capullo de una neblina amarillenta. El cielo estaba tranquilo y tenía una vaga luminosidad. Y el aire resultaba grato al pulmón como en una arboleda bien calada a chaparrones. Y, en medio de aquella paz de las luces temblorosas y la quieta fragancia de la noche, Stephen hizo un pacto con su corazón.

Y oró:

Un día, quiso venir a la tierra en toda su gloría celestial. Pero pecamos. Y ya no nos pudo visitar sino ocultando su majestad, sofocando su resplandor porque era Dios. Y vino como débil, no como poderoso, y te envió a ti en su lugar, criatura dotada del encanto de las criaturas, y de atractivos humanos, proporcionados a nuestra condición. Y ahora, tu mismo rostro y forma, querida madre, nos están hablando del eterno. No como la belleza terrena, dañosa a quien la mira, sino como la estrella de la mañana, emblema tuyo, radiante y musical, que habla del cielo y paz infunde. ¡Oh, heraldo de la mañana! ¡Oh, luz del peregrino! Síguenos conduciendo como hasta ahora lo hiciste, a través del desierto inhospitalario, guíanos a Jesús Nuestro Señor, guíanos a nuestra patria.

Sus ojos estaban empañados de lágrimas y, mirando humildemente al cielo, lloró por su inocencia perdida.

Cuando hubo caído la noche, salió de casa. El primer contacto del aire húmedo y oscuro y el ruido de la puerta al cerrarse en pos de él despertaron de nuevo el dolor de su conciencia, tranquilizada a fuerza de oración y de lágrimas. ¡Confesarse! ¡Confesarse! No era bastante el aliviar el alma con una lágrima y una oración. Tenía que arrodillarse delante del ministro del Espíritu Santo y contarle sus pecados con arrepentimiento y verdad. Antes de oír de nuevo el batiente de la puerta girar sobre el umbral para darle paso, antes de volver a ver en la cocina la mesa dispuesta para la cena, se habría ya arrodillado y confesado. ¡Qué sencillo era! El dolor de su conciencia cesó y Stephen comenzó a avanzar despacio por las calles sombrías. ¡Había tantas losas en la acera de la calle y tantas calles en la ciudad y tantas ciudades en el mundo! Y sin embargo, la eternidad no tenía fin. Estaba en pecado mortal. Aun una sola vez, ya era pecado mortal. Podía ocurrir en un instante. ¿Cómo podía ocurrir tan de prisa? O viendo o imaginando ver. Primero, los ojos veían la cosa sin haber deseado verla. Después, todo ocurría en un instante. Pero ¿es que esa parte del cuerpo comprende, o qué? La serpiente, el animal más astuto del campo. Claro que debe de comprender, cuando desea así, en un momento, y luego puede prolongar pecaminosamente su propio deseo, instante tras instante. Siente y comprende y desea. ¡Qué cosa tan horrible! ¿Quién formó así esa parte del cuerpo, capaz de comprender y de desear bestialmente? Y según eso, aquello ¿era una parte de él o era una cosa inhumana, movida por un alma bajuna? Sentía un malestar en el alma al imaginarse una torpe vida de reptil que dentro de él se estaba alimentando de su delicada sustancia vital, engordando entre el cieno del placer. Oh, ¿por qué ocurría esto así? ¿Por qué?

Se humilló entre las sombras de su pensamiento, abatiéndose ante el respeto a la divinidad que había hecho todas las cosas y todos los hombres. ¿Cómo se le podía ocurrir tal pensamiento? Y doblegándose rendido en sus propias tinieblas, rogó en silencio a su ángel de la guarda que apartara con su espada al demonio que le estaba susurrando en el cerebro.

El susurro cesó y entonces comprendió claramente que era su propia alma la que había pecado voluntariamente mediante su cuerpo, de pensamiento, palabra y obra. ¡Confesarse! Tenía que confesarse de cada uno de sus pecados. ¿Y cómo expresarle en palabras al sacerdote lo que había hecho? No había otro remedio, no había otro remedio. ¿Y cómo decirlo sin morirse de vergüenza? O mejor: ¿cómo había hecho aquellas cosas sin avergonzarse? ¡Ay, loco! ¡Confesarse! ¡Oh, sí, seguramente se iba a quedar limpio y libre otra vez! ¡Ay, Dios del alma!

Siguió andando a través de calles mal alumbradas temiendo detenerse ni aun un momento, no pareciese que reculaba ante lo que le estaba esperando, y temiendo llegar a lo mismo que ansiaba. ¡Cuán hermosa debía de parecer un alma en estado de gracia cuando Dios la mira amorosamente!

