Viernes de cine: ¨Nebraska¨

Fernando Morote

 

Soy poco aficionado al cine contemporáneo. Comparado con el clásico no tiene mucha oportunidad de ganar. Sin embargo de vez en cuando aparecen en cartelera ciertas producciones que llaman mi atención. Nebraska lo hizo el año pasado, especialmente porque su protagonista —Bruce Dern— fue nominado para ganar el Oscar a mejor actor.

Dern, a la fecha con 78 años de edad, integró en su juventud el reparto de importantes films como Canción de cuna para un cadáver de Robert Aldrich en 1964, La masacre del día de San Valentín de Roger Corman en 1967 y tuvo el papel estelar en La trama, última película de Hitchcock en 1976.

En Nebraska encarna a un anciano greñudo y descamisado, que por decrépito y enclenque parece un esperpento. Su fantástica actuación logra transmitir la vívida sensación de estar perdido, confundido y desconectado de la realidad todo el tiempo. Se escapa a cada rato, vuelve locos a sus seres queridos, da la impresión de que nunca se entera de lo que sucede a su alrededor. Es un alma pura y limpia, desacreditada por el hecho de sufrir un alcoholismo crónico, adquirido como consecuencia de sus experiencias en la guerra de Corea. Su esposa e hijo mayor se quejan sin cesar de su problemática personalidad, pero ignoran sus verdaderos sentimientos y sus anónimos actos de bondad.

De pronto un día recibe una comunicación inquietante: ha ganado un millón de dólares. Sin reparo, decide ir a cobrar el premio. No tiene intención ni capacidad de maliciar que se trata de un truco publicitario. Su hijo menor —un joven vendedor de electrodomésticos que acaba de romper con la novia—, es el único que a la postre, aunque regañando, acepta transportarlo. Emprenden entonces una travesía en auto que los lleva de Billings, Montana a Lincoln, Nebraska cubriendo una distancia de 1,200 kilómetros en 48 horas de manejo.

El viaje termina convirtiéndose en un pretexto para que padre e hijo puedan descubrirse y conocerse mutuamente. En el trayecto se reencuentran con familiares y amigos que emergen de la oscuridad, como aves de rapiña, repentinamente interesados en reclamar supuestos favores del pasado. Ninguno quiere perderse una tajada de la torta, no se tragan el cuento de que el botín no es más que una desvariación de su senil pariente.

Algunos diálogos son incisivos e hilarantes, como éste en el bar de Hawthorne, el pacífico pueblo de Nebraska donde se desarrolla la mayor parte de la historia:

—¿Alguna vez te arrepentiste de haberte casado? —pregunta el hijo.

—¡Todo el tiempo! —afirma con énfasis el padre.

—Bebes mucho, papá…

—¡Tú también beberías si estuvieras casado con tu madre!

Otras líneas del libreto son patéticas:

—¿Tiene Alzheimer? —indaga la empleada de la empresa de loterías.

—No —responde el hijo, con una mueca de desencanto en el rostro—, sólo cree lo que le dice la gente.

—Qué pena….

Al final el hijo compensa la desilusión de su padre regalándole una camioneta prácticamente nueva —aunque esté ya inhabilitado para conducir— y comprándole un compresor de aire que un antiguo camarada nunca le devolvió tras pedírselo prestado lustros atrás.

En Nebraska no hay chicas bonitas, todas son veteranas o poco agraciadas. Tampoco hay música estridente ni paisajes urbanos espectaculares. El director Alexander Payne, natural de Nebraska —como no podía ser de otra manera—, prioriza los sentimientos a las sensaciones. Elige realizar la acción en blanco y negro y la acompaña con melodías suaves, produciendo un efectivo aire nostálgico a lo largo del metraje. El formato de pantalla ancha resulta útil para resaltar las extensas planicies que dominan los territorios de Wyoming y Dakota del Sur en el centro de los Estados Unidos. Una breve toma permite apreciar la imponencia del monumento a los presidentes, esculpido sobre las rocas del Monte Rushmore.

Muchas escenas —como aquélla en la que padre e hijo orinan en la carretera, o el muchacho llena el tanque de gasolina en una estación de servicio,  o la familia entera se sienta frente al televisor a ver un juego de fútbol, o los carcamales hermanos duermen a dúo con la boca abierta en la sala de la casa— son rodadas en completo silencio, secundadas sólo por el ruido ambiental.

En varios pasajes la cinta hace recordar segmentos de otra de similar estilo, Flores rotas del 2005, dirigida por Jim Jarmusch y protagonizada por Bill Murray.

Dada la transformación en la apariencia de muchos actores, debido a la edad, es difícil identificar entre los personajes a uno bastante famoso en la década de los 80’: Stacy Keach, conocido por  su participación en series de televisión como “Azules y Grises” sobre la guerra de secesión norteamericana y “Mike Hammer”, el bebedor y mujeriego detective neoyorquino.

Nebraska es una película conmovedora de casi 120 minutos de duración, que en ningún momento decae en intensidad y que devela por un lado las miserias familiares y por otro destaca la nobleza humana. Estrenada en el 2014, es demasiado temprano para considerarla un clásico. Pero constituye el tipo de realización que, por su calidad y calidez,  muy pronto lo será.

 

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Una respuesta a “Viernes de cine: ¨Nebraska¨

  1. La vi en su momento en cartelera y me encantó. Me recordó a la película The straight story, de David Lynch. Otra road movie que seduce al espectador de principio a fin 😉

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