La edad del idiota: 14. Bullying

Diego M. Rotondo

 

 

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BULLYING

Falta poco para terminar Primer Año. Unas semanas más de tormento y adiós. Adiós a los curas, a los talleres, a los profesores, y sobre todo, adiós a Ricardo, que no ha parado de hostigarme desde aquel plan fallido. No hay rincón en todo el colegio en donde no me lo cruce y me diga: «¡Ey RotonTo! Mariquita, cuando te agarre te van a tener que juntar con cucharita…»

Últimamente llego a casa con la espalda salpicada de saliva. Parece que Ricardo, que se sienta a un par de pupitres detrás de mí, se escupe los dedos y me tira su baba cuando estamos en clase. Y los demás no dicen nada, sólo se ríen mientras mi espalda se llena de lamparones blancos. Al llegar a casa mamá me pregunta: «¿Quién es el guanaco que te escupe?… Voy a ir al colegio y lo voy a agarrar del forro de las pelotas». Y yo le digo que no se atreva, que ya no estoy en la Primaria, que es algo que debo resolver yo solo.

Debería darle el gusto y pelear con él… pero, es difícil agarrarse a trompadas con un tipo que desmayó a otro alumno de una sola piña. Todos le tienen pánico a Ricardo, es el más alto y fuerte de la clase. Hace unas semanas discutió en el recreo con un pibe de Segundo, lo agarró de los pelos y le estrelló la cara contra el alambrado del campo de deportes. Le provocó un tajo en la ceja y la mejilla. Ricardo fue suspendido por tres días y le pusieron 10 amonestaciones; ya junta 20 en lo que va del año. Cuando llegás a 24 te expulsan. Así que Ricardo debería cuidarse, porque si le pega a otro podría perder el año. Sin embargo a él no parece inquietarle eso, porque sigue molestándome a sol y a sombra. Los pocos amigos que hice en el aula: Iván, Agustín y Hugo, me dicen: «¡No seas boludo!, ¡hacelo enojar! Si te llega a pegar lo rajan a la mierda…». Yo no creo que sea tan fácil. Además, si se comprueba que yo lo provoqué, entonces las amonestaciones me las van a poner a mí. Tengo que aguantar, sólo unas semanas… En las vacaciones de verano me encargaré de convencer a mi padre de que me envíe a otro colegio.

Es increíble, pero todo este asunto de ser un antisocial me ha convertido en un alumno ejemplar, he sacado buenas notas en casi todas las demás materias, incluso en los tediosos trabajos de taller: el tablero de Electricidad, el banquito de Carpintería, la jarra de Hojalatería y el puto martillo de Herrería… nos tuvieron un mes entero limando una barra de hierro de 6 centímetros de largo para convertirla en un simple martillo… hasta saqué músculos en los brazos de tanto limar y limar para que cada lado quedase perfectamente plano y simétrico.

Para no tener que lidiar con Ricardo me salteé los recreos y aproveché a progresar en las clases. Durante toda la primaria fui un burro en matemáticas, y ahora, que los exámenes son mucho más difíciles, mis notas no bajan de 7. Es mi vía de escape, cuando me concentro en algo me olvido de la angustia que me causa mi situación.

Hace rato que no veo a mis amigos. Lo único que hago cuando vuelvo del colegio es encerrarme en mi cuarto con la computadora. Ahora estoy programando una especie de juego en el que dos puntitos deben esquivarse entre sí. Si se llegan a chocar se produce un pantallazo y la máquina emite un sonido parecido al de una explosión. El programa consta de 60 líneas de comandos en lenguaje Basic. Es un trabajo demasiado extenso para un argumento tan estúpido; pero a mí me gusta. Me hace olvidar. Aprendí bastante de Programación, y sólo leyendo el manual que venía con la computadora. Si me dedicase a esto en el futuro, posiblemente logre crear un gran videojuego y hacerme millonario. Pero por ahora mis conocimientos no van mucho más allá de los dos puntitos.