Había sentadas en el borde de la acera delante de sus cestas unas muchachas desharrapadas. Mechones de pelo húmedo les colgaban por encima de la frente. Ciertamente no estaban hermosas, sentadas así sobre el fango. Pero Dios veía sus almas, y si estaban en estado de gracia, eran bellas y Dios las amaba al mirarlas.

Un soplo frío de humillación pasó por su alma al pensar cuan bajo había caído, al sentir que aquellas almas eran más gratas a Dios que la suya. El viento pasaba por encima de él y se iba a otras innumerables almas que brillaban con el favor de Dios, tan pronto más, tan pronto menos, que flotaban o se hundían, fundidas en aquel soplo huidizo. Pero un alma estaba perdida, un alma diminuta: la suya propia. Había vacilado un instante, se había apagado, olvidada, perdida. Y nada más: negrura, frío, vacío, desolación.

La conciencia del lugar en que se encontraba fue refluyendo lentamente a su espíritu por encima de un vasto y oscuro período de tiempo sin sensación ni vida. La escena sórdida iba resucitando ahora en torno de él: la entonación familiar, los mecheros de gas encendidos en las tiendas, y olores a aguardiente, a pescado, a serrín húmedo, y mujeres y hombres que pasaban de un lado a otro. Una vieja se disponía a cruzar la calle con su lata de aceite en la mano. Se inclinó y le preguntó si había una capilla por allí cerca.

—¿Una capilla, señor? Sí, señor. La capilla de la calle de la Iglesia.

—¿De la Iglesia?

La vieja se pasó de mano la lata para indicarle la dirección. Y al sacar ella su mano ennegrecida y marchita de debajo de los flecos del mantón, Stephen se inclinó más profundamente, entristecido y aliviado por la voz de la vieja.

—Gracias.

—No hay de qué, señor.

Los cirios del altar mayor estaban ya apagados, pero la fragancia del incienso se difundía aún, flotando por la nave. Unos trabajadores barbudos y de cara piadosa estaban sacando un palio por una puerta lateral y el sacristán los ayudaba con gestos y con palabras suaves. Unos cuantos devotos permanecían todavía rezando delante de uno de los altares laterales, o arrodillados en los bancos cerca de los confesionarios. Stephen se acercó humildemente y se arrodilló en el último banco, con el alma confortada por la paz, el silencio y la fragante sombra de la capilla. El larguero sobre el que estaba arrodillado era estrecho y estaba desgastado, y aquellos que estaban de rodillas cerca de él eran humildes seguidores de Jesús. También Jesús había nacido pobremente y había trabajado en el taller de un carpintero, serrando tablas y cepillándolas, y cuando había comenzado a hablar del reino de Dios había sido a pobres pescadores, enseñando así a todos a ser humildes y mansos de corazón.

Inclinó la cabeza sobre las manos y mandó a su corazón que fuese manso y humilde para poder llegar a ser como aquellos que estaban arrodillados cerca de él y para que su oración fuera propiciatoria cual la de ellos. Oraba junto a ellos, pero comprendía que su caso era más arduo. Su alma estaba manchada por el pecado, y no se atrevía a pedir el perdón de sus culpas con la simple confianza de aquellos a los cuales, por inescrutable designio de Dios, había llamado los primeros a su lado, carpinteros y pescadores, gente pobre y sencilla dedicada a humildes tareas, a obrar y modelar la madera de los árboles o a remendar pacientemente las redes.

Una sombra alta avanzó por la nave lateral y los penitentes se removieron. Y por último, levantando un momento los ojos, distinguió una larga barba gris y el hábito oscuro de un capuchino. El religioso entró en el confesionario y quedó oculto. Los penitentes se levantaron y se colocaron a ambos lados del confesionario. Se oyó el ruido de un cierre de madera al descorrerse y el murmullo de una voz comenzó a turbar el silencio. La sangre le comenzó a murmurar en las venas, como una ciudad pecadora despertada del sueño para oír su sentencia de destrucción. Copos de fuego y polvo de cenizas caían mansamente sobre las casas de los hombres. Y ellos se agitaban, despertando del sueño, turbados por el aire abrasador.

El cierre volvió a correrse y el penitente emergió de la sombra por el costado del confesionario. Se descorrió el cierre del otro lado. Una mujer entró con calmosa compostura en el sitio donde el primer penitente había estado arrodillado. Y el leve murmullo comenzó de nuevo.

Aún podía abandonar la capilla. Podía levantarse, echar un pie tras otro, salir suavemente y luego correr, correr, correr a toda velocidad a través de las calles oscuras. Aún tenía tiempo de escapar de aquel bochorno. Si hubiera sido algún terrible crimen, ¡pero aquel pecado! ¡Si hubiera sido un asesinato! Menudos copos de fuego caían abrasándole por todas partes: pensamientos vergonzosos, palabras vergonzosas, actos vergonzosos. Y la vergüenza le cubría totalmente como una capa impalpable de abrasadora ceniza que iba cayendo sin cesar. ¡Expresarlo con palabras! Su alma, entre el ansia de la asfixia y el desamparo, quería cesar de existir.

El cierre fue descorrido otra vez. Un penitente emergió del lado opuesto del confesionario. Otra vez el cierre. Un penitente entró en el sitio de donde el anterior había salido. El suave susurro salía en vaporosas nubecillas de la caja de madera. Era la mujer: nubecillas tenues y susurrantes, vapor tenue en susurros, que susurraba, que se desvanecía.

Secretamente, por debajo del antepecho del banco, se golpeó humildemente el seno. Viviría en paz con Dios y con los otros. Amaría a su prójimo. Amaría a Dios que le había creado y le había amado. Se arrodillaría y rezaría con los demás, y sería feliz. Dios se dignaría posar su mirada sobre él y sobre los otros y los amaría a todos.

¡Qué fácil era el ser bueno! El yugo de Dios era ligero y suave. Mejor era no haber pecado nunca, haber permanecido siempre como un niño, porque Dios amaba a los pequeñuelos y dejaba que se acercasen a él. Pero Dios era misericordioso para los pobres pecadores que se arrepentían de corazón. ¡Cuán cierto era aquello! ¡Eso sí que se podía llamar bondad!

El cierre se corrió de pronto. Él era el siguiente. Se levantó lleno de terror y caminó a ciegas hasta el confesionario.

Había llegado por fin. Se arrodilló en la silenciosa oscuridad y levantó los ojos hacia el blanco crucifijo que estaba colgado encima de él. Dios podría ver que le pesaba. Diría todos sus pecados. Su confesión sería larga, larga. Todo el mundo en la capilla comprendería cuan pecador había sido. ¡Que lo supieran! Era verdad. Pero Dios había prometido perdonarle, con tal de que le pesase de corazón. Y le pesaba. Juntó las manos y las levantó hacia la blanca forma, rogando con sus ojos entenebrecidos, rogando con todo el trémulo cuerpo, moviendo la cabeza de un lado a otro como una criatura abandonada, rogando con los gimientes labios.

—¡Me pesa! ¡Me pesa! ¡Me pesa!

El cierre se descorrió con un golpe brusco y el corazón le dio un salto en el pecho. Por la rejilla se veía la cara de un anciano sacerdote, apartada del penitente, apoyada sobre una mano. Stephen hizo la señal de la cruz y rogó al sacerdote que le bendijera porque había pecado. Luego, inclinando la cabeza, recitó despavorido el Confiteor. Al llegar a las palabras de mi gravísima culpa, cesó, sin aliento.

—¿Cuánto tiempo hace desde su última confesión, hijo mío?

—Mucho tiempo, padre.

—¿Un mes, hijo mío?

—Más, padre.

—¿Tres meses, hijo mío?

—Más aún, padre.

—¿Seis meses?

—Ocho meses, padre.

Había comenzado. El sacerdote preguntó:

—¿Y de qué se acuerda usted desde entonces?

Comenzó a confesar sus pecados: misas perdidas, oraciones no dichas, mentiras.

—¿Alguna cosa más, hijo mío?

Pecados de cólera, envidia de lo ajeno, glotonería, vanidad, desobediencia.

—¿Alguna cosa más, hijo mío?

No había otro remedio. Murmuró:

—He… cometido pecados de impureza, padre.

El sacerdote no volvió la cabeza.

—¿Consigo mismo, hijo mío?

—Y… con otros.

—¿Con mujeres, hijo mío?

—Sí, padre.

—¿Eran mujeres casadas, hijo mío?

No lo sabía. Sus pecados le iban goteando de los labios y del alma, rezumando, supurando como una corriente de vicio sucia y emponzoñada. Los últimos pecados salieron por fin, lentos y asquerosos. Ya no había más que decir. Inclinó la cabeza, rendido.

El sacerdote callaba. Después, preguntó:

—¿Qué edad tiene usted, hijo mío?

—Dieciséis años, padre.