Al final no fui al Asalto que organizó Fernanda hace un mes. Chino me contó que fue divertido, que Pedro se apretó a dos chicas que gustaban de él y eso ocasionó que se agarrasen a golpes. Dijo que mientras las pibas se arrancaban los pelos y se revolcaban por el piso, Pedro se moría de la risa e intentaba apretarse a otra. También me dijo que fue Martín, que le quitaron el yeso y le quedó el brazo lleno de cicatrices. «¿Y Valeria fue?», le pregunté con indiferencia. «No.», respondió secamente. Eso me alegró.

Todos los días llevo el nunchaku al colegio, pero nunca lo saco de la mochila. Lo tengo por las dudas, por si las cosas con Ricardo se ponen jodidas y no me quede más opción que mostrarlo. Aprendí a maniobrarlo bastante bien, me golpeo los dedos y la cabeza menos que antes… Generalmente practico cuando mamá no está en casa, ya que si descubre que lo tengo seguro lo tira a la basura. Es un arma difícil de manejar, hay que empezar muy lentamente e ir acelerando de a poco. Yo hago al revés: empiezo rápido y cuando me machaco los dedos desacelero. No tengo paciencia para el nunchaku, sólo lo llevo al colegio para intimidar, si se lo muestro a Ricardo seguro va a recular… El problema es que le cuente al rector y me terminen echando por portación de armas orientales. No me importaría que me echen. De hecho, preferiría tirar todo el año a la basura con tal de no seguir soportando a ese idiota. Siempre voy alerta mientras estoy en el colegio: en el baño, en el recreo o en el aula, siempre estoy pendiente de Ricardo y su sombra intimidante. Martín se avergonzaría de mí, me diría: «¿te atreviste a pegarme una trompada frente a los villeros y no sos capaz de romperle la jeta a ese infeliz?». Pero no es lo mismo pegarle a alguien que sabés que no te la va a devolver… Si le pego a Ricardo probablemente me destroce; y no estoy dispuesto a correr ese riesgo, tengo mucho orgullo, no podría dormir tranquilo después de que un tipo tan despreciable me diese una paliza frente a todo el colegio. Esa es la razón por la que no reacciono… Hace dos días, por ejemplo, me escondió la mochila en otra aula. Eran las 6 de la tarde, ya no quedaba casi nadie en el colegio y yo seguía buscando mis cosas. Al otro día se me rió en la cara: «¿Llegaste tarde a casita, RotonTo?», me preguntó con sarcasmo. Yo bajé la cabeza y no respondí. Lo peor es que ninguno de los demás alumnos me apoya, la mayoría festejan sus idioteces. Incluso Gustavo, que sufrió el puñetazo de Ricardo en carne propia y ahora se le hace el amiguito… Puto cagón.

Esta mañana decidí no llevar el nunchaku. Opté directamente por la navaja automática de Pedro. Me la prestó la última vez que nos vimos. Pasar del nunchaku a la navaja es un asunto peligroso. A diferencia del nunchaku, que como mucho le puede fracturar la cabeza a tu atacante, la navaja es mortal, y sin darte cuenta podés acabar matándolo. No me importaría matar a Ricardo, de hecho, una de las cosas que más feliz me haría sería su muerte. Fantaseo con eso todas las noches, incluso lo sueño a veces: lo veo tirado en el patio del recreo, con su cabeza partida a la mitad, manando sangre y cucarachas desde el interior de su cráneo. Y yo frente a él, cargando un hacha gigante, con todo el colegio aclamándome a los gritos como a un gladiador.

Matar a Ricardo de una puñalada sería fácil. Pero mi vida, de alguna manera, se acabaría junto con la de él: me mandarían a un reformatorio hasta que fuese mayor de edad. Luego viviría como ex convicto, la gente me tendría miedo, mi familia se alejaría, no conseguiría trabajo y tendría que robar para mantenerme. Con el pasar del tiempo acabaría matando a alguien más y me meterían en la cárcel para siempre; mi vida estaría completamente desperdiciada, no formaría una familia, no tendría una profesión, ni una casa, ni un auto, ni nada. Y todo por haber asesinado a un idiota que se lo merecía.

Aun así, voy a llevar la navaja, porque presiento que hoy, 10 de noviembre de 1988, es el día en el que mi paciencia por fin se acabará. Y si tengo que enfrentarme a Ricardo, no pienso dejar que me noquee de una trompada. Antes de eso, lo mato.

 

 

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