El sacerdote se pasó la mano varias veces por la cara. Después descansó la frente sobre una mano, se recostó contra la rejilla y, los ojos todavía desviados, habló lentamente. Tenía la voz cansada y vieja.

—Es usted muy joven, hijo mío, y me va usted a permitir que le ruegue que abandone ese pecado. Es un pecado terrible. Mata el cuerpo y mata el alma. Es la causa de muchos crímenes y desgracias. Abandónelo usted, hijo mío, por el amor de Dios. Es deshonroso e indigno de hombres. Usted no sabe hasta dónde ese maldito hábito le puede llevar a usted o hasta dónde puede llegar él en contra suya. Mientras cometa usted ese pecado, su alma carecerá absolutamente de valor a los ojos de Dios. Pídale a nuestra madre María que le ayude. Ella le ayudará, hijo mío. Ruégueselo a Nuestra Señora cada vez que este pecado le venga a la imaginación. Estoy seguro de que lo hará así, ¿no es cierto? Usted se arrepiente de todos estos pecados. Estoy seguro. Y le va usted a prometer a Dios que, con ayuda de su santa gracia, no le va a volver a ofender con ese pecado asqueroso. Hágale esta promesa a Dios. ¿La hará usted?

—Sí, padre.

La voz, vieja y cansada, caía como una suave lluvia sobre su corazón trémulo y reseco. ¡Cuán suave! ¡Cuán triste!

—Hágalo así, pobre hijo mío. El demonio le tiene extraviado. Rechácele hacia el infierno siempre que le traiga la tentación de deshonrar su cuerpo de esta manera; rechace al espíritu infernal que aborrece a Nuestro Señor. Prométale a Dios que abandonará ese pecado vil, ese pecado asqueroso.

Cegado por las lágrimas y por la luz de la misericordia divina, Stephen inclinó la cabeza y oyó las graves palabras de la absolución y vio cómo la mano del sacerdote se levantaba sobre él en prenda de perdón.

—Dios le bendiga, hijo mío. Ruegue a Dios por mí. Se arrodilló para rezar la penitencia en un rincón de la oscura nave; y sus oraciones ascendían al cielo desde el corazón purificado como una oleada de aroma que fluyera aire arriba desde el corazón de una rosa blanca.

¡Qué alegres, las calles enfangadas! Marchaba hacia casa a grandes pasos, consciente de una gracia que se difundía por sus miembros y los aligeraba. A pesar de todo, lo había hecho. Se había confesado y Dios le había perdonado. Su alma era pura y santa una vez más, santa y feliz.

¡Qué hermoso morir ahora, si fuera voluntad de Dios! Y qué hermoso vivir en gracia una vida de paz y de virtud y de indulgencia para con los demás.

Se sentó al fuego en la cocina, sin atreverse a hablar de pura felicidad. Hasta aquel momento no había sabido cuan hermosa y apacible podía ser la vida. El cuadrado de papel verde, prendido con alfileres alrededor de la lámpara, proyectaba un dulce reflejo. Sobre la mesa había un plato de salchichas y pudding blanco y, en la repisa, huevos. Todo para el desayuno del día siguiente, después de la comunión en la capilla del colegio. Pudding blanco y huevos y salchichas y tazas de té. Después de todo, ¡qué simple y qué hermosa que era la vida! Y toda la vida yacía ahora delante de él.

Como en un ensueño, cayó dormido. Como en un ensueño, se levantó y vio que ya era de mañana. Como en un ensueño de duermevela, caminó hacia el colegio a través de la mañana tranquila.

Todos los muchachos estaban ya arrodillados en sus sitios. Se arrodilló entre ellos, tímido y feliz. El altar estaba recubierto de masas olorosas de flores blancas. Y, en la luz matinal, las llamas pálidas de los cirios ardían entre las blancas flores, pulcras y silenciosas como su propia alma.

Se arrodilló delante del altar con sus compañeros y sostuvo al par que ellos el paño que descansaba como sobre una balaustrada de manos. Las suyas temblaban y su alma con ellas, mientras el sacerdote iba avanzando de sitio en sitio llevando el copón.

Corpus Domini nostri.

¿Sería posible? Estaba arrodillado allí, tímido y limpio de pecado. Y sostendría en su lengua la hostia y Dios entraría en su cuerpo purificado.

In vitam eternam. Amen.

¡Una nueva vida! ¡Una vida de gracia y de virtud y de felicidad! Y lo pasado, pasado.

Corpus Domini nostri.

La copa sagrada había llegado hasta él.

 

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